FELIZ
NAVIDAD
(Primer
trimestre del curso)
Vicente Adelantado Soriano
I
PREGUNTAS
“Pero
si alguna vez tienes que educar en la práctica a estos niños que
ahora en teoría educas y formas, no permitirás que los gobernantes
del Estado y las autoridades en las cosas supremas sean irracionales,
como líneas irracionales.”1
Platón,
La
República.
Nada
hay más deprimente, a principio de curso, a mediados y a finales,
que leer y releer la República
de
Platón, y comprobar la enorme distancia que media entre lo que se
propuso la filosofía, con respecto a la educación, hace más de
2.500 años, y los resultados que hemos obtenido y seguimos
obteniendo. Por supuesto que se complementan tales resultados con lo
que demandaba Sócrates al gobernante de la tal república, y lo que
tienen y ofrecen los gobernantes de estas absurdas democracias
regidas por el capital, la corrupción y la más negra opacidad.
Claro como el agua está que nadie le hizo caso, en la práctica, ni
a Platón ni a Sócrates. Aunque tampoco esté de más considerarlos
como paradigmas, y hacer un juego de contrastes.
Llegar
a gobernar en la república de Platón exige tal preparación, tal
ascetismo, tan acabada areté,
tal
capacidad de renuncia y dominio de sí mismo, que el lector,
asombrado, se pregunta, en más de una ocasión, si lo que busca
Sócrates era un gobernante o un místico laico, algo así como un
san Juan de la Cruz ateniense. Desde luego ninguna de las facultades
exigidas por Sócrates, sobriedad, pobreza, frugalidad, capacidad
para soportar el dolor, amor a la filosofía, etc., adornan a ninguno
de los gobernantes de hoy en día que son, por el contrario, bastante
burdos e irracionales.
Sabemos,
gracias a la República,
lo que se necesitaba para llegar a gobernar en ese estado, que se
pretendía perfecto. Pero sigue siendo un misterio cómo los jefes de
los partidos actuales, que luego, con un poco de suerte y ayuda de la
televisión, alcanzan el poder, son elegidos, y por quién; de qué
modo y manera se convierten en los líderes de sus formaciones
políticas. Porque viendo actitudes, oyendo parlamentos y propuestas,
se hace difícil aceptar que no haya gente más capaz ni mejor que la
que tenemos ocupando escaños y despachos. Quizás el escalar
peldaños se deba, más que a méritos propios, a intrigas, a
amiguismos, a oportunismos y toda la parafernalia subsiguiente. Eso
explica que muchos de ellos den un poco de pena, cuando no risa, al
intentar explicar cualquier cosa que se les ha preguntado. A veces
hasta pueden provocar cámaras y arcadas. No son, desde luego, y en
ninguno de los casos, los filósofos que buscaban Platón y Sócrates.
No llegan ni siquiera a retóricos. Por no hablar de la honestidad.
Una
forma de inteligencia consiste es darse cuenta de las propias
limitaciones, y en tratar de corregirlas. Cuando, por ejemplo, no se
pueda o no se sepa gobernar, y nadie acepte ni proponga la dimisión
(?), lo recomendable es rodearse de los mejores, de quienes saben y
dominan la materia, de aquellos que son capaces de suplir nuestras
carencias. Ahora bien, parece ser que uno de los problemas actuales
está en que no se busca a quienes saben sino a los que son del mismo
partido, o de la misma ideología; y que, tal vez, saben o entienden
de lo que les interesa, y que refuerzan las decisiones de quien las
toma, que, de esta forma, nunca se siente en falta. O, mejor todavía,
los conmilitones no saben, pero jamás van a cuestionar lo que hace
el líder o quien quiera que mande en los partidos políticos, que es
otra incógnita de esta democracia con tanta luz y tantos
taquígrafos. Es posible que sea promocionado para líder quien no
cuestiona nada dentro del propio partido, quien se ha partido el
esternón haciendo reverencias y dando cabezazos. Independientemente
de la altura de su ciencia y de sus miras.
Es
otra incógnita, y tal vez ni el mismo Edipo fuera capaz de
resolverla, el saber qué necesita una persona para llegar, por
ejemplo, a ser Ministro de Educación, o Conseller
de lo
mismo. Y tampoco estaría de más saber hasta qué punto un Ministro,
o Ministra, ya que predominan en este ramo las señoras, tiene
autonomía para decidir sobre el sistema educativo de un país o
comunidad autónoma. Está claro que el primer requisito no es saber
o no saber, sino pertenecer al partido que ha ganado las elecciones.
¿Y quién, con dos dedos de frente, y sin ambiciones, tiene ganas de
meterse en semejantes berenjenales? Tal vez, es posible, que lo haga
quien tenga un proyecto educativo, y sea algo ingenuo, pues lo más
probable es que sus sueños se queden por el camino, como la vieja
camisa de la serpiente deslizándose entre dos piedras. No de otra
forma se explica tan absurdos planes de estudios. Y que, al parecer,
nadie está dispuesto a afrontar y cambiar de una vez por todas. El
sistema educativo se ha convertido en un arma político-religiosa
cada vez más burda y degradada.
II
LIBROS
DE TEXTO
Si
descorazonador resulta ver y oír a los políticos en sus debates y
en sus luchas e intrigas de opereta, más lo es todavía hojear los
libros de texto a los que sus respectivos ministerios han dado a luz.
Surge, con ellos en las manos, otra ingenua pregunta: ¿Alguien
revisa los libros de texto, y los compara unos con otros? ¿Hay en
algún lugar un mínimo planteamiento educativo y didáctico? ¿Se
comprueba luego si esos libros de texto lo reflejan? Estas preguntas
vienen a cuento de que no deja de ser significativo que, año tras
año, curso tras curso, los libros de todos los cursos y de todos los
niveles repitan exactamente lo mismo, añadiendo o quitando sólo
unas cuantas palabras sin excesivo interés. Es desalentador estar un
curso y otro curso, y otro y otro más, explicando, por ejemplo, las
reglas de acentuación. ¿Tan difíciles son que hay que repetirlas
desde 1º de primaria hasta 2º de bachiller y aun así encontrarse
con periodistas que no saben acentuar? No, no son difíciles; no se
trata de eso. Es falta de gusto por el trabajo bien hecho, carencia
de un mínimo sentido de la estética y de ética; y, de la palabra
prohibida, por supuesto: esfuerzo, estudio. Codos.
No
sirve para justificar tanta repetición, tan absurdo encono en lo
mismo, el prejuicio, necio e incorrecto, de que como los alumnos no
estudian; por eso mismo hay que repetir un año y otro año lo mismo,
a ver si de esta forma se les queda. La gota de agua cayendo sobre el
duro granito, que es capaz de horadarla. Eso es, desde luego,
justificarse amparándose en los alumnos, que los hay, que no tienen
ganas de estudiar. Pero no son la mayoría, afortunadamente. Ni mucho
menos. En todas las clases hay gente con deseos de saber y de
aprender. Pero por desgracia no son sus deseos, ni sus avances, los
que determinan el ritmo de la clase, sino que, muy al contrario, éste
viene marcado por los otros, por los que no quieren o les cuesta, o
ambas cosas a la vez. Es sacrificar a todo el equipo por quien no
sabe pedalear ni tiene interés en subir a la bicicleta. Lo mínimo
que se puede decir es que no es justo. Pero claro, los gobernados se
asemejan a los gobernantes. De otra forma, sabiendo y con súbditos
con sentido crítico, es imposible conducir a un país, como no sea
hacia su perdición.
Si
hablamos de la E.S.O., creo que estaremos todos de acuerdo, y para
ello no hay más que ojear los libros de texto, en que no se necesita
una especial preparación para llegar al cuarto curso y obtener el
graduado escolar. Las exigencias son mínimas. Se pide lo básico, y
aun así tenemos un importante fracaso escolar. ¿Cuál es la
solución entonces? ¿Bajar aún más los niveles? ¿Poner más
exámenes? Si seguimos por estos derroteros, los alumnos aprenderán
a leer cuando lleguen a la Universidad, suponiendo que lleguen. Y
siempre y cuando ésta, por supuesto, convierta la prueba de acceso
en una prueba un poco más ridícula de lo que ya es.
El
fracaso escolar todavía es más sangrante si tenemos en cuenta que,
en esta autonomía que nos ampara, se imparten tres horas semanales
de lengua autóctona. Es obligatoria, por supuesto. Y troncal,
faltaría más. Total para repetir, en lenguaje autóctono, lo que ya
se ha dicho en lenguaje nacional en los otros cursos y en las otras
asignaturas. Es como enseñar a multiplicar en castellano y en
valenciano. Así que en la comunidad que más fracaso tenemos no es
que se repiten los libros de texto de la misma asignatura, por
ejemplo se explica el sustantivo, en castellano, en 1º, 2º. 3º y
4º, sino que también se repite lo mismo en los libros de valenciano
de los mismos cursos. Sólo que aquí se denomina el
substantiu. ¿Quién
no se aburriría y desesperaría de estar oyendo ocho veces lo mismo?
Cabe
preguntarse, por otra parte, qué es lo que se desea obtener con
tanta absurda y mecánica repetición. Los alumnos no son tan torpes
ni necios como para tener que oír lo mismo durante cuatro años
seguidos, más dos de bachiller. Ahora bien, con tanto decir lo
mismo, con unas clases tan aburridamente monótonas, y unos libros
que sólo se diferencian por las fotos y los dibujos, somos capaces
de aburrir al mismo aburrimiento, de conseguir lo que estamos
consiguiendo: el desinterés de quienes, en principio, sí estaban
interesados. Pero que se ven frenados, en sus apetencias, por las
mismas exclamaciones que ellos hacen en clase: “¿Otra vez...?”
Sí, otra vez. Y mañana seguiremos igual. Seguramente hasta
idiotizar al profesorado y al alumnado. Así gobernantes y gobernados
seremos todos iguales. Uno y lo mismo. Cortados por el mismo patrón.
Es algo muy divertido: hace siglos ya lo intentó Procusto.
III
HERMANOS
SIAMESES
Muy
a menudo hemos oído, también, que un proyecto educativo, para saber
si es útil o no, adecuado o inadecuado, necesita desarrollarse en el
tiempo. Y con el sistema político que tenemos, elecciones cada
cuatro años, esto resulta imposible, pues si pierde las elecciones
el partido que está en el poder; y el que las gana, como ya es
lógico y normal, cambia ese sistema educativo por otro parecido o
similar, nos quedamos sin saber los resultados del anterior. Así es.
Pues para desgracia nuestra hasta el sistema educativo se ha
convertido en arma política. Y en la lucha por el poder, visto lo
visto, todo está permitido. Hasta mantenella
y no enmendalla.
Es
curioso: los políticos, como los directivos, jamás se equivocan ni
piden perdón.
Es
cierto, por supuesto, que para determinar la bondad de un sistema hay
que dejarlo caminar. Pero no menos cierto es que también se puede
saber su oportunidad o inoportunidad viendo libros, proyectos, y
presupuestos. Porque en la práctica casi todo sistema puede ser
bueno. Ahora bien, hay que saber con cuánto dinero se va a apoyar
dicho proyecto. Y sabido es que en educación en este país se
invierte poco, porque, la verdad es que importa muy poco la
educación. La verdadera y seria educación.
Por
otra parte no vamos a descubrir nada nuevo diciendo lo que es del
dominio común: la educación no es sólo tarea del colegio o del
instituto, de los partidos políticos y de los profesores. Es
cuestión de toda la sociedad, puesto que a todos nos atañe. Estamos
hablando de nuestro bienestar y de nuestra salud:
“Digamos,
por consiguiente, Adimanto, que las almas bien dotadas, si tropiezan
con una mala educación, se vuelven especialmente malas. ¿O piensas
acaso que los mayores delitos y la más extrema maldad provienen de
una naturaleza mediocre, y no de una vigorosa que ha sido corrompida
por la nutrición, y que la naturaleza débil es alguna vez causa de
grandes bienes o grandes males?”2
De
nada vale, por lo tanto, que un partido, distinto al otro, gane las
elecciones, pues termina por implantar un sistema que nada o muy poco
se diferencia del anterior, como ya hemos visto en varias ocasiones.
La diferencia puede residir, a veces, en impartir religión o no en
las aulas, o en la polémica Educación para la Ciudadanía, que ha
convertido a algún afamado conseller
en
figura del retablo de las maravillas por no tildarlo de puro bululú
o esperpento.
No
ha sido, y lo sigue siendo, poco importante el papel de los padres en
todo este sistema, y en su realización o fracaso. Pero una vez más
hemos sido víctimas de unos errores de interpretación y de
apreciación: al despojar al profesor de autoridad dentro del aula,
cada vez más limitado, con menos recursos para deshacerse del
molesto, del maleducado que, cómo no, se sabe todos sus derechos, le
hemos dado todo el poder al alumno quien, por regla general, y por
desgracia, cuenta con todo el apoyo de sus padres.
Educar
a una persona es muy difícil y complicado. Cuestión de paciencia;
y, muchas veces, de estar preparado desde todos los puntos de vista.
Es más fácil, desde luego, ir una vez al trimestre al instituto e
insultar, y golpear si se tercia, al profesor de turno. Y así el
joven goza de entera libertad. Pero ya advertía Platón, fino
analista del hombre y sus virtudes, que una democracia sin freno está
abocada a la tiranía:
“Por
ejemplo, que el padre se acostumbra a que el niño sea su semejante,
y a temer a los hijos, y el hijo a ser semejante al padre y a no
respetar ni temer a sus progenitores, a fin de ser efectivamente
libre; el meteco es igualado al ciudadano, el ciudadano al meteco, y
del mismo modo el extranjero.”3
Para
un partido político lo primordial es llegar al poder. Y una vez
establecido en él, mantenerse. De ahí que, en muchas ocasiones, no
se atrevan a tomar decisiones que saben impopulares aunque
necesarias. Por desgracia priman más los intereses partidistas que
el bien común.
Para
muchos padres es, igualmente, más cómodo no hacer nada y pensar que
la educación es cosa del instituto y de la universidad, y gritar y
enfurecerse cuando suspenden al niño y, tal vez, fastidian las
vacaciones familiares. Para evitar semejante disgusto quizás sea
mejor aprobar al niño ya que, al curso que viene, y es así, volverá
a dar la misma materia en distinto curso. De esta forma la familia
podrá salir de vacaciones, y gastar, que es, en el fondo, de lo que
se trata. La ocupación hotelera nos hace felices a todos.
Ahora
bien, hay un sistema de prioridades. Y visto el fracaso que nos
rodea, padres, profesores y políticos, deberíamos, cuanto antes,
replantearnos las cosas seriamente y tomar cartas en el asunto a fin
de no caer en lo que ya vio con toda nitidez Platón hace bastantes
años:
“Sucede
esto [lo
dicho en la cita anterior] y
otras menudencias como las siguientes: en semejante Estado el maestro
teme y adula a los alumnos y los alumnos hacen caso omiso de los
maestros, así como de sus preceptores; y en general los jóvenes
hacen lo mismo que los adultos y rivalizan con ellos en palabras y
acciones; y los mayores, para complacerlos, rebosan de jocosidad y
afán de hacer bromas, imitando a los jóvenes, para no parecer
antipáticos y mordaces.”4
Como
se puede ver tal como actúan los políticos a fin de no perder las
elecciones o de ganarlas.
IV
A
MODO DE CONCLUSIÓN
Sí,
francamente resulta descorazonador, a principios de curso, a mediados
o a finales, volver a las páginas de la República.
Sin
embargo, hacerlo es un buen ejercicio, tanto filosófico como
didáctico. Ya sabemos todos, por otra parte, y el mismo Platón no
lo ignoraba, que es imposible de llevar a cabo lo que propone él en
su famoso y estudiado libro:
“¿Piensas,
acaso, que un pintor que ha retratado como paradigma al hombre más
hermoso, habiendo traducido en el cuadro todos sus rasgos
adecuadamente, es menos bueno porque no puede demostrar que semejante
hombre pueda existir?”5
Lo
que hemos propuesto, a través de varias citas de Platón, es
sencillamente algo realizable, creemos, y a lo que se le debería dar
prioridad dado el fracaso escolar y la situación a la que estamos
llegando. Situación que, por desgracia, todavía no ha terminado su
recorrido: recuperación de la autoridad paterna dejando de jugar al
compañerismo y a la falsa democracia, revisión del sistema
educativo haciendo hincapié en el trabajo y el esfuerzo, y redactar
libros de texto en los que traten a los alumnos como personas, no
como seres carentes de sentido a los que hay que repetirles siempre
lo mismo para que lo comprendan. Si damos una educación para
idiotas, no obtendremos otra cosa.
Sería
deseable, y tal vez entremos ya en el terreno utópico, que toda la
sociedad determinara a dónde quiere llegar con la educación de sus
hijos, se lo planteara en serio y actuara en consecuencia. Es posible
que los tiempos de crisis en los que nos hallamos inmersos ayuden a
ver lo vacío de muchos presupuestos, y a no confundir la felicidad y
la buena educación con tristes sucedáneos. Tal vez así consigamos
una sociedad más justa, una sociedad en la cual cada uno haga su
trabajo de la mejor forma posible. No obstante, no hay que engañarse:
poco o nada vamos a lograr. Y de nada vale escribir artículos tan
inútiles como este. Lo aprovecharemos, sin embargo, para felicitar
las Navidades a quienes hayan tenido la paciencia de llegar hasta
aquí. Y a los que no, aunque no enteren, también. Felices fiestas.
1
Platón, la República, libro VII, 534d. Traducción y notas
de Conrado Eggers Lan. Editorial Gredos, Marid, 1986
2
Platón, opus ctda., p. 307
3
Platón, opus ctda. p 409
4
Platón, opus ctda., p. 409
5
Platón, Opus ctda. p 281
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