sábado, 20 de abril de 2013

Ciudad de vida y muerte


CIUDAD DE VIDA Y MUERTE

Vicente Adelantado Soriano

La película de Lu Chuan no cuenta nada que no se sepa. Sus personajes, sin ser nobles, parecen sacados directamente de Las troyanas, la famosa tragedia de Eurípides. No quiere decir lo anterior que la película de Lu Chuan sea un calco de la tragedia griega, que no lo es. Quiere decir que tanto Las troyanas como Ciudad de vida y muerte plantean el mismo problema, o, si se quiere, cuentan la misma historia, aunque con unos cuantos siglos de diferencia. Se nota en los trajes de los personajes, en el armamento de los ejércitos, en las casas y en el lenguaje utilizado por unos y por otros. Porque lo que es el comportamiento, y por desgracia, pocas diferencias hay entre el ayer tan remoto y el pasado tan reciente.
Se ha dicho y repetido, infinidad de veces, que Las troyanas es, posiblemente, la primera gran obra en contra de la guerra y a favor de la paz. La tragedia de Eurípides muestra, con gran crudeza, todo aquello que la épica oculta. Terminada la Ilíada, los griegos, dueños de Troya, entran en la ciudad y se adueñan de ella. En Ilión tienen lugar todo tipo de abusos y atrocidades. El ingenio de Ulises se baña en sangre. Ahí tiene su origen Las troyanas.
Lu Chuan, con una preciosa fotografía en blanco y negro, y contando con varios personajes, narra la entrada de las tropas japonesas en Nanking en diciembre de 1937. Al igual que Troya, la capital de China tras la muerte de los soldados que la defienden, es entregada al saqueo. Lu Chuan no hace ninguna concesión a la hora de narrar la toma y posesión de Nanking. Desde la matanza de soldados desarmados, igual que ya hicieran los romanos con los soldados de Viriato, hasta el saqueo, las continuas humillaciones, o la utilización de las mujeres como esclavas sexuales. Las escenas, de una crueldad increíble, se van sucediendo con una lógica aplastante. En ella se va poniendo de manifiesto que la bestialidad humana parece no tener límites: muertes y fusilamientos, tanto por grupos como masivos; enterramientos en vida, quemar a un grupo de personas vivas encerradas en un almacén, asesinato de los soldados heridos y que reposan en un hospital... Sin olvidar las violaciones ni la utilización de las mujeres como máquinas sexuales. Las utilizan hasta la extenuación, hasta que caen muertas como reses. Impresionante la escena en la que uno de los personajes entra en zona de consolación y descubre a una prostituta de la cual se enamoró. Todo cuanto sucede a su alrededor es de una sordidez increíble. Será este personaje el que vaya tomando conciencia de cuanto está sucediendo a su alrededor. A lo largo de la película se empeña en que lo llamen por su nombre, Kadokawa. Y será Kadokawa quien, precisamente, se horrorice al ver salir a un carromato cargado con los cuerpos sin vida de las mujeres que han utilizado, sexualmente, hasta la muerte. Y será él quien evite, mediante un certero disparo, que ella le ha pedido, que una mujer sea conducida a la zona de consolación.
La película, al igual que la tragedia de Eurípides, no es nada maniquea. Tampoco es panfletaria. Podríamos decir que ni siquiera es política, si ello fuera posible, que no lo es, pues la alianza germano-nipona hace que el embajador alemán, John Rabe, abandone la ciudad. Él era la última defensa con la que contaban los millares de refugiados. A partir de ese momento ya no hay nada que impida la total violación de la arrasada ciudad.
Apoyada por una excelente música, narra un conflicto, tal vez uno de los más terribles que ha vivido la humanidad. Aunque no debemos olvidar que todo cuanto se nos cuenta es propio de toda guerra y conflicto. En todas ellas se desatan las más terribles pasiones; y, lo que es peor, en ellas todo vale porque impera la ley del más fuerte, quien, además, no tiene que rendir cuentas ante nadie. No de otra forma se puede mantener un imperio. Ya se lo dijo Cleón a los atenienses allá por el 427 a. C: no podían ser generosos ni misericordiosos si deseaban gobernar un imperio. De resultas de ello surgió el exterminio brutal de Corciria. Y de resultas del imperio japonés todas las bestialidades de Nanking, donde la guerra hizo desaparecer la comodidad de la vida diaria sometiendo a los seres humanos a sus leyes. Y la ley de toda guerra no es otra que la bestialidad. Esta no abandona la pantalla más que por breves segundos. Pues al final hasta la risa del niño, al comprobar que el tiro de Kadokawa no iba dirigido a él, se semeja al llanto, tal vez porque, inconscientemente, el espectador se acuerda de la otra niña defenestrada por un soldado japonés, motivo que también trató Eurípides. En la tragedia griega el sacrificio del niño Astianacte, hijo de Héctor y Andróamaca, tiene una “justificación”: evitar que quiera vengar a su padre cuando sea mayor, y hacer eterna la guerra. En Ciudad de vida y muerte, la muerte es gratuita, signo de la fiereza humana. Aparecen montones de cadáveres. Y se mata por matar, o porque estamos en guerra... Está bien que de vez en cuando alguna película, con pulso decidido y firme, sin concesiones, nos muestre el horroroso rostro oculto de la humanidad. Ojalá desaparezca algún día. Películas como esta contribuyen a ello, desde luego. Muy digna de verse y estudiarse.

viernes, 12 de abril de 2013

La ola


LA OLA

Vicente Adelantado Soriano


La obra de Dennis Gansel, La ola, es, cuanto menos, interesante. Y muy recomendable. Una película que debería ser de visión obligada tanto para padres como para profesores y autoridades competentes. Sin olvidar a los protagonistas, los adolescentes.
El largometraje parte de una pregunta, planteada por el profesor a toda una clase de bachillerato: “¿Creéis que es imposible que otra dictadura vuelva a implantarse en Alemania?” Antes, sin embargo, con gran economía de medios, ya nos ha mostrado la frustración del profesor por no poder impartir la materia que él había preparado con tanto cariño, la anarquía. Se ve obligado, pese a sus intereses, a dar un cursillo sobre la autarquía.
La pregunta, nada inocente, desde luego, va a mostrar el hastío de los alumnos por la historia reciente de Alemania. Están hartos y cansados de oír hablar del III Reich, de Hitler y de la II Segunda Guerra Mundial. Lo cual pone de manifiesto lo acomodaticias que somos las personas: con una frase creemos salvarlo y solucionarlo todo. Así, y está bien que se diga, con el famoso “Un pueblo que olvida su historia está obligado a repetirla” parece como si tuviéramos resuelto el problema. La comprometida obra de Gansel demuestra bien a las claras que no es así. Pues un recuerdo que no incide en el presente, y no nos hace cambiar hábitos de conducta, es un recuerdo estéril, muerto.
Y es la repetición de las viejas condiciones sociales e históricas, no el olvido, lo que hace surgir a los grupos totalitarios. Esas condiciones, por desgracia, están tan vigentes hoy como en la Alemania de los años treinta, o como lo pueden estar en toda sociedad que degenera en una dictadura: desencanto, vulnerabilidad de la juventud, soledad y desapego familiar entre otras. Es aquí donde la película hace aguas: hubiera hecho mejor en mostrar las relaciones de los alumnos con sus respectivas familias, y con su entorno social, ya que son ellos los protagonistas, y no en el matrimonio del profesor. Pues él y su mujer son lo menos relevante de la película. Aunque gracias al profesor volvemos a incidir en la inutilidad del recuerdo que no actúa: cree que todo el mundo, incluida su mujer, lo menosprecia por haber terminado el bachillerato en una segunda oportunidad; cree que todo el mundo lo infravalora por ser profesor de educación física; y, escudado en sus recuerdos, ignora cuanto está pasando a su alrededor, todo lo que él, su pregunta y sus “juegos”, está generando. Los recuerdos, la pasada juventud, “las tonterías” hechas en aquellos años, por supuesto, también le sirven de pretexto para no tomar cartas en el asunto: no quiere saber quién, en una lona gigantesca, en el centro de la ciudad, ha pintado el símbolo del grupo, la ola, porque tendría que denunciarlo. Mientras, la ola va creciendo, pese a la oposición de dos de las alumnas. Con una de ellas, por cierto, hay una escena totalmente gratuita: en el instituto donde estudian, ella sola (?) trata de enviar mensajes electrónicos a todos los compañeros advirtiéndoles del peligro de la nueva organización estudiantil, la ola. No consigue enviar los mensajes. Se apagan las luces, se cierran puertas, parece como si de un momento a otro la fueran a atacar, y no sucede nada. ¿Están en Alemania los institutos abiertos a toda hora y puede entrar y salir quien quiera de ellos? ¿Sin vigilancia de ningún tipo? Parece un poco absurdo. Y más en un instituto de clase media alta. Es una escena que sobra puesto que nada aporta.
Uno de los alumnos, el desencadenante de la tragedia, habla de su desarraigo familiar. No hubiera estado de más hacer una radiografía sino de todos sus compañeros sí al menos de los más significados de la película. Sí se analizan las relaciones entre ellos, a través de sus respectivas historias de amor, y de la obra de teatro que van a montar. El montaje de la obra cumple una indudable función dramática: gracias a la ola se ha pasado de un espíritu de anarquía, cada uno dice su papel como quiere añadiendo o quitando lo que le interesa, a uno de aceptación del líder: ya no son discutidas las opiniones del director de la obra. Evidentemente se ha producido un cambio: el grupo está por encima de la persona y de sus manías o apetencias.
Las escenas en el teatro ponen en evidencia, por supuesto, un gran fallo del sistema educativo: la incapacidad para crear ningún lazo de solidaridad entre los adolescentes con trabajos en equipo. Reciben una enseñanza excesivamente individualizada cuando ellos necesitan relacionarse, intervenir y ser parte activa de esa educación.
Está bien visto, a través de la acción, la importancia del grupo para estos seres, algunos de ellos marginales, en busca del calor que no tienen en casa: el alumno que es capaz de regalar droga sencillamente porque los otros son “sus colegas”. Pero cuando esos colegas lo atacan será defendido por la ola, por sus compañeros de clase y organización. Y así se van estrechando los lazos entre ellos: serán amigos, solidarios, y formarán algo más importante que una familia y una nación: no distinguen razas ni religiones, sólo quienes pertenecen a la ola de quienes no lo hacen. Gracias a la ola, a su organización, se han transformado, sus vidas tienen sentido: seguir las consignas del líder, de alguien, y evitar tener que pensar y buscar sus propias soluciones ante sus descontentos y frustraciones. Ahora se mueven por mensajes a través del móvil.
Constituida la ola, se tratará, en un siguiente paso, de hacerla triunfar. Y nada mejor, para ello, que la competición deportiva con otro instituto. Pero esta competición, el partido de water-polo, se transforma en algo más. Casi en una cuestión de vida o muerte. Como algo más, mucho más, es el deporte en el mundo de los adultos. Así se ha puesto de manifiesto en las recientes denuncias por sobornos y partidos amañados en la triste liga española. Como puede observarse los adolescentes son unos buenos aprendices que captan la esencia de las cosas.
Es imposible, llegados a este punto, no acordarse de Sócrates y de su eterna pregunta: ¿Se puede enseñar la virtud? Cuando se utiliza este término no debe entenderse virtud, areté, en sentido cristiano, sino griego. El término areté significa hacer las cosas bien, exigirse la perfección, ser caballeroso, educado, esforzado, etc. Ahora bien, Sócrates sabe perfectamente que es más fácil que el adolescente obedezca al cocinero que al médico: el cocinero lo proveerá de todo tipo de golosinas y le halagará el gusto y el paladar. El médico, por el contrario, le dirá lo que puede y no puede tomar, lo que no es conveniente para su salud por muy agradable que le resulte en el presente. El médico, en consecuencia, es quien será condenado por el grupo, por la ola, que, con su propio impulso, ya no admite críticas, disidentes, ni marcha atrás. Desde luego puede ser más divertido correr por una ciudad poniendo pegatinas con un símbolo, que estar en casa estudiando o leyendo. Realizando tales vaciedades una persona se puede convertir en un héroe, sencillamente por subir a una cúpula y pintar el símbolo del grupo en una gran lona. Es la aventura: el peligro y el desafío a la policía, al poder establecido. Pero es una aventura sin sentido y un desafío vacuo. Un absurdo ritual.
Y es que en el fondo seguimos siendo primitivos. Tanto que, por supuesto, es posible una nueva dictadura, un nuevo señor de las moscas. Tan primitivos que todavía seguimos ejecutando los antiquísimos ritos de paso. En las sociedades antiguas el paso de la adolescencia a la juventud venía marcado por coger las flechas y el arco y matar a una fiera salvaje o a un enemigo. Ahora consiste en algo no menos peligroso: la droga, el alcohol, y, tal vez, la carrera con el coche o la moto. La moto o el coche se pueden quedar en la calzada como, antaño, lo podía hacer el arco ensangrentado en la selva. Los medios son distintos pero el fin es el mismo. Y nadie advierte del peligro.
Los personajes de La ola, adolescentes, están situados en un momento crucial de sus vidas: todavía no son adultos, no son independientes, pero los padres y educadores ya han perdido toda influencia y poder sobre ellos. Están en esa edad difícil donde cuenta mucho la compañía, los amigos, y, tal vez, la educación recibida. El adolescente puede haber tenido los mejores profesores, y haber estudiado en el mejor de los institutos, pero la elección última sobre su vida siempre estará en sus manos. Y, por supuesto, en aquello que la sociedad demande. Serán los valores de esa sociedad los que determinarán muchas actuaciones de los jóvenes. Y en todo tipo de sociedad, por desgracia, siempre se admira y se respeta a quien tiene el poder y el dinero sin cuestionarse de dónde proviene este. Si ninguno de los dos se puede conseguir de forma rápida y honesta se buscará por los recodos de los caminos. A todos nos gusta ser valorados y apreciados. De ahí el que la película debería haber hecho mayor incidencia en el entorno familiar de los alumnos.
Es posible que la areté no se pueda enseñar. Aquí radica una de las grandes limitaciones de la enseñanza y del hombre. Hay dos formas de aprender: por experiencia ajena, libros e historia, y por la propia. Sabio es aquel que se prepara cuando ve las barbas del vecino afeitar. Y necio quien cree o piensa que eso jamás le va a suceder a él. La película de Gansel es, por lo tanto, un toque de atención: a los profesores porque no se puede jugar con los adolescentes, muy manipulables; a los padres para que no se desentiendan de sus hijos, y a la sociedad en general a fin de que tenga claro a dónde quiere dirigirse. Nada más significativo, al respecto, que lo sucedido aquí en España con la madre condenada a prisión por haberle pegado a su hijo. Recuerda lo que hace 2.500 años, más o menos, dijo Anacarsis, uno de los siete sabios: según él la justicia se parece a una tela de araña: atrapa a los animales pequeñitos pero sucumbe ante los grandes, que la pisotean, la rompen y se van. Y encima son entrevistados en la televisión, pagados y puestos como héroes. Sin duda estamos alimentando una buena ola. Un niño de diez años hace que encarcelen a su madre. Y los ladrones están en la calle. Habría que ver a la criatura.
Aun no siendo, por los defectos apuntados, una gran película, sí que es La ola una buena obra que, como tal, induce a la reflexión sobre un tema tan serio e importante como es la educación de los adolescentes. Un serio asunto para reflexionar, y no para que vayan jugando los inconscientes de los políticos con burdas asignaturas, burdos planteamientos, y eternos cambios de sistemas educativos con la única finalidad de ganar las próximas elecciones. Con tal de triunfar harán como el denostado cocinero de Sócrates.
Les recomendaríamos a las fuerzas vivas que fueran a ver la película. Pero no hace falta: siempre los intereses del partido estarán por encima de esos adolescentes y de su educación. ¿Quién se puede quejar de que, marginados, no traten de ser algo y de contar en esta sociedad sea como fuere? No basta con amonestar, poner leyes y reñir: hay que educar. Y educar no es enseñarles a ser hipócritas: haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga. Es algo más serio, como se pone de manifiesto en este buen largometraje de Dennis Gansel.
La película, por otra parte, cuenta con unos excelentes actores que contribuyen, y mucho, a hacer verosímil cuanto sucede allí. Y que es para que se nos pongan los pelos de punta, reflexionemos seriamente y pongamos remedio a la situación. Película muy digna de verse.

Dudas


DUDAS

Vicente Adelantado Soriano

No comprendían los infelices que si susceptible de enmienda es un error, no lo es la necedad.
Benito Pérez Galdós, Bodas reales

Una vez más volvimos a reunirnos el grupo de amigos, o allegados, que lo mismo da, para charlar durante unas horas. Siempre encontrábamos, y encontramos, cosas nuevas que decirnos, quizás por la necesidad que tenemos de hablar y de sentirnos vivos. Me gustan estas charlas, y lo paso bien con ellas. A veces soy yo quien las provoca. Mis compañeros no me van a la zaga. Reuniones como estas me parece que muestran el lado más humano y amable del hombre. Saludé a los viejos camaradas; y comencé enseguida con un asunto que había estado meditando durante algunos días.
-Conforme me hago más y más mayor -dije sentándome-, más añoro mi pasada juventud. Y no porque aquella fuera una edad dorada, sino por la certeza que tenía entonces, y de la que carezco ahora, de que las cosas eran de una forma o de otra, bien definida. Y yo lo sabía. Sabía muchas cosas en aquella época. Ahora, por el contrario, no sé nada.
-¡Ay, señor mío! -exclamó doña Paquita- la ignorancia es muy atrevida. Uno, cuando no sabe nada, comienza haciendo grandes afirmaciones; y termina, si tiene dos dedos de frente, confesando que lo ignora casi todo.
-Hombre, tampoco exageremos -intervino el señor Tomás-. Es decepcionante, si quieren ustedes, no saber muchas más cosas a esta edad; pero creo que algo sabemos. Al menos si nos comparamos con los pipiolos.
-No es por repetirme, ni por repetir la historia -dije yo insistiendo en mi idea-. Ahora bien, no puedo por menos de reconocer que quien tenía más razón que un santo era Sócrates: lo único que sé es que no sé nada. No se trata ni de pipiolos ni de pipiolas.
-¿Está usted seguro de eso? A mí, y perdóneme -volvió a intervenir el señor Tomás- cada vez que oigo eso de no sé nada, o algo semejante, me suena un poco a falsa modestia, a hipocresía.
-En un momento de mi vida -le respondí adelantándome a doña Paquita- no le hubiera dicho que no, como no le niego ahora que muchas cosas las leí o las estudié por moda o por esnobismo. No, ahora no digo que no sé nada por falsa modestia. No lo necesito. Es, si quiere usted, la confesión de un fracaso.
-Eso no es nada reprobable. Recuerde usted -añadió la buena mujer sonriendo con picardía- que los caminos del Señor son infinitos.
-E inescrutables.
-No crea. A veces se entienden perfectamente bien.
-Sí -asentí-. Los mensajes divinos son cada vez más claros, como agua sin contaminar, de la que ya no queda. Los que constituyen un enigma son los mensajes humanos.
-Si se refiere usted al pasado -me replicó el señor Tomás- es cierto que hay cosas que, parece ser, ni las sabemos ni las vamos a saber nunca jamás. Pero, el presente, lo que es el presente...
-No, con el pasado ya ni me meto. Tenemos tantos enigmas planteados que hay libro de historia que se debería titular Más interrogaciones sobre esta o aquella época.
-No es un título muy comercial que digamos -bromeó doña Paquita-. Y los historiadores -me dijo sonriendo- también comen.
-Sí -asentí- es un problema. Y además de difícil solución, porque el día que la Humanidad termine con esa absurda necesidad de comer tres veces al día, igual esto se convierte en una balsa de aceite.
-No confíe mucho en ello -me desengañó la buena mujer-. Yo creo que el hombre, en tanto no deje de ser lo que es, buscará siempre motivos para matarse, pelearse, masacrarse y mantener viva la épica.
-¡Mujer! -le salió del alma al señor Tomás-. Algún día se notará que la humanidad ha avanzado.
-No, si ya se nota -repuso ella-. Ahora las armas son más perfectas, más eficaces a la hora de eliminar al enemigo.
-Sí -afirmé yo- porque las razones para la sinrazón siguen siendo las mismas.
Mis compañeros se quedaron callados. Me quedé esperando que alguien me preguntara qué quería decir con eso, o que me invitara a explicarme. Nadie dijo nada. Pero yo, como he dicho, tenía ganas de hablar.
-Hace algún tiempo -conté- fui a ver una película un viernes por la tarde.
-¡Ah! -exclamó doña Paquita- ahora me explico porqué los viernes sale de aquí vestido como si fuera usted un joven de veinte años.
-Voy al cine, doña Paquita, voy al cine. No quiero anquilosarme.
-Eso está muy bien. ¿Y qué película nos va a contar?
-Ninguna. No les voy a contar ninguna película. Es una pequeña reflexión en voz alta. Fui a ver, como les estaba diciendo, una película. No era una película made in USA, cosa rara en estos pagos.
-Los acuerdos comerciales son los acuerdos comerciales -intervino el señor Tomás-. Sí, tal vez les parezca raro o un contrasentido, pero si ellos nos compran zapatos a nosotros, nosotros, a cambio, tenemos que comprar sus películas.
-Mientras las películas y los zapatos sean buenos -dijo conciliadora doña Paquita.
-Hay mucha bazofia -sentenció el señor Tomás. O mucho callo, siendo más preciso.
-No -dije yo rápido antes de que se me olvidara lo que quería decir-; la película china que yo vi no lo era. Todo lo contrario: me pareció una buena película.
-Podía usted haber avisado -dijo doña Paquita.
-Otra vez la aviso, tranquila. Dicha película -comencé a hablar rápidamente, harto ya de tanto inciso y corte- está centrada en la guerra chino-japonesa. Como saben ustedes dicha guerra sucedió poco antes de la II Guerra Mundial.
-Los fascismos emergentes -volvió a cortar el señor Tomás.
-Sí -dije volviendo a tomar la palabra rápidamente-. Nada más comenzar la película, que, por cierto, se titula Ciudad de vida y muerte, de un tal Lu Chuan, parte del ejército chino es apresado y desarmado por los japoneses.
-Ya me imagino lo que sucede a continuación -dijo con un gesto de hastío doña Paquita-. Creo que no se ha escrito nada mejor en contra de la guerra que Las troyanas, de Eurípides.
-La vi cuando era joven -dije sumiéndome en mis recuerdos-, en el teatro romano de Sagunto.
-¡Qué tiempos aquellos! -exclamó con un dejo de nostalgia en la voz.
-Sí, qué tiempos aquellos -corroboré-. Y es cierto, la tragedia de Eurípides es un alegato terrible en contra de la guerra. Sin embargo, la película de la que le hablo aún va más allá. Es dura, muy dura. No obstante, nada cuenta que no sepamos. Como les he dicho -continué- nada más comenzar la película los soldados chinos son hechos prisioneros. Los desarman y los meten en una especie de cercado. De allí los van sacando en grupos y masacrándolos...
-Las guerras son bestiales -me volvió a interrumpir doña Paquita.
-Sí, y en eso incide dicha película. Viendo esas escenas de los soldados metidos en un cercado, la película es en blanco y negro, lo cual me gustó mucho, de donde los sacan para ametrallarlos en la orilla del mar, me acordé de que hace años, muchos, muchos años, Galba, un romano, allá por el año 149 a. C., hizo lo mismo con los lusitanos aquí en la Península: les prometió tierras si se rendían; ellos entregaron las armas; los metió en un cercado con la excusa de contarlos, y mandó que los mataran a todos. Parece ser que uno de los pocos que escaparon con vida, y tal vez sea leyenda, fue Viriato. Leyenda lo de que se escapara, no la matanza, por desgracia.
-En todas partes cuecen habas, y en mi casa a calderadas -sentenció doña Paquita. Las guerras nunca traen nada bueno. ¡Nunca!
-Todo eso está muy bien -dijo el señor Tomás con un dejo de duda en la voz-. Sí, está muy bien -más firme- lo de ser pacifista, y predicar el amor fraterno, el odio a la guerra, y todo lo demás. Pero ¿qué tiene que hacer un padre que está en el paro y no tiene nada de comer para dar a sus hijos? Eso por no hablar de la otras cosas porque ya dijo alguien, también hace muchos años, que no sólo de pan vive el hombre.
-No se crea -dijo doña Paquita con tristeza- lo he pensado en más de una ocasión. Y me asusta. Sí, tengo miedo. Y no sé qué decirle.
-Yo reconozco -confesé- que cada vez que sale este dichoso tema, me voy por la tangente: digo que me alegro de ser mayor, y de que voy a morirme dentro de poco habiendo tenido la suerte de irme al otro barrio sin haber conocido ni una guerra.
-No sé si eso es egoísta o no; pero tiene usted razón: vamos a tener esa suerte. Quien lo va a tener muy mal es la juventud de hoy en día... Yo -explicó doña Paquita en tanto los ojos comenzaban a brillarle y no de alegría- de lo que alegro sobremanera es de haberme jubilado. Cuando comencé a trabajar lo hice con toda la ilusión del mundo; y creía que era interesante cuanto trataba de explicarles a mis alumnos... Con el paso del tiempo, y con esta maldita crisis que no entiendo por más que me la expliquen, no hacía si no preguntarme que para qué atormentaba a los chicos con poemas, novelas, cuentos, análisis y comentarios de texto... Veía a la sociedad abocada al desastre. Todos estábamos desencantados y desanimados. Cada vez más.
-Sin embargo, no me negará usted que la educación no es importante...
-¿Para qué? -preguntó con rabia-. Al fin y al cabo siempre los que triunfan, los que tienen dinero, los que lo poseen todo, son los más animales... ¡Perdón perdón! Lo siento, lo siento. Pero a veces decir en las clases a los alumnos que fueran educados, honestos, personas de bien, era como atar a la gente de pies y manos para que se pudieran aprovechar de ellos quienes no lo eran ni lo son, ni lo serán.
-Terrible dilema. Y grave crisis la padecida por Europa. No sé si como consecuencia de la falsa unión monetaria, de la ambición de unos, y del considerar todos los gobernantes al hombre como medida económica nada más, o por todo junto. Pero sea como fuere, esa crisis ha hecho que nos cuestionemos muchas cosas.
-Entre ellas -dijo el señor Tomás- que para llegar a un cargo público se deberían cumplir unos ciertos requisitos. No hace falta que diga que nuestros políticos carecen de ellos.
-La política -intervino la señora Paquita- debería ser servicio, trabajo para la comunidad. Y se ha convertido en todo lo contrario: se trabaja para llevar a un partido al poder; y así, en el poder, sacar todas las prebendas posibles, las habidas y las por haber... No sé quién dijo que era incongruente que se pida un carnet para poder conducir un coche, y no se exija nada para poder ser padre... A lo mejor también había que exigir algo para llegar a los cargos públicos.
-Ese vacío ha hecho -dije yo- verdaderos payasos de muchos políticos. Muy a menudo causan vergüenza ajena. Da grima oírlos cuando se ponen a defender lo indefendible para salvar a su partido o a su jefe. O no tienen sentido común, o les falta el sentido de la vergüenza y del ridículo.
-Y además -corroboró el señor Tomás- no saben ni por dónde van. No hay más que ver lo que ha sucedido estos días con Chipre. Igual toman unas decisiones que otras, que las contrarias.
-Ahí quería llegar yo -dijo doña Paquita animándose-. ¿Alguien me puede explicar de dónde saca tantos millones de euros el famoso Fondo Monetario Internacional, o el Banco Europeo o cómo se llame? Tantos como para rescatar a un país, o a dos... ¿De dónde sale toda esa inmensa cantidad de miles de millones? Y no hay dinero para educación. ¡Dios mío, no entiendo nada!
-Se lo puede imaginar usted -dijo el señor Tomás-: impuestos y más impuestos. Todos esos rescates los estamos pagando todos nosotros. Ese dinero es nuestro dinero.
-Sí; pero parece que unos pagamos más que otros.
-Como siempre -intervino doña Paquita-, como siempre. Mi marido siempre me decía que no me creyera nada de cuanto oía: cuando una persona, o una sociedad, habla mucho de una cosa, por ahí peca. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Y aquí se nos hacía la boca agua con la Democracia, la Transición, el Bienestar Social...
-¿Usted, cuando se hizo la transición, votó si quería monarquía u otra forma de gobierno? -preguntó raudo el señor Tomás.
-Nadie me preguntó nada.
-Pues ya tiene usted la primera prueba de lo que se podía esperar: tenemos democracia pero con la forma de gobierno que el poder ha querido. La última forma de gobierno que se votó en España fue la República, ahogada en sangre por una rebelión militar, minoritaria, pero que implicó a todo el país.
-¡Ay, por favor! -exclamó doña Paquita como pidiendo clemencia- dejemos la Guerra Civil en paz. Estoy más que harta del tema.
-Dejémosla. No hay problema. Coja usted la Constitución, un artículo que está muy de moda hoy en día, y que nada tiene que ver con la Guerra Civil: Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia.
-Se les olvidó poner que a partir de una determinada renta.
-Tiene razón -me dijo el señor Tomás-. Tiene razón. Han intentado desmantelar varios ambulatorios en pueblos...
-Sí, es una vergüenza, -dijo doña Paquita-. Pero ya lo decía don Francisco de Quevedo: poderoso caballero es don dinero.
-Y aquello era una monarquía supuestamente católica.
-Lo mismo da una forma de gobierno que otra. Lo mismo da. Yo, señor Tomás, no confío en que esto lo solucionen otros políticos distintos a los de ahora, ni otras formaciones o partidos políticos.
-En eso -le dije yo- estoy de acuerdo con usted. Tenemos un enfermo de cáncer, con metástasis incluida; y los políticos y demás están discutiendo si aplicarle esparadrapo y aspirinas o las dos cosas a la vez. Cuando no tirándose los trastos a la cabeza por si el esparadrapo ha de ser de tela o de papel.
-Pues usted lo ha dicho -me replicó el señor Tomás-: tal vez se trate de cambiar de médico.
-Lo malo -le repuse- es que aquí nadie se va por propia iniciativa. Y se han presentado corruptos a las elecciones, personas impresentables, pendientes de juicio, y han sacado mayorías absolutas. Y la violencia, qué quiere que le diga...
-Sí, ya lo sé. El pacifismo y esas cosas. Pero tenemos que morir todos. Y a veces es mejor morir por un poco de dignidad que hacerlo de inanición.
-¡Dios mío, Dios mío! -exclamó doña Paquita- ¿Tan mal están las cosas? ¿Ustedes creen..?
-Son muchos millones de parados, señora.
-Sí, lo comprendo; pero ¿no se puede hacer otra cosa?
El señor Tomás dijo que no con la cabeza. Yo me quedé cabizbajo, y doña Paquita se puso a mirar por la ventana aunque tenía la vista perdida. Así estuvimos durante varios minutos.
-El problema -murmuré sin que nadie me hiciera caso- es más profundo. Un cambio de médico seguramente no va a solucionar nada. Los cambios tienen que ser más profundos y radicales.
Nadie me contestó. Parecía como si se hubieran quedado petrificados con las últimas palabras. Me acordé de una anécdota y traté de animarlos con ella. Pero creo que acabé de hundirlos en la miseria.
-Todo esto -dije yo al cabo de un tiempo- me recuerda una anécdota del mentado Viriato. La leí hace muchos años. Como ustedes saben, y como sucede siempre, cuando se produjo la invasión romana, sin más pretensiones que frenar a Aníbal, unos se declararon a favor de los romanos, y pretendían rendirse a ellos; y otros, entre los cuales estaba Viriato, eran partidarios de luchar, de hacer frente al Imperio Romano. Viriato les contó a los hombres de Itucci, que los lusitanos se parecían a las dos mujeres, una joven y otra vieja, que se casaron con el mismo hombre, de edad indefinida. La vieja le arrancaba los cabellos negros al hombre para que su apariencia se acercara más a su edad; y la joven hacía lo mismo con las canas del pobre hombre. Al final entre las dos lo dejaron calvo.
-Que el Señor nos coja confesados -dijo doña Paquita santiguándose.
-Amén -respondí yo sonriendo, aunque la cosa no era para tomarla a broma. Me quedé entonces con la misma y desagradable situación que tuve cuando salí del cine de ver la película Ciudad de vida y de muerte; o la de muchos años atrás cuando, en un teatro romano, asistí a la representación de Las troyanas. No era una sensación agradable.

viernes, 5 de abril de 2013

Bárbara


BÁRBARA

Vicente Adelantado Soriano

La película de Christian Petzold, Bárbara, es un film complejo narrado de la forma más sencilla posible. Sin entrar en el análisis de por qué los personajes están donde se hallan, en un lugar donde nadie puede ser feliz, sí que importará cómo se mueven en ese medio frío, feo y totalmente hostil. Y ese movimiento, las miradas, los leves gestos, la aparición de personas sin ningún vínculo con ellos, el ignorar muy a menudo quién en quién, policía, vigilantes o sospechosos, va a determinar sus formas de ser y de actuar. O quizás estas eran ya las anteriores, que vuelven a funcionar de nuevo pese a las férreas autoridades, a la casa despersonalizada y permanentemente puesta patas arriba por los vigilantes, y al eterno y humillante control policial. Quizás debido a ello el carácter de Bárbara es un carácter tan introvertido, tan cerrado para todos sus compañeros de trabajo, médicos como ella, pero tan abierto y amable con los indefensos pacientes, cuya única escapatoria es la enfermedad. Una de ellas ocupará el lugar que debía ser el suyo a fin de salir de la terrible situación de ambas.
Debido a la presión, al estado policial en el que viven los personajes, Bárbara no se creerá nada de cuanto le diga el joven médico, jefe del hospital donde ella trabaja. Este siempre se encontrará frente a él a una especie de esfinge, invulnerable a las palabras y los pequeños favores. El joven médico también parece sospechar de ella. Y Bárbara no se fía de él. No obstante, poco a poco, sus detalles, su amabilidad, irán haciendo mella en la vigilada doctora. Un día, buscando al doctor, para operar a un paciente, se lo encontrará en casa del policía que no la pierde de vista. Magistrales las escenas que muestran la casa de este gris personaje, sus dependencias y sus miserias. Y breve y clara la conversación de los dos médicos, André y Bárbara, camino del hospital: “¿Siempre ayudas a los cabrones?”, le pregunta ella por haber atendido a la moribundo mujer del policía. “Cuando están enfermos, sí” -responde el doctor. Al final, la profesionalidad, la vocación y la solidaridad entre los humanos, está por encima de todo. Esa solidaridad, no obstante, tiene sus límites, como todo en la vida. Bárbara, sin embargo, será capaz de rebasarlos. Al fin y al cabo, al principio, cuando aparece la chica-paciente, que se encariña con Bárbara, pues la ha liberado de la brutalidad de la policía, y del absurdo diagnóstico del médico, le lee un significativo fragmento de Hukleberry Finn. Puede decirse que es una lectura que casi se cumple al pie de la letra. Y digo casi porque cuesta creer que, en la orilla de la playa, en el pueblo, sólo quede el cuerpo de Bárbara. Queda algo más, algo que también estaba en otro libro, en una narración contada por André. Tal vez las historias de médicos que ellos leen o cuentan, sean aplicables a otros personajes. En el caso de ambos, y sobre todo en el de Bárbara, perdura un profundo amor por quienes sufren. Visto y contado con una sencillez magistral. Excelente, por otra parte, la interpretación de Nina Hoss, y muy acertada la de Ronald Zehrfeld. Una película con una historia muy humana, con un final agridulce, y muy digna de verse.

Nocturna volvenda manu, volvenda diurna


NOCTURNA VOLVENDA MANU, VOLVENDA DIURNA

Vicente Adelantado Soriano

-Es curioso lo que sucede en esta vida -le dije aquella tarde a doña Paquita, interrumpiendo su lectura, cosa que, creo, me agradeció.
-Estoy deseando que me lo explique -me dijo sonriendo y cerrando el libro, que dejó sobre su regazo.
-Y yo deseando hacerlo -le contesté respondiendo a su sonrisa.
-Pues ya que estamos los dos de acuerdo, y tenemos quórum, adelante. Hable usted.
-Como le estaba diciendo -volví a comenzar, sentándome frente a ella- es muy curioso lo que sucede en esta vida. Llevo toda la mañana recordando una frase en latín que, en su día, hice verdaderos esfuerzos por memorizar, cosa que no lograba ni a tiros.
-A veces la memoria nos juega malas pasadas. Yo, por eso mismo, siempre he admirado mucho a los actores de teatro. ¿Cómo pueden aprenderse toda la obra de memoria y no equivocarse nunca?
-Los ensayos, doña Paquita, los ensayos. Para eso están.
-Sí; pero aun así, ¿usted sabe lo que es meterse entre pecho y espalda, no sé, toda La Celestina?
-Desde luego la cosa tiene mérito. Y, sin embargo, qué desprestigio hacia la memoria en una parte de nuestras vidas, y por parte de algún que otro político y profesor ¿lo recuerda usted?
-Sí, me acuerdo. Me acuerdo de varios ministros, o ministras, y de algunas personas, pretendidamente progresistas, para quienes la memoria era algo del pasado, propio de la dictadura franquista y no de los tiempos modernos.
-Hace falta ser memo -exclamé indignado-. Y, desde luego, semejantes tonterías ponían bien a las claras que no se habían leído a Platón. Sócrates, precisamente, estaba en contra del libro por cuanto con él se confiaba al papiro lo que debía confiar a la memoria.
-Tampoco hay que exagerar.
-Digamos que en el término medio está la virtud. Hay cosas que, evidentemente, no hace falta memorizar. Y hay otras que está muy bien llevarlas grabadas a fuego. Entre ellas, el número del DNI, de la tarjeta sanitaria, el número del móvil...
-Y algunos poemas de Garcilaso, de Quevedo, y varias cosas más. Así se puede hacer una exposición en clase sin tener que estar buscando continuamente. Es sentido práctico.
-Sí, tiene usted razón: hay cosas que es muy práctico memorizarlas. Y no creo que la memoria tenga nada que ver con ninguna dictadura franquista, ni nazi, ni de ningún tipo.
-No hagamos caso de esas tonterías, por favor. Cuénteme que es lo que le ha pasado con su memoria.
-¡Ah, si! Ya se me había olvidado. Verá usted: hace años, leyendo un libro sobre Hispania y los romanos, en un capítulo apareció una frase en latín. Dicha frase quería indicar que un libro, Geografía, de Estrabón, era imprescindible para el historiador. Tenía que ser su libro de cabecera. La frase en latín era Nocturna volvenda manu, volvenda diurna.
-¿Y quiere decir exactamente?
-Explicado sin que tengamos que hacer ningún examen, sería que el libro hay que leerlo por la noche y por el día.
-¿Y una traducción literal?
-Para desenrollarlo por la noche con la mano, para desenrollarlo por el día. Recordará usted -le expliqué- que los libros antiguos eran rollos de papiro sujetos a dos palos, los eskítales, o varas, que estaban al principio y al final del volumen.
-¡Ah, sí! Me acuerdo. Y funcionaban igual que las cintas de vídeo, o las de cine antiguas: vista la película, había que rebobinarla.
-Exacto. Y eso era lo que no conseguía memorizar por más que una y otra vez me repetía que volvenda es un participio del verbo volvo. No tenía más que acordarme de la marca del coche, girar, rodar; pero no había forma.
-Y hoy, sin que viniera a cuenta de nada, se ha acordado de la dichosa frase.
-Sí. Y lleva toda la mañana martilleándome la cabeza.
-Eso es que alguien le está indicando que hay un libro fundamental que tiene que volver a leer.
-¿Cuál?
-No sé. Tal vez el libro donde apareció dicha frase.
-Me deshice de él. Ya no sé dónde está, si es que está en algún sitio.
-¿Tan malo era?
-No. En absoluto. Era bueno, muy bueno y muy esclarecedor. Pero hace algún tiempo caí enfermo, creí que iba a morir; y cuando me recuperé comencé a regalar todos los libros de mi biblioteca. La inmensa mayoría fueron a recaer en alumnos y en algún que otro compañero joven, que tenía algún interés por la historia. Así que si tengo que releer algo, tendré que volver a comprarme el libro de nuevo.
-No está nada mal gastar dinero en libros, ¿no le parece?
-Nunca me ha dolido el dinero ni para eso ni para discos. Pero lo malo no es gastar dinero, sino que los libros se olviden con tanta facilidad. Es increíble, ¿no le parece?
-¡Ay, hijo! Es verdad; en eso tiene usted toda la razón del mundo. Y mira que da rabia: lees una cosa, y a los cinco minutos ya la has olvidado. A mí a veces me daba la impresión de ser una especie de colador, o un cacito de esos para purificar la sopa: tiraba cosas en él, y todo pasaba por la tela metálica como si fuera agua: sin dejar el más mínimo rastro.
-Tampoco exagere usted, doña Paquita. Creo que en el cedazo siempre se retiene algo, poco o mucho, pero algo... Sí, a mí también me ha pasado: leer un libro, volver sobre él al cabo de unos años, y no recordar ni siquiera que lo había leído.
-Yo a veces no recordaba ni los libros que tenía en casa. Así que en alguna que otra ocasión he comprado el mismo volumen dos o tres veces. Luego venía el disgusto: como soy bastante metódica, al ir a guardarlo, resulta que lo guardaba en el mismo lugar donde estaba el otro... Me daban rabia esas cosas. Y por eso mismo, entre otras cosas, subrayaba los libros. Así estaba segura de haber transitado por allí. Eso sí, lo volvía a leer y lo volvía a olvidar. Desesperante.
-Somos unos seres totalmente imperfectos. Ahora bien, si lo recordáramos todo, igual nos volvíamos locos. O se rompía la tela del cedazo.
-O en vez de hablar por nosotros mismos, seríamos unos pedantes bípedos: siempre estaríamos repitiendo algo dicho por alguien antes que nosotros. Moriríamos aplastados bajo millones de palabras, ¿no le parece?
-Entonces -dije como quien acaba de hacer un descubrimiento- el olvido funciona en el cerebro como la comida en el aparato digestivo: es más, tal vez, lo que expele que lo que aprovecha; pero lo poco que queda lo utiliza para su crecimiento. De otra forma sería imposible la vida. Digo yo.
-Y el desarrollo. Yo, y no se ría de mí, de joven hice mis pinitos en la literatura: escribí un par de novelas y alguna que otra poesía. ¿Y sabe lo que más me gustaba de lo que poco que escribí?
-Sospecho que me lo va a decir.
-Sí, se lo voy a confesar. Tal como se lo confesaría al periodista con el que soñé en más de una ocasión... Soñé que publicaba alguna obra mía, que me entrevistaban, y soñé todo cuanto iba a responder. Se lo confieso casi in articulo mortis. Es una primicia que espero sepa agradecerme.
-Cuente usted con ello. ¿Qué tal una comida fuera de la residencia?
-No está mal... Ya concretaremos. Lo que más me gustaba de mis obras era la intriga, el tratar de averiguar de dónde me salían las cosas que me salían. A veces, y perdone por la inmodestia, me daba la impresión de estar dotada de una gran imaginación. O que alguien, no sé quién, escribía por mí.
-Imagino que eso sería producto de las muchas lecturas... En mi caso me encantaba ir a los lugares donde había habido antiguos asentamientos de romanos o tribus iberas. Paseaba por allí y trataba de ver cómo habrían vivido aquellas gentes... A veces me daba rabia que la vida fuera tan corta, pues me hubiese encantado estudiar arqueología y llegar a captar los modos de vida de aquellas personas.
-¿Cree usted que la vida es breve?
-Sí, mucho. Debería darnos tiempo a estudiar más cosas, a comprender otras...
-Para eso está la imaginación. No recuerdo dónde oí decir que un historiador tiene mucho en común con un novelista: apoyándose en algo real, es capaz de levantar toda una novela o una enorme teoría o historia sobre el pasado. ¿Existió lo que cuenta en la realidad?
-Yo también he oído esa teoría. Y, no sé, tal vez tenga razón, y todo cuanto decimos sean imaginaciones nuestras. Pero, al mismo tiempo, está claro que existió Numancia, o Troya... Y contra más cosas sabemos de ellas, mejor podemos conocer los modos de vida de sus habitantes... Claro que la vida es corta: yo debería haber sabido arqueología, latín, paleografía... No sé, tantas cosas de las que no tengo ninguna noción. Añada a eso todo cuanto vamos olvidando.
-Tenemos nuestros límites, querido amigo. Aunque yo creo que, de alguna forma, los vamos superando. Los ordenadores personales, por ejemplo, son una verdadera maravilla. Antes, cuando yo era estudiante, hace de ello tantos años, para buscar un dato tenía que echar mano de las enciclopedias, que, naturalmente, estaban en las bibliotecas... Buscar un dato te podía llevar toda una tarde. Hoy es cuestión de darle a una tecla.
-Sí, en eso tiene usted toda la razón del mundo; pero el hombre sigue igual: olvidadizo y desmemoriado; y limitado.
-Oyéndolo se me ocurre pensar que uno de los principios básicos nuestros debería ser percatarnos de nuestras limitaciones, y asumirlas... Claro que el no hacerlo puede llevar a la creación de seres que van más allá... estoy pensando en Frankenstein y en Drácula.
-¡Vaya pareja! -exclamé-. ¿Sabe? También a mí me crearon problemas.
-¿Le daban miedo?
-No, no me daban miedo. Me gustaba tener contacto con los muertos por cuanto estos nos podían informar sobre sus vidas cuando estaban vivos. Alguna vez asistí a la excavación de alguna tumba... No hay nada allí que pueda infundir miedo. Sí que me infundía respeto... Yo también soñaba con darle vida a los huesos, pero no para que fueran por ahí correteando y asustando a pobres adolescentes, sino para que me contaran cosas, para que me hablaran de su poblado, de sus gentes, de sus ansias...
-Es curioso -me dijo con una sonrisa muy melancólica- cómo, al final, las vidas de algunas personas se van pareciendo. Es curioso. Y es que con memoria o sin ella no parecemos sino calcos los unos de los otros. ¿Lo estoy intrigando?
-Un poco. Pero no importa: supongo que no se levantará de aquí sin explicarse.
-Por supuesto. A estas alturas ya no puedo jugar a ser una Shcherezade de unas noches que, con toda probabilidad, ya no van a llegar a mil.
-Eso nunca se sabe.
-Ya. Bueno, da lo mismo. Yo, igual que usted, también soñaba. Pero soñaba que me moría y me iba al cielo, donde supongo que están las personas que me interesan: Cervantes, Quevedo, san Juan de la Cruz, Garcilaso... y me sentaba en un taburete de la época, y me ponía a hablar con ellos. No, no tenía nada especial que preguntarles. Sencillamente me hacía ilusión pasar la tarde en su compañía. Aunque ahora que me acuerdo, tenía ganas de preguntarles a Quevedo y a Góngora por qué se odiaban tanto. Y dos personas tan creyentes como ellas, y tan buenos poetas.
-Por lo que recuerdo, la tensión social, Inquisición incluida, en aquellos momentos, era terrible.
-Eso no me dice nada. Eran dos hombres muy inteligentes. Y la inteligencia, creo yo, siempre tiene que estar un poco por encima de su época. No sé. Creo que hay que saber ver de lejos, y relativizar un poco las cosas.
-Está usted tocando otro tema ciertamente interesante. También a mí me llamó la atención en más de una ocasión. Me refiero al caso, o a la posibilidad, de que una persona sea un genio, un fuera de serie en unas cosas, en literatura por ejemplo, y un mezquino en otras, las relaciones sociales...
-¡Ay, de verdad! Vaya imagen negativa que estamos dando de nosotros mismos: olvidadizos, alejados unos de otros e incluso de nosotros mismos. ¿Somos compartimentos estancos?
-Tampoco es para desesperarse, señora mía. Mire, cuando empezó todo esto de la crisis, y comenzaron a aflorar todos los casos de corrupción de políticos y amigos de los mismos, dejé de leer los periódicos. Hacerlo era desmoralizante: todas las noticias eran una y la misma: robos, desvío de dinero, desfalcos, corruptos, países en bancarrota, paro, miseria, suicidios... Fue entonces cuando di en leer noticias de tipo científico. Y cuando la mente humana comenzó a parecerme un instrumento maravilloso.
-Esa mente también ha creado la bomba atómica.
-Tiene razón.
-Y a los nazis les encantaba la música. Y don Miguel de Cervantes diciendo que donde hay música no puede haber nada malo. ¿Cómo le puede gustar a una persona la novena sinfonía de Beethoven y puede, al mismo tiempo, matar a miles de personas?
-No lo sé, doña Paquita, no lo sé... Pero ¿no es algo maravilloso que el hombre envíe un robot a Marte, le dé órdenes desde aquí, y el robot haga lo que el hombre le indica? ¿Y no es maravilloso que un griego, sin ordenadores ni demás, descubriera que la tierra es redonda y hasta calculará el diámetro de la misma?
-Sí, es cierto, es cierto. Hay cosas que deberíamos tener siempre presentes, no olvidarlas.
-Y tampoco deberíamos permitir ciertas obras que tergiversan lo que sucedió. Es una forma de destruir la memoria, de quitarle importancia a lo que fue muy serio, excesivamente serio.
-Intuyo a lo que se refiere. Hay situaciones de las que yo también soy incapaz de reírme: demasiado sufrimiento humano como para jugar con él y hacer chistes. O escribir novelas tan malas como falsas. El sentimentalismo siempre resulta sospechoso.
-Y estamos igual que al principio, querida señora: nos olvidamos de todo, o de casi todo, así que nocturna volvenda manu, volvenda diurna. Hay situaciones y libros que nunca deberíamos olvidar.

viernes, 29 de marzo de 2013

Oz: un mundo de fantasía


OZ: UN MUNDO DE FANTASÍA

Vicente Adelantado Soriano

El otro día, en un autobús, oí, sin querer, una conversación tan entretenida como crítica entre un par de profesores todavía jóvenes. Entre las muchas y sabrosas cosas que se dijeron, y para hablar de la película que nos ocupa, cabe destacar la siguiente conclusión de uno de ellos: si de estudiante, o de joven, hubiera asistido a una evaluación o reunión de profesores, seguramente se me hubieran ido las ganas de estudiar. Ganas me dieron a mí de ser indiscreto, de meterme en camisa de once varas, y de preguntar a esos profesores qué sucedía en dichas reuniones o evaluaciones, ya que había producido en uno de ellos tal desencanto. No hizo falta mi intervención, y no porque ellos fueran indiscretos, sino por la visión, al día siguiente de este encuentro, de la película de Sam Raimi. A los pocos minutos de iniciada la proyección, uno da gracias por no ser el niño inocente y bobalicón que era; y por creerse todo lo que le decían con edulcoramiento y maravillosos efectos especiales. Sí, si los pasajeros del autobús daban las gracias por la ignorancia pasada, yo las daba por un cierto conocimiento presente; y por no creerme nada de cuanto sucedía en la pantalla. Espero que tampoco les afecte a las criaturas a las que va dirigida la película.
Cierto es que no todos los tiempos son uno, y que, probablemente, los niños de hoy no sean tan inocentes como los de antes. Lo que sigue siendo nefasto es el cine que, pretendidamente, va dirigidos a ellos. Pues la conclusión de un joven, a la salida del cine, fue que en los cartelitos en vez de poner “para mayores de siete años”, debería poner “para menores de catorce años”. Y aun así deberían ir acompañados de sus padres. Más que nada para que les adviertan estos de las trampas e insensateces que van a utilizar en su contra: la ingenuidad de unos padres que creen que un mago de feria puede curar a su hija paralítica; la amistad del mago de feria con una muñequita de porcelana, a la que, como un nuevo Jesús, devuelve la facultad de caminar, pegando sus rotas piernecitas; y la inquebrantable lealtad de un mono al que ha salvado la vida. Más tópicos imposible. Y lo malo no es la aparición de los tópicos sino el uso que se hace de ellos. Pues con la muñequita, el monito, vestido de botones, y una bruja buena, Evanora, que luego se hace mala por un supuesto desengaño amoroso, el tal mago debe rescatar a la ciudad de Oz del poder de la Bruja Mala. La Bruja Mala es tan mala que se hace pasar por buena, y a la que todo el mundo tenía por mala es buena. Cosas veredes, Sancho, que farán fablar a las piedras. Pero ya sabemos que casi nada es lo que parece. Ahora bien, la Bruja Mala ha reunido y tiene tal cantidad de oro que ella sola sería capaz, si lo repartiera, de acabar con un millón o dos de corruptos. O de rescatar a varios países superpoblados con problemas de liquidez. Pero en lugar de hacer eso, el amor y el odio pueden más que el dinero, las brujas, malas y buenas, luchan por rencores de antaño o por celos de hogaño. A todo esto, tres pueblos variopintos temen a la Bruja Mala, y esperan al mago como algunos esperaban al Mesías que los iba a liberar del poder de Roma. Entonces apareció el hijo de un pobre carpintero, casado en segundas nupcias para más inri, y ahora aparece un farsante. Dicho farsante descubre que la magia reside en utilizar lo que los otros desconocen. El cine es magia para unos seres medievales. Y, desde luego, un moje medieval nos hubiera llevado ante el tribunal de la Inquisición si nos hubiera visto apretar un botón y que se abre la puerta del garaje. Todo esto contado con una fotografía y unos decorados no aptos para diabéticos, aunque los efectos especiales, como siempre, estén muy bien realizados.
Por supuesto el mago vence a las Brujas Malas, y para que los niños no le den importancia a los regalos comprados con dinero, les regala a sus amigos, cuando ha ganado la batalla brujeril, su amistad, su cariño y su amor. Precioso. Por si mensaje no queda claro, cuando Teodora, nombre contradictorio, ya hecha Bruja Mala, se sube a la escoba y empieza a volar, esta, la escoba, tira un chorro de humo que imaginamos contaminante y maloliente. Un asco.
No hay nada como la inocencia, de verdad; pero quienes ya la han perdido, si la tuvieron alguna vez, podían hacer cosas de más sustancia y sensatez para los angelicos que, al parecer, todo se lo creen. No hay nada más difícil, desde luego, que escribir un cuento para niños sin tratarlos de imbéciles o de necios. Quizás por eso la película de Sam Raimi hace aguas por todas partes. No obstante, nunca las palabras The end estuvieron puestas con tanto gusto y propiedad.

Una burda imposición


UNA BURDA IMPOSICIÓN

Vicente Adelantado Soriano

-Es posible que en la antigüedad clásica, o en tiempos no tan remotos, la fiesta de una comunidad, una ciudad, o una polis, la sintieran todos y cada uno de los habitantes del pueblo, la ciudad o la aldea. Todos ellos, en consecuencia, participarían en los rituales, fiestas y procesiones. Y aquellos días de ocio servirían, tal vez, para dar una mayor cohesión al grupo al tiempo que afirmaba sus viejas tradiciones y costumbres. Eran aquellas, de ser las cosas así, unas fiestas totales, o globalizadoras, como se dice ahora. Parece ser que ir al teatro en la Grecia de Sócrates y Pericles era algo similar a asistir a una misa mayor en san Pedro del Vaticano, o a la misa del gallo. Ahora bien, no es menos cierto que hablar en términos totales, de todo un pueblo o una comunidad, es un poco necio y absurdo. Cuesta imaginar que un campesino medio fuera capaz de aguantar Edipo rey, por poner un ejemplo, sentado en una dura piedra por mucho que dicha piedra fuera mármol de la mejor calidad. Y cuesta mucho, por lo tanto, creer que dicho campesino participara de las desgracias del pobre descendiente de Layo o se enterara de cuanto sucedía en escena.
Me había salido una parrafada más o menos preciosa y coherente, aunque con ella estaba muy lejos de expresar todas las incomodidades que supone para mí la ciudad en fiestas. Es mejor hablar de forma sesgada, en pequeños círculos, pues de esta forma, sutilmente, se le puede sacar una cierta utilidad a las molestias y a las pequeñas pejiguerías de la vida cotidiana; y se evita la confrontación directa. La mejor utilidad de la fiesta, en los momentos actuales, y tal vez siempre, ha sido, y es, generar una buena conversación.
-Quizás lo que está planteando usted -me dijo doña Paquita- es, en el fondo, un problema de lenguaje. Yo nunca me he creído que todo un grupo de personas, una sociedad entera, o un país, piense igual o sienta de la misma forma. Y eso, precisamente, era lo que me daba un poco de rabia de los libros de texto: estudiaba usted cualquier época, e inmediatamente, de forma invariable, tenía una entrada en la que se hablaba de las características de esa época. Y así la Edad Media viene caracterizada por ser una época cristiana. ¿Todo el mundo lo era? Cuesta creerlo, ¿no le parece?
-Sí, tiene razón. Es un problema de lenguaje. Todo estudio tiene que delimitar épocas o tiempos. Y definirlas, por contraste con las otras, para saber de qué está hablando y en qué momento se está centrando. Quizás en el fondo todo sean meras convenciones.
-Efectivamente. Todo eso estaría muy bien -volvió a decir mi atenta doña Paquita- si fuéramos capaces de no perder de vista que cuanto estamos diciendo es un esquema, un andamiaje que alguna vez habremos de quitar. Y es posible que, entonces, la catedral, o la iglesia románica, se nos caiga encima, o nos percatemos de que hemos pasado de un estilo a otro sin darnos ni cuenta. Quiero decirle que si usted coge una iglesia del románico, de los Pirineos, y la estudia teniendo delante la catedral de León, verá unas diferencias sustanciales...; pero la cosa no fue así. Hay todas unas soluciones, una continuidad, que nos lleva a dicha catedral. No obstante, siempre que se estudia una época u otra, se hace abstracción. Y es cierto, hay algo de falso en ello, mucho quizás. Pero también es cierto que siempre perdura algo que tiene un cierto regusto a verdad, a haber dado en el clavo si usted quiere.
-No sé qué decirle. Todavía recuerdo con una cierta vergüenza aquellos primeros días en los que comencé a trabajar de profesor. Hoy creo que hace falta mucha inocencia, necesidad, o algo de pedantería o orgullo, no sé, para ponerse delante de un grupo de alumnos y comenzar a hablar.
-No le falta razón -me dijo doña Paquita sonriendo-. Aunque se olvida de otro factor: el valor. A veces un profesor necesita más valor que un torero. O que un actor que sufra de pánico escénico.
-A mí tampoco me hubiera venido mal una de aquellas enormes máscaras que llevaban los actores del teatro griego. Al menos en algunas situaciones.
-¿Qué le sucedió a usted? Me está intrigando.
-Nada importante en realidad. O mucho, depende de cómo se mire. La cuestión es que estaba en clase, un día de lluvia, démosle un toque poético, explicando a los alumnos las características del Renacimiento.
-¡Ah, Dios mío! -exclamó la buena señora con una sonrisa.
-Llené la pizarra de esquemas, flechas y fechas, e iba contraponiendo unas cosas con otras. Es decir, comparaba el Renacimiento con la Edad Media a fin de hacer más nítidas las características de la época. Y en un momento determinado, eché mano de la conocida prueba del soldado romano. ¿Se acuerda usted? Y perdone por la pregunta.
-Sí, creo que sí -dijo fingiendo pensamientos profundos-. Corríjame si me equivoco: si tomamos dos cuadros, Edad Media y Renacimiento, que representen la crucifixión de Jesús, el de la Edad Media pinta al soldado romano vestido como un caballero medieval; y el del Renacimiento, época de ediciones de los clásicos y de estudios de forma de vida, presenta al mismo soldado vestido como iban vestidos los romanos de la época de Cristo.
-Exacto. Tal y como usted lo ha dicho. Y así, joven y entusiasta profesor yo, lo acababa de leer en algún libro. La explicación me pareció genial; y con entusiasmo y pasión, lo expuse en una clase. Eran mis primeros tiempos; todavía recuerdo aquella mañana con alegría y contento, pese a lo que sucedió después... A los pocos días tuve la posibilidad de sacar a los alumnos y llevarlos a un museo. Y allí los alumnos me sacaron los colores a mí: me señalaron un cuadro del siglo XV, una crucifixión, en la que el susodicho soldado romano llevaba una armadura medieval.
-Siempre le quedaba a usted el recurso de decir que en España la Edad Media terminó en 1492.
-Lo malo es que les había explicado que todo eso de las fechas son convencionalismos... Además, en aquel momento no estaba yo para pensar: sentí tal vergüenza que hasta las gafas se me empañaron. Y me maldije por no hacer lo que siempre se ha dicho: consultar las fuentes... Tenía que haber ido al museo, percatarme de si era cierto eso del dichoso soldado romano.
-¡Ah, querido amigo! Si tuviéramos que comprobar todas y cada una de las cosas que decimos en clase, no diríamos nada, o sólo hablaríamos de perogrulladas, de verdades vulgares. Yo no he estado nunca en Alemania; y, sin embargo, hablaba de Alemania, y trataba de despertar el interés por Goethe, por Thomas Mann... E imagino que, como usted, habré dicho alguna cosa que, en el mejor de los casos, no se ajusta mucho a la verdad.
-A mí me afectó aquella llamada de atención de los alumnos.
-Tampoco fue tan grave.
-Era joven, se trataba de mis primeras clases, e iba lleno de buenas intenciones y con deseos de explicar la verdad.
-¡Ay, la verdad! Se olvidó usted de Joyce, de esas grandes palabras que tan desgraciados nos hacen.
-Como diría nuestro querido compañero el señor Jordi, el vaso se puede ver o bien medio vacío o bien medio lleno.
-Es cierto.
-Yo entonces lo vi vacío del todo. Y a fin de llenarlo fui más precavido en las clases: evitaba grandes definiciones, grandes esquemas, trazos gruesos. Me hice un poco más sutil y bastante menos pretencioso.
-Eso está bien -dijo con una bondadosa sonrisa doña Paquita-. No me acuerdo quién, dijo que es enseñando, tratando de hacerlo, seamos un poco justos, cuando uno comienza a aprender.
-Yo en aquel momento, en el museo, sentí tal vergüenza que de quien me acordé fue de Luis Vives. Había leído y releído, cómo no, Las disciplinas. En un capítulo de su largo estudio, Vives dice que el maestro debería ser una persona mayor, de unos cincuenta años, formado y con experiencia de la vida...
-¿Y usted cree que alguna vez se tiene la suficiente experiencia como para enseñar a otros? Claro, que depende de lo que queramos enseñar. Y si tiene usted en cuenta a la gente que tiene delante...
-Eso es lo de menos, señora mía. Lo importante, creo yo, es la actitud del profesor.
-Sí; pero comprenderá usted que no lo va a dominar todo. Aunque tenga cien años. A veces también he tenido yo la impresión, como usted, de moverme en un campo de minas. Y tenía dos soluciones: quedarme parada, no estallaba ningún artefacto y nos moríamos de inanición; o nos arriesgábamos sufriendo explosiones, y dejándonos cosas por el camino. Creo que es mejor arriesgarse... Ya sé que usted no es muy creyente, y perdone por meterme donde no me importa, pero le recomiendo que lea la parábola de los diez talentos.
-La conozco. Es la que siempre he esgrimido para atacar a la Iglesia: si el señor castiga al siervo que entierra el dinero que le entregó y no lo hace fructificar, el señor, decía, también me ha dado a mí una razón y una inteligencia, y un sexo; y el día de mañana me puede tirar en cara no haberlos usado, como recriminó a aquel siervo que no utilizó el dinero que le dio a fin de que lo hiciera fructificar.
-¡Qué cosas tiene usted! -exclamó divertida doña Paquita.
-¿Qué quiere que le diga? Es una parábola, por lo tanto... Volviendo a nuestro tema, y ahora viene que ni de perlas, también se ha dicho, hasta la saciedad, que la Edad Media fue una edad muy religiosa, donde la gente era muy devota y muy creyente, etcétera, etcétera. Ahora bien, nunca se explicaba en los libros de texto que no es lo mismo la religiosidad de aquellos tiempos que la de ahora. Entonces había, por ejemplo, un Juan Ruiz o un Boccaccio.
-Y ahora es impensable. Se lo comían vivo los sindicatos, las asociaciones de esto y de aquello, las juntas, las juventudes de este y del otro signo, los partidos políticos y hasta los equipos de fútbol.
No pude evitar una leve carcajada.
-Y hasta la propia Iglesia -añadí.
-¿No le llama la atención -me preguntó- que en la Iglesia nada más estallan escándalos de pederastia? Y por regla general son también casos de homosexualismo... ¿No hay relaciones con mujeres adultas o no salen a la luz?
-O a lo mejor es que no se atreven con ellas. No lo sé. Desde luego las historias del arcipreste Juan Ruiz son muy divertidas, como también lo son algunos cuentos de El decamerón. A mí me hizo gracia, volviendo a los famosos Episodios nacionales, de don Benito Pérez Galdós, que los curas de dichos episodios no consideran el sexo como un pecado. Aparece un cura, carlista, llamado Juan Ruiz, en un episodio titulado Carlos VI en la Rápita, que convierte su casa en un harén. Allí tiene a sus mujeres trabajando y rezando porque, dice, con el pío de los rezos se vuelven ángeles, y con los ángeles hace uno lo que quiere.
-¿Ve como no se puede generalizar? O como diría don Miguel de Cervantes, no todos los tiempos son unos. O no todos respondemos igual ante las mismas cosas o los mismos estímulos. Caso de hacerlo así, el mundo sería una balsa de aceite.
-O un campo de concentración. Sí, en eso tiene usted razón. No obstante, siempre hay una cierta tendencia al simplismo, a explicarlo todo con cuatro esquemas...
-Vuelvo a decirle que, tal vez, se trate de un problema de lenguaje. Yo no sé si a usted le ha sucedido alguna vez; pero en alguna que otra clase, cuando trataba de explicar el siglo XIX, siempre me tropezaba con el mismo problema: ¿cómo hacerles ver a los alumnos que Romanticismo, Realismo y Naturalismo se daban casi al mismo tiempo, por no quitar el casi? Creo que fue Víctor Hugo quien se quejó, una vez, de que la novela no pudiera ser como la ópera: necesitaba hacer hablar a cuatro o cinco personajes al mismo tiempo. ¡Ah, si pudiéramos representar toda la realidad al unísono!
-Hubiera vuelto locos a los alumnos. Y además, le hubieran salido con la inevitable pregunta: ¿Y todo eso va para examen?
-Sí -rió de buena gana-. En eso tiene toda la razón. ¿Y no le parece a usted maravilloso lo que ha hecho el hombre? Me refiero -explicó viendo mi cara de estupefacción- a que en una tela, que tiene una sola dimensión, es capaz de hacer creer que hay varias capas, diversas profundidades... ¡Ah, el descubrimiento de la perspectiva me parece una verdadera maravilla! Y sí, es cierto que la lengua es lineal, como lo es la novela; pero ¿no es genial que termine usted de leer El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y le aparezca la obra como un todo? ¿Y qué me dice de la música?
-Que me encanta, ¿qué quiere que le diga? Y más a esta edad en la que se me cansa la vista apenas he leído diez o doce páginas. Sí, la música, haciendo sonar muchos instrumentos al mismo tiempo, y la voz si se tercia... Tal vez sea el ejemplo más claro del arte como captación de la totalidad. Sin fisuras.
-No deja de ser una visión y una opinión. Habría que hablar ahora con un músico.
-Sí, es cierto. Un músico. Estamos faltos de músicos... Estos días -le confesé- estoy un poco mediatizado por las dichosas fiestas.
-¿No le gustan?
-No me gusta el concepto que se tiene de ellas. No entiendo que la diversión consista, y se permita, en hacer ruido tirando petardos y cohetes a toda hora. Y que por las noches, para bailar, o divertirse, tengan que poner unos insoportables zumbidos, me niego a llamar música a eso, a tal volumen, que no dejen dormir a un barrio completo. Es la globalización no de la fiesta sino de la estupidez humana.
-¿No se le ha ocurrido pensar que quizás el hecho de tener que molestar a los demás es el signo inequívoco de la falsedad de esa fiesta?
-Claro que lo he pensado. Como también he pensado que es ese el eterno tema del hombre: cuando no está seguro de sí mismo trata de imponer sus cosas, religiones, fiestas, creencias o formas de vida, a los otros, o bien con la Inquisición, el Absolutismo o la Impunidad, o equipos de música para emitir gruñidos. Es como si la cantidad le diera la razón. O dicho con un viejo refrán castellano, y perdóneme por la crudeza del mismo, la que es puta no lo quiere ser ella sola. No sé si me expreso.
-Perfectamente. Pero ¿no esperará que me escandalice a estas alturas?
-Faltaría más. Por supuesto que no.
-A mí también me molesta no poder dormir por las noches por esos bestiales zumbidos con los que nos castigan los oídos. Pero qué le vamos a hacer. Hay cosas contra las que nada podemos.
-Sí, tal vez sea ese uno de los fracasos más terribles de la educación: no enseñar un cierto respeto hacia el prójimo.
-No exagere. Dentro de poco se terminará la fiesta, dejarán de molestarlo por las noches, y volverá a dormir como un bendito. Usted sabe que la inmensa mayoría de las personas no son felices ni con su vida ni con su trabajo. Necesitan, por lo tanto, una válvula de escape, sentirse dueños de la calle, de la noche y hasta de sus vecinos durante unos días. Luego, para bien o para mal, vuelve todo a la normalidad.
-Hasta los próximos idus de marzo.
-Sí, hasta los próximos idus de marzo. Pero en el fondo, a mí los festeros me dan un poco de envidia: al fin y al cabo han conseguido ellos lo que no he logrado yo: hacer de la fiesta un todo. Yo jamás logré que mis alumnos percibieran los movimientos literarios del siglo XIX como distintas formas de escribir que se produjeron al mismo tiempo. Y eso que los reduje. Pues a mí -me confesó sonriéndome- también me pasó algo similar a lo que ha contado usted. Me daba pánico hablar en una clase de aquello que yo no conocía. Me parecía deshonesto explicar obras, novelas, ensayo o teatro, que yo no había leído. Y así de la novela naturalista no conocía más que las novelas, que no me gustaron, de doña Emilia Pardo Bazán. Cuando leí las originales del movimiento, las de Émile Zola, el mundo se me vino encima: Zola es un excelente novelista, infinitamente mejor que Pardo Bazán; y un excelente publicista: todo eso del Naturalismo es una pamema que se inventó él para vender mejor sus obras. En ellas yo no veía el determinismo por ninguna parte, ni ninguna de las características que, tan ordenadamente, nos servían los libros de textos con fechas, colorines, asteriscos y demás. Reduje el Naturalismo a explicar dos tonterías, hasta que salió en una prueba de acceso a la universidad, y mis alumnos se quedaron en blanco.
De repente doña Paquita guardó silencio. Por la calle iban los dos o tres aburridos de siempre tirando petardos. Algunos hacían un ruido horrible.
-Me sucedió lo mismo que a usted -me dijo en tanto comenzaron a brillarle los ojos-: me quedé avergonzada delante de mis alumnos. Les pedí disculpas y perdón de la mejor forma que pude. Y me negué a tener ideas propias delante de ellos. Pues ellos tenían que responder ante un examen, con preguntas muy precisas, en las que no cabía lo que yo me negaba a aceptar, la existencia del Naturalismo.
-Sí, siempre nos tropezamos con las mismas cosas: con la estupidez de lo que se ha dicho una y otra vez, que nada cuestiona, y que llega a ser una verdad incontrastable.
-No, no es eso; no es que sea un dogma lo que dice el libro de texto o la historia de la literatura. Lo que yo confundí fueron los espacios. El aula no era el lugar indicado para desmontar todas las cosas que se dicen sobre el Naturalismo.
-Si el profesor actúa de esa forma, corre el riesgo de transformarse en un papagayo. ¿Y a quién le importa de todas formas?
-Me importaba a mí.
-¿Y qué es lo que hizo?
-Poca cosa: advertir que cuanto iba a decir no era verdadero, pero que se lo estudiaran tal y como estaba en el libro, o lo iba a poner yo en la pizarra, por si salía en algún examen... Por supuesto que lo ideal hubiera sido hacerles leer alguna novela de Zola; pero qué quiere: el lenguaje es lineal y la vida tiene sus limitaciones. Al fin y al cabo, aquellas criaturas también tenían derecho a ir al cine, a salir con los amigos y a divertirse. Tenemos que reconocer nuestros propios límites.
-Es decir que la totalidad, la globalización, no se da más que en la absurda fiesta y en las insufribles molestias.
-Hacer partícipe a un vecino, o a toda la residencia, de la alegría que le ha producido un libro o un sinfonía es imposible. Ahora bien, no le quepa duda de que se enterará si el equipo de fútbol de la ciudad ha ganado alguna copa.
-Sí, hay cosas que no se prestan.
-Déjelos que metan un poco de ruido. Siempre se necesitan válvulas de escape. Y el país está pasando por unos momentos terribles. Una semana de ruidos no es mucho.
-Tiene usted razón, doña Paquita. ¿Sabe? Me encanta hablar con usted. Me hubiera encantado que hubiera sido profesora mía.
-Lo estoy siendo, criatura, lo estoy siendo.