VERBA VANA
Vicente Adelantado
Soriano
Parirán los montes,
nacerá un ridículo ratón.
Horacio,
Epístola a los pisones.
El odio contra él,
que sacaba provecho incluso de la carestía de trigo, se incrementó,
pues se dio además la circunstancia fortuita de que se anunciara, en
un momento en que el hambre sacudía a la población, la llegada de
un navío procedente de Alejandría cargado de arena para los
luchadores de la corte.
Suetonio,
Vidas de los doce césares.
Creo que fue allá por
el segundo o tercer viaje importante que hice cuando, una mañana, a
la salida de la Alhambra de Granada, se me ocurrió la idea. La
explicación que había oído era muy peregrina, y nada tenía que
envidiar a otras oídas en otros ámbitos menos profanos o jocosos,
por decirlo de alguna forma. En una parte de la Alhambra dos
estancias se comunican, o se comunicaban, por un pasillo tan estrecho
y pobre que desdice del resto del palacio. Unas señoras mayores
quisieron saber por qué aquel pasillo tenía tan escasa holgura. Y
un ujier que había por allí, andaluz para más señas, lo explicó
con su conveniente cachaza y acento:
-Señora -dijo- esto
está hecho así porque cuando el sultán quería saber si la sultana
estaba preñada, la hacía pasar por aquí tocando una pared con la
espalda. Si en la otra pared le tocaba la barriga, es que estaba
embarazada.
No pude reprimir la
carcajada. Se me heló la risa, no obstante, al ver y comprobar que
las buenas mujeres se habían creído la broma, y se hacían lenguas
y alababan la sabiduría de “aquellos moros”. Por supuesto que oí
luego, o antes, ya no recuerdo, la explicación de las oscuras
manchas que hay en la pequeña alberca de la Sala de los
Abencerrajes. Como es sabido, se debe a que allí fueron degollados
unos cuantos de estos señores porque la sultana le fue infiel al
sultán con uno de ellos; y como no dio un paso adelante el culpable,
el rey hijo justicia cortándoles la cabeza a todos y cada uno de
ellos. Bajo el agua todavía se pueden ver restos de sangre
abencerraje. ¡Ay, el amor!
Curiosamente
me contaron una historia muy similar en el monasterio de san Pedro de
Cardeña, en cuyas puertas está enterrado Babieca, el caballo de don
Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido por el Cid. Allí también me
mostraron una pequeña alberca con la sangre, no de los infieles,
sino de los monjes cristianos degollados por las tropas de Almanzor.
Me llamó la atención la supervivencia de la sangre, bajo el agua,
pagana y cristiana; y el que los arcos del claustro de san Pedro se
parecieran mucho a los de la Mezquita de Córdoba. Luego, cómo no,
el fraile que me enseñó el viejo convento hizo hincapié, hasta la
saciedad, en la desamortización de Mendizábal, y en lo negativo que
fue este pobre ministro para el futuro del país. Convento, cenobio,
ermita, iglesia, basílica o catedral que he visitado a lo largo de
mi vida no ha dejado de maldecir a este ministro ni a su desgraciada
desamortización. Nadie, sin embargo, ha recordado nunca los decretos
de Napoleón cuando tomó Madrid. Este se propuso reducir el número
de conventos a la tercera parte, “pues
las órdenes monásticas en España se han multiplicado con exceso;
que si un cierto número es útil para ayudar a los ministros del
altar en la administración de los Sacramentos, la existencia de un
número demasiado considerable es perjudicial a la prosperidad del
estado.”1
Ni
que decir tiene que esto no sentó nada bien en los conventos. Ni la
abolición de la Santa Inquisición. “¿Y
qué sería de este pueblo si le quitaran el espectáculo de las
procesiones que allí salen con motivo de las funciones del Santo
Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid si quieren hacer
plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna,
porque 72 conventos para una población de 160.000 almas me parece
que no es mucho.2
No
recuerdo ya, ni tiene mayor importancia, si el fraile que estaba en
contra de la supresión de la Inquisición, y de los conventos,
también tenía en cuenta, en sus cálculos, a las iglesias y a los
curas de aquel Madrid de finales de 1808. Sí que me llamó la
atención que en ningún convento o iglesia se me hablara de la
importante cantidad de frailes que había cuando Mendizábal entró a
formar parte del gobierno. Y, por supuesto, nadie habló nunca del
fraile que estaba más horas fuera del convento que en su celda o
capilla. También Galdós, como Lázaro de Tormes, se ocupa del caso,
y no para alabarlo.3
Pero con esto me he
desviado de mi tema. Como decía, viajando por España, y visitando
castillos y conventos, y más al salir de la Alhambra, se fue
abriendo en mí la idea de escribir un pequeño ensayo sobre las
explicaciones que daban los distintos guías en los distintos
monumentos. Algunas de aquellas explicaciones me llenaron de zozobra,
otras me hicieron reír, y las más me dejaron indiferente.
Recuerdo
que un verano regresé a Burgos, pues dos cosas se me habían quedado
por visitar, y no me lo perdonaba: la cartuja de Miraflores y el
monasterio de las Huelgas. De este último me intrigaba hasta el
nombre, cosa que también me sucedió con Sos del rey católico y con
el de otros muchos lugares y ciudades. En las Huelgas tuve la suerte
de que una amable señorita, correctamente uniformada, explicara que
“huelgas” viene del verbo latino holgare, es
decir, descansar, puesto que el convento era real, y allí
descansaban, holgaban, los reyes de Castilla. Oyéndola respiré
aliviado: había conseguido solucionar un viejo y enquistado
problema. No obstante, terminada la visita al monasterio, camino de
Burgos, me asaltó la duda: no me cabía en la cabeza que con tanta
monarquía, tanto rey, tanto convento y conventículo, sólo uno
sirviera para holgar o descansar. Nadie me supo solucionar el
problema. Sin duda porque no recurrí a las personas adecuadas.
Algunos
años después tuve la enorme suerte de tropezarme con un libro de
mucho éxito y predicamento. En dicho libro, por fin, se me explicó
la etimología de la palabra, y se hizo de forma razonable, lógica y
convincente. Huelgas
proviene de una palabra, olca,
de una lengua prerrománica, y
significa “terreno cercado inmediato a la casa”4.
Quedeme tranquilo y satisfecho con la excelente explicación del
profesor don Rafael Lapesa. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando
muchos años después, en otra visita al viejo monasterio, la azafata
de turno seguía encastada en la fácil y falsa etimología con su o
trabada y su diptongación. No dije nada por no parecer un erudito,
que no lo soy, y un maleducado, que trato de no serlo.
Los tiempos fueron
cambiando, algunos guías estaban mejor preparados; y siempre que
podía, y me dejaban, hacía la visita a los alcázares y conventos
por mi cuenta y riesgo. Y así fui perdiendo el interés por hacer un
absurdo ensayo sobre las explicaciones de los guías y las azafatas.
Pero como quiera que no puedo estar sin hacer nada, cosa que es una
maldición divina, di en recoger frases de los políticos y hacer con
ellas un rimero de chistes y gracias. Me sentí un tanto molesto
cuando me enteré de que, hacía ya muchos años, un autor griego
había tenido la misma ocurrencia que yo.5
Él, sin embargo, tuvo la suerte de tropezarse con buenos
gobernantes, o de creerse lo que estos decían.
Hoy
en día los gobernantes se parecen cada vez más a aquellos guías
que conocí en mi juventud: hablan y dicen cosas sin explicar nada,
aunque se lee, bajo ellos, un verso de Juvenal: Pues ¿qué
importa la infamia si el capital está a salvo?6O
a los profesores que, según un maestro que tuve, allá cuando hice
el bachiller, jamás pronunciaban aquello de no lo sé.
Según nos contaba mi viejo
maestro sucedía eso en la Edad Media: in illo tempore, nos
decía, si no sabían una cosa se le inventaban; y si habían
descubierto un pueblo o aldea, fantaseaban con el que había tras las
montañas. Allí, do nadie había estado, habitaba una gente que
tenía el labio inferior tan luengo que les llegaba al tobillo. Era
así porque lo utilizaban como sombrero en el verano y como manta en
el invierno. Está claro que no todo el mundo se creía semejantes
sandeces: donde hay duda, nos decía el maestro, hay avance. Era muy
positivo mi maestro.
Hay frases, no
obstante, que no son pronunciadas para crear la duda o afirmar la
propia sabiduría, sino todo lo contrario. Máxime si van acompañadas
de una cierta gracia. Me pareció genial la definición que dio el
presidente del gobierno, hace muchos años, sobre un miembro de la
oposición, quien alardeaba, de vez en cuando, de ser el número 1 en
las oposiciones de su promoción. Dijo Adolfo Suárez sobre Fraga
Iribarne que este tenía tantas cosas en la cabeza que no le cabía
el sentido común. Es una frase terrible por cuanto no da pie a la
réplica y provoca la ira. No obstante, tras unos momentos de
reflexión, difíciles de conseguir en una acalorada discusión donde
el público ríe y alborota, todo es susceptible de ser contestado.
Ahora bien, hay otro peligro no menor que la frase graciosa o
brillante: la repetición. Oír una y otra vez lo mismo conlleva, al
parecer, aceptar como una verdad lo que bien mirado no es más que
mera palabrería entonada una y otra vez por el corifeo y subrayada,
una y otra vez, por el coro. Una necedad repetida día y noche al
final puede pasar por una verdad incontrastable. Sí, desde luego:
donde se duda se avanza.
La medicina árabe fue
una de las medicinas más avanzadas de la Edad Media, cuando se
construyó la Alhambra. Aquellas buenas mujeres no lo sabían.
A
veces oyendo a los políticos de hoy me acuerdo de mis visitas y
correrías por conventos y monasterios. Tanto hablarme frailes y
monjes en contra del señor Mendizábal, llegué a creer que este
había sido el hombre más nefasto que tuvo nunca nuestro desgraciado
país. No obstante, no hizo nada el pobre hombre que fuera en contra
del interés general. No entiendo por qué los buenos de los monjes
no me hablaron de María Cristina, de su morganático marido y del
nefasto papel que jugó el clero en las guerras carlistas, por
ejemplo. También ahora, y según ciertos guías, la
culpa de la crisis la ha tenido el español medio que ha vivido por
encima de sus posibilidades adquiriendo un coche, un piso y una
televisión de plasma. Sin duda es por eso por lo que tenemos que
pasarlo mal en estos momentos, pues de lo contrario el sultán se
percatará de quien más y quien menos toca con la barriga en la
pared de enfrente. Y esos serán los castigados.
Desde luego podría
venir ahora, de nuevo, Napoleón Bonaparte y calcular no ya los
conventos y frailes que hay en el país, sino las nuevas órdenes, es
decir las corporaciones y los cofrades que mantenemos entre todos:
tenemos 17 autonomías, unos tantos presidentes, 400 parlamentarios
autonómicos y 170 consejeros, tirando por lo bajo, secretarias,
conductores, guardaespaldas, senado, cortes, gobierno central con sus
ministros y sus asesores, parlamento europeo, eurodiputados, curas,
monarquía y amigos, coches oficiales... Sí. Está claro: estamos
viviendo por encima de nuestras posibilidades. No se puede mantener a
tanta gente, máxime cuando por ellos hay que renunciar a la
asistencia médica, y a buena parte del sistema educativo. Sin contar
el dinero que distraen entre corruptos y corruptelas. No, desde
luego, no podemos mantener este tren de vida.
Hace tiempo que no
visito la Alhambra, y no por falta de ganas, así que no recuerdo si
era necesario, para ir de una estancia a otra, pasar por aquel
angosto pasillo, o si este, en alguna restauración, ha pasado a
mejor vida. Sea como fuere, son muchos quienes no transitan por él,
y quienes viven tranquilamente porque la crisis ni les afecta ni les
afectará nunca. Por suerte para ellos, hoy se puede engordar sin
necesidad, como le sucedió al ratón, de colarse por un agujero, y
comer hasta estar saciado. El pobre ratón engordó tanto que tuvo
que volver a pasar hambre para salir de la trampa. Si hubiera sido
inteligente se hubiese ido llevándose la comida poco a poco, y la
hubiese puesto en su propio paraíso terrenal. Luego, lejos del saco
y del agujero, hubiera podido comer hasta hartarse y un poco más. No
me digan que los corruptos no leen a los clásicos. Pues esto del
ratón es de una fábula de Esopo. Y sí, han salido del saco sin
peligro; pero por desgracia para ellos hay periodistas y partidos de
la oposición, que no es que sean nada del otro jueves, pero menos da
una piedra. Ellos son los encargados, a veces, de descubrir al voraz
ratón. El descubrimiento da pie, como siempre, a mostrar los viejos
muros, las viejas farmacopeas, y el daño irreparable que hizo
Mendizábal por cuya negra culpa todo, tarros y tierras, se dispersó
y perdió, en algunos casos. Los enemigos de la religión.
Si
el señor Mendizábal hubiera vuelto a la vida, lo hubiesen
crucificado los odios actuales de guías y cicerones. Nadie, ante su
presencia, hubiese hecho un mínimo ejercicio de introspección para
ver hasta qué punto era culpable de cuanto estaba sucediendo.
Mendizábal, es indiscutible, era el enemigo de la religión, de los
frailes y de los conventos, y del patrimonio nacional, que se
malbarató por su culpa. Nunca los cicerones explican quién se
benefició de la famosa desamortización. Aunque ya comenzamos a
saber quienes se están aprovechando de la famosa crisis, y para qué
sirven los famosos cicerones que tenemos en el gobierno. Como los
monjes, culpan al Mendizábal de turno de sus propios problemas y de
sus abusos e intemperancia. Y así en los casos de corrupción o bien
el culpable es quien los ha destapado, o el juez que lo juzga. Y
cuando ya no hay forma de negar nada, nos salta el gran cicerone con
una frase que recuerda a Nerón: “Cuando un día le
recordaron que firmara, como es costumbre, la pena de un condenado a
muerte, exclamó: “¡Cómo me gustaría no saber escribir!””7.
Dicha frase, en boca de Nerón, fue un sarcasmo.
Por
supuesto ahora ya no hay penas de muerte, y menos por ser un
corrupto. Así que en estos tiempos al nuevo gobernante, al contrario
que a Nerón, no le va a temblar el pulso, no sabemos para qué, tal
vez porque no tiene que autorizar ni una pena capital ni de ningún
tipo. Pues entre eso, entre las comisiones internas, que no se van a
tirar piedras a su propio tejado, y entre que a nadie le consta las
irregularidades que se cometieron, ya sabemos todo lo que va a
suceder: el pasillo era para saber si la sultana estaba embarazada,
la culpa de todo es de Mendizábal, y si quieren explicaciones más
eruditas, detestamos a los corruptos cuando ya es imposible
defenderlos. No hay peligro de que a nadie le suba la tensión.
Palabras y más palabras. Y en eso van a quedar los partos de los
montes y el afán de limpieza, en ratoncillos y frases para la
posteridad. A Nerón también le quedó muy bien aquello de “¡Cómo
me gustaría no saber escribir!”. Si
el condenado hubiera sido un enemigo de Roma hubiese dicho que no le
iba a temblar el pulso ante su condena.
Para más inri, aquí,
por otra parte, y sin castigar a nadie, hemos tenido también nuestra
carga de arena proveniente de Alejandría: no hay dinero para
educación ni sanidad; pero nuestros gobernantes con dinero público,
que no suyo, avalan a equipos de fútbol y hacen aeropuertos para
pasar el rato. Nos tememos, pues, que con comisiones internas y sin
ellas, con tembleque de pulso o sin él, no nos van a dar más que
palabras; y las palabras son aire y se las lleva el viento. Por
suerte para ellos siempre habrá un señor Mendizábal y un
Monasterio de las Huelgas. Y unas señoras que se harán lenguas de
lo que sabían aquellos moros; y otros que se maravillarán con
algunas etimologías. Es un error, no obstante, olvidar al resto del
personal y el estado anímico de la nación.
1Benito
Pérez Galdós, Napoleón en Chamartín, cap.
XXIII
2Benito
Pérez Galdós, Napoleón en Chamartín, cap.
XXIV
3Sea
suficiente para esto la conversación entre Gabriel Araceli y el
famoso padre Salmón, véase Napoleón en Chamartín, cap.
XXI. Con respecto a Lázaro de Tormes puede
verse el Tratado segundo, el titulado El clérigo de
Maqueda, entre otros.
4Rafael
Lapesa, Historia de la lengua española, Editorial
Gredos. Madrid, 1984, p. 48
5Plutarco,
Máximas de reyes y generales.
6Juvenal,
Sátiras, Traducción,
introducción y notas de Francisco Socas. Alianza Editorial, Madrid,
2010. p. 81
7Suetonio,
Vidas de los doce Césares, Traducción
y notas de Rosa Mª Agudo Cubas. Editorial Gredos, Madrid, 1992, II,
p. 136
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