sábado, 26 de enero de 2013

Django desencadenado


DJANGO DESENCADENADO

Vicente Adelantado Soriano

Si no temiera ser injusto con la última película de Tarantino diría que lo mejor de ella es la frase publicitaria que la anuncia: la d, se entiende que la del nombre del héroe, es muda, la venganza no lo será. Tiene razón dicha frase: la venganza de nuestro héroe no sólo no es muda sino que es, como no podía dejar de suceder, espectacular. Y con esto llegamos al centro de la película, a su tema preferido: la muerte y la violencia como puro goce y disfrute, como espectáculo. Un espectáculo gratificador en este caso, ya que casi todos quienes mueren, siempre de forma violenta, son los “malos”, los esclavistas. Y llama la atención la cantidad de sangre que estos señores llevaban en sus cuerpos, pues, a veces, cuando disparan sobre ellos, parece que lo hagan sobre sacos de tomates bien maduros: el color rojo impregna camisas, cuellos de caballos y paredes, y surge de pechos y barrigas con la fuerza y la alegría de un manantial de alta montaña.
Lo malo de esta violencia es que, buscándola, el guión se pierde en una cada vez más inverosímil historia que termina por ser aburrida por lo previsible, y por la falta de credibilidad. Desde el momento en que la pareja protagonista llega a la plantación sureña, donde un enloquecido amo organiza luchas de negros, la película se va perdiendo en absurdos y en sin sentidos. No es la primera pareja, desde luego, que se mete en la boca del lobo o bien buscando a alguien, o bien huyendo de algo. Resulta más que llamativo el paralelismo de la película de Tarantino con la cinta de Richard Brooks, Los profesionales, o con la de Sam Peckinpah, Grupo salvaje. Las diferencias, sin embargo, son más que obvias: tanto Brooks como Peckinpah manejaron guiones sólidos, donde nada se dejaba al azar; y Tarantino trabaja con la idea fija de ofrecer más y más manantiales de tomate. El grupo salvaje penetra en la guarida del lobo, pero tiene las espaldas cubiertas para salir más o menos indemnes. Django y su compañero, el alemán cazador de recompensas, entran a pecho descubierto y con una historia tan endeble que no hacía falta ser muy inteligente para captar que había gato encerrado. Por supuesto se trataba de que lo descubrieran, ya que de lo contrario no hubiéramos tenido nuestra dosis de muertos con sus litros de sangre. Especialmente ridícula resulta la muerte de la hermana del dueño de la plantación: se nota a la legua que alguien, con una cuerda, ha tirado del muñeco al que acaba de disparar el señor Django. Ese tipo de saltos, y seguramente Tarantino lo sabrá, está mucho mejor resuelto en la película de Kevin Costner Open range. Y la traigo a colación porque las referencias cinematográficas, en las películas de Tarantino, son continuas, tanto que, a veces, parece como si padeciera un empacho cinematográfico. Tal vez un poco de bicarbonato le haría mucho bien al estómago de Tarantino a fin de destilar sus historias. En esta, alabado sea el Señor, no falta tampoco el sentido del humor: lo mejor es la escena de los jinetes cubiertos con las máscaras que, con el transcurso del tiempo, será la marca distintiva del Ku Klux Klan, o cabezas picudas. Resulta que con dichas máscaras, hechas por la mujer de uno de los integrantes, no ven absolutamente nada. Es, sin duda, lo mejor de la película. El resto hay que tomárselo como se podía tomar uno la lectura de un viejo tebeo allá en la infancia: no hay más pretensión. Es un puro espectáculo, donde se ve que la violencia y la venganza son bellas de por sí. No aporta nada, pero se puede ver tras un día de duro trabajo o un año de malas y peores noticias: Django, con sus gafas y sus revólveres, hace que nos olvidemos de las miserias cotidianas, aunque, para ello, siempre se prefiera Siete novias para siete hermanos o Cantando bajo la lluvia; pero, claro, no todos son los tiempos son unos. A tiempos bobos, películas bobas. Con mucho espectáculo y tomate, eso sí.

viernes, 25 de enero de 2013

Hastiados


HASTIADOS

Vicente Adelantado Soriano

De la injusticia se origina siempre la inquietud.
Stefan Zweig, María Estuardo

No conviene ser ladrón ni presa, ni compasivo ni cruel: el espíritu del primero es demasiado blando, el del segundo demasiado duro; sea el sabio equilibrado, y en las cuestiones que se han de resolver más esforzadamente recurra no a la ira sino a la energía.
Séneca, Sobre la ira

Me volvió a suceder, en esta edad tan provecta, lo que ya me sucedió de joven, hace muchos años: me volví a hartar de la compañía de mis semejantes, a quienes rehuía con espanto. Mis compañeros, algunos al menos, parecen no tener pensamientos propios: hablan y discuten sobre lo que dicen los periódicos o la televisión. Me desesperan. Me pregunto, a menudo, oyéndolos, cómo serían las conversaciones en la Edad Media o, mejor aún, allá en la Prehistoria, cuando ni había televisión ni periódicos ni políticos. Es un enigma para mí. Y lo seguirá siendo. Imagino, no obstante, que aquellas personas pasarían la mayor parte del tiempo sin decir nada, sin hablar. El silencio es una bendición de los dioses. O puede serlo. Se lo comenté a una persona recién llegada a la residencia, doña Paquita, por quien sentí una cierta atracción. Por ella volví a participar en varias conversaciones en el salón. Es una persona muy erudita. Lo dejó claro nada más llegar.
-Porque una persona siempre recogida -me dijo citando literalmente a santa Teresa de Jesús, y yendo en contra de mis ansias de soledad-, por santa que a su parecer sea, no sabe si tiene paciencia ni humildad, ni tiene cómo lo saber.1
Evidentemente santa Teresa tenía razón: para conocerse hay que estar en contacto con las personas, así que me quedé y participé en una conversación de mis compañeros de residencia. No dijeron nada nuevo. Lo nuevo fue descubrir en mí cosas que no me gustaron nada. Uno nunca termina de conocerse, desde luego. Y cuanto voy conociendo, tal vez reflejo de los tiempos que vivo, me gusta tan poco que, en serio, la muerte va a ser bien dulce y muy bien venida.
Por todo esto de la angustiosa crisis económica que estamos sufriendo, quien más y quien menos ha perdido capacidad adquisitiva. Y los servicios prestados por los médicos, de lo que ellos no tienen culpa, y por la residencia, son cada vez menores y más deficientes. Algunos de nosotros, además, procuramos ahorrar todo cuanto podemos a fin de ayudar a hijos y nietos, con trabajos precarios los más, o en el paro... La situación se está volviendo insostenible. Hay demasiada gente sin trabajo. Y lo que es una vergüenza, lo peor de todo, lo que nos ha dejado mudos de indignación, hastiados, es todos los casos de corrupción que se van descubriendo día tras día, con un goteo desesperante, y a los que nadie pone solución. Y nadie, por supuesto, devuelve lo que ha robado.
-¡No es ninguna novedad! -gritó Martínez, el antiguo combatiente universitario-. Lo que sucede es que los dirigentes de los partidos políticos están muy acostumbrados a mirar hacia otro lado. Siempre que se denuncia a alguien de su partido dicen que es una conspiración de los del otro partido. Antes, en la dictadura, todo eran conjuras judeomasónicas. Ahora conspira la oposición y algunos jueces.
-Sí, aquí nos hemos pasado la vida conspirando unos contra otros -dijo alguien de la reunión.
-No, lo que ha sucedido, y sucede, en este país -intervine yo, con pocas ganas de hablar- es que nunca se ha tenido idea de eso, de país. La manada está por encima del país, y el partido por encima de todo, por supuesto. Hasta de la ética.
-En eso tiene razón usted -dijo doña Paquita con su hablar lento, pausado-. Estoy de acuerdo con usted. Y no sólo -explicó dirigiéndose a un pequeño nacionalista que teníamos por allí- por los afanes independentistas de catalanes y vascos, sino también por la jerarquía de valores que cada uno de nosotros llevamos en la masa de la sangre.
-¿A qué se refiere usted? -preguntó el independentista con cara de pocos amigos.
-Creo que está claro -intervine yo- quiere decir que amamos más los privilegios y las prebendas que el concepto de justicia.
-Justicia sí, pero no es mi casa -corroboró doña Paquita.
-¡Ya estamos con las mismas de siempre! -volvió a tronar Martínez-. Me parece, compañeros, que no se trata de un problema de individualidades, sino de partidos políticos.
-¿Y acaso estos no los componen las personas?
-Sí, claro que sí. Pero esas personas se rigen, o de se deberían regir, por un código deontológico. Y debería estar muy claro que quien lo incumple tendría que ser expulsado del partido, de la formación o de lo que sea. Y enfrentarse a un juicio.
-Es lo que estamos diciendo desde el principio, señor Martínez -volvió a intervenir doña Paquita-. Y como ya le hemos dicho -explicó de forma muy didáctica- luego, descubierto un caso de corrupción, tiene más valor el partido, preservar su posible fractura, que el hecho delictivo en sí.
-¿Y qué tiene que ver el nacionalismo en todo eso? -quiso saber el malcarado.
-Pues -explicó doña Paquita- que más que enseñar en las escuelas a amar un idioma, unos árboles, una gastronomía y unas fronteras, se debería enseñar a amar la justicia.
-¿Qué justicia?
-¿Le parece bien la natural? -intervine yo de forma un tanto sarcástica-. Y para que no me venga con sofismas: aquella que dice y proclama todos somos iguales, y no de palabra sino de obra...
-Usted sabe que eso es una entelequia, una quimera. Robe usted cien o doscientos euros para comprarse las medicinas del mes, o para comer un poco mejor, y verá lo que le sucede... ahora, si es el yerno del rey, o un político con ciertas amistades y papeles comprometedores... Hay bula. Al menos hasta que prescriba el delito.
-En eso tiene usted toda la razón -reconocí añorando mis paseos solitarios. Estaba harto y cansado de conversaciones sobre los políticos y la corrupción.
-¿Y cómo cree usted que podemos salir de esta situación? -quiso saber doña Paquita.
-Yo antes pensaba que diciendo la verdad, apoyando a los periódicos...
-¡Bah, los periódicos! -exclamó el inevitable Martínez-. Tienen tantos intereses, o más, que los propios partidos políticos.
-Y decir la verdad no sirve para nada -me dijo con dulzura doña Paquita-. Verá, yo siempre he pensado que los grandes maestros de este país, si se le puede llamar así -dijo mirándome- han sido los hijos de los conversos. Tal vez porque sufrieron en carnes propias la intransigencia, la persecución y vaya usted a saber cuántas cosas más.
-Es posible que por ahí vengan nuestros problemas.
-¿Qué quiere decir? -me preguntó Martínez.
-Que tal vez el error está en que se fundó el país sobre una idea religiosa, el cristianismo; y desaparecida la fe, se rompe la unión porque jamás se buscó la convivencia, en paz y con respeto, entre las diversas tendencias, religiones o llámelo usted como quiera, que hubo en la península. Aquí ha predominado la Iglesia por encima de todo. El conmigo o contra mí.
-Es una visión un tanto sesgada. No somos el único país católico.
-Pero sí el único con judíos, moros y cristianos...
-¿Y a santo de qué viene ahora todo esto? -interrumpió Martínez riéndose- ¿Ustedes creen que aquello, y Torquemada, al cabo de más de seiscientos años, todavía tiene peso en la historia actual? ¡Por favor! ¿Y qué tiene que ver todo eso con la corrupción de los políticos?
-¿Qué le parece a usted? -me preguntó doña Paquita.
-Que muy probablemente tenga razón el señor Martínez. No lo sé. Demasiados siglos. Ahora bien, estoy de acuerdo con usted en que de nada vale decir la verdad. Es tonto y absurdo. Siempre lo ha sido.
-Sí, es una de las grandes lecciones, olvidadas desde mi punto de vista, de Fernando de Rojas. Sí -sonrió al ver mi cara de estupefacción-, el autor de Calisto y Melibea. O La Celestina, como quiera. Calisto tiene un criado, ¿lo recuerda?, que le advierte en contra del otro criado, Sempronio, y de la vieja Celestina. Se llamaba Pármeno: Señor, más quiero que airado me reprendas porque te dó enojo, que arrepentido me condenes porque no te di consejo, pues perdiste el nombre de libre cuando cativaste la voluntad.2
-Si ese Calisto hubiera sido de cualquier partido político -intervino Martínez riéndose y haciéndose el ignorante- hubiera acusado a su criado de conspirar en contra suya, mientras que hubiera defendido la honorabilidad del otro criado y aun de la madre Celestina. Es lo que se hace siempre en los partidos políticos.
-Nunca se me hubiera ocurrido -dije asombrado- traer a la Celestina a colación de cuanto está sucediendo en el país.
-Tal vez sea ese uno de los grandes errores de esta nuestra patria: el olvido de su propia literatura. El olvido de algo que, tal vez por desgracia, está muy vivo. Y no hablemos de la novela picaresca.
-Que es lo típico -volvió Martínez- de un país en quiebra. Señora -dijo dirigiéndose a doña Paquita- yo también sé algo de literatura. Y estoy de acuerdo con usted, aunque yo voy tras una visión más amplia de esta. Me explico: mientras la Inquisición buscaba a pobres diablos que no comían cerdo, o lo convertían en duelos y quebrantos, dejaba tranquilos a curas que vivían con sus barraganas, aunque las casaban con otros pobres diablos por aquello de si se quedaban embarazadas.
-Está usted hablando del Lazarillo.
-¡No! -exclamó indignado-. Le hablo de los inspectores hijos de puta que el otro día multaron, o intentaron multar, a dos jubilados por trabajar un trozo de tierra, y cosechar tomates para sus familias. Mientras, hay políticos con dos o más trabajos, cobrando por no hacer nada sueldos que usted no ha visto jamás, y robando y defraudando todo cuanto pueden, o haciendo la vista gorda, que para el caso es lo mismo; mientras sucede esto, y más cosas que ignoramos, estos denuncian a dos ancianos por cultivar cuatro tomates. ¿No es genial?
-Esto es un desastre tal que no hay por dónde cogerlo. Tengo miedo -dije en un arrebato de sinceridad-. Hay demasiada gente sin trabajo, muchísima corrupción, ningún viso de que la cosa vaya a cambiar, y mucho inútil ocupando cargos...
-Y poca o ninguna esperanza -me interrumpió doña Paquita-. A mí también me sucede algo similar -dijo-. Siempre he tenido un poco de miedo a la vejez. Ya sé, tonterías de juventud. Ahora no le tengo miedo; todo lo contrario: estoy contenta de estar con ustedes, de haber llegado aquí; estoy contenta de no dar clases, de no entrar en ninguna aula y de no tropezarme con los alumnos. ¿Qué decirles? ¿Qué enseñarles con todo cuanto está sucediendo?
-¡Bienvenida al gremio! -volvió Martínez con sus exclamaciones-. Creo que eso mismo nos lo hemos planteado todos, o casi todos. Tiene usted razón, ¿qué decirles? A veces las clases parecían un mundo a parte, un oasis, algo irreal. Los políticos, menuda ralea, están dejando sin asistencia médica a infinidad de ancianos y dependientes. Y se gastan el dinero público en avalar equipos de fútbol. ¡Tiene narices la cosa! Y uno de estos políticos se lleva veintidós millones de euros... y nadie se entera de que estaba robando, ¿tan sobrados van? Vamos, ni que se hubiera llevado un sello o un billete de diez euros. No, ni más ni menos que veintidós millones. Y ese es un caso... ¿Qué decirles a los alumnos? ¿Qué sean honrados? ¿Para que se los coman vivos?
-Yo luché por darles una educación real, por dotarlos de armas...
-Y puso Celestina como libro de lectura. Y le salió un padre protestando porque a los niños no hay que hacerles leer los clásicos, y además, la Celestina, menudo lenguaje utiliza.
-Sí, algo así me sucedió. Pero eso fue un caso puntual.
-Ahí quería llegar yo.
-Y mientras nosotros nos planteábamos esto, una educación para la vida -dijo doña Paquita- nos bombardeaban continuamente con nuevas propuestas didácticas...
-Que nunca son nuevas -volvió a interrumpir Martínez- ni aportan nada, ni sirven para nada.
-Nosotros -dijo doña Paquita entornando los ojos y recitando como si estuviera contando un sueño-, ante todo, tenemos un invencible horror a la Pedagogía; todo método, todo canon, toda pauta marcada de antemano nos inspira una aversión irremediable. La vida es una cosa sutil, irregular, multiforme, y ella escapa a toda reglamentación y encasillamiento. Nosotros no aplicaríamos a nuestro amigo ninguna pedagogía, sea cualquiera el nombre que tuviere; no pondríamos en su cerebro ninguna cosa abstracta; no le haríamos aprender nada de memoria; nuestro único cuidado sería hacerle ver la realidad y apartar de su cerebro todo momento de tedio y de tristeza. La tristeza y el tedio: aquí tenemos los dos grandes enemigos del hombre.3
-¡Vaya! -exclamé lleno de admiración ante cita tan larga dicha de memoria.
-Otra que predica con el ejemplo -dijo Martínez sonriendo-: no quiere que los otros aprendan de memoria, pero ella bien que la utiliza.
-En mi caso -respondió doña Paquita sonriendo también- se trataba de miedo. Sí, de miedo; me han oído bien. Tenía miedo a padecer de alzheimer, así que di en memorizar cosas que me interesaban.
-Es curioso: a un amigo mío -intervine yo- le sucedió algo similar. Tenía miedo a padecer esa enfermedad; se lo dijo a su médico de cabecera, y este le recomendó que memorizara matrículas de coche, números de teléfono... A mi amigo eso le pareció un juego absurdo y tonto. ¿Y saben lo que hizo? Se leyó todos los Episodios nacionales, de Galdós, y memorizó los nombres de todos los protagonistas, las novelas en las que intervienen, la serie a las que estas pertenecen, y los años de escritura y los años de la acción de cada uno de los episodios.
-Mira que hay gente rara en este mundo -dijo Martínez-. Aunque mejor eso -reconoció- que aprenderse la guía telefónica de memoria.
-Sí, desde luego -corroboró doña Paquita-. Al menos aprendería muchas cosas.
-¿Y para qué le sirvieron? -pregunté yo-. ¿Sabe? A mi siempre me impresionó aquel capítulo del Quijote en el que Cervantes fustiga el inútil saber...
-El de la cueva de Montesinos -me ayudó ella-, donde un personaje, el primo, está muy interesado en averiguar, entre otras cosas, quién fue el primero del mundo en tener sarna, si no me falla la memoria.
-Sí, algo así. Cuando leí el libro, de joven, aquel capítulo me impresionó. Y ahora, cada vez que lo recuerdo, no hago sino pensar que todo saber es inútil, al menos en este puñetero país.
-Si entiende usted por inutilidad lo mal aprovechadas que están las personas, al menos algunas de ellas, no le falta razón... Recuerde que Miguel de Cervantes era recaudador de impuestos. Nunca impartió ninguna clase en la universidad, si es a eso a lo que se refiere.
-Y el país funcionó igual -apuntó Martínez con un dejo de ironía.
-Y también seguirá funcionando con tipos que roben poco o mucho, con estafadores, con gente que los respalda y con toda la caterva de políticos...
-Yo no estoy tan seguro -interrumpí a doña Paquita-. No estoy tan seguro. Estoy asustado. Tal vez porque me he hecho muy mayor. No lo sé. Pero estoy asustado, muy asustado. Hay mucha gente sin trabajo, mucho sinvergüenza, poca justicia, y bastante desesperación... Y, desde luego, y pese al miedo cerval que estoy sufriendo, como ha dicho usted, tenemos la enorme suerte de no tener que ir a clase, de no tener que enfrentarnos a un grupo de chicos y contarles sandeces sobre el idioma, los acentos y la b y la v en tanto el país se está desmoronando.
-¿Tan grave es la situación? ¿Cree usted?
-Es posible que sea así -volvió a intervenir Martínez-. Creo que poco se puede esperar de un país que ha perdido la decencia, el sentido moral, y el que todo vale con tal de hacerse rico...
-Sí; pero tanto dinero... No tienen medida.
-Ni ética. Ni decencia. Privan a pueblos enteros de asistencia sanitaria, y se gastan el dinero público en sostener a varios equipos de fútbol... Y duermen tan tranquilos... Dios mío, muy a menudo me he preguntado si no es posible vivir sin políticos... Creo que deberíamos privatizar la gestión de la nación. Y creo -dije sorprendiéndome a mí mismo- que deberíamos volver a instaurar la pena de muerte. Deberían ejecutar a todos los ladrones de guante blanco.
-¡Hombre! No sea usted así. No exagere.
-No exagero. Estoy harto, cansado. Hastiado. Mis hijos se han ido a trabajar a Alemania por culpa de la crisis; me he quedado solo... Si usted quiere -dije retomando el hilo de mi razonamiento a fin de evitar el sentimentalismo-, y para no llegar a esos extremos, se les daría la posibilidad o bien de devolver el dinero, o bien de morir en la horca. Y, por supuesto, ninguno de sus hijos o parientes podría sacar ni un euro de ningún paraíso fiscal...
Y fue entonces cuando, sorprendido y asqueado, me levanté y me marché. Estaba harto de aquellos temas. Estaba harto de todo porque me di cuenta, hace tiempo, que la corrupción y los políticos me estaba afectando más de lo que yo había imaginado. Jamás me creí capaz de pedir la pena de muerte para nadie, jamás; pero cuando veo en lo que puede derivar tanta mentira, tanto robo y tanta política interesada, y tanta falta de honestidad y ética... Dios, ¿qué va a ser de nuestros alumnos? ¿Qué va a ser de ellos? ¿Y cómo he llegado yo a pensar esas horribles cosas sobre la pena de muerte? Esa misma noche, en mi solitaria habitación, abrí un libro al azar, un libro que siempre me ha gustado mucho y que amo profundamente: Están siempre cautelosos y prevenidos los ruines pensamientos, la desesperación cobarde y la tristeza, esperando a coger a solas a un desdichado para mostrarse alentados con él, propia condición de cobardes, en que juntamente hacen ostentación de su malicia y de su vileza.4
-Tengo que ser capaz de superar esto -pensé-. Para ello ayudaría mucho el que hubiera un mínimo de justicia, desde luego. Pero quizás demandar eso en este país y en estos momentos sea pedir lo excusado. Y yo ni puedo ni quiero ser como los políticos. No. De ninguna de las maneras.
1Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, cap V, pag. 692 Obras completas, BAC, Madrid, 1986
2Fernando de Rojas, La Celestina, segundo auto.
3Azorín, El político, cap XXXII, Los hombres de mañana.
4Francisco de Quevedo, Los sueños, Sueño de la muerte, A quien leyere.

sábado, 19 de enero de 2013

Lincoln


LINCOLN

Vicente Adelantado Soriano

Dejando a parte si la película es histórica y fiel a los hechos, falsea la historia, o da una visión positiva e interesada del presidente Lincoln, está claro que estamos ante una buena película plagada de grandes actores y de geniales interpretaciones. Con ellos, y con una buena contención narrativa, más una más que notable ambientación y un buen guión, Spielberg construye una notable historia que no sólo es creíble, verosímil, sino también muy didáctica. Lo cual no quiere decir que sea ni farragosa ni tendenciosa, pues en la cinta no se nos ahorran los turbios caminos de la política, aunque, lógicamente, no se puede profundizar en todos los temas tocados. Así el presidente Lincoln aparece pintado como un hombre pragmático, capaz de saltarse algunos acuerdos, o principios, con tal de llegar al objetivo fijado y final: la abolición de la esclavitud. Y otros políticos votan las decimotercera enmienda, la que impide tener esclavos, por intereses tan bastardos como el dinero, cargos, prebendas o empleos. La corrupción, desde luego, no es invento de los políticos españoles, aunque estos hayan salido alumnos más que aventajados. Con el apoyo de quienes no quieren ver la realidad, por supuesto, o miran hacia otro lado.
Los primeros minutos de la cinta, pese a todo, resultan un poco farragosos. Tal vez para un americano no lo sean tanto. A nosotros nos falta información. Y, claro, uno de los terribles defectos del cine es que no pueden poner notas a pie de página: tiene que solucionar ese falta de información a través de la imagen y de la palabra en directo. Y es aquí donde falla la película, al menos desde un punto de vista de quien no conoce en profundidad la historia de Estados Unidos. Superado este escollo, Spielberg se centra ya en los últimos años de Lincoln, en su pragmatismo político, en la lucha por abolir la esclavitud, y por terminar con una guerra civil que estaba sangrando al país. No es nada desdeñable, al respecto, el recorrido del viejo y cansado presidente por el campo de batalla. No hay nada épico: hay cadáveres, muerte y ruina. Tampoco resulta gratuito algo que nunca, que recuerde, ha mostrado el cine: una carretilla transportando un cargamento del que cae sangre. Son brazos y piernas amputadas, que van a dar a una fosa común. Evidentemente había que acabar con esa sangría. Lincoln, sin embargo, la supeditará a la abolición de la esclavitud. Los políticos contrarios tratan de venderle la paz, de chantajearlo con ella, y lograr, si cae en la trampa, la continuidad de dicha esclavitud. Lincoln tuvo que escoger. Ahora bien, fue lo suficientemente hábil, o tuvo tanta suerte, que pudo acabar con las dos lacras.
Queda claro, también, y en dos frases, que el fin de la guerra no supone que haya vencidos y vencedores, sino que es el comienzo de una nueva era en la que todos, afortunadamente, tienen cabida en la unión, en el país. Hay que cambiar, eso sí, el sistema de producción basado, en el sur, en la esclavitud.
Es de agradecer, en la película, que en ningún momento se recurra al melodrama, a la visión paternalista del esclavo; solamente sabemos que una criada de niña la azotaban. Lo cual todavía le da más fuerza, si cabe. Uno se pregunta cómo ha habido, y hay, personas capaces de considerarse superiores a otros seres humanos sencillamente porque estos no hablan su lengua, no tienen su mismo color de piel, o practican una religión distinta a la suya. Lincoln lo explica muy bien cuando, en la oficina de información, charla con dos jóvenes, y les habla de la igualdad de las cosas recurriendo a Arquímedes. Hay personas, sin embargo, que se niegan a reconocer esa verdad matemática.
Película, pues, recomendable porque hace pensar. Genial, por otra parte, las interpretaciones de todos, entre las que cabe destacar, cómo no, la de Daniel Day-Lewis. No se quedan atrás ni Sally Field, ni Tommy Lee Jones, ni ninguno del resto de los actores.
Lástima que Lincoln, de verdad, no se propusiera, también, al tiempo que terminaba con la esclavitud, acabar con las armas de fuego, y con la corrupción en España. Algunos se lo hubiéramos agradecido mucho. Porque confiar en que lo hagan nuestros políticos es pedir cotufas en el golfo.


viernes, 18 de enero de 2013

Drácula


DRÁCULA

Vicente Adelantado Soriano

Para Luis y Guille

-¿Usted cree en el diablo?
-Hombre. Aquí, en el monte, y de día, no creo... en nada: pero en mi casa, y de noche... ya es otra cosa.
Pío Baroja, Camino de perfección.

En la residencia en la que habito desde hace unos meses tengo dos distracciones, un tanto absurdas, para cuando me canso de leer o de oír música. La primera consiste en mirar por la ventana. Da esta a una amplia avenida con un paso cebra y con dos semáforos. Raro es el día que no hay accidentes entre ciclistas y automovilistas en dicho paso cebra. Viéndolos creo que la gente está mal de la cabeza: se juegan la vida por detener el coche unos centímetros más acá o más allá; y los ciclistas van por las aceras como si estuvieran corriendo el Tour de Francia. Yo, por lo que pueda pasar, siempre me desplazo a pie.
La otra distracción es ir al salón, y participar en alguna que otra tertulia. Nunca me han gustado las conversaciones entre tres o cuatro personas, pues, al final, uno termina por no enterarse de nada dado que todos hablan con todos, y al mismo tiempo. Eso sí, el tema es indiscutible: la crisis, los políticos, la corrupción, los engaños y las mentiras de aquellos, y el poco sentido común de muchos de nuestros compañeros de residencia. Esto es lo menos grave, al fin y al cabo todos pasamos de los setenta años; lo malo es la falta de dicho sentido en una gran parte de la juventud, y eso sí que es gravísimo. Por regla general nunca intervengo en estas discusiones. Callo, miro y escucho.
Poco después de las fiestas de Navidad entré en el salón. Estaba vacío, cosa rara. Sólo un compañero se hallaba sentado en un rincón con un libro sobre la mesa. Su mano derecha reposaba sobre la portada del libro. Tenía los ojos cerrados. No supe, en un principio, si se había dormido o si estaba meditando o muerto, como sucede de vez en cuando. Me moví sigilosamente para no molestarlo. Y sigilosamente aparté una silla sin hacer el más mínimo ruido. Aun así, tal vez alertado por un sexto sentido, abrió lo ojos. Me saludó con la mano y me invitó a sentarme a su lado. Acepté de buen grado dado que no había cogido ningún libro ni revista: no era aquel el lugar adecuado para leer.
-Estaba leyendo un libro -me dijo amablemente- que me regalaron mis nietos para Reyes.
Diciéndolo me alargó el libro abierto por la primera página: sin duda tenía interés en que leyera la dedicatoria. Era una dedicatoria anodina, como casi todas, escrita con una letra que dejaba bastante que desear. Yo, lógicamente, estaba más interesado en leer el título del libro. Me quedé un poco anonadado: el libro era Drácula, de Bram Stoker.
-¿Lo conoce usted? -me preguntó con una amable sonrisa.
-Lo leí hace tantísimos años -le respondí devolviéndole el volumen- que es como si no lo hubiera leído.
-¿No recuerda usted nada? ¿Nada de nada? -preguntó con incredulidad.
-Recuerdo vagamente -respondí deseando ser amable, aunque en el salón ya no quedaban vestigios de árboles, nacimientos ni estrellas- que una profesora de literatura, creo que allá por quinto o sexto de bachiller, nos habló de esa novela como uno de los hitos del romanticismo, cosa que a mí me sonó un poco extraña.
-Claro -dijo animándose mi compañero- eso fue sin duda porque usted tenía la visión de Drácula transmitida por las películas, que son nefastas.
-No le digo que no. Y por eso leí la novela, pues aquella joven profesora insistía en que Drácula era el mito del amor imposible. Y, en consecuencia, una figura romántica.
-¿Y qué le pareció a usted?
-¿Qué quiere que le diga? El buen Conde dista mucho de ser un amante tímido, romántico y apocado. Recuerdo, no sé porqué se me quedó grabado ese capítulo, que cuando una de las chicas es encerrada en su habitación, y esta la llenan de ajos, Drácula recurre a un lobo, el cual, saltando, rompe los vidrios de la ventana y permite que el cuarto se ventile. Poco después el conde, quiera ella o no quiera, le busca la yugular con ahínco. Y se la encuentra.
-Sí, tiene usted buena memoria: se trata de Lucy, la primera víctima londinense del Conde.
-Aquí -añadí gastándole una broma insustancial- Drácula no tendría nada que hacer.
-Hombre, puestos a escoger, yo también iría en busca de yugulares jóvenes y tiernas.
-Ya. No me refería a eso. Quería decir que en este santo lugar nos dan tanta sopa de ajo que el bueno del Conde, entre nosotros, iba a estar en una cuaresma perpetua. Yo tengo un amigo que dice, creo que siguiendo a Julio Camba, que la cocina española está sobrada de ajo. En este país le ponemos ajo hasta a los pasteles de moniato.
-No sé. Tal vez tenga usted razón. Pero a mí el ajo me gusta.
-Y a mí también. Así que está claro, ¿no le parece?
-Sí -dijo riéndose-, está claro. Yo -añadió después- también leí la novela de joven. Aunque lo hice por causas distintas a las suyas.
-Bueno, para leer un libro y morder una yugular no hace falta ninguna justificación.
-Cierto, cierto. Pero no es menos cierto que, a veces, se recurre a los libros en busca de cosas, o de soluciones.
Me miró a los ojos como esperando que diera mi asentimiento para que continuara sus explicaciones librescas. Lo hice.
-Yo era una criatura muy miedosa -me contó-. No sé cuándo se desarrolló en mí ese miedo. Tal vez influyó en ello el hecho de no vivir con mis padres. Murieron en un accidente cuando yo tenía pocos años. Se me llevaron unos tíos míos. Y recuerdo que en su casa comenzaron y se desarrollaron mis miedos. Tenía miedo de todo. Y más, mucho más, de la noche y por la noche.
-Una situación nada agradable -dije por decir algo.
-No se lo puede ni imaginar.
-Recuerdo -dije deseando ser amable- que en nuestra época, cuando éramos niños, la gente mayor se comportaba de forma bastante cerril con nosotros. A los críos nos trataban con desprecio y crueldad. A veces me vienen a la memoria los llantos de terror de un amigo, apenas tendría seis o siete años, al que sus tíos obligaron a que besara el cadáver de su padre poco antes de cerrar el ataúd.
-En mi caso fue terrible. El miedo no me desaparecía por más años que cumpliera. Y un día decidí cortar por lo sano. De forma casual, digámoslo así, cayó un mis manos un libro sobre el budismo, o alguna rama del budismo. Leí en dicho libro que una de las pruebas a las que sometían a los novicios budistas era encerrarlos durante tres o cuatro días, con un cadáver, en una cueva en medio de una montaña.
-¡Vaya burrada! -exclamé sin poder contenerme.
-Eso pensé yo también. De hecho, según el libro, algunos monjes enloquecían... La explicación residía en percatarse, de forma clara y rotunda, de que nuestros miedos son provocados por nuestra imaginación. La realidad es distinta. Nada hay más pacífico que un muerto. Sin embargo, si pusieran un ataúd en este salón, tanto usted como yo procuraríamos alejarnos de él lo más posible.
-Tal vez por eso Drácula produce tanto miedo, ¿no? Un muerto que vive. Una paradoja con colmillos.
-Sí, es cierto. A mí me interesaba comprobar si era cierto eso de la imaginación y de la realidad. Así que por las noches, en mi habitación, trataba de racionalizar todos los ruidos que oía; pero a veces la imaginación me podía... fue un trabajo de años.
-Lo debió de pasar muy mal.
-Mucho. Máxime cuando mi primo se empeñaba en llevarme al cine a ver películas de terror, que a él, cómo no, le encantaban. Igualmente le causaba un infinito placer darme sustos a cualquier hora del día o de la noche. Yo vivía en un estado de excitación continuo.
-A veces me da la impresión de que hemos heredado la crueldad de nuestros padres.
-Creo que en eso se equivoca: yo lo pasé tan mal que jamás mis hijos han tenido miedo de nada. He procurado educarlos para que fuera así.
-¿Y cómo le benefició Drácula en su aprendizaje? -quise saber.
-Yo no estaba dispuesto, como los budistas -me dijo sonriendo- a pasar ni una hora con un cadáver. Pero sí quise ejercitarme en excitar mi imaginación, para lo cual no se necesitaba mucho, y en dominarla al mismo tiempo. Así que cuando era de día leía la novela; y cuando era de noche, y el Conde se me hacía real, trataba de hacerlo desaparecer con mi mente. Fue duro, muy duro. Una noche, ¡Dios, qué noche!, las gotas de sudor cayendo por mi cuello me parecieron gotas de sangre... Me costó verdaderos esfuerzos reprimir mis gritos y alaridos.
-De la forma que lo está contando -dije sonriendo- parece como si Bram Stoker hubiera escrito su novela para que los niños no tuviéramos malos pensamientos en la cama.
-¡Vaya por Dios! -exclamó riendo-. No se me había ocurrido verlo así. Ahora bien, le puedo asegurar que yo no tuve malos pensamientos. Ni de lejos.
-A mí lo que me sucedía en aquella época era que me enamoraba de muchas actrices. Y por más que procuraba hacerlas reales en mi vacía habitación siempre me encontraba mi cama sola y fría.
-¿Ve? En el fondo Drácula es un animal erótico.
-Bueno, digamos que eso, en las películas, lo han explotado hasta tal punto que ya da un poco de asco. Hastía.
-Sí, es cierto. Pero ¿sabe? A su profesora de literatura no le faltaba razón en lo del mito romántico. Y ya no me refiero sólo al personaje como a la encarnación del amor imposible. Me refiero, ahora, a la forma de la novela.
-Sí. A mí también me llamó la atención la forma en la que está escrita la novela.
-Y desde ese punto de vista, ¿no diría usted que es una novela totalmente romántica? Si partimos del principio de que el romanticismo fue un “invento” de Goethe, o si quiere usted, que fue este el primero en expresar las nuevas tendencias y puntos de vista de la nueva sociedad, y que lo hizo a través de su novela Werther, Drácula, de alguna forma, es su continuadora.
-No lo sigo. Me he perdido. Francamente. Hace tiempo que leí la novela. No tengo las cosas tan frescas como usted.
-Quiero decir, y perdóneme si parezco un maestro en plena clase, que una de las características del romanticismo es el subjetivismo, ¿y qué más subjetivo que una carta? Werther es una novela epistolar.
-Sí, eso lo recuerdo. Y también recuerdo que Drácula está escrita de forma fragmentaria...
-Efectivamente -me interrumpió mi compañero que parecía animarse por momentos-. Efectivamente -repitió-. La novela está constituida por diarios, cartas, telegramas y notas que se van intercambiando los personajes. El único que no escribe es el Conde.
-También podríamos decir -apunté tímidamente- que Bram Stoker es uno de los fundadores de la nueva novelística.
-No lo diga con la boca pequeña -me dijo sonriendo-. Creo que es así. Aunque hay un problema, y no desdeñable, desde luego.
-Usted dirá -dije invitándolo a seguir hablando.
-Lo que voy a decirle tendría que matizarlo... Tendría que volver a releer muchas cosas para hablar con un mínimo de propiedad; pero, en fin, allá va. El teatro, de alguna forma, nos enseña que ninguno de los personajes tiene la razón por completo... No sé, cojamos Antígona. Está claro que las leyes están hechas para ser cumplidas, y Antígona se las ha saltado a la torera. Por lo tanto es reo de muerte. Pero está claro que la ley decretada por el rey, por Creonte, como le hace ver su hijo Hemón, es una ley injusta.
-Siempre le estamos dando vueltas a lo mismo.
-¿A qué se refiere usted?
-¿No es ese el problema de Sócrates cuando lo condenan a muerte injustamente y le proponen, a fin de subsanarlo, que huya de la prisión?
-Sí, es lo mismo. Y tal vez todos tengan su parte de razón... Habría que estudiarlo. Pero en Drácula, con el intercambio de cartas y diarios no se busca otro punto de vista, otra explicación... Bram Stoker va tejiendo una malla sutil ante el pobre lector. Todos los personajes, incluso médicos y científicos, tienen que ir admitiendo aquello que va en contra de toda lógica y del más común de los sentidos. Así que al pobre y desamparado lector no le queda al final ninguna salida. Drácula se hace tan real como el libro que tiene en las manos.
-Sucede eso sin duda porque Stoker es un excelente novelista, ¿no le parece?
-Sin duda, sin duda -asintió-. Recuerdo que una de las posibilidades que vislumbré, para liberarme de mis miedos, fue intentar descubrir los puntos flacos de la novela, algo que me hiciera percatarme de que todo aquello era pura fantasía y nada más que fantasía.
-¡Ay, amigo! -exclamé-. Me temo que eso es trabajo perdido.
-¿Por qué? -preguntó intrigado.
-Bueno, quizás con las novelas de terror suceda lo mismo que con las novelas eróticas. Es curioso que unas palabras y unas descripciones nos encrespen y sean capaces de hacernos perder el juicio. Al menos durante una época de nuestra vida.
-Sí, pero usted termina, o terminaba de leer una novela erótica, y seguramente no esperaría que la protagonista se le apareciera en cualquier rincón de la casa...
-¡Qué más hubiera querido yo! -exclamé riendo.
-¿Ve usted? Yo no tenía esa certeza. Yo estaba convencido de que el vampiro se iba a hacer presente en cualquier momento.
-Pero no se le apareció, ¿no? -pregunté sonriendo.
-Afortunadamente, y hasta ahora, no. Tal vez se debió -añadió devolviéndome la sonrisa- a que encontré un punto flaco, aunque, la verdad, de poco me sirvió. En realidad no me sirvió de nada.
-¿A qué punto flaco se refiere?
-Mi tía tenía una vecina con la cual se llevaba muy bien. Era mucho más joven que mi tía. Y era preciosa. Era un monumento de mujer. Un día se quedó embarazada. El parto, según me contaron, vino torcido. Hubo que hacer la cesárea, y hubo que hacer una transfusión de sangre. Según contaba mi tía, en el hospital se equivocaron al hacer la transfusión, y esta mujer enloqueció... Sí, era una pena verla por las calles diciendo incoherencias... Murió poco después. Y eso me dio la clave. En la novela a una de las protagonistas, a Lucy, la primera víctima londinense del Conde, le hacen tres o cuatro transfusiones. Y nunca se tiene en cuenta el grupo sanguíneo. Allí el primero que llega ofrece su brazo. Y a Lucy no le pasa nada. No enloquece, no muere. Y se supone que recibe sangre de distintos grupos.
-Claro, en la época de Stoker seguramente se desconocían esas cosas. Esto me recuerda -dije entornando los ojos- que me sucedió a mí algo similar con una novela... ya no recuerdo cuál, no recuerdo si era El caballero del león o El caballero de la carreta... Acusan a la reina de haber tenido relaciones con el senescal del rey porque en la cama de ella han aparecido manchas de sangre. El senescal lleva varios días herido y reponiéndose. Y esa noche, casualmente, se le han reabierto las heridas... La sangre, sin embargo, no es suya sino de un caballero enamorado de la reina, Lanzarote del Lago, que se ha herido rompiendo los barrotes de una ventana para yacer con ella. Hoy en día con las pruebas del ADN todo se hubiera solucionado en un santiamén.
-Pero seguro que eso no le restaba importancia a la novela.
-No, claro que no.
-Pues algo similar me sucedía a mí con Drácula.
-Siempre podía dejar de leerla.
-¡Ah, no! ¡Eso sí que no! Yo necesitaba quitarme el miedo de encima. Estaba a punto de cumplir los veinte años, y era como si todavía llevase pañales. Y además -puntualizó sonriendo- la novela me gustaba mucho.
-¿Y lo consiguió? Quitarse el miedo, claro.
-Sí, lo conseguí; pero me costó sangre, sudor y lágrimas.
-Es decir, que ahora está releyendo la novela con total sosiego y tranquilidad.
-Por supuesto. Y además me divierte enormemente. Es una buena novela. Muy bien estructurada y graduada. Stoker, poco a poco, va creando un clima de terror que termina por envolver al lector, aunque no sea miedoso, como es mi caso actual.
-Decía don Miguel de Cervantes que si se lee Don Quijote a una temprana edad, las carcajadas brotan sin ningún miramiento; leído el libro a una edad entre la juventud y la senectud, la risa tarda un poco más en brotar; y leído a nuestra edad, la risa se convierte en llanto.
-Drácula evidentemente es un caso distinto. Pero eso sí: lo que antes me aterrorizaba, ahora me distrae mucho. Lo cual no es poco. Me lo paso muy bien leyendo la novela. Y, antes de que diga nada: me molesta mucho esa estupidez de literatura de evasión. ¿No se toma usted aspirinas contra el dolor o morfina o lo que sea? ¿Qué tiene de malo que algunas obras nos hagan más llevadera esta puñetera vida?
-Yo no he dicho nada...
-Ya, pero es que como a veces lo veo con el grupo ese que siempre está renegando de todo...
-Cada uno se distrae como puede. Ahora el tonto de Martínez ha descubierto que en los contenedores de basura no hay tantas cajas de cartón como en años pasados. Ha deducido de ello que estamos en crisis, que la gente no ha comprado tantos regalos, y que el país se va al garete. Y no hay día que no nos obsequie con su sagacidad y su perspicacia. ¿Que le vamos a hacer? Usted de joven quería conjurar a Drácula, y este, a la vejez, quiere ahuyentar a los políticos y a los corruptos.
-Yo lo tuve más fácil.
-Sin duda, sin duda.
-Cuando termine la novela se la dejaré. ¿Sabe? Drácula necesita reposar sobre tierra de Transilvania. Tiene que dormir en ataúdes que contengan tierra de su país. Me recuerda el mito de Atlante. Cada vez que Herakles lo tiraba al suelo, aquel se reponía: la tierra, su madre, le daba fuerzas. También las recupera uno cuando, tras un viaje por el extranjero, vuelve a casa. Es curioso.
-Sí, es curioso. Y le agradezco su ofrecimiento. Pero hagamos una cosa mejor: acompáñeme esta tarde al centro, y me la compro yo. Así la vamos leyendo al mismo tiempo, y la vamos comentando.
-¡Ah! ¿Hacemos un debate sobre Drácula? -me preguntó tendiéndome la mano-. ¿Le apetece?
-Me apetece. Aceptado -le dije apretando con fuerza su mano-. Y espero que sea todo mentira. No por nada sino porque los cementerios cristianos son muy tristes. Levantarse de un cementerio en medio de un prado o de un campo lleno de sol, debe de ser una maravilla. Pero estos cementerios estructurados por pisos, con lápidas horribles y flores de trapo ajadas y llenas de polvo... ¡qué horror!
-No había pensado en eso. Pero lo discutiremos también. Tenga en cuenta que el Conde sufre de halitosis, aunque jamás se queja de caries, qué maravilla, ¿no? ¿Al centro nos vamos con el autobús o a pie?
-Como usted prefiera. Recuérdeme que me compre una libreta y lápices para subrayar. No sé leer sin manchar ni ensuciar el libro.
-Mientras no lo manche con la sangre que le gotea de los colmillos...

viernes, 11 de enero de 2013

Amor



AMOR
Película de Michael Haneke

Vicente Adelantado Soriano

Decían en la Edad Media que la buena muerte era la muerte anunciada. Sabía, de esta forma, una persona, cuándo se iba a morir; y tenía tiempo, en consecuencia, para despedirse de amigos, deudos y parientes. Así lo hizo, entre otros, el padre de Jorge Manrique, tal como cuenta este en sus famosas Coplas. Hay en este deseo y concepción de la muerte anunciada un trasfondo religioso: es importante para el hombre tener tiempo para pedir perdón, arrepentirse, confesarse, y partir de este mundo con la certeza absoluta de que va a gozar del otro. Por supuesto que podía darse el caso, tal como se cuenta en la genial película de Arthur Penn, Pequeño gran hombre, de que hechos todos los rituales del buen morir, la magia no funcionase, y el moribundo volviera a la vida, o la muerte lo dejara en paz por el momento. De ahí surgía la sonrisa, cuando no la carcajada.
Hoy en día, sin ese fondo religioso, quien más y quien menos desea una muerte como la deseaba para sí Julio César: breve y rápida. A veces, como diría Séneca, está en nuestras manos conseguirla; y otras, por desgracia, se nos niega esa posibilidad. Entonces comienzan los verdaderos problemas, tanto para el enfermo como para sus deudos, amigos y parientes. Ni aquel tiene la posibilidad de poner fin a sus sufrimientos, ni de despedirse de nadie, ni la familia sabe muy bien cómo enfrentarse a la nueva situación. Y en eso hace incidencia, y se centra, la película de Haneke. Una mujer mayor sufre un ataque; y, progresivamente, va perdiendo el dominio sobre su cuerpo, conservando, sin duda, toda su lucidez. Se puede entender que tal estado es un verdadero tormento para ella, de ahí el ritornelo de la enferma: duele, duele, duele... No puede especificar qué es lo que le duele, aunque no resulta nada difícil de averiguar. Pues su vida, a partir del ataque, se convierte en una continua degradación, una continua dependencia de los demás.
El ataque, y la consiguiente privación de la mitad del cuerpo de la mujer, va a someter a la pareja de viejos profesores a unas tensiones y vivencias que no habían tenido hasta ese momento. Y aquí, y a lo largo de toda la cinta, es donde Haneke demuestra su maestría. Sin salir del apartamento donde vive la pareja, sin grandes palabras, negando el pasado al que no quiere regresar la anciana, salvo con una breve mirada al álbum de fotos para concluir que la vida fue bella, encerrada en su presente, casi con susurros, se van retratando dos vidas, y el final de estas. Magistrales las interpretaciones de Jean-Louis Trintignant y de Emmanuelle Riva en sus papeles de viejos profesores. Y genial la conversación que el protagonista mantiene con su hija, interpretada por Isabelle Huppert. De nada sirve, evidentemente, tal y como pone de manifiesto el anciano, la compasión. ¿Y en qué consiste esta? Las soluciones de la compasión siempre son soluciones más para quien las emprende que para quien las sufre. Ante los grandes problemas estamos solos, o impotentes ante quienes acompañamos. No obstante, y al igual que en el resto de las películas de Haneke, sin moralina de ningún tipo, con unos movimientos de cámara que lo son todo, se nos irá contando esos momentos finales de una vida con tal fluidez que todo se acepta, pareciendo como si nada pudiera ser de otra forma que como es. Y si puede serlo, no importa: esta es la que han escogido los personajes, y la que tiene ante su vista el espectador. Afortunadamente no sale este decepcionado del cine. Amor es una gran película. Una película que, sin duda, es de efectos retardados, pues sus imágenes, como ya sucediera con su otro film, La cinta blanca, son tan potentes y sencillas que no se olvidan una vez se abandona la sala. Todo lo contrario: brotan y surgen tal vez cuando menos se lo espera uno. Amor es, al mismo tiempo, una película tierna y valiente. Hay temas que de tan manidos y manoseados resultan difíciles de abordar. Haneke lo ha hecho con gran soltura y brillantez. Como sólo lo puede hacer un gran maestro.