PALLIDA MORS
(Centón)
Vicente Adelantado
Soriano
Todo lo sabio que se
quiera, mas hombre al fin y al cabo: ¿hay algo más caduco, más
miserable y más insignificante?
Michel
de Montaigne, Ensayos
Tal vez el hombre
siempre siga siendo un misterio para sí mismo. Quizás, pese a todos
los avances tecnológicos, y de todos los órdenes, continúe
ignorando quién es; y el valor que personas y sucesos tienen para
ese desconocido ser que anida en sus entrañas. Y tal vez nunca
descubra cómo alcanzar una cierta sabiduría que lo acerque a la
felicidad, a la tranquilidad, a la paz. Es asombroso, cuanto menos,
comprobar hasta qué punto una palabra, un gesto, una sonrisa, la
ausencia de la misma, o un sueño de una noche cualquiera, puede
alegrarnos o entristecernos hasta límites insospechados a veces.
Demasiado a menudo somos zarandeados por unos y otros eventos,
alegres o tristes, como las hojas caídas de un viejo árbol son
llevadas y traídas por el viento. Analizadas las cosas con frialdad,
una vez ha pasado el vendaval, descubrimos, con harta frecuencia, que
ni había motivos para tanto contento y alegría, ni, mucho menos,
para la tristeza y la depresión. Quizás sea lo mejor, en ambos
casos, pensar que nada es duradero en esta vida, ni la tristeza ni el
contento; y que lo único que tenemos, y que es nuestro, es nuestra
vida, al menos mientras esta no nos resulte excesivamente gravosa. Y
si no estamos dispuestos a entregársela a nadie, ni siquiera a la
muerte, tampoco dejemos que elementos externos jueguen con ella, como
si fuera una bola de billar a la que hacen rodar por el tapiz sin que
oponga resistencia alguna.
No hay nada, sin
embargo, que no acabe en la muerte. No hay nada a la que esta no
ponga fin, término y acabamiento. Entregarse en sus brazos es dejar
de sufrir. Aunque hablar de ella, en frío, nos puede, a veces,
asustar o entristecer. Sobre todo a una determinada edad. Quizás los
momentos más terribles del ser humano sean aquellos en los que este,
por regla general bastante temprano, toma conciencia de su propia
desaparición, de que no es inmortal; y de que el tiempo lo conduce
indefectiblemente hacia la sepultura.
Antes que sepa andar
el pie, se mueve
camino
de la muerte...1
Con ese descubrimiento
se hace patente, al mismo tiempo, que nadie es una excepción, que
hay una ley, y que todo el mundo la cumple, lo quiera o no. No nos
debía afligir la muerte, puesto que se trata de precepto de obligado
cumplimiento, y no de un castigo.
Breve suspiro, y
último y amargo,
es la muerte,
forzosa y heredada:
mas
si es ley, y no pena, ¿qué me aflijo?2
Pocas son las personas,
no obstante, que desean morir, o que aceptan la muerte con calma y
tranquilidad. Tal vez ello sea debido a que hablamos, tanto de la
enfermedad como de la muerte, desde la salud, desde la plenitud de
nuestras fuerzas. Es probable que, en medio de los sufrimientos y de
la decrepitud, la visión sea muy otra, y completamente distinta.
Aunque entonces los vivos, quienes permanecen, hacen pasar dicha
aceptación como una virtud, como la máxima prueba del conocimiento
humano y del valor. Y tal vez lo sea. Así cuando el joven estudiante
se enfrenta, por vez primera, con la apología de Sócrates, con la
aceptación de la cicuta por parte de este, y su negativa a huir de
la cárcel cuando tiene las puertas abiertas, y todo el mundo le
induce a ello, experimenta una cierta desazón, un malestar que, es
posible, no olvide en toda su vida. Es probable que, andando el
tiempo, se percate de que, efectivamente, lo único importante de
esta vida es lo que uno piensa de sí mismo, y la meta que él se ha
trazado. Es probable, por lo tanto, que la apología de Sócrates
haya que hacerla desde otro punto de vista: el de su propia
personalidad. Desde luego que eso ya lo remarca Platón: a su maestro
no le interesan los jueces, ni la opinión de los vecinos, o las
lágrimas de sus discípulos; le interesan las leyes. Y el
cumplimiento de estas, que está por encima de todo. Sócrates no se
plantea en la prisión, desde luego, como tampoco lo hizo antes, que
las leyes son creaciones humanas, y, por lo tanto, defectuosas y
mejorables. Ahora bien, por muy perfeccionables que sean, el hombre
siempre necesita de un asidero aunque este deje mucho que desear. No
es de personas honestas, desde luego, aceptarlo cuando interesa y
negarlo cuando nos puede perjudicar. Sócrates se tomó la cicuta.
Efectivamente,
la llegada de la muerte no puede significar algo vergonzoso para un
hombre valiente, ni algo prematuro para un ex cónsul, ni algo
lamentable para un sabio.3
Pero, ¿qué sentido
tiene una muerte así, como la de Sócrates, si pasa desapercibida?
Es decir: ¿Necesita el filósofo a un público en el que hagan mella
sus palabras y acciones? ¿Qué sucede si nadie presta oídos a su
filosofía? ¿Es importante que el filósofo tenga discípulos y que
estos estén dispuestos a seguir al maestro? ¿Hasta qué punto? Son
cuestiones estas de difícil solución, aunque ya se sabe que de nada
vale la fe sin obras, ni la teoría sin la praxis. Ahora bien, hay
praxis que nos pueden llevar tal vez demasiado lejos. A la muerte,
desde luego; a la misma meta a la que puede conducir a quien se sabe
o se siente abandonado.
Quizás
por esos endemoniados enlaces, o puentes, que construye la mente,
relaciona esta, en un momento determinado, sin rigor ni cronología,
la muerte de Sócrates con la de Larra, tan distintas las dos, al
menos aparentemente. No obstante, hay una reflexión de este último
que, pese a todo, las aproxima, tal vez porque así lo desea la
calenturienta mente: El
genio ha menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas.4
Absurdo le pareció a Larra estar vivo en un país de muertos. Y tal
vez fue eso mismo lo que le sucedió a Sócrates: denunciado por un
discípulo, anciano, rodeado por corruptos que se prestan a
condenarlo en un sistema político que equipara al sabio con el
zapatero, quizás pensó que ya nada tenía sentido, ni valía la
pena. Sin duda le invadiría también un cansancio infinito. Aceptó
la muerte de buena gana, hasta con una sonrisa en los labios, como
tal vez la vamos aceptando todos conforme vamos envejeciendo. Es
inevitable.
Entonces,
¿qué puedo temer, si después de la muerte voy a dejar de ser
desgraciado o incluso voy a ser feliz?5
Hay
un momento en la vida en el cual es mayor la gente que tenemos al
otro lado del muro que la que tenemos aquí. Para más inri con esta
última no nos acabamos de entender del todo. Quizás la naturaleza,
comportándose como una verdadera madre, lo ha dispuesto así para
que aceptemos lo inevitable, y nos vayamos sin gritos ni espavientos,
que
morir vivo es última cordura.6
Y es posible, al mismo tiempo, que en el miedo a la muerte haya
idéntico fundamento que en el miedo que un niño le tiene al coco.
Es probable que una y otra cosa no sean sino productos de nuestra
imaginación y de la falta de raciocinio. El coco infantil fue una
creación de nuestra mente, y tal vez la muerte no sea nada. Nada hay
que temer, por lo tanto.
Con el paso de los años
llega también el desengaño. La vida no ha sido sino un juego de
espejos, zanahorias que nos han puesto delante para que, como el asno
de la fábula, camináramos pensando que íbamos a alcanzar el nabo
que tan caro le costó al pobre Lázaro. No hay nabos, ni ínsulas,
ni reinos que conquistar.
Pues
si tú vives y yo vivo bien podrá ser que antes de seis días ganase
yo tal reino que tuviese otros a él adherentes que viniesen de molde
para coronarte por rey de uno dellos. Y no lo tengas a mucho, que
cosas y casos acontecen a los tales caballeros por modos tan nunca
vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo
que te prometo.7
Son
las palabras de un idealista, de quien tiene fe en su brazo, en su
hidalguía, y en un sistema de valores que nunca existió, y que no
existe sino en su lastimado cerebro. Pero tal vez vivir no sea más
que engañarnos, ilusionarnos. La
vida, en realidad, consiste en esperar algo distinto de lo que
hacemos; y lo único de lo que podemos estar seguros es de la certeza
de la muerte.8
Sí, es así; pero a
esa certeza se llega en edad adulta. Mientras, se sueña, se cree
posible lo que la vida nos indicará, más tarde o más temprano, que
es inalcanzable; y las ilusiones se irán desvaneciendo, las puertas
cerrando y los caminos obturando. Sólo un hueco entonces nos dará
la bienvenida, la última y definitiva meta de sueños e ilusiones.
Lo aceptemos o no, allí está, con más paciencia con Job, pues sabe
que siempre gana.
Aun
así, a veces, cuesta aceptar la idea de la muerte. Sí, es cierto,
todos
hemos nacido con más disposición para equivocarnos que para
acertar.9
No
obstante hay errores que tampoco tienen excesiva importancia.
Contemplados en la lejanía pueden servir incluso de pasatiempo, de
recuerdo y añoranza de una cierta inocencia que ya no volverá.
Ahora, sin ilusiones ya, esperando la muerte, recuerdo el miedo que
esta me producía de pequeño. Tanto que sirvió para que admirara al
médico del pueblo: lo veía como un sabio, como un mago que sabía
cuándo íbamos a morir cada uno de nosotros. Ese conocimiento lo
hice extensivo a él, así que admiré su valor por escoger una
carrera que le fijaba el término de sus días. El médico de mi
pueblo pasó a ser mi héroe favorito. Lo observaba cuando podía, a
veces hasta lo seguí por la calle: me pareció una persona normal y
corriente. Y me quedé, por esa cortedad mía, con las ganas de
hablar con él para ver cómo era capaz de conjugar su conocimiento
con su aparente normalidad. Me parecía una broma de mal gusto, una
terrible crueldad por parte de Dios, hacernos saber cuándo íbamos a
morir. La idea me obsesionó durante una temporada no breve.
También recuerdo que,
pocos años después, tuve un maestro represaliado por el franquismo.
Daba clases en el comedor de su casa, transformado al efecto. Y pese
a sus aparentes y republicanas ideas, sobre su cabeza estaba la foto
de Franco, el negro crucifijo y la foto de José Antonio Primo de
Rivera, siempre en mangas de camisa. Ignoro si cuando nos íbamos de
su casa los muchos niños que asistíamos a sus clases, descolgaba
las fotografías. No creo que se tomara tal trabajo, inútil por otra
parte. No obstante, se comentaba por el pueblo que, por las noches,
bajaba esas fotos poniendo en su lugar las de políticos de la
República, junto con una pequeña cabeza de un filósofo griego o
romano, no sabían distinguir, que tenía un nombre raro.
Me marché de aquella
escuela comedor siendo todavía un niño, y no pude averiguar más.
Tampoco guardo ningún especial recuerdo de dicho maestro. No
obstante, una mañana me impresionó. Nunca he olvidado aquella
mañana. Y de vez en cuando se me presenta con una nitidez
espeluznante. Mi maestro me pareció entonces superior a Dios,
muchísimo más perfecto que él.
Aquella mañana vino a
decirnos el maestro, se llamaba don Alfredo, que el hombre debería
nacer teniendo setenta u ochenta años. De esta forma, nos dijo
sonriendo, no haría las estupideces que son propias de la juventud,
pues de joven sería un hombre experimentado. Y a lo largo de su vida
iría rejuveneciendo, de forma que cuando muriera sería un bebé de
pocos días, o acabado de nacer.
Don Alfredo explicó
aquello por la importancia que para él tenía la experiencia. Yo lo
vi de otra forma.
Me
impresionaron aquellas palabras. Hicieron que admirara a mi maestro,
pues hacía poco había fallecido un pariente mío, cosa que me hizo
reflexionar, una vez más, sobre la vida y la muerte, lógicamente.
Este pariente murió siendo consciente de que se estaba muriendo,
como imaginaba que moriría el médico de mi pueblo. Yo admiré su
valentía. Como si el pobre hombre hubiera podido escoger entre morir
o seguir viviendo. Y oí las lamentaciones de la familia: pobre,
decían,
sabe
que se muere... No se engaña.
¿Ere ese el final que
nos esperaba a todos? Me daba miedo saber la fecha de mi acabamiento.
Por eso, precisamente, me parecieron geniales las palabras de don
Alfredo: si uno muriera siendo un bebé, si la vida caminara al revés
de como lo hace ahora, seguramente el hombre no sería consciente de
nada, como no lo es una personas de pocos meses. En consecuencia no
sufriría. Además, lo atenderían sus hijos; la dependencia de los
demás no sería gravosa... Me gustó aquel planteamiento en que,
insisto, he pensado más de una vez. El único problema de aquel
planteamiento residía en que, como muchos otros, no se podía llevar
a cabo. Imposible del todo. Era mejor y más saludable, por lo tanto,
aceptar el conocimiento de la propia muerte. ¿Y por qué tanto miedo
a esta?
Fue
de estudiante cuando me percaté de cuánta razón tiene aquel viejo
refrán de dime
de lo que presumes y te diré de lo que careces. Me
llamó la atención, siguiendo con mis obsesiones por la muerte, la
facilidad con la que griegos y romanos aceptaban la muerte, la
facilidad con la que se quitaban la vida, se mataban y se entregaban
al enemigo, y la enorme prevención de los cristianos a morir. Y eso
que estos últimos se supone que van al cielo a estar al lado de su
dios. Nada más significativo al respecto, que leer las Danzas
de la muerte. Esta
va invitando a diversos personajes a una danza mortal, a un baile que
nadie acepta, salvo dos personas: un pobre labrador, cansado de
destripar terrones, y un monje que, sin duda, tiene fe en el Más
Allá:
Loor e alabança sea
para siempre
al alto Señor que
con piadad me lleva
a su santo reino,
adonde contemple
por siempre jamás
la su majestad.
De cárcel escura
vengo a claridad,
donde habré alegria
sin otra tristura;
por poco trabajo
habré gran folgura:
muerte,
non me espanto de tu fealdad.10
Con
el paso del tiempo mis temores y prevenciones comenzaron a parecerme
ridículos, pues con miedo o sin él, está claro que moriría, como
muere todo ser viviente. Y dado que no tenía la fe del monje de las
Danças,
debía
buscar mi paz y tranquilidad por otra parte. Comencé a hacerlo,
creo, cuando fui consciente, gracias a un viejo emperador, de que A
nadie le sucede nada que no pueda por su naturaleza soportar.11
Dudé de estas palabras, pues hay cosas que me creo incapaz de
aguantar, aunque si no hay más remedio, si no tengo dominio sobre
ellas... El razonamiento me pareció un camino equivocado, pese a me
daba una cierta confianza en mí mismo.
Me parecieron ingenuos,
entonces, mis temores a estudiar medicina, ya que me causaba terror
saber cuándo iba a morir. Quizás lo sepamos todos. Y quizás sea
mejor saberlo que ignorarlo. ¿Qué más da? Lo importante ya no era
eso. La vida es breve y había que aprovecharla.
En
seguida exhalaremos nuestro último aliento. Entre tanto, mientras lo
respiramos, mientras nos contamos entre los hombres, cultivemos los
sentimientos humanos; no seamos para nadie causa de temor ni de
peligro; menospreciemos daños, ultrajes, improperios, pullas, y
soportemos con magnanimidad los inconvenientes fugaces: mientras
miramos a nuestras espaldas, como quien dice, y nos giramos, ya
estará ante nosotros la muerte.12
Y con ella,
seguramente, se acabará todo, lo bueno y lo malo. ¿Por qué, pues,
temer a aquello que nos lleva al lugar donde no vamos a sufrir?
Además, no hay elección: hay que morir. Vivamos mientras tanto sin
hacer daño a nadie y sin preocuparnos por las voces y los ecos. No
es eso lo importante al fin y al cabo.
1Francisco
de Quevedo, Heráclito cristiano, salmo XVIII en
Poesía original completa. Edición,
introducción y notas de José Manuel Blecua. Editorial Planeta,
Barcelona, 1996, p. 29
2Ibidem.
3Cicerón,
Catilinarias. Introducción,
traducción y notas de Crescente López de Juan. Alianza Editorial,
biblioteca temática, Madrid, 2009, p.131
4Mariano
José de Larra, Horas de invierno, en
Obras completas, Edición,
introducción y notas de Joan Estruch Tobella. Editorial Cátedra,
Madrid, 2009, p. 1.106
5Cicerón,
Sobre la vejez. Traducción,
introducción y notas de M. Esperanza Torrego Salcedo, Alianza
Editorial, biblioteca temática, Madrid, 2011, p. 89
6Fco.
Quevedo, Opus ctda., p. 3
7Miguel
de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
Primera parte, cap. VII
8Bram
Stoker, Drácula, Traducción
de Francisco Torres Oliver. Alianza Editorial, Madrid, 2012, cap.
VI, p. 118
9Isócrates,
Discursos. Introducción,
traducción y notas de Juan Manuel Guzmán Hermida. Editorial
Gredos, Madrid, 2002.v II, Filipo, p.
168
11Marco
Aurelio, Meditaciones. Traducción
y notas de Ramón Bach Pellicer. RBA editores. Barcelona, 2008,
libro V, 18
12Séneca,
Diálogos. Introducción,
traducción y notas de Juan Mariné Isidro. Editorial Gredos,
Madrid, 2000. Sobre la ira, Libro
III, 43. 5
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