SOBRE LAS VENTAJAS DE LA VEJEZ
Vicente Adelantado
Soriano
I
CÉFALO
En
las primeras páginas de la República
de
Platón, quizás las más sencillas y próximas, habla Céfalo, un
hombre mayor, que se dirige a Sócrates diciéndole lo siguiente,
entre otras cosas:
“Es
bueno que sepas que, cuanto más se esfuman para mí los placeres del
cuerpo, tanto más crecen los deseos y placeres en lo que hace a la
conversación.”1
A
partir de este momento se produce un breve diálogo entre Céfalo y
Sócrates a propósito de la vejez y de sus ventajas y desventajas.
Cuenta el primero, a instancias y moderadas preguntas del segundo,
cómo no, que muchos mayores, ancianos, se quejan de la vejez porque
añoran las borracheras o los placeres sexuales de su pasada e
irrecuperable juventud. Y también porque hijos y vecinos los tratan
mal. Todo junto hace que muchos ancianos renieguen de su estado
actual. Tal vez porque pensaron, como también sucede hoy en día con
mucha gente, que envejecer y morir es cosa de los otros, pero nunca
asunto propio, de ahí que no se preocupen de ello, ni se preparen
para cuando llega. No obstante, si hay alguien que no hace distingos
en esto es la madre naturaleza: todos, tal vez con un poco de suerte,
hemos de envejecer; y, desde luego, todos tenemos que morir. Por eso
mismo piensa Céfalo que quienes se quejan de la vejez es porque
toman como causa de sus padecimientos lo que no lo es. La vejez, una
parte más de la vida, puede ser el lugar de la paz, de la
tranquilidad, de la ataraxia. Entre otras cosas porque él, Céfalo,
ha llegado a mayor, y no añora ni los banquetes ni los placeres del
sexo; y acepta esta nueva etapa de su vida como aceptó las
anteriores; también esta tiene sus cosas positivas. Dice que quienes
se quejan, ancianos de su misma edad, lo hacen por su forma de ser,
por su carácter, que no ha cambiado con los años.
Una
de las ventajas de la vejez es la de liberarse de ciertas tiranías.
La del sexo entre ellas. Cuenta, a raíz de esta tiranía, que un
hombre le preguntó a un anciano Sófocles si no añoraba el
acostarse con alguna mujer. El malhumorado dramaturgo le respondió
de forma contundente:
“Cuida
tu lenguaje, hombre; me he liberado de ello tan agradablemente como
si me hubiera liberado de un amo loco y salvaje.”2
Estas
palabras del gran dramaturgo son glosadas por el propio Céfalo
diciendo que, en la vejez, se adquiere mucha paz y tranquilidad en lo
tocante a esas cosas. Cesan o desaparecen muchos apetitos. El hombre,
de esta forma, como dice Céfalo, se desembaraza de “multitudes
de amos enloquecidos.”3
En
ningún momento, a lo largo de la breve conversación, interrumpe
Sócrates a Céfalo para preguntarle, por ejemplo, si es bueno o no
desembarazarse de un amo, o qué entiende él por estar enloquecido,
o si ese enloquecimiento no puede ser una manía divina. No hay
preguntas por parte del maestro de maestros. Lo cual quiere decir que
están hablando los dos el mismo lenguaje, y están de acuerdo los
dos en todo cuanto está diciendo Céfalo, el más mayor.
Céfalo
viene a concluir, como ya apuntara antes, que juzgar mal a la vejez
no depende de ésta, es inevitable, sino del carácter de los
hombres. Un hombre, que sea moderado y tolerante, verá en la vejez
una molestia mesurada. De no ser así, no solamente la vejez sino
también la juventud será una carga.
Ahora
sí, ahora sí que Sócrates asume su conocido papel y comienza a
preguntar incisivamente. Tal vez a Céfalo, apunta el filósofo, la
vejez no le resulte una carga pesada porque tiene dinero.
Evidentemente, le reconoce Céfalo, el dinero tiene sus ventajas,
pero no tantas como se suponen. Cuenta entonces la acertada respuesta
que dio Temístocles a un ciudadano de Sérifo. Éste le reprochaba
al general ateniense que su gloria se la debía a la ciudad en la que
había nacido, y no a sus méritos personales. Temístocles le
respondió:
“Ni
yo me haría famoso si fuera de Sérifo, ni tú aunque fueras de
Atenas.”4
Del
razonamiento concluye Céfalo, atacando a quienes creen que la
riqueza es la solución de la vejez:
“Esta
frase [la
de Temístocles al serifita] viene
bien para aquellos que no son ricos y pasan penosamente la vejez,
porque ni el hombre razonable soportaría con mucha facilidad una
vejez en la pobreza, ni el insensato se volvería a esa edad
tolerante por ser rico.”5
El
dinero, pues, ayuda, aunque no es determinante; lo importante para
Céfalo es el carácter, el saber adecuarse a las circunstancias y
ser tolerante y feliz con lo que se tiene. La sabiduría. Aceptar lo
que viene, y que, lo queramos o no, es inevitable. Por mucho que nos
rebelemos en contra de ello. Lo importante no es ser ateniense,
aunque ayude la nacionalidad, sino ser sabio, tener un buen carácter,
cosa que está al alcance de todo ciudadano, si se lo propone.
II
BREVE
INTERRUPCIÓN FILOLÓGICA
No
recuerdo dónde decía Goethe, creo, que hay que tener cuidado con lo
que se desea de joven porque se suele alcanzar de mayor. El problema
está en que, a menudo, el joven no sabe todavía lo que desea; se
puede equivocar, o desear tanto, ignorando la advertencia de Goethe,
que puede terminar burlado. La vida es una continua selectividad. Y
por desgracia el joven se tiene que decantar por algo renunciando a
otras muchas posibilidades. Aquí, y como reconocería el propio
Céfalo, la riqueza aquí sí que puede ayudar. Y mucho.
Por
desgracia, salvo que se vivan largos años, o se viva sin trabajar,
el estado ideal, no se puede estudiar latín, griego, matemáticas,
medicina, literatura, arte, historia, astrología y demás. En la
Universidad, como en el resto de la vida, se tiene que escoger entre
una carrera u otra. Y una carrera media viene a durar cinco años,
sin doctorado ni aditamentos. Terminarla no quiere decir, ni de
lejos, haber llegado a dominar la materia. Imposible dominar tres o
cuatro ramas del saber.
Ahora
bien, y quien no se consuela es porque no quiere, no siendo rico, una
de las ventajas del trabajo, de comenzar a ser mayor, es que se tiene
dinero; ya no se necesita pedirlo a los padres, ni dar cuenta de en
qué se ha invertido. Así que de mayor, y con trabajo, una persona
interesada en el libro de Platón se puede comprar cuantas versiones
quiera o encuentre para compararlas unas con las otras. Pues a veces,
y pese a las revisiones, que deberían ser más cuidadosas y
eficientes, aparecen párrafos que no tienen ni mucho ni poco
sentido. Y siguen sin tenerlo por más que se lean y se relean. Es lo
que sucede con la conclusión que saca Céfalo de la anécdota de
Temístocles. Así la ofrece Conrado Eggers Lan:
“Ni
yo me haría famoso si fuera de Sérifo, ni tú aunque fueras de
Atenas. Esta frase viene bien para aquellos que no son ricos y pasan
penosamente la vejez,
porque ni el hombre razonable soportaría con mucha facilidad una
vejez en la pobreza,
ni el insensato se volvería a esa edad tolerante por ser rico.”6
Francamente,
no tiene sentido esa frase después de todo cuanto ha estado
defendiendo Céfalo. Si el hombre razonable no soporta una vejez en
la pobreza, ¿quién la va a soportar? ¿Nadie? En eses caso, Céfalo
le está dando la razón a quienes se quejan de la vejez y añoran su
pasada juventud. No por los placeres pasados, sino por las molestias
que genera el tener una avanzada edad y no ser rico.
Lo
ideal en casos como éste es, por supuesto, ir a la fuente original y
consultarla. Pero como hemos dicho, todos tenemos que escoger, y rara
es la persona que domina los cuatro dialectos áticos. En esta
situación, y en otras similares, y con dinero para gastar, se
recurre a otra edición, y a otra más, por si acaso. Hay que
reconocer que estos pequeños errores se pueden solucionar con un
poco de buena voluntad. La frase en cuestión, la de Céfalo, sí
tiene sentido, y relación con todo lo dicho anteriormente, en la
traducción de Enrique Palau:
“”Dices
verdad, contestó, ni yo sería célebre si hubiera nacido en Serifa,
ni tú tampoco lo serías aunque hubieras nacido en Atenas.” El
mismo razonamiento puede hacerse a los que sin ser ricos se quejan
por ser viejos: la pobreza haría insoportable la vejez quizá al
mismo sabio, pero nunca las riquezas la harían más soportable si le
faltara la sabiduría”7
A
falta de consultar la fuente original, parece que tiene más sentido
esta última traducción. Y, además, está en total consonancia con
lo dicho por Céfalo en las páginas anteriores.
Hay,
por fin, otra traducción un tanto curiosa:
“”Cierto
–repuso-, que si fuera yo de Sérife, no sería conocido; pero
tampoco lo serías tú más, de haber nacido en Atenas.” Lo mismo
puede retrucarse a los viejos poco ricos y sobrado mohínos, y
decirles que acaso hiciera la pobreza insoportable la vejez al mismo
hombre sensato, pero que jamás las riquezas harán más llevadera la
senectud sin sensatez.”8
Creo
que queda clara la idea de Platón, aunque hayamos tenido que dar un
pequeño rodeo: las riquezas son importantes para sufrir la vejez,
pero lo más importante de todo es la sensatez, la sabiduría, el
saber comportarse, en cada situación, como conviene a ella. Es
decir, quizás de una forma un tanto encubierta, estamos hablando de
uno de los grandes temas de Sócrates, que determinó su vida y su
muerte: la areté,
la virtud en sentido griego, por supuesto. Es algo que ocupa todas
las edades de hombre. Y ni la vejez ni la muerte le son ajenas.
III
DE
CÉFALO A NUESTROS DÍAS
Imaginamos
que los ancianos, en la Grecia clásica, lo mismo que en Roma, y en
todas las épocas, salvo quizás en la nuestra, hasta hace poco,
dependerían de sus familiares y vivirían con ellos. Tal vez la
nuestra sea la primera época en la que un anciano, o jubilado, ya no
está obligado a vivir con la familia gracias a la pensión que le
queda, y a la seguridad social9.
La forma más sencilla de explicárselo a Céfalo sería decirle que
los ancianos son mantenidos por el pritaneo.
Y que incluso éste les paga, o les pagaba, los médicos y las
medicinas.
Pero
en ese pritaneo,
por desgracia, ha metido la mano mucha gente no nada limpia y
bastante deshonesta. Así que los ancianos del futuro corren el
riesgo, entre eso y la llamada crisis del petróleo y del ladrillo,
de sufrir todas las inconveniencias de una vejez sin dinero y sin
familia. Porque, inútil es decirlo, los vínculos familiares se han
desgajado, se han roto. En estos tiempos que se nos avecinan se será
ciudadano, y familiar, en tanto se produzca y se sea útil a la
sociedad, o al hijo, a la hija, tal vez separada y con varios niños
a su cargo. Luego, quizás, se abandone a los mayores en el Narayama,
aquel monte japonés tan precioso donde se los dejaba para que se
murieran de frío y de hambre.
Una
pena. Porque gracias a la alimentación, a la medicina, y a una vida
más o menos muelle, al menos comparada con los de aquellos siglos,
ha hecho que lleguemos a la jubilación bastante sanos y aptos para
casi todo. Por lo tanto, y suponiendo que uno haya logrado en la
vejez lo que deseaba en la juventud, y ahora quiera más, por aquello
de que la vida es selección, puede seguir estudiando o investigando
o leyendo, o matricularse en la Universidad. La vida no se termina
con la vejez, ni mucho menos. Aunque ya no se pueda hacer el camino
de Santiago en bicicleta ni a pie.
Lo
único triste de esta edad, al igual que en todas, es tener que
depender de alguien, no ser autónomo. En caso contrario la vida
puede ser una delicia: hacer cuanto se desea, dentro de las
limitaciones, como en todas las edades, pero no tener que acudir al
trabajo. Poder leer y estudiar todo cuanto se quiera. E investigar.
Puede ser el paraíso.
Es
probable que más de uno se pregunte que para qué quiere estudiar
una persona mayor, que, ni siquiera, va a ejercer como maestro o
profesor. Sencillamente por lo mismo que Sócrates, hace un tiempo,
iba por las calles de Atenas haciendo preguntas: por el afán de
saber, porque la vida es muy corta, y hay muchas cosas preciosas,
bellas, y dignas de ser conocidas: mirar por un telescopio, estudiar
el nacimiento de las estrellas, leer a Séneca en el original, ver
amanecer en los campos de Castilla...
Ahora
bien, como diría Sócrates, de nada vale esto si no se es sabio.
Pero ¿acaso no lo es ya al escoger esa forma de vida? Además, es
bastante sencilla de llevar a cabo: si la matrícula en la
Universidad tiene un precio razonable, un anciano no necesita mucho
para vivir: ya no existe la tiranía del sexo; no necesita, por lo
tanto, ir de copas; por eso mismo le sobra con ir decentemente
vestido; y tal vez hasta el material escolar se lo regale alguna
editorial que, no así en Grecia, que se ocupa de “nuestros
mayores”. Sólo cabe un poco de buena voluntad por parte de todos.
Y por dejar en paz los tesoros del pritaneo,
o meter en cintura a quien se atreva a tocarlos. Luego, eso sí, hay
que rogar a los dioses para que nos conserven la vista, el oído, la
sagacidad y la perspicacia. Y morir después, como Sócrates, con
toda la lucidez del mundo y rodeado de buenos amigos. Si no los hay,
en casa y con libros, y con los bellos fantasmas del pasado.
Sintiendo el gozo de haber llevado una vida plena y dichosa. Como
Céfalo y el mismo Sócrates, su buen amigo.
Es
bueno que sepas que, cuanto más se esfuman para mí los placeres del
cuerpo, ya con pocos amigos, y con la familia desperdigada, tanto más
crecen los deseos y placeres en lo que hace a la conversación, al
estudio y a la curiosidad por saber, a la imaginación y a la
ensoñación. Ahora nadie, salvo el cansancio, interrumpe mis
lecturas...
Algo así podría decir una persona mayor parafraseando las primeras
palabras de Céfalo en la República
de
Platón.
Hay
que vivir y disfrutar del tiempo que todavía tengamos; sacarle
provecho y gozar del momento presente con todas nuestras fuerzas,
pues Nadie
te restituirá tus años, nadie te devolverá de nuevo a ti mismo.10
Y
tú mismo eres lo más precioso que tienes.
1
Platón, República, Traducción de Conrado Eggers Lan,
Editorial Gredos, Madrid, 1986. I 328d
2
Platón, Opus ctda. I 329c
3
Platón, Opus ctda. I 329d
4
Platón, Opus ctda. I 330a
5
Platón, Opus ctda. I 330a
6
Platón, República, Traducción de Conrado Eggers Lan, p.61.
El subrayado es mío.
7
Platón, La república o el estado. Versión de Enrique
Palau. Ediciones Omega, Barcelona, 2003 p.9
8
Platón, Diálogos. Estudio preliminar de Francisco Larroyo.
Editorial Porrúa, S.A. México, 1981. En ningún sitio del citado
libro consta quién es el traductor de los Diálogos.
9Ahora,
por el contrario, se está dando el caso de que son los miembros
jóvenes de la familia quienes dependen del anciano.
10Séneca,
Diálogos, Sobre la brevedad de la vida. Traducción
de Juan Mariné Isidro, Editorial Gredos, Madrid, 2000, 8 5
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