UNA BURDA IMPOSICIÓN
Vicente Adelantado
Soriano
-Es
posible que en la antigüedad clásica, o en tiempos no tan remotos,
la fiesta de una comunidad, una ciudad, o una polis, la sintieran
todos y cada uno de los habitantes del pueblo, la ciudad o la aldea.
Todos ellos, en consecuencia, participarían en los rituales, fiestas
y procesiones. Y aquellos días de ocio servirían, tal vez, para dar
una mayor cohesión al grupo al tiempo que afirmaba sus viejas
tradiciones y costumbres. Eran aquellas, de ser las cosas así, unas
fiestas totales, o globalizadoras, como se dice ahora. Parece ser que
ir al teatro en la Grecia de Sócrates y Pericles era algo similar a
asistir a una misa mayor en san Pedro del Vaticano, o a la misa del
gallo. Ahora bien, no es menos cierto que hablar en términos
totales, de todo un pueblo o una comunidad, es un poco necio y
absurdo. Cuesta imaginar que un campesino medio fuera capaz de
aguantar Edipo rey, por
poner un ejemplo, sentado en una dura piedra por mucho que dicha
piedra fuera mármol de la mejor calidad. Y cuesta mucho, por lo
tanto, creer que dicho campesino participara de las desgracias del
pobre descendiente de Layo o se enterara de cuanto sucedía en
escena.
Me había salido una
parrafada más o menos preciosa y coherente, aunque con ella estaba
muy lejos de expresar todas las incomodidades que supone para mí la
ciudad en fiestas. Es mejor hablar de forma sesgada, en pequeños
círculos, pues de esta forma, sutilmente, se le puede sacar una
cierta utilidad a las molestias y a las pequeñas pejiguerías de la
vida cotidiana; y se evita la confrontación directa. La mejor
utilidad de la fiesta, en los momentos actuales, y tal vez siempre,
ha sido, y es, generar una buena conversación.
-Quizás lo que está
planteando usted -me dijo doña Paquita- es, en el fondo, un problema
de lenguaje. Yo nunca me he creído que todo un grupo de personas,
una sociedad entera, o un país, piense igual o sienta de la misma
forma. Y eso, precisamente, era lo que me daba un poco de rabia de
los libros de texto: estudiaba usted cualquier época, e
inmediatamente, de forma invariable, tenía una entrada en la que se
hablaba de las características de esa época. Y así la Edad Media
viene caracterizada por ser una época cristiana. ¿Todo el mundo lo
era? Cuesta creerlo, ¿no le parece?
-Sí, tiene razón. Es
un problema de lenguaje. Todo estudio tiene que delimitar épocas o
tiempos. Y definirlas, por contraste con las otras, para saber de qué
está hablando y en qué momento se está centrando. Quizás en el
fondo todo sean meras convenciones.
-Efectivamente. Todo
eso estaría muy bien -volvió a decir mi atenta doña Paquita- si
fuéramos capaces de no perder de vista que cuanto estamos diciendo
es un esquema, un andamiaje que alguna vez habremos de quitar. Y es
posible que, entonces, la catedral, o la iglesia románica, se nos
caiga encima, o nos percatemos de que hemos pasado de un estilo a
otro sin darnos ni cuenta. Quiero decirle que si usted coge una
iglesia del románico, de los Pirineos, y la estudia teniendo delante
la catedral de León, verá unas diferencias sustanciales...; pero la
cosa no fue así. Hay todas unas soluciones, una continuidad, que nos
lleva a dicha catedral. No obstante, siempre que se estudia una época
u otra, se hace abstracción. Y es cierto, hay algo de falso en ello,
mucho quizás. Pero también es cierto que siempre perdura algo que
tiene un cierto regusto a verdad, a haber dado en el clavo si usted
quiere.
-No sé qué decirle.
Todavía recuerdo con una cierta vergüenza aquellos primeros días
en los que comencé a trabajar de profesor. Hoy creo que hace falta
mucha inocencia, necesidad, o algo de pedantería o orgullo, no sé,
para ponerse delante de un grupo de alumnos y comenzar a hablar.
-No le falta razón -me
dijo doña Paquita sonriendo-. Aunque se olvida de otro factor: el
valor. A veces un profesor necesita más valor que un torero. O que
un actor que sufra de pánico escénico.
-A mí tampoco me
hubiera venido mal una de aquellas enormes máscaras que llevaban los
actores del teatro griego. Al menos en algunas situaciones.
-¿Qué le sucedió a
usted? Me está intrigando.
-Nada importante en
realidad. O mucho, depende de cómo se mire. La cuestión es que
estaba en clase, un día de lluvia, démosle un toque poético,
explicando a los alumnos las características del Renacimiento.
-¡Ah, Dios mío!
-exclamó la buena señora con una sonrisa.
-Llené la pizarra de
esquemas, flechas y fechas, e iba contraponiendo unas cosas con
otras. Es decir, comparaba el Renacimiento con la Edad Media a fin de
hacer más nítidas las características de la época. Y en un
momento determinado, eché mano de la conocida prueba del soldado
romano. ¿Se acuerda usted? Y perdone por la pregunta.
-Sí, creo que sí
-dijo fingiendo pensamientos profundos-. Corríjame si me equivoco:
si tomamos dos cuadros, Edad Media y Renacimiento, que representen la
crucifixión de Jesús, el de la Edad Media pinta al soldado romano
vestido como un caballero medieval; y el del Renacimiento, época de
ediciones de los clásicos y de estudios de forma de vida, presenta
al mismo soldado vestido como iban vestidos los romanos de la época
de Cristo.
-Exacto. Tal y como
usted lo ha dicho. Y así, joven y entusiasta profesor yo, lo acababa
de leer en algún libro. La explicación me pareció genial; y con
entusiasmo y pasión, lo expuse en una clase. Eran mis primeros
tiempos; todavía recuerdo aquella mañana con alegría y contento,
pese a lo que sucedió después... A los pocos días tuve la
posibilidad de sacar a los alumnos y llevarlos a un museo. Y allí
los alumnos me sacaron los colores a mí: me señalaron un cuadro del
siglo XV, una crucifixión, en la que el susodicho soldado romano
llevaba una armadura medieval.
-Siempre le quedaba a
usted el recurso de decir que en España la Edad Media terminó en
1492.
-Lo malo es que les
había explicado que todo eso de las fechas son convencionalismos...
Además, en aquel momento no estaba yo para pensar: sentí tal
vergüenza que hasta las gafas se me empañaron. Y me maldije por no
hacer lo que siempre se ha dicho: consultar las fuentes... Tenía que
haber ido al museo, percatarme de si era cierto eso del dichoso
soldado romano.
-¡Ah, querido amigo!
Si tuviéramos que comprobar todas y cada una de las cosas que
decimos en clase, no diríamos nada, o sólo hablaríamos de
perogrulladas, de verdades vulgares. Yo no he estado nunca en
Alemania; y, sin embargo, hablaba de Alemania, y trataba de despertar
el interés por Goethe, por Thomas Mann... E imagino que, como usted,
habré dicho alguna cosa que, en el mejor de los casos, no se ajusta
mucho a la verdad.
-A mí me afectó
aquella llamada de atención de los alumnos.
-Tampoco fue tan grave.
-Era joven, se trataba
de mis primeras clases, e iba lleno de buenas intenciones y con
deseos de explicar la verdad.
-¡Ay, la verdad! Se
olvidó usted de Joyce, de esas grandes palabras que tan desgraciados
nos hacen.
-Como diría nuestro
querido compañero el señor Jordi, el vaso se puede ver o bien medio
vacío o bien medio lleno.
-Es cierto.
-Yo entonces lo vi
vacío del todo. Y a fin de llenarlo fui más precavido en las
clases: evitaba grandes definiciones, grandes esquemas, trazos
gruesos. Me hice un poco más sutil y bastante menos pretencioso.
-Eso está bien -dijo
con una bondadosa sonrisa doña Paquita-. No me acuerdo quién, dijo
que es enseñando, tratando de hacerlo, seamos un poco justos, cuando
uno comienza a aprender.
-Yo
en aquel momento, en el museo, sentí tal vergüenza que de quien me
acordé fue de Luis Vives. Había leído y releído, cómo no, Las
disciplinas. En un capítulo de
su largo estudio, Vives dice que el maestro debería ser una persona
mayor, de unos cincuenta años, formado y con experiencia de la
vida...
-¿Y usted cree que
alguna vez se tiene la suficiente experiencia como para enseñar a
otros? Claro, que depende de lo que queramos enseñar. Y si tiene
usted en cuenta a la gente que tiene delante...
-Eso es lo de menos,
señora mía. Lo importante, creo yo, es la actitud del profesor.
-Sí; pero comprenderá
usted que no lo va a dominar todo. Aunque tenga cien años. A veces
también he tenido yo la impresión, como usted, de moverme en un
campo de minas. Y tenía dos soluciones: quedarme parada, no
estallaba ningún artefacto y nos moríamos de inanición; o nos
arriesgábamos sufriendo explosiones, y dejándonos cosas por el
camino. Creo que es mejor arriesgarse... Ya sé que usted no es muy
creyente, y perdone por meterme donde no me importa, pero le
recomiendo que lea la parábola de los diez talentos.
-La conozco. Es la que
siempre he esgrimido para atacar a la Iglesia: si el señor castiga
al siervo que entierra el dinero que le entregó y no lo hace
fructificar, el señor, decía, también me ha dado a mí una razón
y una inteligencia, y un sexo; y el día de mañana me puede tirar en
cara no haberlos usado, como recriminó a aquel siervo que no utilizó
el dinero que le dio a fin de que lo hiciera fructificar.
-¡Qué cosas tiene
usted! -exclamó divertida doña Paquita.
-¿Qué quiere que le
diga? Es una parábola, por lo tanto... Volviendo a nuestro tema, y
ahora viene que ni de perlas, también se ha dicho, hasta la
saciedad, que la Edad Media fue una edad muy religiosa, donde la
gente era muy devota y muy creyente, etcétera, etcétera. Ahora
bien, nunca se explicaba en los libros de texto que no es lo mismo la
religiosidad de aquellos tiempos que la de ahora. Entonces había,
por ejemplo, un Juan Ruiz o un Boccaccio.
-Y ahora es impensable.
Se lo comían vivo los sindicatos, las asociaciones de esto y de
aquello, las juntas, las juventudes de este y del otro signo, los
partidos políticos y hasta los equipos de fútbol.
No pude evitar una leve
carcajada.
-Y hasta la propia
Iglesia -añadí.
-¿No le llama la
atención -me preguntó- que en la Iglesia nada más estallan
escándalos de pederastia? Y por regla general son también casos de
homosexualismo... ¿No hay relaciones con mujeres adultas o no salen
a la luz?
-O
a lo mejor es que no se atreven con ellas. No lo sé. Desde luego las
historias del arcipreste Juan Ruiz son muy divertidas, como también
lo son algunos cuentos de El decamerón. A
mí me hizo gracia, volviendo a los famosos Episodios
nacionales, de don Benito Pérez
Galdós, que los curas de dichos episodios no consideran el sexo como
un pecado. Aparece un cura, carlista, llamado Juan Ruiz, en un
episodio titulado Carlos VI en la Rápita, que
convierte su casa en un harén. Allí tiene a sus mujeres trabajando
y rezando porque, dice, con el pío de los rezos se vuelven ángeles,
y con los ángeles hace uno lo que quiere.
-¿Ve como no se puede
generalizar? O como diría don Miguel de Cervantes, no todos los
tiempos son unos. O no todos respondemos igual ante las mismas cosas
o los mismos estímulos. Caso de hacerlo así, el mundo sería una
balsa de aceite.
-O un campo de
concentración. Sí, en eso tiene usted razón. No obstante, siempre
hay una cierta tendencia al simplismo, a explicarlo todo con cuatro
esquemas...
-Vuelvo a decirle que,
tal vez, se trate de un problema de lenguaje. Yo no sé si a usted le
ha sucedido alguna vez; pero en alguna que otra clase, cuando trataba
de explicar el siglo XIX, siempre me tropezaba con el mismo problema:
¿cómo hacerles ver a los alumnos que Romanticismo, Realismo y
Naturalismo se daban casi al mismo tiempo, por no quitar el casi?
Creo que fue Víctor Hugo quien se quejó, una vez, de que la novela
no pudiera ser como la ópera: necesitaba hacer hablar a cuatro o
cinco personajes al mismo tiempo. ¡Ah, si pudiéramos representar
toda la realidad al unísono!
-Hubiera vuelto locos a
los alumnos. Y además, le hubieran salido con la inevitable
pregunta: ¿Y todo eso va para examen?
-Sí
-rió de buena gana-. En eso tiene toda la razón. ¿Y no le parece a
usted maravilloso lo que ha hecho el hombre? Me refiero -explicó
viendo mi cara de estupefacción- a que en una tela, que tiene una
sola dimensión, es capaz de hacer creer que hay varias capas,
diversas profundidades... ¡Ah, el descubrimiento de la perspectiva
me parece una verdadera maravilla! Y sí, es cierto que la lengua es
lineal, como lo es la novela; pero ¿no es genial que termine usted
de leer El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y
le aparezca la obra como un todo? ¿Y qué me dice de la música?
-Que me encanta, ¿qué
quiere que le diga? Y más a esta edad en la que se me cansa la vista
apenas he leído diez o doce páginas. Sí, la música, haciendo
sonar muchos instrumentos al mismo tiempo, y la voz si se tercia...
Tal vez sea el ejemplo más claro del arte como captación de la
totalidad. Sin fisuras.
-No deja de ser una
visión y una opinión. Habría que hablar ahora con un músico.
-Sí, es cierto. Un
músico. Estamos faltos de músicos... Estos días -le confesé-
estoy un poco mediatizado por las dichosas fiestas.
-¿No le gustan?
-No me gusta el
concepto que se tiene de ellas. No entiendo que la diversión
consista, y se permita, en hacer ruido tirando petardos y cohetes a
toda hora. Y que por las noches, para bailar, o divertirse, tengan
que poner unos insoportables zumbidos, me niego a llamar música a
eso, a tal volumen, que no dejen dormir a un barrio completo. Es la
globalización no de la fiesta sino de la estupidez humana.
-¿No se le ha ocurrido
pensar que quizás el hecho de tener que molestar a los demás es el
signo inequívoco de la falsedad de esa fiesta?
-Claro
que lo he pensado. Como también he pensado que es ese el eterno tema
del hombre: cuando no está seguro de sí mismo trata de imponer sus
cosas, religiones, fiestas, creencias o formas de vida, a los otros,
o bien con la Inquisición, el Absolutismo o la Impunidad, o equipos
de música para emitir gruñidos. Es como si la cantidad le diera la
razón. O dicho con un viejo refrán castellano, y perdóneme por la
crudeza del mismo, la que es puta no lo quiere ser ella
sola. No sé si me expreso.
-Perfectamente. Pero
¿no esperará que me escandalice a estas alturas?
-Faltaría más. Por
supuesto que no.
-A mí también me
molesta no poder dormir por las noches por esos bestiales zumbidos
con los que nos castigan los oídos. Pero qué le vamos a hacer. Hay
cosas contra las que nada podemos.
-Sí, tal vez sea ese
uno de los fracasos más terribles de la educación: no enseñar un
cierto respeto hacia el prójimo.
-No exagere. Dentro de
poco se terminará la fiesta, dejarán de molestarlo por las noches,
y volverá a dormir como un bendito. Usted sabe que la inmensa
mayoría de las personas no son felices ni con su vida ni con su
trabajo. Necesitan, por lo tanto, una válvula de escape, sentirse
dueños de la calle, de la noche y hasta de sus vecinos durante unos
días. Luego, para bien o para mal, vuelve todo a la normalidad.
-Hasta los próximos
idus de marzo.
-Sí, hasta los
próximos idus de marzo. Pero en el fondo, a mí los festeros me dan
un poco de envidia: al fin y al cabo han conseguido ellos lo que no
he logrado yo: hacer de la fiesta un todo. Yo jamás logré que mis
alumnos percibieran los movimientos literarios del siglo XIX como
distintas formas de escribir que se produjeron al mismo tiempo. Y eso
que los reduje. Pues a mí -me confesó sonriéndome- también me
pasó algo similar a lo que ha contado usted. Me daba pánico hablar
en una clase de aquello que yo no conocía. Me parecía deshonesto
explicar obras, novelas, ensayo o teatro, que yo no había leído. Y
así de la novela naturalista no conocía más que las novelas, que
no me gustaron, de doña Emilia Pardo Bazán. Cuando leí las
originales del movimiento, las de Émile Zola, el mundo se me vino
encima: Zola es un excelente novelista, infinitamente mejor que Pardo
Bazán; y un excelente publicista: todo eso del Naturalismo es una
pamema que se inventó él para vender mejor sus obras. En ellas yo
no veía el determinismo por ninguna parte, ni ninguna de las
características que, tan ordenadamente, nos servían los libros de
textos con fechas, colorines, asteriscos y demás. Reduje el
Naturalismo a explicar dos tonterías, hasta que salió en una prueba
de acceso a la universidad, y mis alumnos se quedaron en blanco.
De repente doña
Paquita guardó silencio. Por la calle iban los dos o tres aburridos
de siempre tirando petardos. Algunos hacían un ruido horrible.
-Me sucedió lo mismo
que a usted -me dijo en tanto comenzaron a brillarle los ojos-: me
quedé avergonzada delante de mis alumnos. Les pedí disculpas y
perdón de la mejor forma que pude. Y me negué a tener ideas propias
delante de ellos. Pues ellos tenían que responder ante un examen,
con preguntas muy precisas, en las que no cabía lo que yo me negaba
a aceptar, la existencia del Naturalismo.
-Sí, siempre nos
tropezamos con las mismas cosas: con la estupidez de lo que se ha
dicho una y otra vez, que nada cuestiona, y que llega a ser una
verdad incontrastable.
-No, no es eso; no es
que sea un dogma lo que dice el libro de texto o la historia de la
literatura. Lo que yo confundí fueron los espacios. El aula no era
el lugar indicado para desmontar todas las cosas que se dicen sobre
el Naturalismo.
-Si el profesor actúa
de esa forma, corre el riesgo de transformarse en un papagayo. ¿Y a
quién le importa de todas formas?
-Me importaba a mí.
-¿Y qué es lo que
hizo?
-Poca cosa: advertir
que cuanto iba a decir no era verdadero, pero que se lo estudiaran
tal y como estaba en el libro, o lo iba a poner yo en la pizarra, por
si salía en algún examen... Por supuesto que lo ideal hubiera sido
hacerles leer alguna novela de Zola; pero qué quiere: el lenguaje es
lineal y la vida tiene sus limitaciones. Al fin y al cabo, aquellas
criaturas también tenían derecho a ir al cine, a salir con los
amigos y a divertirse. Tenemos que reconocer nuestros propios
límites.
-Es decir que la
totalidad, la globalización, no se da más que en la absurda fiesta
y en las insufribles molestias.
-Hacer partícipe a un
vecino, o a toda la residencia, de la alegría que le ha producido un
libro o un sinfonía es imposible. Ahora bien, no le quepa duda de
que se enterará si el equipo de fútbol de la ciudad ha ganado
alguna copa.
-Sí, hay cosas que no
se prestan.
-Déjelos que metan un
poco de ruido. Siempre se necesitan válvulas de escape. Y el país
está pasando por unos momentos terribles. Una semana de ruidos no es
mucho.
-Tiene usted razón,
doña Paquita. ¿Sabe? Me encanta hablar con usted. Me hubiera
encantado que hubiera sido profesora mía.
-Lo estoy siendo,
criatura, lo estoy siendo.
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