AMOR
Película de Michael
Haneke
Vicente Adelantado
Soriano
Decían
en la Edad Media que la buena muerte era la muerte anunciada. Sabía,
de esta forma, una persona, cuándo se iba a morir; y tenía tiempo,
en consecuencia, para despedirse de amigos, deudos y parientes. Así
lo hizo, entre otros, el padre de Jorge Manrique, tal como cuenta
este en sus famosas Coplas. Hay en este deseo y concepción de la
muerte anunciada un trasfondo religioso: es importante para el hombre
tener tiempo para pedir perdón, arrepentirse, confesarse, y partir
de este mundo con la certeza absoluta de que va a gozar del otro. Por
supuesto que podía darse el caso, tal como se cuenta en la genial
película de Arthur Penn, Pequeño
gran hombre, de
que hechos todos los rituales del buen morir, la magia no funcionase,
y el moribundo volviera a la vida, o la muerte lo dejara en paz por
el momento. De ahí surgía la sonrisa, cuando no la carcajada.
Hoy
en día, sin ese fondo religioso, quien más y quien menos desea una
muerte como la deseaba para sí Julio César: breve y rápida. A
veces, como diría Séneca, está en nuestras manos conseguirla; y
otras, por desgracia, se nos niega esa posibilidad. Entonces
comienzan los verdaderos problemas, tanto para el enfermo como para
sus deudos, amigos y parientes. Ni aquel tiene la posibilidad de
poner fin a sus sufrimientos, ni de despedirse de nadie, ni la
familia sabe muy bien cómo enfrentarse a la nueva situación. Y en
eso hace incidencia, y se centra, la película de Haneke. Una mujer
mayor sufre un ataque; y, progresivamente, va perdiendo el dominio
sobre su cuerpo, conservando, sin duda, toda su lucidez. Se puede
entender que tal estado es un verdadero tormento para ella, de ahí
el ritornelo de la enferma: duele,
duele, duele... No
puede especificar qué es lo que le duele, aunque no resulta nada
difícil de averiguar. Pues su vida, a partir del ataque, se
convierte en una continua degradación, una continua dependencia de
los demás.
El
ataque, y la consiguiente privación de la mitad del cuerpo de la
mujer, va a someter a la pareja de viejos profesores a unas tensiones
y vivencias que no habían tenido hasta ese momento. Y aquí, y a lo
largo de toda la cinta, es donde Haneke demuestra su maestría. Sin
salir del apartamento donde vive la pareja, sin grandes palabras,
negando el pasado al que no quiere regresar la anciana, salvo con una
breve mirada al álbum de fotos para concluir que la vida fue bella,
encerrada en su presente, casi con susurros, se van retratando dos
vidas, y el final de estas. Magistrales las interpretaciones de
Jean-Louis Trintignant y de Emmanuelle Riva en sus papeles de viejos
profesores. Y genial la conversación que el protagonista mantiene
con su hija, interpretada por Isabelle Huppert. De nada sirve,
evidentemente, tal y como pone de manifiesto el anciano, la
compasión. ¿Y en qué consiste esta? Las soluciones de la compasión
siempre son soluciones más para quien las emprende que para quien
las sufre. Ante los grandes problemas estamos solos, o impotentes
ante quienes acompañamos. No obstante, y al igual que en el resto de
las películas de Haneke, sin moralina de ningún tipo, con unos
movimientos de cámara que lo son todo, se nos irá contando esos
momentos finales de una vida con tal fluidez que todo se acepta,
pareciendo como si nada pudiera ser de otra forma que como es. Y si
puede serlo, no importa: esta es la que han escogido los personajes,
y la que tiene ante su vista el espectador. Afortunadamente no sale
este decepcionado del cine. Amor
es
una gran película. Una película que, sin duda, es de efectos
retardados, pues sus imágenes, como ya sucediera con su otro film,
La
cinta blanca,
son tan potentes y sencillas que no se olvidan una vez se abandona la
sala. Todo lo contrario: brotan y surgen tal vez cuando menos se lo
espera uno. Amor
es, al mismo tiempo, una película tierna y valiente. Hay temas que
de tan manidos y manoseados resultan difíciles de abordar. Haneke lo
ha hecho con gran soltura y brillantez. Como sólo lo puede hacer un
gran maestro.
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