MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN
EL
FRÍO Y DOS NOVELAS
Vicente Adelantado
Soriano
Lo
anunciaron por la radio y la televisión con un poco de antelación:
el tiempo iba a cambiar. Por fin el calor y el buen tiempo iban a dar
paso a la lluvia, al frío y a las nevadas. Las temperaturas, tal
como pronosticaron, bajaron de forma brusca. Las cimas de las
montañas comenzaron a brillar como plata recién bruñida. Aquella
mañana pues ya hacía frío, pero no parecía que fuera a llover. Me
acerqué a casa del maestro. Me estaba esperando. Llevaba el abrigo
abotonado hasta el cuello y el sombrero calado hasta las cejas.
-Me
alegra que haya venido usted. Estaba temiendo que me considerara un
pobre viejecito al que asusta un leve cambio de temperatura.
-La
verdad es que no estaba seguro de si le iba apetecer salir a dar un
paseo o no. Y no quería, ni quiero, que, por mí, se sienta obligado
a salir.
-No
hay ninguna obligación. Es una necesidad y un placer. Pero dígame,
buen amigo, ¿qué ha leído usted durante estos días? ¿Sigue con
el teatro?
-No,
he terminado ya con Molière, pues, como sabe usted, nada mejor para
odiar a un escritor que leer sus obras completas. Y Molière empezaba
ya a resultarme un tanto repetitivo.
-Sí.
Tiene usted razón. Hay un momento a partir del cual parece que todos
nos copiamos a nosotros mismos, y repetimos lo ya dicho y sabido.
-Un
amigo me contó una vez que un crítico, o no sé quién, leyó una
obra de senectud de Víctor Hugo, y dijo que este era un loco que se
creía Víctor Hugo.
-Ya
había pasado su tiempo. O ya no tenía imaginación. Pero no olvide
usted que El ingenioso
hidalgo... es obra de
senectud.
-Eso
todavía me da esperanzas, Azorín.
-Eso
es lo último que se pierde, hombre. Además, tenga usted en cuenta
que Molière, como Lope de Vega, estaba obligado a escribir: tenía
una compañía que alimentar; dependía del éxito del público, y es
normal que visto lo que a este agradaba, lo repitiera buscando una
buena recaudación en la taquilla del teatro.
-Sí.
Tiene que ser muy duro vivir de la pluma. Aunque también en las
otras profesiones nos repetimos... En las clases... Pero dejemos ese
tema, por favor.
-Dejémoslo.
¿Ha empezado usted a leer a Pereda?
-Sí.
He comenzado a leerlo. Lo que he podido encontrar por las librerías,
Sotileza y
Peñas arriba.
-¿Y
qué le parece a usted? ¿Le gusta?
-Es
un poco pronto, Azorín, para dar opiniones sobre él. Apenas si he
leído unas veinte páginas. Y no me entusiasma, la verdad. Pero lo
quiero leer aunque sea, nada más, para poder hablar con usted con
propiedad.
-¡Hombre!
Tampoco hace falta que lo analicemos como si fuéramos críticos
literarios. Se trata de mantener unas conversaciones un tanto
informales, sin pretensiones.
-Así
lo voy a hacer. Pues de lo contrario vamos a terminar hablando de
terminología, obteniendo, a cambio, pobres resultados. Quiero decir,
tiene poco interés para mí saber si Pereda era costumbrista,
naturalista o realista, o todo al mismo tiempo.
-¿Cómo
lo juzga usted?
-Algunos
capítulos de Sotileza me
recuerdan ciertos pasajes de Marianela,
de Galdós. Y ambos son
naturalistas. Y no es, querido Azorín, que yo quiera entrar en
taxonomías. Es que me llama la atención que deseando ser
tradicionalista, se caiga en aquello de lo que se quería huir. Pero,
de todas formas, es pronto para hablar, a menos que usted quiera
decir algo.
-No.
Prefiero esperar a que termine usted la novela. Mientras podemos
hablar de otros autores.
-¿Qué
tal don Juan Valera?
-Hablar
de Valera es exponerse a no acertar, dijo Clarín. Pío Baroja, por
el contrario, decía que era el mejor novelista de su siglo. ¿Está
usted de acuerdo?
-Perdóneme,
Azorín. Me acabo de acordar de una pregunta que quería hacerle, y
que se me ocurrió leyendo a Pereda.
-Dígame
usted. Pero no espere que yo lo solucione todo.
-Me
bastará con que me dé su parecer. ¿Cree usted que el costumbrismo
es el antecedente del nacionalismo?
-¡Dios
mío! ¡Está usted mezclando literatura con política!
-No
me diga usted que soy original.
-No.
Tiene usted razón. Y tal vez ni su pregunta lo sea. Ahora bien,
¿puede matizarla un poco más, querido amigo?
-El
costumbrismo coge aquello de la sociedad que le interesa, y que está
muriendo, sin entrar en valoraciones críticas. Todo lo contrario:
hay un toque sentimental, melancólico y de pocos alientos. No hay
novela costumbrista. Hay cuadros, cuentos como mucho.
-Ya.
Creo que lo entiendo. Para usted el nacionalismo es melancolía,
ausencia de crítica y escaso dinamismo. ¿Es eso?
-Dicho
así parece un error la comparación. Pero ambos hacen un encuadre
interesado y poco interesante del hombre y de la historia. Es una
foto familiar que sólo tiene interés para la familia del finado. No
sé si me explico.
-Sí,
se explica usted muy bien. Lo entiendo. Pero no olvide que los
nacionalismos son dinámicos. Como lo es toda sociedad. Otra cosa
sería analizar los principios de los que parte y a los lugares a
donde quiere llegar.
-Volvamos
a Valera, Azorín. Es lo mejor. Toda la política me molesta, me
huele a mentiras, corrupción, embustes, luchas por el poder,
maquinaciones y falta de inteligencia y honestidad.
-Volvamos
a Valera. ¿Qué ha leído usted de él?
-Por
ahora tan solo una novela, Las
ilusiones del doctor Faustino.
-¿Y
qué le ha parecido a usted? ¿Está de acuerdo con Pío Baroja en
que es el mejor escritor de su siglo?
-Tendría
que leer más cosas de él, y de su siglo para dar una respuesta
cabal. Pero, sí, me ha gustado. Aunque la novela, a veces, resulta
un tanto tediosa y pesada.
-Han
cambiado las percepciones: en el siglo XIX un lector tenía todo el
tiempo del mundo por delante. Actualmente, vivimos más deprisa. El
tiempo es un bien preciado, no se sabe para qué, y exigimos
brevedad...
-Sí,
pero no deja de ser significativo que las últimas novelas que se
publican, las que lee la juventud, sean verdaderos volúmenes,
tochos, como dicen ellos.
-¿Ha
leído usted alguna?
-No.
-Valera
es un fino analista del alma femenina, ¿no le parece a usted?
-Sí.
Aunque me ha llamado la atención lo mal conceptuada que tiene a la
mujer.
-Sí,
en Las ilusiones del
doctor Faustino no salen
muy bien paradas. Constancita es capaz de renunciar al amor que le
tiene a su primo Faustino por una vida de sociedad, salones,
reuniones y brillo social. Se casa con un señor rico sin sentir nada
por él. Y luego busca a su primo como una posesa.
-Y
la otra, Rosita, es capaz de matar a la madre de Faustino, aunque sea
indirectamente, con tal de vengar su amor propio herido. El rencor le
dura años y años...
-Y
eso que don Juan fue un fiel portador de su nombre. ¿No le parece a
usted curioso? Aunque también hemos de convenir en que pinta a otras
mujeres, todo abnegación, como la Niña Araceli o la madre del
doctor Faustino.
-Es
cierto. Sin olvidar a la Inmortal Amiga.
-¡Ah!
La figura enigmática de la novela. Imagino que la habrá tildado
usted de realismo mágico, o le habrá recordado a los aparecidos de
La casa de los siete
balcones.
-La
verdad es que no lo pensé. Pero sí. Me dejó un poco sorprendido
que, una noche, sin más, se le aparezca al doctor Faustino una
figura femenina, toda vestida de negro, de no más allá de veinte
años, y le declare un amor que, en un principio, parece metafísico.
En Andalucía, ni más ni menos.
-Sí.
Un poco sorprendente. Tiene usted razón. ¿Y qué le parece a usted
de la racionalización que hace el novelista de esa aparición?
-No
deja de ser también significativo que el problema, la aparición,
que no sabe resolver el doctor Faustino, lo resuelva una mujer
celosa, Rosita, escondida tras una cortina. Es la mujer despechada la
que devela el secreto. La que convierte la metafísica en pura
miseria.
-Sí.
María, la coya, la aparición, la Inmortal Amiga, es una mujer
joven, hija de un bandolero, Joselito el Seco, de quien se
avergüenza. ¿No cree usted que esa racionalización de la aparición
le resta poesía?
-Es
cierto. Yo creo que don Juan Valera hubiera procedido mejor sin
desvelar nada, haciendo que la aparición fuera eso, una aparición.
Aunque, así, nos hubiéramos quedado sin lo mejor de la novela: la
persecución de Faustino por el castillo, la llegada a la iglesia, la
charla con el padre Piñón, y el secuestro de Faustino, junto con la
vida y muerte de Joselito el Seco. Verdadera novela todo esto, ¿no
le parece?
-Me
recuerda usted, mi buen amigo, a Cervantes. Me he hecho evocar a la
venta de Palomeque, lugar donde, como sabe, se reúnen todos los
personajes, amigos y conocidos de don Quijote, y donde, tras la
lectura de una novela, hablan, y cada uno dice lo que les atrae de
ellas: a Palomeque, las puñadas y porrazos; a su hija, las
declaraciones de amor...
-Sinceramente,
Azorín, estaba un poco cansado de que don Juan se dedicara a
analizar tanta alma femenina.
-¡No
sea usted exagerado! Es un realismo psicológico.
-Mire,
Azorín, como lleva el cuello del abrigo levantado hasta las cejas, y
el sombrero calado hasta la garganta, no sé si está usted
sonriendo.
-También
lo siento yo, créame. Además, con este frío no puedo modular muy
bien la voz para que capte mis ironías. ¿Ve usted como es mejor el
buen tiempo?
-No
había caído en ese detalle. Le pido perdón. Pero, créame, no hace
frío porque los dioses hayan oído mis plegarías.
-Eso,
querido amigo, me tranquiliza un poco. ¿Y no se le ha ocurrido a
usted pensar que el camino de la verosimilitud es un camino arduo de
recorrer? Me explico: tal vez el concepto de verosimilitud de la
época no le hubiera permitido a Valera dejar una aparición sin
racionalizar. Sí, ya sé que me puede usted nombrar las leyendas de
Bécquer, pero don Juan Valera no quería hacer leyendas, sino
novelas.
-Le
recuerdo, Azorín, que ya en El
conde Lucanor tenemos
apariciones sobrenaturales.
-Y
yo le recuerdo a usted, querido amigo, que el libro de don Juan
Manuel es un libro de cuentos. No es una novela. Calila
e Dimna le servía de
magnífico antecedente. Valera no contaba con algo similar en la
novela. Tal vez si no hubiera racionalizado la figura de la Amiga
Inmortal, hubiera parecido Las
ilusiones... un folletín.
-¿Es
cierto que Valera, con esta novela, trató de hacer una parodia de
Fausto, de
Goethe? Porque entonces la racionalización del mito adquiere otro
tono, otra perspectiva.
-Él
dijo que quería pintar un Fausto en pequeño, sin magia, sin poderes
sobrenaturales, y sin demonio ¿Qué opina usted al respecto?
-Es
posible que Valera tuviera algo así en mente al ponerse a escribir,
pero creo que se le fue de las manos, o tomó fuerza otra historia
porque la parodia le daba para muy poco. Creo, como él dice, que
trataba de criticar a una juventud extraviada e inútil, que va
perdiendo las ilusiones.
-Y
la novela de don Juan, según usted, es harto extensa.
-Un
poco prolija sí que es. Por mucho que la alabara su amigo Baroja.
-¡Hay
tantas novelas prolijas en esta vida!
-Sí,
aunque los autores seguro que nos dicen que no les sobran ni una
coma.
-El
buen autor es aquel que, amén de escribir bien, pide albricias no
por lo que ha contado sino por lo que ha callado. ¿Está usted de
acuerdo?
-Sí,
Azorín, estoy de acuerdo. No hay nada mejor que la contención
clásica.
-Hemos
llegado a la fuente. Me da pereza deshacerme de mi embozo, pero esta
agua me tonifica.
-Beba
usted, Azorín, y consérveseme sano durante muchos años.
-Pues
va por usted, querido amigo.
Cuando
sació su apetito acuífero, nos volvimos hacia el pueblo. El sol,
leve, comenzó a entibiar la atmósfera. El maestro desabrochó el
último botón de su abrigo, y pude observar que, de vez en cuando,
sonreía, tal vez meditando en nuestra última conversación.
-Valera
era un buen escritor, no lo olvide querido amigo, tal vez el mejor de
su siglo. Lo dijo Baroja. Y en su novela, pese a todo, hay
contención. También la contención es relativa y varía de unos
tiempos a otros. No lo olvide.
-Así
lo haré. Lo recordaré. Y seguiré leyendo a Valera. Porque me
gusta, y por el placer de hablar con usted.
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