EL ATLAS DE LAS
NUBES
Vicente Adelantado
Soriano
Si la película de los
hermanos Wachowski se mira como un mero espectáculo visual puede
resultar entretenida, aunque es excesivamente larga. Se compone el
film de varias historias basadas en una novela original de David
Mitchell, y que, por desgracia, no están muy trabadas entre sí.
Buscarles la ilación puede terminar con la paciencia del espectador,
amén de producirle un fuerte e innecesario dolor de cabeza. Quiere
esto decir que se podían suprimir una o dos historias, y la película
no perdería sentido, aunque, tal vez, ganara en agilidad. Por otra
parte, resulta un poco absurdo que cada cierto tiempo algún
personaje nos lance el mensaje del autor. Un mensaje tan simple como
bienintencionado: todas las acciones están encadenadas y nuestras
vidas no nos pertenecen, pues lo que hagamos ahora tendrá
consecuencias en el futuro; y ese futuro, al parecer, será mejor que
el presente... Se puede comparar, si se quiere, con la metempsicosis
de los griegos, o con un cristianismo un tanto remozado y puesto al
día. Por supuesto que nuestra vida nos pertenece aunque, como
descubre una de las protagonistas, la industria nos alimenta con
nuestra propia carne. El toque social, a estas alturas, y con todo lo
que está cayendo, no puede ser más deslavazado por mucho que las
mujeres sirvientes pendan de ganchos, cabeza abajo, como reses.
Hubiera
sido más sugerente y eficaz que, como sucede, varias de las
historias estuvieran protagonizadas por los mismos actores; pero sin
ese excesivo maquillaje que los hace irreconocibles. Así se hubieran
podido ver las concatenaciones de unas acciones con las otras. No
obstante, también hubieses quedado muchas cosas por explicar. El
maquillaje y el uso de un mismo actor para historias separadas
temporalmente me ha recordado una vieja película, en blanco y negro,
y cuyo título he olvidado, en la que todo el interés estaba en
saber qué actor representaba cada papel. Al final, al igual que en
El
atlas de las nubes, los
actores se iban despojando de su maquillaje en tanto en la sala se
oía el consabido ¡Oooh! En El
atlas es
imposible, las más de las veces, reconocer a los actores en sus
diversos papeles, así que, cada cierto tiempo, tiene que aparecer el
personaje con el sonsonete del mensaje del autor para que nadie se
pierda, y todo el mundo tenga claro que la película tiene su
transcendencia o, como diría un castizo, su miga. Y esa miga es lo
que enmohece este pan. Si nos olvidamos de ello, y somos capaces de
dormitar durante algunas de las historias, la película quedaría un
poco decente. Así es un espectáculo visual, con unos buenos
actores, un maquillaje preparado para el óscar, y un pequeño
galimatías: no se entiende porqué unos personajes siempre son
buenos, y otras son buenos en unas historias y malos en otras. El
cambio no se ha explicado ni se ha visto por ninguna parte. ¿Qué
les ha llevado a ello? Y si en verdad vivimos una y otra vez, es más
sugerente la idea de la metempsicosis griega o de la reencarnación
india: si uno es bueno y virtuoso, se puede reencarnar en un ser
superior, por ejemplo puede pasar de ser un perro a ser un esclavo.
Pero, ¡hombre, por Dios! ser toda la vida malo...
Pese
a todo, es una película divertida para un viernes por la tarde o un
día de lluvia. Pero sin buscarle tres pies al gato. Y dejándose
llevar: no se cuenta con el espectador en ningún momento. No
caigamos en el juego de creer que aquello tiene una filosofía
oculta. No la hay. Hay más jugo en Caperucita
roja. Es
una película simple pero simpática.
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