LA DUDA SEMPITERNA
Vicente Adelantado
Soriano
Entonces yo era un
niño. Creía a la gente cuando decía que iba a hacer cosas por mí.
Desde entonces he aprendido.
William
Faulkner, El
ruido y la furia.
Aquella
tarde salí del cine convencido de que la película que había visto
no valía nada. Me pareció una tomadura de pelo carente de interés
y de gracia. Y encima me había producido un fuerte dolor de cabeza.
No obstante, en el ascensor, la sala donde la proyectaron estaba en
la última planta, dos jóvenes comentaron las excelencias de lo
visto en la pantalla. Resaltaron aspectos de la película que a mí
me parecieron denigrantes, malos y sin ningún sentido. Por supuesto
que no intervine en la conversación. Ni ningún músculo de mi cara
reflejó mi descontento con sus palabras. Mentalmente refuté todos y
cada uno de sus razonamientos. Ahora bien, las palabras de aquellos
jóvenes me hicieron pensar en cómo había cambiado yo a lo largo de
los años. No sé si para bien o para mal. Me acordé de muchas cosas
de mi pasada juventud, que fui anotando en mi libretita en la parada
del autobús, y cuando este se detenía para que subieran o bajaran
más pasajeros. Pensé que algunos de aquellos intranscendentes
pensamientos podía dar pie a alguna pequeña discusión con mis
queridos compañeros de residencia. Quedamos para hablar esa misma
noche, después de la cena: a nadie nos gusta acostarnos con el
estómago lleno, y a ninguno nos resulta agradable la pobre
programación que nos ofrece, noche tras noche, la nefasta
televisión. Llegué al salón acompañado de mi libretita.
-Yo
-dije planteando inmediatamente el problema que me acuciaba- de joven
era una persona muy insegura.
-Cuidado
con lo que dice -intervino doña Paquita con su hablar lento y
pausado- porque de esas palabras podemos deducir muchas cosas.
-A
estas alturas, como usted comprenderá, no me importa mucho las
conclusiones que ustedes puedan sacar sobre mi persona. Y no porque
no los aprecie -me apresuré a añadir por temor a parecer
descortés-, sino porque no voy a tratar de imponer mi visión de las
cosas, ni me da miedo lo que otras personas opinen de mí.
-Es
lo mejor -dijo ella-. Yo muy a menudo, en nuestras conversaciones,
tengo presente una novela que releo con cierta asiduidad: La
novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, de
don Miguel de Unamuno, ¿la conocen ustedes?
Durante
unos segundos, como niños cogidos en falta por el maestro,
permanecimos en silencio y con la cabeza baja.
-No
-intervine yo-. Y creo que es esta la segunda o tercera vez que nos
habla de ella, así que la tendremos que leer.
-Se
la puedo prestar yo.
-Gracias;
prefiero comprarla. Siendo mía la podré subrayar y anotar. Perdone,
pero es un defecto de juventud que conservo con cariño y orgullo.
-Me
parece muy bien. Cómpresela. Pero lo he interrumpido. Estaba usted
diciendo que de joven era un persona muy insegura.
-Sí.
Pero ahora me intriga por qué ha nombrado usted a don Miguel de
Unamuno.
-Porque
don Miguel de Unamuno -explicó muy didácticamente- decía, más o
menos, que cada uno de nosotros tiene una imagen de sí mismo; y de
esa imagen selecciona lo que le interesa para presentarlo a los
demás; y los otros leen, se quedan e interpretan, lo que les
conviene, o les resulta más atractivo.
-Total,
que es imposible conocernos los unos a los otros. E incluso a
nosotros mismos.
-Al
menos lo podremos intentar -intervino el señor Jordi.
-Sí
-admitió doña Paquita con un brillo en los ojos que ya sabíamos lo
que anunciaba. No nos defraudó. Tuvimos cita literal-, pero buscando
ser sinceros -continuó-, sin sofismas. No provoquemos que nadie diga
lo que dice él en su novela: huyo,
no de ver huellas de pies desnudos de hombres, sino de oírles
palabras de sus almas revestidas de necedad, y me aíslo para
defenderme del roce de sus tonterías.1
-A
veces no se está muy seguro de poder evitarlas, ¿no le parece?
-volvió a intervenir el señor Jordi-. Una vida sin alguna que otra
tontería sería como una ensalada sin sal o una tortilla sin huevos.
-Evidentemente
-dije yo- ni todos los tiempos son uno, ni todos pacemos con los
mismos pastores. Tampoco todas las tonterías tienen el mismo
calibre. Por otra parte, una persona sensata, virtuosa, hasta en los
peores momentos dejará constancia del metal de su alma.
-Todos
y en todo momento -respondió doña Paquita- hacemos patente la
materia de la que estamos hechos.
-Bueno
-le replicó el señor Jordi un tanto nervioso-, usted sabe que hay
veces en que las circunstancias nos pueden, y decimos cosas que no
hubiéramos pensado...
-Tal
vez suceda así -le respondió doña Paquita viendo que se quedaba
sin palabras- porque hemos vivido siempre no como somos sino con el
temor al qué dirán. Y en un momento determinado, nos sale del alma
nuestra verdadera naturaleza. No sé si me he hecho entender.
-Creo
que sí -le dije yo-. Yo, al menos, interpreto sus palabras como que
la persona sensata se comporta con sensatez hasta en el momento de su
muerte, o en los momentos más terribles de su existencia. Es como la
campana que siempre suena igual, aunque a veces toque a rebato, otras
suene en las procesiones y otras en los funerales.
-¿Y
esa sensatez no puede variar con el tiempo, como todo en este mundo?
-preguntó el señor Jordi.
-Por
supuesto. Todo cambia -le respondió doña Paquita, a quien, de
nuevo, le volvieron a brillar los ojos: Porque
he de confesarte, Felipe mío, que cada día me forjo nuevos
recuerdos, estoy inventando lo que me pasó y lo que pasó por
delante de mí. Y te aseguro que no creo que nadie pueda estar seguro
de qué es lo que le ocurrió y qué es lo que está de continuo
inventando que le había ocurrido. Y ahora yo, con la muerte de don
Sandalio, me temo que estoy formando otro don Sandalio. Pero ¿me
temo?, ¿temer?, ¿por qué?2
-Ya
que habla de la muerte -le dije apenas hubo terminado su cita-,
tenemos con ella el ejemplo más fehaciente de lo que estamos
diciendo.
Me
percaté enseguida del gesto del señor Jordi. Me pareció
conveniente dar un pequeño rodeo.
-Creo
que sé a lo que se refiere -me ayudó doña Paquita.
-No
recuerdo la edad que tenía -comencé a divagar- cuando estrenaron en
los cines la película de David Lean, Doctor
Zhivago. Era
un crío, desde luego. Mis padres fueron al cine a ver dicha
película. Y cuando llegaron a casa, lo primero que hizo mi madre fue
amonestarme para que yo fuera capaz de llorar como había llorado el
niño Zhivago en la muerte de su madre, allá en las frías estepas
rusas. Me acusó, en vida, de mi incapacidad para dolerme de su
futura muerte, como se había dolido el protagonista de la película.
Era aquella una idea machacona por parte de mi señora madre. Se
burlaba de mí porque no me imaginaba capaz de sentir un fuerte
dolor, y de llorar como ella creía merecer.
-Hay
gente, desde luego -dijo doña Paquita- que disfruta preparando su
funeral.
-Tal
vez sea una forma de huir de la muerte -intervino el señor Jordi.
-Siempre
he sospechado que había otros problemas. Y más graves.
-Ya
le he dicho que fuera con cuidado con lo que nos contaba.¿Y qué
hizo usted? -quiso saber doña Paquita cambiando de tono y
guardándose sus íntimos pensamientos, que yo leí perfectamente.
-Por
lo que recuerdo -repuse ateniéndome a lo que decíamos- debí
defraudar mucho a mi madre. Lloré, desde luego. No lo pude evitar.
Pero no hice nada más. La suya, como la de todos, fue una muerte
anunciada. Y ni hubo pope, ni incienso, ni cantos litúrgicos o
fúnebres; no sonó ni una triste balalaika.
-Además,
de nada le hubiera servido lamentarse o rasgarse las vestiduras, ¿no
cree?
-Es
cierto. Yo, a fin de calmar a su espectro, o a mis recuerdos, hubiera
contratado los servicios de unas plañideras para que lloraran y se
mesaran los cabellos, e hicieran todo aquello que a mí no me salía
hacer.
-Es
usted frío hasta en la muerte -me dijo el señor Jordi.
-Bueno,
si usted lo quiere ver así... Ahora bien, prefiero más comportarme
de esta manera, que no como se comportó la semana pasada esa señora
a la que se le murió su hermana.
-Sí,
fue un poco triste, o más bien lamentable -sentenció doña Paquita.
-Siempre
lo es la muerte -añadió el señor Jordi.
-No,
no estoy de acuerdo -dije yo- Y lo triste no fue la muerte de una
persona ya mayor, y aunque hubiera sido joven, lo mismo me da; lo
penoso fue la reacción de quien quedó con vida.
-Es
muy fácil juzgar a los demás.
-Tiene
razón. Perdóneme. Pero también yo conozco a la muerte bien de
cerca. Y no me dirá usted que no es una memez amenazar a su Dios
diciendo que ya no existe, que ha perdido la fe porque una persona ha
muerto. ¿Dónde está escrito o consta que vamos a ser eternos?
¿Acaso no fue ese mismo Dios quien permitió la muerte de su muy
amado y unigénito hijo?
-Bueno
-quiso justificarla el señor Jordi, que era amigo de ella- son cosas
que se dicen en un determinado momento, y a las que no hay que
conceder más importancia.
-No
veo porqué no -intervino doña Paquita-. Tan significativo es eso
como el que una madre le pida a su hijo que llore en su entierro. Y
es posible que, en el fondo, todo sea lo mismo: miedo a la muerte,
¿no le parece?
-Sí,
por supuesto -asentí adivinando el pensamiento que no había
formulado-, miedo que se traduce en forzar a la naturaleza a que se
comporte según nuestros deseos.
-Ya
le he advertido anteriormente -me dijo doña Paquita- que fuera
cuidadoso con lo que iba a contar. Se nos está retratando usted.
-Como
comprenderá, y he dicho ya, a estas alturas no me importa lo más
mínimo. Ahora bien, me ha preocupado la cita que ha hecho usted de
don Miguel de Unamuno. Así que yo quisiera ofrecer no la imagen que
yo quiero, ni la que deseo que vean ustedes, sino la verdadera, si es
que existe.
-La
verdad, ¿y qué es la verdad? Esa verdad se refleja en mí...
-Muy
sencillo, que auriculas
asini Mida rex habet. Quizás
no podamos pasar de ahí, ni comprobarlo, pues igual nos cuesta la
vida. Y si descubrimos la verdad, una verdad, se la diremos a los
juncos. Así nadie se nos ofenderá -dije mirando al señor Jordi
molesto conmigo por lo que había dicho de la señora mayor, con
quien él tenía una cierta amistad.
-No
me han molestado -dijo- sus palabras sobre ella.
-Tampoco
ha dicho nada ofensivo -intervino doña Paquita-, lo cual nos lleva
al principio de la conversación. Dejemos las orejas de Mida en paz.
Había dicho usted -se dirigió ahora a mí- que de joven era usted
una persona muy insegura.
-Sí,
es cierto.
-No
me extraña -dijo-. Si estuviéramos en una probable tutoría en el
instituto le diría que su madre de usted lo tiene completamente
dominado. O intenta dominarlo por todos los medios posibles.
-Tal
vez no fuera usted muy desencaminada.
-¿Y
por qué cree usted -preguntó incisivamente- que se producen esos
deseos de dominación?
-¿Ha
conocido usted -pregunté a mi vez- a alguna persona feliz que
necesite tener sojuzgados a sus semejantes?
-¿Ha
conocido usted a alguien feliz? -preguntó rauda como el viento.
-No,
pero he conocido a personas que han llevado con mucha elegancia sus
desgracias, sin necesidad de descargarlas con nadie.
-¡Ah,
señor mío! -exclamó ella- quizás ahí resida la diferencia entre
la estupidez, la tontería, que prefería don Miguel de Unamuno, y la
sensatez. En no herir al prójimo con nuestros dolores, haciéndolos
paganos de aquello de lo que no tienen culpa, ni obligándolos a
bailar cuando tenemos ganas de fiesta.
-Tal
vez estemos pidiendo un imposible -intervino el señor Jordi-. Y tal
vez -añadió- eso que están diciendo ustedes no tenga mucho
valor... No, no me malinterpreten... quiero decir que lo grave es
cuando son unas naciones las que hacen cargar sobre otras el peso de
sus frustraciones.
-La
guerra, vamos.
-Sí,
a eso me refería.
-Si
nos oyeran hablar de la insatisfacción como causa de la guerra,
igual se reían de nosotros.
-Usted
ha dicho antes que no le importa lo que los demás piensen de usted.
A mí tampoco. Así que ¿puede explicare alguien por qué los
romanos tuvieron que crear un imperio? ¿O por qué Grecia tuvo que
embarcarse en la guerra de Troya? ¿O por qué Amílcar Barca tuvo
que desembarcar en este bendito país?
-¿Usted
cree que todos estos pueblos eran pueblos de insatisfechos?
-Olvidémonos
de Helena de Troya -me respondió el señor Jordi también
sonriendo-. Creo que estará de acuerdo conmigo en que nadie se va a
buscar fuera de casa lo que tiene en ella.
-Pero
el hombre -dijo doña Paquita- siempre está enormemente
insatisfecho, sea por unas cosas o por otras. También puede acaecer
que no se conforme con lo que tiene, y ansíe lo del vecino.
-Aunque
sea su funeral.
-Sí,
señor, aunque sea su funeral. Y le vuelvo a recordar -añadió
sonriéndome- que todavía no nos ha explicado el origen de esta
conversación. No me gustaría irme a la cama con un interrogante más
en mi vida. Y los romanos, créame, me importan ya bien poco. Otra
cosa es el latín. Hable.
-No
creo que a estas alturas les tenga que explicar muchas cosas. Ya
habrán adivinado ustedes que era una persona muy insegura y por qué
lo fui.
-Las
madres vampiro son legión -dijo doña Paquita.
-La
cuestión es que siempre he dudado de todo cuanto he hecho, dicho y
pensado. Pocas veces, en consecuencia, me atrevía a dar mi opinión;
siempre esperaba, primero, a conocer la de los demás; y muy a menudo
la mía se teñía de las otras por miedo, una vez más, a ser
rechazado.
-Y
luego, poco a poco, fue cambiando.
-Sí.
-¿Y
cómo se produjo ese cambio? -quiso saber el señor Jordi.
-Releyendo
libros que leí en mi juventud, y que me parecieron muy malos; pero
que a todo el mundo gustaban en aquel momento, o que nadie se atrevía
a decir que eran pésimos.
-La
filosofía no escrita -apuntó doña Paquita.
-O
lo políticamente correcto -añadió el señor Jordi.
-Efectivamente.
Durante una época ambas cosas, o la misma, pueden amordazar a una
persona, hacerle cambiar de forma de ser por miedo a ser rechazada.
Hasta que se percata de que es una estupidez. De que tenía razón...
-Esto
es como el cuento de los sastres que le tejieron al rey un vestido
invisible. Le sacaron grandes cantidades de oro para hacer un traje
de oro y piedras preciosas, pero con la característica de que sólo
lo verían aquellos que fueran hijos legítimos.
-Ya.
Y lo vieron todos. Incluidos el propio rey.
-Todos
menos un pobre esclavo que no tenía nada que perder porque lo
consideraran hijo de esta o de aquella persona.
Con
las palabras de doña Paquita nos quedamos callados los tres.
Transcurrió un largo silencio.
-¿Y
eso era todo? -me preguntó al cabo de unos minutos.
-Sí,
señora; eso era todo. Ahora veo películas, como la de esta tarde, o
leo libros, y sé inmediatamente si son malos o buenos. Me fío de mí
mismo. Y no necesito ser aceptado donde tengo que mentir.
-Pues
no ha estado mal. Al menos hemos pasado un agradable rato, ¿no les
parece?
El
señor Jordi y yo asentimos.
-Ahora
a dormir. Y mañana será otro día.
-Y
amanecerá Dios y medraremos todos. Buenas noches.
-Buenas
noches.
Doña
Paquita se retiró recitando una copla de Augusto Ferrán. Digno
colofón de aquella noche:
Hace
ya muy largos años
que
en todas partes te veo,
pero
no tal como eres,
sino según mi
deseo.
1Miguel
de Unamuno, La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, cap
I
2Miguel
de Unamuno, Ibidem, cap XXI
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