UNA META IMPOSIBLE
DE ALCANZAR
Vicente Adelantado
Soriano
Porque toda mi vida
se me ha ido en deseos y las obras no las hago.
Santa
Teresa de Jesús, Fundaciones.
“Decía Epicuro
que la filosofía era operación que con razones y argumentos hacía
la vida bienaventurada.”
Francisco
de Quevedo, Defensa de Epicuro.
La otra tarde hablando
con un buen amigo, me hizo este una serie de reflexiones importantes
en las que nunca, antes, me había detenido. Paseando por el largo y
solitario Paseo Marítimo de la vieja ciudad, me confesó mi amigo
que no estaba pasando por uno de sus mejores momentos; y que, en
consecuencia, se había vuelto a abismar en ciertos libros de
filosofía.
Anochecía, hacía un
poco de frío, el cielo estaba muy oscuro, y en la lejanía se
vislumbraban las diminutas luces de un barco. Se me ocurrió pensar
que debe de ser terrible naufragar en invierno. Tuve un escalofrío.
La filosofía, vino a
decir mi amigo cortando mis absurdos pensamientos, siempre interesa a
aquellas personas, como es mi caso, que no son felices, y que buscan
en ella un alivio para sus males, un consuelo; y una norma de
conducta que haga esta vida menos abominable de lo que es. Bien es
verdad, como me reconoció, y ahí es donde entro yo, que también se
puede ir a la filosofía por un problema de lenguaje, por una especie
de empeño e interés por comprender una forma de hablar, o de
escribir, de la que apenas se entiende algo. A mí me sucedía, y me
sucede, con ciertos textos de filosofía lo mismo que con una
partitura musical: tienen que ser otros quienes me lo interpreten. Lo
contrario es como enfrentarme con una pared en blanco. Y ya que no
pude estudiar música, quise aprender filosofía. Mi amigo, por el
contrario, recurría a ella por motivos prácticos. O al menos más
prácticos y urgentes que los míos.
Es cierto, me reconoció
mi amigo, que cada arte tiene su lenguaje específico; y que, a
menudo, sin saber muy bien por qué, los autores hacen esos lenguajes
incomprensibles para aquellos que no han sido iniciados en ellos. Hay
una especie de complacencia, por parte de los neófitos, y aún de
los vetustos, en recurrir al esoterismo, en sentirse parte de un
cerrado grupo de privilegiados. No era esa, sin embargo, al tipo de
filosofía a la que se refería mi amigo. Buscaba una filosofía que
fuera comprensible para todos, incluido yo. La filosofía en la que
se había centrado él, en la que buscaba una cierta consolación,
era en la filosofía de Séneca, en la filosofía de los estoicos, o
en la de todos aquellos que tratan de contribuir a la búsqueda de la
felicidad en esta vida. Estos filósofos no usan, en consecuencia, un
lenguaje esotérico ni complicado, sino más bien todo lo contrario,
puesto que va dirigida al común de los mortales.
Es cierto que, cuando
me dejó algunos de esos libros para leerlos, los entendí, o así lo
creí yo, con bastante facilidad. No obstante, también pensé que
ello era debido a que algunas de las cuestiones que planteaban eran,
desde hacía siglos, del dominio público. Tanto es así que algunos
de los problemas que enunciaban me llevaron inmediatamente a recordar
mi infancia. ¿Es posible que una vieja filosofía, griega o romana,
se haya convertido casi en un lugar común, o que aquella arranque de
este? Me asombraba leer en algunos de aquellos libros lo que había
oído de labios de los mayores, en un pueblo de labriegos y
campesinos, que distaban mucho, lo voy apreciando con más nitidez
conforme pasan los años, de ser los personajes zafios que nos han
pintado novelas, dramas y películas. Estaban impregnados, por el
contrario, de principios filosóficos. O de sentido común.
Leídos
algunos de los textos que me dejó mi amigo, paseando otra tarde por
la orilla de la playa con él, le conté que añoraba algunos de los
libros que tuve en mi infancia, y que habían desaparecido. Uno de
ellos se titulaba Lecturas de oro. Estaba
formado por una breve serie de relatos; algunos, lo comprobaría
mucho después, sacados de la Biblia; y otros lo seguí ignorando
hasta dar con la filosofía de Séneca y Plutarco, entre otros. Por
supuesto, cuando leí el libro, a los ocho o nueve años, todo me
pareció original y precioso.
No
sé porqué de aquellas Lecturas de oro
se me quedó muy grabado un relato sobre la importancia de la
educación. En él, un labrador zafio, cómo no, va a hablar con un
maestro. Le pregunta a este cuánto le va a costar la educación de
su hijo. El maestro da un precio, y el labriego se queja diciendo que
con ese dinero se puede comprar un burro. La réplica del maestro es
fulminante:
-Pues llévese a su
hijo, y así por el mismo precio tendrá dos.
La
respuesta del maestro siempre me dejó un poco descolocado; me
provocaba cierta desazón y malestar. Me parecía propia de un
maleducado. La olvidé. La recordé, muchos años después,
sorprendiéndome al descubrir que la anécdota está sacada de un
librito de Plutarco, Sobre la educación de los hijos. Y
eso sí, la adaptación refleja perfectamente la época en la que fue
escrito el libro de mi infancia: Plutarco no habla de ningún
labrador zafio sino de un padre que busca una ignorancia
barata. Y con el dinero que le
pide Aristipo, un filósofo discípulo de Sócrates, habla de
comprarse un esclavo, no un burro.1
La respuesta de Aristipo no es tan airada ni despectiva como la del
maestro que tanta desazón me causaba a mí.
No
me sorprendió en absoluto encontrarme poco después, en el mismo
libro, con una frase que, aunque dicha de otra forma, era un lugar
común en aquel lejano pueblo de mi infancia: nada engorda
tanto al caballo como el ojo del rey2.
Los labriegos de mi infancia decían: el ojo del amo
engorda al caballo, o A
lo tuyo, tú. Podría
multiplicar los ejemplos. Pero sin duda lo que más me llamó la
atención fue la famosa frase de Anaxágoras cuando, en medio de una
charla de física, le dieron la noticia de la muerte de su hijo: Yo
sabía que lo había engendrado mortal3,
dijo. Evidentemente a lo largo
de los años, para bien o para mal, cambian las formas. Y el día del
entierro de un compañero de colegio, un crío de siete u ocho años,
su padre, nada más bajar el ataúd a la fosa, dijo lleno de
amargura, limpiándose los ojos con un pañuelo a cuadros blancos y
azules: A todo puerco le llega su san Martín. Aquello
me hirió como un lanzazo en
pleno corazón. Poco faltó para dar conmigo en tierra. Aun así me
sorprendió, en tan tierna edad, que ninguno de mis vecinos le riera
la gracia. Y es que hay momentos en que las bestialidades son como
las medicinas fuertes, o como el mazazo que nos adormece y atonta.
Paseando
un frío anochecer por la orilla de la playa le conté a mi amigo lo
que me había sucedido con la lectura de los libros que tan
amablemente me prestara. Yo seguía centrándome en el lenguaje; y
terminé mi razonamiento con una cita del mismo Plutarco: Y
sin duda se debe apartar a los hijos del lenguaje obsceno. En efecto,
“la palabra es la sombra de la acción”, según Demócrito. Según
eso, en verdad, se debe procurar que sean afables y corteses.4
No creí, sinceramente,
que le interesaran a mi amigo ninguna de mis reflexiones sobre el
lenguaje o sobre la contaminación de las lecturas. No porque una y
otra cosa le fueran indiferentes, sino porque estaba pasando por un
mal momento. Él buscaba otras cosas en la filosofía. En
consecuencia le iba a dar otro enfoque a la cuestión, aunque, la
verdad, no lo veía muy lejano del que le había dado yo.
La filosofía que
buscaba él, y quizás y bien mirado la filosofía no sea otra cosa,
era un filosofía de tipo moral y práctica. En el fondo estaba
buscando una norma de conducta.
Ignoraba entonces, y
sigo sin saberlo ahora, qué le había sucedido a mi amigo. No quise
preguntar para no pecar de indiscreto. Pensé que debía ser él
quien decidiera hablar, si era pertinente al caso, o callar si se
encontraba más a gusto haciéndolo. La soledad del lugar, la
oscuridad, y el romper de las olas, tal vez le ayudaran a ello. Pese
a todo se mantuvo en las generalizaciones. Buscando siempre una
filosofía práctica, una filosofía que fuera una norma de buen
comportamiento. Intuí, aunque me abstuve de decirle nada, que lo que
ansiaba no estaba muy lejos de ciertas religiones. Aunque estas,
cierto es, al menos algunas de ellas, no así la filosofía, prometen
una vida eterna llena de calma y felicidad. Mucho tendrá que cambiar
el hombre para ser capaz de estar con sus semejantes, toda una
eternidad, y no desear matarlo, robarle o convencerlo de que sus
ideas son mejores que las del vecino, al que hay que destruir. En la
eternidad el hombre dejará de ser hombre o vivirá una eternidad tan
efímera como él. No le interesaba a mi amigo el premio de
ultratumba. Él estaba convencido de que es aquí donde se alcanza la
paz o se vive el infierno.
Y aquí, en
consecuencia, ponía sus ojos. Veía que merced a gobernantes,
políticos y mercaderes, vamos hacia el infierno a pasos agigantados.
El infierno para mi amigo era, y es, la violencia, la coacción, la
injusticia, la corrupción y el silencio, las desigualdades
sociales... Eso provocaba su ira, y la ira lo llevaba a tener una
serie de actuaciones que, pasadas estas, le daban miedo por cuanto
que veía que, con ellas, estaba en medio de la vorágine, en el
centro de cuanto deseaba evitar. Reconocía, con la vieja filosofía,
que lo mejor hubiera sido no nacer, y ya nacido, morir pronto. Pero
eso no solucionaba el problema, salvo que se tuviera valor para
abrirse las venas, y se hubiera optado por ello.
La vida humana
-citaba mi amigo de memoria,
cosa que me producía una terrible envidia- está fundada
en los favores y en la armonía, y no por el terror, sino por el
mutuo amor se obliga a la alianza y a la ayuda recíproca.5
No obstante, añadía mi amigo,
Séneca no es contrario al castigo cuando alguien incumple con sus
obligaciones. Quiere, por el contrario, que se imponga la
máxima pena a los máximos crímenes, de modo que no muera nadie
sino el que sea conveniente que muera, incluso para él, que muere.6
Por supuesto el castigo se tiene
que llevar a cabo sin dejarse llevar por la ira. Pero así estamos
hablando de casos particulares, y no es que estos no sean
interesantes, sino que nuestros problemas, los que me provocan toda
la ira del mundo, no son personales. Séneca incluso habla de sajar
aquellas partes del cuerpo que están podridas para salvar a las
otras. Lo malo es cuando ese corte se convierte, o se puede
convertir, en una guerra, en una terrible guerra, donde todo lo malo
tiene cabida. Y donde no queda parte del cuerpo sin tocar.
-Y esta sociedad está
llegando a unos extremos peligrosos -dijo con voz ronca-. Tal vez sea
debido a que me estoy haciendo mayor, o a que capto mejor que nunca
la inutilidad de los políticos y los intereses, nada honestos, de
estos y del capital y de todo en general. Todo son intereses
bastardos. ¿Cómo no airarse contra un juez que excarcela a un grupo
de mafiosos, probados y reprobados, y condena al pobre hombre que ha
robado una barra de pan? ¿Cómo no airarse contra la burda excusa de
la excarcelación de los mafiosos, un defecto de forma? ¿No sabe
escribir el juez? ¿No tiene secretarios ni ordenadores, ni libros?
¿Entre qué gente estamos? ¿Cómo no airarse cuando todos los
corruptos se salvan, y..?
A mi amigo le
chirriaron los dientes. Me dijo, no obstante, que no quería dejarse
llevar por la ira, ni siquiera por la rabia. Pero que, a veces, el no
demandar cabezas, el no protestar, el no hacerse oír de forma
ruidosa, le parecía una cobardía. ¿Qué hacer contra una ralea de
Calígulas o Nerones instalados en todas las escalas de la sociedad?
¿Cómo actuar sin dejarse llevar por la ira, es más, sin provocarla
o acrecentarla en el resto de los conciudadanos?
No lo sabía, así que,
tras caminar unos minutos en silencio, le dio un giro inesperado a la
conversación.
Hay otras personas,
dijo mi amigo aquel frío anochecer, que buscan en la religión lo
que otros le demandan a cierto tipo de filosofía. Y ambos caminos,
si se toman en serio, son difíciles de llevar a cabo. Es cierto, me
reconoció, que muchas de las cosas, tanto negativas como positivas,
que nos suceden no son, en la inmensa mayoría de los casos, más que
imaginaciones nuestras. Y es muy importante manejar la imaginación o
la mente. Las verdaderas desgracias, no obstante, es cuando suceden
cosas contra las que no podemos nada, y que, lo queramos o no, nos
afectan. Media humanidad debería sentirse feliz sólo por el hecho
de haber nacido donde lo ha hecho, y no donde otra media humanidad es
explotada, humillada, violada y asesinada sistemáticamente. Media
humanidad debería ser feliz nada más de pensar que no le ha tocado
vivir la II Guerra Mundial, ni persecuciones por el color de su piel,
por su religión o por sus preferencias sexuales. Es cierto que tal
vez sea poco ser feliz por esto nada más. Y que el hombre siempre
tiene que avanzar, no quedarse detenido. Pero vivir uno de esos
horrores...
Es
muy posible que resulte imparable un ascenso al poder de personajes
como los que propiciaron la II Guerra Mundial, o las persecuciones de
todo tipo que ha habido a lo largo de la Historia. Parece como si
cada cierto tiempo, la humanidad tuviera la imperiosa necesidad de
matar y hacerse matar por unos intereses y unos fantasmas que, pasado
el tiempo, parecen absurdos, necios, carentes de todo interés. Es,
me decía mi amigo, teniendo sus palabras el golpear de las olas como
telón de fondo, como todo esto que ha pasado en el país con la
corrupción. No lo entiendo. Muchas de las personas que han robado y
estafado tenían un más que mediano pasar. ¿Para qué acumular
tanto dinero, tanta casa, tanta riqueza? El ser humano es patético:
en todo esto tal vez no haya más que miedos y terrores, miedos e
inseguridades que, en algunos casos, terminan entre rejas y perdiendo
lo poco y bueno que se tenía. La famosa hybris
griega, la desmesura.
No sé si los filósofos
han amontonado muchas riquezas a lo largo de sus vidas; aunque no
creo que le quede mucho tiempo para pensar en esto a alguien que se
dedica a solucionar, o buscar soluciones, para otros problemas que
poco o nada tienen que ver con el dinero. Parece que la felicidad, la
sabiduría, está en el justo medio. Eso no resulta difícil de
conseguir. La dificultad está en moderarse ante quienes se
enriquecen con el dolor ajeno, ante quienes han hecho de la pobreza
de los demás una norma de vida. Y no es uno ni dos. Puede ser una
buena solución aquello de dar a cada uno lo que le corresponde. Lo
difícil está en permanecer impasible, en que nada te afecte, en
amar al que te quita lo que tienes, tan difícil como no arrollar a
quien trata de apisonar a todo el mundo. Sí, a veces vivir no es
nada fácil. Y Casandra da voces en el desierto. Las lanzas
bipotentes se están afilando. Ojalá nos equivoquemos y el ruido que
comienza a percibirse sea solamente el morir de las olas en la orilla
de la playa. De lo contrario las luces de aquel lejano barco pueden
ser la única salvación, como la luz de una casa en medio de un
terrorífico bosque, y nadar en pleno invierno... Preparémonos para
lo que venga, que es la última filosofía del saber. Y no se
anuncian tiempos pacíficos, ni mucho menos. Adiós, vida
bienaventurada. Adiós.
1Plutarco,
Obras morales y de costumbres, (Moralia) I.
Sobre la educación de los hijos. Traducción
de Concepción Morales Otal y José García López,
Editorial Gredos, Madrid, 2008,
7 F-5A
2Plutarco,
Ibídem, 13 D
3Plutarco,
Obras Morales y de costumbres (Moralia) II,
Escrito de Consolación a Apolonio, Traducción
de Concepión Morales Otal y José García López,
Editorial Gredos, Madrid, 2008,
33D
4Plutarco,
Sobre la educación de los hijos, 14
10A
5Séneca,
Diálogos, Sobre la ira. Traducción
de Juan Mariné Isidro. Editorial Gredos, Madrid, 2000, I, 3
6Séneca,
Ibídem, I, 4
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