MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN
RITUALES
Vicente
Adelantado Soriano
Pese
a saber el tema sobre el que íbamos a versar, no preparé nada para
la conversación de aquella mañana. Ni siquiera me tomé la molestia
de buscar la palabra ritual en el diccionario. Tenía interés por
comprobar hasta dónde nos podía llevar nuestra charla sin basarnos
en etimologías, ni en otro tipo de apoyos externos. Quería saber, y
me lo planteé con una sonrisa en los labios, si iba a ser posible
mantener, de esta forma, una conversación seria, rigurosa. Desde
luego, en el dudoso caso de que la conversación quedara
deshilvanada, echaría mano del diccionario y la retomaríamos en
mejores circunstancias. No obstante, tenía una fe absoluta en
Azorín, y sabía que iba a resultar más que improbable no sacar
harto provecho charlando con él, se desarrollase la conversación
como se desarrollase. Con esa certeza, y con un ligero toque
sentimental, me dirigí a su encuentro.
-Muy
buenos días, querido amigo. ¿Ha descansado usted bien esta noche?
-Buenos
días, Azorín. Perfectamente. ¿Lo pregunta usted por algo especial?
He creído notar un cierto matiz irónico en su pregunta.
-Sí,
sí, lo hay; perdóneme, pero me lo he imaginado a usted buscando
etimologías y tomando notas en papelitos de colores antes de venir
aquí.
-Esta
vez se equivoca, Azorín; quiero ver hasta dónde llegamos sin este
tipo de ayudas. Así que no he traído nada. Tampoco he consultado
ningún diccionario. De verdad.
-Vaya.
Pues habrá que empezar sin definiciones, razonando por intuición, o
basándonos en experiencias propias.
-Exacto,
así es. Y ya para empezar, y sin más: ¿usted cree que puede
existir una sociedad sin rituales?
-Ahora
sería el momento de preguntarle qué es un ritual, y cuántos tipos
de rituales existen o pueden existir. Pero, claro, sin definiciones,
difícil se me hace contestarle de una u otra forma. Pese a la
dificultad, no obstante, yo le diría que no, que ninguna sociedad
puede subsistir sin rituales.
-¿Y
a qué cree usted que se debe eso? ¿Son todas las sociedades
creyentes y necesitan, en consecuencia, del ritual?
-El
ritual, querido amigo, no tiene porqué ser religioso. Ignoro la
respuesta correcta a la otra pregunta; pero por los libros que he
leído, y por pura intuición, parece que no hay ninguna sociedad
donde no haya un dios, una creencia en el más allá, una cosmogonía.
-Entonces,
el ritual, relacionado con la religión, sería como una especie de
oración al dios de esa creencia.
-Sí.
Pero también puede ser un deseo de hacerlo presente repitiendo
hechos o palabras que él dijo o hizo, o se cree que hizo.
-Estoy
de acuerdo con usted. Pero sin olvidar, por supuesto, que la mera
repetición de un acto, o de unas palabras, puede llevar a su
mecanización, a despojarlas del sentido original.
-Ese
es el problema, querido amigo, que sufren todas las sociedades.
Recuerde que hasta las palabras se desgastan, o se olvidan, y hay que
estar siempre restaurándolas o reponiéndolas.
-También
se cargan de otros sentidos que antes, en un primer estadio, no
tenían.
-Claro:
las palabras están vivas; no son entes muertos.
-Lo
mismo sucede con los rituales, querido Azorín, ¿no le parece a
usted?
-Por
supuesto. A menos que estos mueran. ¿Cree usted que se celebra igual
la Navidad ahora que en la Edad Media?
-No,
decididamente, no. Y ese era uno de los puntos que me interesaba, y
me interesa, de esta discusión.
-Me
alegro de que hayamos llegado tan pronto al meollo de la cuestión.
Plantee usted, pues, el problema que le inquieta.
-No
es que me inquiete, Azorín. Sencillamente quería reflexionar sobre
una serie de cosas, comportamientos si quiere usted, relacionados con
el rito.
-Usted
dirá, querido amigo. No obstante, y antes de seguir, quisiera
decirle, si me lo permite, que es posible que todas las sociedades
tengan ritos y rituales, dioses y héroes, porque la vida es muy
dura; y el hombre, un pobre ser desvalido, que clama en el desierto,
siempre necesita apoyos.
-No
sé si lo interpreto bien, Azorín; pero desde que tengo uso de razón
he pensado algo similar: si el hombre aceptara su radical soledad, y
fuera capaz de vivir con ella, no necesitaría de la religión, que
es un consuelo, al fin y al cabo para quien no acepta tan terrible
soledad.
-Tal
vez, querido amigo, tal vez.
-Sí.
Tal vez.
-Ya
sabe: a medida que uno se hace mayor, la duda le va ganando terreno.
No hagamos, pues, grandes afirmaciones; no estamos seguros de
nuestras apreciaciones.
-Tiene
razón, Azorín. Por otra parte no es ese el punto que más me
interesa de la conversación. Se lo planteo ya de forma un tanto
brusca y directa: ¿cree usted que un rito, o unos rituales, se
pueden quitar y poner por decreto de un gobierno?
-Creo
que no. Sólo el tiempo, mansa y lentamente, tiene poder para eso.
Pero el tiempo no mata los rituales, querido amigo: los transforma.
Creo que, en el fondo, el hombre siempre está realizando las mismas
o parecidas acciones.
-Le
he hecho la pregunta porque no hace mucho a unos políticos, o mejor
dicho, a unos representantes de sus propios intereses, y de algunos
ciudadanos, se les ha ocurrido la idea de suprimir los nombres de las
fiestas religiosas a fin de hacerlas laicas, o de intentarlo.
-¿Y
qué van a conseguir con eso?
-Imagino
que demostrar que están vivos, y que tienen un programa político.
-¿Y
a usted le preocupa semejante y vacuo intento?
-No
sé si me preocupa el intento de ellos o ver y palpar yo la vaciedad
de los políticos actuales. Creo, sinceramente, que hay mucho más de
lo último.
-No
confíe en semejante casta. Son un mal, una plaga que hemos de
sufrir. Por otra parte, y por más que lo intenten, usted sabe que,
en el fondo, todo ritual sobrevive. Aunque, a veces, se disfraza de
mil modos diferentes.
-Debo
reconocer que tiene usted razón... No obstante no sería lo mismo,
por ejemplo, unas Navidades sin belenes, villancicos, estrellas y
adornos. Hay algo especial en eso. Y conste que se lo dice un
agnóstico.
-Da
lo mismo, querido amigo: un agnóstico también participa del
ambiente. Y el ambiente nos define y determina.
-Efectivamente:
a mí por aquellas fechas me encantaba estar primero con mis padres y
luego con mis hijos... no, yo no soy de esos que quiere a toda la
familia a su alrededor. Yo quería estar con mis hijos. Nada más. La
cena de Nochebuena me religaba a ellos... Y luego, querido Azorín,
me creé mi particular ritual.
-Quizás
esos rituales sean los más interesantes.
-Hoy
me temo que voy a ser un poco subjetivo. Dicho de otra forma: temo
que voy a hablar de mí mismo.
-Hágalo
usted; todos necesitamos nuestros pequeños desahogos.
-Con
su permiso. A mí no me gusta ir a los cementerios, Azorín. Hay
gente que va en fechas determinadas, en el aniversario de la muerte,
por Todos Santos... yo rara vez voy al cementerio. Pero me creé mi
propio ritual.
-Está
usted en su derecho, querido amigo.
-Mi
padre, Azorín, murió muy joven. Yo también era muy joven cuando
murió. Me puse a trabajar, por necesidad, en cuanto falleció. Con
las primeras monedas que gané me compré los Episodios
nacionales, de Galdós y
un tocadiscos. El primer disco que sonó en mi casa fue el Requiem,
de Mozart. Todos los
años, en el aniversario de la muerte de mi padre, oía el Requiem
con seriedad religiosa.
-Un
bello ritual, sin duda. ¿Sigue usted practicándolo? Espero que no
considere impertinente mi pregunta.
-No
lo es, Azorín. Y no, no sigo practicándolo, pues aquel ritual me
aficionó tanto a Mozart, que lo oía día sí y día no: ya no tenía
mucho sentido oírlo en un determinado momento, en el que, tal vez,
ni me apetecía.
-Lo
ha interiorizado usted.
-Sí.
Algo así ha sucedido.
-Cuando
se convive mucho tiempo con algo, sea real o inexistente, ese algo
puede llegar a formar parte de nosotros mismos. A veces, querido
amigo, se siente muy próximo a Cervantes, a Rojas, a fray Luis de
Granada... es como si fueran amigos íntimos; o algo más que
íntimos. Y contra eso, créame, nada puede ningún decreto.
-Lo
creo. También creo que tiene usted razón cuando dice que, tal vez,
no se pueda vivir sin rituales.
-Eso
no lo sé, querido amigo; no lo sé; tal vez haya personas que puedan
vivir sin ellos. Quizás no lo puedan hacer otros hombres; y no
tienen por qué ser los sentimentales.
-Un
día, Azorín, y vuelvo a contarle mi vida, usted perdone, me fui con
mi madre al cine. Mi madre también era una gran aficionada al
séptimo arte. Ya no recuerdo si fui yo antes a ver la película, y
luego la llevé a ella porque imaginé que le gustaría mucho, o
fuimos los dos un poco a la aventura.
-¿Y
qué película fueron a ver?
-La
película de la cual le hablé el otro día: Fanny
y Alexander, de Igmar
Bergman.
-¿Es
buena?
-Muy
buena.
-¿En
color o en blanco y negro?
-En
color.
-Me
la tiene que pasar, por favor.
-Cuente
con ello.
-Prosiga,
prosiga.
-Recordaba
y recuerdo la película con todo lujo de detalles. Me encantó. Unas
Navidades una amiga me la regaló... ya no sé cuántas veces la he
visto, pues no hay Navidades que no me la ponga, evoque a mi madre, y
disfrute viendo la película. Tanto como antes gozaba con Mozart.
-¿Y
usted, querido amigo, cree que alguien le va a quitar eso?
-No,
esto no me lo pueden quitar. Es como intentar despojarnos del
dolorido sentir.
-Muy
bien expresado.
-Quien
a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.
-Usted
siempre con sus refranes.
-¿Qué
le vamos a hacer?
-Nada,
hijo, resignación y paciencia. De todas formas a mí también me
gustan mucho.
-Sí.
Usted también repite con cierta frecuencia el de la oreja cerca de
la teja.
-Es
verdad, tiene usted razón. Bien, por otra parte, y es lo que nos
interesaba, creo que ha quedado claro que jamás, ni políticos ni
ordenanzas, nos podrán despojar de nuestros sentimientos. Sean de
una forma o de otra, aflorarán. Y con ellos, los ritos, sean sacros
o profanos.
-¿Sabe?
En la película de Bergman hay, nada más comenzar esta, una cena
familiar. La familia es numerosa. A la cena, además, asisten las
criadas y un amigo de la casa. Al finalizar de comer, tras los
brindis, todos, cogidos de la mano, recorren la casa cantando. Esa
canción, Azorín, se me clavó en el cerebro. Yo tengo muy mal oído
y soy incapaz de reproducirla; pero ya no concibo unas Navidades sin
oírla.
-Y
se acuerda usted de su familia. En tanto lo hace, además, le invade
una dulce melancolía, una suave tristeza. Y tiene la impresión de
tenerlos a todos a su lado.
-Si.
No se podía decir con más exactitud.
-Bien,
querido amigo, pues de esta forma, y sin diccionarios, podríamos ya
definir qué es un rito.
-Creo
que sí: la repetición de un acto determinado con la finalidad de
hacer presente y real lo que fue presente y real en un pasado más o
menos remoto o lejano.
-Nos
podría servir esa definición como conclusión de nuestra charla.
Aunque algunos puristas nos podían tirar en cara que falta un
elemento esencial en nuestro rito.
-Imagino
a cual se refiere.
-Yo
estaba pensando, querido amigo, en que el ritual se oficia ante
varias personas. Pero ¿es esto esencial? Creo que no, ¿qué le
parece a usted?
-Es
posible que haya personas que necesitan del concurso de los demás
para realizar un ritual. Pero no creo que sea imprescindible.
-Yo
tampoco lo creo.
-Es
un ritual, por ejemplo, que siempre que llegamos a esta fuente beba
usted de su agua. Imagino que si no estuviera yo, y usted saliera a
pasear solo, bebería igualmente.
-Lo
echaría de menos, querido amigo, lo echaría de menos; pero tonifica
tanto esta agua que sí, bebería igualmente. Un conocido me contó
una vez que un amigo suyo perdió a su mujer. Fue una muerte
repentina la de ella. El hombre todos los fines de semana subía a
una alta montaña, sita en su vecindad, donde paseaba con ella. En lo
más alto de la montaña bebía agua de una botella que llevaba
consigo. Pero siempre, antes de hacerlo, arrojaba un poco de agua, y
pronunciaba unas palabras en latín: Sic
tibi terra levis.
-Cada
uno sobrevive como puede. Y el ritual, a veces, puede ser un bálsamo.
Beba usted, Azorín, beba usted.
El
maestro bebió con fruición. E inmediatamente emprendimos el regreso
hacia el pueblo. Ya en la entrada del mismo me volvió a recordar mi
promesa de dejarle la película de Bergman. Le prometí llevársela
esa misma tarde, pues no la necesitaba hasta las próximas Navidades.
Todavía faltaba mucho tiempo para mi particular y solitario ritual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario