LA CAZA
Vicente Adelantado
Soriano
A los habitantes del
pueblo donde transcurre la acción de la película de Thomas
Vinterberg se les podía acusar, entre otras cosas, de ver poco cine;
y de desconocer, en consecuencia, a los grandes clásicos. Con ello
le estaríamos dando la razón a don Pío Baroja cuando dijo que el
nacionalismo se cura viajando y el carlismo leyendo. Para que la
frase de don Pío tenga sentido, debemos tomar el carlismo, aquí y
ahora, como el paradigma de los absolutismos, o del más negro de los
fascismos, que es aquel que no reconoce más derecho que el propio y
el de quienes le son afines. El desconocimiento, de cine y de libros,
y la pereza mental, que viene a ser lo mismo, van a formar una tela
de araña, propia de las casas sin limpiar, que se va a convertir en
una verdadera pesadilla para Lucas, el protagonista de la historia.
En
La caza no se juega
con el espectador: este tiene claro en todo momento cuanto está
sucediendo. No hay intriga. Hay, eso sí, el poner al desnudo a una
sociedad a la que la pereza mental va a llevar a cometer una terrible
injusticia. Esa podría ser una primera lectura y valoración del
vecindario. Pero hay más: tomada la resolución por parte de los
vecinos, no importa siquiera el veredicto de la justicia, capaz,
cuanto menos, de dudar de la veracidad no de las acusaciones sino de
los rumores, de lo insinuado. Quizás hacer otra cosa les llevaría a
los vecinos a adentrarse en su mundo, en ellos mismos, donde tal vez
no les agradaría nada de cuanto iban a encontrar. Siempre es más
cómodo y rentable buscarse un enemigo con el cual justificar la
ignorancia y la vileza propia.
Narrada
con un pulso firme la película deja claro, ya desde el principio, la
soledad de la niña, siempre en la puerta de su casa, que tiene miedo
a pisar rayas, y su encariñamiento por el mejor amigo de su padre,
siempre dispuesto a ayudarla; pero no a asumir el papel de padre. Y
ahí comenzarán sus verdaderos problemas. Una insinuación de la
niña, excelentes las interpretaciones tanto de Mads Mikkelsen en el
papel de Lucas, como de la niña Annika Wedderkropp en el de Klara,
dará pie a toda una pesadilla. Dimana, como he dicho antes, de la
falta de conocimiento cinematográfico, o de la pereza mental. No
entra en la cabeza de cualquier persona sensata que la directora de
un colegio se niegue a oír a un maestro alegando que los niños
nunca mienten. Evidentemente esta buena señora no vio en su día,
pese a su edad, la excelente película de William Wyler conocida en
estos pagos con el título de La calumnia. Una
maestra de escuela con pocas inquietudes y menos cabeza. Y una
sociedad hipócrita, excelente la escena en la iglesia celebrando la
Noche buena, donde lo que se dice va por un sitio, y lo que se siente
por otro bien distinto. Y, desde luego, es para echarse a temblar
cuando se piensa en lo que sienten.
Dice
el refrán que en todas partes cuecen habas y en mi casa a
calderadas. Viene a cuento esto
por si alguien pensaba, tras haber visto, entre otras, la magnífica
película de Fritz Lang, Furia, que
sólo las sociedades jóvenes, como la americana en su día, son
dadas a tomarse la justicia por su mano. Mequetrefes y mezquinos hay
en todo el mundo; y buen cine, gracias a Dios, no sólo en Estados
Unidos. No, la historia no ha terminado: ni la religión ni la
justicia ha calado en la sociedad más allá de las fórmulas, los
cánticos y los formulismos. Lucas se ha convertido en una víctima.
Y lo seguirá siendo. La pieza no ha sido abatida. Una buena e
inquietante película muy apropiada para estos días los que se
criminaliza todo aquello que va en contra del poder. No se la
pierdan.
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