LA TRAMA
Vicente Adelantado
Soriano
La
trama, la
película
de Allen Hughes, es para nosotros lo que podía ser, en la Edad
Media, una novela de caballerías para un paciente lector de aquella
época: repetición de lo visto anteriormente, fórmulas vacías,
luchas y desafíos codificados; y nada nuevo bajo el sol. Y al igual
que en aquellas viejas novelas, los personajes son tan esquemáticos
que pasan por la pantalla sin dejar ni un leve rastro de sombra.
Hasta Mark Walhberg, en su papel de policía atormentado, por decirlo
de alguna forma, frunce el ceño en el primer fotograma, y ahí lo
deja pase lo que pase. Cabe destacar, pese a todo, las actuaciones de
Rusell Crowe y de Barry Pepper, y la impagable belleza de Catherine
Zeta-Jones. Y ahí se termina todo.
El
tema de esta supuesta película es un tema harto visto y harto
manido: la corrupción urbanística mezclada con falsas apariencias,
con sexo y con homosexualismo, que se aprovecha, cómo no, para hacer
chantaje al bueno de la película. Por supuesto también está el
personaje positivo, el aspirante a alcalde, y el poli
que se toma la justicia por su mano. Todo bastante previsible. Y lo
que no es previsible, y que sorprende al paciente espectador, es
porque se ha puesto en la cinta de relleno, sin que venga a cuento de
nada, ni sirva para explicar nada. Tal vez se ha hecho así para
aumentar el los metros de cinta, sin duda exigido por la productora.
Si quitamos esas escenas sin ningún sentido, el film se nos queda
reducido a media hora de visionado. Y por ese tiempo no se puede
exigir el pago de una entrada. Y más al precio que están.
No hace falta decir que
los personajes se encuentran en medio de la gran ciudad con una
facilidad que ya quisiera uno que vive en una ciudad de medio pelo.
Al final, por supuesto, todo queda en coincidencias y más
coincidencias. Es decir, en un mago que se saca el conejo de la
chistera porque, de lo contrario, no hay forma de unir tan
deslavazado y manido guión.
La
trama es
una película sin trama y que se vuelve contra sí misma: lo que
pretende denunciar ya está denunciado en otros filmes mucho mejor
hechos y narrados. La corrupción, no obstante, se está convirtiendo
en un filón para los malos cineastas, como antes lo podían ser las
películas del oeste: es un cine de género en el que todo está
predeterminado. Ahora bien, viendo esta película se comprende
perfectamente la diferencia que hay entre un buen director, un buen
guionista, y un alguien que hace algo por encargo, porque las
máquinas, los estudios, continúen chirriando.
A mitad de película,
por no decir antes, ya que los títulos de crédito aparecen al
final, se empieza a echar de menos a un Miguel de Cervantes del
Séptimo Arte; a alguien que fuera capaz de crear a un policía loco
y genial que se creyera capaz de limpiar a la ciudad, y aun al
universo todo, de corruptos y mafiosos merced a la fuerza de su
brazo. Nada que ver lo que se propone, claro como el agua, con las
nefastas películas de Santiago Segura. No vengamos con bromas de mal
gusto.
Quien más y quien
menos, por otra parte, está más que harto de la corrupción, de los
políticos y de sus tretas y sofismas. Ahora bien, mientras que
estos, los políticos, se han adaptado a los nuevos tiempos, y roban
y hacen sus chanchullos sin tirar mano, creo, de policías más o
menos corruptos, de matones y de marginados dispuestos a matar a la
madre de quien se tercie , el cine, como es el caso de la película
que nos ocupa, y de alguna más, sigue encastillado en una manida
forma de contar que ya no sirve para acercarse y analizar la nueva
realidad. Ni sirve para eso y ni sirve para distraer, ni para que se
produzca la bendita catarsis por mucho que el malo, el alcalde
corrupto, sea esposado con el contento de su bella esposa, que,
faltaría más, es amiga del homosexual. Lo que esta película tiene
en común con los políticos corruptos, al menos con algunos de
ellos, es una y otros toman al espectador, o al ciudadano, por más
tonto de lo que es. Y al freír será el reír. Que ustedes lo pasen
bien.
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