KATYN
Vicente Adelantado
Soriano
Si
no fuera porque la película de Andrzej Wajda narra unos hechos tan
terribles, acaecidos durante la II Guerra Mundial, se podría tomar
dicha película como una metáfora de todo cuanto ha sucedido
últimamente en España con los casos de corrupción. La película,
pese a haberse estrenado ahora, es de hace un par de años, así que
intentar ver cualquier paralelismo con la trama corrupta, jueces,
periodistas y políticos españoles, es perder el tiempo.
Las primeras imágenes
del film, en el puente, ya son estremecedoras: unos polacos huyen
hacia el lugar que abandonan otros compatriotas: los alemanes los
invadieron por el oeste y los rusos por el este, o al revés, que lo
mismo da. Y ambos, trabajando conjuntamente, se dedicaron a perseguir
a intelectuales, políticos y militares. Y así, entre unos y otros,
lograron descabezar a la pobre Polonia. Los alemanes acaban con la
universidad de Cracovia, y los rusos con todos los mandos militares,
ejecutados en el bosque de Katyn.
Los crímenes, a sangre
fría, resultaron tan horrorosos que fueron negados por unos, y
utilizados por otros como propaganda para intentar acabar con la
unión de los aliados. Mientras, en Polonia, las mujeres seguían
esperando a sus maridos, y oponiéndose a todo tipo de
manipulaciones, tanto por parte de rusos como de alemanes. Entre los
dos convirtieron a Polonia en un país de viudas esperanzadas cuando
no honestas y valientes.
Hay un rendido homenaje
de Wajda a la primera mujer que se opuso al poder tiránico, a la
sinrazón y a la prepotencia: Antígona. La hermana de un aviador
ejecutado en Katyn, va a un teatro, donde precisamente se va a
representar Antígona, y sacrifica su larga y rubia cabellera por
unos cuantos billetes. La actriz principal representará el papel de
la hermana de Polínices con ese precioso cabello. El peluquero
advierte, en tanto ejecuta su trabajo, que quien lleva el pelo de
otro también lleva parte de su personalidad. Aquí parece que sucede
al contrario: es la sacrificada quien asume el papel de Antígona.
Con el dinero
conseguido, la hermana del aviador encarga una lápida, donde pone la
foto de su hermano con la inscripción de que fue ejecutado por los
rusos. En la iglesia, y seguida de cerca por la policía rusa, el
sacerdote se niega a colocar la lápida. La hace llevar entonces al
cementerio, en cuyo camino tiene una discusión con su hermana, una
encarnación de Ismene, del miedo al poder de los hombres. Ismene ve
que aquello es inútil. El diálogo, sin embargo, ya no es el de la
tragedia de Sófocles. Ismene invoca, cómo no, el mundo de los
muertos, al que se dedica su hermana, en tanto que ella pertenece al
mundo de los vivos. Antígona no replica aduciendo que estaremos con
los muertos toda la eternidad y con los vivos unos pocos años;
reivindica, por el contrario, la justicia y la verdad a la que ella
se debe. Justicia y verdad que, por supuesto, la conducen a la
lóbrega y descendente prisión de donde nunca se sale vivo.
Es estremecedor todo
cuanto se cuenta en la película. Y resulta estremecedor que se
negara la realidad obligando, a infinidad de mujeres, a vivir con la
esperanza de ver regresar algún día a sus maridos o hermanos. Todos
yacían, con un tiro en la nuca, en el bosque de Katyn.
Los hechos son
terribles. Los pactos secretos, vomitivos; y contemplar las
ejecuciones hace replantearse más de una cosa. Cabe añadir a ello
la negativa, hasta hace diez años, a reconocer cuanto en Katyn había
sucedido.
¿Cómo el ser humano
puede llegar a tal desprecio por la vida ni a tamaña bestialidad?
¿Cómo puede haber nadie capaz de ejecutar a un ser humano en una
lóbrega prisión sin tener más culpa que ser ciudadano de un país
al que se quiere invadir? No, Wajda no deja en muy buen lugar al
comunismo de la Unión Soviética. Aquellos crímenes fueron
ordenados por Stalin, quien sería considerado el salvador de Europa.
Al parecer hay
historiadores que todavía hoy defienden la política de Stalin.
También se puede defender la de Creonte, por supuesto, y considerar
que Antígona era una princesa un poco tonta y con ganas de llamar la
atención. Al fin y al cabo ni la justicia ni la verdad van a
devolver la vida a los ejecutados de Katyn. ¿Por qué no callarse
entonces como demanda Ismene?
Tal vez porque ya no
queda más que la impotencia. Y esa impotencia lleva a un ardiente
deseo de reivindicar la verdad. Callarse en ciertas situaciones puede
ser peor que vivir en un estado policial.
Lo terrible de Polonia
es que fue cogida entre dos fuegos. Y lo que para unos era verdad, y
que no por eso dejaron de masacrar poblaciones enteras, para otros
era propaganda política, deseo de aniquilarlos. Al final, y no
porque el ser humano haya cambiado, sino porque han cambiado las
circunstancias, la guerra fría en este caso, terminó por saberse la
verdad. Demasiado tarde como para pedir responsabilidades. Por eso
mismo siempre habrá gente dispuesta a nadar entre dos corrientes, a
sacar tajada y a negar lo evidente. Nada mejor para ello que
demonizar al contrario y hacerlo callar por los medios que hiciere
falta.
Pobre Polonia, cogida
entre dos fuegos: jueces y fiscales por una parte y políticos y
periodistas por otra. Antígona siempre estará presente en nuestro
corazón. La película de Wajda pone bien a las claras lo poco que ha
cambiado el ser humano: la obra de Sófocles se estrenó hace unos
2.500 años; los hechos relatados en la película, hace setenta. Es
para pensar con calma y detenimiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario