CIUDAD DE VIDA Y
MUERTE
Vicente Adelantado
Soriano
La
película de Lu Chuan no cuenta nada que no se sepa. Sus personajes,
sin ser nobles, parecen sacados directamente de Las
troyanas, la famosa tragedia de
Eurípides. No quiere decir lo anterior que la película de Lu Chuan
sea un calco de la tragedia griega, que no lo es. Quiere decir que
tanto Las troyanas como
Ciudad de vida y muerte plantean
el mismo problema, o, si se quiere, cuentan la misma historia, aunque
con unos cuantos siglos de diferencia. Se nota en los trajes de los
personajes, en el armamento de los ejércitos, en las casas y en el
lenguaje utilizado por unos y por otros. Porque lo que es el
comportamiento, y por desgracia, pocas diferencias hay entre el ayer
tan remoto y el pasado tan reciente.
Se
ha dicho y repetido, infinidad de veces, que Las troyanas
es, posiblemente, la primera
gran obra en contra de la guerra y a favor de la paz. La tragedia de
Eurípides muestra, con gran crudeza, todo aquello que la épica
oculta. Terminada la Ilíada, los
griegos, dueños de Troya, entran en la ciudad y se adueñan de ella.
En Ilión tienen lugar todo tipo de abusos y atrocidades. El ingenio
de Ulises se baña en sangre. Ahí tiene su origen Las
troyanas.
Lu Chuan, con una
preciosa fotografía en blanco y negro, y contando con varios
personajes, narra la entrada de las tropas japonesas en Nanking en
diciembre de 1937. Al igual que Troya, la capital de China tras la
muerte de los soldados que la defienden, es entregada al saqueo. Lu
Chuan no hace ninguna concesión a la hora de narrar la toma y
posesión de Nanking. Desde la matanza de soldados desarmados, igual
que ya hicieran los romanos con los soldados de Viriato, hasta el
saqueo, las continuas humillaciones, o la utilización de las mujeres
como esclavas sexuales. Las escenas, de una crueldad increíble, se
van sucediendo con una lógica aplastante. En ella se va poniendo de
manifiesto que la bestialidad humana parece no tener límites:
muertes y fusilamientos, tanto por grupos como masivos;
enterramientos en vida, quemar a un grupo de personas vivas
encerradas en un almacén, asesinato de los soldados heridos y que
reposan en un hospital... Sin olvidar las violaciones ni la
utilización de las mujeres como máquinas sexuales. Las utilizan
hasta la extenuación, hasta que caen muertas como reses.
Impresionante la escena en la que uno de los personajes entra en zona
de consolación y descubre a una prostituta de la cual se enamoró.
Todo cuanto sucede a su alrededor es de una sordidez increíble. Será
este personaje el que vaya tomando conciencia de cuanto está
sucediendo a su alrededor. A lo largo de la película se empeña en
que lo llamen por su nombre, Kadokawa. Y será Kadokawa quien,
precisamente, se horrorice al ver salir a un carromato cargado con
los cuerpos sin vida de las mujeres que han utilizado, sexualmente,
hasta la muerte. Y será él quien evite, mediante un certero
disparo, que ella le ha pedido, que una mujer sea conducida a la zona
de consolación.
La película, al igual
que la tragedia de Eurípides, no es nada maniquea. Tampoco es
panfletaria. Podríamos decir que ni siquiera es política, si ello
fuera posible, que no lo es, pues la alianza germano-nipona hace que
el embajador alemán, John Rabe, abandone la ciudad. Él era la
última defensa con la que contaban los millares de refugiados. A
partir de ese momento ya no hay nada que impida la total violación
de la arrasada ciudad.
Apoyada
por una excelente música, narra un conflicto, tal vez uno de los más
terribles que ha vivido la humanidad. Aunque no debemos olvidar que
todo cuanto se nos cuenta es propio de toda guerra y conflicto. En
todas ellas se desatan las más terribles pasiones; y, lo que es
peor, en ellas todo vale porque impera la ley del más fuerte, quien,
además, no tiene que rendir cuentas ante nadie. No de otra forma se
puede mantener un imperio. Ya se lo dijo Cleón a los atenienses allá
por el 427 a. C: no podían ser generosos ni misericordiosos si
deseaban gobernar un imperio. De resultas de ello surgió el
exterminio brutal de Corciria. Y de resultas del imperio japonés
todas las bestialidades de Nanking, donde la guerra hizo desaparecer
la comodidad de la vida diaria sometiendo a los seres humanos a sus
leyes. Y la ley de toda guerra no es otra que la bestialidad. Esta no
abandona la pantalla más que por breves segundos. Pues al final
hasta la risa del niño, al comprobar que el tiro de Kadokawa no iba
dirigido a él, se semeja al llanto, tal vez porque,
inconscientemente, el espectador se acuerda de la otra niña
defenestrada por un soldado japonés, motivo que también trató
Eurípides. En la tragedia griega el sacrificio del niño Astianacte,
hijo de Héctor y Andróamaca, tiene una “justificación”: evitar
que quiera vengar a su padre cuando sea mayor, y hacer eterna la
guerra. En Ciudad de vida y muerte, la
muerte es gratuita, signo de la fiereza humana. Aparecen montones de
cadáveres. Y se mata por matar, o porque estamos en guerra... Está
bien que de vez en cuando alguna película, con pulso decidido y
firme, sin concesiones, nos muestre el horroroso rostro oculto de la
humanidad. Ojalá desaparezca algún día. Películas como esta
contribuyen a ello, desde luego. Muy digna de verse y estudiarse.
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