MIS
CONVERSACIONES CON AZORÍN
LOS
VIAJES
Vicente
Adelantado Soriano
Afortunadamente
ni todos los tiempos son unos, ni siempre tenemos el mismo estado
anímico. Con absoluta facilidad a veces pasamos de creernos
enormemente desgraciados a la exultante felicidad, y de la exaltación
a la tristeza. No obstante, hay que procurar, en toda ocasión, sacar
el máximo provecho de las diversas situaciones que nos toquen vivir.
Es lo que intenté hacer aquel día, pues el último paseo con Azorín
me había dejado un tanto triste y melancólico. Dicha melancolía me
condujo hacia unos viejos libros de mi estantería. Diversos poemas
de uno de ellos había tratado de aprendérmelos de memoria de muy
joven. Volví a leer los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer; sus Rimas
me hicieron evocar, cómo no, un viaje al monasterio de Veruela. De
joven viajé bastante. A Azorín también le gustaba mucho viajar. La
melancolía se transformó en alegría al contar con un nuevo tema de
conversación.
-Buenos
días, Azorín, ¿cómo se encuentra usted esta mañana?
-Muy
buenos días, mi querido amigo. Me encuentro muy bien. Por cierto, y
aunque no la he visto toda entera, debido a su duración, me está
encantando la película de Bergman.
-Me
alegro mucho.
-Tengo
que reconocer que tiene usted muy buen gusto.
-Gracias,
muchas gracias.
-Imagino
que le habrá costado lo suyo lograrlo, pero creo que ha valido la
pena, ¿no le parece?
-Sí,
creo que sí. Verá, hace años estaba muy de acuerdo con aquella
sentencia bíblica en al cual se afirma que quien añade sabiduría,
añade dolor. Es cierto, no lo niego; pero también una pequeña
sabiduría, como la que nos alumbra, añade placer, mucho placer.
-Efectivamente.
Es todo un arte saber disfrutar de un buen libro, de un paisaje, de
una sinfonía o de una buena conversación con un amigo.
-Sin
olvidar los viajes, Azorín, sin olvidar los viajes.
-Por
supuesto. Ha sido una omisión imperdonable.
-Y
más en usted, que fue uno de los pioneros.
-Tuve
excelentes maestros. No olvide que fue en el siglo XIX cuando
comenzaron a viajar muchos escritores.
-Dudo
que lo hicieran en las condiciones en las que lo hizo usted cuando
cubrió la ruta del Quijote.
-Digamos
que no era fácil viajar en aquellos momentos; pero tampoco existe
ninguna heroicidad en utilizar lo único que hay. Desde luego, vistos
aquellos viajes con las facilidades que se tienen hoy, parecen cosas
de locos.
-Ayer
por la tarde, después de llevarle la película, estuve releyendo
unos cuantos poemas de Bécquer. Los poemas me llevaron a sus Cartas
desde mi celda; y,
una vez más, volví a sonreír, divertido, con el relato del viaje
que hace Bécquer de Tudela a Tarazona, camino de Veruela.
-Gustavo
Adolfo Bécquer es un gran poeta, ¿no le parece? Y como prosista no
es nada desdeñable, todo lo contrario. Aunque esa carta de la que
habla usted me recuerda un poco a Larra y a sus artículos de
costumbres. Lo cual, probablemente, no quiere decir nada.
-Estoy
de acuerdo con usted en que Bécquer es un excelente poeta. Creo que
hace falta serlo para componer un libro, las Rimas,
con la sencillez con la que lo hace él. Siempre me acuerdo de
Volverán
las oscuras golondrinas como
de la máxima expresión, en poesía, de la economía de medios.
-Sí,
tiene usted razón: construida con un hipérbaton, nos habla, con una
gran sencillez, del paso del tiempo, de todo aquello que perdemos en
un instante, y que no volverá.
-La
vida misma.
-Efectivamente.
Parece que Bécquer está desarrollando un tema tópico, el del ubi
sunt?, aunque,
al final, de forma magistral, le da un giro al poema para reafirmar
su hondo sentimiento, su amor, un amor tan grande que nadie igualará.
-Sí,
así es. Como ya le he dicho, pasé la tarde releyendo las cartas. Y
con los ecos de las golondrinas en la cabeza, me tropecé con un
fragmento, que, quizás, resuma su poética, y la forma de viajar. Ni
que decir tiene que me he tomado la libertad de transcribirlo.
-Pues
lea usted.
-Dice
Gustavo Adolfo Bécquer en la carta IV “Es
preciso salir de los caminos trillados, vagar al ocaso de un lugar en
otro, dormir medianamente y no comer mejor; es preciso fe y verdadero
entusiasmo por la idea que se persigue para ir a buscar los tipos
originales, las costumbres primitivas y los puntos verdaderamente
artísticos a los rincones donde su oscuridad les sirve de
salvaguardia, y de donde poco a poco los va desalojando la invasora
corriente de la novedad y los adelantos de la civilización.”
-Se
percibe en sus palabras un cierto regusto amargo por un mundo en
continua transformación.
-Sí,
Azorín, tiene razón. Antes ha dicho usted que el viaje, en la
diligencia, de Tudela a Tarazona, le recuerda a Larra. Es cierto. O,
al menos, a mí también me lo ha evocado. Evidentemente, Bécquer
tiene una rama costumbrista. Es posible que el viaje a Veruela, que
realizó con su hermano, estuviera, dejando su salud aparte,
relacionado con la búsqueda de tipos y formas de vida que comenzaban
a desaparecer.
-Sí,
pero igual que en Larra, la mirada de Bécquer también es una mirada
crítica: recuerde usted la carta en la que habla de las brujas de
Trasmoz. El de la brujería es otro asunto que, por cierto, se
debería haber estudiado tal vez desde un punto de vista
antropológico. Bécquer se acerca a la brujería de forma irónica,
sonriendo.
-Yo
tengo una visión un tanto romántica de la brujería. Hace muchos
años un buen amigo me regaló un libro, La
bruja, de
Jules Michelet. Según dicho amigo, Michelet era una rata de
biblioteca, un historiador dedicado a sus libros y a sus
investigaciones. Y un día, ya de mayor, conoció a una mujer; en el
sentido bíblico. Dicho conocimiento fue para él toda una
revelación, un mundo nuevo. Como agradecimiento a la mujer, como
muestra de amor, cariño y respeto, escribió La
bruja. La
bruja, según Michelet, es la benefactora de la humanidad.
-Sí
que es romántica la historia. Seguramente falsa, pero bien hallada.
O bella, si lo prefiere.
-Desde
luego como contraportada del libro hubiera quedado perfecta. Ahora
bien, no es esa la visión que Bécquer nos da de la bruja y de su
entorno. Él da, como ha dicho usted, una visión crítica y poética.
-Creo
recordar que hay en las palabras de Bécquer, cuando haba de las
brujas, una leve burla. Si no me falla la memoria, narra su encuentro
con un pastor, camino de Trasmoz, quien le cuenta la terrible muerte
de una bruja, la tía Casca. Bécquer sonríe ante las palabras del
pastor.
-Tiene
usted una buena memoria. Una muerte, la de la tía Casca, nada
romántica, por cierto. Y más terrible que la de la otra bruja, la
gran bruja de nuestra literatura, la Celestina.
-¿Y
no le parece usted que las personas del pueblo deberían estar muy
asustadas para ejecutar a aquella pobre mujer de la forma en la que
lo hicieron?
-¿Cree
usted que ese episodio que narra Bécquer sucedió en la realidad? No
sé. Se me hace duro creer que un grupo de mozos, en un pueblecito
como Trasmoz, persiga a una pobre vieja, y la arroje por un
precipicio; que la vieja quede enganchada en unas ramas o raíces, y
los mozos le lancen una buena piedra a fin de hacerla caer al fondo
del barranco.
-Sí,
es una bestialidad; pero entre eso y ser quemada viva...
-Si
usted me lo permite, se lo resumiré con un refrán.
-Hágalo.
-Los
malos tragos cuanto antes, mejor.
-Tiene
usted razón. Rápida y sin avisar. Y es posible que la muerte de la
tía Casca, si es cierta, esconda, en el fondo, un problema de
dineros, lindes, o sexo. Es por lo que se muere y se mata en los
pueblos. ¿Dice Bécquer algo al respecto? No lo recuerdo.
-No,
no lo dice; pero a él también debió intrigarle el asunto, pues
vuelto a la celda de Veruela, entrevista a una moza que, todas las
noches, espera a que termine su crónica para llevarla, al día
siguiente, al correo. La muchacha le cuenta una historia de brujas,
las de Trasmoz, que parece sacada de Las
mil y una noches.
-Está
muy bien la visión que da Gustavo Adolfo Bécquer; pero ¿no le
parece una pena que no hiciera un estudio más serio, menos
literario?
-Sí,
es una pena que no haga ese estudio.
-Pero
es necio por nuestra parte, quejarnos de esto.
-Máxime
teniendo en cuenta que el mismo Bécquer, en la carta IV, propone que
el Gobierno pensione viajes de estudio a nuestras provincias. En
estos viajes participarían un pintor, un literato, un arquitecto...
Entre ellos se ayudarían a fin de entender todo cuanto les fuera
saliendo al paso.
-Eso,
querido amigo, casi parecen excursiones escolares.
-Es
cierto. Pero se trata de excursiones interdisciplinares. Ya sé que
tanto a usted como a mí, nos gusta viajar solos, y ligeros de
equipaje; pero este sería un buen método de enseñanza.
-Cuando
se va solo por el mundo es como decir a todos que se está abierto,
que cualquiera puede pegar la hebra con el solitario, que agradecerá
salir de la soledad por unos momentos, ¿no le parece?
-Sí.
Viajar, además, es un arte. Y no todo el mundo sabe hacerlo. Como
dice Bécquer a veces hay que pasar hambre y frío; y a veces hay que
estar dispuesto a subir y bajar por aquí y por allá a fin de verlo
todo y empaparse de todo. Y, a veces, hay que estar dispuesto a que
nos tomen el pelo, y a no enfadarse mucho por ello. Todo esto hace
que no sea fácil encontrar a un buen compañero de viaje.
-Dadas
las magníficas condiciones en las que se viaja hoy, no entiendo como
dos personas se pueden enfadar...
-A
saber lo que subyace tras esas peleas, Azorín.
-¿Y
ha viajado usted mucho, querido amigo?
-Bastante,
y con todo medio de locomoción: a pie, en tren, en coche, en
autobús, en bicicleta... Gracias a Bécquer he estado evocando mi
estancia en Veruela.
-¿Estuvo
usted también hospedado allí?
-No,
cuando yo fui, el monasterio ya no tenía celdas. Pero vi el claustro
y la iglesia, de la que habla Bécquer, y la famosa Cruz Negra, a
cuyos pies se sentaba a esperar el correo. Y caminé por los
alrededores.
-Hizo
usted un viaje literario.
-Por
las iglesias de España. Literario y gastronómico, y paisajístico.
-Todo
es cultura. ¿Y conoció usted a muchas personas? Quiero decir,
¿entabló conversación con alguien?
-Sí,
en casi todos los viajes lo he hecho, tanto yendo solo como yendo
acompañado. Aunque debo decirle que esto resulta cada vez más raro
y complicado.
-Lo
imagino: los trenes llevan televisores; los viajeros se sientan de
espaldas unos a otros; se aíslan con sus auriculares; o viajamos con
el coche particular, y ni en la gasolinera nos entretenemos en hablar
con nadie.
-Sí,
así es.
-¿Entonces?
-Quedan
las pequeñas tiendas de los pueblos, los mercados, y algún que otro
espontáneo en alguna olvidada plaza. Luego, el recuerdo magnifica un
poco aquellas conversaciones, y con todo eso puede usted escribir un
bonito relato.
-¿Y
si no lo magnifica?
-Pues
me tiene usted a mí leyendo Las
fundaciones, de
santa Teresa en un tren, camino de Ávila. Alguien, que ha subido en
una estación lejana, se sienta frente a mí; era un tren antiguo, y
me observa atentamente tras haber leído el título del libro. Se
pone nervioso conforme pasan los minutos. Su nerviosismo se me
contagia. Termino el libro, y entonces, el desconocido, un hombre de
unos sesenta años, me interpela. Hace, en cuestión de segundos, un
canto y alabanza de la derecha política española, que asocia con
santa Teresa. Deduce, dado que la leo, que soy de derechas, y se
felicita porque gente tan joven como yo pertenezca a su partido
político y lea a la santa.
-¡Vaya
con santa Teresa! ¿Y qué hizo usted?
-Nada:
dejarlo hablar. ¿Para qué lo iba a desengañar, no le parece?
-Pues
también tiene razón.
-De
todas formas no es este el tipo de personas que me molesta en los
viajes. Los personajes molestos son los guías; los que se empeñan
en que Huelgas, así cuando visité dicho monasterio,
proviene del latín, de holgare,
disfrutar o vagar, y no dejan disfrutar al viajero de los claustros y
las iglesias con la calma y la tranquilidad requerida.
-¡Ay,
amigo! Vivimos en el siglo de las prisas. Y quizás mejor que
recurrir a un guía sea hacerlo a alguien del pueblo. Al menos en
estas personas no se da la pedantería.
-Eso
es difícil, Azorín. Ahora esa gente del pueblo, que sabía
historias, como el pastor que le cuenta a Bécquer la historia de la
tía Casca, o la criada que tiene en el monasterio, que narra al
poeta la historia de las brujas de Trasmoz, ha sido pretendidamente
sustituida por los rimbombantes y necios “Centros de
Interpretación”.
-Sí,
me he enterado. Antes no viajaba nadie; y ahora viajar se ha
convertido en parte del ritual del verano. El turismo es una
importante fuente de ingresos, y apenas, en un villorrio perdido, se
ha descubierto una piedra con una letra romana cuando comienzan a
hacerse caminos hacia el yacimiento; a su lado se eleva una caseta,
se ponen cuatro cartelones, y se trata de sacar dinero por no enseñar
nada.
-Así
sucede, efectivamente. Tal y como lo ha descrito usted. Esos son los
traídos centros de interpretación.
-Y
el abuso, traerá la cuenta.
-Yo,
por mi parte, puedo decirle que no entro, después de la última
experiencia, en un lugar cuyo nombre no quiero pronunciar, en ninguno
de esos necios y rimbombantes centros de interpretación.
-¿Y
se ha fijado usted, además, querido amigo, en la enorme cantidad de
museos que tenemos últimamente?
-Sí;
tenemos museos para todos los gustos, y de todos los pelajes: museo
del vino, del café, del agua, del mar, de cachivaches del pueblo...
de lo que usted quiera. Usted mismo lo ha dicho: el turismo es una
fuente de ingresos.
-Pero
si no lo miman, si le toman el pelo, dejará de existir.
-Esto
es como todo, Azorín: hay que saber escoger; y no enfadarse mucho en
caso de tomadura de pelo.
-Sí,
tiene usted razón.
-En
los viajes, por otra parte, influye, y mucho, la suerte: llegar a
Silos en el momento justo que comienzan los cantos gregorianos; tener
un excelente guía en la catedral de Sigüenza, y todavía me
estremezco de pensar en el frío que pasé aquella tarde noche;
presentarse en la catedral del Toledo justo cuando se está haciendo
una magnífica exposición sobre los Reyes Católicos...
-Y
olvidarse un poco de las cosas negativas.
-O
tomárselas con humor. Yo, durante una época, estuve pensado en
escribir un libro con todas las tonterías que les he oído a los
guías de los diversos monumentos nacionales, entre ellas la de
Huelgas, derivado de holgare.
Luego, llegado a casa, la cosa no me pareció muy interesante y
olvidé el proyecto.
-Pero
siguió viajando.
-Sí,
por supuesto. Y en uno de los viajes, seguí sus huellas por la ruta
de don Quijote. Me asombró usted, no tanto por las impagables
crónicas, una novedad en aquellos tiempos, como por las veinte horas
de carro que tuvo que soportar para llegar a Puerto Lápice, o puerto
Lápiche, como escribe usted.
-Sí,
visto ahora en la lejanía, aquel viaje parece una locura.
-Fue
usted un predecesor, un ejemplo a seguir.
-En
aquellos tiempos, querido amigo, era joven.
-Y
la juventud todo lo puede.
-Juventud,
divino tesoro...
-Yo
creo, Azorín, que se es joven mientras se viaja y se tienen
ilusiones, aunque sean pocas. En este bendito país hay muchas cosas
para ver, muchas, y algunas ilusiones, ya lo dice usted en La
ruta de don Quijote: “Tal vez, sí, nuestro vivir, como el de don
Alonso Quijano, el Bueno, es un combate inacabable, sin premio, por
ideales que no veremos realizados.”
-¡Ah!
No me cite. Yo soy un pobre hombre que, en los ratos de vanidad,
quiere aparentar que sabe algo, pero que en realidad no sabe nada.
-Azorín,
por favor, vuelva usted mañana.
-Lo
intentaré, querido amigo, lo intentaré. Antes, como es perceptivo,
tengo que seguir el ritual: beber la tonificante agua de nuestra
fuente, límite y punto de partida de nuestras ansias.
-Beberé
con usted y brindaremos por Bécquer.
-Y
por su viaje a Veruela.
-Sea
así.
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