EN LA NIEBLA
Vicente Adelantado
Soriano
En
la niebla, película
de Sergei Loznitsa, está ambientada en la II Guerra Mundial. No es
la película bélica al uso, sin embargo, sin tiros, bombardeos ni
héroes. Más de un espectador, por lo tanto, se ha sentido
defraudado. Y molesto no sólo por eso sino por ese ritmo tan lento,
tan moroso; pero tan bien llevado, al mismo tiempo, que explica por
sí mismo lo que no dicen las palabras. Los personajes apenas si
hablan; es el silencio, denso, espeso, quien lo dice todo. El
protagonista comprende muy pronto el juego en el que lo han metido
los nazis; y sabe, desde el principio, que lleva todas las de perder.
Así ya advierte a su mujer, cuando van a buscarlo los partisanos,
que no diga nada, pues nadie la va a creer. Es inútil hablar. Y lo
que le ha sucedido no es, ni mucho menos, una aventura rocambolesca e
inverosímil, sino que se ha visto cogido en una red, como un pobre
animalillo indefenso, para hacer caer a los demás en la trampa. Y
los demás caen.
Saber que es inútil
hablar con el prójimo, por muy amigo desde la infancia que haya
sido, lleva a un fuerte escepticismo; y la aceptación de todo cuanto
viniere. Sabiendo que lo único que puede venir es la muerte. Cosa
curiosa: al protagonista le interesa más ser enterrado en un lugar
decente que seguir viviendo. Como reconoce más hacia delante se
quiere vivir cuando se tiene esperanzas, propias o ajenas. La única
que le queda a él es ser enterrado en un lugar decente. Y esa
concesión, por parte de un partisano, será la que convierta su vida
en una odisea por un bosque, cargando con el cadáver de su frustrado
ejecutor. Por si no tuviera suficientes problemas ya, el pobre
hombre, al que odian en su pueblo por una traición que no ha
cometido, y de quien hasta su mujer duda, también va a tener que
cargar con la muerte de quien lo iba a ejecutar. Y será precisamente
a él, en el bosque, a quien le cuente el juego que han tramado con
él los alemanes. Lo hace un poco tarde: cuando se decide a hablar,
el partisano, herido por la policía, fallece apoyado en un árbol. Y
vuelta a la preocupación por el espacio ocupado por los muertos. Se
niega a abandonarlo en medio del bosque, donde los cuervos están
aguardando a que se vaya para darse el festín, y se le echa a las
espaldas en busca de un lugar adecuado, tal vez de un cementerio.
Lleva el muerto sobre sí sin desfallecer.
Emprende el camino con
el otro partisano, en tanto su historia se interrumpe para narrar el
funcionamiento de la policía. Y aquí aparece otra vertiente de la
película: los enemigos del pueblo no son los alemanes, que los han
invadido, sino ellos mismos: el enemigo ha sido el catalizador que ha
hecho surgir la maldad que el ser humano lleva en sí. No se lucha
por ideales, sino por miedo, por no sucumbir. Y, por supuesto, en una
sociedad atemorizada, y los miedos tienen también sus intereses y
sus componendas, no tiene lugar la única persona que se atreve a
pronunciar un no, en voz muy baja, casi susurrando, pero que es un
no, una negativa a la colaboración. Soltarlo en medio de la sociedad
que ha bajado la cerviz es condenarlo a muerte, meterlo en un
laberinto en el que nadie va a creer nada de cuanto diga, pues parece
que el patriotismo, a veces, reside en creer al enemigo, no al vecino
de toda la vida. No se admite al diferente, que siempre es peligroso.
Es una película sin
concesiones, sin héroes, sin moral de ningún tipo, y que representa
una mirada fresca, nueva y sincera sobre un tema recargado de falsos
héroes, de absurdos mitos y de deshonestas mentiras. Como diría
Erasmo de Rotterdam vale más la peor de las paces que la mejor de
las guerras. Película, pues, altamente recomendable por muchas
cosas, entre ellas para desintoxicarse de cierto absurdo cine y de
necias historias tan burdas como deshonestas. Por eso mismo el final
de la película es lo más lógico del mundo. Una lógica lenta pera
inexorable.
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