viernes, 8 de marzo de 2013

En la niebla


EN LA NIEBLA

Vicente Adelantado Soriano

En la niebla, película de Sergei Loznitsa, está ambientada en la II Guerra Mundial. No es la película bélica al uso, sin embargo, sin tiros, bombardeos ni héroes. Más de un espectador, por lo tanto, se ha sentido defraudado. Y molesto no sólo por eso sino por ese ritmo tan lento, tan moroso; pero tan bien llevado, al mismo tiempo, que explica por sí mismo lo que no dicen las palabras. Los personajes apenas si hablan; es el silencio, denso, espeso, quien lo dice todo. El protagonista comprende muy pronto el juego en el que lo han metido los nazis; y sabe, desde el principio, que lleva todas las de perder. Así ya advierte a su mujer, cuando van a buscarlo los partisanos, que no diga nada, pues nadie la va a creer. Es inútil hablar. Y lo que le ha sucedido no es, ni mucho menos, una aventura rocambolesca e inverosímil, sino que se ha visto cogido en una red, como un pobre animalillo indefenso, para hacer caer a los demás en la trampa. Y los demás caen.
Saber que es inútil hablar con el prójimo, por muy amigo desde la infancia que haya sido, lleva a un fuerte escepticismo; y la aceptación de todo cuanto viniere. Sabiendo que lo único que puede venir es la muerte. Cosa curiosa: al protagonista le interesa más ser enterrado en un lugar decente que seguir viviendo. Como reconoce más hacia delante se quiere vivir cuando se tiene esperanzas, propias o ajenas. La única que le queda a él es ser enterrado en un lugar decente. Y esa concesión, por parte de un partisano, será la que convierta su vida en una odisea por un bosque, cargando con el cadáver de su frustrado ejecutor. Por si no tuviera suficientes problemas ya, el pobre hombre, al que odian en su pueblo por una traición que no ha cometido, y de quien hasta su mujer duda, también va a tener que cargar con la muerte de quien lo iba a ejecutar. Y será precisamente a él, en el bosque, a quien le cuente el juego que han tramado con él los alemanes. Lo hace un poco tarde: cuando se decide a hablar, el partisano, herido por la policía, fallece apoyado en un árbol. Y vuelta a la preocupación por el espacio ocupado por los muertos. Se niega a abandonarlo en medio del bosque, donde los cuervos están aguardando a que se vaya para darse el festín, y se le echa a las espaldas en busca de un lugar adecuado, tal vez de un cementerio. Lleva el muerto sobre sí sin desfallecer.
Emprende el camino con el otro partisano, en tanto su historia se interrumpe para narrar el funcionamiento de la policía. Y aquí aparece otra vertiente de la película: los enemigos del pueblo no son los alemanes, que los han invadido, sino ellos mismos: el enemigo ha sido el catalizador que ha hecho surgir la maldad que el ser humano lleva en sí. No se lucha por ideales, sino por miedo, por no sucumbir. Y, por supuesto, en una sociedad atemorizada, y los miedos tienen también sus intereses y sus componendas, no tiene lugar la única persona que se atreve a pronunciar un no, en voz muy baja, casi susurrando, pero que es un no, una negativa a la colaboración. Soltarlo en medio de la sociedad que ha bajado la cerviz es condenarlo a muerte, meterlo en un laberinto en el que nadie va a creer nada de cuanto diga, pues parece que el patriotismo, a veces, reside en creer al enemigo, no al vecino de toda la vida. No se admite al diferente, que siempre es peligroso.
Es una película sin concesiones, sin héroes, sin moral de ningún tipo, y que representa una mirada fresca, nueva y sincera sobre un tema recargado de falsos héroes, de absurdos mitos y de deshonestas mentiras. Como diría Erasmo de Rotterdam vale más la peor de las paces que la mejor de las guerras. Película, pues, altamente recomendable por muchas cosas, entre ellas para desintoxicarse de cierto absurdo cine y de necias historias tan burdas como deshonestas. Por eso mismo el final de la película es lo más lógico del mundo. Una lógica lenta pera inexorable.

Un cierto descontento


UN CIERTO DESCONTENTO

Vicente Adelantado Soriano

Decía Quevedo, si no me falla la memoria, que la última filosofía del saber reside en aceptar aquello que viniere. No cabe más lógica ni más sentido común. Imagino que, en esa frase, se encierra el consejo de tratar de vivir de la mejor forma posible con lo que no podamos evitar. Mal que bien he tratado de hacerlo así a lo largo de mi vida; a veces me he convertido en mi propio conejillo de indias, y he descubierto que don Francisco tenía razón; otras, he debido esperar la acción del tiempo por más que me esforzaba por adaptarme para actuar como pedía Quevedo. También me he percatado de que los consejos tardan en calar: son los repetidos desengaños, o las repetidas acciones erróneas, las que llevan a una persona a cambiar el enfoque de ciertos aspectos de su vida, o la forma de actuar.
-¿Y ha encontrado usted la tranquilidad o algo que se le parezca? -me preguntó una perspicaz doña Paquita una tarde de lluvia, solos los dos en la pequeña salita.
-No, por supuesto que no. Usted sabe que eso de la tranquilidad de espíritu sólo se consigue con los años, con el paso del tiempo.
-Con la vejez, vamos -me dijo sonriendo.
-Sí, ¿por qué no? Con la vejez. Todas las edades tienen sus cosas buenas. Y esta también, claro. Pero hay cosas que resisten.
-Siendo joven -me confesó cerciorándose de que estábamos solos- a veces me asustaba llegar a esta edad, tan próxima ya a la muerte.
-Creo que esos temores los hemos tenido todos. Y todos, creo, nos hemos quedado desolados en algún momento de nuestras vidas.
-Sí, es posible que tenga usted razón. Yo, en esos instantes, trataba de imaginar lo que sentiría un reo cuando van a buscarlo a la celda para ejecutarlo.
-Deben de ser unos momentos terribles. Pero también es una situación que no tiene vuelta atrás. No sé lo que haría en esas circunstancias, no lo sé. Pero, desde luego, es mejor aceptar lo inevitable... Por más que chille y forcejee el reo no van desistir de llevarlo hasta el cadalso. Me acuerdo, ahora que lo ha nombrado usted, de la ejecución de un personaje galdosiano, un pobre maestro viudo, y cuyo hijo ha muerto en las guerras contra el Narizotas... Acepta la muerte con tal entereza, y sin aceptar la mediación de la iglesia, que hasta los frailes lo declaran loco.1
-No recuerdo esa novela -me dijo doña Paquita sonriendo-. Pero sí me acuerdo de otra que me impresionó a mí tanto como a usted la impresionó la de Galdós.
-No he dicho que me impresionara...
-De no haberlo hecho -replicó sonriendo- no lo recordaría. No hace falta que añada “a esta edad”.
-Tiene usted razón. Prosiga.
-A mí se me quedó grabada a fuego la ejecución del padre del buscón don Pablos, ¿se acuerda usted? Aquel subir con arrogancia las escaleras del patíbulo; el detenerse para advertirle a su hermano, y verdugo suyo, que un escalón está hendido y que lo remocen ya que no todos tienen su hígado; el decirle al teatino que rece un poco de credo por no parecer prolijo...2
-Sí, me acuerdo, me acuerdo. Y cómo contrasta esa escena con la ejecución de Riego. Esta es menos conocida.
-Hoy estamos un poco macabros, ¿no? -me preguntó sonriendo.
-No veo porqué no podemos hablar de la muerte de la misma forma, o con la misma naturalidad, que hablamos de otras cosas.
-Es cierto. Y abundando en eso, ¿no le parece que la muerte más ejemplar es la del pobre don Quijote? Siempre se ha dicho, y repetido hasta la saciedad, el tópico de que don Quijote es la sátira de las novelas de caballerías; pero en la muerte de Alonso Quijano está encerrada la buena muerte, propia de la Edad Media, y de los caballeros medievales. ¿No le recuerda a usted la actitud de don Quijote la del Condestable relatada por su hijo en las Coplas a la muerte de su padre?
-Pues ahora que lo dice -respondí un tanto sorprendido.
-¡Claro! Y es la misma muerte, aunque en un escenario distinto, de Roldán, aquel Par de la dulce Francia.
-Sí, es verdad -dije sin recordar muy bien las lecturas que evocaba doña Paquita-. Y contrasta todo esto -añadí refiriéndome sobre todo a la ejecución de don Patricio Sarmiento- con la muerte que le infringieron al pobre Riego, el que se sublevó contra Fernando VII en las Cabezas de san Juan.3
-Yo -me dijo con una sonrisa de disculpa- no he leído a don Benito con tanta intensidad como usted.
-No se puede ser sublime sin interrupciones -bromeé-. El pobre hombre -proseguí hablando del general Riego- pidió perdón y clemencia cuando fue capturado por las tropas de Fernando VII; pero el Narizotas no estaba dispuesto a olvidar que Riego fue uno de los que, en Cádiz, pidió que lo declaran inepto, enajenado e incapaz de reinar; y lo hizo ahorcar... El pobre general tuvo que ser arrastrado hasta la horca, llevado en un serón.
-¡Pobre! -exclamó compasiva la buena mujer.
-Creo que era un ingenuo. Nunca, leyendo el relato de Galdós, se me ha ocurrido tildarlo de cobarde.
-Eso de la cobardía y de la valentía es tan sutil.
-Yo creo que, en el fondo, el general no se creía lo que le estaba sucediendo: no había hecho daño a nadie, había luchado por las libertades... Aunque, claro, lo hizo en un país que echaba vivas a las cadenas y mueras a la libertad.
-¡Ah, la ignorancia es muy atrevida! Hace muchos años, al poco de terminar la carrera, estuve trabajando en un colegio de monjas. Los alumnos llevaban uniforme. Pero un año a las monjas se les ocurrió abrir la mano, y dejaron que los alumnos mayores fueran sin el susodicho uniforme. A los pocos días estuvieron a punto de expulsar a una alumna por la ropa que llevaba. Yo tampoco lo comprendía. No entendía cómo su madre la dejaba salir vestida de esa forma... Coincidí con esa alumna en dirección. Allí, estando solas, reivindicando el ir como le diera la gana, me hizo un canto y alabanza de Franco y del franquismo. Estando él en el poder, me dijo, nadie le hubiera dicho qué ropa tenía que llevar y cómo la debía llevar.
-Desde luego. Hubiera ido tapada de arriba abajo.
-Sí, pero para ella la dictadura que alababa, y que no conocía, significaba lograr todo aquello que las monjas le prohibían. Ignorancia, qué atrevida eres.
-¿Y qué es nuestra vida más que una eterna ignorancia? Algunos ni viviendo catorce o quince vidas llegaríamos a alcanzar el más mínimo sentido común, o la más mínima de las sabidurías. ¿No es terrible irse de este mundo sin comprender nada ni saber nada?
-¿Qué quiere que le diga? A veces me sucede lo mismo que a usted. Y me lleno de tristeza.
-Es una pena -dije intentando bromear- que no nos conociéramos cuando teníamos veinte años.
-¿Por qué? ¿No fue usted feliz?
-Sí, lo fui con quien me tocó serlo. Y mucho.
-Yo también. Demos gracias ahora por poder tener estas conversaciones mientras la salud nos lo permita. Y no nos lamentemos por aquello que no podemos cambiar, y que, tal vez, ni lo deseamos.
-Parece usted Quevedo reencarnado. Tiene usted razón. Lo que quiero decir -volví a retomar el tema de nuestra conversación- es que el general Riego no contaba con que el ser humano es voluble, acomodaticio; y que muchas veces no le interesa ser libre porque es más cómodo no serlo: así no tiene que pensar ni preocuparse por nada.
-Entiendo que usted quiera salvar al señor Riego; pero en un general no me cuadra mucho el miedo a la muerte. ¿Qué quiere que le diga?
-No sé. Tal vez tenga usted razón; y, en el fondo, sea todo ignorancia, no saber dónde estamos ni el mundo que habitamos. Problemas que, por desgracia, no soluciona la escuela ni la universidad.
-La que usted y yo hemos conocido. Pero hay otras, o debería haberlas.
-¿Y usted cree que serviría de algo?
-Si no lo intentamos, no lo sabremos.
-¿Sabe? Una de las cosas que más me ha apasionado en mi vida ha sido la historia. Pero no la historia contada a grandes rasgos, en voluminosos manuales, y largos capítulos dedicados a la evolución de la economía, y todo eso. No. Cada día me gustaban más y más las historias particulares, aquello de cómo era la vida cotidiana en la Edad Media o en siglo XIX. Me resultaba más interesante tropezarme con un diario de una persona desconocida, o con cartas de la época. Por eso me interesó tanto Pérez Galdós, dejando de lado sus grandes méritos como gran novelista.
-Es posible que se puedan conciliar las dos cosas, ¿no cree?
-Yo tuve esa sensación cuando estudié el siglo XIX y leí, al mismo tiempo, a don Benito. Es una pena que no exista lo mismo para otras épocas. Este país necesita más Episodios nacionales.
-Quizás no haya un estudio tan sistemático, pero sí que habrá otras obras u otros medios para aproximarse al hombre medio. A través, por ejemplo, del teatro y de la novela. Y de la poesía, por supuesto.
-Sí, en eso tiene usted razón -le reconocí-. Las ciencias y las artes son complementarias las unas de las otras. Pero a lo que yo me refería es que, muy a menudo, la historia se nos va por los cerros de Úbeda.
-Usted me dirá a dónde quiere llegar.
-No, no quiero llegar a ningún sitio.
-Entonces es esto un simple cambio de impresiones.
-Nunca mejor dicho. Un cambio de impresiones. Mire -dije animándome por unos segundos, como si hubiera estado perdido y hubiese dado con el camino que lleva a casa- hace algunos años, cuando el país estaba envuelto en uno de los tantos y tantos casos de corrupción, y los partidos políticos andaban a la greña, y los periódicos defendiendo a sus sucios y oxidados paladines, di yo en leer un libro de historia.
-Intuyo de lo que me va a hablar -dijo doña Paquita con un mal disimulado gesto de fastidio-. Y me sorprende un poco en usted.
-No, no tema -respondí-. No voy a recurrir a lo facilón. Me interesa la historia. Y el estudio o discusión de que, tal vez, el pasado no exista: todo es presente e invención de ese presente.
-Creo que lo entiendo, pero ¿puede ser un poco más explícito? A veces me cuesta mucho entender a Quevedo, o a otro autor de su época. Y no creo que sean creaciones del presente...
-No sé muy bien cómo explicarlo -le confesé-. Creo que lo mejor será ir a la anécdota pura y dura. Mire, cuando yo comencé a ir a la escuela, hace millones de años, los críos llevábamos una gruesa enciclopedia en la que había de todo.
-Sí, la recuerdo. Todavía tengo un par de ellas por casa. Están nuevecitas, por cierto.
-Recordará entonces que en las lecciones de historia de dicha enciclopedia se narraban las gestas de Viriato.
-No me acuerdo muy bien, pero tiene usted toda mi confianza.
-Gracias. La dichosa enciclopedia no podía ser más tendenciosa. Por ejemplo colocaba a Séneca entre los españoles famosos en el Imperio Romano, y hablaba de Viriato como el libertador de Castilla.
-Eran cosas de la época -dijo con una sonrisa-. Y hay que saber desligarse de ellas. De esa y de otras.
-Evidentemente. Recuerdo una tarde de invierno... Cada vez desconfío más de mis recuerdos; pero... sí, nevaba. Hacía frío. Cerca del estrado de don Dionisio, mi buen e impagable maestro, ardía la estufa. Y este, de pie, como dándonos un regalo, nos contaba la historia del caudillo lusitano.
-Del Terror romanorum -dijo doña Paquita sonriendo, como si hubiera recuperado un millón de recuerdos-. Estuve en Zamora hace muchos años, con mi marido; vimos la estatua de Viriato en alguna plaza o parque, y nos hizo mucha gracia. Yo sentí pena: pobre hombre, con el frío que hace en Zamora, y me lo tienen allí casi en ropas menores.
-¡Qué sería de este mundo sin las mujeres! -murmuré esperando que siguiera ella con sus recuerdos. No lo hizo. Continué yo tras un breve silencio-. Don Dionisio, lo recuerdo perfectamente, nos contó las andanzas del pastor lusitano, y los enfados de los romanos por no poder vencerlo en ninguna batalla. Y nos contó el asesinato del caudillo a manos de tres de sus generales y allegados. A estos los romanos les habían prometido darles dinero a cambio de la cabeza de Viriato. Pero cuando llegaron al campamento romano, el centurión les dijo, con mayúsculas, como aquel que siente que está hablando para la Historia, que Roma no paga a traidores. Y se produjo la catarsis, y todos nos quedamos contentos y satisfechos, pese a la muerte de aquel buen hombre.
-Y ahora ha descubierto -dijo doña Paquita adelantándose a lo que yo quería contar- que Viriato formaba parte de las fuerzas oscuras, de la negra tradición de este país.
-No la entiendo -dije sorprendido-. ¿Qué quiere decir?
-Me temo que me va a montar usted el paralelismo de Viriato con el Cura Merino o con los guerrilleros, los defensores de la patria, y va a criticar a Larra, a Goya y a todos los afrancesados, que, al parecer, la querían perder.
Doña Paquita me dejó perplejo y sin habla durante unos segundos.
-No se me había ocurrido semejante visión de las cosas -le confesé-. Y no creo que sea muy afortunada.
-Perdóneme. No tenía que haber dicho nada. Tiene razón: es un tanto descabellado comparar a unos con los otros.
-Ignoro -dije de todas formas- si Roma representaba en aquellos momentos la cultura y la civilización opuesta a un pueblo de pastores, atrasado e inculto, como sucedía con la Francia del siglo XIX con respecto a la España de Larra y de Fernando VII. No lo sé. Sé, por el contrario, que leyendo la historia de la conquista de Hispania por parte de Roma, rara vez aparece esa virtud, los valores del patriciado, la justicia, la equidad, y todas esas palabras tan bonitas puestas en boca de Cicerón4. Y que según él eran los valores de los hombres de la República.
-Las guerras justas y entre caballeros no existen más que en las novelas de caballerías. Nada más inhumano y bestial que una guerra, sea la que sea.
-Estoy de acuerdo con usted. Y quien lo dude no tiene más que leerse los Episodios nacionales, de don Benito. Pero yo no quería hablar de la guerra. Afortunadamente usted y yo nos vamos a morir sin haber conocido ni una. Vamos a tener esa suerte. Yo, ahora, quería centrarme en cómo tres personajes, allá por el año 128 o 130 antes de Cristo, fueron capaces, por dinero, de traicionar a su jefe y amigo, y de vender a su pueblo entero.
-El eterno tema: la ambición y la corrupción. Y la conciencia que se acalla con un montón, a veces con un simple montoncito, de monedas de oro. Hasta Dios fue traicionado. ¿A qué barbaridad no se atreverá el ser humano?
-¿No es triste que siempre se esté repitiendo la misma y vieja historia?
-Fatigoso sí que es. ¿Y qué hubiera hecho usted con los traidores de Viriato? ¿Condenarlos a muerte como al general Riego?
-Me horrorizaría decidir sobre la vida y la muerte de nadie... Yo los hubiera enviado a vivir con los romanos.
-Usted, querido amigo, tal vez hubiera perdido todas las batallas.
-No, yo nunca hubiera tenido poder. Además, seguro que me hubieran matado en el primer encuentro. No lo lamento. Me hubiera liberado de muchas penalidades.
-No le quepa duda. Luego, eso sí, aparecerán los romanceadores de novelas de caballerías y nos hablarán de la lucha por la libertad, por la dama, por el Unicornio o por acabar con las fuerzas del mal.
-Como no nos matemos a nosotros mismos lo llevamos claro.
-Sería mejor que leyéramos a don Francisco de Quevedo y tratásemos de recordar la poca distancia que media entre la cuna y la sepultura.
-Yo también pondría, como libros de lectura, los Episodios, de don Benito, seguido de algunos libros de Manuel Chaves Nogales. Hablo de libros como A sangre y fuego o El maestro Juan Martínez que estuvo allí.
-Menos mal que ya estamos jubilados.
-Sí, menos mal.
-¿No echa de menos dar clases?
-No. En absoluto. Viendo el comportamiento de muchos alumnos me volvía más pesimista de lo que ya era. Mentían, negaban lo evidente, hacían trampas y todo tipo de memeces con tal de salvar una nota o de salir indemnes tras haberle robado el móvil a cualquier compañero... Así, lejos de ellos, ni me acuerdo de lo que debo ni de lo que me deben. O dicho en román paladino: ojos que no ven, corazón que no siente.
-Sí, nos hemos ganado nuestra parcela de paz y tranquilidad.
-Y hemos de continuar cultivándola. Tenemos que seguir hablando. Es muy importante la tranquilidad.
-Cuente usted conmigo para eso.
-Cuento con usted. Y muchas gracias por su compañía.
-Lo mismo le digo.
1El personaje está hablando de don Patricio Sarmiento, cuya ejecución narra Galdós en el episodio titulado El terror de 1824. Véanse los capítulos XX y ss. Nota del autor
2Doña Paquita está contando la ejecución del padre de don Pablos, véase Francisco de Quevedo, El buscón, cap VII. N.del A.
3Una vez más el personaje se refiere al episodio de Galdós El terror de 1824. La ejecución del general Riego se narra en el memorable capítulo V.
4Puede verse al respecto Guerras ibéricas, Aníbal, de Apiano. Traducción de Francisco Javier Gómez Espelosín, Madrid, 2006, p. 127 y ss.

viernes, 1 de marzo de 2013

Argo


ARGO

Vicente Adelantado Soriano

Con motivo de la entrega de los óscars se ha repuesto esta película, retirada de la cartelera hace unas semanas, para que algún que otro despistado, yo entre ellos, pudiera disfrutar de la incomparable belleza de sus imágenes. Argo ha sido galardonada con el óscar a la mejor película. Si la utilizamos como sinónimo de cilicio, el premio es justo y merecido. Pues soportando las dos horas de duración del film, queda claro que el jurado, o los jurados, o los miembros del mismo, han premiado más una pretendida labor patriótica, el rescate de unas personas del Irán de Jomeini, que el saber hacer cine, o cualquier novedad que este pudiera presentar al respecto. Y no todos somos americanos, ni nos hemos sentido identificados con las naderías que se narran, o molestos porque se quemen trapos llamados banderas. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Además, muy inteligentemente, Ben Affleck, que, sin duda, buscaba ser premiado, rinde homenaje a la gente del cine sin cuya colaboración hubiera sido imposible el imposible rescate de los pobres compatriotas. Se han cambiado los cromos entre ellos, y todos nos hemos quedado tranquilos.
La película, dirigida por el mismo Ben Affleck, un mediano actor, no aporta nada: todo es sabido y previsible desde el primer encuadre. Como sabido y previsible es que el mundo se divide en dos: los americanos, que son los buenos; y el resto del mundo que, al parecer, está mal de la cabeza. Con semejantes principios ya no hace falta analizar nada, explicar el porqué del descontento de un pueblo, porqué asaltan la embajada de Estados Unidos, porqué persiguen al personal de la embajada, y porqué el resto de los países se niega a dar asilo a los seis americanos que lograron salir de su sitiada embajada. Para decirlo en dos palabras, Affleck aprovecha un historia real, la huida de esas seis personas que encontraron refugio en casa del embajador de Canadá, para contar una historia irreal, o para hacer un tebeo tan plano como los dibujos del mismo. Y la verdad, viendo el resultado tampoco se entiende muy bien porqué los iraníes se han enfadado tanto con este boceto de película. A estas alturas deberían saber que todo país que se precie tiene su épica, sus leyendas y sus historias que no son sino un canto y alabanza de ellos mismos. Tal vez no podía ser de otro modo. No hay comparación posible entre una cosa y otra; pero esto vendría a ser como si los árabes se enfadaran porque en el Poema de mio Cid son presentados como enemigos del caballero de Vivar. Aunque en dicho poema, por supuesto, también los árabes pueden ser amigos del Cid, y de hecho lo son, como los cristianos sus enemigos, que también lo son. A las hijas de don Rodrigo las azotan los indígenas en el Robledal de Corpes. Y les da auxilio un moro. El Cid, el poema, entendámonos, le gana en hondura a esta película que ni rodada en 3D hubiera tenido profundidad: nadie da lo que no tiene. Dicen los iraníes que van a hacer una anti-Argo. Esperamos la película con ansiedad a fin de poder formarnos una idea, tras escuchar a las partes en litigio. Y si nos van a contar mentiras, es un suponer, por favor que lo hagan bien, con un mínimo de inteligencia, haciendo una buena novela o una buena película. No es lo mismo, como se comprenderá, leer el Poema de mío Cid o La ilíada, que tragarse estos interminables kilómetros de cinta que se parecen a esas anguilas mal cocinadas y peor servidas: dan un poco de asquito y no saben a nada. Por cierto, en el cine nunca consigo hablar con el señor que está en la cabina de proyección. Y me gustaría saber una cosa: las películas actuales ¿se siguen rodando en celuloide o se utilizan ya las nuevas técnicas, discos o un soporte distinto? Es que me parece un gasto inútil tantos metros de película para resultados tan mediocres.

Filosofía


FILOSOFÍA

Vicente Adelantado Soriano

La filosofía es una práctica indispensable del vivir humano, útil para afrontar los pequeños problemas de cada día y cuyo estudio, desgraciadamente, no ha sido declarado obligatorio como el servicio militar.
Luciano De Crescenzo, Historia de la filosofía griega

Soy de los que opinan que de nada hubiera servido declarar a la filosofía una asignatura obligatoria en el bachillerato o en la ESO para despertar el amor por la cultura, o para resolver pequeños problemas cotidianos, como de nada sirvió el servicio militar para despertar un supuesto amor a una patria inexistente. El servicio militar, in illo tempore, fue, para muchos, una pesada carga en todos los aspectos. Supuso descubrir, además, que la patria poco o nada tenía que ver con aquellos mandos chuscos y chusqueros que ni sabían hablar, mandar ni obedecer. Igualmente, no es la filosofía, como lo fue cuando sí era asignatura obligatoria, aprenderse de memoria teorías y palabras y más palabras de un lenguaje enrevesado y pedante que poco o nada explica de la vida que bulle a nuestro alrededor. Con dichas y oscuras acepciones se construían unas teorías que no parecían sino más juegos de palabras, puros galimatías. Un tormento. Para que el estudio de la filosofía fuera efectivo habría, pues, que cambiar algunas cosas, y no para que el resto no cambie sino para todo lo contrario. Quizás entonces la filosofía se convirtiera en una ayuda para el hombre. Y es posible que aun así continuara siendo varios interrogantes. Estos nunca están de más.
La primera misión de quien se dedica a estudiar algo, por verdadera necesidad, o por obligación, debería ser definir qué es ese algo. O, si se quiere, delimitar el campo de la búsqueda que, es posible, poco a poco se irá ampliando, como se amplía el paisaje tras una ardua ascensión al pico de la montaña. Es posible que la filosofía nos sirva para afrontar los pequeños problemas cotidianos con cierta solvencia; y que contribuya a nuestra dicha, o, cuanto menos, a dar a cada situación su justo valor y medida. Si es así, surge ya la primera pregunta: ¿Qué es la filosofía, y por qué unas personas pueden tener un cierto interés por ella en tanto otras la ignoran? ¿Qué hace que nos ocupemos de la filosofía o que busquemos en sus enseñanzas un posible remedio para nuestros males? Seguramente las respuestas a estas preguntas serían tan dispares, o monótonas, como lo somos los humanos.
Toda doctrina que quiera tratarse metódicamente debe arrancar de la definición, para que se entienda bien el objeto de la discusión.1
Es posible que la filosofía, por atenernos a una definición clásica, sea una cierta connivencia, amor o amistad, con la sabiduría. Pero entonces también un matemático o un músico, arquitecto, etc., es un verdadero filósofo, pues la sabiduría no es privativa de una determinada rama del saber. Brota entonces la otra pregunta. ¿Qué queremos decir exactamente cuando hablamos de sabiduría? Muy a menudo hemos oído que una persona puede ser un sabio en una determinada rama y un ignorante en otras. Quizás sea debido a la brevedad de la vida, o a la imposibilidad, humana, de dedicarse a varias cosas al mismo tiempo. De la misma forma que se puede exigir que nadie ose aprender filosofía sin saber geometría, también se puede demandar, para lo mismo, el conocimiento de la música, de las artes en general, de la medicina o de cualquier otra materia. Ahora bien, con ciencias tan especializadas como las que tenemos hoy en día, ya no es posible la existencia de hombres como los que tuvo el Renacimiento. ¿Eran ellos filósofos?
Es muy probable, por lo tanto, que saber geometría o música no nos sirva para conocernos a nosotros mismos, ni para resolver pequeños problemas cotidianos, o saber distinguir lo valioso de lo perverso. Con ello estamos indicando que, parece ser, por filosofía, o al menos una de sus más importantes ramas, se entiende el estudio que se emprende a partir de Sócrates. Como es sabido, este aparta los ojos de la búsqueda de un principio generador de vida, llámese aire, fuego, tierra o indeterminado, para aceptar esta tal como está servida, aunque tratando de usarla de la mejor forma posible. Con lo cual, y como es de suponer, hemos abierto la puerta a infinidad de pareceres, opiniones, escuelas y filosofías. Pues cada uno tratará de vivir según modelos, educación, forma de ser, y teniendo en cuenta lo que quiera o no quiera alcanzar en la tierra.
Por este motivo se deben desatender los otros estudios y preocuparse al máximo sólo de éste, para investigar y conocer si se puede descubrir y aprender quién lo hará capaz y entendido para distinguir el modo de vida valioso del perverso, y elegir siempre y en todas partes lo mejor en tanto sea posible.2
No hace falta decir que también antes de Sócrates existían los diversos pareceres. No hay más que fijarse en los diversos elementos que propusieron como origen del todo.
Planteada así la cuestión, desde un punto de vista moral, la distinción entre lo perverso y lo valioso, parece claro que a la filosofía sólo se acercarán las personas con problemas, descontentas, angustiadas, y que desean salir de esa situación de la mejor manera posible. Un triunfador, un infatuado, jamás sentirá necesidad de conocerse ni de conocer nada de cuanto le rodea. Se creerá el dueño del mundo, y que todo está bien. El otro no es dueño de nada, ni de sus pensamientos; y tal vez a nada le encuentre sentido. Por esa razón estas personas, las angustiadas, se podían acercar a la religión en vez de enfrentarse con la filosofía. Es posible que aquella les ofrezca más consuelo u optimismo al prometer una recompensa, todo aquello de lo que carecen aquí, tras la muerte. Cuestión de tiempo. La filosofía, por el contrario, nada promete ni de nada se hace garante. Es el hombre mismo quien debe conocer sus progresos y marcar sus metas.
Consideraba que cada uno, a partir de sus sueños, puede darse cuenta de su propio progreso, si observa que en los sueños no es dominado por nada desagradable y que no admite o hace nada terrible ni injusto, sino que, como en la clara profundidad de una calma absoluta, brilla sobre él la fuerza imaginativa y emocional de su alma, derramada por la razón.3
La filosofía, al menos en sus comienzos, tiene varios tratados sobre la consolación a diversas personas en idénticas situaciones: la pérdida de un ser querido. En esos momentos la filosofía se convierte casi en un manual que ayuda a superar una realidad, muerte o desastres, naturales o provocados, que, a menudo, supera a la propia persona. Leídas dichas consolaciones no como mera curiosidad sino como, tal vez, las leyeron las personas a las que iban destinadas, la filosofía se puede convertir en un bálsamo, en la voz amiga que ayuda a salir de una desastrosa situación. Esto, y dependiendo también de cada uno, puede parecer un gran logro, o muy poco para una disciplina que ha generado tan gran cantidad de tratados, escuelas y libros.
Por supuesto que esa misma consolación, o parecida, se puede encontrar en la religión. La religión, sin embargo, exige una fe. Y esta, a menudo, para algunos por lo menos, supone comulgar con ruedas de molino. De otra forma tal vez no fuera fe. Como dicen algunos de los creyentes, la fe es una gracia que el ser superior nos da, o no nos da. Por supuesto, y según ellos, también se puede luchar por tener fe; y también se puede pedir al mismo ser supremo que nos la infunda en nuestras almas, cabezas, cuerpos o donde sea. Esto, como se comprenderá, es una contradicción: supone suplicar a alguien en quien no se cree que nos de fuerzas para creer en él. Evidentemente es mucho más lógica la filosofía: no exige nada, ni fe ni compromisos escatológicos. Y, sin temor a ningún terrible castigo, está en nuestras manos seguir profundizando en ella o dejarla en cualquier rincón. Tal vez hacer una cosa u otra dependa del grado de descontento que arrastremos con nosotros mismos. Estamos partiendo de la premisa de que una persona feliz, no desde el punto de vista socrático, raramente acudirá a los manuales de filosofía.
También se podría decir, por la misma regla de tres, que igualmente será difícil ver a una persona satisfecha de sí misma asistiendo a una ceremonia religiosa. Y, sin embargo, sabemos que no es así. Dictadores, generales, banqueros, empresarios, corruptos, etc., asisten a misa y celebraciones diversas, e incluso llevan a sus hijos para que los bauticen obispos y arzobispos ricamente engalanados ¿Por qué sucede esto? Es probable que la respuesta esté en que la Iglesia triunfó allí donde fracasaron Platón y Séneca.
Ni el uno ni el otro formaron sectas ni arrastraron a multitudes, como sí lo hicieron, poco a poco, los famosos apóstoles y amigos de los mismos. Cierto es que resulta difícil imaginar a Séneca o a Sócrates dirigiéndose a una multitud con un sermón de la montaña, por ejemplo. Sócrates, con toda probabilidad, hubiera huido de la multitud; o se hubiera arrimado con dos o tres de aquellos oyentes, y hubiese comenzado con sus preguntas más o menos molestas e impertinentes:
-¿Por qué crees que cuando ha dicho Jesús bienaventurados los pobres de espíritu se ha dirigido a ti? Has sonreído al oírlo. ¿Eres pobre de espíritu?
-Sí.
-Si eres pobre de espíritu quiere decir que algo de espíritu tienes. De la misma forma que puedes ser pobre de dinero; y, seguramente, tendrás algunas monedas.
-Sí, las tengo.
-Luego también tienes que tener espíritu.
-Es obvio.
-Y si te pregunto lo que es una moneda, ¿podrás contestar a mi pregunta? ¿Qué es una moneda?
-Por supuesto. Es una pieza de plata, oro o cobre, que tiene un determinado valor. Y merced a ese valor, y a su trueque, puedo adquirir otras cosas, como pueden ser alimentos o vestidos.
-Y si tuvieras muchas monedas, serías rico, ¿Es así?
-Sí.
-De la misma forma, por lo tanto, si tuvieras mucho espíritu no serías pobre de espíritu, y esa bienaventuranza no iría contigo.
-Lógico.
-Muy bien. ¿Puedes decirme entonces lo que es el espíritu? Hazlo, por favor, con la misma sencillez que has utilizado para definirme lo que es una moneda.
Es muy probable que, en similares circunstancias, aunque algún tiempo después, Sócrates hubiese sido acusado de herejía y hubiera terminado en manos de la Santa Inquisición. Tal vez a él no le hubiera importado. No obstante, entre la cicuta y el fuego inquisitorial, es mejor la cicuta: no se sufre tanto. Y también es probable que lo hubieran acusado, y no necesariamente un materialista, de aceptar la división del hombre en cuerpo y alma o pneuma, psique o como se la quiera llamar. El hombre, por otras escuelas, es visto como un todo, y como tal debe ser estudiado.
-Que exista o no el alma; que esta sea intelectiva, vegetativa o como quiera usted llamarla, en nada debe cambiar nuestra perspectiva y nuestra forma de actuar, que siempre será la mejor posible. Eso es lo que dice la filosofía. O al menos lo que afirmaba Cicerón: Debemos estar bien persuadidos, si es que hemos adelantado algo en la filosofía, de que no debemos hacer nada por injusticia, ni por perversión, ni por intemperancia, aunque podamos ocultarlo a todos los dioses y a todos los hombres4.
-Estoy de acuerdo contigo -nos podría decir Sócrates tal vez después de haberse disculpado porque en griego no existe el tratamiento de cortesía-. Pero el bueno de Epicuro nos va a responder que todo aquello que es capaz de mover algo, existe. Y si una imagen te mueve porque te produce miedo o dolor, existe, es real.
-Sí, pero su existencia no sería corpórea, y hemos dicho que sólo admitimos el hombre de una pieza.
-Nada que objetar. Pero hay realidades incorpóreas como el aire o la luz.
Y con ello comenzaríamos, otra vez, un inevitable juego de palabras que nos estaría alejando de nuestra meta, que es lograr que el hombre, a través de la filosofía, sea menos desgraciado y algo mejor.
El que sea menos desgraciado dependerá de la escuela a la que se adscriba, y cuyas enseñanzas siga. Hay filosofías que casi parecen doctrinas. Y hay doctrinas tan duras, tan exigentes, que es imposible que el hombre medio las pueda llevar a cabo. Es posible, si se esfuerza en ello, si se empeña, que dicha filosofía lo lleve a sustituir una desgracia por otra. No tardará mucho en percatarse, por ejemplo, de que el escepticismo, o el estoicismo extremo, es tan difícil de llevar a la práctica como el Ama a tu prójimo del cristianismo. No digamos nada del amor que hay que profesar a los enemigos.5
-En ese caso -nos podía objetar Sócrates- lo que haces es buscar una filosofía acomodaticia, una filosofía que no te exija nada.
-No. Que no me exija nada, no. Que no me exija cosas que están fuera de mi alcance y dominio.
-Entonces tú sabes lo que te pertenece y lo que no te pertenece.
-Por supuesto. No me pertenece la vida y la muerte, que me puede sobrevenir en cualquier momento. No me pertenece la vida de mis semejantes que pueden chocar contra la mía y arrebatármela, o dejarme, en un accidente porque el otro iba borracho, impedido de por vida. Exigirme entonces la ataraxia es pedirle peras al olmo.
-¿Y te va a servir de algo abandonarte y estar todo el día pensando en lo desgraciado que eres y en lo feliz que serías destruyendo al otro?
-No. Tiene usted razón. El ejemplo está muy mal traído. Ya sé que tal vez me diga que lo que debo hacer es aplicar aquello de haz que las cosas contra las que nada puedas, que nada puedan contra ti.
-Es una buena máxima.
-Tal vez. Pero ¿cómo aplicarla cuando uno está en el trabajo, no se encuentra a gusto en él, lo necesita porque tiene que comer y pagar la hipoteca, y no puede marcharse y no le gusta la gente que tiene a su alrededor?
-Eso le correspondería más a Séneca que a mí contestarlo. Pero creo que te diría que debes procurar, por todos los medios, que toda situación negativa se convierta en positiva para ti. Esas situaciones no las vas a poder cambiar. Bueno, tal vez un estoico te propondría una revolución de los esclavos, como la de Espartaco, o algo así; pero en eso consumirías tu vida, generarías más y más violencia, y no lograrías nada. Creo. Un epicureista, por el contrario, te diría que delimitaras la zona, que actuaras siempre correctamente, y que ese correcto actuar generará en ti una fuente de placer. Es decir que te esforzaras en lo que predicaba el maestro: Decía Epicuro que la filosofía era operación que con razones y argumentos hacía la vida bienaventurada.6
-¿Y cómo se logra eso? ¿Se puede actuar bien cuando lo que se premia es lo contrario?
-Sí. Es difícil y complicado, pero sí. Se puede y se debe hacer. Ahora bien, estamos hablando de filosofía. Quiero decir que no esperes nada a cambio de esto. La filosofía, querido amigo, se parece un poco a aquellas damas de finales de la Edad Media, la belle dame sans merci. El caballero la amaba, la seguía, ejecutaba cuanto ella le mandaba, pero nunca obtenía nada a cambio. Sólo el placer de bien servirla, y la muerte, que es el fin de todo.
Pensé entonces que tal vez la filosofía se podría definir como una especie de búsqueda de un saber vivir sin molestar a nadie ni ser molestado por los contratiempos. Tal vez sea eso. Y que tal vez proporcione un atisbo de paz o tranquilidad si somos capaces de llegar a un mínimo de conocimiento y de actuar en consecuencia. Ahora bien, nada más difícil que el nosce te ipsum, y ser virtuoso u honesto a carta cabal. Tarea harto complicada, como nos recuerda don Francisco de Quevedo: Pues “filósofo” no dice otra cosa que amante de la sabiduría, que fue reprehensión de los que antes se llamaban sofos, sabios.7 Seguramente jamás llegaremos a un leve atisbo de sabiduría, pero tal vez valga la pena intentarlo.

1Cicerón, Sobre los deberes, Traducción de José Guillén Caballero, Madrid, Alianza Editorial, 2008, p 62
2Platón, La república. Traducción de Conrado Eggers Lan. Editorial Gredos, Madrid, 2006, X, 618c
3Plutarco, Moralia I, Cómo percibir los propios progresos en la virtud, Traducción de Concepción Morales Otal y José García López. Editorial Gredos, Madrid, 2008, 12 83A
4Cicerón Sobre los deberes, Traducción de José Guillén Caballero, Madrid, Alianza Editorial, 2008, p. 210
5Una interpretación de este mandato se puede ver en La cuna y la sepultura, de don Francisco de Quevedo. En ella, el enemigo es quien critica, advierte y nos mejora. El amigo, por contra, quien tolera nuestros vicios. Véase capítulo III de dicha obra.
6Sexto Empírico, Contra los matemáticos. En Francisco de Quevedo, Defensa de Epicuro contra la común opinión. Edición de Eduardo Acosta Méndez, Editorial Tecnos, Madrid, 2008, p.48
7Francisco de Quevedo, Doctrina moral del conocimiento propio, y del desengaño de las cosas ajenas. Cap. IV

viernes, 22 de febrero de 2013

El atlas de las nubes


EL ATLAS DE LAS NUBES

Vicente Adelantado Soriano

Si la película de los hermanos Wachowski se mira como un mero espectáculo visual puede resultar entretenida, aunque es excesivamente larga. Se compone el film de varias historias basadas en una novela original de David Mitchell, y que, por desgracia, no están muy trabadas entre sí. Buscarles la ilación puede terminar con la paciencia del espectador, amén de producirle un fuerte e innecesario dolor de cabeza. Quiere esto decir que se podían suprimir una o dos historias, y la película no perdería sentido, aunque, tal vez, ganara en agilidad. Por otra parte, resulta un poco absurdo que cada cierto tiempo algún personaje nos lance el mensaje del autor. Un mensaje tan simple como bienintencionado: todas las acciones están encadenadas y nuestras vidas no nos pertenecen, pues lo que hagamos ahora tendrá consecuencias en el futuro; y ese futuro, al parecer, será mejor que el presente... Se puede comparar, si se quiere, con la metempsicosis de los griegos, o con un cristianismo un tanto remozado y puesto al día. Por supuesto que nuestra vida nos pertenece aunque, como descubre una de las protagonistas, la industria nos alimenta con nuestra propia carne. El toque social, a estas alturas, y con todo lo que está cayendo, no puede ser más deslavazado por mucho que las mujeres sirvientes pendan de ganchos, cabeza abajo, como reses.
Hubiera sido más sugerente y eficaz que, como sucede, varias de las historias estuvieran protagonizadas por los mismos actores; pero sin ese excesivo maquillaje que los hace irreconocibles. Así se hubieran podido ver las concatenaciones de unas acciones con las otras. No obstante, también hubieses quedado muchas cosas por explicar. El maquillaje y el uso de un mismo actor para historias separadas temporalmente me ha recordado una vieja película, en blanco y negro, y cuyo título he olvidado, en la que todo el interés estaba en saber qué actor representaba cada papel. Al final, al igual que en El atlas de las nubes, los actores se iban despojando de su maquillaje en tanto en la sala se oía el consabido ¡Oooh! En El atlas es imposible, las más de las veces, reconocer a los actores en sus diversos papeles, así que, cada cierto tiempo, tiene que aparecer el personaje con el sonsonete del mensaje del autor para que nadie se pierda, y todo el mundo tenga claro que la película tiene su transcendencia o, como diría un castizo, su miga. Y esa miga es lo que enmohece este pan. Si nos olvidamos de ello, y somos capaces de dormitar durante algunas de las historias, la película quedaría un poco decente. Así es un espectáculo visual, con unos buenos actores, un maquillaje preparado para el óscar, y un pequeño galimatías: no se entiende porqué unos personajes siempre son buenos, y otras son buenos en unas historias y malos en otras. El cambio no se ha explicado ni se ha visto por ninguna parte. ¿Qué les ha llevado a ello? Y si en verdad vivimos una y otra vez, es más sugerente la idea de la metempsicosis griega o de la reencarnación india: si uno es bueno y virtuoso, se puede reencarnar en un ser superior, por ejemplo puede pasar de ser un perro a ser un esclavo. Pero, ¡hombre, por Dios! ser toda la vida malo...
Pese a todo, es una película divertida para un viernes por la tarde o un día de lluvia. Pero sin buscarle tres pies al gato. Y dejándose llevar: no se cuenta con el espectador en ningún momento. No caigamos en el juego de creer que aquello tiene una filosofía oculta. No la hay. Hay más jugo en Caperucita roja. Es una película simple pero simpática.

Comadres del buen tono


COMADRES DEL BUEN TONO

Vicente Adelantado Soriano

El mundo da muchas vueltas, y al cabo de cada una de ellas se encuentra donde antes estuvo. Por eso digo yo que andando hacia delante, andamos hacia atrás.
Benito Pérez Galdós, Las tormentas del 48

Hay situaciones en esta vida, como algunos lugares y personas, que terminan por producir cansancio, hartazgo, agonía y hasta cámaras y vómitos. Tal vez porque no está en nuestras manos evitar los lugares, solucionar dichas situaciones, o porque, y es lo más probable, en el fondo nadie desea cortarlas ni acabarlas. Entonces se les da vueltas, o se gira en torno a ellas, una y otra vez, como burro enganchado a la noria. También puede suceder que dichas situaciones se reproduzcan como las cabezas de la Hidra. Inútil es esperar la aparición de un Heracles cualquiera.
Estoy hablando, como habrá adivinado el pío y paciente lector, del ya manido tema de la corrupción y de la falta de ética de una gran parte de la clase política en general, y de la española muy en particular. Sucede con esto lo mismo que con los compañeros de trabajo: siempre, en todo lugar cerrado, y lo es una oficina, un instituto y hasta un barrio o pueblo, termina por formarse capillas, grupos de compañeros que, a su vez, no pueden soportar a otras capillas que, igualmente, no tienen ninguna simpatía ni por tirios ni troyanos. Y unos y otros, siempre in absentia, hablan y se critican poniéndose cual no digan dueñas. Y así, entre y ante amigos, se erigen estos y aquellos en normas del bien actuar llegando a la catarsis y a una aparente felicidad: la que da el pertenecer a una manada. Nadie, sin embargo, cambia las reglas del juego. Y siempre, en consecuencia, se reproducen las mismas actuaciones.
Es inútil, en infinidad de ocasiones, tratar de cambiar de conversación; y más tratar de abrir nuevas vías de comunicación. Está bien hablar de un tema cuando de las palabras se puede pasar a la acción, y con ella se hace desaparecer aquello que está atormentando a un grupo determinado de personas. Pero cuando no existe tal posibilidad, o no se aborda, la conversación termina por enquistarse, y las palabras ya no producen sino dolor de cabeza. Se comprende el orgullo de Cicerón ante sus propias palabras, pues con ellas, con las famosas Catilinarias, fue capaz de vencer un complot que estaba poniendo en peligro a la República y a la vida de muchos senadores. Sus discursos, como es sabido, no quedaron en mera retórica, ni, mucho menos, en una cuidada catarsis individual.
Es cierto sin duda que se puede definir como sabiduría el saber estar; el ser capaz de convertir cualquier situación, por muy desfavorable y negativa que sea, en una situación propicia. No sé cómo se hace esto, imagino que cada caso requerirá una actuación diferente; pero el tiempo que invertimos en lamentarnos, en quejarnos y en criticar a los vecinos, tal vez fuera mejor invertirlo en el estudio y en la reflexión. En analizar la situación, y en tratar, por todos los medios posibles, de buscar su lado positivo, aquello que pueda favorecernos, o propiciar, cuanto menos, que desaparezca la situación molesta. Una cabeza menos.
No hace mucho estuve hablando con una persona a la que no conocía de nada. Seguramente estaba de paso. O vino a echar un vistazo. Estos encuentros, hasta hace bien poco, me daban un poco de miedo: por regla general se termina soportando a quien no aguantan ni las piedras del acueducto de Segovia. No creo que fuera este el caso de aquella persona. Dejó el periódico sobre la mesa, me miró con cara de resignación y me dijo:
-Siempre las mismas cosas: se regodean con el tema y no lo sueltan hasta que no llegan al hartazgo.
Imaginé a lo que se refería. Por eso mismo ni me molesté en echarle un vistazo al periódico. Sin decir nada depositó sobre la mesa dos cafés con leche. Me lo tomé por deferencia.
-Imagino -comenzó a decir sin que yo lo hubiera invitado a que se sentara- que también usted estará harto de leer siempre las mismas noticias.
-Sí. De hecho ya hace días que ni veo la televisión, ni conecto la radio, ni leo la prensa. Me dedico a leer libros y a oír música.
-No obstante, es un error no estar informado. Aunque no se sabe muy bien para qué.
-Usted mismo lo ha dicho: no se sabe muy bien para qué. Hace ya tiempo Cicerón se quejaba de la separación que se había establecido entre la justicia y lo honesto, o lo honesto y lo útil, ya no recuerdo.1 Hoy hay tanta separación entre el saber y el actuar, que el saber no sirve más que para amargarse la existencia.
-Es esa una buena observación. Evidentemente se debería crear un sistema político en la que el hombre, de forma inmediata, tuviera acceso a las determinaciones para poder votar todas y cada una de ellas.
-Eso -dije-, como usted comprenderá es más que imposible: las discusiones se eternizarían, y no haríamos nada útil y provechoso.
-Sí, tiene usted razón. También yo lo he pensado. Y es un problema de difícil solución. De hecho un pariente mío siempre decía, contradiciéndose, que el mejor sistema político es el de la dictadura: el dictador hace lo que quiere; y cuando hace las cosas mal, se prescinde de él.
-Seguramente -repuse tras apurar mi café con leche- su pariente estaría pensando en los dictadores romanos, aquellos que eran nombrados para casos especiales: guerras, invasiones... y que dejaban el poder una vez había cesado la causa que los había encumbrado.
-Sí, sé de lo que me habla. Lo malo es cuando el dictador no quiere entregar el poder, cuando desea aprovecharse de él para su propio beneficio.
-Sí, y quizás ese defecto esté en la masa de la sangre de mucha gente. Es peligroso darles el más mínimo poder...
-¿Y entonces? ¿Qué hacemos?
-No lo sé. También ese es un tema que a mí me ha preocupado a menudo. Y las soluciones a las que he llegado no sirven para nada, son una perfecta inutilidad...
-Yo antes pensaba -prosiguió el hombre del periódico- que la educación iba a ser capaz de terminar con muchas cosas, con muchos defectos del hombre.
-Cada uno tiene que creer en su propio trabajo. De lo contrario la vida se convierte en peor de lo que ya es de por sí.
-Sí, es cierto. De no ser por los espejismos o las ilusiones que nos creamos, nos pareceríamos a esos condenados a los que obligan a hacer un agujero, a taparlo y a volverlo a hacer el día siguiente. Un trabajo inútil puede volver loco al hombre más cabal.
-Y quizás eso explique de la forma en que hemos terminado. A no ser que juzgue útil un trabajo, sea el que fuere, porque le da de comer, y le sirve para pagar los desperfectos que se van amontonando en una casa.
-Triste que sólo sirva para eso, ¿no le parece?
- No es poco. ¿Se puede hacer algo más?
-Sí, por supuesto que sí. Mire -dijo señalando el periódico que había traído con él- leyendo todas las noticias sobre la corrupción, sobre la falta de ética de políticos y cercanías, me he estado preguntando qué han visto ellos en la sociedad para creerse con derecho a actuar como lo están haciendo; y a pensar que nada les iba a suceder, o que nadie les iba a pedir cuentas.
-Creo que la respuesta es muy sencilla: tienen en sus manos los medios de comunicación, cuentan lo que les interesa, o se avienen con periódicos y periodistas, y ocultan aquello que les puede perjudicar. Y sin cuentas claras, o sin transparencia, ya que tanto les gusta la palabra a los opacos, no puede haber democracia.
-Sí, en eso tiene razón. Pero también sucede así porque la gente no tiene interés, es acomodaticia y deja hacer con tal de que la dejen a ella descabezar un sueño en el sofá de su casa.
-Creo que fue Nietszche quien daba gracias, a no sé qué dios, por no tener que ocuparse todos los días del Imperio romano.
-Quizás esté ahí el error.
-¿Usted se imagina una casa en la que, todos los días, padres e hijos se reunieran para sacar cuentas y analizar en qué se han gastado los jornales que han ganado, lo que han ahorrado...
-Si los padres son honestos no hay porqué hacerlo así.
-Ya sé donde quiere llegar -le dije sin poder evitar un gesto de fastidio-; pero desengáñese, amigo mío: siempre tendrá corruptos y asesinos, no los va a poder exterminar. A no ser que cambie al hombre de tal forma que no lo conozca ni la madre que lo parió.
-Y usted cree que eso es imposible, lógicamente.
-Lógicamente. Para ilustrarlo podemos, si quiere, hablar de Cicerón, de Séneca, de Sócrates, de Erasmo... No, no le digo que el hombre no sea perfectible, que lo es. Ahora bien, será mejor o más perfecto cuando le interese a él, o cuando no pueda seguir como lo ha hecho hasta el momento. Mientras...
-Es decir -me dijo con cara de estupefacción- que según usted el medio es superior al hombre.
-Bueno, es una forma de decirlo. Como comprenderá, a estas alturas las palabras no me producen ningún tipo de miedo. Y por supuesto que también el hombre actúa e influye sobre el medio... Lo malo es que siempre da la mismas respuestas.
-Ya. Guerra y paz.
-Sí. Y hay guerra mientras las lanzas, por decirlo con los griegos, no están ahítas de sangre. Y como el hombre se cansa de todo, también se harta de la paz, o de la situación a la que ha llegado...
-O a la que lo han conducido.
-Nadie lo hubiera conducido a donde está si él no lo hubiese permitido.
-O si hubiera tenido otro tipo de dirigentes, de políticos.
-¿Qué cree usted que lleva a una persona a dedicarse a la política?
-¿Qué le ha llevado a usted a dedicarse a su trabajo?
-La necesidad. Nada más. O si quiere que se lo diga con otras palabras, no fui yo quien escogió a mi mujer: fue ella quien siempre llevó la voz cantante, y fue ella quien se inclinó por mí. Luego, por supuesto, como persona noble que soy, le correspondí con todo mi amor.
-Se me está yendo usted por la tangente, querido amigo.
-¿Usted cree? Podríamos hacer ahora una encuesta aquí en el bar, o en la residencia, y preguntar a la gente qué vocación tenían de jóvenes, y hasta qué punto la han llevado a la práctica. O, lo que es más sangrante, pregunte a la gente joven aquello tan famoso de qué quieres ser de mayor. Muchos de ellos se morirán sin haberlo averiguado.
-Y otros quizás por falta de medios no puedan llevarlo a la práctica.
-Para el caso es lo mismo: será el trabajo quien los escoja a ellos. Y a ellos, y a mí con ellos, no nos quedará más camino que la resignación o las bellísimas palabras de Cicerón, y perdone que insista con las citas de este viejo amigo.
-No me molesta que me lo saque a colación. Me gustan estas conversaciones y lecturas, siempre trufadas de citas.
-Sí, les dan un cierto sabor, como el perejil al pescado o el pimentón a las patatas.
-Tiene razón. Además, las patatas asadas con pimentón están bien buenas.
-Efectivamente. Es un toque de alegría. Y más cuando los participantes son algo sosos, como yo.
-¿Y qué decía Cicerón?
-Decía lo siguiente: Trabajaremos, por consiguiente, con especial ahínco en aquellas cosas para las que seamos más aptos. Si la necesidad nos obliga alguna vez a hacer algo extraño a nuestro natural, habrá que poner todo el cuidado, la meditación, la diligencia para que podamos hacerlo, si no con la perfección deseada, lo menos mal posible.2
-Eso supone una gran honestidad. Y para lograr que le hombre llegar a esos niveles, habría que educarlo.
-No creo que consiga nada con la educación. Al hombre lo que le gusta en el fondo es no hacer nada. Así que, en cuanto pueda, seguirá robando para no hacer nada, y para asegurarse de no hacer nada el resto de su vida. Si tienen suerte, y lo meten en la cárcel, lo consigue a medias. Por eso no entiendo la resistencia a ser juzgados y condenados por parte de algunos politicastros.
-Creo que la cosa está clara. No es lo mismo vivir en la playa que en una celda de clausura.
-Era una broma, como habrá comprendido. Y antes de que me diga nada: estoy harto de la corrupción, de oír hablar de ella, y de discutir sobre ella.
-Lo comprendo. Llevamos una larga temporada dándole vueltas a lo mismo. Y como diría usted, sin muchos visos de que esto cambie.
-Efectivamente. Sin visos de que cambie nada. Así que déjeme que le diga que a Cicerón lo asesinaron sus enemigos. Y no sólo lo mataron, sino que lo decapitaron y clavaron su cabeza, y sus manos, con las que escribió las Catilinarias y las Filípicas, en el senado de Roma, en los Rostra o en algún lugar parecido. Y no es que le tenga miedo a la muerte. Lo que le estoy diciendo es que no se equivoque con respecto al género humano. No hay nada que hacer.
-¡Hombre! No se puede ser tan pesimista. Siempre se necesita de una ilusión para vivir.
-Es cierto: todos tenemos ilusiones. A mí me basta con la de ver amanecer y tener un libro a mi lado. Treinta o cuarenta años antes de Cristo, es decir, hace la friolera de 2.030 ó 2.040 años, y se lo digo a la antigua, ya dijo el mentado Marco Tulio Cicerón que mal van las cosas cuando lo que se debe alcanzar a través de los buenos méritos, trata de lograrse mediante el dinero.3 Ya iban mal las cosas entonces. Y nada ha mejorado mucho que digamos.
-Hombre, hoy en día no hubieran matado a Cicerón.
-Claro, claro. Pero no pierda la esperanza: amanecerá Dios y medraremos todos.
-Está usted imposible.
-Tiene usted razón: no me ha sentado bien el café con leche. Está horrible. En fin, a ver si al mediodía me dejan tomarme un vaso de bon vino y me quita el mal sabor de boca de la Roma de Cicerón y de la España de los mediocres.
-Confiemos en ello.
-Confiemos.
1Cicerón, Sobre los deberes, libro II, III, 9
2Ciceron, Sobre los deberes. Traducción, introducción y notas de José Guillén Cabañero, Alianza editorial, Madrid, 2008, p. 117
3Cicerón, Sobre los deberes, Libro II, 6, 22