EL CHICO DEL
PERIÓDICO
Vicente Adelantado
Soriano
A
los pocos segundos de comenzada la película de Lee Daniels, se
percibe en la sala la presencia del espíritu del viejo rey Salomón,
que llega cansado de no se sabe dónde, pero de tierras muy lejanas.
Aparecido por el cine, agazapado en la oscuridad, no tarda en surgir
su sabia y profunda voz para anunciar que no hay nada nuevo bajo el
sol. Alguna vez le han chistado algunos espectadores; y otras se ha
tropezado con una débil oposición diciéndole que sí hay cosas
novedosas en este gastado y viejo mundo. Y la más novedosa de todas
esas cosas es nuestro irrepetible e impagable protagonismo. Lo que
sucede es que ese protagonismo, demasiado a menudo, está lastrado
por una cultura o una civilización que no se ha sabido asimilar, que
no ha producido nada nuevo por cuanto que es más fácil filmar lo ya
filmado, narrar lo ya sabido, que buscar una nueva visión, un nuevo
enfoque, distinto y acorde con los tiempos que vivimos. No ofrece
nada nuevo El
chico del periódico.
Toca esta cansina película la vieja tecla del condenado a muerte sin
haber tenido, al parecer, un juicio con todas las garantías legales.
Y ahí, como siempre, aparecen los periodistas dispuestos a parchear
a la ley, a componerla y ha demostrar con su tenacidad que, pese a
todo, el sistema funciona. Nada nuevo bajo el sol, evidentemente. Y
como el tema era manido; y, al parecer, querían darle un sesgo
nuevo, los guionistas, el propio autor de la novela, Peter Dexter y
el director de la película, comienzan a tocar las teclas del viejo y
gastado piano. Y suena la música. Aquí prometen una sinfonía, allá
un cuarteto, luego una ópera, y, al final, queda en un no nada:
anunciar muchas cosas, prometer alguna y no cumplir ninguna. Viendo
moverse a los personajes de aquí para allá y de allá para acá no
se sabe si están cuestionando la pena de muerte, el racismo, o si lo
denunciado es el periodismo, las relaciones humanas, el sexo... o si
algo de cuanto acaece en la pantalla le importa a alguien, que parece
que no. Mientras, cómo no, tenemos el lenguaje pretendidamente
realista de este tipo de cine: follar,
chupar la polla, pegar un polvo, negrata...
Y no falta, hasta ahí podríamos llegar, desnudos en el retrete, el
homosexualismo y los peligros que este comporta. Ahora bien, en la
película todo sucede sin que se sepa bien por qué sucede, ni unas
acciones tienen relación con las otras. Es decir, igual que sucede
una cosa podía suceder la contraria, o nada, porque los personajes,
si es que los hay, parecen pobres muñecos en manos de un guionista
que no sabe qué hacer ni por dónde tirar en tanto absurdo cruce de
caminos. Nos quedamos con las ganas de saber porqué actúan como lo
hacen, y no de forma diferente. Así que, de golpe y porrazo, y sin
venir a cuento de nada, el chico que está en el corredor de la
muerte es puesto en libertad, pese a que todo lo tenía en su contra;
busca a la chica mala, ya se pueden imaginar ustedes para qué,
exacto para un par de escenas más de sexo un tanto deslavazado; el
periodista bueno es encadenado, desnudo, por supuesto, por unos
negratas homosexuales como él, al parecer, y apaleado; y el negrata
malo, periodista, publica el artículo sobre el condenado a muerte
sin contrastar la información porque en el mundo del periodismo
predominan las prisas, ya que el periódico tiene anunciantes.
Suponemos que todo esto es una crítica al periodismo actual. Y
suponemos que, al final, hay una especie de venganza poética,
corrección de lectura, a Testigo
de cargo, por
cuanto el chico que estaba en el corredor de la muerte vuelve a él,
y es achicharrado en la silla eléctrica por haber matado a quien no
debía. Por si esto fuera poco, la voz en off de la criada nos cuenta
que el chico del periódico se ha vuelto a encontrar con su madre en
el entierro de su hermano, el que era homosexual. Y suponemos que ya
es feliz. Echaba de menos a su mamá. De ella solo conservaba un
anillo. Ahora, con el anillo, y la mano que lo sustenta, ya es feliz.
El espectador también lo es no por haber hallado a su progenitora
sino porque se ha terminado la película, y ha visto al viejo Salomón
incorporarse lentamente diciendo aquello de “ya
te lo había dicho yo.” Hay
que reconocer que en este caso ha tenido razón el sabio Salomón.
Pero no perdamos la esperanza. Otra vez será. Sabido es que, en esta
vida, hasta los Reyes Magos se equivocan. A mí, al menos, hace años
me dejaron un balón que yo no había pedido. Otra vez será.
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