MIS
CONVERSACIONES CON AZORÍN
ERASMO
DE ROTTERDAM
II
Vicente Adelantado
Soriano
Cuando
me levanté aquella mañana, muy temprano, como siempre, mi primera
reacción, tras la ducha, fue ir a la amplia habitación donde tenía
todos los libros, el ordenador y la mesa de trabajo. En una de las
estanterías había bastantes volúmenes de Erasmo o sobre él. No
cogí ninguno. Busqué, por el contrario, una gruesa libreta en la
que había ido anotando frases suyas y de sus estudiosos. Releyéndola
lamenté, una vez más, mi falta de memoria. Hubiera deseado en aquel
momento, y, horas después, cuando me dirigía a casa de Azorín,
recordar todas aquellas lecturas, tenerlas tan frescas como si las
acabara de realizar. Era pedir cotufas en el golfo. Oiría lo que
tuviera que decir Azorín, y procuraría que mis intervenciones
fueran lógicas y coherentes. Me llevé la libreta, oculta en un
bosillo de mi anorak.
-Buenos
días, Azorín. No me dirá usted que no hace una agradable
temperatura.
-Buenos
días, joven amigo. Una excelente temperatura. La ideal para darnos
un buen paseo.
-Pues
vamos allá, que en la tardanza está el peligro.
-Muy
bien, y ya que me apremia usted, empezaré sin más dilación. Como
usted recordará, quedamos en seguir hablando de Erasmo de Rotterdam.
-Lo
recuerdo. De hecho he estado consultando apuntes y mirando libros
para tratar de estar a su altura.
-No
se preocupe por eso: seguramente lo estará, y de sobras. Usted, en
su breve exposición de ayer, quería contraponer la visión que dan
de Erasmo, Zweig y Huizinga. De alguna forma lo logró, aunque sus
observaciones se decantaron más por Zweig que por el historiador
holandés.
-Prometo
corregir tal desequilibrio del cual, que conste, soy consciente.
-Bien.
Su querido amigo Zweig, cuando habla del Elogio
de la locura, viene
a decir que la gran virtud de Erasmo en dicho libro es hacer que
hable la estulticia, la necedad, en vez de hacerlo él, el autor, con
lo cual la burla, la ironía, queda un tanto enmascarada. Es un
artificio literario muy productivo, que el señor Zweig parece
atribuir a Erasmo.
-Sí,
yo también me fijé en ese pequeño detalle.
-¿Y
qué conclusiones sacó usted?
-La
más lógica sería decir que Zweig no conocía las novelas de
caballerías.
-Efectivamente.
Pues es ese un viejo artificio. Aparece un manuscrito, una maleta con
libros, un cofre con folios, y el autor se desentiende. Ya sabe: la
culpa es de Cide Hamete Benengeli. ¿Qué mejor artificio para
montar, sin pérdida de verosimilitud, el diálogo entre Sancho Panza
y su mujer? Todo puede ser una mixtificación, dado el lenguaje que
utilizan los dos labradores; pero Cervantes se limita a transcribir
lo que escribió Cide Hamete. ¿No le parece una genialidad?
-¿Leyó
Cervantes el Elogio
de la locura?
-Es
posible. Tal vez su maestro, López de Hoyos, le leyera fragmentos y
los comentara, o le pasara el libro. Pero no creo que Cervantes
extraiga de dicho Elogio
a Cide Hamete. El antecedente de este son los sabios que contaban
historias en las novelas de caballerías.
-Tal
vez sea así. Sin embargo, es indudable que Erasmo influyó en
Cervantes.
-Por
supuesto. Y en toda una época, ¡y qué época! Probablemente
Cervantes sería hijo de conversos; de ahí los duelos y quebrantos
que come don Quijote, o, más claro todavía: el refrán que le
endilga a Sancho Panza, cuando este se vanagloria de ser cristiano
viejo: “no con quien naces, sino con quien paces”, le espeta don
Quijote. Es decir, que cada uno es hijo de sus obras. ¿Sonríe
usted? ¡Ah, claro, el pecado original!
-Sí,
pero dejémoslo estar. Hoy sólo tiene importancia para algunos
creyentes. Quiero decir que ya no es pecado, social, descender de
Mustafá o de Ben Rodríguez.
-Seguramente
casi todos descendemos de uno de los dos.
-Si
hace caso a los libros de Américo Castro, desde luego. Y no creo que
fuera muy errado.
-Según
él, todos los autores de los siglos de oro, excepción hecha de
Quevedo, son descendientes de conversos. Nada tiene de extraño, por
lo tanto, que Erasmo influyera en estas personas, un tanto
angustiadas y que buscaban la verdad desesperadamente. Obligados a
cambiar de religión, tuvieron que dedicar mucho tiempo a la
meditación, a la introspección, la búsqueda de un sentido a todo
cuanto les estaba sucediendo.
-Y
se percataron de que los acusaban a ellos de malos cristianos, y los
llevaban a la hoguera, en tanto que los buenos, los cristianos
viejos, reducían el cristianismo a fórmulas y rituales sin sentido.
Y a llevarlos al crematorio, por supuesto.
-Exacto.
Fue lo que sucedió en la cristiandad, en Occidente, es decir en todo
el mundo. Pero, querido amigo, pensándolo bien ¿no le parece a
usted que el hombre tiene una enorme tendencia a la pereza, y, en
consecuencia, a ritualizarlo todo para no tener que pensar en nada?
O, si quiere, a culpabilizar al otro.
-Sí,
lo cual explica persecuiones, guerras y matanzas. Pero también me
doy cuenta, y quiero hacer insistencia en Erasmo, de que toda
doctrina o política, religión o ideario, tiende a desvirtuarse y a
convertirse en lo contrario a lo que era en su origen. Así que todo
acaba siendo igual, lo novedoso y lo viejo, lo de este signo y lo del
otro.
-Efectivamente.
De eso se percataron muchas personas antes de la llegada de Erasmo.
¿Qué son las órdenes mendicantes sino gritos dados en el desierto
sobre el abandono de los ideales de Cristo por parte de la Iglesia?
¿O aquella famosa lectura que transforma Roma en un acrónimo:
Radix Omnia Malorum Avaritia:
la avaricia es la raíz de todos los males?
-Sí,
Azorín. Era algo que estaba en el ambiente. Todos sabían que la
Iglesia distaba mucho de ser lo que tenía que haber sido.
-Erasmo,
por lo tanto, era consciente de ello. Lo sabía.
-Ya.
Pero era un filólogo; y estos, según usted, son hombres buenos,
afables; y que viven de raíces, como los antiguos eremitas del
desierto.
-¡Vaya!
Si no me ha citado literalmente, poco le ha faltado.
-Y
eso que hoy, como puede ver, he venido sin papelitos. Pero llevo una
libreta.
-Es
usted terrible. Pero sigamos. ¿Usted cree que un filólogo puede
llevar hacia delante una revolución, o provocarla?
-Huizinga
dice que el problema de Erasmo estribaba en que creía que
traduciendo correctamente el Nuevo Testamento, todos los problemas de
la Iglesia se solucionarían.
-Eso
lo dice Huizinga, pero ¿lo creía Erasmo así? ¿Qué cree usted?
-No
lo hago tan ingenuo... Sabía que el problema era más profundo. Y ya
que el otro día me decanté por Zweig, quiero recordar una cita de
Huizinga. Viene a decir este que según Erasmo, Lutero no parará de
luchar hasta que desaparezcan totalmente el estudio de los idiomas y
de las bellas letras. Del odio contra estas y de la estupidez de los
monjes fue de lo que surgió esta tragedia. Se refiere, por supuesto,
a la división de la Iglesia. Como ve el problema no estribaba
solamente en las fuentes, en las correctas traducciones, sino también
en un nacionalismo, y en el más burdo de los egoísmos.
-Todo
esto, querido amigo, ¿no le trae a las mientes a nuestros místicos,
a san Juan de la Cruz y a santa Teresa? Yo, por mi parte, no hay vez
que me hablen de este santo que no recuerde el capítulo XIX de la
primera parte del Quijote. Me uno a quienes lo consideran como una
crítica al tráfago de reliquias de la época, y contra el cual
luchaba Erasmo. Y Cervantes, por supuesto, aunque de una forma muy
sutil, que no estaban los tiempos para bromas.
-Antes
de que se me olvide: también en el libro de Huizinga se puede leer
la afirmación de Erasmo de que le habían prometido un obispado si
atacaba a Lutero. No quiso el obispado. Y hubiera acabado con su
pobreza. Y su independencia. Y ahora el ruego: ¿Me puede recordar,
por favor, el capítulo XIX del Quijote?
-Sí,
claro. Es aquel en el que don Quijote, de noche, ataca a unas
luminarias, las cuales resultan ser las antorchas portadas por unos
frailes que trasladan a un muerto. Parece ser que es un viejo
recuerdo del entierro de san Juan de la Cruz, sepultado de noche para
que la gente no maltratara al cadáver en busca de reliquias. Le
recuerdo que hasta le podían arrancar los dedos o dientes, o
quitarle pelos al cadáver.
-San
Juan y santa Teresa, además, no fueron muy bien vistos.
-Sí,
pero eso ahora no debe importarnos. Le recuerdo que estamos hablando
de Erasmo. Y hay otro libro en la historia de la literatura española
muy inquietante. Ya le hablé de él ayer. Me refiero a Lázaro
de Tormes. ¿Se
ha percatado usted de la crítica tan acerba que hay en él hacia la
Iglesia?
-Sí,
por supuesto que sí: el famoso tratado del buldero y el del cura que
esconde el pan en un arcón.
-Y
el del clérigo de Toledo: Lázaro pregona sus vinos, y vive bien
porque su mujer es la amante de dicho clérigo.
-¿Y
no le parece esto una contradicción? Toda esa situación, a fin de
acabar con ella, tenía que haber hecho triunfar las ideas de Lutero,
o, mejor, las de Erasmo.
-Ese
razonamiento hizo que los mezclaran y confundieran a los dos.
-Ya
se decía en la época: Ubi
Erasmus innuit, illic Luther irruit. Donde
señala Erasmo se lanza Lutero. Y los privilegios y la mala vida y
abusos del clero eran manifiestos. Las críticas no iban nada
desencaminadas.
-Las
críticas rara vez sirven para algo, querido amigo. El hombre no es
perfectible, como dijo Larra. De haberlas dejado seguir, y haber
intentado modificar la situación, algunos hubieran perdido unos
cuantos privilegios. Y eso es muy duro. ¿Usted cree, por otra parte,
que la Reforma ha cambiado algo, ha mejorado la situación de la
humanidad?
-A
veces creo que sin religiones tal vez hubiera habido menos asesinatos
y el hombre hubiese sido más feliz. No lo sé. ¿Sabe? Hay un libro
de Stefan Zweig, escrito en 1936, anterior por lo tanto a su
biografía de Erasmo, que siempre que lo recuerdo me pone los pelos
de punta: Castiello
contra Calvino es
su título, y Conciencia
contra violencia su
subtítulo. Y yo, que tengo tan mala memoria, he memorizado un
fragmento. Me va a permitir que lo se recite.
-Hágalo,
por favor.
-Dice
Castiello atacando a Calvino: “Matar
a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre.
Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna
doctrina, sacrificaron a un hombre. Y no se hace profesión de la
propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar
uno mismo por esa fe.”
-Es
decir, que tan intolerantes fueron unos como los otros.
-Sí,
y tal vez por eso Erasmo no quiso tomar parte por los protestantes.
Uno, les vino a decir, soporta mejor las faltas a las que ya está
acostumbrado. La Reforma no había cambiado nada. También fue un
fracaso.
-Bueno,
al menos sirvió para que Enrique VIII se separara de Catalina de
Aragón.
-Y
para que se pusiera de manifiesto, una vez más, la gran hipocresía
del mundo: de la noche a la mañana, por el capricho de un rey, todo
un país cambia de religión. Y de paso ejecutan a Moro, amigo de
Vives y de Erasmo, como sabe.
-Porque
tal vez la religión, querido amigo, como la filosofía, las bellas
letras, y todo cuando de bueno tiene este mundo, ha influido muy
poco, o nada, en el ser humano, que sigue siendo igual a sí mismo.
-Sí.
Es triste. Cuenta Huizinga que un doctor tenía un retrato de Erasmo
en la puerta de su casa; así se acordaba de escupirle cada vez que
entraba o salía de ella.
-Un
acto terriblemente piadoso; y que, seguramente, sería aplaudido por
muchos. Pero dejando esto aparte, hay otro aspecto en el cual, creo,
deberíamos profundizar. Me refiero a Erasmo como pedagogo.
-Sí,
sí. Es una parte que me interesó mucho en una época de mi vida.
-Lo
intuía, querido amigo. Y dígame, ¿qué dicen al respecto nuestros
queridos biógrafos, Zweig y Huizinga?
-Nada.
Ambos se limitan a decir que su obra ha caducado, que Erasmo es un
intelectual al que nadie lee, y que solo su Elogio
de la locura ha
soportado el paso del tiempo.
-No
estoy de acuerdo, como usted comprenderá. Tal vez porque soy muy
mayor, o porque he visto la guerra de cerca, sigo pensando que la
Querella
de la paz es
un libro muy actual. Como sin duda lo es la Educación
del príncipe cristiano.
-Vivimos
en una época muy cómoda, Azorín. Las mentes, con tanta comodidad,
se han hecho vegetarianas; apenas si soportan un caldito de berzas,
así que son incapaces de digerir los pensamientos de Erasmo. No
obstante, está claro que en una monarquía no se escoge al rey, y
este tiene que ser educado de la mejor forma posible. Eso es Erasmo.
En una democracia, donde es posible, hasta cierto punto al menos,
escoger a los presidentes, y cualquiera puede llegar a serlo, estos
debían ser los mejores, los más responsables y contar con una
excelente preparación.
-Pero
es todo lo contrario.
-Efectivamente.
Olvídese del cristianismo, si eso molesta. Y aun así hay una
diferencia enorme, descomunal, entre cuanto propone Erasmo, y Vives,
amigo suyo, para educar al príncipe, y entre lo que desea y logra la
famosa ESO, tan actual y moderna.
-Ya
que lo señala: ha sido un poco extraño hablar tanto de Erasmo sin
que nombráramos a Luis Vives.
-Huizinga
le dedica una línea, Zweig ni lo cita. Yo, profesor exclaustrado,
siempre recuerdo su famosa frase. También me la sé de memoria.
-Dígala
usted, hombre, sin complejos.
-Miserum
illum, qui adminotorem non habet, quum aget.
-Con
usted estoy repasando todo el poco latín que sabía. Dígame si lo
hago bien: Desgraciado aquel que no tiene quien lo corrija cuando lo
necesita.
-Nihil
obstat. Nada
que objetar. ¿Le parece a usted esto desfasado?
-En
absoluto.
-¿Y
esto? Y ahora sí, saco la libreta de la faltriquera: “Tal
como andan las cosas de los hombres, por ventura lo más conveniente
será una monarquía que, combinada con la aristocracia y la
democracia, quede templada y un tanto diluida, porque jamás se
transforme en despotismo, sino que así como los elementos unos con
otros se equilibran, así, con semejantes frenos, tenga consistencia
la cosa pública.”
-Perfecto.
-Tanto
en su época, y usted lo denunció, como actualmente, y tal vez
siempre, un grave problema ha sido la corrupción de los políticos.
Fíjese en lo que dice Erasmo: “Pondrá,
pues, el príncipe el mayor afán en que sus vasallos sean queridos
por su virtud y su moralidad, no por sus pertenencias. Y de esto
comenzará a dar muestras él y los suyos; porque si los vasallos ven
que el príncipe hace ostentación de lo suyo, y que cuanto más rico
es, mayor importancia se le da, y con ello tiene el camino expedito
para las magistraturas, los honores y los altos cargos, esto puede
provocar a los vasallos para hacerse con la riqueza de forma lícita
o ilícita.”
-No
hay más que hablar. Sin embargo, y pese a lo que usted acaba de
citar, hoy en día Erasmo no es leído. ¿No es una pena, querido
amigo?
-Ni
tampoco Stefan Zweig. También él vivió en muchos lugares
distintos, sabía varios idiomas, y fue, o trató de ser, un hombre
cosmopolita, universal. Huyó de todo fanatismo y se negó, en la
primera guerra mundial, a empuñar un arma: tenía amigos alemanes,
belgas, franceses...
-Bien,
querido amigo. Creo que lo hemos dicho todo, o casi todo, sobre
Erasmo. Por supuesto que podíamos seguir durante más días, muchos
más días. Pero no creo que valga la pena. ¿Qué opina usted?
-Me
parece bien. Pero me gustaría cerrar esta conversación recordando
el apólogo que contó Erasmo en Inglaterra, en un simposium con John
Colet y Thomas Moro.
-El
broche de oro. Será un placer oírlo.
-Según
contó Erasmo, a Caín lo castigó Dios porque se enteró, por las
conversaciones de sus padres, de que en el Paraíso Terrenal crecían
unas espigas altas y robustas, cargadas de frutos. Las que conseguía
él, por el contrario, con el sudor de su frente, eran magras y
pobres, sin apenas sustancia. Así, pues, fue un día a las puertas
del Paraíso y trató de convencer al Ángel Guardián para que le
diera unas cuantas semillas de esas excelentes espigas. “Los
hombres –le dijo- estamos, cada día, descubriendo cosas nuevas. El
trabajo que haces tú aquí, nosotros se lo encomendamos a los
perros.” El Ángel Guardián permaneció imperturbable. “Además
–añadió Caín- mientras no toques las manzanas, Él no dirá
nada.” El Ángel, al final, le dio las semillas a Caín. Y cuando
Dios vio cómo brotaban fuera de su querido Paraíso, maldijo a Caín
para siempre jamás.
-No
está mal la historia. Ni es baladí la enseñanza que encierra.
-Creo
que es más que evidente el paralelismo que hay con Prometeo y el
robo del fuego.
-Sí,
es evidente. Por unas cosas o por otras, el hombre siempre tiene que
sufrir algún castigo.
-Todo
es un misterio, Azorín. Y cuentos y más cuentos. Y la verdad,
mientras tanto, permanece inmutable. Y el hombre sigue persiguiendo
al hombre, matando y robando como siempre.
-¡Ah,
querido amigo! Ya lo dijo el poeta: mientras haya misterio, habrá
poesía.
Habíamos
llegado a la fuente. A paso lento, pero habíamos llegado. Azorín
bebió agua, y emprendimos el camino de regreso. Dimos por terminadas
las conversaciones sobre Erasmo, aunque, lo sabíamos, quedaban
muchas cosas por decir. Muchísimas. Tal vez, algún día,
volveríamos sobre él.
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