DJANGO DESENCADENADO
Vicente Adelantado
Soriano
Si
no temiera ser injusto con la última película de Tarantino diría
que lo mejor de ella es la frase publicitaria que la anuncia: la
d,
se entiende que la del nombre del héroe, es
muda, la venganza no lo será.
Tiene razón dicha frase: la venganza de nuestro héroe no sólo no
es muda sino que es, como no podía dejar de suceder, espectacular. Y
con esto llegamos al centro de la película, a su tema preferido: la
muerte y la violencia como puro goce y disfrute, como espectáculo.
Un espectáculo gratificador en este caso, ya que casi todos quienes
mueren, siempre de forma violenta, son los “malos”, los
esclavistas. Y llama la atención la cantidad de sangre que estos
señores llevaban en sus cuerpos, pues, a veces, cuando disparan
sobre ellos, parece que lo hagan sobre sacos de tomates bien maduros:
el color rojo impregna camisas, cuellos de caballos y paredes, y
surge de pechos y barrigas con la fuerza y la alegría de un
manantial de alta montaña.
Lo
malo de esta violencia es que, buscándola, el guión se pierde en
una cada vez más inverosímil historia que termina por ser aburrida
por lo previsible, y por la falta de credibilidad. Desde el momento
en que la pareja protagonista llega a la plantación sureña, donde
un enloquecido amo organiza luchas de negros, la película se va
perdiendo en absurdos y en sin sentidos. No es la primera pareja,
desde luego, que se mete en la boca del lobo o bien buscando a
alguien, o bien huyendo de algo. Resulta más que llamativo el
paralelismo de la película de Tarantino con la cinta de Richard
Brooks, Los
profesionales, o
con la de Sam Peckinpah, Grupo
salvaje. Las
diferencias, sin embargo, son más que obvias: tanto Brooks como
Peckinpah manejaron guiones sólidos, donde nada se dejaba al azar; y
Tarantino trabaja con la idea fija de ofrecer más y más manantiales
de tomate. El grupo salvaje penetra en la guarida del lobo, pero
tiene las espaldas cubiertas para salir más o menos indemnes. Django
y su compañero, el alemán cazador de recompensas, entran a pecho
descubierto y con una historia tan endeble que no hacía falta ser
muy inteligente para captar que había gato encerrado. Por supuesto
se trataba de que lo descubrieran, ya que de lo contrario no
hubiéramos tenido nuestra dosis de muertos con sus litros de sangre.
Especialmente ridícula resulta la muerte de la hermana del dueño de
la plantación: se nota a la legua que alguien, con una cuerda, ha
tirado del muñeco al que acaba de disparar el señor Django. Ese
tipo de saltos, y seguramente Tarantino lo sabrá, está mucho mejor
resuelto en la película de Kevin Costner Open
range. Y
la traigo a colación porque las referencias cinematográficas, en
las películas de Tarantino, son continuas, tanto que, a veces,
parece como si padeciera un empacho cinematográfico. Tal vez un poco
de bicarbonato le haría mucho bien al estómago de Tarantino a fin
de destilar sus historias. En esta, alabado sea el Señor, no falta
tampoco el sentido del humor: lo mejor es la escena de los jinetes
cubiertos con las máscaras que, con el transcurso del tiempo, será
la marca distintiva del Ku Klux Klan, o cabezas picudas. Resulta que
con dichas máscaras, hechas por la mujer de uno de los integrantes,
no ven absolutamente nada. Es, sin duda, lo mejor de la película. El
resto hay que tomárselo como se podía tomar uno la lectura de un
viejo tebeo allá en la infancia: no hay más pretensión. Es un puro
espectáculo, donde se ve que la violencia y la venganza son bellas
de por sí. No aporta nada, pero se puede ver tras un día de duro
trabajo o un año de malas y peores noticias: Django, con sus gafas y
sus revólveres, hace que nos olvidemos de las miserias cotidianas,
aunque, para ello, siempre se prefiera Siete
novias para siete hermanos o
Cantando
bajo la lluvia; pero,
claro, no todos son los tiempos son unos. A tiempos bobos, películas
bobas. Con mucho espectáculo y tomate, eso sí.
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