MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN
LA
CASA DE LOS SIETE BALCONES
II
EL
REALISMO MÁGICO
Vicente
Adelantado Soriano
Tonificados
gracias al agua, proseguimos, sin prisas, casi tomando a broma al
cielo amenazador, con nuestra particular discusión sobre la obra de
Casona. Nos encaminamos ya hacia el pueblo.
-Casona
nos está resultando un perfecto pretexto para hablar de la
literatura en general.
-Sí,
tiene usted razón. Pero quizás no deberíamos divagar tanto. ¡Santo
Dios! ¿Todavía tiene usted más papelitos?
-Le
prometo que es el último.
-Lea,
lea.
-Es
de su mismo artículo, del citado anteriormente. Y dice así: “En
el trabajo de la crítica hay que ser preciso y exacto.”
-Me
parece muy bien, aunque lo haya dicho yo.
-A
mí también. Pues antes, de joven, cuando no veía soluciones en los
tratados de literatura o retórica, y vuelvo a la discusión con su
permiso, tendía a considerar realismo todo aquello que era factible
de que me sucediera a mí o a mi vecino.
-Lo
cual es limitar mucho el realismo, por cuanto lo cercamos con
nuestras pobres y limitadas vidas.
-Precisamente
me apoyé en eso para romper con mi concepción del realismo, pues
una escuela estética no puede depender de las pobres vivencias de un
lector.
-Bien.
Hemos superado el subjetivismo. Admitamos que otros pueden tener
otras vivencias más ricas que las nuestras...
-Pero
eso tampoco es, querido Azorín.
-Pues
entonces, ¿qué es el realismo, querido amigo?
-Una
determinada forma de escribir.
-Perdóneme,
pero es usted tan explícito como nuestro querido diccionario.
-Sí,
lo sé. Prosigamos. Ese realismo, narrar cosas reales, verosímiles,
factibles de suceder, integra la fantasía, y la trata con el mismo
rasero, sin romper ninguna regla.
-Me
parece que vamos aclarando conceptos.
-Imaginemos,
perdone usted la sonrisa, que un caballero sale hacia el exilio, que
todos le niegan el pan y el agua, que una niña le implora, y que el
caballero, con el paso de los años, conquista castillos, tierras,
reinos y casa a sus hijas con condes.
-Podía
suceder en la Edad Media.
-Sí,
podía suceder. ¿Sabe usted? Si no me hubieran dicho que el pasaje
del robledal de Corpes es pura invención, hubiera vivido convencido
de todo cuanto allí se cuenta sobre las hijas del Cid.
-A
muchos nos ha pasado lo mismo con el cuento del ciego y las uvas del
pobre Lázaro.
-Efectivamente.
Y con el planto de Pleberio.
-¡Qué
cosa más soberbia!
-Y
qué irreal. Un padre, ante el cuerpo despedazado de su hija, no dice
esas cosas... Posiblemente no diga nada.
-¿Es
irreal para usted entonces?
-Dentro
de la obra, nada más real y lógico que ese planto. Y dentro de la
obra de Casona, nada más real y lógico que la aparición del abuelo
y de la madre, muertos, en el comedor de la casa. Los convoca el
hijo, el nieto, un niño abandonado por su padre, y que sólo se
comunica con quien encuentra cariño, con su tía.
-Que
es un mito romántico. Aunque sea un personaje muy bien dibujado.
-Efectivamente.
Es una especie de doña Rosita la soltera: espera una carta de
América, que nunca llega. La del viejo novio, que partió en busca
de fortuna... Y termina, engañada por su cuñado, encerrada en un
manicomio.
-Quizás
sea ese tono de amargura lo que ha hecho definir a la literatura
española como literatura realista. ¿Le parece a usted?
-Es
posible. Pues a ello va aparejado el triunfo de los malvados, como es
el caso de La casa de los
siete balcones; la
destrucción de los ideales, El
ingenioso hidalgo...; el
triunfo del azar y de lo imprevisto, La
Celestina...
-No
hace falta que ponga más ejemplos. Pero hasta llegar ahí...
-El
autor se ha servido de todo tipo de materiales. Podríamos decir,
aunque la etiqueta sirve para otro tipo de literatura, que el
realismo español es un realismo mágico, en el cual lo maravilloso
no espanta ni asusta. Y no sólo eso sino que se integra
perfectamente en el tono de la obra. Y esto ya desde bien temprano.
No hay sino recordar el famoso cuento de don Juan Manuel, titulado
“De lo que aconteció a un deán de Santiago, con don Illán, el
gran maestro de Toledo.” Y eso por poner un ejemplo. En la
narración de don Juan Manuel el mundo de los sueños es el mundo
real. A través del sueño se ve el futuro, y por ese se juzga el
presente.
-Un
ejemplo, querido amigo, muy bien traído. Como podía serlo el de los
tejedores que le hicieron un paño al rey, ¿se acuerda usted?
-Sí,
me acuerdo. El rey pasea desnudo, pero nadie se atreve a decirlo,
puesto que quien no vea el paño es porque no es hijo legítimo.
-Sí.
Y, sin embargo, no le parece a usted que el tono, el resultado final
de la obra, es un tono, llamémosle así, realista.
-Sabe
usted, Azorín? Hay otra cosa, en todo esto del realismo, que siempre
me ha llamado la atención.
-¿Y
que es?
-El
hecho de que los grandes procesos literarios se hayan dado en
Francia, donde supuestamente la literatura es más fantasiosa que la
española... Quiero decir, aquí ni Clarín ni Pérez Gadós, por La
regenta, ni por Fortunata
y Jacinta, se vieron
involucrados en ningún proceso judicial como Flaubert en Francia por
Madame Bovary, o
Molière por Tartufo.
-Quizás,
querido amigo, se deba a la diferencia de temperamento: allí se lee,
los escritores son reconocidos, y aquí ni se lee, ni un escritor
tiene ningún tipo de prestigio. Y lo que dicen, en consecuencia, son
cosas sin importancia, novelerías.
-No
puedo opinar al respecto. En Francia he estado un par de veces, y con
el tiempo justo para ver cuatro cosas de París. Inglaterra y el
resto de Europa no lo conozco...
-Los
españoles deberíamos viajar más.
-La
pobreza impide levantarse a los buenos ingenieros, decía Van Gogh. A
mí, desde luego, me encantaría viajar, ver cómo funcionan los
sistemas educativos de otros países a fin de tener una referencia
clara.
-Tiene
usted los testimonios, escritos, orales...
-Conforme
me hago mayor, Azorín, aprecio cada vez más los refranes.
-¿No
se estará convirtiendo usted en una especie de Sancho Panza?
-Pues
no le diría a usted que no. Así que cuando me ponen como ejemplo a
Francia, Inglaterra, Canadá... me acuerdo del viejo refrán: “De
largas tierras, largas mentiras.”
-Nada
más real que ese escepticismo, querido amigo.
-Y
esa triste melancolía, un no sé qué que queda balbuciendo, tras la
lectura de la obra de Casona.
-¿Entonces
la literatura española es realista?
-Si
lo es Calila e Dimna o
El libro de buen amor, sí.
-¿Y
qué me dice de Galdós?
-Galdós,
querido Azorín, es el pianista que toca todas las teclas: igual es
realista que romántico, o naturalista, o todo junto, como en
Marianela. Y
toque la tecla que toque, siempre es un autor digno de ser leído.
-Y
¿qué opina usted de Pereda?
-Todavía
no lo he leído.
-Me
tiene usted en ascuas. Bien, querido amigo, hemos llegado al pueblo.
¿Sabe usted? Estas discusiones nuestras me recuerdan los diálogos
de Platón: nunca se llega a ninguna conclusión, a las afirmaciones
claras y rotundas.
-Es
cierto. Y mire que de joven me molestaba esa actitud. Yo quería que
Sócrates me dijera qué es la virtud, o la belleza, o el buen
gobierno.
-Y
Sócrates no se lo decía: quería que lo averiguara por usted mismo.
-Efectivamente.
-¿Y
averiguó algo?
-Creo
que no, pero hoy en día disfruto mucho leyendo los diálogos,
contemplando la implacable máquina de pensar que es Sócrates.
Aunque a veces, Azorín, también me parece una cierta mosca que goza
de un nombre no muy respetuoso.
-Es
usted terrible. Pero sí, creo que algo de razón tiene. No obstante,
deberíamos afinar más nuestros diálogos. No hemos definido nada,
ni llegado a ninguna conclusión.
-¿No
le molestará a usted?
-No.
En absoluto; pero lo digo por si, algún día, se le ocurre a usted
transcribir nuestros diálogos, y caen en manos de algún incauto
lector.
-Pues
como los tache de realistas, lo tenemos claro.
-Según
lo que usted ha defendido, no iría desencaminado ese posible lector.
-Tiene
usted razón. Yo tenía un amigo, de joven, que decía que si él
pensaba en un elefante verde, el elefante verde existía. Todavía
somos amigos.
-Me
hubiera encantado ver La
casa de los siete balcones montada
por usted.
-No
me haga caso, Azorín: me entusiasmo cuando leo una obra, me la
imagino, me exalto; pero luego, ante un trabajo largo, continuado,
con problemas, no sé si sería capaz de llevar las cosas a buen
término.
-¡Ay,
ese escepticismo tan realista, tan real, tan español y tan nuestro!
Ande, descanse usted. Hasta mañana.
-Gracias
por su compañía, Azorín, y hasta mañana.
-¡Ah!
Y coja el paraguas. Si nos perdemos, nos localizarán enseguida.
En
ese preciso momento se puso a llover. Me fui a mi casa dando un largo
y extenso rodeo. Con el paraguas abierto, por supuesto. No había un
paraguas tan bello y grande como el mío. Hasta los niños se reían
al verme pasar. Pero yo iba muy orgulloso bajo aquel enorme paraguas
de color amarillo, mi color preferido. Caminando recordaba a Azorín
y se me ensanchaba el corazón.
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