MIS
CONVERSACIONES CON AZORÍN
PARALIPÓMENOS
Vicente Adelantado
Soriano
Debo
reconocer que el ser humano es muy contradictorio, y que yo no soy
ninguna excepción. Lo digo porque estaba harto y cansado del calor,
del sol y del buen tiempo. No obstante, todas las mañanas me
despertaba con la ilusión de que el tiempo no hubiera empeorado,
pues de lo contrario no podría salir a pasear con Azorín. Tuve
suerte: las pocas veces que llovió lo hizo por la tarde. Y alguna
que otra tarde, el maestro, siempre y cuando llevara mi famoso
paraguas, me invitó a su casa a tomar café. Allí las
conversaciones se hicieron más formales. Por eso yo prefería
caminar hasta la fuente.
-¿Sabe
usted, Azorín? Nuestras conversaciones se parecen a la definición
que dio Cervantes ya no recuerdo de qué novela suya: aquí se
promete mucho y no se concluye nada.
-Es
lo normal de las conversaciones, querido amigo. Otra cosa sería que
estuviéramos haciendo crítica literaria u obras de teatro. ¿No le
parece a usted?
-Sí,
tiene razón. No obstante, siempre, cuando me despido de usted, tengo
la impresión de que lo más importante de nuestras conversaciones se
me ha quedado entre pecho y espalda, no ha salido.
-Bueno,
ambos gozamos de salud y de buen tiempo, aunque ya sé que le
disgusta a usted, así que puede retomar la conversación que usted
quiera y añadir aquello que se le olvidó o no encontró ocasión de
decir.
-¿Le
parece que retomemos nuestra conversación sobre la amistad?
-Me
parece perfecto, pero antes, querido amigo, le recuerdo que Montaigne
tenía un excelente amigo, Raimond Sabunde, al que le dedica un largo
ensayo en el cual se habla de todo menos de Sabunde.
-Intentaremos
no imitarlo.
-Montaigne
le estaría muy agradecido. Él escribe sus ensayos casi como
hablando consigo mismo: no busca que nadie haga lo que hizo él. Para
lo cual cita a Terencio... Le pido disculpas por la nota erudita:
“Mihi
sic usus est; tibi, ut opus est facto, face”.
Es decir, esta es mi forma de actuar, pero tú hazlo a tu manera.
-Claro,
por eso me irritaba tanto a mí de joven. Yo buscaba normas de
conducta, formas de comportarme, y me encontraba con ambigüedades.
-Yo
diría que más que con ambigüedades, se dio usted de bruces con una
persona honesta.
-Aunque
no lo vi así en aquel momento, tiene usted razón.
-Bien,
pues ya sabe usted que Montaigne dice que una amistad es difícil de
lograr. Tanto que, con ayuda del azar, se puede ver realizada una
buena amistad cada tres siglos. ¿Qué le parece a usted?
-Una
exageración. Como me parece una exageración lo que le pide a la
amistad. Es posible que los hombres de la antigüedad fueran más
enteros; pero creo que hoy en día nadie plantearía un problema
similar al que plantea Eudamidas, que encarga, en su lecho de muerte,
a sus dos amigos, que alimenten a su madre, y que doten a su hija
para casarla.
-Eran
otros tiempos efectivamente. Los seres humanos dependían unos de los
otros, lo cual aumenta la solidaridad, y no tenían hospicios,
hospitales, ni seguridad social.
-También
aumentaría la miseria y el abandono. Y el abuso.
-Sin
lugar a dudas. Además, y permítame que se lo diga, Montaigne, como
todos los clásicos, da mucha importancia a la amistad entre hombres,
y muy poca a las relaciones con las mujeres. En el pensador francés
esto aparece de forma muy explícita. Y ahora me va a perdonar que
sea yo el que saque papelitos.
-Eso
sí que es una sorpresa.
-Siempre
se aprenden cosas en esta vida. Dice Montaigne, fíjese: “El goce
le pierde [al amor], pues su fin es corporal y susceptible de
saciedad. Por el contrario, de la amistad se goza a medida que se la
desea, nace, se alimenta y crece en el goce, pues es espiritual y el
alma se educa con su práctica.” ¿Qué le parece a usted?
-Que
en aquel tiempo no estaba de moda el amor, o entendían por él una
cosa distinta a lo que entendemos nosotros.
-Sí.
Es inquietante: los sentimientos, el amor, la amistad, también están
sujetos al cambio de los tiempos. Parece que nada hay eterno o
inmutable.
-Tal
vez la estupidez humana.
-No
hay duda de que es usted un acérrimo optimista.
-No
se puede ser optimista siendo profesor.
-¿Son
términos incompatibles?
-Para
seguir con nuestra línea de relatividad le diré que en la juventud
no, y en la madurez sí. Pero dejemos esto. Volvamos a la amistad.
-Volvamos.
Pero dígame antes, querido amigo, ¿Qué cree usted que es más
importante, el amor o la amistad?
-Montaigne
no habla del amor: para él el amor es el goce sexual, el medio de
tener hijos. Para nosotros es algo más... Se lo diría cantando,
pero temo un chaparrón, y hoy no llevo el paraguas.
-Pues
haga un recitado.
-Ya
sabe, la
donna è mobile, pero
È
sempre misero, chi a lei s'affida,
chi
le confida, mal cauto il core!
Pur
mai non sentesi felice appieno
chi
su quel seno non liba amore!
La
donna è mobile, qual piùma al vento,
muta
d'accento e di pensier,
e
di pensier, e di pensier!
Nadie
es feliz si en su seno no liba amor. Este verso me parece precioso, y
más, bien cantado.
-Sí,
tiene usted razón.
-No
lo veo a usted muy entusiasmado.
-No
haga usted caso: son cosas del tiempo.
-Siempre
que se habla de la amistad, se termina hablando del amor. Es curioso.
-O
tal vez inevitable.
-El
otro día ya me quedé con ganas de contarle una anécdota de mi
juventud. Sobre la amistad, pero, por supuesto, con una mujer por el
medio.
-La
piedra de toque.
-Sí,
así es. Era un juego infantil, parecido al que de pequeños nos
planteaban nuestros padres: “¿A quién quieres más a tu padre o a
tu madre?”
-¿No
le parece que los mayores a veces somos muy crueles con los niños?
-Sí,
aunque últimamente sustituiría la palabra cruel por indiferente. Y
no hay nada peor para un niño que la indiferencia, créame.
-Lo
creo, lo creo. Y tanto que lo creo. ¿Y cuál era el juego de su
juventud?
-Una
noche, hablando un grupo de amigos sobre la amistad, se planteó una
pregunta, que todos teníamos que responder: “si tu supieras que su
mujer le es infiel a un amigo tuyo, ¿se lo dirías o te callarías?”
-¿Y
cuál fue el resultado?
-Creo
recordar que hubo empate.
-No
le pregunto cuál fue su respuesta, querido amigo, porque no me
resulta nada difícil imaginarla.
-Sí.
Fui rotundo. Entonces lo tenía muy claro. Hoy dudo, aunque siento
una terrible inclinación, tal vez malsana, a decir la verdad.
-¿Usted
cree que vale la pena?
-No,
nunca vale la pena ser sincero, Azorín; pero eso es algo que es
superior a mis fuerzas. Callarme ciertas cosas siempre me ha dado la
impresión de una gran traición... No, no soy nada inteligente. Me
pierde la llamada sinceridad, el deseo de que las cosas no sigan
igual...
-Es
decir, que se mantiene en su deseo de revelar la verdad.
-Me
sucede lo mismo que con el aborto. Si tuviera que hacerse, lo
consentiría. Pero tanto en este caso, como en el anterior, me
gustaría pronunciar las palabras de Jesús poco antes de ser
entregado a la bestialidad humana: “Pater
mi, si possibile est, transeat a me calix iste: verumtamen non sicut
ego volo, sed sicut tu.”
-Esperemos,
pues, que nada nos ponga entre la espada y la pared.
-A
estas alturas de mi vida, ya no lo creo. Es lo que tiene de bueno
hacerse mayor.
-¿Y
no echa usted de menos aquellas reuniones, los amigos, las cenas...?
-No.
La juventud es un mito. Yo no lo pasé nada bien. En realidad,
Azorín, yo empecé a disfrutar de la vida de mayor.
-¿Y
tuvo usted muchos amigos?
-Sí,
tuve amigos. Y viajé con ellos, como usted con don Pío Baroja...
-¿Sabe?
Lo echo de menos.
-Siento
que tenga que conformarse conmigo.
-No
lo sienta. Hoy no estoy bien. Pero es usted un buen conversador.
-Quizás
sea porque tengo un excelente maestro.
-Bebamos
agua y volvamos a casa, por favor.
Así
lo hicimos. Algo, en aquella conversación, había sentado mal a
Azorín. Lo sentí profundamente. Durante el regreso apenas si habló.
Respeté su silencio. No obstante, me hizo prometerle que pasaría a
buscarlo al día siguiente. Se lo prometí. Y en caso de lluvia, iría
a su casa a tomar café. También se lo prometí.
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