viernes, 22 de febrero de 2013

El atlas de las nubes


EL ATLAS DE LAS NUBES

Vicente Adelantado Soriano

Si la película de los hermanos Wachowski se mira como un mero espectáculo visual puede resultar entretenida, aunque es excesivamente larga. Se compone el film de varias historias basadas en una novela original de David Mitchell, y que, por desgracia, no están muy trabadas entre sí. Buscarles la ilación puede terminar con la paciencia del espectador, amén de producirle un fuerte e innecesario dolor de cabeza. Quiere esto decir que se podían suprimir una o dos historias, y la película no perdería sentido, aunque, tal vez, ganara en agilidad. Por otra parte, resulta un poco absurdo que cada cierto tiempo algún personaje nos lance el mensaje del autor. Un mensaje tan simple como bienintencionado: todas las acciones están encadenadas y nuestras vidas no nos pertenecen, pues lo que hagamos ahora tendrá consecuencias en el futuro; y ese futuro, al parecer, será mejor que el presente... Se puede comparar, si se quiere, con la metempsicosis de los griegos, o con un cristianismo un tanto remozado y puesto al día. Por supuesto que nuestra vida nos pertenece aunque, como descubre una de las protagonistas, la industria nos alimenta con nuestra propia carne. El toque social, a estas alturas, y con todo lo que está cayendo, no puede ser más deslavazado por mucho que las mujeres sirvientes pendan de ganchos, cabeza abajo, como reses.
Hubiera sido más sugerente y eficaz que, como sucede, varias de las historias estuvieran protagonizadas por los mismos actores; pero sin ese excesivo maquillaje que los hace irreconocibles. Así se hubieran podido ver las concatenaciones de unas acciones con las otras. No obstante, también hubieses quedado muchas cosas por explicar. El maquillaje y el uso de un mismo actor para historias separadas temporalmente me ha recordado una vieja película, en blanco y negro, y cuyo título he olvidado, en la que todo el interés estaba en saber qué actor representaba cada papel. Al final, al igual que en El atlas de las nubes, los actores se iban despojando de su maquillaje en tanto en la sala se oía el consabido ¡Oooh! En El atlas es imposible, las más de las veces, reconocer a los actores en sus diversos papeles, así que, cada cierto tiempo, tiene que aparecer el personaje con el sonsonete del mensaje del autor para que nadie se pierda, y todo el mundo tenga claro que la película tiene su transcendencia o, como diría un castizo, su miga. Y esa miga es lo que enmohece este pan. Si nos olvidamos de ello, y somos capaces de dormitar durante algunas de las historias, la película quedaría un poco decente. Así es un espectáculo visual, con unos buenos actores, un maquillaje preparado para el óscar, y un pequeño galimatías: no se entiende porqué unos personajes siempre son buenos, y otras son buenos en unas historias y malos en otras. El cambio no se ha explicado ni se ha visto por ninguna parte. ¿Qué les ha llevado a ello? Y si en verdad vivimos una y otra vez, es más sugerente la idea de la metempsicosis griega o de la reencarnación india: si uno es bueno y virtuoso, se puede reencarnar en un ser superior, por ejemplo puede pasar de ser un perro a ser un esclavo. Pero, ¡hombre, por Dios! ser toda la vida malo...
Pese a todo, es una película divertida para un viernes por la tarde o un día de lluvia. Pero sin buscarle tres pies al gato. Y dejándose llevar: no se cuenta con el espectador en ningún momento. No caigamos en el juego de creer que aquello tiene una filosofía oculta. No la hay. Hay más jugo en Caperucita roja. Es una película simple pero simpática.

Comadres del buen tono


COMADRES DEL BUEN TONO

Vicente Adelantado Soriano

El mundo da muchas vueltas, y al cabo de cada una de ellas se encuentra donde antes estuvo. Por eso digo yo que andando hacia delante, andamos hacia atrás.
Benito Pérez Galdós, Las tormentas del 48

Hay situaciones en esta vida, como algunos lugares y personas, que terminan por producir cansancio, hartazgo, agonía y hasta cámaras y vómitos. Tal vez porque no está en nuestras manos evitar los lugares, solucionar dichas situaciones, o porque, y es lo más probable, en el fondo nadie desea cortarlas ni acabarlas. Entonces se les da vueltas, o se gira en torno a ellas, una y otra vez, como burro enganchado a la noria. También puede suceder que dichas situaciones se reproduzcan como las cabezas de la Hidra. Inútil es esperar la aparición de un Heracles cualquiera.
Estoy hablando, como habrá adivinado el pío y paciente lector, del ya manido tema de la corrupción y de la falta de ética de una gran parte de la clase política en general, y de la española muy en particular. Sucede con esto lo mismo que con los compañeros de trabajo: siempre, en todo lugar cerrado, y lo es una oficina, un instituto y hasta un barrio o pueblo, termina por formarse capillas, grupos de compañeros que, a su vez, no pueden soportar a otras capillas que, igualmente, no tienen ninguna simpatía ni por tirios ni troyanos. Y unos y otros, siempre in absentia, hablan y se critican poniéndose cual no digan dueñas. Y así, entre y ante amigos, se erigen estos y aquellos en normas del bien actuar llegando a la catarsis y a una aparente felicidad: la que da el pertenecer a una manada. Nadie, sin embargo, cambia las reglas del juego. Y siempre, en consecuencia, se reproducen las mismas actuaciones.
Es inútil, en infinidad de ocasiones, tratar de cambiar de conversación; y más tratar de abrir nuevas vías de comunicación. Está bien hablar de un tema cuando de las palabras se puede pasar a la acción, y con ella se hace desaparecer aquello que está atormentando a un grupo determinado de personas. Pero cuando no existe tal posibilidad, o no se aborda, la conversación termina por enquistarse, y las palabras ya no producen sino dolor de cabeza. Se comprende el orgullo de Cicerón ante sus propias palabras, pues con ellas, con las famosas Catilinarias, fue capaz de vencer un complot que estaba poniendo en peligro a la República y a la vida de muchos senadores. Sus discursos, como es sabido, no quedaron en mera retórica, ni, mucho menos, en una cuidada catarsis individual.
Es cierto sin duda que se puede definir como sabiduría el saber estar; el ser capaz de convertir cualquier situación, por muy desfavorable y negativa que sea, en una situación propicia. No sé cómo se hace esto, imagino que cada caso requerirá una actuación diferente; pero el tiempo que invertimos en lamentarnos, en quejarnos y en criticar a los vecinos, tal vez fuera mejor invertirlo en el estudio y en la reflexión. En analizar la situación, y en tratar, por todos los medios posibles, de buscar su lado positivo, aquello que pueda favorecernos, o propiciar, cuanto menos, que desaparezca la situación molesta. Una cabeza menos.
No hace mucho estuve hablando con una persona a la que no conocía de nada. Seguramente estaba de paso. O vino a echar un vistazo. Estos encuentros, hasta hace bien poco, me daban un poco de miedo: por regla general se termina soportando a quien no aguantan ni las piedras del acueducto de Segovia. No creo que fuera este el caso de aquella persona. Dejó el periódico sobre la mesa, me miró con cara de resignación y me dijo:
-Siempre las mismas cosas: se regodean con el tema y no lo sueltan hasta que no llegan al hartazgo.
Imaginé a lo que se refería. Por eso mismo ni me molesté en echarle un vistazo al periódico. Sin decir nada depositó sobre la mesa dos cafés con leche. Me lo tomé por deferencia.
-Imagino -comenzó a decir sin que yo lo hubiera invitado a que se sentara- que también usted estará harto de leer siempre las mismas noticias.
-Sí. De hecho ya hace días que ni veo la televisión, ni conecto la radio, ni leo la prensa. Me dedico a leer libros y a oír música.
-No obstante, es un error no estar informado. Aunque no se sabe muy bien para qué.
-Usted mismo lo ha dicho: no se sabe muy bien para qué. Hace ya tiempo Cicerón se quejaba de la separación que se había establecido entre la justicia y lo honesto, o lo honesto y lo útil, ya no recuerdo.1 Hoy hay tanta separación entre el saber y el actuar, que el saber no sirve más que para amargarse la existencia.
-Es esa una buena observación. Evidentemente se debería crear un sistema político en la que el hombre, de forma inmediata, tuviera acceso a las determinaciones para poder votar todas y cada una de ellas.
-Eso -dije-, como usted comprenderá es más que imposible: las discusiones se eternizarían, y no haríamos nada útil y provechoso.
-Sí, tiene usted razón. También yo lo he pensado. Y es un problema de difícil solución. De hecho un pariente mío siempre decía, contradiciéndose, que el mejor sistema político es el de la dictadura: el dictador hace lo que quiere; y cuando hace las cosas mal, se prescinde de él.
-Seguramente -repuse tras apurar mi café con leche- su pariente estaría pensando en los dictadores romanos, aquellos que eran nombrados para casos especiales: guerras, invasiones... y que dejaban el poder una vez había cesado la causa que los había encumbrado.
-Sí, sé de lo que me habla. Lo malo es cuando el dictador no quiere entregar el poder, cuando desea aprovecharse de él para su propio beneficio.
-Sí, y quizás ese defecto esté en la masa de la sangre de mucha gente. Es peligroso darles el más mínimo poder...
-¿Y entonces? ¿Qué hacemos?
-No lo sé. También ese es un tema que a mí me ha preocupado a menudo. Y las soluciones a las que he llegado no sirven para nada, son una perfecta inutilidad...
-Yo antes pensaba -prosiguió el hombre del periódico- que la educación iba a ser capaz de terminar con muchas cosas, con muchos defectos del hombre.
-Cada uno tiene que creer en su propio trabajo. De lo contrario la vida se convierte en peor de lo que ya es de por sí.
-Sí, es cierto. De no ser por los espejismos o las ilusiones que nos creamos, nos pareceríamos a esos condenados a los que obligan a hacer un agujero, a taparlo y a volverlo a hacer el día siguiente. Un trabajo inútil puede volver loco al hombre más cabal.
-Y quizás eso explique de la forma en que hemos terminado. A no ser que juzgue útil un trabajo, sea el que fuere, porque le da de comer, y le sirve para pagar los desperfectos que se van amontonando en una casa.
-Triste que sólo sirva para eso, ¿no le parece?
- No es poco. ¿Se puede hacer algo más?
-Sí, por supuesto que sí. Mire -dijo señalando el periódico que había traído con él- leyendo todas las noticias sobre la corrupción, sobre la falta de ética de políticos y cercanías, me he estado preguntando qué han visto ellos en la sociedad para creerse con derecho a actuar como lo están haciendo; y a pensar que nada les iba a suceder, o que nadie les iba a pedir cuentas.
-Creo que la respuesta es muy sencilla: tienen en sus manos los medios de comunicación, cuentan lo que les interesa, o se avienen con periódicos y periodistas, y ocultan aquello que les puede perjudicar. Y sin cuentas claras, o sin transparencia, ya que tanto les gusta la palabra a los opacos, no puede haber democracia.
-Sí, en eso tiene razón. Pero también sucede así porque la gente no tiene interés, es acomodaticia y deja hacer con tal de que la dejen a ella descabezar un sueño en el sofá de su casa.
-Creo que fue Nietszche quien daba gracias, a no sé qué dios, por no tener que ocuparse todos los días del Imperio romano.
-Quizás esté ahí el error.
-¿Usted se imagina una casa en la que, todos los días, padres e hijos se reunieran para sacar cuentas y analizar en qué se han gastado los jornales que han ganado, lo que han ahorrado...
-Si los padres son honestos no hay porqué hacerlo así.
-Ya sé donde quiere llegar -le dije sin poder evitar un gesto de fastidio-; pero desengáñese, amigo mío: siempre tendrá corruptos y asesinos, no los va a poder exterminar. A no ser que cambie al hombre de tal forma que no lo conozca ni la madre que lo parió.
-Y usted cree que eso es imposible, lógicamente.
-Lógicamente. Para ilustrarlo podemos, si quiere, hablar de Cicerón, de Séneca, de Sócrates, de Erasmo... No, no le digo que el hombre no sea perfectible, que lo es. Ahora bien, será mejor o más perfecto cuando le interese a él, o cuando no pueda seguir como lo ha hecho hasta el momento. Mientras...
-Es decir -me dijo con cara de estupefacción- que según usted el medio es superior al hombre.
-Bueno, es una forma de decirlo. Como comprenderá, a estas alturas las palabras no me producen ningún tipo de miedo. Y por supuesto que también el hombre actúa e influye sobre el medio... Lo malo es que siempre da la mismas respuestas.
-Ya. Guerra y paz.
-Sí. Y hay guerra mientras las lanzas, por decirlo con los griegos, no están ahítas de sangre. Y como el hombre se cansa de todo, también se harta de la paz, o de la situación a la que ha llegado...
-O a la que lo han conducido.
-Nadie lo hubiera conducido a donde está si él no lo hubiese permitido.
-O si hubiera tenido otro tipo de dirigentes, de políticos.
-¿Qué cree usted que lleva a una persona a dedicarse a la política?
-¿Qué le ha llevado a usted a dedicarse a su trabajo?
-La necesidad. Nada más. O si quiere que se lo diga con otras palabras, no fui yo quien escogió a mi mujer: fue ella quien siempre llevó la voz cantante, y fue ella quien se inclinó por mí. Luego, por supuesto, como persona noble que soy, le correspondí con todo mi amor.
-Se me está yendo usted por la tangente, querido amigo.
-¿Usted cree? Podríamos hacer ahora una encuesta aquí en el bar, o en la residencia, y preguntar a la gente qué vocación tenían de jóvenes, y hasta qué punto la han llevado a la práctica. O, lo que es más sangrante, pregunte a la gente joven aquello tan famoso de qué quieres ser de mayor. Muchos de ellos se morirán sin haberlo averiguado.
-Y otros quizás por falta de medios no puedan llevarlo a la práctica.
-Para el caso es lo mismo: será el trabajo quien los escoja a ellos. Y a ellos, y a mí con ellos, no nos quedará más camino que la resignación o las bellísimas palabras de Cicerón, y perdone que insista con las citas de este viejo amigo.
-No me molesta que me lo saque a colación. Me gustan estas conversaciones y lecturas, siempre trufadas de citas.
-Sí, les dan un cierto sabor, como el perejil al pescado o el pimentón a las patatas.
-Tiene razón. Además, las patatas asadas con pimentón están bien buenas.
-Efectivamente. Es un toque de alegría. Y más cuando los participantes son algo sosos, como yo.
-¿Y qué decía Cicerón?
-Decía lo siguiente: Trabajaremos, por consiguiente, con especial ahínco en aquellas cosas para las que seamos más aptos. Si la necesidad nos obliga alguna vez a hacer algo extraño a nuestro natural, habrá que poner todo el cuidado, la meditación, la diligencia para que podamos hacerlo, si no con la perfección deseada, lo menos mal posible.2
-Eso supone una gran honestidad. Y para lograr que le hombre llegar a esos niveles, habría que educarlo.
-No creo que consiga nada con la educación. Al hombre lo que le gusta en el fondo es no hacer nada. Así que, en cuanto pueda, seguirá robando para no hacer nada, y para asegurarse de no hacer nada el resto de su vida. Si tienen suerte, y lo meten en la cárcel, lo consigue a medias. Por eso no entiendo la resistencia a ser juzgados y condenados por parte de algunos politicastros.
-Creo que la cosa está clara. No es lo mismo vivir en la playa que en una celda de clausura.
-Era una broma, como habrá comprendido. Y antes de que me diga nada: estoy harto de la corrupción, de oír hablar de ella, y de discutir sobre ella.
-Lo comprendo. Llevamos una larga temporada dándole vueltas a lo mismo. Y como diría usted, sin muchos visos de que esto cambie.
-Efectivamente. Sin visos de que cambie nada. Así que déjeme que le diga que a Cicerón lo asesinaron sus enemigos. Y no sólo lo mataron, sino que lo decapitaron y clavaron su cabeza, y sus manos, con las que escribió las Catilinarias y las Filípicas, en el senado de Roma, en los Rostra o en algún lugar parecido. Y no es que le tenga miedo a la muerte. Lo que le estoy diciendo es que no se equivoque con respecto al género humano. No hay nada que hacer.
-¡Hombre! No se puede ser tan pesimista. Siempre se necesita de una ilusión para vivir.
-Es cierto: todos tenemos ilusiones. A mí me basta con la de ver amanecer y tener un libro a mi lado. Treinta o cuarenta años antes de Cristo, es decir, hace la friolera de 2.030 ó 2.040 años, y se lo digo a la antigua, ya dijo el mentado Marco Tulio Cicerón que mal van las cosas cuando lo que se debe alcanzar a través de los buenos méritos, trata de lograrse mediante el dinero.3 Ya iban mal las cosas entonces. Y nada ha mejorado mucho que digamos.
-Hombre, hoy en día no hubieran matado a Cicerón.
-Claro, claro. Pero no pierda la esperanza: amanecerá Dios y medraremos todos.
-Está usted imposible.
-Tiene usted razón: no me ha sentado bien el café con leche. Está horrible. En fin, a ver si al mediodía me dejan tomarme un vaso de bon vino y me quita el mal sabor de boca de la Roma de Cicerón y de la España de los mediocres.
-Confiemos en ello.
-Confiemos.
1Cicerón, Sobre los deberes, libro II, III, 9
2Ciceron, Sobre los deberes. Traducción, introducción y notas de José Guillén Cabañero, Alianza editorial, Madrid, 2008, p. 117
3Cicerón, Sobre los deberes, Libro II, 6, 22

viernes, 15 de febrero de 2013

La renuncia


LA RENUNCIA

Vicente Adelantado Soriano

Hacía un frío que pelaba. No me apetecía salir, y no porque le tenga miedo a la lluvia ni a la nieve sino porque, en el cine, no proyectaban nada que tuviera el más mínimo interés para mí. Tampoco tenía muchas ganas de pasear: mis piernas, y otras partes de mi cuerpo, necesitaban un descanso. Había pasado toda la mañana leyendo, así que mis ojos me lo presentaban todo un tanto borroso. No podía con la televisión, por ese y por otros motivos. Me fui, pues, a la sala común con cara de resignación. Nada más entrar, me mostraron un periódico con la foto del papa en primera plana. Ya había leído la noticia en Internet. Entré al trapo inmediatamente. Hablar casi siempre me ha gustado.
-Vaya por delante -les dije a los integrantes de la tertulia de aquella tarde en tanto me sentaba- que no tengo nada ni en contra ni a favor de la Iglesia; pero me ha resultado muy reconfortante el gesto del papa presentando su renuncia.
-Sí -afirmó doña Paquita-. Cosas veredes, Sancho, que farán fablar a las piedras. Fíjese, con los años que llevo sobre esta tierra, y antes he visto la renuncia de un papa que la dimisión de un político.
-Pero es que en la iglesia -lo pronunció así Tomás, el viejo sindicalista, con minúscula- no hay intereses partidistas...
-¿Quién ha dicho eso? -preguntó Jordi el nacionalista poniéndose de pie y mirando furibundamente a su alrededor-. ¿Conoce alguien de algún sitio en el que no haya intereses, capillas, grupúsculos y demás? Sospecho -añadió sentándose de nuevo- que algunos de los políticos no han renunciado a su cargo por presiones de su partido.
-En eso no le falta razón -asintió doña Paquita hablando con su acostumbrada dulzura- porque a veces, tras un escándalo, da pena verlos en la tele, y causa sonrojo oír las cosas que dicen y defienden. ¿No se dan cuenta de que están haciendo el ridículo? ¿A quién se le ocurre decir, a bombo y platillo además, que hacer pública la declaración de renta es hacer un ejercicio de transparencia?
-¡Ay, señora Paquita! -exclamó el señor Tomás, el sindicalista- más cornadas da el hambre.
-Pero, hombre, -replicó la buena mujer- si todos estos, políticos, asesores y demás, dejan el cargo cuando pierden las elecciones, y se colocan enseguida de consejeros de empresas, o de conferenciantes. No creo que ninguno de ellos pase necesidad.
-Sí, es verdad -intervine-. Es una cosa que siempre me ha causado un cierto desasosiego: ¿qué asesoran o aconsejan esas personas? Porque hay algunas de ellas que se dedicaron a hundir bancos y cajas de ahorros, y luego las meten de consejeros...
-Bueno -intervino el sindicalista- eso es porque les devuelven viejos favores. Seguramente, les montarán un despacho, les pondrán una secretaria y un ordenador, les darán un buen sueldo, y nadie hará caso de lo que digan o dejen de decir.
-En eso tiene razón -aseguró el viejo nacionalista-, pues enviarlos a casa cobrando un sueldo, y sin cubrir las apariencias, sería demasiado descarado. Aunque al grado de desfachatez que hemos llegado...
-¿Y ustedes creen -preguntó doña Paquita- que esto del papa traerá cola? Quiero decir que si con su renuncia abrirá el camino a nuevas renuncias y dimisiones.
-No creo -repliqué-. Los habrá dejado a todos un poco descolocados, es innegable; pero políticos y banqueros pensarán, con toda la lógica del mundo, que, al fin y al cabo, el papa no tiene hijos, ni una familia que mantener... Es un ejemplo a seguir, por supuesto; pero para los demás.
-Eso es pura demagogia -me replicó doña Paquita con la mejor de sus sonrisas.
-¿Y qué es un político sin demagogia, y más si es español? Un jardín sin flores, un militar sin uniforme, y la Gioconda sin su enigmática sonrisa -así de poético se nos puso don Tomás, el viejo sindicalista.
-En más de una ocasión -pensé en voz alta- se me ha ocurrido soñar con una especie de aparición divina. Zeus, o alguien barbado y con poder sobre la vida y la muerte, me decía que me iba a regalar una vida completa, y que no lo considerara tiempo perdido porque luego me regalaría todas cuantas quisiera, hasta que me hartara de vivir...
-¿Y para qué quieres eso? -me preguntó el nacionalista que, de vez en cuando, tenía la manía de tutearme. En más de una ocasión me mordí la lengua para no llamarlo Jorge de san Jorge por esa falta de respeto suya.
-Para mal gastarla, para meterme en un partido político y ver cómo funciona por dentro; y para tratar de escalar puestos hasta llegar a ser el líder. Y tal vez hasta presidente de la nación.
-Valiente tontería -me replicó-. Funciona un partido político como funciona todo en esta vida. ¿Acaso no lo sabe? Los mediocres se rodean de mediocres para que no les hagan sombra. Ya lo ha dicho doña Paquita: ¿es que no los oye hablar?
-Siempre hay excepciones -replicó doña Paquita haciendo el gesto de escribir sobre una pizarra.
-Es posible -le replicó el viejo sindicalista-. También dicen que existen los unicornios. El que uno no los haya visto no quiere decir nada.
-No creo que el papa haya llegado a la silla de san Pedro por enchufes -dijo doña Paquita un tanto ingenuamente.
-Mire, señora -respondió el sindicalista- de lo que es la iglesia -otra vez con minúscula- yo sé bien poco. Pero no le quepa duda de que también en ella hay sus corrientes, y sus más y sus menos. Como en todas partes -dijo mirando al señor Jordi significativamente.
-¡Hombre, qué cosas tiene usted! -exclamó el nacionalista-. Por supuesto que hay corrientes e intereses. Es un viejo problema. Ya viene de la Edad Media, por no hablar de las catacumbas. Unos querían llevar un tren de vida más que pasable, y otros pretendían vivir como vivió el pobre Jesús. Montescos contra Capuletos. La eterna historia.
-¡Pobre hombre! -dijo maternal doña Paquita refiriéndose a Jesús-. Lo traicionaron todos. Como a san Francisco.
-Es lo que suele pasar siempre -intervine yo-. No recuerdo quién dijo aquello de Dios me guarde de mis discípulos que de mis enemigos ya me cuido yo.
-¿Dónde ha leído eso? -me preguntó asombrada doña Paquita.
-No lo recuerdo -reconocí-. Me parece que me lo acabo de inventar. Creo.
-No, no se lo ha inventado.
-Ya, ya lo sé. Es demasiado profundo para que se me haya ocurrido a mí solito.
-Nadie inventa nada. O casi nadie -me dijo conciliadora y sonriendo-. Lo que sucede es que, a lo largo de la vida, vamos acumulando experiencias, frases oídas y pensadas, y uno termina por no saber distinguir unas cosas de otras.
-Sí, tiene razón. A veces también me quedo un poco asombrado: me acuerdo de cosas que no sé si las he soñado, las he vivido, las he visto en alguna película, o las he leído...
-La vejez tiene estos problemas -dijo el sindicalista-. Es difícil distinguir unas cosas de otras. Y eso que aun estamos pasables.
-Siempre es difícil distinguir -dije yo, no muy dispuesto a achacarle a la vejez cosas que no eran de su completo dominio.
-El que no se consuela en esta vida es porque no quiere -intervino el nacionalista.
-No se trata de consolarse o dejar de hacerlo. Además, ¿me tengo que consolar por ser viejo? ¿Y eso me devolverá mi dorada juventud? ¿Y quién les ha dicho a ustedes -remarqué el ustedes- que yo quiero volver a ser joven? Eso es una pura necedad.
-¿No te gustaría volver a tener veinte años? -me preguntó el nacionalista tuteándome de nuevo.
-No -dije resuelto y agresivo-, señor Jorge de san Jorge. Es como volver al inicio del camino cuando ya se está al final del mismo. No le veo la gracia. ¿Volver a vivir lo mismo? ¿Repetirme? Por favor, qué cosa más absurda.
Me encantó su cara de asombro ante el nombre que le había espetado.
-Sí que lo es -me ayudó doña Paquita-. Además, es una discusión absurda: lo queramos o no, estamos donde estamos, y no hay vuelta atrás.
-Exacto. Así que disfrutemos el día. O dicho con más claridad, carpe diem.
-Eso sin tener en cuenta -volví al tema- que uno no sabría si tenía que revivir los sueños, lo vivido, lo real o lo imaginado...
-Nadie se baña dos veces en el mismo río -apuntó didácticamete doña Paquita.
-Y uno no sabría, además, qué vivir. Yo de joven, y me imagino que ustedes también, lo tenía todo claro: las cosas eran blancas o negras; no dudaba de nada, y menos de las cosas en las que creía...
-Sí, pero el paso del tiempo todo lo resquebraja -dijo el nacionalista Jordi-. Nada permanece inmutable. Ni nosotros mismos.
-Exactamente -le respondí sintiendo que comenzaba a serme simpático por aquella frase-. Y al cambiar nosotros, también cambian las cosas en las que creíamos. Y entonces se comienza a percibir que nada es uno, duradero y eterno. O dicho de otra forma, hay tantos pareceres como bachilleres.
-Todo es relativo -volvió a intervenir doña Paquita.
-O todo es mentira -le respondí yo.
-¿Todo, todo?
-¿Sabe? -le contesté-. Siendo todavía joven, o relativamente joven, me interesé mucho por Julio César, por su vida y por sus milagros. Me tropecé con una biografía sobre él que lo ponía por las nubes. Y, por el contrario, denigraba a Cicerón. Me aferré a esa biografía como a un clavo ardiendo. De tal forma que Cicerón siempre fue para mí un reaccionario. Y Julio César el héroe no comprendido.
-Y lo era -intervino el sindicalista asombrándome-. Hablo de Cicerón. Fue uno de los tantos nobles, o recién llegados, que son los peores, que se opuso al reparto de tierras.
-Hoy le daría la razón -le dije-; pero no estoy tan seguro de hacerlo mañana. Recuerdo que cayó en mis manos un libro suyo, Sobre los deberes, donde expone, muy bien, porqué no está de acuerdo con ese reparto de tierras.
-Porque era un defensor de la nobleza, de un determinado modo de vida.
-En eso tiene razón. Y ahí sí que se le puede acusar de reaccionario, dándole a esta palabra un sentido distinto al que tenía en nuestra juventud. Busca el regreso al pasado porque busca un sistema de valores, la virtud, la nobleza, el trabajo, la parquedad, la palabra dada... que ya no existían en la sociedad de Catilina, César, Marco Antonio, Augusto y demás.
-Digamos que existían con otros matices o interpretaciones. Y eso suponiendo que esos valores, tal como los quiere él, existieran en la República.
-Sí, de acuerdo. Y con eso llegamos al punto crucial, a donde yo quería llegar.
-Que nada es verdad y nada es mentira -terció la inevitable doña Paquita.
-Yo no diría eso -le contesté rápidamente-. Más bien diría que los hechos son tan breves que apenas si existen; y que nosotros, a lo largo de nuestras vidas, y de la historia, los reinventamos puesto que los interpretamos una y otra vez... Es decir, el mismo hecho contado por dos personas se convierte en dos hechos diferentes.
-Por eso me daba miedo a mí -volvió a terciar la antigua maestra- estudiar derecho, que es la otra carrera que me atraía: ¿cómo juzgar a una persona? ¿cómo saber si es culpable o inocente?
-Muy fácilmente -le respondió el señor Tomás, el sindicalista-. Es culpable todo aquel que no ha respetado la ley, que se la ha saltado a la torera. Por ejemplo, la inmensa mayoría de los políticos de ahora son culpables, unos de robar y otros de ocultarlo.
-No estoy de acuerdo -dijo doña Paquita golpeando la mesa con el dedo índice la mano derecha-. No todos son iguales. Mire, cuando estaba en el instituto, me hartaba de oír hablar de los alumnos. Y siempre se hablaba de los mismos, y por las mismas cosas. Jamás nombrábamos a los que estudiaban o tenían un comportamiento adecuado... Creo que fue Schopenhauer quien dijo que recordamos más el mal que el bien que nos hacen.
-El hombre es así de ingrato -corroboró en Jordi el nacionalista-. Yo no sé, la verdad, si lo que recuerdo es mentira o no. No lo sé. Sé que siempre tengo el mismo amargo regusto de boca... No me porté bien con mis padres. No. Y conforme me hago mayor más y más me amarga su recuerdo y mi actuación con ellos. El recuerdo se va haciendo cada vez más patente, y más duro de soportar.
-No se preocupe mucho -le consoló doña Paquita-. Eso es lo que hacemos todos los hijos. Tal vez esté en la naturaleza humana...
-Es posible que tenga razón. Yo llegué a pensar, en infinidad de ocasiones, que las cosas que he hecho por mis hijos las hacía más por lavar mi nefasto comportamiento con mis mis padres que por cariño hacia mis criaturas. Era una especie de venganza al revés. No sé si me entiende.
-Claro que lo entiendo. ¿No lo he de entender? Y sus hijos serán, o habrán sido, ingratos con usted; y luego “se vengarán”, si me permite la expresión, con sus propios hijos.
-Y así una y otra vez -intervine yo-. Por lo tanto no vale la pena volver a los inicios del camino. Aquí se está muy bien.
-A menos -dijo el nacionalista- que uno tuviera la experiencia que ha logrado a lo largo de la vida.
-Claro, lo que usted pretende -apuntilló doña Paquita con un extraño brillo en los ojos- es pasar por el Hades y regresar sin haber tocado las aguas del río Leteo.
-Me pierdo -le respondió con ojos como platos el nacionalista.
-Busca usted -insistió la vieja maestra- una metempsicosis sin antes haber vaciado sus recuerdos.
Me sorprendió que el señor Jordí comprendiera aquel galimatías. Me dio la impresión de que estaba siendo un poco injusto con él.
-Sí, algo así -le dijo a la vieja profesora-. O si usted quiere, busco una quimera, una vuelta atrás, no por volver a vivir, sino por vivir, ciertas cosas al menos, de una forma diferente, para no tener que arrepentirme luego de nada.
-¡Es usted un reaccionario! -le grité-. Tal como Cicerón: desea recuperar unas virtudes que ya no eran las de su época.
-¿Qué dice? -vaya por Dios, volvía a hablarme de usted-. Yo no quiero recuperar nada... creo que en todo momento y lugar hay que actuar bien...
-Era una broma, perdóneme. Pero es que creo que también Cicerón buscaba lo mismo.
-Sí -atajó el sindicalista-. Aunque él no se percató de que los tiempos habían cambiado; y que la nueva moral estaba en el pecho de Julio César. Este comprendió enseguida que la Roma de Cicerón sólo existía en la cabeza del jurista. Roma ya no era un pueblo de labradores. Era la capital de un vasto imperio.
-Y requería de una moral nueva y un tanto maquiavélica -dijo doña Paquita con un dejo de ironía.
-También la moral cambia, como todo -apunté yo.
-No estoy de acuerdo con usted. Hay cosas que permanecen. La ley natural por ejemplo. La que impide hacer mal al vecino.
-Los mandamientos, vamos -le contestó el sindicalista con no menos ironía.
-Sí, algo así -replicó la profesora-. Ya sé que lo ha dicho con retintín; pero las leyes son iguales para todos.
-Lástima que no todos tengamos la misma ética.
-¡Ah, señor mío! Entonces esto sería una balsa de aceite.
-¿Usted cree? -preguntó el nacionalista-. Seguro que el hombre sabría como complicarse la vida. Y se la complicaría.
-No lo quepa la más mínima duda.
-Bueno, y volviendo al tema que nos ocupa: ¿qué opina usted de la renuncia del papa?
-¡Pobre! -exclamó doña Paquita toda maternal-. Creo que los graves problemas del Vaticano han podido con él. Aunque no estuve de acuerdo con algunas de sus decisiones.
-La Iglesia es inamovible, querida señora -espetó el señor Jordi.
-Si se refiere usted al dogma, todos sabemos que eso no va a cambiar. Pero también hay, en la Iglesia, muchas interpretaciones, y esas sí que son susceptibles de cambio.
-Me parece a mí, doña Paquita -dijo el señor Tomás- que nos moriremos nosotros antes que ver a una mujer celebrar una misa.
-Bueno -intervine yo- pero eso es porque a nosotros nos queda medio telediario.
-Ya salió el animoso -espetó el Jorge de san Jorge.
-No le haga caso -dijo doña Paquita erigiéndose en mi bella dama defensora-. Desde que he llegado aquí siempre está amenazando con su muerte y su desaparición.
-Lleva así unos cuantos años -apuntó el viejo sindicalista.
-Eso es porque esconde algo. Me recuerda usted, y mucho, a don Miguel de Unamuno. Todos nos presentamos a los demás como queremos que nos vean. Pero los demás nos ven de forma diferente a como nosotros nos presentamos. Y a su vez proyectan otra imagen nuestra, que poco tiene que ver con las anteriores.
-Y al final -concluí- uno termina por no saber quién es.
-Efectivamente. Así que nada más sabio que aquello de nosce te ipsum, conócete a ti mismo.
-Es lo que yo he pensado que quiere hacer el papa al retirarse.
-Es posible -dijo el viejo sindicalista-. Y es una pena -sonrió de nuevo- que nuestros políticos no tengan la más mínima noción de filosofía. Se podían ir todos a un convento de clausura a conocerse.
-Para eso quitaron la filosofía del sistema educativo. Creyeron que en un corral sin gallos que cantaran, nunca amanecería.
-¡Qué poéticos estamos hoy! -exclamé-. Sólo falta que alguien se pague una botella de sidra.
-Eso está hecho -me asombró el nacionalista-. Aunque corremos el peligro, suponiendo que nos dejen tomárnosla, de que crean que somos unos herejes y que estamos brindando por la renuncia del papa. ¿No se acuerdan de lo que sucedió cuando murió Franco? ¡Qué tiempos aquellos!
-Con lo que me gustan a mí los cantos gregorianos -corté sus melancolías-. ¿Les he contado alguna vez uno de mis viajes a santo Domingo de Silos, cuando pasé toda una tarde oyendo cantar a los monjes?
No seguí. Por los gestos comprendí que aquella historia la había contado más de una vez. Me callé. Fuera hacía mucho frío. El cielo estaba muy negro. Comenzaron a caer las primeras gotas. Me acordé de las ventanas de mi escuela de niño y se me nublaron los ojos. La sidra estaba muy fresca y muy buena. Brindamos todos por nosotros. La verdad es que formábamos un bonito grupo.

La trama


LA TRAMA

Vicente Adelantado Soriano

La trama, la película de Allen Hughes, es para nosotros lo que podía ser, en la Edad Media, una novela de caballerías para un paciente lector de aquella época: repetición de lo visto anteriormente, fórmulas vacías, luchas y desafíos codificados; y nada nuevo bajo el sol. Y al igual que en aquellas viejas novelas, los personajes son tan esquemáticos que pasan por la pantalla sin dejar ni un leve rastro de sombra. Hasta Mark Walhberg, en su papel de policía atormentado, por decirlo de alguna forma, frunce el ceño en el primer fotograma, y ahí lo deja pase lo que pase. Cabe destacar, pese a todo, las actuaciones de Rusell Crowe y de Barry Pepper, y la impagable belleza de Catherine Zeta-Jones. Y ahí se termina todo.
El tema de esta supuesta película es un tema harto visto y harto manido: la corrupción urbanística mezclada con falsas apariencias, con sexo y con homosexualismo, que se aprovecha, cómo no, para hacer chantaje al bueno de la película. Por supuesto también está el personaje positivo, el aspirante a alcalde, y el poli que se toma la justicia por su mano. Todo bastante previsible. Y lo que no es previsible, y que sorprende al paciente espectador, es porque se ha puesto en la cinta de relleno, sin que venga a cuento de nada, ni sirva para explicar nada. Tal vez se ha hecho así para aumentar el los metros de cinta, sin duda exigido por la productora. Si quitamos esas escenas sin ningún sentido, el film se nos queda reducido a media hora de visionado. Y por ese tiempo no se puede exigir el pago de una entrada. Y más al precio que están.
No hace falta decir que los personajes se encuentran en medio de la gran ciudad con una facilidad que ya quisiera uno que vive en una ciudad de medio pelo. Al final, por supuesto, todo queda en coincidencias y más coincidencias. Es decir, en un mago que se saca el conejo de la chistera porque, de lo contrario, no hay forma de unir tan deslavazado y manido guión.
La trama es una película sin trama y que se vuelve contra sí misma: lo que pretende denunciar ya está denunciado en otros filmes mucho mejor hechos y narrados. La corrupción, no obstante, se está convirtiendo en un filón para los malos cineastas, como antes lo podían ser las películas del oeste: es un cine de género en el que todo está predeterminado. Ahora bien, viendo esta película se comprende perfectamente la diferencia que hay entre un buen director, un buen guionista, y un alguien que hace algo por encargo, porque las máquinas, los estudios, continúen chirriando.
A mitad de película, por no decir antes, ya que los títulos de crédito aparecen al final, se empieza a echar de menos a un Miguel de Cervantes del Séptimo Arte; a alguien que fuera capaz de crear a un policía loco y genial que se creyera capaz de limpiar a la ciudad, y aun al universo todo, de corruptos y mafiosos merced a la fuerza de su brazo. Nada que ver lo que se propone, claro como el agua, con las nefastas películas de Santiago Segura. No vengamos con bromas de mal gusto.
Quien más y quien menos, por otra parte, está más que harto de la corrupción, de los políticos y de sus tretas y sofismas. Ahora bien, mientras que estos, los políticos, se han adaptado a los nuevos tiempos, y roban y hacen sus chanchullos sin tirar mano, creo, de policías más o menos corruptos, de matones y de marginados dispuestos a matar a la madre de quien se tercie , el cine, como es el caso de la película que nos ocupa, y de alguna más, sigue encastillado en una manida forma de contar que ya no sirve para acercarse y analizar la nueva realidad. Ni sirve para eso y ni sirve para distraer, ni para que se produzca la bendita catarsis por mucho que el malo, el alcalde corrupto, sea esposado con el contento de su bella esposa, que, faltaría más, es amiga del homosexual. Lo que esta película tiene en común con los políticos corruptos, al menos con algunos de ellos, es una y otros toman al espectador, o al ciudadano, por más tonto de lo que es. Y al freír será el reír. Que ustedes lo pasen bien.

viernes, 8 de febrero de 2013

Gangster squad o Brigada de élite


GÁNGSTER SQUAD O BRIGADA DE ÉLITE

Vicente Adelantado Soriano

Gángster squad o Brigada de élite es una película que no aporta nada nuevo ni viejo, ni tal vez se lo proponga. Por supuesto que está muy bien ambientada, muy bien narrada y muy bien interpretada. Y ahí se termina todo lo bueno si se busca en ella algo más que una ligera distracción. Es la típica cinta que se puede ver cuando no se tiene nada mejor que hacer, cuando llueve y no se puede salir a pasear, o cuando se está cansado de películas y libros un tanto sesudos. El film de Ruben Fleischer narra las aventuras de un gángster, muy malo, antiguo boxeador, que se quiere adueñar de todos los negocios, prostitución, drogas, apuestas, etc., de un extremo a otro de Estados Unidos o poco menos. Cuenta para ello, cómo no, con la aquiescencia de jueces y policías corruptos, nada se dice de los pobrecitos de los políticos, así que la única forma de enfrentarse a él es una brigada especial, cómo no, que debe actuar, por supuesto, fuera de la ley, pues hacerlo desde dentro, dado que tiene a todos los jueces comprados, es trabajo perdido: aun no han entrado sus secuaces en la cárcel cuando ya el juez de turno ha firmado su puesta en libertad.
Es un tema, el de la película, un tanto manido; y que en esta ocasión está falto de la profundidad que tiene en otras viejas películas. Así de pronto se me ocurre Los Ángeles confidencial, La brigada del sombrero o El sueño eterno, por citar una en blanco y negro. En esta nueva entrega de policías y ladrones, aquellos se mueven un poco por motivos altruistas y un tanto simplones. Así el protagonista decide actuar, y entrar en el antro prohibido, porque van a prostituir a la chica pueblerina que ha llegado a Los Ángeles para triunfar como actriz; y los policías aceptan formar parte de la brigada de élite porque el día de mañana el hijo no diga que su padre no hizo nada ante la corrupción, o porque matan a un pobrecillo limpia que, claro está, no tenía culpa de nada, y encima parecía un buen chico. Está claro que en toda esta historia no podía faltar la rubia de buen ver que vive entre dos aguas: entre el malo y el bueno, siendo el bueno rubito y más guapo que el malo. Lo gracioso de la rubia, o pelirroja, por no entrar en matices, es que es capaz de vivir con la maldad sin que esta la salpique. Sale limpia y pura, como el borreguito de Norit, de los brazos del malvado. Nada nuevo bajo el sol: aquí sabemos que se puede vivir con corruptos sin enterarse; y, por supuesto, sin mancharse. Por lo tanto, la primera lección que se saca de este entretenido filme es que es mentira aquel viejo refrán de Dos que se acuestan en el mismo colchón se vuelven de la misma condición. Aquí cabría aplicar aquello de Refrán antiguo, mentira moderna. Pues cuando la rubia o la pelirroja, la chica, vamos, tenga que escoger, se quedará con el bueno; y el amigo del bueno, que también vivía en los límites entre la maldad y la decencia, optará por defenderla y dar su vida para que ella sea feliz. Ya se dice en la Biblia que quien tiene un amigo, tiene un tesoro, y más en los tiempos que corren.
Sólo falta, pues, que el malo demuestre lo malo que es, y que los buenos triunfen sobre la maldad, no por nada sino para que la muerte de uno de los brigadistas, aquel que quería quedar bien delante de su hijo, no caiga en el vacío. Y por supuesto se cumplen los objetivos, y se termina la película. Antes, eso sí, se nos muestra al poli bueno con su mujer y su niñito recién nacido en una playa desierta y muy bonita. El poli tira su placa al mar, no porque esté harto de su trabajo y de la policía, sino porque quiere dedicarse a su mujer y a ese rollito de carne que ha fabricado entre tiroteo y persecución. Y el espectador se levanta de su butaca con una sonrisa de oreja a oreja, agradecido a estos agentes que se van a jugar el tipo en contra de la corrupción y el crimen organizado. Hay que advertirles, y debería hacerlo alguien, que hoy la corrupción ya no es como la de antes: ya no hay tiros, ni gángsters con rubias, ni persecuciones; pero lo que es corrupción haberla hayla. Y ya se sabe: o renovarse o morir. Que los otros hace años que se sobrevivieron. Y hay muchas formas de violencia.

Pallida mors


PALLIDA MORS
(Centón)

Vicente Adelantado Soriano

Todo lo sabio que se quiera, mas hombre al fin y al cabo: ¿hay algo más caduco, más miserable y más insignificante?
Michel de Montaigne, Ensayos

Tal vez el hombre siempre siga siendo un misterio para sí mismo. Quizás, pese a todos los avances tecnológicos, y de todos los órdenes, continúe ignorando quién es; y el valor que personas y sucesos tienen para ese desconocido ser que anida en sus entrañas. Y tal vez nunca descubra cómo alcanzar una cierta sabiduría que lo acerque a la felicidad, a la tranquilidad, a la paz. Es asombroso, cuanto menos, comprobar hasta qué punto una palabra, un gesto, una sonrisa, la ausencia de la misma, o un sueño de una noche cualquiera, puede alegrarnos o entristecernos hasta límites insospechados a veces. Demasiado a menudo somos zarandeados por unos y otros eventos, alegres o tristes, como las hojas caídas de un viejo árbol son llevadas y traídas por el viento. Analizadas las cosas con frialdad, una vez ha pasado el vendaval, descubrimos, con harta frecuencia, que ni había motivos para tanto contento y alegría, ni, mucho menos, para la tristeza y la depresión. Quizás sea lo mejor, en ambos casos, pensar que nada es duradero en esta vida, ni la tristeza ni el contento; y que lo único que tenemos, y que es nuestro, es nuestra vida, al menos mientras esta no nos resulte excesivamente gravosa. Y si no estamos dispuestos a entregársela a nadie, ni siquiera a la muerte, tampoco dejemos que elementos externos jueguen con ella, como si fuera una bola de billar a la que hacen rodar por el tapiz sin que oponga resistencia alguna.
No hay nada, sin embargo, que no acabe en la muerte. No hay nada a la que esta no ponga fin, término y acabamiento. Entregarse en sus brazos es dejar de sufrir. Aunque hablar de ella, en frío, nos puede, a veces, asustar o entristecer. Sobre todo a una determinada edad. Quizás los momentos más terribles del ser humano sean aquellos en los que este, por regla general bastante temprano, toma conciencia de su propia desaparición, de que no es inmortal; y de que el tiempo lo conduce indefectiblemente hacia la sepultura.

Antes que sepa andar el pie, se mueve
camino de la muerte...1

Con ese descubrimiento se hace patente, al mismo tiempo, que nadie es una excepción, que hay una ley, y que todo el mundo la cumple, lo quiera o no. No nos debía afligir la muerte, puesto que se trata de precepto de obligado cumplimiento, y no de un castigo.

Breve suspiro, y último y amargo,
es la muerte, forzosa y heredada:
mas si es ley, y no pena, ¿qué me aflijo?2

Pocas son las personas, no obstante, que desean morir, o que aceptan la muerte con calma y tranquilidad. Tal vez ello sea debido a que hablamos, tanto de la enfermedad como de la muerte, desde la salud, desde la plenitud de nuestras fuerzas. Es probable que, en medio de los sufrimientos y de la decrepitud, la visión sea muy otra, y completamente distinta. Aunque entonces los vivos, quienes permanecen, hacen pasar dicha aceptación como una virtud, como la máxima prueba del conocimiento humano y del valor. Y tal vez lo sea. Así cuando el joven estudiante se enfrenta, por vez primera, con la apología de Sócrates, con la aceptación de la cicuta por parte de este, y su negativa a huir de la cárcel cuando tiene las puertas abiertas, y todo el mundo le induce a ello, experimenta una cierta desazón, un malestar que, es posible, no olvide en toda su vida. Es probable que, andando el tiempo, se percate de que, efectivamente, lo único importante de esta vida es lo que uno piensa de sí mismo, y la meta que él se ha trazado. Es probable, por lo tanto, que la apología de Sócrates haya que hacerla desde otro punto de vista: el de su propia personalidad. Desde luego que eso ya lo remarca Platón: a su maestro no le interesan los jueces, ni la opinión de los vecinos, o las lágrimas de sus discípulos; le interesan las leyes. Y el cumplimiento de estas, que está por encima de todo. Sócrates no se plantea en la prisión, desde luego, como tampoco lo hizo antes, que las leyes son creaciones humanas, y, por lo tanto, defectuosas y mejorables. Ahora bien, por muy perfeccionables que sean, el hombre siempre necesita de un asidero aunque este deje mucho que desear. No es de personas honestas, desde luego, aceptarlo cuando interesa y negarlo cuando nos puede perjudicar. Sócrates se tomó la cicuta.
Efectivamente, la llegada de la muerte no puede significar algo vergonzoso para un hombre valiente, ni algo prematuro para un ex cónsul, ni algo lamentable para un sabio.3
Pero, ¿qué sentido tiene una muerte así, como la de Sócrates, si pasa desapercibida? Es decir: ¿Necesita el filósofo a un público en el que hagan mella sus palabras y acciones? ¿Qué sucede si nadie presta oídos a su filosofía? ¿Es importante que el filósofo tenga discípulos y que estos estén dispuestos a seguir al maestro? ¿Hasta qué punto? Son cuestiones estas de difícil solución, aunque ya se sabe que de nada vale la fe sin obras, ni la teoría sin la praxis. Ahora bien, hay praxis que nos pueden llevar tal vez demasiado lejos. A la muerte, desde luego; a la misma meta a la que puede conducir a quien se sabe o se siente abandonado.
Quizás por esos endemoniados enlaces, o puentes, que construye la mente, relaciona esta, en un momento determinado, sin rigor ni cronología, la muerte de Sócrates con la de Larra, tan distintas las dos, al menos aparentemente. No obstante, hay una reflexión de este último que, pese a todo, las aproxima, tal vez porque así lo desea la calenturienta mente: El genio ha menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas.4 Absurdo le pareció a Larra estar vivo en un país de muertos. Y tal vez fue eso mismo lo que le sucedió a Sócrates: denunciado por un discípulo, anciano, rodeado por corruptos que se prestan a condenarlo en un sistema político que equipara al sabio con el zapatero, quizás pensó que ya nada tenía sentido, ni valía la pena. Sin duda le invadiría también un cansancio infinito. Aceptó la muerte de buena gana, hasta con una sonrisa en los labios, como tal vez la vamos aceptando todos conforme vamos envejeciendo. Es inevitable.
Entonces, ¿qué puedo temer, si después de la muerte voy a dejar de ser desgraciado o incluso voy a ser feliz?5
Hay un momento en la vida en el cual es mayor la gente que tenemos al otro lado del muro que la que tenemos aquí. Para más inri con esta última no nos acabamos de entender del todo. Quizás la naturaleza, comportándose como una verdadera madre, lo ha dispuesto así para que aceptemos lo inevitable, y nos vayamos sin gritos ni espavientos, que morir vivo es última cordura.6 Y es posible, al mismo tiempo, que en el miedo a la muerte haya idéntico fundamento que en el miedo que un niño le tiene al coco. Es probable que una y otra cosa no sean sino productos de nuestra imaginación y de la falta de raciocinio. El coco infantil fue una creación de nuestra mente, y tal vez la muerte no sea nada. Nada hay que temer, por lo tanto.
Con el paso de los años llega también el desengaño. La vida no ha sido sino un juego de espejos, zanahorias que nos han puesto delante para que, como el asno de la fábula, camináramos pensando que íbamos a alcanzar el nabo que tan caro le costó al pobre Lázaro. No hay nabos, ni ínsulas, ni reinos que conquistar.
Pues si tú vives y yo vivo bien podrá ser que antes de seis días ganase yo tal reino que tuviese otros a él adherentes que viniesen de molde para coronarte por rey de uno dellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos acontecen a los tales caballeros por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo.7
Son las palabras de un idealista, de quien tiene fe en su brazo, en su hidalguía, y en un sistema de valores que nunca existió, y que no existe sino en su lastimado cerebro. Pero tal vez vivir no sea más que engañarnos, ilusionarnos. La vida, en realidad, consiste en esperar algo distinto de lo que hacemos; y lo único de lo que podemos estar seguros es de la certeza de la muerte.8
Sí, es así; pero a esa certeza se llega en edad adulta. Mientras, se sueña, se cree posible lo que la vida nos indicará, más tarde o más temprano, que es inalcanzable; y las ilusiones se irán desvaneciendo, las puertas cerrando y los caminos obturando. Sólo un hueco entonces nos dará la bienvenida, la última y definitiva meta de sueños e ilusiones. Lo aceptemos o no, allí está, con más paciencia con Job, pues sabe que siempre gana.
Aun así, a veces, cuesta aceptar la idea de la muerte. Sí, es cierto, todos hemos nacido con más disposición para equivocarnos que para acertar.9 No obstante hay errores que tampoco tienen excesiva importancia. Contemplados en la lejanía pueden servir incluso de pasatiempo, de recuerdo y añoranza de una cierta inocencia que ya no volverá. Ahora, sin ilusiones ya, esperando la muerte, recuerdo el miedo que esta me producía de pequeño. Tanto que sirvió para que admirara al médico del pueblo: lo veía como un sabio, como un mago que sabía cuándo íbamos a morir cada uno de nosotros. Ese conocimiento lo hice extensivo a él, así que admiré su valor por escoger una carrera que le fijaba el término de sus días. El médico de mi pueblo pasó a ser mi héroe favorito. Lo observaba cuando podía, a veces hasta lo seguí por la calle: me pareció una persona normal y corriente. Y me quedé, por esa cortedad mía, con las ganas de hablar con él para ver cómo era capaz de conjugar su conocimiento con su aparente normalidad. Me parecía una broma de mal gusto, una terrible crueldad por parte de Dios, hacernos saber cuándo íbamos a morir. La idea me obsesionó durante una temporada no breve.
También recuerdo que, pocos años después, tuve un maestro represaliado por el franquismo. Daba clases en el comedor de su casa, transformado al efecto. Y pese a sus aparentes y republicanas ideas, sobre su cabeza estaba la foto de Franco, el negro crucifijo y la foto de José Antonio Primo de Rivera, siempre en mangas de camisa. Ignoro si cuando nos íbamos de su casa los muchos niños que asistíamos a sus clases, descolgaba las fotografías. No creo que se tomara tal trabajo, inútil por otra parte. No obstante, se comentaba por el pueblo que, por las noches, bajaba esas fotos poniendo en su lugar las de políticos de la República, junto con una pequeña cabeza de un filósofo griego o romano, no sabían distinguir, que tenía un nombre raro.
Me marché de aquella escuela comedor siendo todavía un niño, y no pude averiguar más. Tampoco guardo ningún especial recuerdo de dicho maestro. No obstante, una mañana me impresionó. Nunca he olvidado aquella mañana. Y de vez en cuando se me presenta con una nitidez espeluznante. Mi maestro me pareció entonces superior a Dios, muchísimo más perfecto que él.
Aquella mañana vino a decirnos el maestro, se llamaba don Alfredo, que el hombre debería nacer teniendo setenta u ochenta años. De esta forma, nos dijo sonriendo, no haría las estupideces que son propias de la juventud, pues de joven sería un hombre experimentado. Y a lo largo de su vida iría rejuveneciendo, de forma que cuando muriera sería un bebé de pocos días, o acabado de nacer.
Don Alfredo explicó aquello por la importancia que para él tenía la experiencia. Yo lo vi de otra forma.
Me impresionaron aquellas palabras. Hicieron que admirara a mi maestro, pues hacía poco había fallecido un pariente mío, cosa que me hizo reflexionar, una vez más, sobre la vida y la muerte, lógicamente. Este pariente murió siendo consciente de que se estaba muriendo, como imaginaba que moriría el médico de mi pueblo. Yo admiré su valentía. Como si el pobre hombre hubiera podido escoger entre morir o seguir viviendo. Y oí las lamentaciones de la familia: pobre, decían, sabe que se muere... No se engaña.
¿Ere ese el final que nos esperaba a todos? Me daba miedo saber la fecha de mi acabamiento. Por eso, precisamente, me parecieron geniales las palabras de don Alfredo: si uno muriera siendo un bebé, si la vida caminara al revés de como lo hace ahora, seguramente el hombre no sería consciente de nada, como no lo es una personas de pocos meses. En consecuencia no sufriría. Además, lo atenderían sus hijos; la dependencia de los demás no sería gravosa... Me gustó aquel planteamiento en que, insisto, he pensado más de una vez. El único problema de aquel planteamiento residía en que, como muchos otros, no se podía llevar a cabo. Imposible del todo. Era mejor y más saludable, por lo tanto, aceptar el conocimiento de la propia muerte. ¿Y por qué tanto miedo a esta?
Fue de estudiante cuando me percaté de cuánta razón tiene aquel viejo refrán de dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Me llamó la atención, siguiendo con mis obsesiones por la muerte, la facilidad con la que griegos y romanos aceptaban la muerte, la facilidad con la que se quitaban la vida, se mataban y se entregaban al enemigo, y la enorme prevención de los cristianos a morir. Y eso que estos últimos se supone que van al cielo a estar al lado de su dios. Nada más significativo al respecto, que leer las Danzas de la muerte. Esta va invitando a diversos personajes a una danza mortal, a un baile que nadie acepta, salvo dos personas: un pobre labrador, cansado de destripar terrones, y un monje que, sin duda, tiene fe en el Más Allá:

Loor e alabança sea para siempre
al alto Señor que con piadad me lleva
a su santo reino, adonde contemple
por siempre jamás la su majestad.
De cárcel escura vengo a claridad,
donde habré alegria sin otra tristura;
por poco trabajo habré gran folgura:
muerte, non me espanto de tu fealdad.10

Con el paso del tiempo mis temores y prevenciones comenzaron a parecerme ridículos, pues con miedo o sin él, está claro que moriría, como muere todo ser viviente. Y dado que no tenía la fe del monje de las Danças, debía buscar mi paz y tranquilidad por otra parte. Comencé a hacerlo, creo, cuando fui consciente, gracias a un viejo emperador, de que A nadie le sucede nada que no pueda por su naturaleza soportar.11 Dudé de estas palabras, pues hay cosas que me creo incapaz de aguantar, aunque si no hay más remedio, si no tengo dominio sobre ellas... El razonamiento me pareció un camino equivocado, pese a me daba una cierta confianza en mí mismo.
Me parecieron ingenuos, entonces, mis temores a estudiar medicina, ya que me causaba terror saber cuándo iba a morir. Quizás lo sepamos todos. Y quizás sea mejor saberlo que ignorarlo. ¿Qué más da? Lo importante ya no era eso. La vida es breve y había que aprovecharla.
En seguida exhalaremos nuestro último aliento. Entre tanto, mientras lo respiramos, mientras nos contamos entre los hombres, cultivemos los sentimientos humanos; no seamos para nadie causa de temor ni de peligro; menospreciemos daños, ultrajes, improperios, pullas, y soportemos con magnanimidad los inconvenientes fugaces: mientras miramos a nuestras espaldas, como quien dice, y nos giramos, ya estará ante nosotros la muerte.12
Y con ella, seguramente, se acabará todo, lo bueno y lo malo. ¿Por qué, pues, temer a aquello que nos lleva al lugar donde no vamos a sufrir? Además, no hay elección: hay que morir. Vivamos mientras tanto sin hacer daño a nadie y sin preocuparnos por las voces y los ecos. No es eso lo importante al fin y al cabo.

1Francisco de Quevedo, Heráclito cristiano, salmo XVIII en Poesía original completa. Edición, introducción y notas de José Manuel Blecua. Editorial Planeta, Barcelona, 1996, p. 29
2Ibidem.
3Cicerón, Catilinarias. Introducción, traducción y notas de Crescente López de Juan. Alianza Editorial, biblioteca temática, Madrid, 2009, p.131
4Mariano José de Larra, Horas de invierno, en Obras completas, Edición, introducción y notas de Joan Estruch Tobella. Editorial Cátedra, Madrid, 2009, p. 1.106
5Cicerón, Sobre la vejez. Traducción, introducción y notas de M. Esperanza Torrego Salcedo, Alianza Editorial, biblioteca temática, Madrid, 2011, p. 89
6Fco. Quevedo, Opus ctda., p. 3
7Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Primera parte, cap. VII
8Bram Stoker, Drácula, Traducción de Francisco Torres Oliver. Alianza Editorial, Madrid, 2012, cap. VI, p. 118
9Isócrates, Discursos. Introducción, traducción y notas de Juan Manuel Guzmán Hermida. Editorial Gredos, Madrid, 2002.v II, Filipo, p. 168
10Anónimo, Dança general de la muerte, v. 409-416
11Marco Aurelio, Meditaciones. Traducción y notas de Ramón Bach Pellicer. RBA editores. Barcelona, 2008, libro V, 18
12Séneca, Diálogos. Introducción, traducción y notas de Juan Mariné Isidro. Editorial Gredos, Madrid, 2000. Sobre la ira, Libro III, 43. 5