MIS CONVERSACIONES CON AZORIN
MOLIÈRE
Vicente Adelantado
Soriano
Hacía
una mañana espléndida. Un poco fresca al principio; pero se
adivinaba un vigoroso sol que no tardaría nada el caldear el
paisaje. Más de lo deseado en el otoño. La verdad es que se añoraba
un poco de frío, un poco de lluvia, un cielo plomizo, y más nieve
en las montañas que rodeaban al pueblo. Se añoraba el fuego del
hogar, el vaso de buen vino, y las castañas asadas. No teníamos
nada de eso. Pero por las mañanas, si la lluvia no lo impedía, con
frío o con calor, no podía faltar el cotidiano y deseado paseo.
Compensaba con creces las otras carencias.
-Buenos
días, Azorín, ¿Ha descansado usted?
-Buenos
días. Sí, he descansado. Estoy fresco como una rosa y con ganas de
caminar, al menos hasta la fuente.
-Pues
vamos a ello.
-¿Y
sobre qué vamos a versar hoy?
-Sobre
lo que usted quiera y desee. Oírlo hablar es recibir una lección.
Tiene usted libertad de cátedra.
-¿Eso
quiere decir que puedo escoger el libro de texto?
-Y
la forma de impartir la clase.
-Ha
venido hoy usted o muy amable o con muy pocas ganas de trabajar.
-¡Hombre!
-Perdone.
Ha sido una pequeña broma. ¿Qué le parece si hablamos de teatro?
-Sabe
que es una de mis debilidades. Ahora bien, de qué teatro, de qué
autor y de qué época.
-Escoja
usted.
-¿Qué
le parece Molière? No hace mucho, y por indicaciones suyas, volví a
leer Tartufo.
-Perfecto.
Hablemos de Molière. ¿Qué le parece a usted dicho autor?
-Escribió
comedias muy divertidas. Muy buenas, perfectamente construidas, como
se dice ahora y algunas un tanto reiterativas. Pero, aunque le
parezca mentira, sólo he visto, en escena, dos obras suyas. El resto
lo he tenido que leer.
-Sí,
es una pena el abandono en el que está el teatro. ¿Qué le pareció
Tartufo?
-Inquietante.
-Ya.
-Decía
García Lorca, si no recuerdo mal, que una obra de teatro es su
director. ¿Está usted de acuerdo con esto?
-Sí,
es probable que una mala dirección pueda quitarle fuerza a un drama.
O despojarlo de su sentido.
-O
darle otro que, tal vez no está en el texto, o aparece de forma muy
subliminal.
-En
ese caso, y en los otros, no olvide usted, querido amigo, que todo
montaje es una nueva interpretación. Y tal vez esos nuevos montajes
digan más de la época que los creó que de su propio autor, del
autor del texto, claro.
-Posiblemente
esté usted en lo cierto, Azorín. Lo cual plantea otro problema:
¿cómo llegar al mensaje original del texto?
-Realizando
un buen montaje, ¿no le parece a usted?
-Sí,
pero no deja de ser una interpretación.
-Por
supuesto. Siempre he pensado, querido amigo, que el montaje se debe
mantener en un cierto eclecticismo: ni arqueología, ni exceso de
modernismo, que puede resultar engañoso.
-Eso
también depende, Azorín, de la fuerza del director. Puede hacer una
cosa asombrosamente moderna, y respetar todo el texto y aun su
sentido, sus juegos y palabras.
-Creo
que entiendo a dónde quiere ir a parar. Pues, y perdone usted si lo
he interpretado mal, la dramatización puede hacer evidentes cosas
que en el texto no lo están tanto, ¿es eso a lo que se refiere?
-Sí.
A algo así me refería. ¿Me permite usted un salto en el tiempo?
-Por
supuesto que sí.
-Hace
bastantes años asistí a un curso sobre teatro clásico. Lo impartió
Ruiz Ramón, un excelente historiador del teatro español. Analizamos
durante varios días El
burlador de Sevilla, de
Tirso de Molina.
-Una
obra ciertamente importante.
-¿Y
no le parece a usted significativo que se represente la meliflua Don
Juan Tenorio, de Zorrilla
en lugar de esta magnífica obra?
-Bueno,
usted sabe...
-Sí,
ya lo sé, que es usted una buena persona.
-Bien,
querido amigo, no se enoje: prefiero con mucho la obra de Tirso, por
supuesto.
-Yo
también, yo también. Bien, como le iba diciendo, el profesor Ruiz
Ramón nos hizo caer en la cuenta, texto en mano, de cómo Tirso
denuncia la corrupción de la monarquía, y de cómo don Juan engaña
porque también lo quieren engañar a él, y él es más astuto que
las mujeres, o tiene más suerte.
-O
lo ayuda su tío, valido del rey. Y eso se tiene que notar en un buen
montaje.
-Efectivamente.
Si no se percibe, la obra puede quedar coja.
-¿Y
aplicado esto a Tartufo
qué obtenemos?
-Lo
que le voy a contar me causó una cierta inquietud. ¿Usted diría
que la relación entre Orgón y Tartufo es una relación homosexual?
-¡Hombre!
Me deja usted... no, no se me había ocurrido. No lo creo.
-Parece
ser que se han hecho montajes que resaltan este tipo de relación.
-¿Y
qué le parece a usted?
-Una
exageración por no decirle un sin sentido, o una absurda forma de
llamar la atención.
-Eso
estaba pensando yo también: no hay que olvidar que Orgón ofrece a
su hija en matrimonio a Tartufo... Creo que es llevar las intenciones
de Molière un poco demasiado lejos, ¿no le parece a usted?
-Aparte
de eso, me parece que vista desde esa perspectiva, la obra de Molière
pierde parte de su gracia, deja de ser una comedia. Y Molière
buscaba la risa, aun en los momentos más delicados.
-Sí
es una delicia, en El
médico a palos, las
proposiciones que hace el médico, Sganarelle a Jacqueline, a quien
induce al adulterio: “y merecería también que le pusierais
ciertas cosas en la cabeza por culpa de sus sospechas” para
vengarse del marido.
-Y
se ofrece él mismo como el instrumento de la venganza. Y todo dicho
con un tono gracioso, irónico, en ningún momento morboso o feo.
-Es
posible, pues, querido amigo, que, como ha dicho al principio, y como
dijo García Lorca, una obra de teatro sea el director.
-Sí.
Estos tienen mucha facilidad para echarlas a perder.
-Siempre
se ha dicho que las obras de teatro han sido escritas para ser
representadas, no para ser leídas; pero con un poco de imaginación,
¡qué montajes más maravillosos se puede hacer uno en su propia
mente! ¿No le parece?
-Esoy
totalmente de acuerdo con usted, Azorín. Aunque sería difícil, tal
vez imposible, darle a la obra toda la fuerza que tuvo en su época.
Quiero decir que dudo mucho que hoy se escandalizara nadie por lo que
denuncia Tartufo.
-Sí,
porque en su época armó bastante revuelo.
-Tal
vez se produjera ese revuelo más por la estrechez de miras de los
criticados, o de la crítica, que por cuanto dice el propio Molière
o sus personajes.
-Los
dogmas carecen de sentido del humor: para ellos todo es sagrado, y la
ropa sucia la quieren lavar en casa.
-¿Aceptan
tener ropa sucia? Por otra parte, la obra adolece de una cierta
verosimilitud. ¿Cómo puede haber alguien tan necio que meta en su
casa a un personaje como Tartufo y le confíe hasta sus más íntimos
y comprometedores secretos?
-Porque
se está confundiendo todo: la piedad y la religión con la
hipocresía y con cuantos tratan de aprovecharse de los incautos
vendiéndose como buenos cristianos. Esa, querido amigo, es la
crítica de Molière. Y un artificio teatral tan válido como el
hecho de que Calisto no se case con Melibea.
-Aun
así, aceptado el artificio, cuesta creer que exista un Orgón...
-Es
el símbolo de quien no quiere ver, de quien está cegado. Recuerde
que su mujer tiene que montar la pequeña obra teatral en la que
finge rendirse a Tartufo para que Orgón se percate de la radical
hipocresía de este personaje.
-Sí,
es una obra sobre la hipocresía, y sobre la ceguera; pero aún así
me resulta complicado comprender por qué la obra causó tanto
revuelo en su época.
-Es
difícil trasladarse a otros momentos. De ahí la importancia del
montaje. Ahora, transformar una explotación religiosa, hipócrita,
en una relación homosexual, me parece un poco fuera de lugar.
-A
mí también. Tal vez se debería centrar la dramatización en
estudiar qué sucedió en aquella época para permitir el surgimiento
de un personaje como Tartufo, y que su representación molestara
tanto.
-No
olvide, Azorín, que molestó a un determinado grupo de gente.
-Sí,
pero con poder. Hasta el punto de lograr que se prohibiera la obra.
-Otra
cosa que me ha llamado mucho la atención de la obra de Molière es
que haya un padre capaz de sacrificar la felicidad de su hija, en
este caso la de Mariana, enamorada de Valerio, y que se empeñe, su
padre, en casarla con Tartufo, el hipócrita.
-Las
ruines costumbres de la aristocracia, querido amigo, heredadas por la
burguesía.
-Situación
que se repite, por cierto, en El
enfermo imaginario.
-Y
que en ambos casos resuelve una criada, que se sube a las barbas de
su señor. Un elemento muy a tener en cuenta.
-Está
claro, Azorín: esas obras de teatro, para su montaje, requieren de
muy buenos directores: leyéndolas saltan chispas por todas partes. Y
un montaje, un buen montaje, no lo puede desperdiciar.
-Tal
vez por eso se representen tan poco a los clásicos: son muy
exigentes.
-Demasiado
para el común de los mortales.
-¿Dígame,
querido amigo, usted cree que nevará este año? Porque vaya calor...
-Me
mata tanto calor, Azorín. ¡Ojalá nevara e hiciera frío!
-Paciencia,
querido amigo, paciencia. Lleguemos a la fuente y tonifiquémonos con
su clara y fresca agua. Ya seguiremos otro día hablando de teatro.
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