EN EL SANTUARIO
(Peñalba de
Villastar)
Una conversación
con Bécquer
Vicente Adelantado
Soriano
No recordaba si se
podía subir con el coche hasta el pie del farallón, o había que
dejarlo nada más comenzar el largo camino ascendente que lleva hasta
él. Siempre cometo el mismo error: o bien no me acuerdo de llevarme
la información sobre los sitios que voy a visitar, o bien se me
olvida guardarla en mi breve mochila. Sea como fuere, opté por la
misma y vieja solución: dejar el coche, calzarme las botas de siete
leguas, ponerme el sombrero, y comenzar a caminar. No había nadie
por allí. La mañana era espléndida, aunque un poco fresca. A los
pocos minutos, no obstante, ya estaba comenzando a sudar. Un
maravilloso silencio lo inundaba todo. Pasé buena parte de la mañana
caminando. Hasta llegar al santuario, donde me demoré todo el tiempo
del mundo. Me gustó cuanto vi y cuanto intuí.
Valió la pena. Siempre
vale la pena. Cuando horas después, oliendo a monte, me senté en el
agradable bar del balneario de Manzanera, tenía los pies que me
echaban fuego. La jarra de cerveza me sentó de maravilla. Don
Gustavo, que había estado esperándome, tenía otra ante sí. Sonrió
al verme.
-Siempre que me
enfrento con el mismo problema -dije tras saludarlo-, me acuerdo de
la solución que le da don Miguel de Cervantes. Y siempre me parece
que su explicación no es, en el fondo, más que la confesión de una
cierta impotencia -confesé intentando luchar contra el sonrojo.
Bécquer sonrió.
-Es que tal vez
-murmuró- no hay otra forma humana de explicarlo. Hay cosas que, por
más que se quiera, no se puede llegar a ellas. El misterio. ¿Y qué
es lo que se ha encontrado usted allá arriba? ¿Se imagina usted una
vida sin misterio? ¿Una vida en la que todo se supiera? ¿Qué hay
en el santuario?
-Es cierto, tiene usted
razón -repliqué riendo-. La vida sin misterio sería muy aburrida.
-Claro, no existiría
el estudio, ni la investigación, ni tal vez los viajes, ni las
caminatas. ¡Ah, querido amigo, y qué placer, sin embargo! Los
perezosos ya tendríamos la justificación perfecta para pasarnos la
vida sin hacer nada.
-No estoy tan seguro de
eso -dije con un dejo de terror ante la desaparición de mis
excursiones-. Creo que aparecería algo nuevo, o el hombre comenzaría
a pensar en algo... No, no me veo a todos sin hacer nada. Hasta los
abuelitos aquí, en el balneario, leen o juegan a las cartas o al
ajedrez, o recogen piedras...
-Sí, ya veo. Y sin
embargo, nada hay mejor que el ocio.
-En
eso estoy de acuerdo con usted; pero el ocio con letras. Acuérdese
de lo que decía Séneca: otium
sine litteris mors est et hominis vivi sepultura.1
-¡Hombre! ¿Sabe usted
latín?
-No.
Eso quisiera yo. Pero tampoco soy el pedante contra el que arremete
don Miguel en El
coloquio de los perros, ¿se
acuerda?:
hay algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando
en cuando con algún latín breve y compendioso, dando a entender a
los que no lo entienden que son grandes latinos, y apenas saben
declinar un nombre ni conjugar un verbo.2
-No haga mucho caso de
don Miguel: es un humorista. Y ya sabe, va negando una cosa y
haciéndola al mismo tiempo.
-Sí, ya lo sé; pero
hay que tener gracia para hacer eso. Y como yo no la tengo, le
confesaré que el soltar latinajos no es más que la confesión de mi
ignorancia: como no pude estudiar latín, di en aprenderme todas las
oraciones y frases que caían en mi radio de acción.
-¿No esperaría usted
-me preguntó asombrado- aprenderse toda la lengua latina de
semejante forma?
-Bueno, nunca se sabe.
Cosas más difícil han pasado. Y ánimos no me faltaban.
-Me parece que también
es usted un buen humorista.
-Lo intento; pero muy a
menudo me resulta difícil y complicado. A veces es difícil hasta
sonreír. Con todo lo que está sucediendo en el país, con
corruptos, políticos ineptos, bancos saqueados y millones de
parados, lo mejor es taparse las narices, y pasar por él como se
pasa por una letrina. Y subir a las montañas de vez en cuando.
-Bien. Volvamos al
principio porque yo creo que me he perdido un poco. Había dicho
usted, hablando de no sé qué, que la explicación de don Miguel no
le satisfacía...
-Sí. Estaba pensando
en cuando plantea la cuestión de si el poeta nace o se hace.
-¡Ah, Dios mío!
Terrible dilema ¿Cree usted que el estudio puede favorecer a alguien
en este sentido?
-No
lo sé. Pero, sinceramente, lo mismo me sucede con el resto de las
cosas humanas. Tampoco sé si una persona es buena persona porque ha
nacido así, ha vivido en un clima determinado, o por qué... El
mismo don Miguel dice, en la misma novela, que, como nos viene de
naturaleza, tendemos a murmurar. Como
el hacer el mal viene de natural cosecha, fácilmente se aprende a
hacerlo.3
-¿Usted cree? A mí
todo me parece un misterio. Y demasiadas veces -añadió poniéndose
serio, tal vez acordándose de una mujer- no hacemos el mal por el
mal mismo, sino por ignorancia, por estupidez, por puros espejismos.
-No me sirve esa
explicación. Lo único que demuestran sus palabras es que usted sí
que es una buena persona. Si todo son espejismos, es fácil perdonar.
-Es posible que la
bondad sea no tener ganas de indagar, de ir más allá, de dejar las
cosas como están...
-Es posible que tenga
usted razón. Y también es muy posible que tenga razón Quevedo, y
que sea más fácil perdonar que tomar venganza.
-¡Hombre! Don
Francisco, tan ingenioso como siempre. ¿Dónde lo dice? No me
acuerdo...
-En
Doctrina
moral del conocimiento propio, y del desengaño de las cosas ajenas.
Dice
lo siguiente: Así
lo mandó Christo: “Amad a vuestros enemigos”. Rigurosa y
desabrida cosa fuera y llena de peligros este mandar vengar de tu
enemigo: salir a media noche, o solo, o acompañado de armas o,
rodeado de amigos, a acecharle y al cabo procurar su muerte. ¡Cuánto
mejor es perdonarle, cosa que puedes hacer en tu casa cenando y
acostado y con todo descanso!4
-¡Ay, don Francisco,
don Francisco! Tan ingenioso como siempre. Y, sin embargo, no le
falta razón. ¿No le parece? A mí todo lo que tienda al ocio, me
suena de perlas. Tenga usted en cuenta -añadió acariciándose la
perilla- que el trabajo es un castigo divino. E ir por ahí cargado
de armas y acechando...
-Una contradicción
más. Pues a veces vengarse de alguien exige un trabajo enorme;
trabajo que, no obstante, se hace muy a gusto, aun cuando nos pasamos
la vida renegando del trabajo.
-Sí, hay que reconocer
que los humanos somos bastante contradictorios: basta que nos manden
una cosa para no hacerla; ahora si es por nuestro gusto y contento,
somos capaces de subir la montaña más alta, y descender a las más
profundas simas.
-Sí; lo hacemos así
porque algo que nos impele a ello. Tal vez el afán de saber. El
misterio. Y no hacemos daño a nadie. Es cierto, a veces somos
capaces de escalar montañas, y otras veces nos dejamos caer al
abismo...
-Ya. Creo que comienzo
a entenderlo. Y volvemos al principio: hay que educar a ese gusanito
que llevamos dentro. Aunque el poeta no se haga. Pero sí se puede
hacer al investigador, al curioso.
-Eso debe usted saberlo
mejor que yo. Yo no sé si el poeta nace o se hace. Pero quiero creer
que la virtud se enseña. Al fin y al cabo es probable que sea más
fácil ser una buena persona que un mediano poeta. Aunque visto lo
que está sucediendo en el país...
-Es posible que tenga
razón. Pero -añadió sonriendo- esto en otra época podía
costarnos algún serio disgusto con la santa inquisición.
-Es cierto. Demasiado a
menudo se dan muchas cosas por sabidas. Y, analizadas, no dejan de
ser falsedades.
-Sucede eso con harta
frecuencia. No se lo niego.
-Hace
años nos lo advirtió Erasmo de Rotterdam. Y perdone, pero voy a
soltar otro latinajo: monachatus non est pietas.
-El señor Erasmo tiene
razón: la piedad, o los buenos sentimientos, no son privativos de
nadie, ni de ningún lugar. Afortunadamente. Recuerde también que
don Miguel insiste, y no cambio de tema, que tantas tonterías se
pueden decir en latín como en cualquier lengua.
-Sí.
Y yo aquí traería a colación al bueno de Sancho, y le embutiría
un refrán: dime de qué presumes y te diré de qué
careces.
-Antes
de continuar por estos derroteros, querido amigo, quisiera hacer una
aclaración.
-Soy todo oídos.
-Como
usted sabe, nadie está libre de pereza, aunque a todos nos guste
pasar por laboriosos o muy trabajadores. Esa pereza ha hecho que yo
solamente sea conocido por mis Rimas y
Leyendas. Y que me
hayan colgado el sambenito de tradicionalista cuando no el de
retrógrado. Se tacha a una persona de algo, y todos tenemos el pleno
convencimiento de que ya la conocemos. ¿No es así?
-Sí. Es cierto.
-Dígame, ¿se
definiría usted como tradicionalista por ir a visitar santuarios de
dioses que nadie conoce, utilizados por personas de quienes ya no
quedan ni los huesos?
-No.
Desde luego que no. Y, además, le contesto con sus propias palabras:
No es esto [la
contemplación del pasado] decir que yo desee para mí ni
para nadie la vuelta de aquellos tiempos. Lo que ha sido no tiene
razón de ser nuevamente, y no será.
Lo
único que yo desearía es un poco de respetuosa atención para
aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente vinieron
preparando el camino por donde hemos llegado hasta aquí, y cuya obra
colosal quedará acaso olvidada por nuestra ineptitud e incuria.5
-Me deja usted sin
palabras. Y dicho eso, y volviendo al dicho de que la piedad no
reside en los conventos, sí que me gustaría añadir, sin peligro de
ser malinterpretado por usted, que tanto en la Edad Media, como en el
Renacimiento, y hasta en mi época, mucha gente era encerrada en
conventos, o veía en ello un medio de vida. Mire, medio mundo
critica al otro medio, y le achaca las faltas que no ve en sí mismo.
Exigimos vocación a los demás sin querer percatarnos de que pocos
de nosotros seguimos nuestras verdaderas inclinaciones. Tal vez
-añadió sonriendo- porque no nos dan de comer: nadie le paga a uno
porque se esté en Veruela sin hacer nada.
-O por subir a lo alto
de una montaña, a un santuario, y hacerse la ilusión de que se han
conocido mejor a los antepasados. Y, en consecuencia, a los
contemporáneos.
-Tengo que decirle que
a mí me pagaban por mis artículos.
-Yo
no he logrado ese privilegio. Pero sí, con respecto a la montaña,
tengo la impresión de conocer un poco mejor a la Humanidad. Hay allí
inscripciones que, al parecer, no se sabe lo que significan. Hay
hasta unos versos de la Eneida.
-Eso de muestra que el
santuario tuvo que ser importante.
-Tuvo que serlo. Está
alejado. Cuesta acceder a él. En todo el trayecto no he visto un
alma. Ni he oído nada que no fuera el graznar de algún cuervo o mis
propios pasos. Un maravilloso silencio.
-Qué paz y qué
tranquilidad, ¿verdad?
-Sí; pero allá
arriba, junto a las inscripciones que dejaron nuestros antepasados,
había otras más recientes: la del pobre hombre que no quiere ser
olvidado, y deja allí, grabado en la piedra, su nombre y el día en
el que tuvo la ocurrencia de personarse donde nunca tuvo que estar.
-Tal vez todos tengamos
miedo a la muerte, a la desaparición física.
-Es una forma estúpida
de luchar contra ella... Allá arriba me he encontrado la vértebra
de un bicho. Nunca había tenido un huesecillo de esos entre mis
manos. Me ha encantado. Me ha parecido una obra de arte: tan
simétrica, tan perfecta, parecía una mariposa con las alas
abiertas. Creo que estoy empezando a perderle el miedo a la muerte.
Es posible que nunca lo vea nadie, pero la muerte va a dejar al
descubierto la belleza de nuestro armazón, del esqueleto.
-No se me había
ocurrido pensarlo. Es usted una caja de sorpresas. Pero yo quisiera
volver al principio de nuestra conversación.
-Creo que la pregunta
inicial, si el poeta nace o se hace, la puede contestar usted mejor
que yo. Yo soy incapaz de escribir dos versos seguidos. No le digo
una poesía. Imposible.
-Pues entonces,
planteemos la cuestión desde otro punto de vista: ¿usted visita
santuarios porque le gusta la investigación? ¿Ha nacido así o se
ha ido haciendo?
-Yo creo que todos los
que visitamos estos lugares, hasta los que profanan las paredes con
sus nombres y sus fechas, tenemos algo de religiosos, en el sentido
etimológico de la palabra.
-¿Y se ha sentido más
cerca de la divinidad allá en el farallón?
-Me he encontrado muy
bien.
-No me ha contestado.
-Cerca de la divinidad,
y entiendo esta por la bondad, la amabilidad y la consideración, me
encontré hace muchos años en un hospital. Acompañé a mi hijo a
que le hicieran una radiografía. En tanto esperaba, bajaron una cama
donde yacía una anciana. Estaba más allá que acá. Parecía un
cadáver. Huesos y piel y cuatro pelos. Instintivamente me alejé de
ella. Y en eso salió una médico de una de las habitaciones. Era una
mujer joven y guapa. Se dirigió a la anciana, le habló, la
acarició, le apretó las manos, la miró con cariño... Me quedé
impresionado. Era aquello... Sí, era aquello. Hoy, antes de subir al
santuario, he entrado en un bar a tomarme un café con leche. Al
entrar, el dueño del bar estaba de espaldas a mí. Al girarse para
atenderme, he visto un rostro que era la pura bondad. Hacía años
que no veía una cara tan de buena persona como la de ese hombre. Me
hubiese gustado saber dibujar como usted, y hacer su retrato... Yo no
soy así. Por lo tanto, también la bondad se hace.
-Y ha subido usted al
santuario del dios Lug en demanda de esa bondad.
-No.
He subido porque me apetecía. Y porque he sido profesor, me gustan
sus Cartas, y quería
darle la razón.
-Dígame. Soy todo
oídos.
-Es
cierto. Tiene usted razón: lo han reducido a las Rimas y
a las Leyendas. Creo
que poca gente conoce el resto de su obra. Y sus Cartas
deberían ser lectura
obligatoria, al menos en los centros de enseñanza.
-¡Por Dios! Tampoco es
eso.
-Déjeme
que me explique, por favor. Si queremos que se respete y se ame lo
nuestro, historia, lengua, paisaje y demás, deberíamos tener
grabado a fuego, en los colegios, universidades e institutos, estas
palabras suyas: el
Gobierno debería fomentar la organización periódica de algunas
expediciones artísticas a nuestras provincias. Estas expediciones,
compuestas de grupos de un pintor, un arquitecto y un literato,
seguramente recogerían preciosos materiales para obras de grande
entidad. Unos y otros se ayudarían en sus observaciones mutuamente,
ganarían en esa fraternidad artística, en ese comercio de ideas tan
continuamente relacionadas entre sí, y sus trabajos reunidos serían
un verdadero arsenal de datos, ideas y descripciones útiles para
todo género de estudios.6
Creo
que se le olvidó un dato muy importante: los alumnos también
deberían participar en esas excursiones. Tal vez así aprendieran a
amar el paisaje, los árboles, el campo y los santuarios.
-O a odiarlos, si están
hechos a ir con los coches y las motos de aquí para allá.
-Hay que arriesgarse.
-Sin duda. Salgamos a
pasear -dijo don Gustavo apurando su cerveza y levantándose. Le
gustarán los alrededores del balneario.
-Los
conozco. He estado aquí varias veces. Y siempre que vengo, me
acuerdo de lo mismo: de Hans Castorp, el protagonista de la novela de
Thomas Mann, La montaña mágica.
-Una
excelente obra. Algún día tenemos que hablar de ella.
-Pero en este lugar.
-En este lugar. Lo
esperaré, con la cerveza en la mano, a que baje usted del santuario.
Porque, estoy seguro, querrá volver a subir.
-Sí. Lo haré por
todas las veces que no subí a mis alumnos. Y porque allí se respira
un aire muy puro. Y creo que me entiende.
-Es una excelente forma
de flagelarse -dijo Bécquer estallando en carcajadas-. Por lo demás,
entiendo que allí el cielo es muy transparente. Y a lo mejor es lo
más transparente que tenemos.
1Séneca,
Epístolas morales a Lucilio, Ep.
82
2Miguel
de Cervantes, El coloquio de los perros. En
Novelas ejemplares III. Edición
de Juan Bautista Avalle-Arece. Clásicos Castalia, Madrid, 1982,
p.267
3Ibídem,
p. 245
4Francisco
de Quevedo, La cuna y la sepultura. Doctrina moral. Edición
de Celsa Carmen García Valdés. Cádtedra Letras hispánicas,
Madrid, 2008, p. 187
5Gustavo
Adolfo Bécquer, Desde mi celda, carta
IV
6Gustavo
Adolfo Bécquer, Desde mi celda, carta
IV
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