EN LA CASA DE AZORÍN
Vicente Adelantado
Soriano
Dice
Azorín, en alguno de sus libros, que no sólo hay que leer a los
clásicos y contentarse con ello; hay, también, que visitar los
lugares por donde ellos deambularon, vivieron y murieron. A este
respecto es ejemplar su libro, tras las huellas de Cervantes y de su
gran personaje, La ruta de
don Quijote, tal como lo
es Antonio Azorín, que
sigue, en algún capítulo, a Quevedo.
En el primero de estos
libros Azorín narra sus visitas y paseos por los lugares por los que
transitaron tanto Cervantes como don Quijote. En el segundo se
detiene en Salas de los Infantes, pueblo en el que falleció don
Francisco de Quevedo. No tienen desperdicio las reflexiones que hace,
en Salas, sobre la decadencia española en la época de los Austrias.
Evidentemente
viajar, como oír música, o ver cine, leer, y disfrutar de un
paisaje, exige una preparación, una educación en el más amplio
sentido de la palabra. Tal vez por eso mismo los primeros viajes
pueden resultar bastante frustrantes. No ha mucho pude asistir a las
lágrimas provocadas por una decepción de este tipo: un muchacho
pelirrojo, de siete u ocho años, lloraba desconsoladamente porque en
el castillo de Sagunto ni había romanos, ni escudos, ni espadas, ni
lanzas, ni nada que no fueran piedras, hierbas, lagartos y
desolación. Él esperaba encontrar allí a Aníbal y a sus
elefantes, ver las máquinas de guerra, o, al menos, los restos de la
batalla. Las explicaciones de su padre sobre los movimientos de las
tropas, sobre la importancia de la Vía Augusta y del mar, lo
calmaron un tanto. La sensación de burla, sin embargo, persistió en
el chico.
El
muchacho pelirrojo recibió una nada desdeñable lección: para
viajar, para disfrutar de las cosas, hace falta imaginación. Sin
ella, las piedras no son sino piedras; y las casas, paredes y
habitaciones, más o menos destartaladas.
La
casa de Azorín es un museo. El museo, como no podía dejar de
suceder, está lleno de libros. En una sala se halla la biblioteca
familiar; y en otra, en los altos de la casa, la biblioteca de
Azorín. Hay miles de volúmenes. De esta casa salía, de niño, para
ir a Yecla a estudiar. ¿Qué queda de Azorín en la casa? Está su
cama, su mesa, la máquina de escribir, los bastones, sillas, algunos
butacones... ¿Escribió aquí Azorín sus obras más importantes?
Quizás la visita a la casa debería complementarse con una imposible
visita a las pensiones en las que vivió y escribió; a Madrid, a
París y a San Sebastián.
A
Azorín, de vez en cuando, le gusta recurrir a los refranes. Tal vez
como un pequeño homenaje al bueno de Sancho Panza. Hay uno que
Azorín repite con cierta frecuencia: la
oreja junto a la teja. Su
cama, sin embargo, la de la casa familiar de Monóvar, no está cerca
de la teja. Quienes si lo están, por el contrario, son los libros.
Son estos, por lo tanto, los que gozan del privilegio del silencio y
del aire puro de la noche, y del día. La habitación del escritor es
una habitación interior, sin ventanas; se separa de su estudio por
una puerta corrediza. El estudio tiene dos mesas: la mesa camilla y
la mesa de trabajo, de madera, maciza. Está a pocos metros de una
alta ventana. Sobre la mesa camilla se halla la vieja máquina de
escribir. Hay un flexo con la luz permanentemente encendida. ¿Le
gustaba a Azorín la luz eléctrica? ¿Por qué no está esa mesa
también al lado de la ventana?
A
la salida de la casa de Azorín, sin saber porqué, me acordé de
aquel muchacho pelirrojo, y de su disgusto en el castillo de Sagunto
porque allí “no estaban los romanos”. No le faltaba razón: en
las visitas siempre hay algo que no está. Había fotos de
Valle-Inclán; libros dedicados por él; fotos de Pío Baroja, de
Gómez de la Serna, de Azaña; y libros, muchos libros. ¿De dónde
salió todo aquel afán renovador de las letras, de la novela y de la
sociedad? En la biblioteca familiar abunda la literatura francesa.
Siempre será un misterio, sin embargo, saber qué nos induce a unas
cosas, a una vocación, en detrimento de otras.
Cansados
de la novela realista, del teatro de Galdós y del vacío
romanticismo español, se buscó la renovación por todos los medios
posibles: García Lorca, con el teatro y la poesía; Valle-Inclán
con el esperpento; Baroja con la novela; Azorín con sus artículos
y, ¿por qué no? con sus novelas; Gómez de la Serna con las
greguerías, Unamuno, Ortega y Gasset, Jarnés, Bacarisse... ¿Qué
queda de todo aquello? Los libros de Azorín son difíciles de
encontrar hoy en día. Azorín alabó a un novelista que, también,
luchó por la renovación del género. Un novelista al que Ortega y
Gasset brindó su apoyo en la Revista de Occidente: Benjamín Jarnés.
Benjamín Jarnés tuvo sus más y sus menos con Azorín a cuenta de
Campoamor: Azorín lo defendía y Jarnés lo consideraba vacío y tal
vez grandilocuente. “No tenía ingenio”, dice. Y es eso lo que
ataca Azorín de la novela de Jarnés, El
profesor inútil. Azorín
compara esta novela a un paisaje: “Es una mañana de verano, mañana
clara, transparente, de cielo azul, vamos caminando por la
montaña...” Jarnés, un excelente biógrafo, Sor
Patrocinio, Zumalacárregui...
cuyos libros, como los de Azorín, son, también, difíciles de
encontrar. ¿Por qué?
No,
los romanos ya no están en el castillo de Sagunto; ni Aníbal y sus
elefantes. Pero quedan no campos yermos, hierbas y columnas
despedazadas, o lienzos de murallas abatidos por el tiempo, sino
libros, ingentes montones de libros donde todavía laten vidas,
esperanzas, ilusiones, luchas por renovar y comprender. Y una prosa,
y una dedicación a la cultura y al país, dignas de encomio. Eso es
lo que hace a Azorín un maestro en el sentido etimológico de la
palabra. Y Azorín está y vive en sus libros.
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