MIS CONVERSACIONES
CON AZORÍN
SANTA
TERESA DE JESÚS
Vicente
Adelantado Soriano
El
invierno fue más crudo de lo esperado. Días hubo de un frío
paralizador. Sentado junto a la ventana, con la calefacción
conectada, y una manta sobre las piernas, pasé largas horas leyendo
todos los libros que Azorín me había recomendado a lo largo de
nuestros amigables paseos. Eran, en su inmensa mayoría, de autores
clásicos españoles. Al autor que más tiempo dediqué fue a santa
Teresa de Jesús. Fue, además, quien más me costó de leer. Y de
ella le quería hablar al maestro. Lo hice en cuanto apuntó la
primavera y pudimos recuperar nuestros matutinos paseos hacia las
afueras del pueblo.
-Buenos
días, Azorín; parece que todos empezamos a reverdecer.
-Buenos
días, querido amigo. Sí, ya estamos en los inicios de la primavera.
Dentro de poco nos percataremos de que ha llegado el mes más cruel.
-Cuando
el herido de muerte, olvidado en el campo de batalla, ve, sobre su
cabeza, un olmo seco al que le han brotado nuevos y tiernos tallos.
¿No es curiosa esta coincidencia de Tolstoi con Machado?
-Sí,
sí que lo es. ¿Ha estado usted releyendo Guerra
y paz?
-No;
lo releí hace unos tres años, junto con una buena parte de la
literatura rusa. Este invierno, haciéndole caso a usted, he releído
a santa Teresa de Jesús.
-No
es mala compañía. Fue una mujer muy inteligente, y con un gran
manejo del castellano. Sus páginas rezuman autenticidad y deseos de
saber y de comprenderse; pero a través del amor o de la unión
mística, ¿no le parece a usted?
-Creo
que sí, que acierta usted, Azorín, como siempre. Pero a mí se me
han planteado tantos problemas con santa Teresa que no tenía más
que ganas de verme con usted para planteárselos.
-Muy
bien, querido amigo; la primavera se promete interesante. Abordemos a
santa Teresa.
-El
primer problema soy yo, el lector. Yo leí a santa Teresa siendo
relativamente joven. Recuerdo, y pongamos el recuerdo en cuarentena,
que entonces me gustaron mucho La
fundaciones y
Las
moradas. El libro de la vida se
me hizo duro de roer.
-¿Y
qué ha sucedido ahora? A veces, lo sabe usted, con el paso del
tiempo nos varían los gustos y las percepciones.
-Lo
que ha sucedido en mi caso ha sido espantarme de que entonces, de
joven, me gustaran esos libros, pues eso quiere decir que entonces
los comprendí o entendí. O así lo creí.
-Lo
cual no deja de ser lo mismo. Y ahora tiene la sensación, la
desagradable sensación, de no haber entendido nada, o muy poco.
-Efectivamente.
Hasta el punto que llegué a plantearme que no se puede entender a
santa Teresa a menos que el lector sea creyente y participe de sus
mismos presupuestos.
-No
creo que eso sea imprescindible, querido amigo. De ser así, habría
que ser siempre lo que es el autor que se lee para llegar a
comprenderlo, ¿no le parece?
-Sí;
pero también me parece que el ser humano es capaz de ser muchos
seres al mismo tiempo, y muy contradictorios.
-En
eso tiene usted razón. Lo cual quiere decir que con santa Teresa no
ha encontrado la fe, si se puede hablar así. La empatía no ha
llegado a tal grado.
-Mire,
Azorín, a mí toda religión se me hace muy dura de tragar. Y el
cristianismo, quizás por haber vivido inmerso en él, todavía
más... No entiendo eso de que un padre mande a un su hijo a que lo
torturen y crucifiquen para redimir a una pequeña porción de la
humanidad. Y redimirla de qué. ¿No le parece a usted mezquino hacer
al hijo heredero de la culpa del padre?
-Y
sin embargo, querido amigo, ¿no le llama a usted la atención que
personas tan inteligentes como santa Teresa, san Juan, fray Luis de
León, etc., fueran creyentes?
-Sí,
sí; por supuesto que me llama la atención. Y me llama mucho la
atención la enorme pasión que demuestra santa Teresa en todas sus
obras. Creo que esa pasión, esa fe verdadera, es lo que ha hecho que
siguiera leyendo sus libros, aun con desagradable la sensación de no
comprender nada de nada.
-Algo
habrá entendido. ¿No ha disfrutado usted con el castellano que
utiliza? Lo digo por no meternos en honduras.
-Sí.
Y, a veces, sentía una extraña felicidad leyéndola. Tuvo que ser
una mujer muy inteligente, y digna de ser tratada.
-No
me cabe la menor duda. ¿Ha estado usted en Ávila?
-Sí,
varias y repetidas veces. Pero me resultó imposible dar con santa
Teresa en lo que se ha convertido en un lugar de peregrinación. No
me gustan los lugares de peregrinación: superponen visiones,
interesadas o no, a la realidad.
-Tal
vez fuera mejor buscarla en Alba de Tormes, en alguna aldea, o en
alguna pieza, celda o habitación, que todavía quedan, de la época
de la santa.
-Sin
duda. Y en sus obras. Eso es innegable.
-Y
entonces, querido amigo, permítame una pequeña pregunta, ¿ha sido
usted capaz de leer las obras completas de santa Teresa pese a no
entender nada?
-Sí.
-Es
usted admirable.
-Digamos
que quería conocerla y comprenderla. Siempre he sentido una enorme
simpatía por esta mujer. Y nunca he podido tolerar esas burdas
interpretaciones sobre sexualidad reprimida, deseos insatisfechos y
demás. Muy de mi época, por cierto.
-No
haga mucho caso. Los criados de la princesa de Éboli también se
rieron mucho de la santa. Todos necesitamos explicarnos las cosas,
dar respuestas. Y cada uno utiliza lo que tiene más a mano, muchas
veces sin cuestionarlo. Por eso es admirable que reconozca usted su
ignorancia.
-La
misma santa Teresa decía que en todo es menester “espiriencia” y
discreción. Ya que no tenemos lo primero, tengamos lo segundo. Y el
segundo problema a tener en cuenta es procurar no analizar a la santa
con los presupuestos de hoy. Quiero decir: me llamó la atención que
algunas de las fundaciones se hicieran en casas alquiladas.
-Y
eso le preocupó.
-Sí,
puesto que pensé que, en cualquier momento, el dueño de la casa
podía desalojar a las monjas de la misma, y se terminaba, así, la
fundación por la que tanto había luchado santa Teresa.
-No
había pensado en eso; pero no creo que sea una cuestión tan
fácil... Imagino que santa Teresa lo tendría presente.
-Suponiendo
que los alquileres en aquella época funcionasen igual que ahora.
-Sería
cuestión de estudiarlo. Ya tenemos, pues, dos problemas planteados:
un agnóstico leyendo a santa Teresa, y haciéndolo con una
mentalidad alejada de la época de la santa. Con estos presupuestos,
¿qué es lo que queda de santa Teresa? ¿Cree usted que los escritos
de esta mujer tienen interés fuera de la Iglesia?
-Sí,
Azorín, creo que sí. Porque el problema se puede plantear desde
muchos puntos de vista.
-¿Por
cuál quiere empezar?
-Si
le parece vamos a dejar de lado los arrobamientos y las apariciones;
es el tema más espinoso y delicado; y yo, la verdad, no me atrevo a
meterme ahí. Ni soy quién para hacerlo.
-Sí;
dejémoslo de lado. Al fin y al cabo hasta su confesor lo puso en
solfa, aunque no cierra ninguna puerta.
-Dejando
eso aparte, me llama la atención la enorme cantidad de vocaciones
que hay en el momento en que vive santa Teresa. Y no se meten monjas
solamente personas de extracción humilde sino grandes señoras. ¿A
qué se debe tanta ansia por el claustro?
-Tal
vez a que España es un país católico, que ha afirmado su fe a lo
largo de una larga guerra de reconquista... Ya, ya sé que esto no lo
convence a usted. Pero, claro, reconozca que si despojamos a estas
personas de su fe nos vamos a quedar con muy poca cosa.
-No
deseo despojarlas de nada. Pero, ¿es posible que tanta vocación,
tanto deseo de retirarse de mundo, se deba a una crisis profunda de
la sociedad del momento?
-Querido
amigo, racionalizar estos comportamientos no está exento de peligro.
Tenemos que ser muy cautos.
-Ya
lo sé, Azorín, ya lo sé. Discreción. Pero siempre que llego a
este punto me acuerdo de la parábola de los diez talentos. Y pienso
lo mismo: si Dios, vamos a suponer que exista, me ha dado la
inteligencia, es para que la use; y si me ha concedido el sexo, es
también para utilizarlo... ¿Por qué sonríe? ¿estoy arrimando el
ascua a mi sardina?
-No
creo. Tal vez tenga usted razón. Siempre y cuando no nos salgamos de
unos ciertos límites. Aunque la mística, ya sé que me lo va a
decir, se extralimite. Es un ir más allá.
-Efectivamente.
La diferencia está, y no es poca, en que esas extralimitaciones no
buscan el daño de nadie... Me ha llamado la atención que en una
época de intransigencia, de persecuciones, de hogueras, santa Teresa
ofrezca su vida, su propia vida, no sé cuántas veces, a cambio de
la conversión de los luteranos. No habla, en ningún momento, de
persecución, de muertes, de hogueras. ¿No es admirable?
-Es
decir, que según su percepción, la santa está por encima de su
época.
-En
algunos aspectos, sí. En algunas cosas de las que dice es totalmente
moderna. O, como diría usted, clásica. Me ha llamado la atención,
por ejemplo, que le tenga más miedo a confesores bien intencionados
e ignorantes que al propio Demonio.
-Habla
por experiencia propia. Y quizás no haya nada peor que una persona
errada pero con buenas intenciones.
-¿Y
quién lo convence de los yerros? ¿Quién nos dice a nosotros que
los equivocados no somos nosotros? Al fin y al cabo en esta vida no
hay certezas absolutas.
-Es
cierto, querido amigo. En cuyo caso no queda sino la tolerancia. Cosa
que, como usted sabe, sólo se consigue, y no siempre, con la edad;
de joven todo se ve o blanco o negro. Luego la vida enseña que hay
muchos matices; y que esos matices son importantísimos. Usted mismo
ha resaltado el deseo de la monja de ofrecer varias vidas suyas a
cambio de la conversión de los luteranos; también ha resaltado que
no habla de guerras, exterminios ni de cosas parecidas.
-¿Se
debe esa actitud a que era una mujer, Azorín? Lo que le voy a decir
ahora tal vez me costara algún disgusto de decirlo en un sitio
público; pero, así, entre amigos... Una mujer sabe lo que cuesta
criar a un hijo; sabe de las noches en blanco; de los desvelos; de la
fiebre; de la dentición; del placer de una sonrisa... es normal que
la guerra le parezca abominable, pues se lleva en un segundo lo que
tanto tiempo, ternura y cariño le ha costado a ella criar.
-Creo
que lo que ha dicho usted es muy hermoso. Y antes de que nadie piense
en que santa Teresa no conoce de esos desvelos, deberíamos decir que
los comparte con las fundaciones, que se desvive, y mucho, por sus
hijas, ¿no le parece?
-Sí.
Pero sigo sin saber si el hecho de que tenga tantas hijas se debe a
la crisis del momento, a esos inicios de la decadencia. Aunque
también se puede deber al prestigio del que, entonces, gozaba la
Iglesia.
-Tal
vez se deba a una mezcla de causas. Pero aun así no olvide usted
nunca la fe.
-No
la olvido, Azorín; pero ese es otro tema espinoso. Hoy, por ejemplo,
estamos atravesando una profunda crisis. Y, sin embargo, no hay
vocaciones; los conventos están vacíos...
-No
todos los tiempos son unos, querido amigo. La iglesia ha sufrido un
desgaste terrible; lleva tiempo arrastrando un fuerte desprestigio,
cosa que no tenía en el siglo XVI.
-Volvemos
otra vez a la influencia del medio.
-Ortega
y Gasset ya dijo que yo soy yo y mis circunstancias.
-¿Y
quién es más, qué pesa más el yo o las circunstancias?
-¿Adónde
quiere ir a parar?
-A
la existencia o no del libre albedrío. Me parece una cuestión
crucial.
-Cuidado,
y perdone que sonría, que podemos rozar la herejía.
-Bueno,
tenemos la suerte de que nadie nos quemará por ello.
-Confiemos.
-Bástenos
con tener un poco de discreción. La situación es la siguiente: si
las hermanas siguen a santa Teresa porque la época lo lleva, y hoy
nadie se mete en un convento porque también lo lleva la época,
¿podemos afirmar que existe el libre albedrío?
-Hombre,
yo creo que sí. Las personas siempre podemos escoger.
-He
planteado mal la cuestión, Azorín. La he planteado mal. Lo que
quiero decir es lo siguiente: si una persona como santa Teresa ha
escogido un camino determinado, eso hace de ella una buena persona, y
más si actúa como tal a lo largo de su vida. Creo que estaremos de
acuerdo en que, al final, o pasado un tiempo, se incapacita para
hacer el mal.
-Recuerde
que ella se tenía por una gran pecadora.
-Como
no cuenta sus pecados, ignoro de qué naturaleza serían estos. Pero
fueran los que fuesen, no la imagino haciendo daño a nadie.
-Sí,
la verdad es que tiene usted razón.
-Puede
suceder también, por el contrario, que quien ha escogido el camino
del mal, igualmente esté incapacitado para hacer el bien. No dejo
margen para el libre albedrío.
-Creo
que se equivoca usted: santa Teresa ha escogido, como escoge el
bandolero y el asesino; como escogemos todos. La diferencia está,
tal vez, en que unos se sublevan en contra de lo establecido, sea
bueno o malo, luchan; y otros lo aceptan sin rebelarse. Ya sabe que
doña Emilia Pardo Bazán era contraria al determinismo.
-Sí;
ella era partidaria del libre albedrío. Y a mí la novela
naturalista no deja de parecerme un experimento tal vez un tanto
malogrado.
-Pero
interesante también, no lo neguemos. A veces, es cierto, el
ambiente, el medio, puede ahogar o agarrotar a una persona. No
obstante, esta siempre tendrá una vía de escape. Creo que quien
mejor lo ha retratado en nuestro país es Blasco Ibáñez, ¿no le
parece a usted?
-Sí;
me estoy acordando de La
barraca y
de Arroz
y tartana.
-¿Y
no le parece que todos estos personajes han sido libres? Cuando se
habla de escoger, querido amigo, no piense en grandes situaciones: se
escoge una mínima opción, algo sin aparente interés, que lleva a
otra, que nos conduce a la demás allá; hay todo un cúmulo de
elecciones que hemos ido haciendo a lo largo del camino. Y luego no
es que el malo no pueda hacer el bien, es que le resulta harto
complicado, y entonces uno se deja llevar...
-Y
cree en el destino, y culpabiliza a la educación recibida o al
medio, o a los padres.
-Hasta
un personaje como el protagonista de La
barraca puede
escoger. ¿No hubiera valido la pena abandonar los campos ante las
baladronadas y amenazas de los vecinos?
-Un
hombre no se puede pasar toda la vida huyendo, Azorín.
-¿Por
qué no? ¿Qué es lo que hace al final de la novela? ¿No vale más
la peor de las paces que la mejor de las guerras? ¿Le suena? Lo dijo
alguien a quien usted admira.
-Sí,
me suena; y quiero creer que sí. Su interrogante me permite lanzar
la siguiente pregunta.
-¿Seguimos
con santa Teresa?
-Creo
que nunca la hemos abandonado.
-Tiene
usted razón. Sigamos.
-¿Sabe?
Ahora que lo pienso, santa Teresa nunca nombra a Erasmo.
-¿Cómo
lo iba a hacer? Por aquel tiempo ya había sido proscrito.
-Es
cierto. Centrémonos en ella. No entiendo, tampoco, el desprecio
hacia su propio cuerpo por parte de muchas de aquellas mujeres; no
entiendo la necesidad de martirizarse; de los cilicios; del no comer
y no dormir... Me parece todo un poco espeluznante. ¿Qué necesidad
hay de todo eso?
-¿Ha
visitado usted el habitáculo donde vivió san Pedro de Alcántara?
-Sí;
y se me pusieron los pelos de punta. No sé por qué, me acordé,
ante esa celda, de lo que hizo no recuerdo qué santa. No contenta
con lavar las pústulas y supuraciones de los leprosos, se bebió el
agua donde había enjuagado los trapos con los que las limpiaba.
-¿Qué
quiere que le diga?
-Hay
ciertas cosas, Azorín, de las que no hay necesidad.
-El
libre albedrío, ¿recuerda? Yo creo que si usted hubiera sido un
teólogo de la época, hubiera buscado una religión más humana,
menos oscura, por decirlo de alguna forma.
-Dice
la propia santa que en la pieza donde entra mucho el sol no hay
telaraña escondida. Me acuerdo de la visita que hice a la casa de
san Francisco de Borja. ¡Dios! Su capilla me dio náuseas: es un
ataúd, un feo y negro ataúd. No creo que, de haber sido creyente,
hubiese visto allí la presencia de ningún dios; telarañas y
gusanos, sí. Añoré el gótico, el aire, la luz. Y Grecia. Y los
templos al aire libre, el cielo, el mar.
-Santa
Teresa fue una mujer muy vital y vitalista. Y en las Constituciones
les
dice a las religiosas que hermanen el fervor y la piedad con la
franqueza y la jovialidad. ¿Recuerda usted su llegada a Sevilla?
Pobre mujer, qué mal lo pasó con tanto calor. Acostumbrada a
Ávila...
-Eso
es lo que la hace humana. Y esa fuerza y ese luchar por lograr lo que
desea.
-Entonces,
querido amigo, ¿Vale la pena leer a santa Teresa en estos tiempos
que corren?
-Sí,
siempre vale la pena. Por muchas y variadas razones. Que cada uno
escoja la suya, o que no la lea. No puedo decir más porque sigo
pensando que apenas si he entendido algo.
-Bebamos
agua y descansemos un poco, querido amigo. El sol comienza a
acariciar la tierra.
-Bienvenido
sea. Pero que no nos castigue tanto como a la santa en Sevilla.
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