viernes, 11 de enero de 2013

Melancolía


MELANCOLÍA

Vicente Adelantado Soriano

Del fuego que me ha quemado
¿qué es lo que tengo hoy en día?
Memorias que me atormentan
y un puñado de cenizas.

Augusto Ferrán, La soledad

No se lo contó a su compañero por unos minutos, no porque no se fiara de él, o le molestaran sus ironías, sino sencillamente porque hay cosas que son muy difíciles de explicar, y que es mejor guardárselas para uno mismo. Hacerlas comprensibles exigen horas y horas de conversación, y ni aún así.
-Sí, ni aún así -se repitió- porque ni yo mismo estoy seguro de entenderlas del todo.
-Tal vez porque no hay nada que entender -oyó una voz que le replicaba allá en el fondo del estómago.
-Ese es el problema, me parece -se dijo- que todo lo tenemos que racionalizar y explicar. Y muy a menudo ni sabemos por qué actuamos de esta forma y no de la otra.
Sea como fuere, hacía tiempo que venía notando un irresistible deseo de volver a su pueblo natal. De visita, por supuesto. Lo hizo ya en una ocasión: fue una escapada furtiva, nocturna, en la que buscó, sobre todo, no tropezarse con nadie. No quería ver a ningún conocido ni pariente, suponiendo que todavía quedara alguno con vida.
-Seguramente -rezongó- ni yo hubiera reconocido a nadie, ni nadie me hubiese reconocido a mí.
Aun así cuando bajó del coche, tras dejarlo aparcado a pocos metros de sus antiguas escuelas, se puso un gorro de lana que le cubría hasta las cejas, su subió el cuello del anorak, y se enrolló una bufanda, tapando boca y nariz. Nada le molestó. Hacía frío, mucho frío.
-Me encantaría que nevara -se dijo en tanto comenzaba a caminar por las calles del solitario pueblo.
Por fin estaba allí. Había obedecido a sus irresistibles ganas de volver al lugar donde naciera. No quería pensar mucho en lo que dicho regreso suponía, aunque fuera por unas horas. Era algo así como cerrar el círculo, como el mito del eterno retorno. No obstante, se sentía muy vivo y con ganas de seguir respirando. También experimentó una cierta alegría y contento de estar por aquellas viejas calles y plazas. Le costó reconocer alguna de ellas.
Había estado conduciendo por autovía y carreteras durante un par de horas. Iba oyendo música clásica, cuartetos de Mozart, y vigilando el cuadro de mandos del coche: le llenaba de ilusión ver cómo se encendía la estrellita que le anunciaba que, fuera, estaba helando. Los números fueron descendiendo: 13, 10, 4, 1, 0... En el coche se estaba muy bien: llevaba puesta la calefacción, por supuesto, así que la temperatura era más que agradable. Tampoco había nadie por la autovía: la tenía toda para él. Sin miedo, un par de veces apretó el acelerador sintiendo cómo respondía el coche a su ligera presión, e iba dejando atrás, a gran velocidad, los postes que no veía. Se moderó. Temió dar con alguna placa de hielo. Y al cabo de un tiempo, cuando hasta la música comenzaba a resultarle molesta, comenzó a sospechar que se había perdido. No recordaba que la otra vez le costara tanto llegar al pueblo.
-La otra vez iba acompañado -se dijo-. Y tres cosas acortan el camino -recordó-: tener hambre, la conversación o ser perseguido.
No estaba seguro de si eran esas tres cosas, que leyó en algún libro, las que hacían más breve y distraído un itinerario; pero tampoco tenía excesiva importancia. Decidió, sea como fuere, seguir hacia delante. Y al cabo de un tiempo, cuando había decidido continuar conduciendo hasta donde estuviera nevando, vio el cartel que anunciaba el desvío de su pueblo. Redujo, puso el intermitente y se metió por la carretera comarcal. Intuyó, al cabo de unos minutos, que frente a él se alzaba ya el campanario del pueblo. Se equivocó. Lo vio a la salida de una curva. Y lo vio porque en lo más alto habían puesto una estrella luminosa. Era una novedad para él.
-Has de procurar dominarte -se aconsejó apenas el coche comenzó a rodar por la carretera que circulaba paralela a las casas, entre las que descubrió la suya, el lugar donde nació y vivió.
-Sí -se respondió-. Como dijo el hombre aquel, no vale la pena. Nada tiene ya solución. Y es inútil enfadarse. Ahora bien, no voy a poder evitar el ramalazo de melancolía.
-Hombre, llevada con un poco de elegancia, hasta puede resultar un poco agradable.
El pueblo era tan pequeño que pese a la más que moderada velocidad, supo que ya estaba saliendo de él apenas hubo entrado. Giró a la izquierda y fue a dar, tras una recta y larga calle, a las viejas escuelas. Aparcó allí. Y nada más descender del coche se vistió como si fuera a atracar un banco. Eran las cinco y media de la mañana. Y no se oía por allí la más mínima señal de vida.
-El insomnio también tiene sus ventajas -se dijo abrigándose rápidamente-. Y este majestuoso silencio: aquí es imposible enterarse de si uno está perdiendo oído o no.
Nunca le había gustado la calle en la que aparcó el coche. Fue de las menos transitadas por él en su infancia. En ella, lo recordaba perfectamente a pesar de los años transcurridos, vivía un muchacho con el que tuvo una épica pelea llena puñetazos, patadas, desgarros de camisas y alguna que otra gota de sangre. El padre del chico tenía una carpintería, creyó recordar; pero ahora la carpintería, cosas del destino, se había convertido en un horno de pan. Prestó atención. No parecía que nadie estuviera trabajando en su interior.
Calándose el gorro de lana hasta las cejas divisó la ventana de la escuela a través de la cual, unas navidades ya muy lejanas, vio a los carromatos de los gitanos alejándose del pueblo. Dos días antes levantaron una carpa en una era, e hicieron un par de funciones de circo durante dos o tres noches. El circo era tan pobre que él y su abuelo tuvieron que llevase los asientos, dos cajas de las utilizadas para embalar fruta. Creía recordar que los espectadores no llegaban ni a diez.
-Y sin embargo -se dijo sonriendo- ha sido una de las cosas más mágicas y fabulosas que he visto en mi vida. ¡Qué cosas!
No sabía si se engañaba o no. Le tuvo sin cuidado. Abrió lo brazos en un gesto teatral, y se puso a caminar al tiempo que exclamaba:
-¡Melancolía, a tus brazos me entrego! No me defraudes. Y si es posible -se dijo sintiendo un escalofrío- que nieve un poco.
La escuela le recordó enseguida a su primer maestro, a don Dionisio. Conforme iba envejeciendo sentía más y más simpatía por aquel hombre al cual, de haberlo visto por la calle, ni lo hubiera reconocido. Don Dionisio le trajo a la memoria a doña Pepita, la maestra que le enseñó a leer. Sintió un deseo imperioso de ver la casa donde vivió ella, y de visitar su antigua escuela. Tuvo que hacer para ello, el viejo recorrido de su infancia. Pasó por delante de la casa de uno de sus tíos, por delante de la tienda donde, todos los jueves, se compraba un tebeo del Capitán Trueno, por delante de la herrería, donde anunciaban las películas... por delante de su casa, por el callejón donde vivía María, la ancianita que lo cuidaba de vez en cuando, y por la vieja fuente. Esta no había cambiado en lo más mínimo.
La vieja escuela, al lado del derruido cuartel de la guardia civil, ya no existía. Tenía la puerta tapiada. Y la ventana estaba excesivamente alta para mirar a través de ella. Se quedó parado en la puerta.
-Aquí aprendí a leer -se dijo-. ¡Y qué paciencia tenía doña Pepita con nosotros!
Recordó su paso por institutos y por la Universidad. Había conocido infinidad de profesores a lo largo de su vida. Profesores humildes, sin pretensiones, y otros infatuados, con un ego tan grande como el propio cosmos, siempre haciendo descubrimientos de poemas, sonetos y obras olvidadas que no interesaban a nadie, ni a ellos mismos; pero que presentaban como el último grito de su absurda investigación.
-Somos tan poca cosa -se dijo sorprendido por un copo de nieve- que necesitamos mentirnos y creernos nuestras propias mentiras. Algunos hacen acopio de mentiras y de poder, como si eso los fuera a librar de la muerte y del olvido. O de la infelicidad.
-Es cierto -asintió al cabo de unos pasos notando ya que sí, que empezaba a nevar- que vale más un bello recuerdo que una triste realidad. Y es más difícil enseñar a leer a un niño que crecerse por cosas que, en el fondo, no importan ni al que las ha descubierto.
La nieve comenzó a caer con cierta fluidez.
-Las nieves de antaño -se dijo sin apresurar el paso-que enfrían tanto o más que las de hogaño.
Y recordó aquella mañana en la que salió de la escuela corriendo y saltando, era sábado, con una tarjeta navideña hecha por él. Don Dionisio le dio el visto bueno, y él bajó la escaleras a toda prisa para llevársela a sus padres. Recordó, y nunca lo olvidaría, que saltó un pequeño charco helado: fue una apuesta consigo mismo, pues estaba seguro de no ser capaz de hacerlo; pero, sí, lo hizo. Ni se resbaló ni se cayó.
-Y a partir de ahí -se dijo sonriendo ante la espesa nieve que caía- el recuerdo me engaña. Recuerdo que me metí en la cama entre mis padres. Y eso no es posible... Dudo de que a aquellas horas estuvieran en la cama, o de que me fuera a la escuela yo y ellos se quedaran durmiendo... No sé, algo falla.
No le dio más importancia. Se quedó con el recuerdo por muy ilógico que fuera. Como también se quedaba con la imagen que tenía del pueblo. Lo había encontrado muy cambiado. Dio la vuelta a la escuela. Al volver la esquina estaba la entrada del viejo cine. También la puerta estaba tapiada. Y lo que antes, frente a ella, eran pajares, desniveles y abandono, ahora se había convertido en chalets o en casas de gente adinerada. En la puerta del cine, allá en la prehistoria, habló por primera vez con una chica que le hizo temblar de emoción.
-Aunque durante todos aquellos años -se dijo con el gorro lleno de nieve- mi único y verdadero amor fue doña Pepita.
Sonrió. Se quitó el gorro de lana, lo sacudió rápidamente y se lo volvió a poner, colocándose la capucha del anorak por encima de él.
-Ahora, aunque me viera, no me reconocería ni mi madre.
Siguió caminando por las calles desiertas. No quiso dejar ni una por recorrer. Había cosas, las fuentes, por ejemplo, todas, que seguían igual. Otras cosas habían cambiado radicalmente. Todavía reconoció el lugar donde estaba, dentro del pueblo, el cementerio viejo. Sobre él se levantaba ahora una casa más bien fea. Saltando la tapia entró una tarde, furtivamente, con otros amigos, con la idea de ver un esqueleto. Y entonces recordó que el primer muerto que vio en su vida fue el del marido de la maestra, no el de doña Pepita, que eran joven y soltera... Sí, lo recordó con toda nitidez. Y se emocionó mucho cuando, en una de sus idas y venidas, descubrió que habían dedicado una calle a aquella vieja maestra. Su foto estaba encima del nombre, sobre la lápida. Apenas si la pudo distinguir a la luz de un lejano farol. No estaba dispuesto a que la cosa quedara así. Se fue al coche rápidamente, cogió una linterna, y alumbró la foto de aquella buena mujer. Tuvo que reconocer que no la recordaba de nada. No obstante, una vez, sin saber porqué, tal vez por enfermedad de doña Pepita o de don Dionisio, asistió a su clase, que era la de las chicas mayores. Hacía mucho frío.
-Igual que ahora -murmuró. Por turnos -se contó- nos dejaba que nos aproximáramos a la estufa a calentarnos las heladas manos.
Y la recordaba vestida de negro, llorando al lado del cadáver de su marido. Eso fue para él la muerte: alguien que llora, y alguien que no se mueve.
Volvió sobre sus pasos. Y volvió a iluminar la foto. No, decididamente no la recordaba. Es más, no tenía ninguna imagen de ella, como tampoco la tenía de doña Pepita. Sencillamente recordaba sensaciones: la enormemente placentera de estar en la clase de don Dionisio; los amplios ventanales a través de los cuales veía el tren, muy lejano, que bajaba de las montañas. Aquel tren no le gustaba. Quizás porque intuía que algún día se lo llevaría para siempre jamás. También recordaba la calidez de doña Pepita, su enorme paciencia, su pelo tan rubio; y la tristeza cuando supo que se casaba y que se iba del pueblo.
-La primera mujer que me abandonó -se dijo sonriendo.
Nunca supo cómo se fue del pueblo. Imaginó que, dado el momento, lo haría con el tren. Sintió entonces unos enormes deseos de ir a la vieja estación. No se lo pensó dos veces. Nevaba copiosamente. La estación estaba totalmente cambiada, modernizada. Sólo el viejo reloj continuaba igual y en el mismo sitio. Tal vez allí, mirando la hora, montara doña Pepita en el tren para nunca más volver.
-Cuánto me gustaría decirles, a ella y a don Dionisio, lo muy agradecido que les estoy -dijo subiendo la cuesta que lo llevaba al pueblo.
Pero era tarde. Seguramente ya habrían fallecido los dos. Recordó entonces la muerte de su abuelo. Cerró los ojos y fue capaz de memorizar el camino del cementerio, del nuevo. Pese a la nieve, cada vez más espesa, se dirigió hacia allí. Dada la hora no creyó ni que estuviera abierto, ni que pudiera entrar.
-Antes -recordó- todo estaba abierto: mi casa, la iglesia, el cementerio. Ahora parece que tenemos un miedo cerval unos de otros. Todo está cerrado.
Volvió a cruzar el pueblo. Llegó al cementerio al cabo de una media hora. Estaba helado pero feliz. Como intuyó, la puerta, de hierro, estaba cerrada. Se quedó ante ella sin saber muy bien qué hacer. Le hubiera gustado entrar, echar un vistazo por las lápidas y las cruces en busca de sus familiares, tíos y abuelos, que reposaban allí.
-Tendré que volver de día -se dijo emprendiendo el camino de regreso.
Hacía demasiado frío como para esperar allí de pie. Y no le apetecía, por otra parte, esperar a que abrieran algún bar y arriesgarse a que alguien lo conociera y tener que entablar cualquier insulsa conversación. En busca de su coche salió a la carretera. Por ella, recordó, venían los Reyes Magos cargados con balones y sacapuntas que su madre había encargado a una mujer que, siempre, por esas fechas, se iba a la ciudad a visitar a sus hijos. Todavía reconoció la casa de dicha mujer, vecina a la de doña Pepita y a su escuela. El pueblo era tan pequeño. Lleno de melancolía lo volvió a recorrer una vez más. Lo hizo sin descanso hasta que oyó toser a un vecino por una calle. Entonces se marchó. El coche estaba cubierto por una fina capa de nieve.
-¡Qué maravilla! -exclamó poniendo el motor en marcha-. Y ahora regresemos a casa sin música. En silencio. Oyendo caer la nieve de antaño.

sábado, 5 de enero de 2013

La noche más oscura


LA NOCHE MÁS OSCURA
Película de Kathryn Bigelow

Vicente Adelantado Soriano

Sobre el cine actual se podría decir lo mismo que sobre el teatro de su época decía don Benito Pérez Galdós: no puede tomar muchos vuelos porque el respetable no lo entiende y se aburre; ni puede ser muy pedestre porque entonces deserta una buena parte del público; tiene que moverse, por lo tanto, como Ícaro, en la medianía, entre la vanguardia y lo pedestre.1 Por supuesto que esa medianía depende de la cultura de cada país. Y no es la misma la medianía de ahora que la de entonces, ni es la misma medianía la de la televisión que la del teatro. Evidentemente. A esta consideración, ya de por sí importante, cabría añadir que tanto el cine, y el cine más que nada, como la edición de libros, o el montaje de una obra de teatro, es un negocio. Y los negocios, salvo contadas excepciones, están hechos para ganar dinero, no para educar a nadie. Lo de educar con el teatro lo hicieron los griegos, dicen, allá por el siglo IV a .C.
Obvio es decir, a fin de llevar el público a las salas, el importantísimo papel que juega la publicidad en la época actual. Esa publicidad, por supuesto, se puede hacer de muchas y diversas formas, según a quien vaya dirigida, como la obra. Una de esas formas, hablando del film que nos ocupa, se ha centrado, para darle una verosimilitud añadida a la historia, en la posible relación de la CIA con el equipo de La noche más oscura. Al parecer se ha comentado que, en la película, se revelan las técnicas de tortura empleadas por los señores de la CIA para llegar al escondrijo utilizado por Bin Laden, personaje al que hay que eliminar. Y a ello va encaminado todo el metraje del film.
Vista la película, no puede uno por menos de sorprenderse de que alguien considere que la CIA ha revelado a algún guionista sus técnicas de tortura, pues lo mostrado en la cinta son técnicas que ya se utilizaban en la Edad Media, y que no causan más espanto en el espectador que la escena inquisitorial de El nombre de la rosa, cuando al pobre Salvatore le enseñan un hierro al rojo vivo; y el inquisidor, Bernardo de Guy, aparece como un padre bueno y bondadoso.
Pretender, por otra parte, que la película de Bigelow sea una crítica a no sé qué presupuestos democráticos es pedir cotufas en el golfo. Y no porque la señora Bigelow piense de esta o de la otra manera, sino porque ha hecho, mal que le pese a alguien, una película de aventuras, casi del oeste; y, al igual que en estas, no hay ningún planteamiento ideológico, al menos de forma clara y abierta. Demasiado temprano para ello. De hecho en las películas del oeste tuvieron que pasar algunas décadas para que Hollywood se planteara la parte de razón que tenían los indios. Ya se sabe: la historia siempre la escribe quien gana. Y, por supuesto, la empatía siempre cae del lado del vaquero, del blanco, de quien por mucho que cabalgue nunca jamás se despeina ni suda.
En La noche más oscura no hay ningún planteamiento de por qué surge el terrorismo, ni qué es lo que este pretende. No es eso lo que pretende dilucidar la cinta. Insisto: con un tema de actualidad se ha hecho, sencillamente, una película de acción. Que, por supuesto, no es inocente. Nada en esta vida lo es. Pero aquí lo único que se dirime es si la protagonista tiene o no razón en su pretendida localización de Bin Laden, y en su valor para enfrentarse a sus superiores dentro de la CIA. Ese es el tema. Llevado, y en eso Bigelow es una maestra, con muy buen tino y ritmo. No podían faltar, por supuesto, las escenas de acción perfectamente narradas, por cierto.
La película parte, pues, del presupuesto de que el terrorismo es malo: se recuerda, mediante grabaciones de voz, la destrucción de las Torres Gemelas, la muerte de 3.000 inocentes; y se busca, por supuesto, al cerebro de aquella masacre. Se recurre para ello a las torturas, unas torturas que, vistos a los torturados, no parecen ni tan terribles ni tan dolorosas. Y es ahí donde creemos que se ha respetado, y mucho, a la CIA. Ni de lejos parece que las cosas fueran tan suaves, aunque se queje un personaje de que los presos de Guantánamo tienen ya hasta abogado. Tal como suena. Y, desde luego, en ningún momento aparece en la película la visión del torturado, y por qué ha aceptado este meterse en una organización terrorista. Eso sería hacer otra película. Y no es el tema, lo repito, de La noche más oscura. Es una película de aventuras. Y el resto no es sino pura propaganda que puede despistar a más de uno. En ningún momento se dice nada que no sea políticamente correcto. Pues también, vistas las escenas finales, podían haber capturado a Bin Laden y haberlo sometido a juicio, cosa que debería hacerse en una democracia. Pero, claro, las complicaciones iban a ser tantas que más valía aplicar la política de hechos consumados. Esto tampoco se plantea. No hay nada en la película de Bigelow que pueda molestar o impedir obtener algún que otro óscar. Dejadas estas consideraciones aparte, La noche más oscura cumple a la perfección su cometido: hacer pasar un par de horas pegado a la butaca, y que el espectador, si no pide imposibles, pase un buen rato. Nada más. No es una película inocente, desde luego. Como tampoco lo es la Ilíada ni el Mio Cid, por poner un par de ejemplos. Ahora bien, las tres obras son de lectura recomendable, sobre todo las impresas en papel.

1Para más información véase el excelente prólogo de Luis F. Díaz Larios a La de San Quintín. Electra. En Cátedra, Letras Hispánicas, nº 535

Deseos


DESEOS

Vicente Adelantado Soriano

Este era mi sueño: un campo no muy grande,
con un huerto y una fuente perenne vecina a la casa,
y por encima de esta un poco de bosque.
Horacio, Sátiras.

Estaba descubriendo, de mayor, un cierto placer en cosas que antes le molestaban sobremanera. Ahora, acercándose ya a la vejez, aquellas cosas tan molestas le resultaban agradables, gratas y hasta simpáticas. De joven le incordiaba bastante, por ejemplo, que alguien, sin su permiso, o dándoselo por compromiso, se sentara a su lado, y se pusiera a hablarle llegando incluso a la osadía de tocarlo y de contarle su vida. Creyó recordar por aquel entonces que era don Ramón María del Valle-Inclán quien se definía a sí mismo como confesor de princesas, o algo similar. Y él, que siempre atraía al esperpento, al decir de un amigo, como el hierro atrae al rayo, se vio relegado a la categoría de confesor de acatarrados de la tercera edad, o de gentes de poco pelo y menos sustancia.
-Princesas, lo que se dice princesas, no he confesado casi nunca -se decía con un guiño y un dejo de ironía-. Y tal vez no valga la pena. Al fin y al cabo, ¿qué van a contar?
A veces, sin embargo, y sorprendiéndolo, le contaron cosas divertidas y llenas de picardías. Sonrió evocándolas. Ahora bien, recordando a algunos de aquellos acatarrados penitentes, se arrepentía a menudo de haber sido, de joven, un tanto intransigente con ellos.
-Por culpa de esa intransigencia -se decía con un dejo de amargura- no supe sacar provecho de aquellas confesiones. Ni fui muy amable que digamos, que es lo más importante.
Reconocía que, con el paso del tiempo, se había vuelto más paciente y tolerante con las personas, quizás porque ya no tenía nada que perder, ni siquiera el tiempo, que sabía más que agotado.
-A mi edad -se decía de vez en cuando- mi padre llevaba ya diez años enterrado. He sobrevivido a bastantes amigos y a muchos conocidos. Y eso no me hace nada feliz. Mi felicidad hubiera estado... ¿quién sabe dónde hubiese estado?
Con la pregunta en los labios recordó la vieja sátira de Horacio que tanto le gustaba, y que tantas veces se repetía:

¿Por qué, Mecenas, nadie está contento
con la suerte que le ha proporcionado o bien su razón,
o bien la fortuna; por qué nadie vive satisfecho,
y alaba a quienes siguen caminos distintos al suyo?1

También recordó la tarde en que se acordó de aquella sátira. Y que a su vez, como en un endiablado juego de muñecas rusas, le hizo recordar otra lejana tarde: iba entonces, con los libros bajo el brazo, camino de la facultad. Llegaba tarde a clase, así que iba más que a prisa. Y de golpe y porrazo, sin saber por qué, recordó a un amigo al que hacía mucho tiempo que no veía.
-Y fue acordarme de él, y darme de narices con su persona. Aquello fue el reinicio de una bella amistad.
-A mí también me ha pasado alguna vez -recordó que le contó aquella persona que, al igual que muchas otras, se sentó a su lado una tarde, aunque esta tuvo la deferencia de no estar dándole golpecitos en el brazo, subrayados, cada vez que hablaba.
-Sí -reflexionó-. A veces parece como si la mente nos avisará de las cosas que nos va a suceder.
-Puede ser -le dijo aquel anciano- que los antepasados tengan razón: si prestas atención a las cosas, y a tu cabeza, sabes lo que va a suceder. Todos los animales intuyen el peligro.
Sonrió con escepticismo. Su compañero captó aquella sonrisa.
-Yo tampoco me lo acabo de creer del todo -dijo-. Tal vez porque con el paso del tiempo, vamos perdiendo facultades.
-Pero tenemos prótesis -replicó con cierta ironía.
-En eso tiene razón -asintió sonriendo.
-Pero me estoy perdiendo -se dijo-. Tengo que rebobinar. Yo me estaba acordando de la sátira de Horacio, sentado en un banco de un parque, cuando aquel hombre se sentó a mi lado. Y comenzó a hablar. Me llamó la atención porque lo que dijo estaba relacionado con lo que yo estaba pensando; y por eso me acordé de aquella otra tarde, cuando al acordarme de mi amigo, este se me hizo presente en carne y hueso.
-Sólo un hombre de mi edad me puede entender -dijo por todo saludo en tanto se sentaba-. Y ya sé que nada tiene importancia a estas alturas; pero como no tengo otra cosa que hacer no hago más que darle vueltas a una cosa: no he sido feliz en esta vida. Y lo más curioso del caso es que culpo a mis padres de esa infelicidad mía. Sé que, en el fondo, no es así; pero no lo puedo evitar.
Se quedó pasmado ante semejante presentación. No era la primera vez que oía alguna que otra confesión; pero nunca lo habían abordado de forma tan directa ni decidida. Temió, como también le ocurriera alguna que otra vez, estar sentado al lado de un loco. Se tranquilizó, pues no creyó que pudiera hacerle mucho daño: ni el uno ni el otro estaban para hacer uso de la fuerza, o para gastar excesiva saliva.
-Mis padres -continuó el viejo penitente- eran labradores y pobres. Y se empeñaron en emigrar y en venirse a la capital.
-Y usted no quería salir del pueblo.
-¿Cómo lo sabe?
-Nos ha pasado a casi todos.
-No, no quise salir del pueblo. Me costó un serio disgusto hacerlo. Pero luego me pegó por no querer regresar a él nunca jamás. Volví una vez, sí; y no sé qué ideas llevaba en la cabeza, pero nada de lo que encontré era lo que recordaba o esperaba... y no volví.
-Vale más un buen recuerdo que una triste realidad.
-No sé qué decirle.
-Yo me estaba acordando de una poesía en la que se viene a decir que nadie está contento con su destino; y que siempre se envidia el del vecino, aun sin saber qué opina este.
-Ni falta que hace: lo más probable es que envidie al que lo envidia. Y así vamos pasando la triste vida. Ahora bien -añadió- también pienso que de haberme quedado en el pueblo, a estas horas estaría renegando de mis padres por no haberme procurado un futuro mejor. Creo que estoy empezando a chochear.
-Sí, siempre tendemos a culpar a los otros.
-Tiene usted razón. Y mire que cuesta de quitar ese vicio, ¿eh?
-Sí, es verdad. De todas formas, se podía haber consolado con la lectura de la poesía que yo estaba leyendo. Se cuenta en ella que un ratón de ciudad convence a otro de campo para irse a vivir a la urbe. Allí, en una casa, se sacian con los restos de un opíparo banquete. Hasta que los perros comienzan a ladrar y a perseguirlos. Es tal el susto que el ratón de campo prefiere más la vida tranquila de su pueblo, aunque en él sólo tenga lo necesario para su sustento.
-Dudo que estando en el pueblo hubiera podido leer algo así o de otra forma.
-Tampoco crea que son muchos quienes lo hacen aquí en la capital.
-Porque ellos lo quieren, y lo escogen así. Allí no hubiera sido yo quien lo hubiese decidido.
-Entonces ¿Por qué se queja de que sus padres lo sacaran del pueblo?
-Pues porque supongo que me hubiese gustado que mi vida se desarrollara de otra forma.
-¿Cómo?
-No lo sé. De otra forma. Quizás lo mejor sea no tener referentes para ciertas cosas. ¿Sabe? Yo tenía un amigo que todos los veranos se iba al chalet de sus padres. Este estaba edificado al pie de una montaña de no muy fácil acceso. Todos los fines de semana había muchos ciclistas midiendo sus fuerzas con la dura carretera. Mi amigo todos los años subía pedaleando a lo más alto del pico. Cuando coronaba la montaña se sentía todavía ágil y joven. Y se alegraba mucho. Pero un año murió su padre, se vendió el chalet, y él dejó de pedalear por montes y carreteras. Envejeció tranquilamente, sin tener que demostrarse nada. ¿Qué le parece?
-Y tal vez sin amargarse. Es lo mejor. Eso y aceptar que algún día lo perderemos todo. Hasta la vida.
-Sí. Tiene razón: a veces me da la impresión de que somos como árboles. A lo largo de las estaciones vamos perdiendo hojas, que son las ilusiones, las esperanzas, los dientes, el pelo, y la vida.
-Hombre, pero los árboles reverdecen.
-Y algunas ilusiones también, ¿verdad?
-Sí, claro que sí.
-Yo me acuerdo muy a menudo de cuando era un crío. La infancia es una edad mágica, ¿no le parece? En el pueblo no es que fuéramos sobrados, pero todavía nos daba para algo de ilusión. Me acuerdo muy a menudo de cuando escribí mi primera carta a los Reyes Magos. No pedí nada del otro jueves, y quizás por eso tuve cuanto pedí. Ahora bien, lo que más me impresionó fue tener a mis órdenes a tres magos que lo único que me exigían por un par de regalos era un comportamiento adecuado. ¿No es estupendo?
-Sí, sí que lo es. Como también lo es, de vez en cuando, dejarse engañar. No, no se asuste. Quiero decir que yo, ya de mayor, también les escribí una carta a los Reyes Magos. Les pedía tiempo libre para leer y estudiar. Yo quería ser sabio, como Salomón, pero por mis propios méritos, no porque nadie me lo regalara... Por supuesto que no me creí mi carta, aunque durante unos minutos disfruté con mi pequeña broma.
-¿Y cómo se la iba a creer? Más tarde o más temprano, salvo que uno esté mal de la cabeza, loco de atar, se descubre que todo es mentira. Ni hay Reyes, ni magia, ni nada de nada. Triste y dura realidad. Posiblemente la infancia sea la única etapa en la vida en la que la palabra tiene sentido. Dice lo que significa, o al contrario. Decir algo es tenerlo. Es como aquellos verbos que me explicaron en una clase que pronunciarlos era cometer la acción. ¿Sabe de lo que hablo?
-Sí, creo que sí. Algo como que al decir yo juro, ya se ha jurado.
-Eso mismo. Luego, las palabras se convierten en tapaderas, en mentiras. Ya no significan nada, o significan lo contrario de lo que pone en el diccionario. Por ejemplo, si un político le dice que no se van a subir los impuestos, es que los van a subir.
-Con la iglesia hemos dado, Sancho. Ni me miente a semejante calaña. Aunque tengo que decirle que no hay mucha diferencia entre ellos y entre cualquier otra agrupación, sea grupo, secta, asociación, tenida, y sea laica o religiosa. Lo mismo da.
-Estamos buenos usted y yo.
-Somos mayores, estimado señor. De todas formas -dijo tras meditar durante unos segundos- todavía hay sitios en los que la palabra equivale a una verdad. Si entra en un bar y pide una cerveza, el camarero le servirá una cerveza.
-Porque es un buen hombre, o un ingenuo. Supone que tengo dinero; pero si supiera que no lo tengo, me tiraría del local con cajas destempladas.
-Todos trabajamos por el vil metal.
-Por supuesto. ¿Y qué es la palabra sin dinero?
-No sé. Algo así como la fe sin obras. Aunque con esto se puede engañar a todo el mundo, y con aquello...
-Con aquello también. Es un poco más complicado o difícil, pero no hay más que ver todo cuanto ha sucedido con los bancos, los banqueros, los políticos y los cargos públicos. Prometiendo el oro y el moro han robado y estafado todo cuanto han querido y un poco más.
-Ha sido todo bastante lamentable. Y en un país que se apellida católico.
-Ni católico ni protestante. Religiones e ideologías a menudo no son sino tapaderas. Y por eso pienso, a veces, que tal vez hubiera sido un acierto no haber salido del pueblo.
-¿Qué quiere que le diga? Es inútil lamentarse. Sea como fuere, ya no hay vuelta atrás.
-Eso es lo que tiene de bueno la vejez: ya no hay una segunda oportunidad, ya no es posible el fracaso. Es cuando uno vive y disfruta del día en toda su plenitud, ¿no le parece? Nunca se sabe si se gozará del día de mañana.
-Sí, todo en esta vida cuesta mucho de alcanzar. Hasta el famoso carpe diem.
-Y si ya no se tiene el día de mañana tampoco pasa nada. Nadie lo va a lamentar. ¿Sabe? Hace algunos meses vendí el piso en el que vivía, repartí el dinero entre mis hijos, y yo me fui a una residencia. Tenía dinero ahorrado para pagármela, no vaya a creer.
Fue entonces cuando intuyó que comenzaba la verdadera confesión, y cuando comenzó a preparar la absolución. La recordó: ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Vete y no peques más. Y echó de menos a aquella buena amiga, a la que siempre absolvía de todo, y que siempre se recreaba contándole un viaje a París con un hombre de usar y tirar. No pudo evitar sonreírse. La buena mujer llenó París de rincones eróticos y de posturas malabares.
-La vida tranquila -prosiguió el otro- se logra cuando uno tiene o conserva su propia independencia económica. Sí, ya sé lo que me va a decir: que también esto cuesta mucho lograrlo. Y así es. Así es. Eso y no molestar a nadie. Si me hubiera quedado en mi casa, es posible que mis hijos estuvieran rezando para que yo me muriera. Y sí, están muy bien educados, todo lo que usted quiera; pero el hombre es el hombre. No se puede remediar. Así tienen el dinero, yo estoy tranquilo en una residencia, y nadie reza porque muera o siga viviendo. Y cuando me quede tieso, nadie respirará aliviado, ni nadie lo lamentará. Espero. Será como si se desapareciera una merluza o se cayera una hoja de un árbol.
Estaba claro que semejante confesión no buscaba el perdón de los pecados, que no los había, ni de nada. Era hablar por pasar el rato. No hacían mal a nadie con ello.
-Yo también estoy en una residencia -confesó él a su vez-. No es que allí haya la calidez de un hogar, pero me dejan entrar y salir cuando quiero. Voy al cine, vuelvo del cine y tengo la cena preparada y la cama hecha. ¿Qué más se puede pedir a estas alturas?
-¡Ah! Con eso ya es más que suficiente. Más de uno se daría con un canto en los dientes.
-Desde luego.
-Y además, como pagamos, nadie nos puede chillar, aunque algunos renieguen. Pero como decía el borracho de mi pueblo, cada uno es cada uno y cada uno se comporta como quien es.
Y sin más se levantó y se fue. Sin despedirse, ni tender la mano, ni añadir una sola palabra. Estaba claro que las palabras, al menos, habían servido para distraerse durante unos momentos.
-Y para sentirnos un poco humanos -puntualizó levantándose él también y recordando una vez más a Horacio, aunque ahora lo hizo en latín-. Hoc erat in votis. Era esto lo que deseaba. Y que la próxima vez sea una princesa quien se se me acerque, aunque esté desdentada, porque a estas alturas bastante hacemos con tenernos a nosotros mismos, aunque sea sin la casa, la fuente ni el bosque. ¿Qué habrá sido de mi princesa de París? Hace tiempo que no sé nada de ella. Seguro que sigue pecando, o que, como a la madre Celestina, todavía le queda la dentera. Ojalá sea así.

1Horacio, Sátiras, I

sábado, 29 de diciembre de 2012

Una triste noticia


UNA TRISTE NOTICIA

Vicente Adelantado Soriano

Y en todas las cosas humanas sucede, si bien se mira, que no se puede quitar un inconveniente sin que inmediatamente surja otro.
Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio

Así pues, cuando de nuevo llega la misma causa, nosotros que hemos llegado a ser los mismos haremos las mismas cosas y de la misma manera, y así también todos los demás hombres.
Plutarco, Sobre el hado

Se ha vuelto a repetir la tragedia. Cada cierto tiempo en Estados Unidos, casi de forma sistemática, se producen y reproducen hechos de este calibre. Una persona, en este caso un joven de 20 años, ha entrado, no en un instituto o en una universidad, sino en una guardería infantil, armado como si se fuera a la guerra, y ha abierto fuego contra niños y profesoras, personas cuyo único delito era haber nacido y estar allí. No se sabe, a estas alturas, qué ha llevado a este joven a matar a esos niños, y a suicidarse él. Quizás la explicación más sencilla sea reconocer que este hombre tenía las facultades mentales perturbadas. Desde luego hay que estar loco para matar a una persona sin más, aunque sea por razones ideológicas, y máxime cuando esas personas son niños de entre entre tres y cinco o seis años.
La masacre ha reabierto, una vez más, la polémica sobre si prohibir la venta de armas en Estados Unidos, o si dejar que esta continúe por mor de la libertad y de la constitución. No creo que los partidarios de la prohibición consigan ninguna ventaja, pese a los niños recientemente asesinados. No por amor a la libertad o a la constitución americana de sus oponentes, sino por la ingente cantidad de dinero, poderoso caballero, que mueve este nefasto mercado de estos fieros artilugios. También existe ese amor a la libertad, al menos de palabra, en otros países donde, aparentemente, no es tan fácil hacerse con un arma. La industria armamentística es muy fuerte, tiene muchos intereses, y luchará a muerte para que no se derogue la famosa libertad de portar armas, y de tener un arsenal en casa, como, al parecer, era el caso de la madre del joven asesino, también abatida por este. Los americanos, pese a estos asesinatos, y a otros que vendrán, seguirán siendo libres de llevar armas, así dentro de unos pocos años, con toda probabilidad, se repetirá el horror que ahora hemos vivido. Se ampararán, para ello, cómo no, en la Constitución. Sí, la Constitución amparaba que la madre del asesino tuviera un arsenal en casa, y llevara a sus hijos, los domingos por la mañana, a practicar el tiro al blanco. También la ampararía, seguramente, en el caso de que hubiera decidido llevarlos a una biblioteca pública, a una sesión matinal de teatro, o a oír algún concierto de música clásica.
Hay personas que, cuando hablan de la Constitución de su país, parece que estén hablando de los Diez Mandamientos; de algo considerado como palabra de Dios y, en consecuencia, inamovible. Los diez mandamientos en su inmensa mayoría no son sino la ley natural, unas normas básicas de convivencia. Y las constituciones son hijas de su tiempo; y, por supuesto, del hombre o de los hombres que las redactaron. Este todavía no ha creado nada que no sea mejorable, que no se transforme con el tiempo y requiera de su revisión y puesta al día. A nadie, por ejemplo, se le ocurriría gobernar hoy con la constitución de Licurgo o con las leyes de la Atenas de Pericles. Y no porque aquellas no tuvieran sus cosas buenas y positivas, sino porque nuestra realidad, al menos en algunos aspectos, es distinta a la de tan benditos y lejanos tiempos. Eso sin olvidar que, cuando interesa, la constitución y las leyes se vuelven papel mojado. No hace falta que nos vayamos fuera para verlo y comprobarlo. Un ciudadano español, por ejemplo, no se puede mover libremente por su territorio, si es funcionario o tiene que hacer oposiciones, a menos que conozca los cuatro dialectos áticos o esté inspirado por el Espíritu Santo. Caso contrario es un invasor.
Está muy bien conocer muchos idiomas, pues estos abren las puertas a infinidad de conocimientos. Un inocente estudiante de filología se podría emocionar viendo manifestaciones, tanto en la Hispania Citerior como en la Ulterior, o en la Tarraconensis y en la Bética, de grupos de personas, humanas en su inmensa mayoría, en defensa de su lengua y de sus famosas señas de identidad. Lo malo del caso es que si ese inocente estudiante hablara con algunos de los manifestantes, tal vez se llevara la sorpresa de que la inmensa mayoría de estos ni ha leído un libro, ni en su lengua, ni en ninguna, y que, además, no lo piensa ni leer. No hace falta leer, razonan, para defender algo que es suyo. Y lo más suyo es la lengua.
Algo similar le puede suceder a un pacífico creyente cuando ve a miles de personas, a través de la televisión, manifestándose porque alguien, aparentemente, se ha reído de su dios o de su profeta haciendo caricaturas en una revista o rodando películas malas y de peor gusto. Viendo las caras de los manifestantes en demanda de sangre, venganza y cabezas cortadas, se pregunta uno a qué tipo de dios están defendiendo. O a qué ser superior se desea preservar quemando los libros sagrados de otras religiones. Hay acciones que parecen empeñadas en hacernos creer que todavía estamos en la Edad Media, que no fue ni tan oscura ni tan bárbara por mucho que las comparaciones resulten odiosas.
Ignoro en qué parte del Corán se dice que la mujer tiene que ir tapada como si estuviera enterrada en vida. Ignoro en qué evangelio se dice que un inquisidor tiene derecho a condenar a la hoguera a un ser vivo. Ignoro muchas cosas; pero sé que hay un claro mandamiento, muy relacionado con las armas: no matarás. Y creo que este mandamiento va dirigido a todos, al menos a todos los que sean creyentes. Pero este mandamiento, como el de amarás a tu prójimo y a tu enemigo, tiene un grave problema: va en contra de cierta naturaleza humana, incluso en contra de muchos pretendidos creyentes. Por eso mismo hubo que adaptarlo enseguida. Y como no podía dejar de suceder, salió el exégeta, el discípulo que siempre traiciona al maestro y permite hacer lo contrario de lo que predicó aquel:
Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte, como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes.1
No dice san Agustín dónde señala la autoridad divina las excepciones al famoso y traído no matarás. Tampoco hace falta buscarlo: el hombre es capaz de darle la vuelta a cualquier cosa para hacer lo que, en el fondo, desea hacer, así tenga que ir en contra del mismísimo Zeus y de todas las leyes humanas y divinas. No obstante, muchos años después, sería Thomas Moro quien respondería a san Agustín: Dios prohíbe matar, viene a decir Moro; y si se acepta la pena de muerte entre cristianos, llegamos a la conclusión de que los Mandamientos obligan cuando lo determinan las leyes humanas.2 Y eso es lo que ha sucedido, y lo que sigue sucediendo. Quizás porque así está grabado a fuego en la misma naturaleza del hombre. Pues se supone que quien defiende a su Dios, debe defender su creación, y nada más cercano a él que el hombre. ¿Cómo entonces se atreven a destruir a este? Tan absurda pregunta se puede responder de infinidad de modos y maneras, pues siempre unos emprenderán la guerra justa contra otros, que son injustos. Y tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres. Ya lo advertía el propio Erasmo de Rotterdam:
Tantas son las facciones cuantas son las cofradías. Los dominicos están desavenidos con los minoritas; los benedictinos tienen diferencias con los bernardinos; tantos son los hombres cuantos son los cultos, tantas las ceremonias que la pasión hace distintas para que no hubiera acuerdo posible, a cada cual le gusta lo propio y condena y odia lo ajeno.3
Y lo que más condena el hombre es todo aquello que puede atentar contra su estatuto social o sus medios de vida. A veces, para preservarlos, se valdrá de la religión, de la filosofía, de las leyes; y, por supuesto, de la fuerza. Pues para tener razón no hay nada tan contundente como la posibilidad de condenar al otro a prisión, a galeras, o de quitarle la vida. La solución es tan brutal que la mayoría de los humanos, con miedo al dolor y a la muerte, aceptarán tal justicia, o la visión de las cosas de quien manda, para poder, al menos, seguir viviendo. Somos habitantes de una sociedad violenta.
No es la muerte, sin embargo, lo más terrible. Ni la milicia, en consecuencia, pues como dice el marinero:
Se entra en combate:
en una hora hora viene rápida la muerte o alegre la victoria.4
Lo terrible, tal vez lo peor, sea la desazón, la esclavitud. El depender de un trabajo, pues sin él no se come, y de sus consecuencias: tener que soportar injusticias, tomaduras de pelo, pérdidas de todo tipo de derechos, penosamente adquiridos, viendo como, mientras tanto, otros se enriquecen a costa de la inmensa mayoría. Es, por supuesto, un tipo de violencia que, a su vez, genera otra, y otra más. Y la violencia, cuando no se corta pronto, va engrosando y convirtiéndose cada vez en más peligrosa. Ahora bien,
No será fácil que emprenda una guerra quien no mira más que el interés general. Lo que estamos viendo es cabalmente todo lo contrario: casi todas las causas de la guerra nacen de pretextos que nada tienen que ver con el bien del pueblo.5
Y no se hace la guerra sin armas. También, de alguna forma, tienen razón quienes defienden la libertad de portar estas, o de tenerlas en casa. No sucede nada malo con ellas, dicen, si se tiene sentido común, y se sabe valorar una vida humana. Y tal vez para ello, como han apuntado en alguna ocasión, habría que comenzar por regular las películas violentas y los videojuegos de la misma calaña, al alcance de cualquier adolescente. No en balde los griegos prohibían escenas de violencia en las obras de teatro. Ahora, por el contrario, cualquier niño de diez o doce años, ya está más que habituado a ver escenas violentas en el cine y en la televisión. Tanto es así que la violencia, para ellos, es un espectáculo que, además, y por regla general, les produce risa. Es para meditar sobre ello.
Es difícil dar soluciones al problema. Ahora bien, quizás lo mejor fuera no portar ni tener armas, y menos cuando en casa hay algún elemento inestable. Quizás habría que enseñarles a ciertos niños que, tal vez, los marcianos frenen sus ataques cuando vean que somos personas pacíficas que vamos a oír conciertos, a ver obras de teatro o a pasear con los amigos por caminos rurales o urbanos. Aun así tal vez nunca podamos erradicar la violencia ni la locura. Llama la atención cuánto se han perfeccionado las armas y qué poco lo ha hecho el hombre. ¿Y para qué quiere una persona un arsenal en su casa? A veces leyendo artículos, o viendo programas sobre la exploración espacial, se pregunta uno qué pasaría si esos avances, si todo ese dinero de estaciones espaciales robots, etc., lo aplicáramos al hombre y a su desarrollo. Pero no, no es cuestión de dinero. El problema del hombre es que tiene una capa más difícil de horadar que el más duro de los asteroides, pues siempre ha tenido y tendrá justificaciones para todo: para matar y condenar al otro sobre todo, pues siempre es el otro quien se equivoca y hace las cosas mal, es el otro quien comienza las guerras injustas. Quien las hace bien, por el contrario, está cercano a la divinidad, por supuesto. Y no hay esclavo más abyecto ni más servil que quienes se consideran, como suele decirse, cercanos a los dioses y señores de todos.6 Y esto pasa en toda sociedad humana y con toda constitución y creencia humana o divina. El hombre, por desgracia, siempre es igual a sí mismo. Y dudo ya de que haya algo que hacer. Cada vez lo dudo más. Sí, la vida humana no es otra cosa que un juego de necios.7 Un absurdo juego en el cual siempre son los inocentes quienes más tienen que perder y quienes más pierden. Sit illis terra levis.
1San Agustín, La ciudad de Dios. Traducción de Santos Santamarta del Río y Miguel Fuentes Lanero. B.A.C. Madrid, 1988, I, 21
2Tomás Moro, Utopía, Traducción de Pedro Rodríguez Santidrián, Alianza Editorial, Madrid, 1998, p. 86
3Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano. Querella de la paz. Traducción de Lorenzo Riber. Ediciones Orbis, Madrid, 1985 p. 118
4Horacio, Sátiras, Epístolas. Arte poética. Traducción de Horacio Silvestre. Cátedra Letras Universales. Madrid, 2010, Sátira I, v 7-8
5Erasmo de Rotterdam, Opus ctda., p. 138
6Erasmo de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra, Traducción de Ramón Puig de la Bellacasa. Alianza Editorial, Madrid, 2008, p.116
7Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, Traducción de A. Rodríguez Bachiller, Ediciones Orbis, Madrid, 1984, cap. XXVII

viernes, 21 de diciembre de 2012

Cuento navideño


CUENTO NAVIDEÑO
(Breve felicitación)

Vicente Adelantado Soriano

En la finca en la que yo vivo hay tres o cuatro excelentes músicos, y muchas y bellas personas. Una noche de Nochebuena de hace unos cuantos años, mientras me estaba preparando la cena, a uno de estos músicos se le ocurrió una idea genial, que se ha convertido ya en un rito: salió a su pasillo, y desde allí, con su bonito saxofón, tras un breve preludio para llamar la atención, nos tocó Noche de paz. La canción me supo a gloria. El saxofón sonaba de maravilla. Me recordó mi primer viaje a París, cuando, caminando por las galerías del metro, oí las notas de un melancólico acordeón. Me detuve entonces. La gente se apresuraba a mi alrededor. Yo me quedé quieto, concentrado en la música. Al igual que entonces de caminar, dejé ahora los fogones en cuanto oí las primeras notas del saxo; y salí al descansillo para oírlo mejor. Allí coincidí con otros vecinos. Cuando terminó la canción, y nos íbamos a felicitar, el vecino que toca el violín, de un piso más bajo, se arrancó con la misma pieza navideña; y cuando terminó él le contestó el trompeta del piso tercero. Fue una delicia. El mejor regalo que me han hecho nunca en Navidades. Terminamos todos estrechándonos las manos y felicitándonos de un piso a otro. La finca se llenó de música, felicitaciones y risas.
No recuerdo qué rey o vecino griego puso en venta un campo suyo. El precio que pedía era muy elevado, excesivo; y al preguntarle a qué se debía ello, contestó que al hecho de tener unos buenos vecinos.
Yo, por desgracia, no sé tocar ningún instrumento, y todos vosotros, lectores y amigos, estáis demasiado lejos para oírme. Lo único que sé hacer es amontonar palabras, como Zeus amontonaba nubes. Así que con esas palabras, a falta de algo mejor, os deseo unas felices fiestas y próspero año nuevo. Y que los dioses derramen toda la felicidad del mundo sobre vuestras cabezas y corazones. Felicidades.

VAS

Feliz navidad


FELIZ NAVIDAD
(Primer trimestre del curso)

Vicente Adelantado Soriano

I

PREGUNTAS

Pero si alguna vez tienes que educar en la práctica a estos niños que ahora en teoría educas y formas, no permitirás que los gobernantes del Estado y las autoridades en las cosas supremas sean irracionales, como líneas irracionales.”1
Platón, La República.

Nada hay más deprimente, a principio de curso, a mediados y a finales, que leer y releer la República de Platón, y comprobar la enorme distancia que media entre lo que se propuso la filosofía, con respecto a la educación, hace más de 2.500 años, y los resultados que hemos obtenido y seguimos obteniendo. Por supuesto que se complementan tales resultados con lo que demandaba Sócrates al gobernante de la tal república, y lo que tienen y ofrecen los gobernantes de estas absurdas democracias regidas por el capital, la corrupción y la más negra opacidad. Claro como el agua está que nadie le hizo caso, en la práctica, ni a Platón ni a Sócrates. Aunque tampoco esté de más considerarlos como paradigmas, y hacer un juego de contrastes.
Llegar a gobernar en la república de Platón exige tal preparación, tal ascetismo, tan acabada areté, tal capacidad de renuncia y dominio de sí mismo, que el lector, asombrado, se pregunta, en más de una ocasión, si lo que busca Sócrates era un gobernante o un místico laico, algo así como un san Juan de la Cruz ateniense. Desde luego ninguna de las facultades exigidas por Sócrates, sobriedad, pobreza, frugalidad, capacidad para soportar el dolor, amor a la filosofía, etc., adornan a ninguno de los gobernantes de hoy en día que son, por el contrario, bastante burdos e irracionales.
Sabemos, gracias a la República, lo que se necesitaba para llegar a gobernar en ese estado, que se pretendía perfecto. Pero sigue siendo un misterio cómo los jefes de los partidos actuales, que luego, con un poco de suerte y ayuda de la televisión, alcanzan el poder, son elegidos, y por quién; de qué modo y manera se convierten en los líderes de sus formaciones políticas. Porque viendo actitudes, oyendo parlamentos y propuestas, se hace difícil aceptar que no haya gente más capaz ni mejor que la que tenemos ocupando escaños y despachos. Quizás el escalar peldaños se deba, más que a méritos propios, a intrigas, a amiguismos, a oportunismos y toda la parafernalia subsiguiente. Eso explica que muchos de ellos den un poco de pena, cuando no risa, al intentar explicar cualquier cosa que se les ha preguntado. A veces hasta pueden provocar cámaras y arcadas. No son, desde luego, y en ninguno de los casos, los filósofos que buscaban Platón y Sócrates. No llegan ni siquiera a retóricos. Por no hablar de la honestidad.
Una forma de inteligencia consiste es darse cuenta de las propias limitaciones, y en tratar de corregirlas. Cuando, por ejemplo, no se pueda o no se sepa gobernar, y nadie acepte ni proponga la dimisión (?), lo recomendable es rodearse de los mejores, de quienes saben y dominan la materia, de aquellos que son capaces de suplir nuestras carencias. Ahora bien, parece ser que uno de los problemas actuales está en que no se busca a quienes saben sino a los que son del mismo partido, o de la misma ideología; y que, tal vez, saben o entienden de lo que les interesa, y que refuerzan las decisiones de quien las toma, que, de esta forma, nunca se siente en falta. O, mejor todavía, los conmilitones no saben, pero jamás van a cuestionar lo que hace el líder o quien quiera que mande en los partidos políticos, que es otra incógnita de esta democracia con tanta luz y tantos taquígrafos. Es posible que sea promocionado para líder quien no cuestiona nada dentro del propio partido, quien se ha partido el esternón haciendo reverencias y dando cabezazos. Independientemente de la altura de su ciencia y de sus miras.
Es otra incógnita, y tal vez ni el mismo Edipo fuera capaz de resolverla, el saber qué necesita una persona para llegar, por ejemplo, a ser Ministro de Educación, o Conseller de lo mismo. Y tampoco estaría de más saber hasta qué punto un Ministro, o Ministra, ya que predominan en este ramo las señoras, tiene autonomía para decidir sobre el sistema educativo de un país o comunidad autónoma. Está claro que el primer requisito no es saber o no saber, sino pertenecer al partido que ha ganado las elecciones. ¿Y quién, con dos dedos de frente, y sin ambiciones, tiene ganas de meterse en semejantes berenjenales? Tal vez, es posible, que lo haga quien tenga un proyecto educativo, y sea algo ingenuo, pues lo más probable es que sus sueños se queden por el camino, como la vieja camisa de la serpiente deslizándose entre dos piedras. No de otra forma se explica tan absurdos planes de estudios. Y que, al parecer, nadie está dispuesto a afrontar y cambiar de una vez por todas. El sistema educativo se ha convertido en un arma político-religiosa cada vez más burda y degradada.
II
LIBROS DE TEXTO

Si descorazonador resulta ver y oír a los políticos en sus debates y en sus luchas e intrigas de opereta, más lo es todavía hojear los libros de texto a los que sus respectivos ministerios han dado a luz. Surge, con ellos en las manos, otra ingenua pregunta: ¿Alguien revisa los libros de texto, y los compara unos con otros? ¿Hay en algún lugar un mínimo planteamiento educativo y didáctico? ¿Se comprueba luego si esos libros de texto lo reflejan? Estas preguntas vienen a cuento de que no deja de ser significativo que, año tras año, curso tras curso, los libros de todos los cursos y de todos los niveles repitan exactamente lo mismo, añadiendo o quitando sólo unas cuantas palabras sin excesivo interés. Es desalentador estar un curso y otro curso, y otro y otro más, explicando, por ejemplo, las reglas de acentuación. ¿Tan difíciles son que hay que repetirlas desde 1º de primaria hasta 2º de bachiller y aun así encontrarse con periodistas que no saben acentuar? No, no son difíciles; no se trata de eso. Es falta de gusto por el trabajo bien hecho, carencia de un mínimo sentido de la estética y de ética; y, de la palabra prohibida, por supuesto: esfuerzo, estudio. Codos.
No sirve para justificar tanta repetición, tan absurdo encono en lo mismo, el prejuicio, necio e incorrecto, de que como los alumnos no estudian; por eso mismo hay que repetir un año y otro año lo mismo, a ver si de esta forma se les queda. La gota de agua cayendo sobre el duro granito, que es capaz de horadarla. Eso es, desde luego, justificarse amparándose en los alumnos, que los hay, que no tienen ganas de estudiar. Pero no son la mayoría, afortunadamente. Ni mucho menos. En todas las clases hay gente con deseos de saber y de aprender. Pero por desgracia no son sus deseos, ni sus avances, los que determinan el ritmo de la clase, sino que, muy al contrario, éste viene marcado por los otros, por los que no quieren o les cuesta, o ambas cosas a la vez. Es sacrificar a todo el equipo por quien no sabe pedalear ni tiene interés en subir a la bicicleta. Lo mínimo que se puede decir es que no es justo. Pero claro, los gobernados se asemejan a los gobernantes. De otra forma, sabiendo y con súbditos con sentido crítico, es imposible conducir a un país, como no sea hacia su perdición.
Si hablamos de la E.S.O., creo que estaremos todos de acuerdo, y para ello no hay más que ojear los libros de texto, en que no se necesita una especial preparación para llegar al cuarto curso y obtener el graduado escolar. Las exigencias son mínimas. Se pide lo básico, y aun así tenemos un importante fracaso escolar. ¿Cuál es la solución entonces? ¿Bajar aún más los niveles? ¿Poner más exámenes? Si seguimos por estos derroteros, los alumnos aprenderán a leer cuando lleguen a la Universidad, suponiendo que lleguen. Y siempre y cuando ésta, por supuesto, convierta la prueba de acceso en una prueba un poco más ridícula de lo que ya es.
El fracaso escolar todavía es más sangrante si tenemos en cuenta que, en esta autonomía que nos ampara, se imparten tres horas semanales de lengua autóctona. Es obligatoria, por supuesto. Y troncal, faltaría más. Total para repetir, en lenguaje autóctono, lo que ya se ha dicho en lenguaje nacional en los otros cursos y en las otras asignaturas. Es como enseñar a multiplicar en castellano y en valenciano. Así que en la comunidad que más fracaso tenemos no es que se repiten los libros de texto de la misma asignatura, por ejemplo se explica el sustantivo, en castellano, en 1º, 2º. 3º y 4º, sino que también se repite lo mismo en los libros de valenciano de los mismos cursos. Sólo que aquí se denomina el substantiu. ¿Quién no se aburriría y desesperaría de estar oyendo ocho veces lo mismo?
Cabe preguntarse, por otra parte, qué es lo que se desea obtener con tanta absurda y mecánica repetición. Los alumnos no son tan torpes ni necios como para tener que oír lo mismo durante cuatro años seguidos, más dos de bachiller. Ahora bien, con tanto decir lo mismo, con unas clases tan aburridamente monótonas, y unos libros que sólo se diferencian por las fotos y los dibujos, somos capaces de aburrir al mismo aburrimiento, de conseguir lo que estamos consiguiendo: el desinterés de quienes, en principio, sí estaban interesados. Pero que se ven frenados, en sus apetencias, por las mismas exclamaciones que ellos hacen en clase: “¿Otra vez...?” Sí, otra vez. Y mañana seguiremos igual. Seguramente hasta idiotizar al profesorado y al alumnado. Así gobernantes y gobernados seremos todos iguales. Uno y lo mismo. Cortados por el mismo patrón. Es algo muy divertido: hace siglos ya lo intentó Procusto.
III
HERMANOS SIAMESES

Muy a menudo hemos oído, también, que un proyecto educativo, para saber si es útil o no, adecuado o inadecuado, necesita desarrollarse en el tiempo. Y con el sistema político que tenemos, elecciones cada cuatro años, esto resulta imposible, pues si pierde las elecciones el partido que está en el poder; y el que las gana, como ya es lógico y normal, cambia ese sistema educativo por otro parecido o similar, nos quedamos sin saber los resultados del anterior. Así es. Pues para desgracia nuestra hasta el sistema educativo se ha convertido en arma política. Y en la lucha por el poder, visto lo visto, todo está permitido. Hasta mantenella y no enmendalla.
Es curioso: los políticos, como los directivos, jamás se equivocan ni piden perdón.
Es cierto, por supuesto, que para determinar la bondad de un sistema hay que dejarlo caminar. Pero no menos cierto es que también se puede saber su oportunidad o inoportunidad viendo libros, proyectos, y presupuestos. Porque en la práctica casi todo sistema puede ser bueno. Ahora bien, hay que saber con cuánto dinero se va a apoyar dicho proyecto. Y sabido es que en educación en este país se invierte poco, porque, la verdad es que importa muy poco la educación. La verdadera y seria educación.
Por otra parte no vamos a descubrir nada nuevo diciendo lo que es del dominio común: la educación no es sólo tarea del colegio o del instituto, de los partidos políticos y de los profesores. Es cuestión de toda la sociedad, puesto que a todos nos atañe. Estamos hablando de nuestro bienestar y de nuestra salud:
Digamos, por consiguiente, Adimanto, que las almas bien dotadas, si tropiezan con una mala educación, se vuelven especialmente malas. ¿O piensas acaso que los mayores delitos y la más extrema maldad provienen de una naturaleza mediocre, y no de una vigorosa que ha sido corrompida por la nutrición, y que la naturaleza débil es alguna vez causa de grandes bienes o grandes males?”2
De nada vale, por lo tanto, que un partido, distinto al otro, gane las elecciones, pues termina por implantar un sistema que nada o muy poco se diferencia del anterior, como ya hemos visto en varias ocasiones. La diferencia puede residir, a veces, en impartir religión o no en las aulas, o en la polémica Educación para la Ciudadanía, que ha convertido a algún afamado conseller en figura del retablo de las maravillas por no tildarlo de puro bululú o esperpento.
No ha sido, y lo sigue siendo, poco importante el papel de los padres en todo este sistema, y en su realización o fracaso. Pero una vez más hemos sido víctimas de unos errores de interpretación y de apreciación: al despojar al profesor de autoridad dentro del aula, cada vez más limitado, con menos recursos para deshacerse del molesto, del maleducado que, cómo no, se sabe todos sus derechos, le hemos dado todo el poder al alumno quien, por regla general, y por desgracia, cuenta con todo el apoyo de sus padres.
Educar a una persona es muy difícil y complicado. Cuestión de paciencia; y, muchas veces, de estar preparado desde todos los puntos de vista. Es más fácil, desde luego, ir una vez al trimestre al instituto e insultar, y golpear si se tercia, al profesor de turno. Y así el joven goza de entera libertad. Pero ya advertía Platón, fino analista del hombre y sus virtudes, que una democracia sin freno está abocada a la tiranía:
Por ejemplo, que el padre se acostumbra a que el niño sea su semejante, y a temer a los hijos, y el hijo a ser semejante al padre y a no respetar ni temer a sus progenitores, a fin de ser efectivamente libre; el meteco es igualado al ciudadano, el ciudadano al meteco, y del mismo modo el extranjero.”3
Para un partido político lo primordial es llegar al poder. Y una vez establecido en él, mantenerse. De ahí que, en muchas ocasiones, no se atrevan a tomar decisiones que saben impopulares aunque necesarias. Por desgracia priman más los intereses partidistas que el bien común.
Para muchos padres es, igualmente, más cómodo no hacer nada y pensar que la educación es cosa del instituto y de la universidad, y gritar y enfurecerse cuando suspenden al niño y, tal vez, fastidian las vacaciones familiares. Para evitar semejante disgusto quizás sea mejor aprobar al niño ya que, al curso que viene, y es así, volverá a dar la misma materia en distinto curso. De esta forma la familia podrá salir de vacaciones, y gastar, que es, en el fondo, de lo que se trata. La ocupación hotelera nos hace felices a todos.
Ahora bien, hay un sistema de prioridades. Y visto el fracaso que nos rodea, padres, profesores y políticos, deberíamos, cuanto antes, replantearnos las cosas seriamente y tomar cartas en el asunto a fin de no caer en lo que ya vio con toda nitidez Platón hace bastantes años:
Sucede esto [lo dicho en la cita anterior] y otras menudencias como las siguientes: en semejante Estado el maestro teme y adula a los alumnos y los alumnos hacen caso omiso de los maestros, así como de sus preceptores; y en general los jóvenes hacen lo mismo que los adultos y rivalizan con ellos en palabras y acciones; y los mayores, para complacerlos, rebosan de jocosidad y afán de hacer bromas, imitando a los jóvenes, para no parecer antipáticos y mordaces.”4
Como se puede ver tal como actúan los políticos a fin de no perder las elecciones o de ganarlas.
IV
A MODO DE CONCLUSIÓN

Sí, francamente resulta descorazonador, a principios de curso, a mediados o a finales, volver a las páginas de la República. Sin embargo, hacerlo es un buen ejercicio, tanto filosófico como didáctico. Ya sabemos todos, por otra parte, y el mismo Platón no lo ignoraba, que es imposible de llevar a cabo lo que propone él en su famoso y estudiado libro:
¿Piensas, acaso, que un pintor que ha retratado como paradigma al hombre más hermoso, habiendo traducido en el cuadro todos sus rasgos adecuadamente, es menos bueno porque no puede demostrar que semejante hombre pueda existir?”5
Lo que hemos propuesto, a través de varias citas de Platón, es sencillamente algo realizable, creemos, y a lo que se le debería dar prioridad dado el fracaso escolar y la situación a la que estamos llegando. Situación que, por desgracia, todavía no ha terminado su recorrido: recuperación de la autoridad paterna dejando de jugar al compañerismo y a la falsa democracia, revisión del sistema educativo haciendo hincapié en el trabajo y el esfuerzo, y redactar libros de texto en los que traten a los alumnos como personas, no como seres carentes de sentido a los que hay que repetirles siempre lo mismo para que lo comprendan. Si damos una educación para idiotas, no obtendremos otra cosa.
Sería deseable, y tal vez entremos ya en el terreno utópico, que toda la sociedad determinara a dónde quiere llegar con la educación de sus hijos, se lo planteara en serio y actuara en consecuencia. Es posible que los tiempos de crisis en los que nos hallamos inmersos ayuden a ver lo vacío de muchos presupuestos, y a no confundir la felicidad y la buena educación con tristes sucedáneos. Tal vez así consigamos una sociedad más justa, una sociedad en la cual cada uno haga su trabajo de la mejor forma posible. No obstante, no hay que engañarse: poco o nada vamos a lograr. Y de nada vale escribir artículos tan inútiles como este. Lo aprovecharemos, sin embargo, para felicitar las Navidades a quienes hayan tenido la paciencia de llegar hasta aquí. Y a los que no, aunque no enteren, también. Felices fiestas.
1 Platón, la República, libro VII, 534d. Traducción y notas de Conrado Eggers Lan. Editorial Gredos, Marid, 1986
2 Platón, opus ctda., p. 307
3 Platón, opus ctda. p 409
4 Platón, opus ctda., p. 409
5 Platón, Opus ctda. p 281