MELANCOLÍA
Vicente Adelantado
Soriano
Del fuego que me ha
quemado
¿qué es lo que
tengo hoy en día?
Memorias que me
atormentan
y un puñado de
cenizas.
Augusto
Ferrán, La
soledad
No se lo contó a su
compañero por unos minutos, no porque no se fiara de él, o le
molestaran sus ironías, sino sencillamente porque hay cosas que son
muy difíciles de explicar, y que es mejor guardárselas para uno
mismo. Hacerlas comprensibles exigen horas y horas de conversación,
y ni aún así.
-Sí, ni aún así -se
repitió- porque ni yo mismo estoy seguro de entenderlas del todo.
-Tal vez porque no hay
nada que entender -oyó una voz que le replicaba allá en el fondo
del estómago.
-Ese es el problema, me
parece -se dijo- que todo lo tenemos que racionalizar y explicar. Y
muy a menudo ni sabemos por qué actuamos de esta forma y no de la
otra.
Sea como fuere, hacía
tiempo que venía notando un irresistible deseo de volver a su pueblo
natal. De visita, por supuesto. Lo hizo ya en una ocasión: fue una
escapada furtiva, nocturna, en la que buscó, sobre todo, no
tropezarse con nadie. No quería ver a ningún conocido ni pariente,
suponiendo que todavía quedara alguno con vida.
-Seguramente -rezongó-
ni yo hubiera reconocido a nadie, ni nadie me hubiese reconocido a
mí.
Aun así cuando bajó
del coche, tras dejarlo aparcado a pocos metros de sus antiguas
escuelas, se puso un gorro de lana que le cubría hasta las cejas, su
subió el cuello del anorak, y se enrolló una bufanda, tapando boca
y nariz. Nada le molestó. Hacía frío, mucho frío.
-Me encantaría que
nevara -se dijo en tanto comenzaba a caminar por las calles del
solitario pueblo.
Por fin estaba allí.
Había obedecido a sus irresistibles ganas de volver al lugar donde
naciera. No quería pensar mucho en lo que dicho regreso suponía,
aunque fuera por unas horas. Era algo así como cerrar el círculo,
como el mito del eterno retorno. No obstante, se sentía muy vivo y
con ganas de seguir respirando. También experimentó una cierta
alegría y contento de estar por aquellas viejas calles y plazas. Le
costó reconocer alguna de ellas.
Había estado
conduciendo por autovía y carreteras durante un par de horas. Iba
oyendo música clásica, cuartetos de Mozart, y vigilando el cuadro
de mandos del coche: le llenaba de ilusión ver cómo se encendía la
estrellita que le anunciaba que, fuera, estaba helando. Los números
fueron descendiendo: 13, 10, 4, 1, 0... En el coche se estaba muy
bien: llevaba puesta la calefacción, por supuesto, así que la
temperatura era más que agradable. Tampoco había nadie por la
autovía: la tenía toda para él. Sin miedo, un par de veces apretó
el acelerador sintiendo cómo respondía el coche a su ligera
presión, e iba dejando atrás, a gran velocidad, los postes que no
veía. Se moderó. Temió dar con alguna placa de hielo. Y al cabo de
un tiempo, cuando hasta la música comenzaba a resultarle molesta,
comenzó a sospechar que se había perdido. No recordaba que la otra
vez le costara tanto llegar al pueblo.
-La otra vez iba
acompañado -se dijo-. Y tres cosas acortan el camino -recordó-:
tener hambre, la conversación o ser perseguido.
No estaba seguro de si
eran esas tres cosas, que leyó en algún libro, las que hacían más
breve y distraído un itinerario; pero tampoco tenía excesiva
importancia. Decidió, sea como fuere, seguir hacia delante. Y al
cabo de un tiempo, cuando había decidido continuar conduciendo
hasta donde estuviera nevando, vio el cartel que anunciaba el desvío
de su pueblo. Redujo, puso el intermitente y se metió por la
carretera comarcal. Intuyó, al cabo de unos minutos, que frente a él
se alzaba ya el campanario del pueblo. Se equivocó. Lo vio a la
salida de una curva. Y lo vio porque en lo más alto habían puesto
una estrella luminosa. Era una novedad para él.
-Has de procurar
dominarte -se aconsejó apenas el coche comenzó a rodar por la
carretera que circulaba paralela a las casas, entre las que descubrió
la suya, el lugar donde nació y vivió.
-Sí -se respondió-.
Como dijo el hombre aquel, no vale la pena. Nada tiene ya solución.
Y es inútil enfadarse. Ahora bien, no voy a poder evitar el ramalazo
de melancolía.
-Hombre, llevada con un
poco de elegancia, hasta puede resultar un poco agradable.
El pueblo era tan
pequeño que pese a la más que moderada velocidad, supo que ya
estaba saliendo de él apenas hubo entrado. Giró a la izquierda y
fue a dar, tras una recta y larga calle, a las viejas escuelas.
Aparcó allí. Y nada más descender del coche se vistió como si
fuera a atracar un banco. Eran las cinco y media de la mañana. Y no
se oía por allí la más mínima señal de vida.
-El insomnio también
tiene sus ventajas -se dijo abrigándose rápidamente-. Y este
majestuoso silencio: aquí es imposible enterarse de si uno está
perdiendo oído o no.
Nunca le había gustado
la calle en la que aparcó el coche. Fue de las menos transitadas por
él en su infancia. En ella, lo recordaba perfectamente a pesar de
los años transcurridos, vivía un muchacho con el que tuvo una épica
pelea llena puñetazos, patadas, desgarros de camisas y alguna que
otra gota de sangre. El padre del chico tenía una carpintería,
creyó recordar; pero ahora la carpintería, cosas del destino, se
había convertido en un horno de pan. Prestó atención. No parecía
que nadie estuviera trabajando en su interior.
Calándose el gorro de
lana hasta las cejas divisó la ventana de la escuela a través de la
cual, unas navidades ya muy lejanas, vio a los carromatos de los
gitanos alejándose del pueblo. Dos días antes levantaron una carpa
en una era, e hicieron un par de funciones de circo durante dos o
tres noches. El circo era tan pobre que él y su abuelo tuvieron que
llevase los asientos, dos cajas de las utilizadas para embalar fruta.
Creía recordar que los espectadores no llegaban ni a diez.
-Y sin embargo -se dijo
sonriendo- ha sido una de las cosas más mágicas y fabulosas que he
visto en mi vida. ¡Qué cosas!
No sabía si se
engañaba o no. Le tuvo sin cuidado. Abrió lo brazos en un gesto
teatral, y se puso a caminar al tiempo que exclamaba:
-¡Melancolía, a tus
brazos me entrego! No me defraudes. Y si es posible -se dijo
sintiendo un escalofrío- que nieve un poco.
La escuela le recordó
enseguida a su primer maestro, a don Dionisio. Conforme iba
envejeciendo sentía más y más simpatía por aquel hombre al cual,
de haberlo visto por la calle, ni lo hubiera reconocido. Don Dionisio
le trajo a la memoria a doña Pepita, la maestra que le enseñó a
leer. Sintió un deseo imperioso de ver la casa donde vivió ella, y
de visitar su antigua escuela. Tuvo que hacer para ello, el viejo
recorrido de su infancia. Pasó por delante de la casa de uno de sus
tíos, por delante de la tienda donde, todos los jueves, se compraba
un tebeo del Capitán Trueno, por delante de la herrería, donde
anunciaban las películas... por delante de su casa, por el callejón
donde vivía María, la ancianita que lo cuidaba de vez en cuando, y
por la vieja fuente. Esta no había cambiado en lo más mínimo.
La vieja escuela, al
lado del derruido cuartel de la guardia civil, ya no existía. Tenía
la puerta tapiada. Y la ventana estaba excesivamente alta para mirar
a través de ella. Se quedó parado en la puerta.
-Aquí aprendí a leer
-se dijo-. ¡Y qué paciencia tenía doña Pepita con nosotros!
Recordó su paso por
institutos y por la Universidad. Había conocido infinidad de
profesores a lo largo de su vida. Profesores humildes, sin
pretensiones, y otros infatuados, con un ego tan grande como el
propio cosmos, siempre haciendo descubrimientos de poemas, sonetos y
obras olvidadas que no interesaban a nadie, ni a ellos mismos; pero
que presentaban como el último grito de su absurda investigación.
-Somos tan poca cosa
-se dijo sorprendido por un copo de nieve- que necesitamos mentirnos
y creernos nuestras propias mentiras. Algunos hacen acopio de
mentiras y de poder, como si eso los fuera a librar de la muerte y
del olvido. O de la infelicidad.
-Es cierto -asintió al
cabo de unos pasos notando ya que sí, que empezaba a nevar- que vale
más un bello recuerdo que una triste realidad. Y es más difícil
enseñar a leer a un niño que crecerse por cosas que, en el fondo,
no importan ni al que las ha descubierto.
La nieve comenzó a
caer con cierta fluidez.
-Las nieves de antaño
-se dijo sin apresurar el paso-que enfrían tanto o más que las de
hogaño.
Y recordó aquella
mañana en la que salió de la escuela corriendo y saltando, era
sábado, con una tarjeta navideña hecha por él. Don Dionisio le dio
el visto bueno, y él bajó la escaleras a toda prisa para llevársela
a sus padres. Recordó, y nunca lo olvidaría, que saltó un pequeño
charco helado: fue una apuesta consigo mismo, pues estaba seguro de
no ser capaz de hacerlo; pero, sí, lo hizo. Ni se resbaló ni se
cayó.
-Y a partir de ahí -se
dijo sonriendo ante la espesa nieve que caía- el recuerdo me engaña.
Recuerdo que me metí en la cama entre mis padres. Y eso no es
posible... Dudo de que a aquellas horas estuvieran en la cama, o de
que me fuera a la escuela yo y ellos se quedaran durmiendo... No sé,
algo falla.
No le dio más
importancia. Se quedó con el recuerdo por muy ilógico que fuera.
Como también se quedaba con la imagen que tenía del pueblo. Lo
había encontrado muy cambiado. Dio la vuelta a la escuela. Al volver
la esquina estaba la entrada del viejo cine. También la puerta
estaba tapiada. Y lo que antes, frente a ella, eran pajares,
desniveles y abandono, ahora se había convertido en chalets o en
casas de gente adinerada. En la puerta del cine, allá en la
prehistoria, habló por primera vez con una chica que le hizo temblar
de emoción.
-Aunque durante todos
aquellos años -se dijo con el gorro lleno de nieve- mi único y
verdadero amor fue doña Pepita.
Sonrió. Se quitó el
gorro de lana, lo sacudió rápidamente y se lo volvió a poner,
colocándose la capucha del anorak por encima de él.
-Ahora, aunque me
viera, no me reconocería ni mi madre.
Siguió caminando por
las calles desiertas. No quiso dejar ni una por recorrer. Había
cosas, las fuentes, por ejemplo, todas, que seguían igual. Otras
cosas habían cambiado radicalmente. Todavía reconoció el lugar
donde estaba, dentro del pueblo, el cementerio viejo. Sobre él se
levantaba ahora una casa más bien fea. Saltando la tapia entró una
tarde, furtivamente, con otros amigos, con la idea de ver un
esqueleto. Y entonces recordó que el primer muerto que vio en su
vida fue el del marido de la maestra, no el de doña Pepita, que eran
joven y soltera... Sí, lo recordó con toda nitidez. Y se emocionó
mucho cuando, en una de sus idas y venidas, descubrió que habían
dedicado una calle a aquella vieja maestra. Su foto estaba encima del
nombre, sobre la lápida. Apenas si la pudo distinguir a la luz de un
lejano farol. No estaba dispuesto a que la cosa quedara así. Se fue
al coche rápidamente, cogió una linterna, y alumbró la foto de
aquella buena mujer. Tuvo que reconocer que no la recordaba de nada.
No obstante, una vez, sin saber porqué, tal vez por enfermedad de
doña Pepita o de don Dionisio, asistió a su clase, que era la de
las chicas mayores. Hacía mucho frío.
-Igual que ahora
-murmuró. Por turnos -se contó- nos dejaba que nos aproximáramos a
la estufa a calentarnos las heladas manos.
Y la recordaba vestida
de negro, llorando al lado del cadáver de su marido. Eso fue para él
la muerte: alguien que llora, y alguien que no se mueve.
Volvió sobre sus
pasos. Y volvió a iluminar la foto. No, decididamente no la
recordaba. Es más, no tenía ninguna imagen de ella, como tampoco la
tenía de doña Pepita. Sencillamente recordaba sensaciones: la
enormemente placentera de estar en la clase de don Dionisio; los
amplios ventanales a través de los cuales veía el tren, muy lejano,
que bajaba de las montañas. Aquel tren no le gustaba. Quizás porque
intuía que algún día se lo llevaría para siempre jamás. También
recordaba la calidez de doña Pepita, su enorme paciencia, su pelo
tan rubio; y la tristeza cuando supo que se casaba y que se iba del
pueblo.
-La primera mujer que
me abandonó -se dijo sonriendo.
Nunca supo cómo se fue
del pueblo. Imaginó que, dado el momento, lo haría con el tren.
Sintió entonces unos enormes deseos de ir a la vieja estación. No
se lo pensó dos veces. Nevaba copiosamente. La estación estaba
totalmente cambiada, modernizada. Sólo el viejo reloj continuaba
igual y en el mismo sitio. Tal vez allí, mirando la hora, montara
doña Pepita en el tren para nunca más volver.
-Cuánto me gustaría
decirles, a ella y a don Dionisio, lo muy agradecido que les estoy
-dijo subiendo la cuesta que lo llevaba al pueblo.
Pero era tarde.
Seguramente ya habrían fallecido los dos. Recordó entonces la
muerte de su abuelo. Cerró los ojos y fue capaz de memorizar el
camino del cementerio, del nuevo. Pese a la nieve, cada vez más
espesa, se dirigió hacia allí. Dada la hora no creyó ni que
estuviera abierto, ni que pudiera entrar.
-Antes -recordó- todo
estaba abierto: mi casa, la iglesia, el cementerio. Ahora parece que
tenemos un miedo cerval unos de otros. Todo está cerrado.
Volvió a cruzar el
pueblo. Llegó al cementerio al cabo de una media hora. Estaba helado
pero feliz. Como intuyó, la puerta, de hierro, estaba cerrada. Se
quedó ante ella sin saber muy bien qué hacer. Le hubiera gustado
entrar, echar un vistazo por las lápidas y las cruces en busca de
sus familiares, tíos y abuelos, que reposaban allí.
-Tendré que volver de
día -se dijo emprendiendo el camino de regreso.
Hacía demasiado frío
como para esperar allí de pie. Y no le apetecía, por otra parte,
esperar a que abrieran algún bar y arriesgarse a que alguien lo
conociera y tener que entablar cualquier insulsa conversación. En
busca de su coche salió a la carretera. Por ella, recordó, venían
los Reyes Magos cargados con balones y sacapuntas que su madre había
encargado a una mujer que, siempre, por esas fechas, se iba a la
ciudad a visitar a sus hijos. Todavía reconoció la casa de dicha
mujer, vecina a la de doña Pepita y a su escuela. El pueblo era tan
pequeño. Lleno de melancolía lo volvió a recorrer una vez más. Lo
hizo sin descanso hasta que oyó toser a un vecino por una calle.
Entonces se marchó. El coche estaba cubierto por una fina capa de
nieve.
-¡Qué maravilla!
-exclamó poniendo el motor en marcha-. Y ahora regresemos a casa sin
música. En silencio. Oyendo caer la nieve de antaño.
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