DESEOS
Vicente Adelantado
Soriano
Este era mi sueño:
un campo no muy grande,
con un huerto y una
fuente perenne vecina a la casa,
y por encima de esta
un poco de bosque.
Horacio,
Sátiras.
Estaba
descubriendo, de mayor, un cierto placer en cosas que antes le
molestaban sobremanera. Ahora, acercándose ya a la vejez, aquellas
cosas tan molestas le resultaban agradables, gratas y hasta
simpáticas. De joven le incordiaba bastante, por ejemplo, que
alguien, sin su permiso, o dándoselo por compromiso, se sentara a su
lado, y se pusiera a hablarle llegando incluso a la osadía de
tocarlo y de contarle su vida. Creyó recordar por aquel entonces que
era don Ramón María del Valle-Inclán quien se definía a sí mismo
como confesor de princesas, o
algo similar. Y él, que siempre atraía al esperpento, al decir de
un amigo, como el hierro atrae al rayo, se vio relegado a la
categoría de confesor de acatarrados de la tercera edad, o de gentes
de poco pelo y menos sustancia.
-Princesas, lo que se
dice princesas, no he confesado casi nunca -se decía con un guiño y
un dejo de ironía-. Y tal vez no valga la pena. Al fin y al cabo,
¿qué van a contar?
A veces, sin embargo, y
sorprendiéndolo, le contaron cosas divertidas y llenas de picardías.
Sonrió evocándolas. Ahora bien, recordando a algunos de aquellos
acatarrados penitentes, se arrepentía a menudo de haber sido, de
joven, un tanto intransigente con ellos.
-Por culpa de esa
intransigencia -se decía con un dejo de amargura- no supe sacar
provecho de aquellas confesiones. Ni fui muy amable que digamos, que
es lo más importante.
Reconocía que, con el
paso del tiempo, se había vuelto más paciente y tolerante con las
personas, quizás porque ya no tenía nada que perder, ni siquiera el
tiempo, que sabía más que agotado.
-A mi edad -se decía
de vez en cuando- mi padre llevaba ya diez años enterrado. He
sobrevivido a bastantes amigos y a muchos conocidos. Y eso no me hace
nada feliz. Mi felicidad hubiera estado... ¿quién sabe dónde
hubiese estado?
Con la pregunta en los
labios recordó la vieja sátira de Horacio que tanto le gustaba, y
que tantas veces se repetía:
¿Por qué, Mecenas,
nadie está contento
con la suerte que le
ha proporcionado o bien su razón,
o bien la fortuna;
por qué nadie vive satisfecho,
y alaba a quienes
siguen caminos distintos al suyo?1
También recordó la
tarde en que se acordó de aquella sátira. Y que a su vez, como en
un endiablado juego de muñecas rusas, le hizo recordar otra lejana
tarde: iba entonces, con los libros bajo el brazo, camino de la
facultad. Llegaba tarde a clase, así que iba más que a prisa. Y de
golpe y porrazo, sin saber por qué, recordó a un amigo al que hacía
mucho tiempo que no veía.
-Y fue acordarme de él,
y darme de narices con su persona. Aquello fue el reinicio de una
bella amistad.
-A mí también me ha
pasado alguna vez -recordó que le contó aquella persona que, al
igual que muchas otras, se sentó a su lado una tarde, aunque esta
tuvo la deferencia de no estar dándole golpecitos en el brazo,
subrayados, cada vez que hablaba.
-Sí -reflexionó-. A
veces parece como si la mente nos avisará de las cosas que nos va a
suceder.
-Puede ser -le dijo
aquel anciano- que los antepasados tengan razón: si prestas atención
a las cosas, y a tu cabeza, sabes lo que va a suceder. Todos los
animales intuyen el peligro.
Sonrió con
escepticismo. Su compañero captó aquella sonrisa.
-Yo tampoco me lo acabo
de creer del todo -dijo-. Tal vez porque con el paso del tiempo,
vamos perdiendo facultades.
-Pero tenemos prótesis
-replicó con cierta ironía.
-En eso tiene razón
-asintió sonriendo.
-Pero me estoy
perdiendo -se dijo-. Tengo que rebobinar. Yo me estaba acordando de
la sátira de Horacio, sentado en un banco de un parque, cuando aquel
hombre se sentó a mi lado. Y comenzó a hablar. Me llamó la
atención porque lo que dijo estaba relacionado con lo que yo estaba
pensando; y por eso me acordé de aquella otra tarde, cuando al
acordarme de mi amigo, este se me hizo presente en carne y hueso.
-Sólo un hombre de mi
edad me puede entender -dijo por todo saludo en tanto se sentaba-. Y
ya sé que nada tiene importancia a estas alturas; pero como no tengo
otra cosa que hacer no hago más que darle vueltas a una cosa: no he
sido feliz en esta vida. Y lo más curioso del caso es que culpo a
mis padres de esa infelicidad mía. Sé que, en el fondo, no es así;
pero no lo puedo evitar.
Se quedó pasmado ante
semejante presentación. No era la primera vez que oía alguna que
otra confesión; pero nunca lo habían abordado de forma tan directa
ni decidida. Temió, como también le ocurriera alguna que otra vez,
estar sentado al lado de un loco. Se tranquilizó, pues no creyó que
pudiera hacerle mucho daño: ni el uno ni el otro estaban para hacer
uso de la fuerza, o para gastar excesiva saliva.
-Mis padres -continuó
el viejo penitente- eran labradores y pobres. Y se empeñaron en
emigrar y en venirse a la capital.
-Y usted no quería
salir del pueblo.
-¿Cómo lo sabe?
-Nos ha pasado a casi
todos.
-No, no quise salir del
pueblo. Me costó un serio disgusto hacerlo. Pero luego me pegó por
no querer regresar a él nunca jamás. Volví una vez, sí; y no sé
qué ideas llevaba en la cabeza, pero nada de lo que encontré era lo
que recordaba o esperaba... y no volví.
-Vale más un buen
recuerdo que una triste realidad.
-No sé qué decirle.
-Yo me estaba acordando
de una poesía en la que se viene a decir que nadie está contento
con su destino; y que siempre se envidia el del vecino, aun sin saber
qué opina este.
-Ni falta que hace: lo
más probable es que envidie al que lo envidia. Y así vamos pasando
la triste vida. Ahora bien -añadió- también pienso que de haberme
quedado en el pueblo, a estas horas estaría renegando de mis padres
por no haberme procurado un futuro mejor. Creo que estoy empezando a
chochear.
-Sí, siempre tendemos
a culpar a los otros.
-Tiene usted razón. Y
mire que cuesta de quitar ese vicio, ¿eh?
-Sí, es verdad. De
todas formas, se podía haber consolado con la lectura de la poesía
que yo estaba leyendo. Se cuenta en ella que un ratón de ciudad
convence a otro de campo para irse a vivir a la urbe. Allí, en una
casa, se sacian con los restos de un opíparo banquete. Hasta que los
perros comienzan a ladrar y a perseguirlos. Es tal el susto que el
ratón de campo prefiere más la vida tranquila de su pueblo, aunque
en él sólo tenga lo necesario para su sustento.
-Dudo que estando en el
pueblo hubiera podido leer algo así o de otra forma.
-Tampoco crea que son
muchos quienes lo hacen aquí en la capital.
-Porque ellos lo
quieren, y lo escogen así. Allí no hubiera sido yo quien lo hubiese
decidido.
-Entonces ¿Por qué se
queja de que sus padres lo sacaran del pueblo?
-Pues porque supongo
que me hubiese gustado que mi vida se desarrollara de otra forma.
-¿Cómo?
-No lo sé. De otra
forma. Quizás lo mejor sea no tener referentes para ciertas cosas.
¿Sabe? Yo tenía un amigo que todos los veranos se iba al chalet de
sus padres. Este estaba edificado al pie de una montaña de no muy
fácil acceso. Todos los fines de semana había muchos ciclistas
midiendo sus fuerzas con la dura carretera. Mi amigo todos los años
subía pedaleando a lo más alto del pico. Cuando coronaba la montaña
se sentía todavía ágil y joven. Y se alegraba mucho. Pero un año
murió su padre, se vendió el chalet, y él dejó de pedalear por
montes y carreteras. Envejeció tranquilamente, sin tener que
demostrarse nada. ¿Qué le parece?
-Y tal vez sin
amargarse. Es lo mejor. Eso y aceptar que algún día lo perderemos
todo. Hasta la vida.
-Sí. Tiene razón: a
veces me da la impresión de que somos como árboles. A lo largo de
las estaciones vamos perdiendo hojas, que son las ilusiones, las
esperanzas, los dientes, el pelo, y la vida.
-Hombre, pero los
árboles reverdecen.
-Y algunas ilusiones
también, ¿verdad?
-Sí, claro que sí.
-Yo me acuerdo muy a
menudo de cuando era un crío. La infancia es una edad mágica, ¿no
le parece? En el pueblo no es que fuéramos sobrados, pero todavía
nos daba para algo de ilusión. Me acuerdo muy a menudo de cuando
escribí mi primera carta a los Reyes Magos. No pedí nada del otro
jueves, y quizás por eso tuve cuanto pedí. Ahora bien, lo que más
me impresionó fue tener a mis órdenes a tres magos que lo único
que me exigían por un par de regalos era un comportamiento adecuado.
¿No es estupendo?
-Sí, sí que lo es.
Como también lo es, de vez en cuando, dejarse engañar. No, no se
asuste. Quiero decir que yo, ya de mayor, también les escribí una
carta a los Reyes Magos. Les pedía tiempo libre para leer y
estudiar. Yo quería ser sabio, como Salomón, pero por mis propios
méritos, no porque nadie me lo regalara... Por supuesto que no me
creí mi carta, aunque durante unos minutos disfruté con mi pequeña
broma.
-¿Y cómo se la iba a
creer? Más tarde o más temprano, salvo que uno esté mal de la
cabeza, loco de atar, se descubre que todo es mentira. Ni hay Reyes,
ni magia, ni nada de nada. Triste y dura realidad. Posiblemente la
infancia sea la única etapa en la vida en la que la palabra tiene
sentido. Dice lo que significa, o al contrario. Decir algo es
tenerlo. Es como aquellos verbos que me explicaron en una clase que
pronunciarlos era cometer la acción. ¿Sabe de lo que hablo?
-Sí, creo que sí.
Algo como que al decir yo juro, ya se ha jurado.
-Eso mismo. Luego, las
palabras se convierten en tapaderas, en mentiras. Ya no significan
nada, o significan lo contrario de lo que pone en el diccionario. Por
ejemplo, si un político le dice que no se van a subir los impuestos,
es que los van a subir.
-Con la iglesia hemos
dado, Sancho. Ni me miente a semejante calaña. Aunque tengo que
decirle que no hay mucha diferencia entre ellos y entre cualquier
otra agrupación, sea grupo, secta, asociación, tenida, y sea laica
o religiosa. Lo mismo da.
-Estamos buenos usted y
yo.
-Somos mayores,
estimado señor. De todas formas -dijo tras meditar durante unos
segundos- todavía hay sitios en los que la palabra equivale a una
verdad. Si entra en un bar y pide una cerveza, el camarero le servirá
una cerveza.
-Porque es un buen
hombre, o un ingenuo. Supone que tengo dinero; pero si supiera que no
lo tengo, me tiraría del local con cajas destempladas.
-Todos trabajamos por
el vil metal.
-Por supuesto. ¿Y qué
es la palabra sin dinero?
-No sé. Algo así como
la fe sin obras. Aunque con esto se puede engañar a todo el mundo, y
con aquello...
-Con aquello también.
Es un poco más complicado o difícil, pero no hay más que ver todo
cuanto ha sucedido con los bancos, los banqueros, los políticos y
los cargos públicos. Prometiendo el oro y el moro han robado y
estafado todo cuanto han querido y un poco más.
-Ha sido todo bastante
lamentable. Y en un país que se apellida católico.
-Ni católico ni
protestante. Religiones e ideologías a menudo no son sino tapaderas.
Y por eso pienso, a veces, que tal vez hubiera sido un acierto no
haber salido del pueblo.
-¿Qué quiere que le
diga? Es inútil lamentarse. Sea como fuere, ya no hay vuelta atrás.
-Eso es lo que tiene de
bueno la vejez: ya no hay una segunda oportunidad, ya no es posible
el fracaso. Es cuando uno vive y disfruta del día en toda su
plenitud, ¿no le parece? Nunca se sabe si se gozará del día de
mañana.
-Sí,
todo en esta vida cuesta mucho de alcanzar. Hasta el famoso carpe
diem.
-Y
si ya no se tiene el día de mañana tampoco pasa nada. Nadie lo va a
lamentar. ¿Sabe? Hace algunos meses vendí el piso en el que vivía,
repartí el dinero entre mis hijos, y yo me fui a una residencia.
Tenía dinero ahorrado para pagármela, no vaya a creer.
Fue
entonces cuando intuyó que comenzaba la verdadera confesión, y
cuando comenzó a preparar la absolución. La recordó: ego
te absolvo a
peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.
Vete y no peques más. Y echó de menos a aquella buena amiga, a la
que siempre absolvía de todo, y que siempre se recreaba contándole
un viaje a París con un hombre de usar y tirar. No pudo evitar
sonreírse. La buena mujer llenó París de rincones eróticos y de
posturas malabares.
-La vida tranquila
-prosiguió el otro- se logra cuando uno tiene o conserva su propia
independencia económica. Sí, ya sé lo que me va a decir: que
también esto cuesta mucho lograrlo. Y así es. Así es. Eso y no
molestar a nadie. Si me hubiera quedado en mi casa, es posible que
mis hijos estuvieran rezando para que yo me muriera. Y sí, están
muy bien educados, todo lo que usted quiera; pero el hombre es el
hombre. No se puede remediar. Así tienen el dinero, yo estoy
tranquilo en una residencia, y nadie reza porque muera o siga
viviendo. Y cuando me quede tieso, nadie respirará aliviado, ni
nadie lo lamentará. Espero. Será como si se desapareciera una
merluza o se cayera una hoja de un árbol.
Estaba claro que
semejante confesión no buscaba el perdón de los pecados, que no los
había, ni de nada. Era hablar por pasar el rato. No hacían mal a
nadie con ello.
-Yo también estoy en
una residencia -confesó él a su vez-. No es que allí haya la
calidez de un hogar, pero me dejan entrar y salir cuando quiero. Voy
al cine, vuelvo del cine y tengo la cena preparada y la cama hecha.
¿Qué más se puede pedir a estas alturas?
-¡Ah! Con eso ya es
más que suficiente. Más de uno se daría con un canto en los
dientes.
-Desde luego.
-Y además, como
pagamos, nadie nos puede chillar, aunque algunos renieguen. Pero como
decía el borracho de mi pueblo, cada uno es cada uno y cada uno se
comporta como quien es.
Y sin más se levantó
y se fue. Sin despedirse, ni tender la mano, ni añadir una sola
palabra. Estaba claro que las palabras, al menos, habían servido
para distraerse durante unos momentos.
-Y
para sentirnos un poco humanos -puntualizó levantándose él también
y recordando una vez más a Horacio, aunque ahora lo hizo en latín-.
Hoc erat in votis. Era
esto lo que deseaba. Y que la próxima vez sea una princesa quien se
se me acerque, aunque esté desdentada, porque a estas alturas
bastante hacemos con tenernos a nosotros mismos, aunque sea sin la
casa, la fuente ni el bosque. ¿Qué habrá sido de mi princesa de
París? Hace tiempo que no sé nada de ella. Seguro que sigue
pecando, o que, como a la madre Celestina, todavía le queda la
dentera. Ojalá sea así.
1Horacio,
Sátiras, I
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