HASTIADOS
Vicente Adelantado
Soriano
De la injusticia se
origina siempre la inquietud.
Stefan
Zweig, María
Estuardo
No conviene ser
ladrón ni presa, ni compasivo ni cruel: el espíritu del primero es
demasiado blando, el del segundo demasiado duro; sea el sabio
equilibrado, y en las cuestiones que se han de resolver más
esforzadamente recurra no a la ira sino a la energía.
Séneca,
Sobre
la ira
Me volvió a suceder,
en esta edad tan provecta, lo que ya me sucedió de joven, hace
muchos años: me volví a hartar de la compañía de mis semejantes,
a quienes rehuía con espanto. Mis compañeros, algunos al menos,
parecen no tener pensamientos propios: hablan y discuten sobre lo que
dicen los periódicos o la televisión. Me desesperan. Me pregunto, a
menudo, oyéndolos, cómo serían las conversaciones en la Edad Media
o, mejor aún, allá en la Prehistoria, cuando ni había televisión
ni periódicos ni políticos. Es un enigma para mí. Y lo seguirá
siendo. Imagino, no obstante, que aquellas personas pasarían la
mayor parte del tiempo sin decir nada, sin hablar. El silencio es una
bendición de los dioses. O puede serlo. Se lo comenté a una persona
recién llegada a la residencia, doña Paquita, por quien sentí una
cierta atracción. Por ella volví a participar en varias
conversaciones en el salón. Es una persona muy erudita. Lo dejó
claro nada más llegar.
-Porque
una persona siempre recogida -me
dijo citando literalmente a santa Teresa de Jesús, y yendo en contra
de mis ansias de soledad-, por
santa que a su parecer sea, no sabe si tiene paciencia ni humildad,
ni tiene cómo lo saber.1
Evidentemente santa
Teresa tenía razón: para conocerse hay que estar en contacto con
las personas, así que me quedé y participé en una conversación de
mis compañeros de residencia. No dijeron nada nuevo. Lo nuevo fue
descubrir en mí cosas que no me gustaron nada. Uno nunca termina de
conocerse, desde luego. Y cuanto voy conociendo, tal vez reflejo de
los tiempos que vivo, me gusta tan poco que, en serio, la muerte va a
ser bien dulce y muy bien venida.
Por todo esto de la
angustiosa crisis económica que estamos sufriendo, quien más y
quien menos ha perdido capacidad adquisitiva. Y los servicios
prestados por los médicos, de lo que ellos no tienen culpa, y por la
residencia, son cada vez menores y más deficientes. Algunos de
nosotros, además, procuramos ahorrar todo cuanto podemos a fin de
ayudar a hijos y nietos, con trabajos precarios los más, o en el
paro... La situación se está volviendo insostenible. Hay demasiada
gente sin trabajo. Y lo que es una vergüenza, lo peor de todo, lo
que nos ha dejado mudos de indignación, hastiados, es todos los
casos de corrupción que se van descubriendo día tras día, con un
goteo desesperante, y a los que nadie pone solución. Y nadie, por
supuesto, devuelve lo que ha robado.
-¡No es ninguna
novedad! -gritó Martínez, el antiguo combatiente universitario-. Lo
que sucede es que los dirigentes de los partidos políticos están
muy acostumbrados a mirar hacia otro lado. Siempre que se denuncia a
alguien de su partido dicen que es una conspiración de los del otro
partido. Antes, en la dictadura, todo eran conjuras judeomasónicas.
Ahora conspira la oposición y algunos jueces.
-Sí, aquí nos hemos
pasado la vida conspirando unos contra otros -dijo alguien de la
reunión.
-No, lo que ha
sucedido, y sucede, en este país -intervine yo, con pocas ganas de
hablar- es que nunca se ha tenido idea de eso, de país. La manada
está por encima del país, y el partido por encima de todo, por
supuesto. Hasta de la ética.
-En eso tiene razón
usted -dijo doña Paquita con su hablar lento, pausado-. Estoy de
acuerdo con usted. Y no sólo -explicó dirigiéndose a un pequeño
nacionalista que teníamos por allí- por los afanes independentistas
de catalanes y vascos, sino también por la jerarquía de valores que
cada uno de nosotros llevamos en la masa de la sangre.
-¿A qué se refiere
usted? -preguntó el independentista con cara de pocos amigos.
-Creo que está claro
-intervine yo- quiere decir que amamos más los privilegios y las
prebendas que el concepto de justicia.
-Justicia sí, pero no
es mi casa -corroboró doña Paquita.
-¡Ya estamos con las
mismas de siempre! -volvió a tronar Martínez-. Me parece,
compañeros, que no se trata de un problema de individualidades, sino
de partidos políticos.
-¿Y acaso estos no los
componen las personas?
-Sí, claro que sí.
Pero esas personas se rigen, o de se deberían regir, por un código
deontológico. Y debería estar muy claro que quien lo incumple
tendría que ser expulsado del partido, de la formación o de lo que
sea. Y enfrentarse a un juicio.
-Es lo que estamos
diciendo desde el principio, señor Martínez -volvió a intervenir
doña Paquita-. Y como ya le hemos dicho -explicó de forma muy
didáctica- luego, descubierto un caso de corrupción, tiene más
valor el partido, preservar su posible fractura, que el hecho
delictivo en sí.
-¿Y qué tiene que ver
el nacionalismo en todo eso? -quiso saber el malcarado.
-Pues -explicó doña
Paquita- que más que enseñar en las escuelas a amar un idioma, unos
árboles, una gastronomía y unas fronteras, se debería enseñar a
amar la justicia.
-¿Qué justicia?
-¿Le parece bien la
natural? -intervine yo de forma un tanto sarcástica-. Y para que no
me venga con sofismas: aquella que dice y proclama todos somos
iguales, y no de palabra sino de obra...
-Usted sabe que eso es
una entelequia, una quimera. Robe usted cien o doscientos euros para
comprarse las medicinas del mes, o para comer un poco mejor, y verá
lo que le sucede... ahora, si es el yerno del rey, o un político con
ciertas amistades y papeles comprometedores... Hay bula. Al menos
hasta que prescriba el delito.
-En eso tiene usted
toda la razón -reconocí añorando mis paseos solitarios. Estaba
harto y cansado de conversaciones sobre los políticos y la
corrupción.
-¿Y cómo cree usted
que podemos salir de esta situación? -quiso saber doña Paquita.
-Yo antes pensaba que
diciendo la verdad, apoyando a los periódicos...
-¡Bah, los periódicos!
-exclamó el inevitable Martínez-. Tienen tantos intereses, o más,
que los propios partidos políticos.
-Y decir la verdad no
sirve para nada -me dijo con dulzura doña Paquita-. Verá, yo
siempre he pensado que los grandes maestros de este país, si se le
puede llamar así -dijo mirándome- han sido los hijos de los
conversos. Tal vez porque sufrieron en carnes propias la
intransigencia, la persecución y vaya usted a saber cuántas cosas
más.
-Es posible que por ahí
vengan nuestros problemas.
-¿Qué quiere decir?
-me preguntó Martínez.
-Que tal vez el error
está en que se fundó el país sobre una idea religiosa, el
cristianismo; y desaparecida la fe, se rompe la unión porque jamás
se buscó la convivencia, en paz y con respeto, entre las diversas
tendencias, religiones o llámelo usted como quiera, que hubo en la
península. Aquí ha predominado la Iglesia por encima de todo. El
conmigo o contra mí.
-Es una visión un
tanto sesgada. No somos el único país católico.
-Pero sí el único con
judíos, moros y cristianos...
-¿Y a santo de qué
viene ahora todo esto? -interrumpió Martínez riéndose- ¿Ustedes
creen que aquello, y Torquemada, al cabo de más de seiscientos años,
todavía tiene peso en la historia actual? ¡Por favor! ¿Y qué
tiene que ver todo eso con la corrupción de los políticos?
-¿Qué le parece a
usted? -me preguntó doña Paquita.
-Que muy probablemente
tenga razón el señor Martínez. No lo sé. Demasiados siglos. Ahora
bien, estoy de acuerdo con usted en que de nada vale decir la verdad.
Es tonto y absurdo. Siempre lo ha sido.
-Sí,
es una de las grandes lecciones, olvidadas desde mi punto de vista,
de Fernando de Rojas. Sí -sonrió al ver mi cara de estupefacción-,
el autor de Calisto
y Melibea. O
La
Celestina, como
quiera. Calisto tiene un criado, ¿lo recuerda?, que le advierte en
contra del otro criado, Sempronio, y de la vieja Celestina. Se
llamaba Pármeno: Señor,
más quiero que airado me reprendas porque te dó enojo, que
arrepentido me condenes porque no te di consejo, pues perdiste el
nombre de libre cuando cativaste la voluntad.2
-Si ese Calisto hubiera
sido de cualquier partido político -intervino Martínez riéndose y
haciéndose el ignorante- hubiera acusado a su criado de conspirar en
contra suya, mientras que hubiera defendido la honorabilidad del otro
criado y aun de la madre Celestina. Es lo que se hace siempre en los
partidos políticos.
-Nunca se me hubiera
ocurrido -dije asombrado- traer a la Celestina a colación de cuanto
está sucediendo en el país.
-Tal vez sea ese uno de
los grandes errores de esta nuestra patria: el olvido de su propia
literatura. El olvido de algo que, tal vez por desgracia, está muy
vivo. Y no hablemos de la novela picaresca.
-Que es lo típico
-volvió Martínez- de un país en quiebra. Señora -dijo
dirigiéndose a doña Paquita- yo también sé algo de literatura. Y
estoy de acuerdo con usted, aunque yo voy tras una visión más
amplia de esta. Me explico: mientras la Inquisición buscaba a pobres
diablos que no comían cerdo, o lo convertían en duelos y
quebrantos, dejaba tranquilos a curas que vivían con sus barraganas,
aunque las casaban con otros pobres diablos por aquello de si se
quedaban embarazadas.
-Está usted hablando
del Lazarillo.
-¡No! -exclamó
indignado-. Le hablo de los inspectores hijos de puta que el otro día
multaron, o intentaron multar, a dos jubilados por trabajar un trozo
de tierra, y cosechar tomates para sus familias. Mientras, hay
políticos con dos o más trabajos, cobrando por no hacer nada
sueldos que usted no ha visto jamás, y robando y defraudando todo
cuanto pueden, o haciendo la vista gorda, que para el caso es lo
mismo; mientras sucede esto, y más cosas que ignoramos, estos
denuncian a dos ancianos por cultivar cuatro tomates. ¿No es genial?
-Esto es un desastre
tal que no hay por dónde cogerlo. Tengo miedo -dije en un arrebato
de sinceridad-. Hay demasiada gente sin trabajo, muchísima
corrupción, ningún viso de que la cosa vaya a cambiar, y mucho
inútil ocupando cargos...
-Y poca o ninguna
esperanza -me interrumpió doña Paquita-. A mí también me sucede
algo similar -dijo-. Siempre he tenido un poco de miedo a la vejez.
Ya sé, tonterías de juventud. Ahora no le tengo miedo; todo lo
contrario: estoy contenta de estar con ustedes, de haber llegado
aquí; estoy contenta de no dar clases, de no entrar en ninguna aula
y de no tropezarme con los alumnos. ¿Qué decirles? ¿Qué
enseñarles con todo cuanto está sucediendo?
-¡Bienvenida al
gremio! -volvió Martínez con sus exclamaciones-. Creo que eso mismo
nos lo hemos planteado todos, o casi todos. Tiene usted razón, ¿qué
decirles? A veces las clases parecían un mundo a parte, un oasis,
algo irreal. Los políticos, menuda ralea, están dejando sin
asistencia médica a infinidad de ancianos y dependientes. Y se
gastan el dinero público en avalar equipos de fútbol. ¡Tiene
narices la cosa! Y uno de estos políticos se lleva veintidós
millones de euros... y nadie se entera de que estaba robando, ¿tan
sobrados van? Vamos, ni que se hubiera llevado un sello o un billete
de diez euros. No, ni más ni menos que veintidós millones. Y ese es
un caso... ¿Qué decirles a los alumnos? ¿Qué sean honrados? ¿Para
que se los coman vivos?
-Yo luché por darles
una educación real, por dotarlos de armas...
-Y
puso Celestina
como
libro de lectura. Y le salió un padre protestando porque a los niños
no hay que hacerles leer los clásicos, y además, la Celestina,
menudo lenguaje utiliza.
-Sí, algo así me
sucedió. Pero eso fue un caso puntual.
-Ahí quería llegar
yo.
-Y mientras nosotros
nos planteábamos esto, una educación para la vida -dijo doña
Paquita- nos bombardeaban continuamente con nuevas propuestas
didácticas...
-Que nunca son nuevas
-volvió a interrumpir Martínez- ni aportan nada, ni sirven para
nada.
-Nosotros
-dijo
doña Paquita entornando los ojos y recitando como si estuviera
contando un sueño-, ante
todo, tenemos un invencible horror a la Pedagogía; todo método,
todo canon, toda pauta marcada de antemano nos inspira una aversión
irremediable. La vida es una cosa sutil, irregular, multiforme, y
ella escapa a toda reglamentación y encasillamiento. Nosotros no
aplicaríamos a nuestro amigo ninguna pedagogía, sea cualquiera el
nombre que tuviere; no pondríamos en su cerebro ninguna cosa
abstracta; no le haríamos aprender nada de memoria; nuestro único
cuidado sería hacerle ver la realidad y apartar de su cerebro todo
momento de tedio y de tristeza. La tristeza y el tedio: aquí tenemos
los dos grandes enemigos del hombre.3
-¡Vaya! -exclamé
lleno de admiración ante cita tan larga dicha de memoria.
-Otra que predica con
el ejemplo -dijo Martínez sonriendo-: no quiere que los otros
aprendan de memoria, pero ella bien que la utiliza.
-En mi caso -respondió
doña Paquita sonriendo también- se trataba de miedo. Sí, de miedo;
me han oído bien. Tenía miedo a padecer de alzheimer, así que di
en memorizar cosas que me interesaban.
-Es
curioso: a un amigo mío -intervine yo- le sucedió algo similar.
Tenía miedo a padecer esa enfermedad; se lo dijo a su médico de
cabecera, y este le recomendó que memorizara matrículas de coche,
números de teléfono... A mi amigo eso le pareció un juego absurdo
y tonto. ¿Y saben lo que hizo? Se leyó todos los Episodios
nacionales, de
Galdós, y memorizó los nombres de todos los protagonistas, las
novelas en las que intervienen, la serie a las que estas pertenecen,
y los años de escritura y los años de la acción de cada uno de los
episodios.
-Mira que hay gente
rara en este mundo -dijo Martínez-. Aunque mejor eso -reconoció-
que aprenderse la guía telefónica de memoria.
-Sí, desde luego
-corroboró doña Paquita-. Al menos aprendería muchas cosas.
-¿Y para qué le
sirvieron? -pregunté yo-. ¿Sabe? A mi siempre me impresionó aquel
capítulo del Quijote en el que Cervantes fustiga el inútil saber...
-El de la cueva de
Montesinos -me ayudó ella-, donde un personaje, el primo, está muy
interesado en averiguar, entre otras cosas, quién fue el primero del
mundo en tener sarna, si no me falla la memoria.
-Sí, algo así. Cuando
leí el libro, de joven, aquel capítulo me impresionó. Y ahora,
cada vez que lo recuerdo, no hago sino pensar que todo saber es
inútil, al menos en este puñetero país.
-Si entiende usted por
inutilidad lo mal aprovechadas que están las personas, al menos
algunas de ellas, no le falta razón... Recuerde que Miguel de
Cervantes era recaudador de impuestos. Nunca impartió ninguna clase
en la universidad, si es a eso a lo que se refiere.
-Y el país funcionó
igual -apuntó Martínez con un dejo de ironía.
-Y también seguirá
funcionando con tipos que roben poco o mucho, con estafadores, con
gente que los respalda y con toda la caterva de políticos...
-Yo no estoy tan seguro
-interrumpí a doña Paquita-. No estoy tan seguro. Estoy asustado.
Tal vez porque me he hecho muy mayor. No lo sé. Pero estoy asustado,
muy asustado. Hay mucha gente sin trabajo, mucho sinvergüenza, poca
justicia, y bastante desesperación... Y, desde luego, y pese al
miedo cerval que estoy sufriendo, como ha dicho usted, tenemos la
enorme suerte de no tener que ir a clase, de no tener que
enfrentarnos a un grupo de chicos y contarles sandeces sobre el
idioma, los acentos y la b y la v en tanto el país se está
desmoronando.
-¿Tan grave es la
situación? ¿Cree usted?
-Es posible que sea así
-volvió a intervenir Martínez-. Creo que poco se puede esperar de
un país que ha perdido la decencia, el sentido moral, y el que todo
vale con tal de hacerse rico...
-Sí; pero tanto
dinero... No tienen medida.
-Ni ética. Ni
decencia. Privan a pueblos enteros de asistencia sanitaria, y se
gastan el dinero público en sostener a varios equipos de fútbol...
Y duermen tan tranquilos... Dios mío, muy a menudo me he preguntado
si no es posible vivir sin políticos... Creo que deberíamos
privatizar la gestión de la nación. Y creo -dije sorprendiéndome a
mí mismo- que deberíamos volver a instaurar la pena de muerte.
Deberían ejecutar a todos los ladrones de guante blanco.
-¡Hombre! No sea usted
así. No exagere.
-No exagero. Estoy
harto, cansado. Hastiado. Mis hijos se han ido a trabajar a Alemania
por culpa de la crisis; me he quedado solo... Si usted quiere -dije
retomando el hilo de mi razonamiento a fin de evitar el
sentimentalismo-, y para no llegar a esos extremos, se les daría la
posibilidad o bien de devolver el dinero, o bien de morir en la
horca. Y, por supuesto, ninguno de sus hijos o parientes podría
sacar ni un euro de ningún paraíso fiscal...
Y
fue entonces cuando, sorprendido y asqueado, me levanté y me marché.
Estaba harto de aquellos temas. Estaba harto de todo porque me di
cuenta, hace tiempo, que la corrupción y los políticos me estaba
afectando más de lo que yo había imaginado. Jamás me creí capaz
de pedir la pena de muerte para nadie, jamás; pero cuando veo en lo
que puede derivar tanta mentira, tanto robo y tanta política
interesada, y tanta falta de honestidad y ética... Dios, ¿qué va a
ser de nuestros alumnos? ¿Qué va a ser de ellos? ¿Y cómo he
llegado yo a pensar esas horribles cosas sobre la pena de muerte? Esa
misma noche, en mi solitaria habitación, abrí un libro al azar, un
libro que siempre me ha gustado mucho y que amo profundamente: Están
siempre cautelosos y prevenidos los ruines pensamientos, la
desesperación cobarde y la tristeza, esperando a coger a solas a un
desdichado para mostrarse alentados con él, propia condición de
cobardes, en que juntamente hacen ostentación de su malicia y de su
vileza.4
-Tengo que ser capaz de
superar esto -pensé-. Para ello ayudaría mucho el que hubiera un
mínimo de justicia, desde luego. Pero quizás demandar eso en este
país y en estos momentos sea pedir lo excusado. Y yo ni puedo ni
quiero ser como los políticos. No. De ninguna de las maneras.
2Fernando
de Rojas, La Celestina, segundo
auto.
3Azorín,
El político, cap XXXII, Los
hombres de mañana.
4Francisco
de Quevedo, Los sueños, Sueño de la muerte, A quien leyere.
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