NOCTURNA VOLVENDA
MANU, VOLVENDA DIURNA
Vicente Adelantado
Soriano
-Es curioso lo que
sucede en esta vida -le dije aquella tarde a doña Paquita,
interrumpiendo su lectura, cosa que, creo, me agradeció.
-Estoy deseando que me
lo explique -me dijo sonriendo y cerrando el libro, que dejó sobre
su regazo.
-Y yo deseando hacerlo
-le contesté respondiendo a su sonrisa.
-Pues
ya que estamos los dos de acuerdo, y tenemos quórum,
adelante. Hable usted.
-Como le estaba
diciendo -volví a comenzar, sentándome frente a ella- es muy
curioso lo que sucede en esta vida. Llevo toda la mañana recordando
una frase en latín que, en su día, hice verdaderos esfuerzos por
memorizar, cosa que no lograba ni a tiros.
-A veces la memoria nos
juega malas pasadas. Yo, por eso mismo, siempre he admirado mucho a
los actores de teatro. ¿Cómo pueden aprenderse toda la obra de
memoria y no equivocarse nunca?
-Los ensayos, doña
Paquita, los ensayos. Para eso están.
-Sí;
pero aun así, ¿usted sabe lo que es meterse entre pecho y espalda,
no sé, toda La Celestina?
-Desde
luego la cosa tiene mérito. Y, sin embargo, qué desprestigio hacia
la memoria en una parte de nuestras vidas, y por parte de algún que
otro político y profesor ¿lo recuerda usted?
-Sí, me acuerdo. Me
acuerdo de varios ministros, o ministras, y de algunas personas,
pretendidamente progresistas, para quienes la memoria era algo del
pasado, propio de la dictadura franquista y no de los tiempos
modernos.
-Hace falta ser memo
-exclamé indignado-. Y, desde luego, semejantes tonterías ponían
bien a las claras que no se habían leído a Platón. Sócrates,
precisamente, estaba en contra del libro por cuanto con él se
confiaba al papiro lo que debía confiar a la memoria.
-Tampoco hay que
exagerar.
-Digamos que en el
término medio está la virtud. Hay cosas que, evidentemente, no hace
falta memorizar. Y hay otras que está muy bien llevarlas grabadas a
fuego. Entre ellas, el número del DNI, de la tarjeta sanitaria, el
número del móvil...
-Y algunos poemas de
Garcilaso, de Quevedo, y varias cosas más. Así se puede hacer una
exposición en clase sin tener que estar buscando continuamente. Es
sentido práctico.
-Sí, tiene usted
razón: hay cosas que es muy práctico memorizarlas. Y no creo que la
memoria tenga nada que ver con ninguna dictadura franquista, ni nazi,
ni de ningún tipo.
-No hagamos caso de
esas tonterías, por favor. Cuénteme que es lo que le ha pasado con
su memoria.
-¡Ah,
si! Ya se me había olvidado. Verá usted: hace años, leyendo un
libro sobre Hispania y los romanos, en un capítulo apareció una
frase en latín. Dicha frase quería indicar que un libro, Geografía,
de Estrabón, era imprescindible para el historiador. Tenía que ser
su libro de cabecera. La frase en latín era Nocturna
volvenda manu, volvenda diurna.
-¿Y
quiere decir exactamente?
-Explicado sin que
tengamos que hacer ningún examen, sería que el libro hay que leerlo
por la noche y por el día.
-¿Y una traducción
literal?
-Para desenrollarlo por
la noche con la mano, para desenrollarlo por el día. Recordará
usted -le expliqué- que los libros antiguos eran rollos de papiro
sujetos a dos palos, los eskítales, o varas, que estaban al
principio y al final del volumen.
-¡Ah, sí! Me acuerdo.
Y funcionaban igual que las cintas de vídeo, o las de cine antiguas:
vista la película, había que rebobinarla.
-Exacto.
Y eso era lo que no conseguía memorizar por más que una y otra vez
me repetía que volvenda es
un participio del verbo volvo.
No tenía más que acordarme de la marca del coche, girar, rodar;
pero no había forma.
-Y hoy, sin que viniera
a cuenta de nada, se ha acordado de la dichosa frase.
-Sí. Y lleva toda la
mañana martilleándome la cabeza.
-Eso es que alguien le
está indicando que hay un libro fundamental que tiene que volver a
leer.
-¿Cuál?
-No sé. Tal vez el
libro donde apareció dicha frase.
-Me deshice de él. Ya
no sé dónde está, si es que está en algún sitio.
-¿Tan malo era?
-No. En absoluto. Era
bueno, muy bueno y muy esclarecedor. Pero hace algún tiempo caí
enfermo, creí que iba a morir; y cuando me recuperé comencé a
regalar todos los libros de mi biblioteca. La inmensa mayoría fueron
a recaer en alumnos y en algún que otro compañero joven, que tenía
algún interés por la historia. Así que si tengo que releer algo,
tendré que volver a comprarme el libro de nuevo.
-No está nada mal
gastar dinero en libros, ¿no le parece?
-Nunca me ha dolido el
dinero ni para eso ni para discos. Pero lo malo no es gastar dinero,
sino que los libros se olviden con tanta facilidad. Es increíble,
¿no le parece?
-¡Ay, hijo! Es verdad;
en eso tiene usted toda la razón del mundo. Y mira que da rabia:
lees una cosa, y a los cinco minutos ya la has olvidado. A mí a
veces me daba la impresión de ser una especie de colador, o un
cacito de esos para purificar la sopa: tiraba cosas en él, y todo
pasaba por la tela metálica como si fuera agua: sin dejar el más
mínimo rastro.
-Tampoco exagere usted,
doña Paquita. Creo que en el cedazo siempre se retiene algo, poco o
mucho, pero algo... Sí, a mí también me ha pasado: leer un libro,
volver sobre él al cabo de unos años, y no recordar ni siquiera que
lo había leído.
-Yo a veces no
recordaba ni los libros que tenía en casa. Así que en alguna que
otra ocasión he comprado el mismo volumen dos o tres veces. Luego
venía el disgusto: como soy bastante metódica, al ir a guardarlo,
resulta que lo guardaba en el mismo lugar donde estaba el otro... Me
daban rabia esas cosas. Y por eso mismo, entre otras cosas, subrayaba
los libros. Así estaba segura de haber transitado por allí. Eso sí,
lo volvía a leer y lo volvía a olvidar. Desesperante.
-Somos unos seres
totalmente imperfectos. Ahora bien, si lo recordáramos todo, igual
nos volvíamos locos. O se rompía la tela del cedazo.
-O en vez de hablar por
nosotros mismos, seríamos unos pedantes bípedos: siempre estaríamos
repitiendo algo dicho por alguien antes que nosotros. Moriríamos
aplastados bajo millones de palabras, ¿no le parece?
-Entonces -dije como
quien acaba de hacer un descubrimiento- el olvido funciona en el
cerebro como la comida en el aparato digestivo: es más, tal vez, lo
que expele que lo que aprovecha; pero lo poco que queda lo utiliza
para su crecimiento. De otra forma sería imposible la vida. Digo yo.
-Y el desarrollo. Yo, y
no se ría de mí, de joven hice mis pinitos en la literatura:
escribí un par de novelas y alguna que otra poesía. ¿Y sabe lo que
más me gustaba de lo que poco que escribí?
-Sospecho que me lo va
a decir.
-Sí,
se lo voy a confesar. Tal como se lo confesaría al periodista con el
que soñé en más de una ocasión... Soñé que publicaba alguna
obra mía, que me entrevistaban, y soñé todo cuanto iba a
responder. Se lo confieso casi in articulo mortis.
Es una primicia que espero sepa agradecerme.
-Cuente usted con ello.
¿Qué tal una comida fuera de la residencia?
-No está mal... Ya
concretaremos. Lo que más me gustaba de mis obras era la intriga, el
tratar de averiguar de dónde me salían las cosas que me salían. A
veces, y perdone por la inmodestia, me daba la impresión de estar
dotada de una gran imaginación. O que alguien, no sé quién,
escribía por mí.
-Imagino que eso sería
producto de las muchas lecturas... En mi caso me encantaba ir a los
lugares donde había habido antiguos asentamientos de romanos o
tribus iberas. Paseaba por allí y trataba de ver cómo habrían
vivido aquellas gentes... A veces me daba rabia que la vida fuera tan
corta, pues me hubiese encantado estudiar arqueología y llegar a
captar los modos de vida de aquellas personas.
-¿Cree usted que la
vida es breve?
-Sí, mucho. Debería
darnos tiempo a estudiar más cosas, a comprender otras...
-Para eso está la
imaginación. No recuerdo dónde oí decir que un historiador tiene
mucho en común con un novelista: apoyándose en algo real, es capaz
de levantar toda una novela o una enorme teoría o historia sobre el
pasado. ¿Existió lo que cuenta en la realidad?
-Yo también he oído
esa teoría. Y, no sé, tal vez tenga razón, y todo cuanto decimos
sean imaginaciones nuestras. Pero, al mismo tiempo, está claro que
existió Numancia, o Troya... Y contra más cosas sabemos de ellas,
mejor podemos conocer los modos de vida de sus habitantes... Claro
que la vida es corta: yo debería haber sabido arqueología, latín,
paleografía... No sé, tantas cosas de las que no tengo ninguna
noción. Añada a eso todo cuanto vamos olvidando.
-Tenemos nuestros
límites, querido amigo. Aunque yo creo que, de alguna forma, los
vamos superando. Los ordenadores personales, por ejemplo, son una
verdadera maravilla. Antes, cuando yo era estudiante, hace de ello
tantos años, para buscar un dato tenía que echar mano de las
enciclopedias, que, naturalmente, estaban en las bibliotecas...
Buscar un dato te podía llevar toda una tarde. Hoy es cuestión de
darle a una tecla.
-Sí, en eso tiene
usted toda la razón del mundo; pero el hombre sigue igual:
olvidadizo y desmemoriado; y limitado.
-Oyéndolo se me ocurre
pensar que uno de los principios básicos nuestros debería ser
percatarnos de nuestras limitaciones, y asumirlas... Claro que el no
hacerlo puede llevar a la creación de seres que van más allá...
estoy pensando en Frankenstein y en Drácula.
-¡Vaya pareja!
-exclamé-. ¿Sabe? También a mí me crearon problemas.
-¿Le daban miedo?
-No, no me daban miedo.
Me gustaba tener contacto con los muertos por cuanto estos nos podían
informar sobre sus vidas cuando estaban vivos. Alguna vez asistí a
la excavación de alguna tumba... No hay nada allí que pueda
infundir miedo. Sí que me infundía respeto... Yo también soñaba
con darle vida a los huesos, pero no para que fueran por ahí
correteando y asustando a pobres adolescentes, sino para que me
contaran cosas, para que me hablaran de su poblado, de sus gentes, de
sus ansias...
-Es curioso -me dijo
con una sonrisa muy melancólica- cómo, al final, las vidas de
algunas personas se van pareciendo. Es curioso. Y es que con memoria
o sin ella no parecemos sino calcos los unos de los otros. ¿Lo estoy
intrigando?
-Un poco. Pero no
importa: supongo que no se levantará de aquí sin explicarse.
-Por supuesto. A estas
alturas ya no puedo jugar a ser una Shcherezade de unas noches que,
con toda probabilidad, ya no van a llegar a mil.
-Eso nunca se sabe.
-Ya. Bueno, da lo
mismo. Yo, igual que usted, también soñaba. Pero soñaba que me
moría y me iba al cielo, donde supongo que están las personas que
me interesan: Cervantes, Quevedo, san Juan de la Cruz, Garcilaso... y
me sentaba en un taburete de la época, y me ponía a hablar con
ellos. No, no tenía nada especial que preguntarles. Sencillamente me
hacía ilusión pasar la tarde en su compañía. Aunque ahora que me
acuerdo, tenía ganas de preguntarles a Quevedo y a Góngora por qué
se odiaban tanto. Y dos personas tan creyentes como ellas, y tan
buenos poetas.
-Por lo que recuerdo,
la tensión social, Inquisición incluida, en aquellos momentos, era
terrible.
-Eso no me dice nada.
Eran dos hombres muy inteligentes. Y la inteligencia, creo yo,
siempre tiene que estar un poco por encima de su época. No sé. Creo
que hay que saber ver de lejos, y relativizar un poco las cosas.
-Está usted tocando
otro tema ciertamente interesante. También a mí me llamó la
atención en más de una ocasión. Me refiero al caso, o a la
posibilidad, de que una persona sea un genio, un fuera de serie en
unas cosas, en literatura por ejemplo, y un mezquino en otras, las
relaciones sociales...
-¡Ay, de verdad! Vaya
imagen negativa que estamos dando de nosotros mismos: olvidadizos,
alejados unos de otros e incluso de nosotros mismos. ¿Somos
compartimentos estancos?
-Tampoco es para
desesperarse, señora mía. Mire, cuando empezó todo esto de la
crisis, y comenzaron a aflorar todos los casos de corrupción de
políticos y amigos de los mismos, dejé de leer los periódicos.
Hacerlo era desmoralizante: todas las noticias eran una y la misma:
robos, desvío de dinero, desfalcos, corruptos, países en
bancarrota, paro, miseria, suicidios... Fue entonces cuando di en
leer noticias de tipo científico. Y cuando la mente humana comenzó
a parecerme un instrumento maravilloso.
-Esa mente también ha
creado la bomba atómica.
-Tiene razón.
-Y a los nazis les
encantaba la música. Y don Miguel de Cervantes diciendo que donde
hay música no puede haber nada malo. ¿Cómo le puede gustar a una
persona la novena sinfonía de Beethoven y puede, al mismo tiempo,
matar a miles de personas?
-No lo sé, doña
Paquita, no lo sé... Pero ¿no es algo maravilloso que el hombre
envíe un robot a Marte, le dé órdenes desde aquí, y el robot haga
lo que el hombre le indica? ¿Y no es maravilloso que un griego, sin
ordenadores ni demás, descubriera que la tierra es redonda y hasta
calculará el diámetro de la misma?
-Sí, es cierto, es
cierto. Hay cosas que deberíamos tener siempre presentes, no
olvidarlas.
-Y tampoco deberíamos
permitir ciertas obras que tergiversan lo que sucedió. Es una forma
de destruir la memoria, de quitarle importancia a lo que fue muy
serio, excesivamente serio.
-Intuyo a lo que se
refiere. Hay situaciones de las que yo también soy incapaz de
reírme: demasiado sufrimiento humano como para jugar con él y hacer
chistes. O escribir novelas tan malas como falsas. El sentimentalismo
siempre resulta sospechoso.
-Y
estamos igual que al principio, querida señora: nos olvidamos de
todo, o de casi todo, así que nocturna volvenda manu,
volvenda diurna. Hay situaciones
y libros que nunca deberíamos olvidar.
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