LINCOLN
Vicente Adelantado
Soriano
Dejando a parte si la
película es histórica y fiel a los hechos, falsea la historia, o da
una visión positiva e interesada del presidente Lincoln, está claro
que estamos ante una buena película plagada de grandes actores y de
geniales interpretaciones. Con ellos, y con una buena contención
narrativa, más una más que notable ambientación y un buen guión,
Spielberg construye una notable historia que no sólo es creíble,
verosímil, sino también muy didáctica. Lo cual no quiere decir que
sea ni farragosa ni tendenciosa, pues en la cinta no se nos ahorran
los turbios caminos de la política, aunque, lógicamente, no se
puede profundizar en todos los temas tocados. Así el presidente
Lincoln aparece pintado como un hombre pragmático, capaz de saltarse
algunos acuerdos, o principios, con tal de llegar al objetivo fijado
y final: la abolición de la esclavitud. Y otros políticos votan las
decimotercera enmienda, la que impide tener esclavos, por intereses
tan bastardos como el dinero, cargos, prebendas o empleos. La
corrupción, desde luego, no es invento de los políticos españoles,
aunque estos hayan salido alumnos más que aventajados. Con el apoyo
de quienes no quieren ver la realidad, por supuesto, o miran hacia
otro lado.
Los primeros minutos de
la cinta, pese a todo, resultan un poco farragosos. Tal vez para un
americano no lo sean tanto. A nosotros nos falta información. Y,
claro, uno de los terribles defectos del cine es que no pueden poner
notas a pie de página: tiene que solucionar ese falta de información
a través de la imagen y de la palabra en directo. Y es aquí donde
falla la película, al menos desde un punto de vista de quien no
conoce en profundidad la historia de Estados Unidos. Superado este
escollo, Spielberg se centra ya en los últimos años de Lincoln, en
su pragmatismo político, en la lucha por abolir la esclavitud, y por
terminar con una guerra civil que estaba sangrando al país. No es
nada desdeñable, al respecto, el recorrido del viejo y cansado
presidente por el campo de batalla. No hay nada épico: hay
cadáveres, muerte y ruina. Tampoco resulta gratuito algo que nunca,
que recuerde, ha mostrado el cine: una carretilla transportando un
cargamento del que cae sangre. Son brazos y piernas amputadas, que
van a dar a una fosa común. Evidentemente había que acabar con esa
sangría. Lincoln, sin embargo, la supeditará a la abolición de la
esclavitud. Los políticos contrarios tratan de venderle la paz, de
chantajearlo con ella, y lograr, si cae en la trampa, la continuidad
de dicha esclavitud. Lincoln tuvo que escoger. Ahora bien, fue lo
suficientemente hábil, o tuvo tanta suerte, que pudo acabar con las
dos lacras.
Queda claro, también,
y en dos frases, que el fin de la guerra no supone que haya vencidos
y vencedores, sino que es el comienzo de una nueva era en la que
todos, afortunadamente, tienen cabida en la unión, en el país. Hay
que cambiar, eso sí, el sistema de producción basado, en el sur, en
la esclavitud.
Es de agradecer, en la
película, que en ningún momento se recurra al melodrama, a la
visión paternalista del esclavo; solamente sabemos que una criada de
niña la azotaban. Lo cual todavía le da más fuerza, si cabe. Uno
se pregunta cómo ha habido, y hay, personas capaces de considerarse
superiores a otros seres humanos sencillamente porque estos no hablan
su lengua, no tienen su mismo color de piel, o practican una religión
distinta a la suya. Lincoln lo explica muy bien cuando, en la oficina
de información, charla con dos jóvenes, y les habla de la igualdad
de las cosas recurriendo a Arquímedes. Hay personas, sin embargo,
que se niegan a reconocer esa verdad matemática.
Película, pues,
recomendable porque hace pensar. Genial, por otra parte, las
interpretaciones de todos, entre las que cabe destacar, cómo no, la
de Daniel Day-Lewis. No se quedan atrás ni Sally Field, ni Tommy Lee
Jones, ni ninguno del resto de los actores.
Lástima que Lincoln,
de verdad, no se propusiera, también, al tiempo que terminaba con la
esclavitud, acabar con las armas de fuego, y con la corrupción en
España. Algunos se lo hubiéramos agradecido mucho. Porque confiar
en que lo hagan nuestros políticos es pedir cotufas en el golfo.
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