DRÁCULA
Vicente Adelantado
Soriano
Para Luis
y Guille
-¿Usted cree en el
diablo?
-Hombre. Aquí, en
el monte, y de día, no creo... en nada: pero en mi casa, y de
noche... ya es otra cosa.
Pío
Baroja, Camino
de perfección.
En la residencia en la
que habito desde hace unos meses tengo dos distracciones, un tanto
absurdas, para cuando me canso de leer o de oír música. La primera
consiste en mirar por la ventana. Da esta a una amplia avenida con un
paso cebra y con dos semáforos. Raro es el día que no hay
accidentes entre ciclistas y automovilistas en dicho paso cebra.
Viéndolos creo que la gente está mal de la cabeza: se juegan la
vida por detener el coche unos centímetros más acá o más allá; y
los ciclistas van por las aceras como si estuvieran corriendo el Tour
de Francia. Yo, por lo que pueda pasar, siempre me desplazo a pie.
La otra distracción es
ir al salón, y participar en alguna que otra tertulia. Nunca me han
gustado las conversaciones entre tres o cuatro personas, pues, al
final, uno termina por no enterarse de nada dado que todos hablan con
todos, y al mismo tiempo. Eso sí, el tema es indiscutible: la
crisis, los políticos, la corrupción, los engaños y las mentiras
de aquellos, y el poco sentido común de muchos de nuestros
compañeros de residencia. Esto es lo menos grave, al fin y al cabo
todos pasamos de los setenta años; lo malo es la falta de dicho
sentido en una gran parte de la juventud, y eso sí que es gravísimo.
Por regla general nunca intervengo en estas discusiones. Callo, miro
y escucho.
Poco después de las
fiestas de Navidad entré en el salón. Estaba vacío, cosa rara.
Sólo un compañero se hallaba sentado en un rincón con un libro
sobre la mesa. Su mano derecha reposaba sobre la portada del libro.
Tenía los ojos cerrados. No supe, en un principio, si se había
dormido o si estaba meditando o muerto, como sucede de vez en cuando.
Me moví sigilosamente para no molestarlo. Y sigilosamente aparté
una silla sin hacer el más mínimo ruido. Aun así, tal vez alertado
por un sexto sentido, abrió lo ojos. Me saludó con la mano y me
invitó a sentarme a su lado. Acepté de buen grado dado que no había
cogido ningún libro ni revista: no era aquel el lugar adecuado para
leer.
-Estaba leyendo un
libro -me dijo amablemente- que me regalaron mis nietos para Reyes.
Diciéndolo
me alargó el libro abierto por la primera página: sin duda tenía
interés en que leyera la dedicatoria. Era una dedicatoria anodina,
como casi todas, escrita con una letra que dejaba bastante que
desear. Yo, lógicamente, estaba más interesado en leer el título
del libro. Me quedé un poco anonadado: el libro era Drácula,
de
Bram Stoker.
-¿Lo conoce usted? -me
preguntó con una amable sonrisa.
-Lo leí hace
tantísimos años -le respondí devolviéndole el volumen- que es
como si no lo hubiera leído.
-¿No recuerda usted
nada? ¿Nada de nada? -preguntó con incredulidad.
-Recuerdo vagamente
-respondí deseando ser amable, aunque en el salón ya no quedaban
vestigios de árboles, nacimientos ni estrellas- que una profesora de
literatura, creo que allá por quinto o sexto de bachiller, nos habló
de esa novela como uno de los hitos del romanticismo, cosa que a mí
me sonó un poco extraña.
-Claro -dijo animándose
mi compañero- eso fue sin duda porque usted tenía la visión de
Drácula transmitida por las películas, que son nefastas.
-No le digo que no. Y
por eso leí la novela, pues aquella joven profesora insistía en que
Drácula era el mito del amor imposible. Y, en consecuencia, una
figura romántica.
-¿Y qué le pareció a
usted?
-¿Qué quiere que le
diga? El buen Conde dista mucho de ser un amante tímido, romántico
y apocado. Recuerdo, no sé porqué se me quedó grabado ese
capítulo, que cuando una de las chicas es encerrada en su
habitación, y esta la llenan de ajos, Drácula recurre a un lobo, el
cual, saltando, rompe los vidrios de la ventana y permite que el
cuarto se ventile. Poco después el conde, quiera ella o no quiera,
le busca la yugular con ahínco. Y se la encuentra.
-Sí, tiene usted buena
memoria: se trata de Lucy, la primera víctima londinense del Conde.
-Aquí -añadí
gastándole una broma insustancial- Drácula no tendría nada que
hacer.
-Hombre, puestos a
escoger, yo también iría en busca de yugulares jóvenes y tiernas.
-Ya. No me refería a
eso. Quería decir que en este santo lugar nos dan tanta sopa de ajo
que el bueno del Conde, entre nosotros, iba a estar en una cuaresma
perpetua. Yo tengo un amigo que dice, creo que siguiendo a Julio
Camba, que la cocina española está sobrada de ajo. En este país le
ponemos ajo hasta a los pasteles de moniato.
-No sé. Tal vez tenga
usted razón. Pero a mí el ajo me gusta.
-Y a mí también. Así
que está claro, ¿no le parece?
-Sí -dijo riéndose-,
está claro. Yo -añadió después- también leí la novela de joven.
Aunque lo hice por causas distintas a las suyas.
-Bueno, para leer un
libro y morder una yugular no hace falta ninguna justificación.
-Cierto, cierto. Pero
no es menos cierto que, a veces, se recurre a los libros en busca de
cosas, o de soluciones.
Me miró a los ojos
como esperando que diera mi asentimiento para que continuara sus
explicaciones librescas. Lo hice.
-Yo era una criatura
muy miedosa -me contó-. No sé cuándo se desarrolló en mí ese
miedo. Tal vez influyó en ello el hecho de no vivir con mis padres.
Murieron en un accidente cuando yo tenía pocos años. Se me llevaron
unos tíos míos. Y recuerdo que en su casa comenzaron y se
desarrollaron mis miedos. Tenía miedo de todo. Y más, mucho más,
de la noche y por la noche.
-Una situación nada
agradable -dije por decir algo.
-No se lo puede ni
imaginar.
-Recuerdo -dije
deseando ser amable- que en nuestra época, cuando éramos niños, la
gente mayor se comportaba de forma bastante cerril con nosotros. A
los críos nos trataban con desprecio y crueldad. A veces me vienen a
la memoria los llantos de terror de un amigo, apenas tendría seis o
siete años, al que sus tíos obligaron a que besara el cadáver de
su padre poco antes de cerrar el ataúd.
-En mi caso fue
terrible. El miedo no me desaparecía por más años que cumpliera. Y
un día decidí cortar por lo sano. De forma casual, digámoslo así,
cayó un mis manos un libro sobre el budismo, o alguna rama del
budismo. Leí en dicho libro que una de las pruebas a las que
sometían a los novicios budistas era encerrarlos durante tres o
cuatro días, con un cadáver, en una cueva en medio de una montaña.
-¡Vaya burrada!
-exclamé sin poder contenerme.
-Eso pensé yo también.
De hecho, según el libro, algunos monjes enloquecían... La
explicación residía en percatarse, de forma clara y rotunda, de que
nuestros miedos son provocados por nuestra imaginación. La realidad
es distinta. Nada hay más pacífico que un muerto. Sin embargo, si
pusieran un ataúd en este salón, tanto usted como yo procuraríamos
alejarnos de él lo más posible.
-Tal vez por eso
Drácula produce tanto miedo, ¿no? Un muerto que vive. Una paradoja
con colmillos.
-Sí, es cierto. A mí
me interesaba comprobar si era cierto eso de la imaginación y de la
realidad. Así que por las noches, en mi habitación, trataba de
racionalizar todos los ruidos que oía; pero a veces la imaginación
me podía... fue un trabajo de años.
-Lo debió de pasar muy
mal.
-Mucho. Máxime cuando
mi primo se empeñaba en llevarme al cine a ver películas de terror,
que a él, cómo no, le encantaban. Igualmente le causaba un infinito
placer darme sustos a cualquier hora del día o de la noche. Yo vivía
en un estado de excitación continuo.
-A veces me da la
impresión de que hemos heredado la crueldad de nuestros padres.
-Creo que en eso se
equivoca: yo lo pasé tan mal que jamás mis hijos han tenido miedo
de nada. He procurado educarlos para que fuera así.
-¿Y cómo le benefició
Drácula en su aprendizaje? -quise saber.
-Yo no estaba
dispuesto, como los budistas -me dijo sonriendo- a pasar ni una hora
con un cadáver. Pero sí quise ejercitarme en excitar mi
imaginación, para lo cual no se necesitaba mucho, y en dominarla al
mismo tiempo. Así que cuando era de día leía la novela; y cuando
era de noche, y el Conde se me hacía real, trataba de hacerlo
desaparecer con mi mente. Fue duro, muy duro. Una noche, ¡Dios, qué
noche!, las gotas de sudor cayendo por mi cuello me parecieron gotas
de sangre... Me costó verdaderos esfuerzos reprimir mis gritos y
alaridos.
-De la forma que lo
está contando -dije sonriendo- parece como si Bram Stoker hubiera
escrito su novela para que los niños no tuviéramos malos
pensamientos en la cama.
-¡Vaya por Dios!
-exclamó riendo-. No se me había ocurrido verlo así. Ahora bien,
le puedo asegurar que yo no tuve malos pensamientos. Ni de lejos.
-A mí lo que me
sucedía en aquella época era que me enamoraba de muchas actrices. Y
por más que procuraba hacerlas reales en mi vacía habitación
siempre me encontraba mi cama sola y fría.
-¿Ve? En el fondo
Drácula es un animal erótico.
-Bueno, digamos que
eso, en las películas, lo han explotado hasta tal punto que ya da un
poco de asco. Hastía.
-Sí, es cierto. Pero
¿sabe? A su profesora de literatura no le faltaba razón en lo del
mito romántico. Y ya no me refiero sólo al personaje como a la
encarnación del amor imposible. Me refiero, ahora, a la forma de la
novela.
-Sí. A mí también me
llamó la atención la forma en la que está escrita la novela.
-Y
desde ese punto de vista, ¿no diría usted que es una novela
totalmente romántica? Si partimos del principio de que el
romanticismo fue un “invento” de Goethe, o si quiere usted, que
fue este el primero en expresar las nuevas tendencias y puntos de
vista de la nueva sociedad, y que lo hizo a través de su novela
Werther,
Drácula, de
alguna forma, es su continuadora.
-No lo sigo. Me he
perdido. Francamente. Hace tiempo que leí la novela. No tengo las
cosas tan frescas como usted.
-Quiero
decir, y perdóneme si parezco un maestro en plena clase, que una de
las características del romanticismo es el subjetivismo, ¿y qué
más subjetivo que una carta? Werther
es
una novela epistolar.
-Sí,
eso lo recuerdo. Y también recuerdo que Drácula
está
escrita de forma fragmentaria...
-Efectivamente -me
interrumpió mi compañero que parecía animarse por momentos-.
Efectivamente -repitió-. La novela está constituida por diarios,
cartas, telegramas y notas que se van intercambiando los personajes.
El único que no escribe es el Conde.
-También podríamos
decir -apunté tímidamente- que Bram Stoker es uno de los fundadores
de la nueva novelística.
-No lo diga con la boca
pequeña -me dijo sonriendo-. Creo que es así. Aunque hay un
problema, y no desdeñable, desde luego.
-Usted dirá -dije
invitándolo a seguir hablando.
-Lo
que voy a decirle tendría que matizarlo... Tendría que volver a
releer muchas cosas para hablar con un mínimo de propiedad; pero, en
fin, allá va. El teatro, de alguna forma, nos enseña que ninguno de
los personajes tiene la razón por completo... No sé, cojamos
Antígona.
Está
claro que las leyes están hechas para ser cumplidas, y Antígona se
las ha saltado a la torera. Por lo tanto es reo de muerte. Pero está
claro que la ley decretada por el rey, por Creonte, como le hace ver
su hijo Hemón, es una ley injusta.
-Siempre le estamos
dando vueltas a lo mismo.
-¿A qué se refiere
usted?
-¿No es ese el
problema de Sócrates cuando lo condenan a muerte injustamente y le
proponen, a fin de subsanarlo, que huya de la prisión?
-Sí,
es lo mismo. Y tal vez todos tengan su parte de razón... Habría que
estudiarlo. Pero en Drácula,
con
el intercambio de cartas y diarios no se busca otro punto de vista,
otra explicación... Bram Stoker va tejiendo una malla sutil ante el
pobre lector. Todos los personajes, incluso médicos y científicos,
tienen que ir admitiendo aquello que va en contra de toda lógica y
del más común de los sentidos. Así que al pobre y desamparado
lector no le queda al final ninguna salida. Drácula se hace tan real
como el libro que tiene en las manos.
-Sucede eso sin duda
porque Stoker es un excelente novelista, ¿no le parece?
-Sin duda, sin duda
-asintió-. Recuerdo que una de las posibilidades que vislumbré,
para liberarme de mis miedos, fue intentar descubrir los puntos
flacos de la novela, algo que me hiciera percatarme de que todo
aquello era pura fantasía y nada más que fantasía.
-¡Ay, amigo!
-exclamé-. Me temo que eso es trabajo perdido.
-¿Por qué? -preguntó
intrigado.
-Bueno, quizás con las
novelas de terror suceda lo mismo que con las novelas eróticas. Es
curioso que unas palabras y unas descripciones nos encrespen y sean
capaces de hacernos perder el juicio. Al menos durante una época de
nuestra vida.
-Sí, pero usted
termina, o terminaba de leer una novela erótica, y seguramente no
esperaría que la protagonista se le apareciera en cualquier rincón
de la casa...
-¡Qué más hubiera
querido yo! -exclamé riendo.
-¿Ve usted? Yo no
tenía esa certeza. Yo estaba convencido de que el vampiro se iba a
hacer presente en cualquier momento.
-Pero no se le
apareció, ¿no? -pregunté sonriendo.
-Afortunadamente, y
hasta ahora, no. Tal vez se debió -añadió devolviéndome la
sonrisa- a que encontré un punto flaco, aunque, la verdad, de poco
me sirvió. En realidad no me sirvió de nada.
-¿A qué punto flaco
se refiere?
-Mi tía tenía una
vecina con la cual se llevaba muy bien. Era mucho más joven que mi
tía. Y era preciosa. Era un monumento de mujer. Un día se quedó
embarazada. El parto, según me contaron, vino torcido. Hubo que
hacer la cesárea, y hubo que hacer una transfusión de sangre. Según
contaba mi tía, en el hospital se equivocaron al hacer la
transfusión, y esta mujer enloqueció... Sí, era una pena verla por
las calles diciendo incoherencias... Murió poco después. Y eso me
dio la clave. En la novela a una de las protagonistas, a Lucy, la
primera víctima londinense del Conde, le hacen tres o cuatro
transfusiones. Y nunca se tiene en cuenta el grupo sanguíneo. Allí
el primero que llega ofrece su brazo. Y a Lucy no le pasa nada. No
enloquece, no muere. Y se supone que recibe sangre de distintos
grupos.
-Claro,
en la época de Stoker seguramente se desconocían esas cosas. Esto
me recuerda -dije entornando los ojos- que me sucedió a mí algo
similar con una novela... ya no recuerdo cuál, no recuerdo si era El
caballero del león o
El
caballero de la carreta...
Acusan a la reina de haber tenido relaciones con el senescal del rey
porque en la cama de ella han aparecido manchas de sangre. El
senescal lleva varios días herido y reponiéndose. Y esa noche,
casualmente, se le han reabierto las heridas... La sangre, sin
embargo, no es suya sino de un caballero enamorado de la reina,
Lanzarote del Lago, que se ha herido rompiendo los barrotes de una
ventana para yacer con ella. Hoy en día con las pruebas del ADN todo
se hubiera solucionado en un santiamén.
-Pero seguro que eso no
le restaba importancia a la novela.
-No, claro que no.
-Pues
algo similar me sucedía a mí con Drácula.
-Siempre podía dejar
de leerla.
-¡Ah, no! ¡Eso sí
que no! Yo necesitaba quitarme el miedo de encima. Estaba a punto de
cumplir los veinte años, y era como si todavía llevase pañales. Y
además -puntualizó sonriendo- la novela me gustaba mucho.
-¿Y lo consiguió?
Quitarse el miedo, claro.
-Sí, lo conseguí;
pero me costó sangre, sudor y lágrimas.
-Es decir, que ahora
está releyendo la novela con total sosiego y tranquilidad.
-Por supuesto. Y además
me divierte enormemente. Es una buena novela. Muy bien estructurada y
graduada. Stoker, poco a poco, va creando un clima de terror que
termina por envolver al lector, aunque no sea miedoso, como es mi
caso actual.
-Decía
don Miguel de Cervantes que si se lee Don
Quijote a
una temprana edad, las carcajadas brotan sin ningún miramiento;
leído el libro a una edad entre la juventud y la senectud, la risa
tarda un poco más en brotar; y leído a nuestra edad, la risa se
convierte en llanto.
-Drácula
evidentemente
es un caso distinto. Pero eso sí: lo que antes me aterrorizaba,
ahora me distrae mucho. Lo cual no es poco. Me lo paso muy bien
leyendo la novela. Y, antes de que diga nada: me molesta mucho esa
estupidez de literatura
de evasión. ¿No
se toma usted aspirinas contra el dolor o morfina o lo que sea? ¿Qué
tiene de malo que algunas obras nos hagan más llevadera esta
puñetera vida?
-Yo no he dicho nada...
-Ya, pero es que como a
veces lo veo con el grupo ese que siempre está renegando de todo...
-Cada uno se distrae
como puede. Ahora el tonto de Martínez ha descubierto que en los
contenedores de basura no hay tantas cajas de cartón como en años
pasados. Ha deducido de ello que estamos en crisis, que la gente no
ha comprado tantos regalos, y que el país se va al garete. Y no hay
día que no nos obsequie con su sagacidad y su perspicacia. ¿Que le
vamos a hacer? Usted de joven quería conjurar a Drácula, y este, a
la vejez, quiere ahuyentar a los políticos y a los corruptos.
-Yo lo tuve más fácil.
-Sin duda, sin duda.
-Cuando termine la
novela se la dejaré. ¿Sabe? Drácula necesita reposar sobre tierra
de Transilvania. Tiene que dormir en ataúdes que contengan tierra de
su país. Me recuerda el mito de Atlante. Cada vez que Herakles lo
tiraba al suelo, aquel se reponía: la tierra, su madre, le daba
fuerzas. También las recupera uno cuando, tras un viaje por el
extranjero, vuelve a casa. Es curioso.
-Sí, es curioso. Y le
agradezco su ofrecimiento. Pero hagamos una cosa mejor: acompáñeme
esta tarde al centro, y me la compro yo. Así la vamos leyendo al
mismo tiempo, y la vamos comentando.
-¡Ah!
¿Hacemos un debate sobre Drácula?
-me
preguntó tendiéndome la mano-. ¿Le apetece?
-Me apetece. Aceptado
-le dije apretando con fuerza su mano-. Y espero que sea todo
mentira. No por nada sino porque los cementerios cristianos son muy
tristes. Levantarse de un cementerio en medio de un prado o de un
campo lleno de sol, debe de ser una maravilla. Pero estos cementerios
estructurados por pisos, con lápidas horribles y flores de trapo
ajadas y llenas de polvo... ¡qué horror!
-No había pensado en
eso. Pero lo discutiremos también. Tenga en cuenta que el Conde
sufre de halitosis, aunque jamás se queja de caries, qué maravilla,
¿no? ¿Al centro nos vamos con el autobús o a pie?
-Como usted prefiera.
Recuérdeme que me compre una libreta y lápices para subrayar. No sé
leer sin manchar ni ensuciar el libro.
-Mientras no lo manche
con la sangre que le gotea de los colmillos...