MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN
TODA
ESTÉTICA TIENE SU LADO POSITIVO
Vicente Adelantado
Soriano
Nada
hay más agradable, en el otoño, que dar un paseo, un domingo por la
mañana, con un buen amigo. A ser posible por caminos solitarios, sin
tráfico, a fin de que nada ni nadie interrumpa la conversación o
los silencios. A lo lejos se ven las azuladas montañas con las
primeras nieves en sus cumbres. Los bordes del camino están
alfombrados por las marrones hojas de los plataneros, y un poco más
hacia allá se oye el monótono correr del agua. Es un riachuelo
pequeño, pero de aguas claras y limpias, frescas.
Es
una mañana no muy fría, soleada, y por un camino similar al
descrito, paseamos un domingo Azorín y yo. Fue él quien comenzó a
hablar.
-He
leído su artículo “La voz del difunto”.
-Un
poco largo y tedioso, me parece.
-Sí,
todos los artículos dejan insatisfecho al autor una vez los ha
terminado. Y es que, querido amigo, todo lo humano es perfeccionable.
-Sí,
pero la perfección tiene un límite: fatiga mucho estar siempre
dándole vueltas al mismo argumento o artículo.
-Evidentemente.
Así que convendrá usted en que hay que ir a otros artículos y
plantear otros temas y utilizar otras técnicas.
-Sí,
claro; en la variedad está el gusto.
-Exacto.
Y también convendrá usted, imagino, en que no tiene porqué haber
una sola estética.
-Por
supuesto. Eso queda muy claro para cualquier persona que haya leído
sus artículos.
-Un
sola visión empobrece al hombre, ¿no le parece a usted?
-Sí,
me parece; pero de ahí a aceptarlo todo...
-Todas
las cosas, novelas o cuentos, tienen sus cosas buenas, su lado
positivo. Hasta Cervantes lo dijo: no hay libro malo que no tenga
algo bueno.
-Lo
positivo que he sacado yo leyendo sus artículos es que usted,
querido Azorín, tuvo que ser una excelente persona. Y lo sigue
siendo.
-¿A
qué se refiere usted?
-A
que tuvo que ser una buena persona.
-¿Por
qué dice eso?
-Pues
por eso mismo, porque nunca critica a nadie, y siempre, a todos y a
todo, le encuentra su lado positivo. Hasta a doña Emilia Pardo
Bazán.
-¿No
le gusta a usted?
-Digamos
que la detesto amablemente.
-Hombre,
no sea usted cruel. Doña Emilia...
-Doña
Emilia, querido Azorín, conocía la teoría, pero no sabía ponerla
en práctica. Como novelista, y perdone usted, es detestable... Los
cuentos que tiene están muy bien. Y el ensayo La
cuestión palpitante es
digno de estudio.
-Me
parece usted un poco extremista.
-¿Usted
cree? ¿No leyó usted ningún libro que le dio ganas de cerrarlo a
los pocos minutos o páginas?
-Yo
siempre he confiado mucho en el lector inteligente.
-Yo
no sé si merezco semejante calificativo. Pero, a veces, he creído
leer entre líneas en sus artículos. Y a menudo cuando habla de la
existencia de dos estéticas, me ha parecido ver una velada crítica
a una de ellas. ¿Sonríe usted?
-Bueno,
querido amigo, esa es una interpretación.
-Por
supuesto. Claro que sí. Pero he creído notar, y si me equivoco
usted me corrige, una gran diferencia de tono cuando habla de doña
Emilia y cuando habla de Pereda.
-Y
estoy seguro, y perdone por la sonrisa, que le parece más sincero el
tono empleado con Pereda.
-Efectivamente.
Me parece mucho más sentido y sincero. ¿Por qué cree usted que
será?
-No
lo sé, pero me temo que me va usted a culpar de ello.
-Dios
me libre de culparlo de nada, Azorín. Usted tuvo que ser una buena
persona.
-Vamos,
no exagere. ¿Y por qué dice eso?
-Por
la enorme facilidad que tiene usted para meterse en la piel de los
demás. O si quiere, se lo diré con palabras de su estimado Baltasar
Gracián.
-Me
intriga. A ver, diga usted.
-Dice
Gracián en Oráculo
manual y arte de prudencia que
“el sabio estima a todos porque reconoce lo bueno en cada uno y
sabe lo que cuestan las cosas de hazerse bien.”
-¡Ah,
el bueno de Gracián! ¡Tan agudo como siempre!
-¿No
le parece a usted que donde pone sabio se podía poner “la buena
persona”?
-¿Sabe?
Eso nos llevaría a una vieja y ardua discusión. Aquel socrático
diálogo de si el bueno es sabio y el malo quien está errado.
-Bueno,
creo que se puede estar errado y no ser malo.
-Depende
de qué cuestiones hablemos, ¿está usted de acuerdo con esto?
-Por
supuesto. Según usted yo puedo estar errado con doña Emilia, pero
no por eso soy una mala persona. Por lo menos no hasta el punto de no
merecer su amistad.
-Por
supuesto que no. ¿Cómo cree usted que le voy a retirar mi amistad
por una cuestión de estética? Estoy seguro de que coincidimos en
muchas otras cosas. Y en muchos otros autores.
-Sí,
por supuesto. En Ramón Pérez de Ayala, por ejemplo.
-Me
gusta. Un excelente escritor.
-A
mí también. Es un verdadero placer leer obras de don Ramón. Las
máscaras...
-¡Qué
excelente libro!
-Mucho.
Un gran libro. Por no hablar de sus novelas.
-Efectivamente.
Bien, como usted ve coincidimos en un autor. ¿Y Pereda?
-¡Ah,
Pereda, Pereda!
-No
le gusta.
-El
problema que he tenido releyendo sus libros, Azorín, ha sido que me
he vuelto a cuestionar parte de nuestra ancha y profunda literatura.
-Eso
está bien, ¿no le parece?
-Sí.
Me he releído muchas cosas que ya tenía sentadas y juzgadas. Y he
tenido que volver a reconsiderarlas.
-¿Y
cuál ha sido el resultado?
-Que
doña Emilia es una pésima novelista. Que don Ramón Pérez de Ayala
es un excelente prosista...
-¿Y
Pereda?
-No
sea usted impaciente. Con Pereda, lo mismo que con otros muchos
autores, tengo que darle a usted la razón.
-Es
decir, que le ha gustado. Ya lo sabía. Lo sabía.
-No
me refiero a eso, Azorín.
-¿Ah,
no? Pues hable usted.
-Me
refería a que tiene usted razón cuando dice que hay autores que
caen en desgracia, más por motivos políticos que por su prosa, o
sus novelas... De Pérez Galdós, lo mismo de que Pardo Bazán,
actualmente puede encontrar todos los libros que usted quiera o
desee.
-Eso
está muy bien.
-Sí,
pero libros suyos, Azorín, ya son más difíciles de encontrar, dos
o tres como mucho. Y de Pereda, tras toda una tarde de búsquedas,
preguntas y peregrinaciones por las librerías, sólo conseguí dos,
y en todos los sitios eran los mismos: Sotileza
y Peñas
arriba. Y de Pérez de
Ayala, exactamente igual. Del padre Nieremberg, ni uno.
-Pues
sí que lo siento. Es una pena.
-Sí
que lo es.
-Pero
debe usted tener en cuenta que una editorial es un negocio, y que la
venta de libros posiblemente no sea un negocio boyante...
-Ya
salió la buena persona que lleva usted dentro. Pero no debe usted
olvidar, Azorín, que tampoco la educación es un negocio boyante, ni
el teatro...
-Sí,
claro, en eso tiene usted razón. El Estado se debería encargar de
ciertas cosas. Proporcionar una enseñanza de calidad, educar el
gusto estético de las criaturas, hacer que los padres tuvieran
libros en casa y que los leyeran. Tener unos teatros...
-Azorín,
Azorín.
-Perdóne.
Estaba soñando en voz alta.
-Es
usted un pequeño filósofo. Y como usted mismo dijo los filósofos
son hombres buenos y afables. Es una suerte poder estar con usted.
-Muchas
gracias.
-Muchas
gracias a usted, Azorín.
Habíamos
llegado a la fuente de las afueras del pueblo. Su agua, según el
maestro, era tonificante. Siempre que llegábamos allí, bebía un
poco. Luego emprendíamos en regreso, en silencio, o hablando mucho
menos que a la ida. Aquel primer paseo con el maestro Azorín por
aquellos maravillosos paisajes, el camino bordeado de hojas marrones,
los altos chopos, el río con su eterno glu-glu, y el silencio, fue
una maravillosa delicia. Un perfecto regalo.
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