COMADRES DEL BUEN
TONO
Vicente Adelantado
Soriano
El mundo da muchas
vueltas, y al cabo de cada una de ellas se encuentra donde antes
estuvo. Por eso digo yo que andando hacia delante, andamos hacia
atrás.
Benito
Pérez Galdós, Las
tormentas del 48
Hay situaciones en esta
vida, como algunos lugares y personas, que terminan por producir
cansancio, hartazgo, agonía y hasta cámaras y vómitos. Tal vez
porque no está en nuestras manos evitar los lugares, solucionar
dichas situaciones, o porque, y es lo más probable, en el fondo
nadie desea cortarlas ni acabarlas. Entonces se les da vueltas, o se
gira en torno a ellas, una y otra vez, como burro enganchado a la
noria. También puede suceder que dichas situaciones se reproduzcan
como las cabezas de la Hidra. Inútil es esperar la aparición de un
Heracles cualquiera.
Estoy
hablando, como habrá adivinado el pío y paciente lector, del ya
manido tema de la corrupción y de la falta de ética de una gran
parte de la clase política en general, y de la española muy en
particular. Sucede con esto lo mismo que con los compañeros de
trabajo: siempre, en todo lugar cerrado, y lo es una oficina, un
instituto y hasta un barrio o pueblo, termina por formarse capillas,
grupos de compañeros que, a su vez, no pueden soportar a otras
capillas que, igualmente, no tienen ninguna simpatía ni por tirios
ni troyanos. Y unos y otros, siempre in
absentia,
hablan y se critican poniéndose cual no digan dueñas. Y así, entre
y ante amigos, se erigen estos y aquellos en normas del bien actuar
llegando a la catarsis y a una aparente felicidad: la que da el
pertenecer a una manada. Nadie, sin embargo, cambia las reglas del
juego. Y siempre, en consecuencia, se reproducen las mismas
actuaciones.
Es
inútil, en infinidad de ocasiones, tratar de cambiar de
conversación; y más tratar de abrir nuevas vías de comunicación.
Está bien hablar de un tema cuando de las palabras se puede pasar a
la acción, y con ella se hace desaparecer aquello que está
atormentando a un grupo determinado de personas. Pero cuando no
existe tal posibilidad, o no se aborda, la conversación termina por
enquistarse, y las palabras ya no producen sino dolor de cabeza. Se
comprende el orgullo de Cicerón ante sus propias palabras, pues con
ellas, con las famosas Catilinarias,
fue
capaz de vencer un complot que estaba poniendo en peligro a la
República y a la vida de muchos senadores. Sus discursos, como es
sabido, no quedaron en mera retórica, ni, mucho menos, en una
cuidada catarsis individual.
Es cierto sin duda que
se puede definir como sabiduría el saber estar; el ser capaz de
convertir cualquier situación, por muy desfavorable y negativa que
sea, en una situación propicia. No sé cómo se hace esto, imagino
que cada caso requerirá una actuación diferente; pero el tiempo que
invertimos en lamentarnos, en quejarnos y en criticar a los vecinos,
tal vez fuera mejor invertirlo en el estudio y en la reflexión. En
analizar la situación, y en tratar, por todos los medios posibles,
de buscar su lado positivo, aquello que pueda favorecernos, o
propiciar, cuanto menos, que desaparezca la situación molesta. Una
cabeza menos.
No hace mucho estuve
hablando con una persona a la que no conocía de nada. Seguramente
estaba de paso. O vino a echar un vistazo. Estos encuentros, hasta
hace bien poco, me daban un poco de miedo: por regla general se
termina soportando a quien no aguantan ni las piedras del acueducto
de Segovia. No creo que fuera este el caso de aquella persona. Dejó
el periódico sobre la mesa, me miró con cara de resignación y me
dijo:
-Siempre las mismas
cosas: se regodean con el tema y no lo sueltan hasta que no llegan al
hartazgo.
Imaginé a lo que se
refería. Por eso mismo ni me molesté en echarle un vistazo al
periódico. Sin decir nada depositó sobre la mesa dos cafés con
leche. Me lo tomé por deferencia.
-Imagino -comenzó a
decir sin que yo lo hubiera invitado a que se sentara- que también
usted estará harto de leer siempre las mismas noticias.
-Sí. De hecho ya hace
días que ni veo la televisión, ni conecto la radio, ni leo la
prensa. Me dedico a leer libros y a oír música.
-No obstante, es un
error no estar informado. Aunque no se sabe muy bien para qué.
-Usted
mismo lo ha dicho: no se sabe muy bien para qué. Hace ya tiempo
Cicerón se quejaba de la separación que se había establecido entre
la justicia y lo honesto, o lo honesto y lo útil, ya no recuerdo.1
Hoy hay tanta separación entre el saber y el actuar, que el saber no
sirve más que para amargarse la existencia.
-Es esa una buena
observación. Evidentemente se debería crear un sistema político en
la que el hombre, de forma inmediata, tuviera acceso a las
determinaciones para poder votar todas y cada una de ellas.
-Eso -dije-, como usted
comprenderá es más que imposible: las discusiones se eternizarían,
y no haríamos nada útil y provechoso.
-Sí, tiene usted
razón. También yo lo he pensado. Y es un problema de difícil
solución. De hecho un pariente mío siempre decía,
contradiciéndose, que el mejor sistema político es el de la
dictadura: el dictador hace lo que quiere; y cuando hace las cosas
mal, se prescinde de él.
-Seguramente -repuse
tras apurar mi café con leche- su pariente estaría pensando en los
dictadores romanos, aquellos que eran nombrados para casos
especiales: guerras, invasiones... y que dejaban el poder una vez
había cesado la causa que los había encumbrado.
-Sí, sé de lo que me
habla. Lo malo es cuando el dictador no quiere entregar el poder,
cuando desea aprovecharse de él para su propio beneficio.
-Sí, y quizás ese
defecto esté en la masa de la sangre de mucha gente. Es peligroso
darles el más mínimo poder...
-¿Y entonces? ¿Qué
hacemos?
-No lo sé. También
ese es un tema que a mí me ha preocupado a menudo. Y las soluciones
a las que he llegado no sirven para nada, son una perfecta
inutilidad...
-Yo antes pensaba
-prosiguió el hombre del periódico- que la educación iba a ser
capaz de terminar con muchas cosas, con muchos defectos del hombre.
-Cada uno tiene que
creer en su propio trabajo. De lo contrario la vida se convierte en
peor de lo que ya es de por sí.
-Sí, es cierto. De no
ser por los espejismos o las ilusiones que nos creamos, nos
pareceríamos a esos condenados a los que obligan a hacer un agujero,
a taparlo y a volverlo a hacer el día siguiente. Un trabajo inútil
puede volver loco al hombre más cabal.
-Y quizás eso explique
de la forma en que hemos terminado. A no ser que juzgue útil un
trabajo, sea el que fuere, porque le da de comer, y le sirve para
pagar los desperfectos que se van amontonando en una casa.
-Triste que sólo sirva
para eso, ¿no le parece?
- No es poco. ¿Se
puede hacer algo más?
-Sí, por supuesto que
sí. Mire -dijo señalando el periódico que había traído con él-
leyendo todas las noticias sobre la corrupción, sobre la falta de
ética de políticos y cercanías, me he estado preguntando qué han
visto ellos en la sociedad para creerse con derecho a actuar como lo
están haciendo; y a pensar que nada les iba a suceder, o que nadie
les iba a pedir cuentas.
-Creo que la respuesta
es muy sencilla: tienen en sus manos los medios de comunicación,
cuentan lo que les interesa, o se avienen con periódicos y
periodistas, y ocultan aquello que les puede perjudicar. Y sin
cuentas claras, o sin transparencia, ya que tanto les gusta la
palabra a los opacos, no puede haber democracia.
-Sí, en eso tiene
razón. Pero también sucede así porque la gente no tiene interés,
es acomodaticia y deja hacer con tal de que la dejen a ella
descabezar un sueño en el sofá de su casa.
-Creo que fue Nietszche
quien daba gracias, a no sé qué dios, por no tener que ocuparse
todos los días del Imperio romano.
-Quizás esté ahí el
error.
-¿Usted se imagina una
casa en la que, todos los días, padres e hijos se reunieran para
sacar cuentas y analizar en qué se han gastado los jornales que han
ganado, lo que han ahorrado...
-Si los padres son
honestos no hay porqué hacerlo así.
-Ya sé donde quiere
llegar -le dije sin poder evitar un gesto de fastidio-; pero
desengáñese, amigo mío: siempre tendrá corruptos y asesinos, no
los va a poder exterminar. A no ser que cambie al hombre de tal forma
que no lo conozca ni la madre que lo parió.
-Y usted cree que eso
es imposible, lógicamente.
-Lógicamente. Para
ilustrarlo podemos, si quiere, hablar de Cicerón, de Séneca, de
Sócrates, de Erasmo... No, no le digo que el hombre no sea
perfectible, que lo es. Ahora bien, será mejor o más perfecto
cuando le interese a él, o cuando no pueda seguir como lo ha hecho
hasta el momento. Mientras...
-Es decir -me dijo con
cara de estupefacción- que según usted el medio es superior al
hombre.
-Bueno, es una forma de
decirlo. Como comprenderá, a estas alturas las palabras no me
producen ningún tipo de miedo. Y por supuesto que también el hombre
actúa e influye sobre el medio... Lo malo es que siempre da la
mismas respuestas.
-Ya. Guerra y paz.
-Sí. Y hay guerra
mientras las lanzas, por decirlo con los griegos, no están ahítas
de sangre. Y como el hombre se cansa de todo, también se harta de la
paz, o de la situación a la que ha llegado...
-O a la que lo han
conducido.
-Nadie lo hubiera
conducido a donde está si él no lo hubiese permitido.
-O si hubiera tenido
otro tipo de dirigentes, de políticos.
-¿Qué cree usted que
lleva a una persona a dedicarse a la política?
-¿Qué le ha llevado a
usted a dedicarse a su trabajo?
-La necesidad. Nada
más. O si quiere que se lo diga con otras palabras, no fui yo quien
escogió a mi mujer: fue ella quien siempre llevó la voz cantante, y
fue ella quien se inclinó por mí. Luego, por supuesto, como persona
noble que soy, le correspondí con todo mi amor.
-Se me está yendo
usted por la tangente, querido amigo.
-¿Usted cree?
Podríamos hacer ahora una encuesta aquí en el bar, o en la
residencia, y preguntar a la gente qué vocación tenían de jóvenes,
y hasta qué punto la han llevado a la práctica. O, lo que es más
sangrante, pregunte a la gente joven aquello tan famoso de qué
quieres ser de mayor. Muchos de ellos se morirán sin haberlo
averiguado.
-Y otros quizás por
falta de medios no puedan llevarlo a la práctica.
-Para el caso es lo
mismo: será el trabajo quien los escoja a ellos. Y a ellos, y a mí
con ellos, no nos quedará más camino que la resignación o las
bellísimas palabras de Cicerón, y perdone que insista con las citas
de este viejo amigo.
-No me molesta que me
lo saque a colación. Me gustan estas conversaciones y lecturas,
siempre trufadas de citas.
-Sí, les dan un cierto
sabor, como el perejil al pescado o el pimentón a las patatas.
-Tiene razón. Además,
las patatas asadas con pimentón están bien buenas.
-Efectivamente. Es un
toque de alegría. Y más cuando los participantes son algo sosos,
como yo.
-¿Y qué decía
Cicerón?
-Decía
lo siguiente: Trabajaremos,
por consiguiente, con especial ahínco en aquellas cosas para las que
seamos más aptos. Si la necesidad nos obliga alguna vez a hacer algo
extraño a nuestro natural, habrá que poner todo el cuidado, la
meditación, la diligencia para que podamos hacerlo, si no con la
perfección deseada, lo menos mal posible.2
-Eso supone una gran
honestidad. Y para lograr que le hombre llegar a esos niveles, habría
que educarlo.
-No creo que consiga
nada con la educación. Al hombre lo que le gusta en el fondo es no
hacer nada. Así que, en cuanto pueda, seguirá robando para no hacer
nada, y para asegurarse de no hacer nada el resto de su vida. Si
tienen suerte, y lo meten en la cárcel, lo consigue a medias. Por
eso no entiendo la resistencia a ser juzgados y condenados por parte
de algunos politicastros.
-Creo que la cosa está
clara. No es lo mismo vivir en la playa que en una celda de clausura.
-Era una broma, como
habrá comprendido. Y antes de que me diga nada: estoy harto de la
corrupción, de oír hablar de ella, y de discutir sobre ella.
-Lo comprendo. Llevamos
una larga temporada dándole vueltas a lo mismo. Y como diría usted,
sin muchos visos de que esto cambie.
-Efectivamente.
Sin visos de que cambie nada. Así que déjeme que le diga que a
Cicerón lo asesinaron sus enemigos. Y no sólo lo mataron, sino que
lo decapitaron y clavaron su cabeza, y sus manos, con las que
escribió las Catilinarias
y
las Filípicas,
en
el senado de Roma, en los Rostra
o
en algún lugar parecido. Y no es que le tenga miedo a la muerte. Lo
que le estoy diciendo es que no se equivoque con respecto al género
humano. No hay nada que hacer.
-¡Hombre! No se puede
ser tan pesimista. Siempre se necesita de una ilusión para vivir.
-Es
cierto: todos tenemos ilusiones. A mí me basta con la de ver
amanecer y tener un libro a mi lado. Treinta o cuarenta años antes
de Cristo, es decir, hace la friolera de 2.030 ó 2.040 años, y se
lo digo a la antigua, ya dijo el mentado Marco Tulio Cicerón que mal
van las cosas cuando lo que se debe alcanzar a través de los buenos
méritos, trata de lograrse mediante el dinero.3
Ya iban mal las cosas entonces. Y nada ha mejorado mucho que digamos.
-Hombre, hoy en día no
hubieran matado a Cicerón.
-Claro, claro. Pero no
pierda la esperanza: amanecerá Dios y medraremos todos.
-Está usted imposible.
-Tiene usted razón: no
me ha sentado bien el café con leche. Está horrible. En fin, a ver
si al mediodía me dejan tomarme un vaso de bon vino y me quita el
mal sabor de boca de la Roma de Cicerón y de la España de los
mediocres.
-Confiemos en ello.
-Confiemos.
1Cicerón,
Sobre los deberes, libro II,
III, 9
2Ciceron,
Sobre los deberes. Traducción,
introducción y notas de José Guillén Cabañero, Alianza
editorial, Madrid, 2008, p. 117
3Cicerón,
Sobre los deberes, Libro II,
6, 22
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