viernes, 29 de marzo de 2013

Oz: un mundo de fantasía


OZ: UN MUNDO DE FANTASÍA

Vicente Adelantado Soriano

El otro día, en un autobús, oí, sin querer, una conversación tan entretenida como crítica entre un par de profesores todavía jóvenes. Entre las muchas y sabrosas cosas que se dijeron, y para hablar de la película que nos ocupa, cabe destacar la siguiente conclusión de uno de ellos: si de estudiante, o de joven, hubiera asistido a una evaluación o reunión de profesores, seguramente se me hubieran ido las ganas de estudiar. Ganas me dieron a mí de ser indiscreto, de meterme en camisa de once varas, y de preguntar a esos profesores qué sucedía en dichas reuniones o evaluaciones, ya que había producido en uno de ellos tal desencanto. No hizo falta mi intervención, y no porque ellos fueran indiscretos, sino por la visión, al día siguiente de este encuentro, de la película de Sam Raimi. A los pocos minutos de iniciada la proyección, uno da gracias por no ser el niño inocente y bobalicón que era; y por creerse todo lo que le decían con edulcoramiento y maravillosos efectos especiales. Sí, si los pasajeros del autobús daban las gracias por la ignorancia pasada, yo las daba por un cierto conocimiento presente; y por no creerme nada de cuanto sucedía en la pantalla. Espero que tampoco les afecte a las criaturas a las que va dirigida la película.
Cierto es que no todos los tiempos son uno, y que, probablemente, los niños de hoy no sean tan inocentes como los de antes. Lo que sigue siendo nefasto es el cine que, pretendidamente, va dirigidos a ellos. Pues la conclusión de un joven, a la salida del cine, fue que en los cartelitos en vez de poner “para mayores de siete años”, debería poner “para menores de catorce años”. Y aun así deberían ir acompañados de sus padres. Más que nada para que les adviertan estos de las trampas e insensateces que van a utilizar en su contra: la ingenuidad de unos padres que creen que un mago de feria puede curar a su hija paralítica; la amistad del mago de feria con una muñequita de porcelana, a la que, como un nuevo Jesús, devuelve la facultad de caminar, pegando sus rotas piernecitas; y la inquebrantable lealtad de un mono al que ha salvado la vida. Más tópicos imposible. Y lo malo no es la aparición de los tópicos sino el uso que se hace de ellos. Pues con la muñequita, el monito, vestido de botones, y una bruja buena, Evanora, que luego se hace mala por un supuesto desengaño amoroso, el tal mago debe rescatar a la ciudad de Oz del poder de la Bruja Mala. La Bruja Mala es tan mala que se hace pasar por buena, y a la que todo el mundo tenía por mala es buena. Cosas veredes, Sancho, que farán fablar a las piedras. Pero ya sabemos que casi nada es lo que parece. Ahora bien, la Bruja Mala ha reunido y tiene tal cantidad de oro que ella sola sería capaz, si lo repartiera, de acabar con un millón o dos de corruptos. O de rescatar a varios países superpoblados con problemas de liquidez. Pero en lugar de hacer eso, el amor y el odio pueden más que el dinero, las brujas, malas y buenas, luchan por rencores de antaño o por celos de hogaño. A todo esto, tres pueblos variopintos temen a la Bruja Mala, y esperan al mago como algunos esperaban al Mesías que los iba a liberar del poder de Roma. Entonces apareció el hijo de un pobre carpintero, casado en segundas nupcias para más inri, y ahora aparece un farsante. Dicho farsante descubre que la magia reside en utilizar lo que los otros desconocen. El cine es magia para unos seres medievales. Y, desde luego, un moje medieval nos hubiera llevado ante el tribunal de la Inquisición si nos hubiera visto apretar un botón y que se abre la puerta del garaje. Todo esto contado con una fotografía y unos decorados no aptos para diabéticos, aunque los efectos especiales, como siempre, estén muy bien realizados.
Por supuesto el mago vence a las Brujas Malas, y para que los niños no le den importancia a los regalos comprados con dinero, les regala a sus amigos, cuando ha ganado la batalla brujeril, su amistad, su cariño y su amor. Precioso. Por si mensaje no queda claro, cuando Teodora, nombre contradictorio, ya hecha Bruja Mala, se sube a la escoba y empieza a volar, esta, la escoba, tira un chorro de humo que imaginamos contaminante y maloliente. Un asco.
No hay nada como la inocencia, de verdad; pero quienes ya la han perdido, si la tuvieron alguna vez, podían hacer cosas de más sustancia y sensatez para los angelicos que, al parecer, todo se lo creen. No hay nada más difícil, desde luego, que escribir un cuento para niños sin tratarlos de imbéciles o de necios. Quizás por eso la película de Sam Raimi hace aguas por todas partes. No obstante, nunca las palabras The end estuvieron puestas con tanto gusto y propiedad.

Una burda imposición


UNA BURDA IMPOSICIÓN

Vicente Adelantado Soriano

-Es posible que en la antigüedad clásica, o en tiempos no tan remotos, la fiesta de una comunidad, una ciudad, o una polis, la sintieran todos y cada uno de los habitantes del pueblo, la ciudad o la aldea. Todos ellos, en consecuencia, participarían en los rituales, fiestas y procesiones. Y aquellos días de ocio servirían, tal vez, para dar una mayor cohesión al grupo al tiempo que afirmaba sus viejas tradiciones y costumbres. Eran aquellas, de ser las cosas así, unas fiestas totales, o globalizadoras, como se dice ahora. Parece ser que ir al teatro en la Grecia de Sócrates y Pericles era algo similar a asistir a una misa mayor en san Pedro del Vaticano, o a la misa del gallo. Ahora bien, no es menos cierto que hablar en términos totales, de todo un pueblo o una comunidad, es un poco necio y absurdo. Cuesta imaginar que un campesino medio fuera capaz de aguantar Edipo rey, por poner un ejemplo, sentado en una dura piedra por mucho que dicha piedra fuera mármol de la mejor calidad. Y cuesta mucho, por lo tanto, creer que dicho campesino participara de las desgracias del pobre descendiente de Layo o se enterara de cuanto sucedía en escena.
Me había salido una parrafada más o menos preciosa y coherente, aunque con ella estaba muy lejos de expresar todas las incomodidades que supone para mí la ciudad en fiestas. Es mejor hablar de forma sesgada, en pequeños círculos, pues de esta forma, sutilmente, se le puede sacar una cierta utilidad a las molestias y a las pequeñas pejiguerías de la vida cotidiana; y se evita la confrontación directa. La mejor utilidad de la fiesta, en los momentos actuales, y tal vez siempre, ha sido, y es, generar una buena conversación.
-Quizás lo que está planteando usted -me dijo doña Paquita- es, en el fondo, un problema de lenguaje. Yo nunca me he creído que todo un grupo de personas, una sociedad entera, o un país, piense igual o sienta de la misma forma. Y eso, precisamente, era lo que me daba un poco de rabia de los libros de texto: estudiaba usted cualquier época, e inmediatamente, de forma invariable, tenía una entrada en la que se hablaba de las características de esa época. Y así la Edad Media viene caracterizada por ser una época cristiana. ¿Todo el mundo lo era? Cuesta creerlo, ¿no le parece?
-Sí, tiene razón. Es un problema de lenguaje. Todo estudio tiene que delimitar épocas o tiempos. Y definirlas, por contraste con las otras, para saber de qué está hablando y en qué momento se está centrando. Quizás en el fondo todo sean meras convenciones.
-Efectivamente. Todo eso estaría muy bien -volvió a decir mi atenta doña Paquita- si fuéramos capaces de no perder de vista que cuanto estamos diciendo es un esquema, un andamiaje que alguna vez habremos de quitar. Y es posible que, entonces, la catedral, o la iglesia románica, se nos caiga encima, o nos percatemos de que hemos pasado de un estilo a otro sin darnos ni cuenta. Quiero decirle que si usted coge una iglesia del románico, de los Pirineos, y la estudia teniendo delante la catedral de León, verá unas diferencias sustanciales...; pero la cosa no fue así. Hay todas unas soluciones, una continuidad, que nos lleva a dicha catedral. No obstante, siempre que se estudia una época u otra, se hace abstracción. Y es cierto, hay algo de falso en ello, mucho quizás. Pero también es cierto que siempre perdura algo que tiene un cierto regusto a verdad, a haber dado en el clavo si usted quiere.
-No sé qué decirle. Todavía recuerdo con una cierta vergüenza aquellos primeros días en los que comencé a trabajar de profesor. Hoy creo que hace falta mucha inocencia, necesidad, o algo de pedantería o orgullo, no sé, para ponerse delante de un grupo de alumnos y comenzar a hablar.
-No le falta razón -me dijo doña Paquita sonriendo-. Aunque se olvida de otro factor: el valor. A veces un profesor necesita más valor que un torero. O que un actor que sufra de pánico escénico.
-A mí tampoco me hubiera venido mal una de aquellas enormes máscaras que llevaban los actores del teatro griego. Al menos en algunas situaciones.
-¿Qué le sucedió a usted? Me está intrigando.
-Nada importante en realidad. O mucho, depende de cómo se mire. La cuestión es que estaba en clase, un día de lluvia, démosle un toque poético, explicando a los alumnos las características del Renacimiento.
-¡Ah, Dios mío! -exclamó la buena señora con una sonrisa.
-Llené la pizarra de esquemas, flechas y fechas, e iba contraponiendo unas cosas con otras. Es decir, comparaba el Renacimiento con la Edad Media a fin de hacer más nítidas las características de la época. Y en un momento determinado, eché mano de la conocida prueba del soldado romano. ¿Se acuerda usted? Y perdone por la pregunta.
-Sí, creo que sí -dijo fingiendo pensamientos profundos-. Corríjame si me equivoco: si tomamos dos cuadros, Edad Media y Renacimiento, que representen la crucifixión de Jesús, el de la Edad Media pinta al soldado romano vestido como un caballero medieval; y el del Renacimiento, época de ediciones de los clásicos y de estudios de forma de vida, presenta al mismo soldado vestido como iban vestidos los romanos de la época de Cristo.
-Exacto. Tal y como usted lo ha dicho. Y así, joven y entusiasta profesor yo, lo acababa de leer en algún libro. La explicación me pareció genial; y con entusiasmo y pasión, lo expuse en una clase. Eran mis primeros tiempos; todavía recuerdo aquella mañana con alegría y contento, pese a lo que sucedió después... A los pocos días tuve la posibilidad de sacar a los alumnos y llevarlos a un museo. Y allí los alumnos me sacaron los colores a mí: me señalaron un cuadro del siglo XV, una crucifixión, en la que el susodicho soldado romano llevaba una armadura medieval.
-Siempre le quedaba a usted el recurso de decir que en España la Edad Media terminó en 1492.
-Lo malo es que les había explicado que todo eso de las fechas son convencionalismos... Además, en aquel momento no estaba yo para pensar: sentí tal vergüenza que hasta las gafas se me empañaron. Y me maldije por no hacer lo que siempre se ha dicho: consultar las fuentes... Tenía que haber ido al museo, percatarme de si era cierto eso del dichoso soldado romano.
-¡Ah, querido amigo! Si tuviéramos que comprobar todas y cada una de las cosas que decimos en clase, no diríamos nada, o sólo hablaríamos de perogrulladas, de verdades vulgares. Yo no he estado nunca en Alemania; y, sin embargo, hablaba de Alemania, y trataba de despertar el interés por Goethe, por Thomas Mann... E imagino que, como usted, habré dicho alguna cosa que, en el mejor de los casos, no se ajusta mucho a la verdad.
-A mí me afectó aquella llamada de atención de los alumnos.
-Tampoco fue tan grave.
-Era joven, se trataba de mis primeras clases, e iba lleno de buenas intenciones y con deseos de explicar la verdad.
-¡Ay, la verdad! Se olvidó usted de Joyce, de esas grandes palabras que tan desgraciados nos hacen.
-Como diría nuestro querido compañero el señor Jordi, el vaso se puede ver o bien medio vacío o bien medio lleno.
-Es cierto.
-Yo entonces lo vi vacío del todo. Y a fin de llenarlo fui más precavido en las clases: evitaba grandes definiciones, grandes esquemas, trazos gruesos. Me hice un poco más sutil y bastante menos pretencioso.
-Eso está bien -dijo con una bondadosa sonrisa doña Paquita-. No me acuerdo quién, dijo que es enseñando, tratando de hacerlo, seamos un poco justos, cuando uno comienza a aprender.
-Yo en aquel momento, en el museo, sentí tal vergüenza que de quien me acordé fue de Luis Vives. Había leído y releído, cómo no, Las disciplinas. En un capítulo de su largo estudio, Vives dice que el maestro debería ser una persona mayor, de unos cincuenta años, formado y con experiencia de la vida...
-¿Y usted cree que alguna vez se tiene la suficiente experiencia como para enseñar a otros? Claro, que depende de lo que queramos enseñar. Y si tiene usted en cuenta a la gente que tiene delante...
-Eso es lo de menos, señora mía. Lo importante, creo yo, es la actitud del profesor.
-Sí; pero comprenderá usted que no lo va a dominar todo. Aunque tenga cien años. A veces también he tenido yo la impresión, como usted, de moverme en un campo de minas. Y tenía dos soluciones: quedarme parada, no estallaba ningún artefacto y nos moríamos de inanición; o nos arriesgábamos sufriendo explosiones, y dejándonos cosas por el camino. Creo que es mejor arriesgarse... Ya sé que usted no es muy creyente, y perdone por meterme donde no me importa, pero le recomiendo que lea la parábola de los diez talentos.
-La conozco. Es la que siempre he esgrimido para atacar a la Iglesia: si el señor castiga al siervo que entierra el dinero que le entregó y no lo hace fructificar, el señor, decía, también me ha dado a mí una razón y una inteligencia, y un sexo; y el día de mañana me puede tirar en cara no haberlos usado, como recriminó a aquel siervo que no utilizó el dinero que le dio a fin de que lo hiciera fructificar.
-¡Qué cosas tiene usted! -exclamó divertida doña Paquita.
-¿Qué quiere que le diga? Es una parábola, por lo tanto... Volviendo a nuestro tema, y ahora viene que ni de perlas, también se ha dicho, hasta la saciedad, que la Edad Media fue una edad muy religiosa, donde la gente era muy devota y muy creyente, etcétera, etcétera. Ahora bien, nunca se explicaba en los libros de texto que no es lo mismo la religiosidad de aquellos tiempos que la de ahora. Entonces había, por ejemplo, un Juan Ruiz o un Boccaccio.
-Y ahora es impensable. Se lo comían vivo los sindicatos, las asociaciones de esto y de aquello, las juntas, las juventudes de este y del otro signo, los partidos políticos y hasta los equipos de fútbol.
No pude evitar una leve carcajada.
-Y hasta la propia Iglesia -añadí.
-¿No le llama la atención -me preguntó- que en la Iglesia nada más estallan escándalos de pederastia? Y por regla general son también casos de homosexualismo... ¿No hay relaciones con mujeres adultas o no salen a la luz?
-O a lo mejor es que no se atreven con ellas. No lo sé. Desde luego las historias del arcipreste Juan Ruiz son muy divertidas, como también lo son algunos cuentos de El decamerón. A mí me hizo gracia, volviendo a los famosos Episodios nacionales, de don Benito Pérez Galdós, que los curas de dichos episodios no consideran el sexo como un pecado. Aparece un cura, carlista, llamado Juan Ruiz, en un episodio titulado Carlos VI en la Rápita, que convierte su casa en un harén. Allí tiene a sus mujeres trabajando y rezando porque, dice, con el pío de los rezos se vuelven ángeles, y con los ángeles hace uno lo que quiere.
-¿Ve como no se puede generalizar? O como diría don Miguel de Cervantes, no todos los tiempos son unos. O no todos respondemos igual ante las mismas cosas o los mismos estímulos. Caso de hacerlo así, el mundo sería una balsa de aceite.
-O un campo de concentración. Sí, en eso tiene usted razón. No obstante, siempre hay una cierta tendencia al simplismo, a explicarlo todo con cuatro esquemas...
-Vuelvo a decirle que, tal vez, se trate de un problema de lenguaje. Yo no sé si a usted le ha sucedido alguna vez; pero en alguna que otra clase, cuando trataba de explicar el siglo XIX, siempre me tropezaba con el mismo problema: ¿cómo hacerles ver a los alumnos que Romanticismo, Realismo y Naturalismo se daban casi al mismo tiempo, por no quitar el casi? Creo que fue Víctor Hugo quien se quejó, una vez, de que la novela no pudiera ser como la ópera: necesitaba hacer hablar a cuatro o cinco personajes al mismo tiempo. ¡Ah, si pudiéramos representar toda la realidad al unísono!
-Hubiera vuelto locos a los alumnos. Y además, le hubieran salido con la inevitable pregunta: ¿Y todo eso va para examen?
-Sí -rió de buena gana-. En eso tiene toda la razón. ¿Y no le parece a usted maravilloso lo que ha hecho el hombre? Me refiero -explicó viendo mi cara de estupefacción- a que en una tela, que tiene una sola dimensión, es capaz de hacer creer que hay varias capas, diversas profundidades... ¡Ah, el descubrimiento de la perspectiva me parece una verdadera maravilla! Y sí, es cierto que la lengua es lineal, como lo es la novela; pero ¿no es genial que termine usted de leer El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y le aparezca la obra como un todo? ¿Y qué me dice de la música?
-Que me encanta, ¿qué quiere que le diga? Y más a esta edad en la que se me cansa la vista apenas he leído diez o doce páginas. Sí, la música, haciendo sonar muchos instrumentos al mismo tiempo, y la voz si se tercia... Tal vez sea el ejemplo más claro del arte como captación de la totalidad. Sin fisuras.
-No deja de ser una visión y una opinión. Habría que hablar ahora con un músico.
-Sí, es cierto. Un músico. Estamos faltos de músicos... Estos días -le confesé- estoy un poco mediatizado por las dichosas fiestas.
-¿No le gustan?
-No me gusta el concepto que se tiene de ellas. No entiendo que la diversión consista, y se permita, en hacer ruido tirando petardos y cohetes a toda hora. Y que por las noches, para bailar, o divertirse, tengan que poner unos insoportables zumbidos, me niego a llamar música a eso, a tal volumen, que no dejen dormir a un barrio completo. Es la globalización no de la fiesta sino de la estupidez humana.
-¿No se le ha ocurrido pensar que quizás el hecho de tener que molestar a los demás es el signo inequívoco de la falsedad de esa fiesta?
-Claro que lo he pensado. Como también he pensado que es ese el eterno tema del hombre: cuando no está seguro de sí mismo trata de imponer sus cosas, religiones, fiestas, creencias o formas de vida, a los otros, o bien con la Inquisición, el Absolutismo o la Impunidad, o equipos de música para emitir gruñidos. Es como si la cantidad le diera la razón. O dicho con un viejo refrán castellano, y perdóneme por la crudeza del mismo, la que es puta no lo quiere ser ella sola. No sé si me expreso.
-Perfectamente. Pero ¿no esperará que me escandalice a estas alturas?
-Faltaría más. Por supuesto que no.
-A mí también me molesta no poder dormir por las noches por esos bestiales zumbidos con los que nos castigan los oídos. Pero qué le vamos a hacer. Hay cosas contra las que nada podemos.
-Sí, tal vez sea ese uno de los fracasos más terribles de la educación: no enseñar un cierto respeto hacia el prójimo.
-No exagere. Dentro de poco se terminará la fiesta, dejarán de molestarlo por las noches, y volverá a dormir como un bendito. Usted sabe que la inmensa mayoría de las personas no son felices ni con su vida ni con su trabajo. Necesitan, por lo tanto, una válvula de escape, sentirse dueños de la calle, de la noche y hasta de sus vecinos durante unos días. Luego, para bien o para mal, vuelve todo a la normalidad.
-Hasta los próximos idus de marzo.
-Sí, hasta los próximos idus de marzo. Pero en el fondo, a mí los festeros me dan un poco de envidia: al fin y al cabo han conseguido ellos lo que no he logrado yo: hacer de la fiesta un todo. Yo jamás logré que mis alumnos percibieran los movimientos literarios del siglo XIX como distintas formas de escribir que se produjeron al mismo tiempo. Y eso que los reduje. Pues a mí -me confesó sonriéndome- también me pasó algo similar a lo que ha contado usted. Me daba pánico hablar en una clase de aquello que yo no conocía. Me parecía deshonesto explicar obras, novelas, ensayo o teatro, que yo no había leído. Y así de la novela naturalista no conocía más que las novelas, que no me gustaron, de doña Emilia Pardo Bazán. Cuando leí las originales del movimiento, las de Émile Zola, el mundo se me vino encima: Zola es un excelente novelista, infinitamente mejor que Pardo Bazán; y un excelente publicista: todo eso del Naturalismo es una pamema que se inventó él para vender mejor sus obras. En ellas yo no veía el determinismo por ninguna parte, ni ninguna de las características que, tan ordenadamente, nos servían los libros de textos con fechas, colorines, asteriscos y demás. Reduje el Naturalismo a explicar dos tonterías, hasta que salió en una prueba de acceso a la universidad, y mis alumnos se quedaron en blanco.
De repente doña Paquita guardó silencio. Por la calle iban los dos o tres aburridos de siempre tirando petardos. Algunos hacían un ruido horrible.
-Me sucedió lo mismo que a usted -me dijo en tanto comenzaron a brillarle los ojos-: me quedé avergonzada delante de mis alumnos. Les pedí disculpas y perdón de la mejor forma que pude. Y me negué a tener ideas propias delante de ellos. Pues ellos tenían que responder ante un examen, con preguntas muy precisas, en las que no cabía lo que yo me negaba a aceptar, la existencia del Naturalismo.
-Sí, siempre nos tropezamos con las mismas cosas: con la estupidez de lo que se ha dicho una y otra vez, que nada cuestiona, y que llega a ser una verdad incontrastable.
-No, no es eso; no es que sea un dogma lo que dice el libro de texto o la historia de la literatura. Lo que yo confundí fueron los espacios. El aula no era el lugar indicado para desmontar todas las cosas que se dicen sobre el Naturalismo.
-Si el profesor actúa de esa forma, corre el riesgo de transformarse en un papagayo. ¿Y a quién le importa de todas formas?
-Me importaba a mí.
-¿Y qué es lo que hizo?
-Poca cosa: advertir que cuanto iba a decir no era verdadero, pero que se lo estudiaran tal y como estaba en el libro, o lo iba a poner yo en la pizarra, por si salía en algún examen... Por supuesto que lo ideal hubiera sido hacerles leer alguna novela de Zola; pero qué quiere: el lenguaje es lineal y la vida tiene sus limitaciones. Al fin y al cabo, aquellas criaturas también tenían derecho a ir al cine, a salir con los amigos y a divertirse. Tenemos que reconocer nuestros propios límites.
-Es decir que la totalidad, la globalización, no se da más que en la absurda fiesta y en las insufribles molestias.
-Hacer partícipe a un vecino, o a toda la residencia, de la alegría que le ha producido un libro o un sinfonía es imposible. Ahora bien, no le quepa duda de que se enterará si el equipo de fútbol de la ciudad ha ganado alguna copa.
-Sí, hay cosas que no se prestan.
-Déjelos que metan un poco de ruido. Siempre se necesitan válvulas de escape. Y el país está pasando por unos momentos terribles. Una semana de ruidos no es mucho.
-Tiene usted razón, doña Paquita. ¿Sabe? Me encanta hablar con usted. Me hubiera encantado que hubiera sido profesora mía.
-Lo estoy siendo, criatura, lo estoy siendo.

viernes, 22 de marzo de 2013

La duda sempiterna

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LA DUDA SEMPITERNA

Vicente Adelantado Soriano

Entonces yo era un niño. Creía a la gente cuando decía que iba a hacer cosas por mí. Desde entonces he aprendido.
William Faulkner, El ruido y la furia.

Aquella tarde salí del cine convencido de que la película que había visto no valía nada. Me pareció una tomadura de pelo carente de interés y de gracia. Y encima me había producido un fuerte dolor de cabeza. No obstante, en el ascensor, la sala donde la proyectaron estaba en la última planta, dos jóvenes comentaron las excelencias de lo visto en la pantalla. Resaltaron aspectos de la película que a mí me parecieron denigrantes, malos y sin ningún sentido. Por supuesto que no intervine en la conversación. Ni ningún músculo de mi cara reflejó mi descontento con sus palabras. Mentalmente refuté todos y cada uno de sus razonamientos. Ahora bien, las palabras de aquellos jóvenes me hicieron pensar en cómo había cambiado yo a lo largo de los años. No sé si para bien o para mal. Me acordé de muchas cosas de mi pasada juventud, que fui anotando en mi libretita en la parada del autobús, y cuando este se detenía para que subieran o bajaran más pasajeros. Pensé que algunos de aquellos intranscendentes pensamientos podía dar pie a alguna pequeña discusión con mis queridos compañeros de residencia. Quedamos para hablar esa misma noche, después de la cena: a nadie nos gusta acostarnos con el estómago lleno, y a ninguno nos resulta agradable la pobre programación que nos ofrece, noche tras noche, la nefasta televisión. Llegué al salón acompañado de mi libretita.
-Yo -dije planteando inmediatamente el problema que me acuciaba- de joven era una persona muy insegura.
-Cuidado con lo que dice -intervino doña Paquita con su hablar lento y pausado- porque de esas palabras podemos deducir muchas cosas.
-A estas alturas, como usted comprenderá, no me importa mucho las conclusiones que ustedes puedan sacar sobre mi persona. Y no porque no los aprecie -me apresuré a añadir por temor a parecer descortés-, sino porque no voy a tratar de imponer mi visión de las cosas, ni me da miedo lo que otras personas opinen de mí.
-Es lo mejor -dijo ella-. Yo muy a menudo, en nuestras conversaciones, tengo presente una novela que releo con cierta asiduidad: La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, de don Miguel de Unamuno, ¿la conocen ustedes?
Durante unos segundos, como niños cogidos en falta por el maestro, permanecimos en silencio y con la cabeza baja.
-No -intervine yo-. Y creo que es esta la segunda o tercera vez que nos habla de ella, así que la tendremos que leer.
-Se la puedo prestar yo.
-Gracias; prefiero comprarla. Siendo mía la podré subrayar y anotar. Perdone, pero es un defecto de juventud que conservo con cariño y orgullo.
-Me parece muy bien. Cómpresela. Pero lo he interrumpido. Estaba usted diciendo que de joven era un persona muy insegura.
-Sí. Pero ahora me intriga por qué ha nombrado usted a don Miguel de Unamuno.
-Porque don Miguel de Unamuno -explicó muy didácticamente- decía, más o menos, que cada uno de nosotros tiene una imagen de sí mismo; y de esa imagen selecciona lo que le interesa para presentarlo a los demás; y los otros leen, se quedan e interpretan, lo que les conviene, o les resulta más atractivo.
-Total, que es imposible conocernos los unos a los otros. E incluso a nosotros mismos.
-Al menos lo podremos intentar -intervino el señor Jordi.
-Sí -admitió doña Paquita con un brillo en los ojos que ya sabíamos lo que anunciaba. No nos defraudó. Tuvimos cita literal-, pero buscando ser sinceros -continuó-, sin sofismas. No provoquemos que nadie diga lo que dice él en su novela: huyo, no de ver huellas de pies desnudos de hombres, sino de oírles palabras de sus almas revestidas de necedad, y me aíslo para defenderme del roce de sus tonterías.1
-A veces no se está muy seguro de poder evitarlas, ¿no le parece? -volvió a intervenir el señor Jordi-. Una vida sin alguna que otra tontería sería como una ensalada sin sal o una tortilla sin huevos.
-Evidentemente -dije yo- ni todos los tiempos son uno, ni todos pacemos con los mismos pastores. Tampoco todas las tonterías tienen el mismo calibre. Por otra parte, una persona sensata, virtuosa, hasta en los peores momentos dejará constancia del metal de su alma.
-Todos y en todo momento -respondió doña Paquita- hacemos patente la materia de la que estamos hechos.
-Bueno -le replicó el señor Jordi un tanto nervioso-, usted sabe que hay veces en que las circunstancias nos pueden, y decimos cosas que no hubiéramos pensado...
-Tal vez suceda así -le respondió doña Paquita viendo que se quedaba sin palabras- porque hemos vivido siempre no como somos sino con el temor al qué dirán. Y en un momento determinado, nos sale del alma nuestra verdadera naturaleza. No sé si me he hecho entender.
-Creo que sí -le dije yo-. Yo, al menos, interpreto sus palabras como que la persona sensata se comporta con sensatez hasta en el momento de su muerte, o en los momentos más terribles de su existencia. Es como la campana que siempre suena igual, aunque a veces toque a rebato, otras suene en las procesiones y otras en los funerales.
-¿Y esa sensatez no puede variar con el tiempo, como todo en este mundo? -preguntó el señor Jordi.
-Por supuesto. Todo cambia -le respondió doña Paquita, a quien, de nuevo, le volvieron a brillar los ojos: Porque he de confesarte, Felipe mío, que cada día me forjo nuevos recuerdos, estoy inventando lo que me pasó y lo que pasó por delante de mí. Y te aseguro que no creo que nadie pueda estar seguro de qué es lo que le ocurrió y qué es lo que está de continuo inventando que le había ocurrido. Y ahora yo, con la muerte de don Sandalio, me temo que estoy formando otro don Sandalio. Pero ¿me temo?, ¿temer?, ¿por qué?2
-Ya que habla de la muerte -le dije apenas hubo terminado su cita-, tenemos con ella el ejemplo más fehaciente de lo que estamos diciendo.
Me percaté enseguida del gesto del señor Jordi. Me pareció conveniente dar un pequeño rodeo.
-Creo que sé a lo que se refiere -me ayudó doña Paquita.
-No recuerdo la edad que tenía -comencé a divagar- cuando estrenaron en los cines la película de David Lean, Doctor Zhivago. Era un crío, desde luego. Mis padres fueron al cine a ver dicha película. Y cuando llegaron a casa, lo primero que hizo mi madre fue amonestarme para que yo fuera capaz de llorar como había llorado el niño Zhivago en la muerte de su madre, allá en las frías estepas rusas. Me acusó, en vida, de mi incapacidad para dolerme de su futura muerte, como se había dolido el protagonista de la película. Era aquella una idea machacona por parte de mi señora madre. Se burlaba de mí porque no me imaginaba capaz de sentir un fuerte dolor, y de llorar como ella creía merecer.
-Hay gente, desde luego -dijo doña Paquita- que disfruta preparando su funeral.
-Tal vez sea una forma de huir de la muerte -intervino el señor Jordi.
-Siempre he sospechado que había otros problemas. Y más graves.
-Ya le he dicho que fuera con cuidado con lo que nos contaba.¿Y qué hizo usted? -quiso saber doña Paquita cambiando de tono y guardándose sus íntimos pensamientos, que yo leí perfectamente.
-Por lo que recuerdo -repuse ateniéndome a lo que decíamos- debí defraudar mucho a mi madre. Lloré, desde luego. No lo pude evitar. Pero no hice nada más. La suya, como la de todos, fue una muerte anunciada. Y ni hubo pope, ni incienso, ni cantos litúrgicos o fúnebres; no sonó ni una triste balalaika.
-Además, de nada le hubiera servido lamentarse o rasgarse las vestiduras, ¿no cree?
-Es cierto. Yo, a fin de calmar a su espectro, o a mis recuerdos, hubiera contratado los servicios de unas plañideras para que lloraran y se mesaran los cabellos, e hicieran todo aquello que a mí no me salía hacer.
-Es usted frío hasta en la muerte -me dijo el señor Jordi.
-Bueno, si usted lo quiere ver así... Ahora bien, prefiero más comportarme de esta manera, que no como se comportó la semana pasada esa señora a la que se le murió su hermana.
-Sí, fue un poco triste, o más bien lamentable -sentenció doña Paquita.
-Siempre lo es la muerte -añadió el señor Jordi.
-No, no estoy de acuerdo -dije yo- Y lo triste no fue la muerte de una persona ya mayor, y aunque hubiera sido joven, lo mismo me da; lo penoso fue la reacción de quien quedó con vida.
-Es muy fácil juzgar a los demás.
-Tiene razón. Perdóneme. Pero también yo conozco a la muerte bien de cerca. Y no me dirá usted que no es una memez amenazar a su Dios diciendo que ya no existe, que ha perdido la fe porque una persona ha muerto. ¿Dónde está escrito o consta que vamos a ser eternos? ¿Acaso no fue ese mismo Dios quien permitió la muerte de su muy amado y unigénito hijo?
-Bueno -quiso justificarla el señor Jordi, que era amigo de ella- son cosas que se dicen en un determinado momento, y a las que no hay que conceder más importancia.
-No veo porqué no -intervino doña Paquita-. Tan significativo es eso como el que una madre le pida a su hijo que llore en su entierro. Y es posible que, en el fondo, todo sea lo mismo: miedo a la muerte, ¿no le parece?
-Sí, por supuesto -asentí adivinando el pensamiento que no había formulado-, miedo que se traduce en forzar a la naturaleza a que se comporte según nuestros deseos.
-Ya le he advertido anteriormente -me dijo doña Paquita- que fuera cuidadoso con lo que iba a contar. Se nos está retratando usted.
-Como comprenderá, y he dicho ya, a estas alturas no me importa lo más mínimo. Ahora bien, me ha preocupado la cita que ha hecho usted de don Miguel de Unamuno. Así que yo quisiera ofrecer no la imagen que yo quiero, ni la que deseo que vean ustedes, sino la verdadera, si es que existe.
-La verdad, ¿y qué es la verdad? Esa verdad se refleja en mí...
-Muy sencillo, que auriculas asini Mida rex habet. Quizás no podamos pasar de ahí, ni comprobarlo, pues igual nos cuesta la vida. Y si descubrimos la verdad, una verdad, se la diremos a los juncos. Así nadie se nos ofenderá -dije mirando al señor Jordi molesto conmigo por lo que había dicho de la señora mayor, con quien él tenía una cierta amistad.
-No me han molestado -dijo- sus palabras sobre ella.
-Tampoco ha dicho nada ofensivo -intervino doña Paquita-, lo cual nos lleva al principio de la conversación. Dejemos las orejas de Mida en paz. Había dicho usted -se dirigió ahora a mí- que de joven era usted una persona muy insegura.
-Sí, es cierto.
-No me extraña -dijo-. Si estuviéramos en una probable tutoría en el instituto le diría que su madre de usted lo tiene completamente dominado. O intenta dominarlo por todos los medios posibles.
-Tal vez no fuera usted muy desencaminada.
-¿Y por qué cree usted -preguntó incisivamente- que se producen esos deseos de dominación?
-¿Ha conocido usted -pregunté a mi vez- a alguna persona feliz que necesite tener sojuzgados a sus semejantes?
-¿Ha conocido usted a alguien feliz? -preguntó rauda como el viento.
-No, pero he conocido a personas que han llevado con mucha elegancia sus desgracias, sin necesidad de descargarlas con nadie.
-¡Ah, señor mío! -exclamó ella- quizás ahí resida la diferencia entre la estupidez, la tontería, que prefería don Miguel de Unamuno, y la sensatez. En no herir al prójimo con nuestros dolores, haciéndolos paganos de aquello de lo que no tienen culpa, ni obligándolos a bailar cuando tenemos ganas de fiesta.
-Tal vez estemos pidiendo un imposible -intervino el señor Jordi-. Y tal vez -añadió- eso que están diciendo ustedes no tenga mucho valor... No, no me malinterpreten... quiero decir que lo grave es cuando son unas naciones las que hacen cargar sobre otras el peso de sus frustraciones.
-La guerra, vamos.
-Sí, a eso me refería.
-Si nos oyeran hablar de la insatisfacción como causa de la guerra, igual se reían de nosotros.
-Usted ha dicho antes que no le importa lo que los demás piensen de usted. A mí tampoco. Así que ¿puede explicare alguien por qué los romanos tuvieron que crear un imperio? ¿O por qué Grecia tuvo que embarcarse en la guerra de Troya? ¿O por qué Amílcar Barca tuvo que desembarcar en este bendito país?
-¿Usted cree que todos estos pueblos eran pueblos de insatisfechos?
-Olvidémonos de Helena de Troya -me respondió el señor Jordi también sonriendo-. Creo que estará de acuerdo conmigo en que nadie se va a buscar fuera de casa lo que tiene en ella.
-Pero el hombre -dijo doña Paquita- siempre está enormemente insatisfecho, sea por unas cosas o por otras. También puede acaecer que no se conforme con lo que tiene, y ansíe lo del vecino.
-Aunque sea su funeral.
-Sí, señor, aunque sea su funeral. Y le vuelvo a recordar -añadió sonriéndome- que todavía no nos ha explicado el origen de esta conversación. No me gustaría irme a la cama con un interrogante más en mi vida. Y los romanos, créame, me importan ya bien poco. Otra cosa es el latín. Hable.
-No creo que a estas alturas les tenga que explicar muchas cosas. Ya habrán adivinado ustedes que era una persona muy insegura y por qué lo fui.
-Las madres vampiro son legión -dijo doña Paquita.
-La cuestión es que siempre he dudado de todo cuanto he hecho, dicho y pensado. Pocas veces, en consecuencia, me atrevía a dar mi opinión; siempre esperaba, primero, a conocer la de los demás; y muy a menudo la mía se teñía de las otras por miedo, una vez más, a ser rechazado.
-Y luego, poco a poco, fue cambiando.
-Sí.
-¿Y cómo se produjo ese cambio? -quiso saber el señor Jordi.
-Releyendo libros que leí en mi juventud, y que me parecieron muy malos; pero que a todo el mundo gustaban en aquel momento, o que nadie se atrevía a decir que eran pésimos.
-La filosofía no escrita -apuntó doña Paquita.
-O lo políticamente correcto -añadió el señor Jordi.
-Efectivamente. Durante una época ambas cosas, o la misma, pueden amordazar a una persona, hacerle cambiar de forma de ser por miedo a ser rechazada. Hasta que se percata de que es una estupidez. De que tenía razón...
-Esto es como el cuento de los sastres que le tejieron al rey un vestido invisible. Le sacaron grandes cantidades de oro para hacer un traje de oro y piedras preciosas, pero con la característica de que sólo lo verían aquellos que fueran hijos legítimos.
-Ya. Y lo vieron todos. Incluidos el propio rey.
-Todos menos un pobre esclavo que no tenía nada que perder porque lo consideraran hijo de esta o de aquella persona.
Con las palabras de doña Paquita nos quedamos callados los tres. Transcurrió un largo silencio.
-¿Y eso era todo? -me preguntó al cabo de unos minutos.
-Sí, señora; eso era todo. Ahora veo películas, como la de esta tarde, o leo libros, y sé inmediatamente si son malos o buenos. Me fío de mí mismo. Y no necesito ser aceptado donde tengo que mentir.
-Pues no ha estado mal. Al menos hemos pasado un agradable rato, ¿no les parece?
El señor Jordi y yo asentimos.
-Ahora a dormir. Y mañana será otro día.
-Y amanecerá Dios y medraremos todos. Buenas noches.
-Buenas noches.
Doña Paquita se retiró recitando una copla de Augusto Ferrán. Digno colofón de aquella noche:

Hace ya muy largos años
que en todas partes te veo,
pero no tal como eres,
sino según mi deseo.
1Miguel de Unamuno, La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, cap I
2Miguel de Unamuno, Ibidem, cap XXI

jueves, 21 de marzo de 2013

Fallas, una crónica de urgencia


FALLAS, UNA CRÓNICA DE URGENCIA

Vicente Adelantado Soriano

Vaya por delante que para quien esto suscribe las fallas son una verdadera molestia: por la cantidad de gente que hay por las calles, por el continuo, ruidoso y persistente tirar petardos por parte de todo tipo de personas; y, sobre todo y por encima de todo, por los zumbidos nocturnos, no es música por mucho que se empeñen, que emite el casal que tengo a pocos metros de mi casa, y que nos impide dormir hasta las cuatro de la mañana. Es decir, las fallas son unas fiestas que no se viven sino que se imponen: quiera usted o no tiene que soportar ruidos bestiales a toda hora, y zumbidos electrónicos, a unos niveles inaguantables, hasta que el fallero de turno tiene a bien bajar el volumen o desconectar el dichoso aparato que los lanza al espacio.
Cuando a uno, in illo tempore, se le ocurría protestar, tarea inútil, le salían con su nula valencianía o patriotismo, con la tradición, las costumbres y todas esas zarandajas. Por supuesto cada uno entiende por tradición lo que Dios le dio a entender, o él tiene a bien comprender. La tradición hasta hace poco era que los puestos de buñuelos y churros, por ejemplo, estuvieran regentados por una señora mayor, que, generalmente, había ido a la peluquería antes de abrir el puesto, y llevaba un pelo recién peinado y tintado, casi siempre de rubio. Dicha señora, valenciana ella, iba provista de un blanquísimo delantal. Y haciendo juego con él llevaba unos manguitos de tela tan albos como el dicho delantal. Esta figura, salvo raras excepciones, ha desaparecido. En su lugar hay franquicias llevadas, en su inmensa mayoría, por extranjeros. No se ve la tradición por ningún sitio. Y no quiero insistir porque capaz es algún político, con ganas de hacer patria, de obligar a los vendedores de churros a sacarse el mitjá de valencià, por cuanto que la señora rubia lo hablaba sin contemplaciones.
La tradición, antes, al menos cuando el que esto suscribe era un crío, era que, por la noche, se montaba un tablado, se contrataba a una pequeña orquesta: batería, trompeta, algunas veces acordeón, saxo y vocalista. El vocalista, si se tenía suerte, solía ser alguien de la tierra, y que jugaba con la indefinición o definición de su sexo, cuando no con la abundancia de sus ubres mamarias. Había para todos los gustos. La gente, por regla general, cuando actuaban estos personajes no bailaba: se dedicaba a mirarlos, a reírse y a aplaudir a rabiar. Luego sí, luego la orquesta tocaba para que todo el mundo pudiera bailar. Dos calles más allá de donde actuaban los artistas, la música se oía en la lejanía. No era nada molesto.
Ahora todo esto ha quedado reemplazado por un equipo que, a falta de calidad, ofrece unos decibelios tan altísimos y molestos que, de verdad, no se puede por menos que añorar las viejas fiestas. Y se responde de paso a la famosa pregunta que hacen muchos alumnos en las aulas: “¿Para qué sirve estudiar música?” Si lo hubieran hecho algunos falleros, tal vez tendrían un poco de sentido estético, y un mínimo de respeto y educación.
Y ya que hablamos de respeto y educación, tenemos que hablar de un fenómeno que hace tiempo viene observándose en esta santa tierra, desde que se convirtió en un país acogedor de todo tipo de personas y étnias. Ya hace tiempo algún que otro musulmán, o árabe, o vaya usted a saber qué, se sintió ofendido porque en Valencia se celebra la festividad del 9 de octubre, fecha en que las tropas cristianas, comandadas por el rey Jaime I, entraron en la ciudad de Valencia, en manos entonces de una taifa árabe. Antes la dichosa ciudad había sido romana, y antes de una tribu ibera, o de un poblado ibero, los edetanos. Luego la machacó Aníbal. Los árabes la ocuparon, por la fuerza, a partir del año 711. ¿Por qué no se puede celebrar la entrada en Valencia de Jaime I cinco siglos después? ¿Se ofenden ellos? Pues que, a estas alturas, se ofendan por semejante cosa es como si un español rompiera sus relaciones con una romana porque Julio César conquistó Hispania o Escipión el Africano acabó con Numancia. Es cosa de locos. O de estúpidos. Como no dejó de ser una estupidez que también pidieran la anulación de les filaes de Alcoy compuestas por supuestos moros, vestidos de una forma que ni a Hollywood se le hubiera ocurrido ni en sus peores sueños. Y eso sí, no hay moro, por muy fiero que sea y terribles armas que lleve consigo, que no vaya provisto de un puro que no se lo fuma ni el mismísimo Fidel Castro. Al parecer también esto les ofendió. También había que eliminar esa fiesta.
La palma de la necedad y del absurdo, sin embargo, se la ha llevado este bendito año de 2013, que tenía que acabar en trece. Para más inri la festividad de san José cayó en martes, aunque, respetando la tradición, era 20 de marzo, día del comienzo de la primavera. Algo es algo. Hubiera sido más terrible si hubiese sido martes y trece.
A un artista fallero, de mucho ingenio y buen hacer, se le ocurrió montar una falla teniendo como imagen central a la diosa Shiva. La falla ni era ofensiva ni nada que se le parezca. Pero aun así se armó la de Troya porque hay gente que se ofende de todo y por todo, menos por alguna que otra violación sin importancia. Enseguida comenzaron a protestar, y las amenazas por parte de algún que otro indio ya que, a su parecer, la falla era una burla de sus signos religiosos más importantes. En la falla no había nada que pudiera resultar ofensivo para dicha religión. Y las fallas, por otra parte, son monumentos efímeros que tienen como fin la sátira y la crítica de los vicios. Eso para comenzar. Y para continuar, cuando uno llega a una casa, invitado, lo menos que puede hacer es respetar a los habitantes de la casa. Máxime cuando la falla se quema, y no quedan de ella ni las cenizas.
Parece ser que nada más plantar la falla ya comenzaron los problemas y las amenazas. Si es verdad que amenazaron con poner bombas, con atentar contra el presidente de la falla, y contra todos los falleros, no entendemos porqué estas personas no están en prisión. Y no entendemos que acudan a la falla con la insólita petición de que esta no se queme porque representa a no sé qué deidades. Hasta uno de los personajes se puso de rodillas delante de la falla y se entregó a sus oraciones. Que los dioses me perdonen pero esto, en pleno siglo XXI, no deja de ser una estupidez del máximo calibre: una falla convertida en una divinidad, un señor que intenta quemarse a lo bonzo en defensa de una guitarra y unos brazos de cartón, una niña de poco menos de siete años amenazando con degollar a parte de los espectadores, y una falla que vio convertida la noche de la cremà en una horrible pesadilla. ¡A lo que llevan los fanatismos!
Y por desgracia siempre es la misma y triste historia: gente que mata por una palabra, engendrado y no creado; por un quítame allá esas pajas, pero que, al mismo tiempo, consiente todo tipo de injusticias y de violaciones... ¡Qué lástima de energía! Si esa protesta se hubiese empleado en luchar contra las desigualdades de género o sociales, otro gallo nos cantara a todos. Pero, claro, hay que reconocer que es más fácil graznar contra un monigote de cartón. En las fallas se han quemado a todo tipo de muñecos: del papa, de políticos, etc. Además, insisto, nada ofensivo había en dicha falla. Muchas veces, demasiado a menudo, la porquería está en los ojos de quien mira y no sabe ver. Es el colmo de la necedad, me parece, coger un monigote de una falla y ponerlo en un templo y adorarlo. Sin palabras. Eso es lo que me parece un insulto a la inteligencia. Esperemos que todo esto haya sido una cosa puntual, sin más importancia, y que el sentido común vuelva a imperar y podemos tener unas fallas con humor e inteligencia. Aunque sea soportando ciertas incomodidades. Pax vobiscum.

viernes, 15 de marzo de 2013

El chico del periódico



EL CHICO DEL PERIÓDICO

Vicente Adelantado Soriano

A los pocos segundos de comenzada la película de Lee Daniels, se percibe en la sala la presencia del espíritu del viejo rey Salomón, que llega cansado de no se sabe dónde, pero de tierras muy lejanas. Aparecido por el cine, agazapado en la oscuridad, no tarda en surgir su sabia y profunda voz para anunciar que no hay nada nuevo bajo el sol. Alguna vez le han chistado algunos espectadores; y otras se ha tropezado con una débil oposición diciéndole que sí hay cosas novedosas en este gastado y viejo mundo. Y la más novedosa de todas esas cosas es nuestro irrepetible e impagable protagonismo. Lo que sucede es que ese protagonismo, demasiado a menudo, está lastrado por una cultura o una civilización que no se ha sabido asimilar, que no ha producido nada nuevo por cuanto que es más fácil filmar lo ya filmado, narrar lo ya sabido, que buscar una nueva visión, un nuevo enfoque, distinto y acorde con los tiempos que vivimos. No ofrece nada nuevo El chico del periódico. Toca esta cansina película la vieja tecla del condenado a muerte sin haber tenido, al parecer, un juicio con todas las garantías legales. Y ahí, como siempre, aparecen los periodistas dispuestos a parchear a la ley, a componerla y ha demostrar con su tenacidad que, pese a todo, el sistema funciona. Nada nuevo bajo el sol, evidentemente. Y como el tema era manido; y, al parecer, querían darle un sesgo nuevo, los guionistas, el propio autor de la novela, Peter Dexter y el director de la película, comienzan a tocar las teclas del viejo y gastado piano. Y suena la música. Aquí prometen una sinfonía, allá un cuarteto, luego una ópera, y, al final, queda en un no nada: anunciar muchas cosas, prometer alguna y no cumplir ninguna. Viendo moverse a los personajes de aquí para allá y de allá para acá no se sabe si están cuestionando la pena de muerte, el racismo, o si lo denunciado es el periodismo, las relaciones humanas, el sexo... o si algo de cuanto acaece en la pantalla le importa a alguien, que parece que no. Mientras, cómo no, tenemos el lenguaje pretendidamente realista de este tipo de cine: follar, chupar la polla, pegar un polvo, negrata... Y no falta, hasta ahí podríamos llegar, desnudos en el retrete, el homosexualismo y los peligros que este comporta. Ahora bien, en la película todo sucede sin que se sepa bien por qué sucede, ni unas acciones tienen relación con las otras. Es decir, igual que sucede una cosa podía suceder la contraria, o nada, porque los personajes, si es que los hay, parecen pobres muñecos en manos de un guionista que no sabe qué hacer ni por dónde tirar en tanto absurdo cruce de caminos. Nos quedamos con las ganas de saber porqué actúan como lo hacen, y no de forma diferente. Así que, de golpe y porrazo, y sin venir a cuento de nada, el chico que está en el corredor de la muerte es puesto en libertad, pese a que todo lo tenía en su contra; busca a la chica mala, ya se pueden imaginar ustedes para qué, exacto para un par de escenas más de sexo un tanto deslavazado; el periodista bueno es encadenado, desnudo, por supuesto, por unos negratas homosexuales como él, al parecer, y apaleado; y el negrata malo, periodista, publica el artículo sobre el condenado a muerte sin contrastar la información porque en el mundo del periodismo predominan las prisas, ya que el periódico tiene anunciantes. Suponemos que todo esto es una crítica al periodismo actual. Y suponemos que, al final, hay una especie de venganza poética, corrección de lectura, a Testigo de cargo, por cuanto el chico que estaba en el corredor de la muerte vuelve a él, y es achicharrado en la silla eléctrica por haber matado a quien no debía. Por si esto fuera poco, la voz en off de la criada nos cuenta que el chico del periódico se ha vuelto a encontrar con su madre en el entierro de su hermano, el que era homosexual. Y suponemos que ya es feliz. Echaba de menos a su mamá. De ella solo conservaba un anillo. Ahora, con el anillo, y la mano que lo sustenta, ya es feliz. El espectador también lo es no por haber hallado a su progenitora sino porque se ha terminado la película, y ha visto al viejo Salomón incorporarse lentamente diciendo aquello de “ya te lo había dicho yo.” Hay que reconocer que en este caso ha tenido razón el sabio Salomón. Pero no perdamos la esperanza. Otra vez será. Sabido es que, en esta vida, hasta los Reyes Magos se equivocan. A mí, al menos, hace años me dejaron un balón que yo no había pedido. Otra vez será.

La noria sin cangilones


LA NORIA SIN CANGILONES

Vicente Adelantado Soriano

-En más de una ocasión -le confesé al señor Jordi aquella melancólica y fría tarde de lluvia- he pensado que la famosa iluminación budista, la paz y la tranquilidad, el nirvana, o la sabiduría occidental, no es otra cosa que percatarse de que la realidad es una, inmutable e invariable; idéntica siempre a sí misma. Y que, llegados a ese punto del conocimiento, no queda más remedio, tampoco se puede hacer otra cosa, que seguir viviendo como si nada se hubiera descubierto, como si no hubiese sucedido nada. Todo sigue igual. Cierto es, por supuesto, que también se puede optar por la acción, por intentar cambiar la realidad para que no siempre sea monótonamente idéntica a sí misma; pero no se conseguirá otra cosa fuera de crear más desazón, intranquilidad; y, tal vez, provocar inútiles muertes. Pues todo, tarde o temprano, volverá a ser como era y como ha sido siempre. Incluso la guerra será igual a sí misma, porque quien la provoca siempre es el mismo.
-No sé si lo he entendido bien -me respondió el bueno del señor Jordi-; pero me está dando la impresión que está usted predicando algo así como el inmovilismo, la quietud, la paz de los cementerios, la inutilidad de todas las acciones. Y, desde luego, es así, quedándonos todos quietos, como no avanzará ni el hombre, ni, lógicamente, la sociedad. Y todo será siempre uno y lo mismo. Eternamente.
-Creo que al final todo termina por parecerse: acción o inactividad es lo mismo. Hagamos lo que hagamos todas las aguas volverán a sus cauces. Lo mismo da moverse que estar parado... No obstante, tal vez tenga usted razón. Es más, me gustaría que la tuviera. Pues, en el fondo, se lo confieso, no me gusta nada mi forma de pensar. Siento que voy en contra de lo que siempre pensé y defendí de joven.
-Conozco la sensación: a veces, por desaliento, por cansancio, o por las causas que sean, se tira la toalla, y se va contra lo que siempre se había pensado o creído. Todos tenemos nuestros momentos de debilidad; pero no hay que consentir que estos nos lleven al nihilismo.
-Es posible que tenga usted razón. Me gustaría estar equivocado. Pero también sería necio por mi parte no percatarme de la realidad, no tener a esta en cuenta a la hora de analizar mi estado anímico y el del resto de la sociedad.
-Sí, la realidad, a menudo, es muy desagradable. Muy a menudo se empeña en ir en contra de nuestros deseos, y de nuestras intenciones, que, en la mayoría de los casos, son buenas.
-Todos nos creemos buenos; y, seguramente, todos creemos que actuamos correctamente.
-¿Usted cree? También es posible que usted tenga razón, o, cuanto menos, su parte de razón. Quiero decir que, al fin y al cabo, cada uno de nosotros nos fabricamos una moral especial, un código de conducta, que no es otra cosa sino una permanente justificación de nosotros mismos, y de nuestras acciones. Así que no encontrará usted hecho, por deleznable que sea, que no tenga su apoyo filosófico, sus justificaciones, y sus corifeos. Ahora bien, eso no presupone que los actos sean buenos en sí.
-Está diluviando. Me encantan estas tardes tan tristes, tan norteñas, y que tanto invitan a la melancolía y a la reflexión. No, no estoy cambiando de tema. La melancolía siempre me ha parecido una fuente inagotable de conocimiento. De alguna forma, y sin depresiones, sin enfados terribles, lleva a meditar sobre la vida pasada, a verlo todo como un intento de algo bueno rara vez hecho carne... Y ahí es donde coincidimos. Creo que debería ser motivo de reflexión, de una honda reflexión, que en este siglo, con todos los avances tecnológicos, el hombre siga actuando como siempre lo ha hecho. Quiero decir que no desaparece ni el crimen, ni la corrupción, ni el egoísmo, ni la falta de respeto...
-Usted sabe que una misma realidad puede ser observada desde distintos puntos de vista.
-Sí, y tal vez el uno sea complementario del otro.
-No se lo niego. Pero mientras que usted ve el vaso medio vacío, yo lo veo, o lo puedo ver, medio lleno. Y es cierto que hay situaciones en la historia que se repiten con una monotonía machacona; pero no es menos cierto que, mal que bien, el hombre va logrando cosas, pequeños avances. Permítame que le recuerde que hoy en día ya no hay esclavos en el mundo civilizado.
-Bueno, hay asalariados...
-Y hay sindicatos, y derechos laborales. Otra cosa es que se quieran utilizar o no. No hace mucho, y usted lo sabe, hubo un ataque brutal, por parte de los medios, periódicos, radio y televisión, hacia los sindicatos. Los tildaron de nidos de corruptos que vivían de las subvenciones estatales. Y no le digo que no haya habido corrupción. Por desgracia la corrupción no es privativa de un determinado grupo político o de determinadas personas. Se la encontrará vaya donde vaya, y se meta donde se meta.
-Sí. El otro día, hablando con doña Paquita, nos remontamos, por eso de la corrupción, al caso de Viriato. Como sabe este fue traicionado, vendido, por sus supuestos amigos.
-Sí, creo que todas las personas de nuestra generación hemos oído aquella famosa sentencia de Roma no paga a traidores. Que traducido al lenguaje actual es X no contrata a corruptos. En la X puede usted poner el partido político que quiera.
-A eso me refería yo, dejando a parte la X. Como puede ver, esa frase no encierra más que corrupción, el famoso todo vale. Roma, mal que nos pese, tenía que haber pagado a los traidores, pues fue ella quien instigó esa traición.
-No sea usted ingenuo. Roma quería conquistar tierras, y se valió de todos los medios a su alcance para conseguirlo. En este caso hasta de la traición. En otros iría más lejos.
-Sí. Y por desgracia siempre habrá gente dispuesta a traicionar a amigos, vecinos, y a pueblos enteros, con tal de conseguir riquezas, o una absurda posición social.
-Contra eso precisamente es contra lo que hay que luchar.
-Alabo su optimismo, y más en una tarde como esta. Pero siempre he tenido la impresión de que luchar contra estas cosas, y contra otras similares o parecidas, es como luchar contra la famosa Hidra, con la diferencia de que esta no tiene siete cabezas sino siete mil.
-Bueno. Cuando Herakles, fue Herakles, ¿no?, se enfrentó a ella lo hizo armado con una espada, seguramente de bronce, o con su famosa clava. Complicado lo tuvo para rematar, con esas armas, las siete cabezas del bicho al mismo tiempo. Ahora, con una semibombita, solucionaría el problema. Y sin despeinarse además.
-¿Ve usted como termina dándome la razón? ¿Ve usted las razones de mi pesimismo? Ya estamos en las mismas: la inevitable guerra, la famosa bomba que va a solucionar todos los problemas. Pero la Hidra, querido amigo, resurgirá de sus cenizas, como el Ave Fénix.
-Creí que estábamos hablando metafóricamente. Pero de todas formas da lo mismo. Desengáñese: nada se va a lograr sin sufrimientos. Ni sin la ayuda de una buena educación.
-Efectivamente: el hombre no aprende nada de sí mismo, ni de su historia. Siempre tenemos que echar mano de las armas. Olvídese de la educación.
-El pueblo que no conoce su historia está obligado a repetirla.
-Eso es una memez. Perdone la brusquedad. Perdóneme. Pero no existe ningún pueblo que conozca su historia. A lo sumo hay dos o tres infatuados que creen conocer el pasado porque manejan datos de macroeconomía, de cosechas y de nacimientos y mortandades. Y en el fondo todo es ignorancia y más ignorancia. Los historiadores saben que tienen que llegar a la revolución, y todo lo cuentan como fuerzas que, inevitablemente, llevan a ella. Profetas de lo acontecido. Ayer brilló el sol. Hoy llueve, y lo de mañana se lo diré pasado mañana.
-Le vuelvo a recordar que las cosas se pueden ver de formas diferentes. También ponen el dedo en la llaga e indican las causas que llevaron a esas guerras o revoluciones. Conociéndolas se deberían evitar. Ellos han cumplido con su misión: las han puesto de relieve.
-Muy bien. ¿Y quiere decirme ahora cómo hacemos llegar eso a la gente, al ciudadano común y corriente para que varíe su forma de ser y de actuar? Ya me imagino que me va a decir que a través de la educación, de la escuela y de los maestros.
-¿Y no es esa su misión? ¿Acaso no es eso lo que deberían hacer?
-Si está pensando usted en los maestros como si fueran los guardianes de una República, al estilo de Platón, sí. Pero ni la sociedad está concebida como la República de Platón, ni los maestros son una excepción en el mundo en el que viven.
-¿Y no le parece que es una pena?
-Sí, es una pena. Pero si somos los demás, los otros, los encargados de velar por la República, siempre cada uno de nosotros necesitará de un policía para no tirar las colillas del cenicero del coche en un semáforo. Y lo triste es que, tal vez, no haya otra forma de que funcionen las cosas, y de que las calles estén limpias. Con policías.
-Sigo pensando que es usted un idealista. Por supuesto que siempre hará falta la policía. La anarquía es más que imposible. Es una utopía. Exige tal virtuosismo que ni el mejor de los acróbatas es capaz de lograrlo. El hombre tiende a la indolencia... Pero no era ese el problema que nos ocupaba. ¿O si?
-Es verdad. Tiene usted razón. Siempre he tenido querencia a irme por los cerros de Úbeda. Creo, sinceramente, que las lecturas de los filósofos griegos me envenenaron el alma. Llevo años intentado quitarme ese veneno de las entrañas.
-Me deja usted de una pieza. Creí que la filosofía servía para entender aquello que permanece oculto. O para comprender al hombre. Nunca se me ocurrió que pudiera emponzoñar el alma de nadie.
-También puede servir, a veces, para ocultar la realidad. Al fin y al cabo ¿qué es la República sino un sueño irrealizado de Platón? ¿Sabe? Ahí reside uno de mis grandes errores: me he pasado la vida predicando, en el desierto, por supuesto, que no se puede estudiar una lengua sin tener en cuenta la historia del país donde se desarrolla. El castellano o español, como quiera llamarlo, deriva del latín; pero también tiene palabras árabes, prerrománicas, italianas, etc. Hay que conocer un poco de historia para comprender un poco la lengua. Sin hacer caso de mis propias advertencias, me puse a leer libros de filosofía sin tener en cuenta el medio en el que nacieron.
-¿No está exagerando un poco? Me parece que de la forma que usted lo plantea, es imposible cualquier avance o conocimiento. También imagino que habrán quedado más que obsoletas algunas de las cosas que leyó.
-No estoy de acuerdo. Además, creo que es mejor conocer una cosa con una cierta profundidad que no ir, como he hecho yo, picoteando de aquí y de allá para llegar, al final, a una pequeña desazón, a un pequeño descontento y a una enorme ignorancia.
-Aquí no es tenido usted por un ignorante. Ni yo, pese a las discrepancias que tenemos, creo que lo sea.
-Tal vez deberíamos comenzar por definir qué es un ignorante y qué es un sabio. ¿No le parece que, muy a menudo, se confunde el tener cierta información con la sabiduría? En este bendito país lee usted dos libros sobre Platón y ya es tildado de neoplatónico.
-¿Y no es eso? La sabiduría es poseer algo que el otro no tiene, y que permite tener acceso a ciertas cosas ¿Acaso la gente que sabía, como los sacerdotes en Egipto, no eran celosos de esos conocimientos, y los mantenían alejados del resto de los mortales?
-Bien. Se puede plantear así. Pero entonces su pretendida sabiduría no residía en lo que ellos sabían sino en lo que los otros ignoraban. El vaso sigue estando medio vacío.
-Pero, afortunadamente, hubo gente que quiso saber, que no se quedó paralizada; y lo que era privativo de los sacerdotes pasó al pueblo. Y de esta forma se terminó con el poder de esa casta.
-Y nunca más hubo sacerdotes, y todos comieron perdices. Se olvida usted, señor mío, de la Edad Media y del Renacimiento.
-No, no me olvido de nada. Además, ha tocado usted un tema que me apasiona. O al que, al menos durante época de mi vida, le dediqué bastante tiempo. Estoy hablando, como habrá comprendido, de la relación de la Iglesia con el Estado. O si quiere, de los sacerdotes con el faraón o con el rey.
-Interesante. Imagino que saldrá la Inquisición por el medio.
-No hace falta. Es, si quiere usted, lo más llamativo, lo más cinematográfico por decirlo de alguna forma. Hubo que recurrir a ella, desde luego, porque algunos conseguían huir de la miseria y de la ignorancia, y cuestionaban algunas cosas que no le hacía gracia al poder que fueran cuestionadas. Pero la inmensa mayoría de las personas eran mantenidas en el analfabetismo y la ignorancia. Y además -añadió casi susurrando- la Biblia no se traducía del latín al castellano.
-Eso es cierto.
-¿Sabe? -me dijo entonces poniendo un gesto melancólico en tanto sus ojos brillaban de gozo y contento- de joven soñé más de una vez con llevar al cine un libro que me encantó. Era un libro del siglo XIX, de un tal George Borrow, y que se titula La Biblia en España. Me hubiera encantado ser director de cine, tener posibles, y hacer una película con ese libro.
-Siempre se nos quedan sueños por cumplir -dije un tanto estúpidamente.
-George Borrow -me explicó el señor Jordi- pertenecía a una sociedad bíblica londinense. Y vino a España, en 1836, con el fin de distribuir biblias por el país para que España dejara de ser papista, pues según él, los españoles eran católicos porque no conocían la Biblia. Conocían las interpretaciones que de la misma hace el Vaticano.
-¿Y quién sabía leer en aquella época? ¿No le parece un poco absurdo el intento de aquel buen hombre?
-Sí. También he pensado yo eso en más de una ocasión. Pues llevar la Biblia, en aquellos años, por Andalucía, por los cortijos...
-Tarea inútil. Por no tildarlo de broma un tanto pesada, sobre todo para míster Borrow.
-Para usted tal vez. Para él, no. El hombre creía en una cosa, y luchó por ella. Pasó penalidades, muchas penalidades, como cuenta en su libro; pero en ningún momento desfallece. Hizo lo que creyó que debía hacer. Para mí es más que encomiable.
-¿Sin tener en cuenta los resultados?
-Querido amigo: usted, como el señor Tomás, no puede olvidar que ha sido profesor. Aquel se mide por el número de afiliados a su sindicato, y usted por el número de aprobados en su aula. ¿No le parece que es un poco absurdo esa forma de medir?
-Bueno. Es una buena forma de saber si incidimos en la realidad o no.
-Y de ello dependerá nuestra felicidad o nuestra desgracia, ¿no es eso? No, querido amigo, no es la filosofía griega quien le ha envenenado el alma. Es la famosa estadística moderna, el mirar al prójimo cuando nos tenemos que mirar a nosotros mismos, y el observarnos a nosotros cuando tenemos que fijarnos en el prójimo.
-Me está dando usted un buen rapapolvo.
-Perdóneme. No era mi intención molestarlo.
-No me molesta. A estas alturas de mi vida creo que, cuanto menos, he aprendido a escuchar a mis vecinos... Evidentemente no todos los tiempos son unos. Dudé muchas veces de mi trabajo, muchísimas veces. No hay nada que cure más la vanidad que ser maestro en España y trabajar en un colegio semiprivado. El maestro era el muñeco de feria sobre el que disparaban alumnos, padres, periodistas y hasta la dirección. Tantos años de estudio para ser un guiñol, un muñeco de trapo... ¿Cómo no dudar?
-¿Nunca se le ocurrió emigrar?
-Se me ocurrió emigrar, cambiar de trabajo, y hasta ensayar a estar sin comer durante una larga temporada. No pude hacer nada... Estaba tan harto que el día que me jubilé fue el día más feliz de mi vida. Nunca más tendría que estar con adolescentes, nunca más tendría que soportar las imbecilidades de padres y madres contándome las excelencias de su forma de educar... ¡Dios! Si hubieran dado las clases ellos, este mundo hubiera sido perfecto... No quiero hablar de aquellos años. No tengo un buen recuerdo, aunque soy consciente de la injusticia que cometo con muchos de mis alumnos, y con algunos de sus padres.
-Sí, por desgracia -dijo mi compañero asombrándome- siempre recordamos más el mal que el bien que nos hacen.
-Eso me suena.
-Creo que lo dijo usted en la última reunión que tuvimos. Me sorprendió, y me dio que pensar. Así que durante un par de noches me dediqué a recordar todas las cosas buenas de mi vida. Y son muchas.
-Me alegro por usted. Yo también he tenido mis noches de alegría y de contento. Y, se lo digo con un poco de precaución, de felicidad.
-Quedémonos con ellas aunque ambos sabemos que no se repetirán, que pasaron y bien pasadas están.
-Efectivamente.
-Cada cosa, mi querido amigo, tiene su tiempo y sazón. Y ni a usted ni a mí nos ha ido nada mal. Caso contrario no hubiéramos acabado aquí. Es para estar agradecido. No sé a quién, pero es para estar agradecido.
-Cierto. Tiene usted razón... Ya oigo los carritos. Ha llegado la hora de la merienda. Un café con leche bien calentito me va sentar de maravilla.
-A mí también.