UN CIERTO
DESCONTENTO
Vicente Adelantado
Soriano
Decía Quevedo, si no
me falla la memoria, que la última filosofía del saber reside en
aceptar aquello que viniere. No cabe más lógica ni más sentido
común. Imagino que, en esa frase, se encierra el consejo de tratar
de vivir de la mejor forma posible con lo que no podamos evitar. Mal
que bien he tratado de hacerlo así a lo largo de mi vida; a veces me
he convertido en mi propio conejillo de indias, y he descubierto que
don Francisco tenía razón; otras, he debido esperar la acción del
tiempo por más que me esforzaba por adaptarme para actuar como pedía
Quevedo. También me he percatado de que los consejos tardan en
calar: son los repetidos desengaños, o las repetidas acciones
erróneas, las que llevan a una persona a cambiar el enfoque de
ciertos aspectos de su vida, o la forma de actuar.
-¿Y ha encontrado
usted la tranquilidad o algo que se le parezca? -me preguntó una
perspicaz doña Paquita una tarde de lluvia, solos los dos en la
pequeña salita.
-No, por supuesto que
no. Usted sabe que eso de la tranquilidad de espíritu sólo se
consigue con los años, con el paso del tiempo.
-Con la vejez, vamos
-me dijo sonriendo.
-Sí, ¿por qué no?
Con la vejez. Todas las edades tienen sus cosas buenas. Y esta
también, claro. Pero hay cosas que resisten.
-Siendo joven -me
confesó cerciorándose de que estábamos solos- a veces me asustaba
llegar a esta edad, tan próxima ya a la muerte.
-Creo que esos temores
los hemos tenido todos. Y todos, creo, nos hemos quedado desolados en
algún momento de nuestras vidas.
-Sí, es posible que
tenga usted razón. Yo, en esos instantes, trataba de imaginar lo que
sentiría un reo cuando van a buscarlo a la celda para ejecutarlo.
-Deben
de ser unos momentos terribles. Pero también es una situación que
no tiene vuelta atrás. No sé lo que haría en esas circunstancias,
no lo sé. Pero, desde luego, es mejor aceptar lo inevitable... Por
más que chille y forcejee el reo no van desistir de llevarlo hasta
el cadalso. Me acuerdo, ahora que lo ha nombrado usted, de la
ejecución de un personaje galdosiano, un pobre maestro viudo, y cuyo
hijo ha muerto en las guerras contra el Narizotas... Acepta la muerte
con tal entereza, y sin aceptar la mediación de la iglesia, que
hasta los frailes lo declaran loco.1
-No recuerdo esa novela
-me dijo doña Paquita sonriendo-. Pero sí me acuerdo de otra que me
impresionó a mí tanto como a usted la impresionó la de Galdós.
-No he dicho que me
impresionara...
-De no haberlo hecho
-replicó sonriendo- no lo recordaría. No hace falta que añada “a
esta edad”.
-Tiene usted razón.
Prosiga.
-A
mí se me quedó grabada a fuego la ejecución del padre del buscón
don Pablos, ¿se acuerda usted? Aquel subir con arrogancia las
escaleras del patíbulo; el detenerse para advertirle a su hermano, y
verdugo suyo, que un escalón está hendido y que lo remocen ya que
no todos tienen su hígado; el decirle al teatino que rece un poco de
credo por no parecer prolijo...2
-Sí, me acuerdo, me
acuerdo. Y cómo contrasta esa escena con la ejecución de Riego.
Esta es menos conocida.
-Hoy estamos un poco
macabros, ¿no? -me preguntó sonriendo.
-No veo porqué no
podemos hablar de la muerte de la misma forma, o con la misma
naturalidad, que hablamos de otras cosas.
-Es
cierto. Y abundando en eso, ¿no le parece que la muerte más
ejemplar es la del pobre don Quijote? Siempre se ha dicho, y repetido
hasta la saciedad, el tópico de que don Quijote es la sátira de las
novelas de caballerías; pero en la muerte de Alonso Quijano está
encerrada la buena muerte, propia de la Edad Media, y de los
caballeros medievales. ¿No le recuerda a usted la actitud de don
Quijote la del Condestable relatada por su hijo en las Coplas
a la muerte de su padre?
-Pues
ahora que lo dice -respondí un tanto sorprendido.
-¡Claro! Y es la misma
muerte, aunque en un escenario distinto, de Roldán, aquel Par de la
dulce Francia.
-Sí,
es verdad -dije sin recordar muy bien las lecturas que evocaba doña
Paquita-. Y contrasta todo esto -añadí refiriéndome sobre todo a
la ejecución de don Patricio Sarmiento- con la muerte que le
infringieron al pobre Riego, el que se sublevó contra Fernando VII
en las Cabezas de san Juan.3
-Yo -me dijo con una
sonrisa de disculpa- no he leído a don Benito con tanta intensidad
como usted.
-No se puede ser
sublime sin interrupciones -bromeé-. El pobre hombre -proseguí
hablando del general Riego- pidió perdón y clemencia cuando fue
capturado por las tropas de Fernando VII; pero el Narizotas no estaba
dispuesto a olvidar que Riego fue uno de los que, en Cádiz, pidió
que lo declaran inepto, enajenado e incapaz de reinar; y lo hizo
ahorcar... El pobre general tuvo que ser arrastrado hasta la horca,
llevado en un serón.
-¡Pobre! -exclamó
compasiva la buena mujer.
-Creo que era un
ingenuo. Nunca, leyendo el relato de Galdós, se me ha ocurrido
tildarlo de cobarde.
-Eso de la cobardía y
de la valentía es tan sutil.
-Yo creo que, en el
fondo, el general no se creía lo que le estaba sucediendo: no había
hecho daño a nadie, había luchado por las libertades... Aunque,
claro, lo hizo en un país que echaba vivas a las cadenas y mueras a
la libertad.
-¡Ah, la ignorancia es
muy atrevida! Hace muchos años, al poco de terminar la carrera,
estuve trabajando en un colegio de monjas. Los alumnos llevaban
uniforme. Pero un año a las monjas se les ocurrió abrir la mano, y
dejaron que los alumnos mayores fueran sin el susodicho uniforme. A
los pocos días estuvieron a punto de expulsar a una alumna por la
ropa que llevaba. Yo tampoco lo comprendía. No entendía cómo su
madre la dejaba salir vestida de esa forma... Coincidí con esa
alumna en dirección. Allí, estando solas, reivindicando el ir como
le diera la gana, me hizo un canto y alabanza de Franco y del
franquismo. Estando él en el poder, me dijo, nadie le hubiera dicho
qué ropa tenía que llevar y cómo la debía llevar.
-Desde luego. Hubiera
ido tapada de arriba abajo.
-Sí, pero para ella la
dictadura que alababa, y que no conocía, significaba lograr todo
aquello que las monjas le prohibían. Ignorancia, qué atrevida eres.
-¿Y qué es nuestra
vida más que una eterna ignorancia? Algunos ni viviendo catorce o
quince vidas llegaríamos a alcanzar el más mínimo sentido común,
o la más mínima de las sabidurías. ¿No es terrible irse de este
mundo sin comprender nada ni saber nada?
-¿Qué quiere que le
diga? A veces me sucede lo mismo que a usted. Y me lleno de tristeza.
-Es una pena -dije
intentando bromear- que no nos conociéramos cuando teníamos veinte
años.
-¿Por qué? ¿No fue
usted feliz?
-Sí, lo fui con quien
me tocó serlo. Y mucho.
-Yo también. Demos
gracias ahora por poder tener estas conversaciones mientras la salud
nos lo permita. Y no nos lamentemos por aquello que no podemos
cambiar, y que, tal vez, ni lo deseamos.
-Parece usted Quevedo
reencarnado. Tiene usted razón. Lo que quiero decir -volví a
retomar el tema de nuestra conversación- es que el general Riego no
contaba con que el ser humano es voluble, acomodaticio; y que muchas
veces no le interesa ser libre porque es más cómodo no serlo: así
no tiene que pensar ni preocuparse por nada.
-Entiendo que usted
quiera salvar al señor Riego; pero en un general no me cuadra mucho
el miedo a la muerte. ¿Qué quiere que le diga?
-No sé. Tal vez tenga
usted razón; y, en el fondo, sea todo ignorancia, no saber dónde
estamos ni el mundo que habitamos. Problemas que, por desgracia, no
soluciona la escuela ni la universidad.
-La que usted y yo
hemos conocido. Pero hay otras, o debería haberlas.
-¿Y usted cree que
serviría de algo?
-Si no lo intentamos,
no lo sabremos.
-¿Sabe? Una de las
cosas que más me ha apasionado en mi vida ha sido la historia. Pero
no la historia contada a grandes rasgos, en voluminosos manuales, y
largos capítulos dedicados a la evolución de la economía, y todo
eso. No. Cada día me gustaban más y más las historias
particulares, aquello de cómo era la vida cotidiana en la Edad Media
o en siglo XIX. Me resultaba más interesante tropezarme con un
diario de una persona desconocida, o con cartas de la época. Por eso
me interesó tanto Pérez Galdós, dejando de lado sus grandes
méritos como gran novelista.
-Es posible que se
puedan conciliar las dos cosas, ¿no cree?
-Yo
tuve esa sensación cuando estudié el siglo XIX y leí, al mismo
tiempo, a don Benito. Es una pena que no exista lo mismo para otras
épocas. Este país necesita más Episodios
nacionales.
-Quizás no haya un
estudio tan sistemático, pero sí que habrá otras obras u otros
medios para aproximarse al hombre medio. A través, por ejemplo, del
teatro y de la novela. Y de la poesía, por supuesto.
-Sí, en eso tiene
usted razón -le reconocí-. Las ciencias y las artes son
complementarias las unas de las otras. Pero a lo que yo me refería
es que, muy a menudo, la historia se nos va por los cerros de Úbeda.
-Usted me dirá a dónde
quiere llegar.
-No, no quiero llegar a
ningún sitio.
-Entonces es esto un
simple cambio de impresiones.
-Nunca mejor dicho. Un
cambio de impresiones. Mire -dije animándome por unos segundos, como
si hubiera estado perdido y hubiese dado con el camino que lleva a
casa- hace algunos años, cuando el país estaba envuelto en uno de
los tantos y tantos casos de corrupción, y los partidos políticos
andaban a la greña, y los periódicos defendiendo a sus sucios y
oxidados paladines, di yo en leer un libro de historia.
-Intuyo de lo que me va
a hablar -dijo doña Paquita con un mal disimulado gesto de
fastidio-. Y me sorprende un poco en usted.
-No, no tema
-respondí-. No voy a recurrir a lo facilón. Me interesa la
historia. Y el estudio o discusión de que, tal vez, el pasado no
exista: todo es presente e invención de ese presente.
-Creo que lo entiendo,
pero ¿puede ser un poco más explícito? A veces me cuesta mucho
entender a Quevedo, o a otro autor de su época. Y no creo que sean
creaciones del presente...
-No sé muy bien cómo
explicarlo -le confesé-. Creo que lo mejor será ir a la anécdota
pura y dura. Mire, cuando yo comencé a ir a la escuela, hace
millones de años, los críos llevábamos una gruesa enciclopedia en
la que había de todo.
-Sí, la recuerdo.
Todavía tengo un par de ellas por casa. Están nuevecitas, por
cierto.
-Recordará entonces
que en las lecciones de historia de dicha enciclopedia se narraban
las gestas de Viriato.
-No me acuerdo muy
bien, pero tiene usted toda mi confianza.
-Gracias. La dichosa
enciclopedia no podía ser más tendenciosa. Por ejemplo colocaba a
Séneca entre los españoles famosos en el Imperio Romano, y hablaba
de Viriato como el libertador de Castilla.
-Eran cosas de la época
-dijo con una sonrisa-. Y hay que saber desligarse de ellas. De esa y
de otras.
-Evidentemente.
Recuerdo una tarde de invierno... Cada vez desconfío más de mis
recuerdos; pero... sí, nevaba. Hacía frío. Cerca del estrado de
don Dionisio, mi buen e impagable maestro, ardía la estufa. Y este,
de pie, como dándonos un regalo, nos contaba la historia del
caudillo lusitano.
-Del
Terror
romanorum -dijo
doña Paquita sonriendo, como si hubiera recuperado un millón de
recuerdos-. Estuve en Zamora hace muchos años, con mi marido; vimos
la estatua de Viriato en alguna plaza o parque, y nos hizo mucha
gracia. Yo sentí pena: pobre hombre, con el frío que hace en
Zamora, y me lo tienen allí casi en ropas menores.
-¡Qué
sería de este mundo sin las mujeres! -murmuré esperando que
siguiera ella con sus recuerdos. No lo hizo. Continué yo tras un
breve silencio-. Don Dionisio, lo recuerdo perfectamente, nos contó
las andanzas del pastor lusitano, y los enfados de los romanos por no
poder vencerlo en ninguna batalla. Y nos contó el asesinato del
caudillo a manos de tres de sus generales y allegados. A estos los
romanos les habían prometido darles dinero a cambio de la cabeza de
Viriato. Pero cuando llegaron al campamento romano, el centurión les
dijo, con mayúsculas, como aquel que siente que está hablando para
la Historia, que Roma
no paga a traidores.
Y se produjo la catarsis, y todos nos quedamos contentos y
satisfechos, pese a la muerte de aquel buen hombre.
-Y ahora ha descubierto
-dijo doña Paquita adelantándose a lo que yo quería contar- que
Viriato formaba parte de las fuerzas oscuras, de la negra tradición
de este país.
-No la entiendo -dije
sorprendido-. ¿Qué quiere decir?
-Me temo que me va a
montar usted el paralelismo de Viriato con el Cura Merino o con los
guerrilleros, los defensores de la patria, y va a criticar a Larra, a
Goya y a todos los afrancesados, que, al parecer, la querían perder.
Doña Paquita me dejó
perplejo y sin habla durante unos segundos.
-No se me había
ocurrido semejante visión de las cosas -le confesé-. Y no creo que
sea muy afortunada.
-Perdóneme. No tenía
que haber dicho nada. Tiene razón: es un tanto descabellado comparar
a unos con los otros.
-Ignoro
-dije de todas formas- si Roma representaba en aquellos momentos la
cultura y la civilización opuesta a un pueblo de pastores, atrasado
e inculto, como sucedía con la Francia del siglo XIX con respecto a
la España de Larra y de Fernando VII. No lo sé. Sé, por el
contrario, que leyendo la historia de la conquista de Hispania por
parte de Roma, rara vez aparece esa virtud, los valores del
patriciado, la justicia, la equidad, y todas esas palabras tan
bonitas puestas en boca de Cicerón4.
Y que según él eran los valores de los hombres de la República.
-Las guerras justas y
entre caballeros no existen más que en las novelas de caballerías.
Nada más inhumano y bestial que una guerra, sea la que sea.
-Estoy
de acuerdo con usted. Y quien lo dude no tiene más que leerse los
Episodios
nacionales, de
don Benito. Pero yo no quería hablar de la guerra. Afortunadamente
usted y yo nos vamos a morir sin haber conocido ni una. Vamos a tener
esa suerte. Yo, ahora, quería centrarme en cómo tres personajes,
allá por el año 128 o 130 antes de Cristo, fueron capaces, por
dinero, de traicionar a su jefe y amigo, y de vender a su pueblo
entero.
-El eterno tema: la
ambición y la corrupción. Y la conciencia que se acalla con un
montón, a veces con un simple montoncito, de monedas de oro. Hasta
Dios fue traicionado. ¿A qué barbaridad no se atreverá el ser
humano?
-¿No es triste que
siempre se esté repitiendo la misma y vieja historia?
-Fatigoso sí que es.
¿Y qué hubiera hecho usted con los traidores de Viriato?
¿Condenarlos a muerte como al general Riego?
-Me horrorizaría
decidir sobre la vida y la muerte de nadie... Yo los hubiera enviado
a vivir con los romanos.
-Usted, querido amigo,
tal vez hubiera perdido todas las batallas.
-No, yo nunca hubiera
tenido poder. Además, seguro que me hubieran matado en el primer
encuentro. No lo lamento. Me hubiera liberado de muchas penalidades.
-No le quepa duda.
Luego, eso sí, aparecerán los romanceadores de novelas de
caballerías y nos hablarán de la lucha por la libertad, por la
dama, por el Unicornio o por acabar con las fuerzas del mal.
-Como no nos matemos a
nosotros mismos lo llevamos claro.
-Sería mejor que
leyéramos a don Francisco de Quevedo y tratásemos de recordar la
poca distancia que media entre la cuna y la sepultura.
-Yo
también pondría, como libros de lectura, los Episodios,
de
don Benito, seguido de algunos libros de Manuel Chaves Nogales. Hablo
de libros como A
sangre y fuego o
El
maestro Juan Martínez que estuvo allí.
-Menos mal que ya
estamos jubilados.
-Sí, menos mal.
-¿No echa de menos dar
clases?
-No. En absoluto.
Viendo el comportamiento de muchos alumnos me volvía más pesimista
de lo que ya era. Mentían, negaban lo evidente, hacían trampas y
todo tipo de memeces con tal de salvar una nota o de salir indemnes
tras haberle robado el móvil a cualquier compañero... Así, lejos
de ellos, ni me acuerdo de lo que debo ni de lo que me deben. O dicho
en román paladino: ojos que no ven, corazón que no siente.
-Sí, nos hemos ganado
nuestra parcela de paz y tranquilidad.
-Y hemos de continuar
cultivándola. Tenemos que seguir hablando. Es muy importante la
tranquilidad.
-Cuente usted conmigo
para eso.
-Cuento con usted. Y
muchas gracias por su compañía.
-Lo mismo le digo.
1El
personaje está hablando de don Patricio Sarmiento, cuya ejecución
narra Galdós en el episodio titulado El terror de 1824. Véanse
los capítulos XX y ss. Nota del autor
2Doña
Paquita está contando la ejecución del padre de don Pablos, véase
Francisco de Quevedo, El buscón, cap
VII. N.del A.
3Una
vez más el personaje se refiere al episodio de Galdós El terror
de 1824. La ejecución del
general Riego se narra en el memorable capítulo V.
4Puede
verse al respecto Guerras ibéricas, Aníbal, de
Apiano. Traducción de Francisco Javier Gómez Espelosín, Madrid,
2006, p. 127 y ss.
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