lunes, 17 de septiembre de 2012

El lápiz herido


EL LÁPIZ HERIDO

Vicente Adelantado Soriano

Para Paco Beltrán, gran amigo y maestro, y admirador de Michel de Montaigne.

No se resignan [los espartiatas], en efecto, a obedecer a los que no tienen autoridad para gobernar, sino que la obediencia es, sobre todo, un arte del que manda, pues quien bien dirige da pie a que bien se le siga.
Plutarco, Licurgo, Vidas paralelas.

No deja de ser un absurdo, en estos abatidos y desalentados tiempos, traer a colación a Plutarco y a algunos de los reyes, o legisladores, entre quienes establece un cierto paralelismo en su amplia obra, Vidas paralelas. Absurdo por cuanto en la obra de Plutarco, al menos en algunos señalados casos, reyes y legisladores, buscan la felicidad de sus pueblos a través de leyes y constituciones que hagan a los ciudadanos buenos y virtuosos, palabras que tal vez ya no signifiquen nada hoy en día, sobre todo el término virtud. Este siglo en el que vivimos, al menos por lo que a nuestro país respecta, es tan rastrero, que no ya la práctica sino incluso la idea de virtud brilla por su ausencia, y parece no ser más que una jerigonza de colegio1. Asombra, por surrealista, la determinación de Licurgo, en Esparta, de hacer que las monedas sean de hierro; y tan pesadas que es imposible llevarlas por la calle, y más imposible robarlas. Ocurrencias del bueno de Licurgo para acabar con la riqueza y los robos. Evidentemente, son soluciones que no tienen cabida ahora. Aquella, la espartana, era una sociedad guerrera y austera, virtuosa; y la nuestra ha sido hasta hace poco la consumo, el derroche y la despreocupación. ¿Cómo ir con una tonelada de hierro a un casino y llevarse dos? Máxime cuando se quiere volver al derroche, aunque sea moderado.
No menos absurdo es leer, en estos tiempos que corren, a Plutarco, Platón, Ovidio, Séneca y al resto de los clásicos, a menos que el lector sea profesor, y tenga que explicar a estos autores en las aulas, cosa poco probable dado el sistema educativo que nos alumbra. Hay, sin embargo, un cierto placer, una cierta vanidad si se quiere, en leer aquello que pocos conocen; y en dejarse llevar por una bella melancolía hacia tiempos que se juzgan mejores, tal vez porque aparecen aureolados con las virtudes de las que carecemos hoy en día, siendo cantados, además, por grandes poetas. Eso por no hablar de la necesidad de evadirse, a través de los libros, de este tan necio y desalentado siglo como nos ha tocado vivir. En ciertos momentos no hay como recurrir a los libros para distraerse de un pensamiento inoportuno; desvíanme fácilmente hacia ellos, ocultándomelo. Y además, no se enfadan por ver que sólo los busco a falta de esos otros placeres más reales, más vivos y naturales; siempre me reciben con buena cara2.
Sí, los libros siempre nos reciben con buena cara. Pero hay en muchas de sus páginas una ponzoña evidente: la tristeza de ver, y casi tocar, otros mundos en los que, al parecer, brillaba aquella virtud que no existe en los de ahora, y que se añora. Claro es que, de una forma u otra, salvo que por nuestras faltas merezcamos ser metaformoseados, siempre tendremos el final feliz preconizado por Ovidio: por fin, tras una muerte violenta en la que de nada, ensordecida por el griterío, le vale su lira, Orfeo vuelve al Hades, al camino ya recorrido anteriormente, para tropezarse, de nuevo, con la amada Eurídice3. Y ahora sí, ahora la unión es para siempre. Orfeo puede mirar hacia atrás, hacia delante, y hacia donde quiera: ya no hay condiciones ni castigo. Hay solamente premio: toda la eternidad estará con Eurídice. ¿Qué más puede desear? Nosotros, lógicamente, también moriremos, esperemos que no sea violentamente, y estaremos con nuestros antepasados para siempre jamás. ¡Ay de aquel que, en vida, odiara a sus mayores! Podrían castigarlo los dioses a estar eternamente sentado en una silla de oro y frente a ellos, que gozarían de libertad para levantase y pasear, mirarnos y volvernos a mirar. Eternamente.
Sería interesante saber qué castigo hubiera impuesto Ovidio, o impondrán los dioses, a los pedagogos que mienten a los niños4, o que les dan una formación, enseñan para la escuela, no para la vida5, poco útil y carente de interés. Hay materias que, creemos, pueden escapar del castigo: explican lo que conocen, y silencian aquello de lo que no saben nada. Y se estudian para aprobar un examen, desde luego. Hay otras que, gracias a los cielos, no se pueden dar de forma aséptica, que necesitan enraizarse en el mundo actual, tal vez porque algunas de las viejas cosas que plantean todavía palpitan, laten y siguen vivas pese al tiempo transcurrido. No obstante, con estas asignaturas hay que andarse con pies de plomo. Así, el otro día, me comentaba un profesor, el cual va a impartir Educación para la ciudadanía, o como se llame ahora, que se teme, cuando explique en clase lo que es la solidaridad, la intervención del hijo de algún emigrado, poniendo en solfa todo cuanto se dice en el libro, máxime si encima tiene parientes o conocidos a los que han despojado de la tarjeta sanitaria. Algunas asignaturas se pueden convertir en cuentos de hadas o de terror. Y algunas excusas de quienes nos gobiernan, también.
No sabemos por qué, porque es un galimatías, estamos sufriendo una fuerte crisis económica. Y esta crisis de ahora se tiene que solucionar, parece, perdiendo todos los derechos que, como personas, habíamos alcanzado a lo largo de los años. De forma unilateral el gobierno de turno baja los sueldos, sube los impuestos, nos cobra lo que antes era gratuito, y hasta el estar enfermo lo penaliza. Aun así, y cada vez más debilitados y desalentados, estamos, como Atlante, sosteniendo todo un pesado cosmos: autonomías, presidentes, consejeros, diputados, alcaldes, ayuntamientos, diputaciones, televisiones regionales y nacionales, gobiernos nacionales y supranacionales, organizaciones, senados que no valen para nada, y a políticos que sirven para menos. Pese a todo, estos hacen y deshacen las leyes a su antojo. Considerad la forma de esta justicia que nos gobierna: es un verdadero testimonio de la imbecilidad humana, de tanta como es su contradicción y su error6. Tanto es así que hacen leyes para excarcelar a presos enfermos que, cuando se aplican, les revuelve el estómago. Suelen estar hechas [las leyes] por necios, más a menudo por gentes que, por odio a la ecuanimidad, carecen de equidad, en todo caso, siempre por hombres, autores vanos e irresolutos.7
Haciendo una pequeña comparación, esto de la crisis se parece un poco a una casa en la cual la madre, asustada, se ha percatado de que el primogénito, un manirroto, gasta más que lo que ingresan todos los hermanos, incluido el padre. El manirroto ha hecho, con sus fiestas y orgías, que la familia se endeude e hipoteque casa, utensilios y esqueletos, propios y ajenos. La madre, histérica, ha impuesto un régimen de austeridad tal que hasta las gallinas del corral tienen los granos de maíz contados. La buena madre, sin embargo, con préstamos que ha conseguido, está haciendo una finca de dos pisos para cuando los hijos se casen. Entonces tendrán casa propia, y serán muy felices, aunque, tal vez, las deudas no estén pagadas del todo.
Hay que ahorrar, y, por lo tanto, se recorta todo. Algunos dicen, tal vez con no muy buenas intenciones, que la madre no tiene mucha visión de futuro, pues en vez de invertir en la educación de sus hijos, para que estos, de mayores, tengan las máximas oportunidades a fin de hacerse con un buen trabajo, invierte en pisos, con la mira puesta en un improbable futuro. En vano se le advierte a esta señora madre que no está aprovechando la experiencia de otras: hoy todo se sacrifica a un futuro improbable, y que nadie vislumbra. Lo malo es que sin esperanza ni deseo no vamos a ningún lado8.
Ahora bien, ¿qué esperanza se puede tener cuando día tras día se ve cometer los mismos errores? No hace mucho en una de las tantas cadenas de televisión que tenemos dedicaron un programa a todos los parques de ocio que se hicieron en el país, y que han sido un fracaso. Tal vez hubiera sido mejor invertir ese dinero en educación, en hacer institutos y universidades a fin de tener una juventud bien preparada. No sólo no se ha hecho eso sino que, ahora, como si nada hubiera sucedido, se van a invertir millonadas de euros en levantar casinos y casas de juego, con participación de los bancos españoles al parecer. Se da la paradoja de que muchos de esos bancos han sido rescatados con dinero público que se ha sacado recortando prestaciones a la sanidad y a la educación. Y se van a invertir en salas de juegos. ¿Con qué finalidad? ¿Para qué? Lo imaginamos. Gran facedora de milagros es la mente humana9.
Como quiera que estos complejos de ocio se van a levantar en Madrid, Cataluña, la elegida en un principio, al ser relegada por ese primer proyecto, también va a erigir en sus tierras algo similar o parecido. Se supone que se van a realizar grandes inversiones; que se crearán, como dicen los políticos cuando quieren justificar sus bajas intenciones, muchos puestos de trabajo, directos e indirectos. Y que la gente, lógicamente, acudirá a dichos lugares deseando divertirse, y, tal vez, hacerse rica con las cartas o la ruleta. Los deseos son o bien naturales y necesarios, como el beber y el comer; o bien naturales e innecesarios, como el ayuntamiento con las hembras; o bien no son ni naturales ni necesarios. De esta última especie son casi todos los de los hombres. Son todos superfluos y artificiales.10
No obstante, con la construcción de estos edificios del ocio se van a crear muchos puestos de trabajo. De estos lugares nunca ha salido nada bueno. Insistimos: más hubiera valido levantar institutos y universidades, persuadidos como estamos de que la inteligencia es la que ha de hacer en el mundo las revoluciones, la instalación de una cátedra es, a nuestros ojos, un hecho más importante que un triunfo militar, así como es mucho más lisonjero y ventajoso para la humanidad convencer a un hombre que matarlo.11
También levantar estos otros edificios hubiera creado puestos de trabajo, directos e indirectos. Y, tal vez en ellos, lográramos una juventud más preparada, con capacidad crítica, y justa y virtuosa. El problema está en que tamaños edificios quizás no le interese a nadie, y menos que a nadie a los políticos: esa juventud bien preparada se podría volver en contra de dichos políticos, algunos no sabemos porqué han llegado donde han llegado, por una parte; y, por otra, es más fácil “formar” a un crupier que a un maestro. Ahora, como quiera que esos patios de ocio y diversión tendrá que disfrutarlos alguien, cabe preguntar si lo haremos nosotros, con los sueldos por los suelos; y si en las escuelas, sin música, teatro, danza, ni contenidos, habrá que enseñar a los alumnos a jugar a las cartas, a los dados y a la ruleta, así los preparemos para la vida. Puede ser, por otra parte, una alternativa al botellón que, como es sabido, no genera puestos de trabajo. Dicha solución también podría suponer un gran ahorro: un sólo crupier sería capaz de formar a muchos; en las clases se montarían timbas a las que se invitarían a los padres; y en los meses de julio y agosto se harían cursos intensivos y alguna que otra partida fuerte. Si tenemos un poco de suerte, y recomendamos la novela de Dostoievsky, El jugador, se pueden viciar al juego y pasarse sin comer. Más ahorro. Al resto hay que acostumbrarlos a cenar con el vaho de un eructo ¿no sería acaso un gran ahorro?12
Si la escuela no quiere participar de eso no lo queda más que hacer lo que siempre ha hecho, enseñar olvidándose de quienes no saben mandar y no hacen si no publicar leyes y cortapisas, y elevar monumentos al ocio, al despilfarro y a la nulidad. Lo de las leyes justas y los políticos virtuosos, más una juventud sana y bien preparada, la escuela es ya un lápiz herido y roto, dejémoslo para los clásicos, para aquellos que tenían claro que con los gallos hacénse muchos capones, mas con un capón jamás se hace un gallo13. No lo olvidemos.

1Michel de Montaigne, Ensayos.
2Michel de Montaigne, Ensayos.
3Ovidio, Metaformosis, Libro XI, Muerte de Orfeo
4Docentes alios mentiri non debent, dijo Séneca
5Séneca, Epístolas morales a Lucilo, epístola CVI
6Michel de Montaigne, Ensayos.
7Michel de Montaigne, Ensayos.
8Michel de Montaigne, Ensayos.
9Michel de Montaigne, Ensayos.
10Michel de Montaigne, Ensayos.
11Mariano José de Larra, Ateneo científico y literario.
12Michel de Montaigne, Ensayos.
13Michel de Montaigne, Ensayos.

Metamorfosis

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METAMORFOSIS
(Entre pirómanos, necios y asesinos)

Vicente Adelantado Soriano

La necedad y el sentido desordenado no es cosa que se cure con una advertencia.
Michel de Montaigne. Ensayos.

Se han terminado las vacaciones. Quien más y quien menos ya ha vuelto al trabajo, y ha dado por finalizado el verano. Un verano caracterizado por las altas temperaturas y por los incendios forestales, provocados en la inmensa mayoría de los casos. Los medios de comunicación han hablado muy poco sobre estos personajes que tienen como distracción quemar el monte, poniendo en peligro, demasiadas veces, vidas humanas. Tan poco hablan de ellos que se termina por pensar que lo que se oyó una sola vez, quizás no fue sino un sueño o una alucinación propiciada por las elevadas temperaturas. Varios incendios de Cataluña parece ser que fueron provocados por dos adolescentes que se divertían incendiando el bosque, y grabando el avance de las llamas con su móvil. Tan avispados jóvenes, sobrados de inteligencia e imaginación, perdieron el móvil allí donde iniciaron una de sus divertidas bromas. Hace falta ser necio. Por todo, por supuesto.
Otro incendio, el de Castrocontrigo, fue provocado, al parecer, por una persona celosa de otra que no lo quería. A la primera no se le ocurrió otra cosa más peregrina que pegarle fuego a una cuadra de la segunda a fin de arruinarla. El fuego, lógicamente, no siguió los dictados de tan preclaro Otelo, y campó por sus respetos con el resultado ya sabido. Cráneo previlegiado, como diría el Borracho de Luces de bohemia.
Por supuesto los medios de comunicación no han dado las señas de tan ilustres pirómanos, sin duda con la intención, como sucediera en la antigua Éfeso, de silenciar el nombre de quien incendiara el bellísimo templo de Diana. Entonces se prohibió, bajo pena de muerte, nombrar al autor del incendio. Este, según dijo, quería ser famoso a cualquier precio. Y como al parecer era incapaz de construir nada, se dedicó a lo más fácil: a destruir las mejores obras que hacían los otros. El pobre infeliz se llamaba Eróstrato. Imagino que, a estas alturas, a sus cenizas, si queda algo de ellas, lo mismo les dará ser nombradas que no.
La actitud de Eróstrato recuerda las hazañas de Procusto. Este bien intencionado bandido estaba empeñado en crear una sociedad en la cual sus habitantes, a toda costa, fueran iguales. Para ello tenía una mesa en su choza situada en las montañas del Ática: al que caía en sus manos, Procusto lo tendía en la mesa. Si le colgaban las piernas, se las cortaba; si no llegaban a la altura requerida, se las alargaba con cuerdas y tormentos. Tras la operación sus víctimas quedaban igualadas. Todos tenemos, así, los mismos derechos, pues: se trata de cortar y sajar todo aquello que destaque. Eso por no hablar de los posibles negocios que haya tras cada uno de muchos de los incendios de este y otros veranos. No se sabe quién los provoca. Pero nos empobrece a todos. Estamos socarrando nuestra propia casa.
Los pirómanos deberían metamorfosearse en aquel señor, devorador de brisas, Ericsiton, que fue condenado a pasar hambre eternamente: todo cuanto devoraba se convertía en vacío, y contra más comía más hambre tenía. Como el fuego.
Sobre la necedad y estupidez de ciertos humanos durante este verano tal vez bastaría, y sobraría, con lo apuntado anteriormente. No ha quedado aquí la cosa, sin embargo. Ha habido más, por desgracia. Y quien se ha llevado la palma, quien ha triunfado en toda la linea, quien merece el podio, quien sin duda, es medalla de oro en tan ardua y cansada competición, es toda aquella gente que, haciendo carretera y cola, ha acudido, la necedad no conoce distancias, a Borja a ver la “restauración” del Ecce homo hecho por una señora mayor. Sí, le salió un desastre a la señora. Y, por supuesto, le faltó tiempo a la gente para ir a la iglesia, o al oratorio, a partirse de risa viendo la dichosa “restauración”. Provocaba náuseas y arcadas ver a la gente, en la televisión, haciendo cola para fotografiarse ante el Ecce homo, riendo, haciendo, pincel en mano, como que lo repintaban... Algunos de ellos se partían de risa mirándolo, dando a entender, cómo no, que eran incapaces de hacer una chapuza semejante. Seguramente muchas de aquellas personas, de las que iban a reírse, no han ido a un museo en su vida; ni, por supuesto, han visto un cuadro de Velázquez o Goya o no ser que haya salido reproducido, cosa improbable, en cualquier chocolatina o cajetilla de tabaco. Claro, ir a un museo, como leer una gran obra, demuestra la pequeñez del lector o del espectador. Por el contrario, ver “la restauración” de esta señora nos hace sentirnos superiores, guapos e inteligentes. Las risas están garantizadas. Y la necedad más que reafirmada, campando por sus respetos. No se sabe quién está más loco si don Quijote, o los ociosos Duques, que montan toda una parafernalia para reírse de él. Acerba crítica a una nobleza ociosa e inútil. Cada uno reafirma su pobre ego como puede, por supuesto. Eso sí: ni uno de ellos ha derramado ni una lágrima viendo tanto incendio. Y quizás con tanta lágrima se hubiera apagado algún fuego.
Estos seres deberían transformarse en peludas y desagradables procesionarias yendo de aquí para allá en busca de algo de lo que reírse. Su risa sería algo tan repulsivo como el aullido de la hiena.
No le podía faltar, a este arduo verano, la necedad más brutal de todas, la que no tiene parangón posible: la del asesinato de unos niños a manos de su propio padre. Asesinato ritual y clásico donde los haya. A tan estúpido padre sólo le ha faltado un recio poeta capaz de dar grandeza épica a tan bestial y agónico crimen. Casualmente me cogió la noticia que confirmaba el asesinato de los niños leyendo las Metamorfosis, de Ovidio. Sabido es que en la Antigüedad Clásica hubo varios asesinatos monstruosos de este tipo. En las Metamorfosis pone los pelos de punta el asesinato del niño Itis a manos de su madre Procne. Esta, no satisfecha con la muerte del hijo, se lo sirve a su marido Tereo, convenientemente cocinado, a fin de que se coma al hijo de ambos. Tereo había violado a Filomele, hermana de su mujer, a quien también corta la lengua para que no cuente lo que ha sucedido. Tras mutilarla la vuelve a violar. La venganza de Procne, enterada de todo por un tapiz, supera con mucho la falta o el pecado de Tereo. Sin duda porque lo paga el niño Itis, quien no tiene culpa de nada. La vida misma. Ahora, sin nada que vengar, por una vulgar separación, se ha buscado el mal por el mal. Me odiarás ya que te niegas a quererme, parece ser que ha sido la máxima del parricida, que buscaba dañar a la madre. Haría falta preguntar a Ovidio en qué animal podría metaformosearse tan monstruoso padre, capaz de asesinar y quemar a dos niños, hijos suyos.
Ciertamente se ha terminado el verano, y dentro de poco comenzarán de nuevo las clases. Y de nuevo algún que otro alumno, o toda una clase, cansada tras un examen, un día, como siempre, le propondrán al profesor hacer un debate. El verano nos ha proporcionado unos cuantos temas dignos de discusión. En un aula comenzará el diálogo socrático hasta que, poco a poco, la discusión se vaya calentando y se convierta, como siempre, en un todos contra todos en el que nadie se entiende porque nadie escucha a su vecino. Un galimatías. Tal como sucede en cualquier tertulia televisada. Un gallinero. Y cuando se consiga poner orden en él, surgirá de nuevo la vieja idea, la solución de todo: pena de muerte para unos y otros. Menos para la mujer que hizo la restauración del Ecce homo, menos mal, porque eso es una estupidez, pero que, al fin y al cabo, no daña a nadie.
¿Y para qué sirve la pena de muerte? Las cárceles, por otra parte, están llenas de pequeños rateros. Los grandes ladrones, los corruptos con poder, no pisan semejantes establecimientos. Sócrates pasó por el calabozo; pero no Enrique VIII, por citar dos ejemplos eminentes.
Y ya que hablamos de cárceles, no deja de ser curioso que se hagan leyes para excarcelar a presos, asesinos convictos algunos, y luego le produzca náuseas la aplicación de las leyes al mismo que las creó. ¿Qué animal es ese que devora a su pareja una vez la ha fecundado? También se podían transformar en elefantes: en época de carestía se alimentan los hijos de los excrementos de los padres. Y no deja de ser gracioso que quienes no tuvieron en cuenta los derechos de los demás, aparezcan como suplicantes en demanda de las leyes y los derechos humanos que no reconocen sino para sí.
Hay cosas que repugnan. Una de ellas es aquel viaje iniciático de Teseo, camino del Peleponeso: allá por donde pasaba, e imitando a Heracles, mataba a los bandidos que se encontraba aplicándoles la misma muerte que ellos daban a los caminantes. Eran otros tiempos.
Tampoco faltará el alumno concienciado que propondrá, como tema de debate, la desfachatez de algunos políticos, poniendo como ejemplo las palabras de un pobre diputado. Este, ganando cinco mil euros al mes, y según él, se las ve “canutas” para llegar al fin del mismo. Algunos padres de algunos alumnos están en el paro, y otros ganando unos sueldos poco dignos. Otro alumno, tal vez riendo, le responderá que también tenemos a un futbolista, triste como la princesa que está triste, porque, al parecer, no gana lo suficiente o no lo quieren con el amor que él desea ser querido. Con la venta del coche de este triste príncipe tendríamos para comprar el material que nos falta en el colegio, y aun nos quedaría para ir a Segóbriga a ver las ruinas romanas, y dar, de paso, una vuelta por Creta.
Blancas palomicas viudas, removiendo el fango de los manantiales, podrían ser el sino del político pobre y del futbolista tristón. Fontefrida, Fontefrida...
El curso nos dará para hacer muchos debates. No habrá más que fijarse en la realidad, como hace ya el presidente del gobierno. La realidad lo ha vencido, dice, se le ha impuesto a su traicionado programa. No hay como ser presidente del gobierno para ver la dura realidad. Veremos si los alumnos son capaces de apreciarla y sacarle jugo a este pasado verano. También se hablará, en más de una ocasión, del sistema educativo, de las leyes, y de la manía de los políticos, no dan para más, de deshacer unos lo que malamente hicieron los otros. Sí, a veces el país parece una eterna tela de Penélope: siempre estamos comenzando en tanto los pretendientes devoran los bueyes, las piras de cerdos, las vacadas y todas las riquezas de la reina. Pobre y empobrecida no tendrá más remedio que aceptar la mano salvadora de alguno de los saqueadores. Se nos ponen los pelos de punta nada más de pensar en el posible regreso de Odiseo. Sería deseable que a los dichosos pretendientes les entrara un poco de sentido común. Antes de que arribe Odiseo a las costas de Ítaca. Esperemos que lleguen pronto las lluvias purificadoras. Y esperemos, sin perder la esperanza, como Blancaflor en las almenas del castillo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La doble fragancia del vaso. Prólogo




LA DOBLE FRAGANCIA DEL VASO

PRÓLOGO

Vicente Adelantado Soriano

A Rafa Ballester, animae amicus

A finales de verano del 2010, y tras el consabido viaje de todos los años, quedé para cenar con un viejo amigo. Hartos de los bares y restaurantes de la ciudad, atiborrados de gente, que habla deseando ser oída por todo el mundo, nos fuimos con su coche en busca de un retirado restaurante de la Sierra de Espadán. Fuimos los únicos comensales en dicho restaurante. Y tanto la comida como el lugar no dejaron nada que desear.
A los pocos minutos de sentarnos a la mesa, se desató una terrible tormenta, con mucho aparato eléctrico y no poca agua. Abrimos las ventanas del comedor, y pudimos saciarnos de todos los perfumes de la tierra y de los pinos de la Sierra.
Le conté a mi amigo, entre bocado y bocado, que había estado ese verano, por segunda vez, en León. La primera vez que estuve fue allá por el año de 1982, cuando todavía éramos jóvenes, y cuando fue año compostelano. Salí de Valencia con la bicicleta dispuesto a ir y volver en un mes. Me pasaba el día pedaleando. Y cuando dejaba de hacerlo era para meterme en cualquier supermercado a comprar pan, fruta, mucha fruta, leche y fiambres. Luego, pedaleando por montes y valles, disfrutaba de todos los ríos y paisajes.
Al llegar a Nájera fui a visitar el monasterio de Santa María la Real. Allí conocí a dos chicos que también estaban haciendo el Camino: uno iba en bicicleta, por una promesa; y el otro, en moto, le servía de apoyo logístico. Visitamos el monasterio, guiados por un campechano franciscano, y nos despedimos: ellos se iban a Burgos, y yo quería acercarme a Berceo y a san Millán de la Cogolla.
Nos encontramos al día siguiente en Burgos poco antes de la hora de la comida. Recuerdo que nos fuimos a orillas del río, y, bajo una agradable sombra, comimos compartiendo lo que teníamos, que no era poco. A mitad de comida me invitaron a hacer el resto del Camino con ellos. Acepté. Aquella noche, además, cenaríamos con un amigo de ellos, burgalés de pro, que nos invitaba a los tres.
Yo, yendo solo, estaba acostumbrado a cenar pronto, a meterme pronto en el saco de dormir, y a contemplar las estrellas en espera del reparador sueño. Aquella noche, en Burgos, hubo que esperar a la novia del amigo, que tardó mucho en llegar. Cuando comenzamos a cenar, chorizos y huevos fritos con patatas, yo estaba más que desmayado, pasado de hambre. La cena me sentó como un tiro, y al día siguiente me las vi y me las deseé para poder sentarme en el sillín de la bicicleta. Cada poco tiempo, además, debía bajar de la bici y buscar un sitio apartado con toda la urgencia del mundo. Lo pasé tan mal que a punto estuve de facturar la bicicleta y volverme a Valencia. No obstante, como podía, más muerto que vivo, seguía pedaleando. Y allá donde me dejaban, campo, bar o banco de un paseo, me dormía profundamente.
No tomé nada sólido en varios días. No podía: me daban arcadas. Me alimentaba de yogures y de agua. Y al llegar a Mansilla de las Mulas, dormimos en un polideportivo, tuve un ataque de hipo de más de media hora de duración. Fue horrible. El pecho me dolía enormemente, y no podía ni dormir ni descansar. Pensé que allí finaban mis días.
Todavía no sé cómo llegamos a León. Yo estaba en el límite de mis fuerzas. El chico de la moto vivía en dicha ciudad. Nos fuimos a su casa, donde me dejó una cama. Pasé día y medio durmiendo, y no dormí más porque teníamos que irnos. Antes, no obstante, un empleado de sus padres nos invitó a comer a los tres en casa de Luisón.
Luisón era un hombre campechano. Nada más verme me preguntó si sabía dónde está la catedral de León. Estaba enfrente de mí.
-Ahí -dije señalando con la barbilla.
-No -respondió él-. La catedral de León está frente al bar de Luisón. No tiene pérdida.
En una mesa redonda, a la cual nos sentamos, puso un plato con jamón y queso. Se me hizo la boca agua. Llevaba varios días sin comer nada sólido. Pero apenas alargué la mano para hacerme con una loncha de aquello que fue más efectivo con los judíos que la Santa Inquisición, cuando me volvió el hipo. Todavía me dolía el pecho de la noche de Mansilla. Me asusté mucho. Llamaron a Luisón. Este me ordenó que, sin levantarme, extendiera el brazo derecho. Me lo dijo de forma perentoria, sin discusión posible. Una vez lo tuve extendido, comenzó a subirme la manga del chándal. Con voz sonora y firme me dijo que cuando llegara a la altura del codo, se me habría pasado el hipo. Así fue. Me dio una sonora palmada en la espalda para celebrarlo, y pude comer jamón, queso, una excelente sopa castellana, y hasta beber vino y tomar café. ¡Volví a la vida! Y además frente a la catedral de León que, como es sabido, está al lado de casa de Luisón. No hay pérdida.
Volví por León al cabo de veintinueve años. En vano busqué el piso donde había dormido y me había recuperado. Y me costó muchísimo dar con la casa de Luisón. Alrededor de la catedral todo son bares y restaurantes que yo no recordaba. Fui a la oficina de Turismo pensando que Luisón habría transformado su vieja casa. Pero no, seguía existiendo. Y cuando entré el mundo se me vino encima: aquello que estaba viendo nada tenía que ver con lo que yo recordaba. No obstante, aun estaba la mesa redonda donde comimos. Pero no estaba Luisón. Había un hombre de media edad, que atendía a los pocos comensales que éramos allí. Me pareció entender que era el hijo de Luisón.
Me dio una vergüenza terrible presentarme a él, preguntarle por su padre, y contarle la vieja anécdota. Imaginé que aquello no tendría ningún interés para nadie, salvo para mí. No me hice el ánimo y callé. Me fui con el alma encogida: la comida que tan bien me sentó, el ambiente de alegría y camaradería, el entorno que yo recordaba, la contagiosa alegría de Luisón, nada tenía que ver con aquello que tenía ahora ante mis ojos, mediocre y un poco pobre, venido a menos. Salí, triste y cabizbajo, apabullado.
Apenas le conté la anécdota a mi amigo, tras la tormenta en la Sierra de Espadán, cuando este me habló de Azorín.
-Él tiene -me dijo- una maravilla de articulito que habla sobre esto, sobre la diferencia entre el recuerdo y la realidad. Se titula “La fragancia del vaso”.
Seguimos hablando de viejos recuerdos, alargamos un poco la cena, y cuando salimos, la tormenta nos volvió a recibir con los brazos abiertos. Fue una noche muy agradable.
A la mañana siguiente, obsesionado con lo que me sucediera en León, busqué entre los libros de Azorín el artículo del que me hablara mi amigo. Los libros de Azorín están en un estante bastante alto de mi biblioteca. Subido a una silla estuve desempolvando libros y buscando en todos los índices. Al final di con él. Y allí mismo, de pie, sobre la silla, como si fuera a ahorcarme, me puse a leerlo. Me concentré tanto en la lectura que casi lo terminé estando de pie. Me senté al cabo de un tiempo, y lo leí y releí infinidad de veces. Sí, mi amigo tenía razón: el artículo “La fragancia del vaso” es una maravilla.
Y otra vez más, como hacía muchos años, me sentí hechizado por la prosa de Azorín. Dejé los proyectos que me llevaba entre manos y me dediqué a Azorín en cuerpo y alma. Releí todos los libros que tenía de él, más unos cuantos que pude conseguir. Luego me imaginé que lo había conocido, que éramos amigos y que salíamos a pasear todas las mañanas. Fueron unos momentos deliciosos los que pasé junto al maestro hablando con él de literatura, de libros, de esto, de aquello y de lo de más allá. A veces, entre recuerdos, amigos y cenas, vale la pena vivir o haber vivido. Siempre queda una cierta fragancia.

Azorín


AZORÍN

Vicente Adelantado Soriano

Nosotros amamos a Azorín. Al Azorín de la prosa limpia, pura, clara, diáfana. Azorín, a lo largo de sus artículos, con esa prosa, habla mucho de la situación de España, y de libros. A Azorín le gustan los clásicos, Cervantes, Lope, Gracián, el padre Nieremberg... También le gustan los clásicos franceses, a los que conoce tan bien como a los españoles. A Azorín le maravilla el teatro de Racine y de Molière, y era un gran admirador de Michel de Montaigne. Muy a menudo cita, casi siempre de memoria, alguno de sus ensayos. También cita a Cervantes y a Quevedo, a fray Luis de Granada y a Gracián.
Azorín era español, alicantino, de Monovar. Azorín ha tenido mala suerte en su país, un país de contrastes, cainista. Ha tenido mala suerte porque José Martínez Ruiz, antes de ser Azorín, fue anarquista. Luego, parece ser, renunció a su anarquismo y se hizo, dicen, conservador. El anarquismo, lo dijo el mismo Baroja, no está mal como gimnasia del espíritu, pero para poco más aprovecha. Tal vez José Martínez, amigo de don Pío Baroja, también pensara igual que este con respecto al anarquismo.
Algunas personas han visto en ese cambio de actitud, de ideología, o simplemente de edad, una veleidad, un espíritu superficial. Otros lo califican de traidor. Y nadie lo lee. Cierto es que en un país de contrastes hay que decir las cosas a voz en grito, y pintar con brocha gorda. Ya no cabe la delicadeza ni la ironía, ni el pincel de Velázquez, ni la fina prosa de Cervantes. Tampoco, por supuesto, la clara y diáfana de Azorín.
Azorín, sin embargo, tiene artículos terribles. Artículos de una gran dureza. Los dedicados, por ejemplo, a la Andalucía trágica, a la Andalucía que pasa hambre y se muere de desnutrición. Azorín no denuncia la triste situación con proclamas ni soflamas. Hace, por el contrario, dos cosas tan sencillas como naturales: habla con los trabajadores en el casino del pueblo, les pregunta cuánto dinero necesitan ellos y sus familias para sobrevivir y cuánto ganan, saca cuentas, y surge un resultado escandaloso, escalofriante.
Ellos y sus familias se mueren de hambre.
Nada de cuanto piden esos trabajadores es superfluo. Aun así, no tienen dinero ni para comprar pan, ni aceite, ni legumbres. El hambre y la inanición los están minando.
Azorín, para completar el cuadro, hace otra cosa revolucionaria: acompaña al médico en su visita a los enfermos. Y da las estadísticas de los muertos, y de las causas de la muerte. Predomina la tuberculosis, producida por la desnutrición. El médico no receta medicinas sino alimentos. Pero no hay trabajo: los campos están yermos o en manos de los arrendatarios. Los trabajadores no tienen tierras, ni lugar donde emplearse. Tienen una familia y hambre, y desesperación.
Nada más patético ni doloroso que estos artículos de Azorín dedicados a la Andalucía trágica.
No sabemos si han sido escritos por un anarquista o por un conservador. Nosotros diríamos que han sido redactados por una persona inteligente y sensible. Por alguien sutil que confía en la palabra. Igualmente sutil se muestra cuando denuncia la corrupción de su época. Sin gritos ni estridencias nos cuenta, como aquel que no quiere la cosa, que un parlamentario desvió el agua del pantano para regar sus propias tierras. A Azorín esta afirmación, real y verdadera, le costó que lo despidieran del periódico donde escribía. La justicia siempre está bien, pero en casa ajena.
Azorín también habla del sistema parlamentario, de los parlamentarios y de sus actitudes. Y ve en el parlamento del momento un edificio vacuo, sin sentido, en el que nadie cree. Pide, en consecuencia, la renovación de éste.
Azorín no se escandalizaría si viera el funcionamiento del parlamento actual. No sirve para nada. A lo sumo para escenificar lo que todos sabemos: cuando llega allí alguna propuesta, política o económica, ya ha sido debatida, vendida y comprada en otros foros. Se ha pagado por ella una cierta cantidad, y en el parlamento se vota lo ya hecho, se escenifica o representa una triste y patética farsa. En esa farsa nadie rinde nunca cuentas de nada. Y sin cuentas claras es imposible la democracia.
A veces retransmiten por la televisión debates en los parlamentos. Son debates tristes, grises, patéticos. En los debates, los parlamentarios se acusan los unos a los otros de los mismos defectos, ironizan, lanzan algún sarcasmo, y no llegan a ningún acuerdo. El acuerdo lo comprarán a cambio de prebendas, o de cualquier otra cosa, en despachos o en cacerías. En los debates se pone bien a las claras que lo importante es el partido propio de cada uno, no las leyes o la justicia o la equidad. Menos todavía la nación, un concepto que se va perdiendo con la velocidad de la sangre cuando un astado siega la carótida.
Todo está corrompido. Tanto como en la época de Azorín.
Azorín, de vez en cuando, nos da un respiro. Entonces nos habla de libros. Azorín siente una especial predilección por los clásicos. Y como ellos tiene una enorme aversión por la guerra. Azorín habla mucho de los autores que reniegan de la guerra, que la denigran y descalifican. Y siente una especial inclinación por aquellos hombres que se malograron. Riofrío, un pueblecito de Ávila, es un libro precioso, de una prosa limpia, clara, diáfana. Pero también es un libro que encierra una enorme melancolía. ¿Qué hace un ilustrado como don Jacinto Bejarano Galavis y Nidos en un pueblo perdido? Don Jacinto, de vez en cuando, se siente solo en medio de sus congéneres. Añora las tertulias, las librerías, pero no se mueve de Riofrío. Siente que hace falta allí: no puede traicionar su vocación.
A Azorín también le indignan las historias de las literaturas, que son repeticiones de las anteriores historias de la literatura. Lucha contra ellas, y defiende lo que, muchas veces, aquellas condenan. Azorín es un hombre de amplias y profundas lecturas. Y hace una encendida defensa de la última novela de don Miguel de Cervantes, la obra que desdeñan las historias de la literatura. Quizás porque lo hizo la primera, y nadie se ha tomado la molestia de revisarla.
Azorín es un hombre con criterio propio. E incita a tenerlo. Azorín invita a leer muchos de los libros que admira. Leer a Azorín con un lápiz en la mano, tomando nota de todos los libros de los que habla, es una buena tarea. Al terminar la lectura se tiene una preciosa lista de lecturas pendientes. Pero muchos de los libros de los que habla Azorín ya son inencontrables. Hoy predomina la novedad.
Nos imaginamos ahora paseando con Azorín por un pueblecito. Es otoño. El camino está lleno de hojas caídas, de color marrón. Hace frío. Las nubes amenazan lluvia, o tal vez nieve.
-¿Qué es el patriotismo, Azorín? –preguntamos con una cierta familiaridad.
-Tal vez el patriotismo sea publicar algunos de los libros, no nos atrevemos a pedirlos todos, del padre Nieremberg –nos contesta el maestro-. Y el conocimiento de la geografía y de la historia del país. ¿No le parece a usted?
Nosotros amamos a Azorín. Leemos a Azorín. Hoy en día, sin embargo, es difícil encontrar libros suyos. Por fortuna conocimos a Azorín en nuestra lejana juventud, cuando encontrar libros del maestro era relativamente fácil. Tanto es así que nuestra biblioteca está bien surtida de libros de Azorín.
-Yo quisiera, Azorín, que usted fuera mi maestro.
-Bueno, pues léame. Ya no podemos hacer otra cosa.
-Es lo que hago. Pero hay un problema. No me gusta dirigirme a usted como Azorín. A ese nombre no se le pude poner un tratamiento de cortesía. Y llamarle don José tal vez le disguste a usted.
-No, no me gusta. Llámeme Azorín.
Conseguir la pureza, la limpidez de la prosa de Azorín, su diáfana claridad, su sencillez, es tarea de toda una vida. Azorín ha quitado de su prosa todo lo superfluo. El grito lo es. Quizás por eso muchos no entiendan la prosa clara, limpia y sin retórica del maestro, que es capaz de hablar de lo más terrible, del hambre de una región, con la más pura sencillez. Sí, nosotros amamos a Azorín. Y recomendamos su lectura vivamente.
-Yo creo, Azorín, que se deberían publicar más libros suyos.
-Y del padre Nieremberg.
-Y del padre Nieremberg, por supuesto.



Toda estética tiene su lado positivo


MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN

TODA ESTÉTICA TIENE SU LADO POSITIVO

Vicente Adelantado Soriano

Nada hay más agradable, en el otoño, que dar un paseo, un domingo por la mañana, con un buen amigo. A ser posible por caminos solitarios, sin tráfico, a fin de que nada ni nadie interrumpa la conversación o los silencios. A lo lejos se ven las azuladas montañas con las primeras nieves en sus cumbres. Los bordes del camino están alfombrados por las marrones hojas de los plataneros, y un poco más hacia allá se oye el monótono correr del agua. Es un riachuelo pequeño, pero de aguas claras y limpias, frescas.
Es una mañana no muy fría, soleada, y por un camino similar al descrito, paseamos un domingo Azorín y yo. Fue él quien comenzó a hablar.
-He leído su artículo “La voz del difunto”.
-Un poco largo y tedioso, me parece.
-Sí, todos los artículos dejan insatisfecho al autor una vez los ha terminado. Y es que, querido amigo, todo lo humano es perfeccionable.
-Sí, pero la perfección tiene un límite: fatiga mucho estar siempre dándole vueltas al mismo argumento o artículo.
-Evidentemente. Así que convendrá usted en que hay que ir a otros artículos y plantear otros temas y utilizar otras técnicas.
-Sí, claro; en la variedad está el gusto.
-Exacto. Y también convendrá usted, imagino, en que no tiene porqué haber una sola estética.
-Por supuesto. Eso queda muy claro para cualquier persona que haya leído sus artículos.
-Un sola visión empobrece al hombre, ¿no le parece a usted?
-Sí, me parece; pero de ahí a aceptarlo todo...
-Todas las cosas, novelas o cuentos, tienen sus cosas buenas, su lado positivo. Hasta Cervantes lo dijo: no hay libro malo que no tenga algo bueno.
-Lo positivo que he sacado yo leyendo sus artículos es que usted, querido Azorín, tuvo que ser una excelente persona. Y lo sigue siendo.
-¿A qué se refiere usted?
-A que tuvo que ser una buena persona.
-¿Por qué dice eso?
-Pues por eso mismo, porque nunca critica a nadie, y siempre, a todos y a todo, le encuentra su lado positivo. Hasta a doña Emilia Pardo Bazán.
-¿No le gusta a usted?
-Digamos que la detesto amablemente.
-Hombre, no sea usted cruel. Doña Emilia...
-Doña Emilia, querido Azorín, conocía la teoría, pero no sabía ponerla en práctica. Como novelista, y perdone usted, es detestable... Los cuentos que tiene están muy bien. Y el ensayo La cuestión palpitante es digno de estudio.
-Me parece usted un poco extremista.
-¿Usted cree? ¿No leyó usted ningún libro que le dio ganas de cerrarlo a los pocos minutos o páginas?
-Yo siempre he confiado mucho en el lector inteligente.
-Yo no sé si merezco semejante calificativo. Pero, a veces, he creído leer entre líneas en sus artículos. Y a menudo cuando habla de la existencia de dos estéticas, me ha parecido ver una velada crítica a una de ellas. ¿Sonríe usted?
-Bueno, querido amigo, esa es una interpretación.
-Por supuesto. Claro que sí. Pero he creído notar, y si me equivoco usted me corrige, una gran diferencia de tono cuando habla de doña Emilia y cuando habla de Pereda.
-Y estoy seguro, y perdone por la sonrisa, que le parece más sincero el tono empleado con Pereda.
-Efectivamente. Me parece mucho más sentido y sincero. ¿Por qué cree usted que será?
-No lo sé, pero me temo que me va usted a culpar de ello.
-Dios me libre de culparlo de nada, Azorín. Usted tuvo que ser una buena persona.
-Vamos, no exagere. ¿Y por qué dice eso?
-Por la enorme facilidad que tiene usted para meterse en la piel de los demás. O si quiere, se lo diré con palabras de su estimado Baltasar Gracián.
-Me intriga. A ver, diga usted.
-Dice Gracián en Oráculo manual y arte de prudencia que “el sabio estima a todos porque reconoce lo bueno en cada uno y sabe lo que cuestan las cosas de hazerse bien.”
-¡Ah, el bueno de Gracián! ¡Tan agudo como siempre!
-¿No le parece a usted que donde pone sabio se podía poner “la buena persona”?
-¿Sabe? Eso nos llevaría a una vieja y ardua discusión. Aquel socrático diálogo de si el bueno es sabio y el malo quien está errado.
-Bueno, creo que se puede estar errado y no ser malo.
-Depende de qué cuestiones hablemos, ¿está usted de acuerdo con esto?
-Por supuesto. Según usted yo puedo estar errado con doña Emilia, pero no por eso soy una mala persona. Por lo menos no hasta el punto de no merecer su amistad.
-Por supuesto que no. ¿Cómo cree usted que le voy a retirar mi amistad por una cuestión de estética? Estoy seguro de que coincidimos en muchas otras cosas. Y en muchos otros autores.
-Sí, por supuesto. En Ramón Pérez de Ayala, por ejemplo.
-Me gusta. Un excelente escritor.
-A mí también. Es un verdadero placer leer obras de don Ramón. Las máscaras...
-¡Qué excelente libro!
-Mucho. Un gran libro. Por no hablar de sus novelas.
-Efectivamente. Bien, como usted ve coincidimos en un autor. ¿Y Pereda?
-¡Ah, Pereda, Pereda!
-No le gusta.
-El problema que he tenido releyendo sus libros, Azorín, ha sido que me he vuelto a cuestionar parte de nuestra ancha y profunda literatura.
-Eso está bien, ¿no le parece?
-Sí. Me he releído muchas cosas que ya tenía sentadas y juzgadas. Y he tenido que volver a reconsiderarlas.
-¿Y cuál ha sido el resultado?
-Que doña Emilia es una pésima novelista. Que don Ramón Pérez de Ayala es un excelente prosista...
-¿Y Pereda?
-No sea usted impaciente. Con Pereda, lo mismo que con otros muchos autores, tengo que darle a usted la razón.
-Es decir, que le ha gustado. Ya lo sabía. Lo sabía.
-No me refiero a eso, Azorín.
-¿Ah, no? Pues hable usted.
-Me refería a que tiene usted razón cuando dice que hay autores que caen en desgracia, más por motivos políticos que por su prosa, o sus novelas... De Pérez Galdós, lo mismo de que Pardo Bazán, actualmente puede encontrar todos los libros que usted quiera o desee.
-Eso está muy bien.
-Sí, pero libros suyos, Azorín, ya son más difíciles de encontrar, dos o tres como mucho. Y de Pereda, tras toda una tarde de búsquedas, preguntas y peregrinaciones por las librerías, sólo conseguí dos, y en todos los sitios eran los mismos: Sotileza y Peñas arriba. Y de Pérez de Ayala, exactamente igual. Del padre Nieremberg, ni uno.
-Pues sí que lo siento. Es una pena.
-Sí que lo es.
-Pero debe usted tener en cuenta que una editorial es un negocio, y que la venta de libros posiblemente no sea un negocio boyante...
-Ya salió la buena persona que lleva usted dentro. Pero no debe usted olvidar, Azorín, que tampoco la educación es un negocio boyante, ni el teatro...
-Sí, claro, en eso tiene usted razón. El Estado se debería encargar de ciertas cosas. Proporcionar una enseñanza de calidad, educar el gusto estético de las criaturas, hacer que los padres tuvieran libros en casa y que los leyeran. Tener unos teatros...
-Azorín, Azorín.
-Perdóne. Estaba soñando en voz alta.
-Es usted un pequeño filósofo. Y como usted mismo dijo los filósofos son hombres buenos y afables. Es una suerte poder estar con usted.
-Muchas gracias.
-Muchas gracias a usted, Azorín.
Habíamos llegado a la fuente de las afueras del pueblo. Su agua, según el maestro, era tonificante. Siempre que llegábamos allí, bebía un poco. Luego emprendíamos en regreso, en silencio, o hablando mucho menos que a la ida. Aquel primer paseo con el maestro Azorín por aquellos maravillosos paisajes, el camino bordeado de hojas marrones, los altos chopos, el río con su eterno glu-glu, y el silencio, fue una maravillosa delicia. Un perfecto regalo.

Teatro



MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN
TEATRO

Vicente Adelantado Soriano

Es innegable que el clima está cambiando. El otoño resulta más caluroso que la propia primavera. Estos días pasados hizo un poco de frío. La gente sacó la ropa de invierno, pero ahora han vuelto las temperaturas veraniegas. Muchas personas se han constipado. Salimos a pasear, pues, con ropa ligera, llevando livianas chaquetas por si, cansados, nos sentábamos en algún banco del camino. Hay que evitar los resfriados. Tenía muchas ganas de charlar con Azorín.
-¿Sabe usted, Azorín? Cuanto más cosas leo, más lo aprecio a usted.
-Hombre, muchas gracias. Es un orgullo sentirse tan querido. ¿Y qué ha leído usted últimamente?
-¿Recuerda que le conté que el otro día recorrí no sé cuántas librerías buscando libros de Pereda por consejo suyo?
-Sí, lo recuerdo. Por cierto, quería decirle que, tal vez, en las librerías de viejo pueda encontrar algunas obras.
-Sí, lo pensé. Y he encontrado unas cuantas, aunque los libros, castigados por el tiempo y algunas manos, dejan bastante que desear.
-¿Entonces ya ha leído usted a Pereda?
-Todavía no.
-Vaya por Dios. ¿Y a quién ha leído?
-A un autor teatral.
-¿Bueno?
-Excelente. Lo conocí hace años, pero no le di mucha importancia entonces. ¿Sabe usted? Yo di clases de dramatización en la ESO, en un colegio, y al final del curso montábamos una obra de teatro. Un año intenté montar una obra de Casona...
-¿Con estudiantes de secundaria? ¿No es usted un poco atrevido?
-Se trataba de una pieza para jóvenes, de El retablo jovial... Pero, sí, tiene usted razón: los alumnos fueron incapaces de aprenderse los papeles. Y eso que les gustaba mucho hacer teatro.
-Pero, claro, coincidiría con los exámenes finales.
-Efectivamente, ese fue el problema.
-¿Y no lo volvió a intentar?
-No, poco después quitaron la asignatura de dramatización: no la consideraban práctica. Para la dirección del colegio no tenía mucho interés. Al fin y al cabo, decían, de poco les va a servir a los alumnos en el mundo actual.
-Hombre, pues para alguien que se fuera a dedicar a la política, ¿qué quiere usted que le diga? Incluso para hacernos perder un poco la timidez creo que yo que nos hubiera venido bien.
-Así pensaba yo también. Pero hicieron correr la voz de que era una asignatura inútil y en la cual se exigía mucho... Y yo, claro, era un simple y sencillo profesor. Algo como don Juan de Mairena, pero sin el don.
-¡Ah, un excelente libro! ¿Y qué sucedió con el teatro?
-Pues que no se hizo más, pero yo seguí leyendo teatro y viendo representaciones siempre que podía.
-Aunque ha sido un tanto desplazado por el cine.
-Sí, muy desplazado. No obstante, dicen que últimamente se está recuperando.
-¿Y es cierto?
-Siento desengañarlo. Es cierto, pero por razones espurias: la gente va al teatro, pero no por el teatro en sí, sino por ver en directo a los actores o actrices que ve en la televisión o en el cine.
-¡Vaya por Dios! ¿Y no se puede aprovechar ese atractivo para ir variando el gusto de la gente y hacer que se aficionen al buen teatro?
-¡Ah, querido Azorín, qué más quisiera yo! ¿Recuerda usted que el otro día me habló de las editoriales como de un negocio?
-Sí, recuerdo que dijimos algo al respecto. Y, claro, me va a decir usted que en el teatro la empresa todavía es más déspota e interesada.
-Sí, algo así le iba a decir. Aunque nos hemos desviado del tema de nuestra conversación.
-¿Y era?
-Le estaba contando que cuando fui a buscar libros de Pereda, no encontré ninguno; pero me compré un par de libros de teatro.
-¿Por aquello de que nunca se debe salir de una tienda sin comprar algo?
-Bueno, es una preciosa excusa para comprar libros, ¿no le parece a usted?
-Perfecta. ¿Y qué compró inducido por su timidez o falta de seguridad?
-Dos obras de Casona: Prohibido suicidarse en primavera, y La casa de los siete balcones. Y, una vez más, querido Azorín, no puedo por más que darle la razón.
-¿A qué se refiere ahora?
-Que no entiendo por qué no se representa a Casona. He visto obras de teatro de todo tipo y pelaje. Muchas de ellas de autores extranjeros y que no tienen ningún interés. ¿Por qué no se representa Prohibido suicidarse en primavera? Es una obra divertida, irónica y buena.
-¡Ay, querido amigo! ¿Y por qué no se representan a los clásicos? ¿No le parece a usted que sería muy divertido y didáctico, en los tiempos que corren, montar La elección de los alcaldes de Daganzo?
-Sí que lo sería. Y muy oportuna, desde luego. Y sería más divertido ver los entremeses de Cervantes o de Lope de Rueda, por poner dos ejemplos, que perder el tiempo con las insustanciales comedias que nos ofrece el cine, tanto español como americano.
-Pero, claro, si no se educa el gusto en el colegio, y los padres no llevan a los hijos al teatro...
-¿Le parece a usted que nos sentemos en aquellos banquitos a descansar un poco?
-Si, que además hay una fuente. ¿No le parece a usted encantador el personaje, Hans, el de Prohibido sucidarse... el cual pide la baja en el Centro de suicidas porque allí nadie se quita la vida?
-Sí, y además se va a trabajar a un hospital porque en los hospitales, que son serios, sí que muere la gente, caramba...
-¡Vaya con Alejandro Casona!
-¿Y qué me dice de El Amante Imaginario? ¿No es encantador?
-Sí. Casona era de una fina ironía. El Amante sueña, inventa, crea la romántica historia, con Cora Yako, la cantante de ópera, y cuando la tiene delante...
-Cuando la tiene delante y ella le propone hacer realidad cuanto ha soñado, él prefiere seguir soñando, no seguirla. Y deja que se vaya sola, a 120 kilómetros por hora, porque no sabe conducir si no es a esa velocidad.
-¡Es magnífico ese diálogo de El Amante con Fernando, otro de los protagonistas! Las indecisiones, los titubeos, el claxon del coche de Cora...
-Me encantaría ver esa obra en manos de un buen director.
-Sí, podría salir un estupendo montaje.
-¡Cuánto teatro tenemos, Azorín! ¡Y excelente, en muchisímos casos!
-¿Y qué le pareció La casa de los siete balcones?
-Es otra historia. Si le parece hablamos de ella otro día.
-Como usted prefiera. Ahora creo que deberíamos beber un poco de agua de esa fuente. El agua pura y limpia tonifica.
-Sí. Bebamos. Con tantas obras como tenemos y que se haga tan poco teatro y tan malo. Es una vergüenza.
-No se amargue la vida, querido amigo, no se amargue la vida. Séneca ya se quejaba de algo parecido.