SOBRE LA ENVIDIA Y
EL ABURRIMIENTO
Vicente Adelantado
Soriano
Y
siendo el consuelo común de la envidia que si no pueden parecer
mejores que algunos, al menos presentan a estos [a
los envidiados] como
peores que los demás.
Plutarco,
Vidas paralelas, Pelópidas.
Pocas
personas hay tan molestas, y tan peligrosas y agotadoras, como los
envidiosos y quienes se aburren; a menudo ambos van de la mano. Los
envidiosos son aquellos, necios por regla general, que dedican su
vida a poner trabas y dificultades a aquel a quien envidian, aunque
sus acciones no les produzcan ningún beneficio. Es hacer el mal por
el mal, pura necedad, sin obtener nada a cambio como no sea el logro
de una negra y dudosa meta: herir, hacer daño obedeciendo a una
obcecación cualquiera. Sobre esto ya tenemos un famoso exemplum
medieval
en
la historia de aquel labrador que, tuerto, hizo que le quebraran su
ojo sano para que también le aplicasen la misma pena a un su vecino.
Se
queda ciego, pero contento por “ver” tuerto al envidiado.
No obstante, a veces,
el envidioso también puede actuar bien y ser una bendición para sus
vecinos. Bastaría con recordar a Prometeo y a su beneficiosa acción
de robar el fuego a los dioses. Por desgracia toda democracia tiene
su sicofanta, y toda familia su hermano o hijo menos agraciado o
inteligente. Es lo que le sucedió a nuestro héroe con su hermano
Epimeteo, y a toda la humanidad con este y con la bellísima Pandora.
Evidentemente como el beneficio del fuego fue para todos, también lo
fue el castigo que surgió de la famosa caja de Pandora, enviada por
los envidiosos dioses, y abierta gracias a la ingenuidad de Epimeteo.
Podríamos multiplicar
los ejemplos sobre la envidia y sus consecuencias. Quizás el caso
más llamativo fue el del tirano de Samos, Polícrates. A este todo
en la vida le iba sobre ruedas. Su vida era un camino de rosas.
Asustado por ello, temeroso de que los dioses lo envidiarán por su
felicidad, arrojó al mar un valioso anillo. De esta forma compensaba
las venturas con las desgracias. Un pescador, sin embargo, le ofreció
un pez, y en él apareció el anillo arrojado al mar. Y la vida de
Polícrates dejó de ser un camino de rosas. Ni los dioses están
libres de la envidia.
Es tal la fuerza de la
envidia que, aliada con la mentira y la delación, puede llevar a una
persona a la prisión. Así le sucedió a fray Luis de León, que ya
cantó, al salir de la cárcel, estos famosos versos:
[...]
Dichoso el humilde
estado
del sabio que se
retira
[…]
y a solas su vida
pasa,
ni envidiado ni
envidioso.
La envida, y según lo
visto, se produce, pues, cuando alguien tiene algo, en el caso de
fray Luis unas oposiciones ganadas, que la otra persona desea o cree
necesitar. Esa carencia, que puede llegar a corroer el alma, al mismo
tiempo hace ver que la otra persona disfruta de algo que, en el
fondo, no se merece, o no se merece más que quien no la posee, según
el envidioso. Se produce entonces la obcecación; y el otro termina
por convertirse en un enemigo, alguien a quien derrotar y humillar,
aunque sea a costa de perder el único ojo sano. En alguna versión
de la mitología griega se cuenta que Atlante fue castigado a
sustentar el cosmos sobre sus hombros porque había robado las
espigas de trigo del Olimpo para que los hombres se alimentaran. Y
Zeus, celoso de su poder y de su barriga, lo castigó. Algo similar
cuenta Erasmo de Rotterdam sobre Caín y el castigo de este: con el
consentimiento del ángel guardián, que creyó que a Yhavé sólo le
importaban las manzanas, robó espigas de trigo del Edén para poder
plantarlas en sus campos. Tanto a Zeus como a Yhavé les molestó
mucho que el hombre fuera escalando posiciones y acercándose a la
divinidad a través del trigo y del fuego. De ahí el castigo, y de
ahí la importancia de no envidiar ni ser envidiado. Esto último
puede ser el colmo de la felicidad.
El envidioso se olvida
de sí mismo, para su mal; y aparentemente vive para el otro. Lo
espía, lo sigue de cerca, y vive y se alimenta de lo que dice o de
lo que hace, o de lo que el envidioso se imagina que dice y hace. El
envidioso necesita a alguien sobre el que descargar su envidia. Se
crece con la crítica mordaz e implacable; su obsesión se va
desarrollando como un cáncer, y no le da paz más que con la muerte
o la eliminación del contrario. Tropezarse con un envidioso es muy
peligroso, máxime si este tiene algún poder, como le sucedió a
Lucano con Nerón. Aquel era mejor poeta que este, pero este,
emperador, envidioso y loco, lo obligó a suicidarse por superarlo en
la escritura. No, cuando la envidia es como debe ser, una envidia
negra y cargada de significado, de nada sirve arrojar anillos al mar.
El envidioso quiere la destrucción del otro, su aniquilación total.
Y si malo es tropezarse con un envidioso con poder, peor debe ser
hacerlo con un envidioso inteligente, aunque, tal vez, los dos
términos sean antitéticos.
El envidioso no se
autoanaliza, no se conoce a sí mismo, ni eso le importa mucho. Vive
por y para el otro. Y el otro se puede sentir envidiado, aunque nunca
confesará que él, a su vez, tiene envidia de otros. Es una
característica muy humana: todos nos sentimos envidiados, pero nadie
reconocerá que tiene envidia de ningún semejante.
Curiosamente,
el primer envidioso que aparece en la Biblia
es exonerado y perdonado. Tal vez porque Yhavé no tiene la
conciencia tranquila. No se dice en la Biblia
por qué Dios no acepta el sacrificio de Caín, y si que lo hace con
el de Abel. Según el chino Lee ello se debe a que estamos en una
sociedad de ganaderos, y a Yhavé no le interesan mucho los frutos
del campo1.
Sea como fuere, sabido es, Caín, el despreciado, mata a Abel, el
boquirrubio aceptado2;
y que Yhavé, en contra de lo que pudiera parecer, perdona al
asesino, lo deja vivir, lo marca para que nadie lo mate, y le dice
que salvarse o no dependerá de él. Parece como si Yhavé tuviera
mala conciencia por su actuación ante los dos hermanos. Y es que
despertar envidias no es nada aconsejable, como ya nos enseña el
Génesis.
También hay quien dice
que el primero que se aburrió fue Yhavé. Y que como consecuencia de
ese aburrimiento creó al mundo y al hombre. Este, digno hijo de su
padre, también se aburría; y creyó, no es bueno que el hombre esté
solo, que estar con una mujer le curaría de ese desánimo. Con Eva,
a pesar de que esta no tenía madre ni hermanos, no llegó a
aburrirse el pobre de Adán, el come manzanas, pues tuvo que trabajar
para alimentarla a ella y a su prole, aunque Caín, el buenazo de
Caín, le echó una mano en tan ardua tarea.
Es
curioso. Meditando sobre estos temas he estado pensando en cuándo
aparece, en la literatura o en la historia, la palabra aburrimiento.
Se va a repetir hasta la saciedad en el siglo XIX, con el
romanticismo, salvo en España, quizás, pues aquí Fernando VII y su
santo hermano, Carlos María e hijos, tenía a los románticos y a
los clásicos muy entretenidos. Pero en la literatura clásica, en
Grecia y Roma, salvo por error de los traductores, no aparece nunca.
O yo no la recuerdo. Eso no quiere decir, por supuesto, que no
existiera el aburrimiento. Pues de sobras es sabido que, en los
cuarteles de invierno, a los legionarios se les evitaba el otium
de todas las formas y maneras posibles: ejercitándose, haciendo
empalizadas, limpiando las armas, forrajeando... teniéndolos
ocupados, en una palabra. Pues de lo contrario, se podían juntar en
contubernios en torno a una hoguera, se establecería alguna
conversación al amor de las llamas, y se hablaría, seguramente mal,
muy mal, de los mandos, de este legionario mimado y de aquel
centurión cobarde. Y de ahí a la sedición no hay nada. Por eso
mismo el poder, en Roma, regulará siempre el ocio ofreciendo todo
tipo de espectáculos y todo tipo de diversiones. Un pueblo que se
aburre es un peligro potencial.
Esto
no quiere decir, por supuesto, que las grandes conspiraciones,
revoluciones y demás, hayan estado dirigidas por aburridos en busca
de diversión. Quiere decir que, a veces sin motivo, y por mero
aburrimiento, se puede pedir la cabeza de un centurión cuando no la
de un primipilum.
Es decir que los centuriones romanos ya tenían muy claro que el ocio
es la madre de todos los vicios. Entendiendo por tal una conspiración
o rebelión que les podía costar su linda y broncínea cabeza.
Sin embargo, ni toda la
envidia tiene porqué ser negra, o mala, ni todo el ocio tiene porqué
degenerar en conspiraciones y maldades. Así como hay una envidia
constructiva, sana, también puede haber un ocio de similares
características. Por supuesto si una persona no se supiera inferior
a otra, no evolucionaría más que como animal. Por eso el envidioso
de bilis negra es, en el fondo, tan torpe y patético. Cosa distinta
es quien envidia a quien sabe física, por ejemplo, y estudia las
estrellas y se va enterando de cómo se pudo formar este mundo. Se
percata entonces el envidioso de cuán breve e injusta es la vida: si
se estudia una cosa no se puede estudiar otra, y hay tantas cosas
interesantes que saben los demás y que ignora uno... Pasamos media
vida durmiendo, tenemos achaques y problemas de todo tipo, y apenas
si nos queda tiempo para dedicarnos a las cosas verdaderamente
importantes: el saber, viajar, conocer...
Lo
diga o no la literatura, el hombre clásico, griego o romano, tendría
sus momentos de aburrimiento, tal y como los tenemos hoy en día. Con
un mundo menos poblado, el emperador, o la ciudad, organizaba el
tiempo del otium
para
hacerse autopropaganda, pero también para mantener ocupados a
ciudadanos y esclavos. La malo de Roma es que el teatro griego fue
abandonado y se decantó por un tipo de espectáculo más
constructivo y refinado: la lucha de gladiadores, las carreras de
cuadrigas o las naumaquias, que era lo más inocente.
Hoy hay mucha gente que
se aburre. Y busca distracciones como puede: haciendo reuniones de
vecinos en su finca por cualquier nimiedad, participando en fiestas y
botellones o, cosa harto frecuente, yéndose a la librería o
biblioteca más cercana. Cuando dos personas se aburren y coinciden,
por ejemplo en un ascensor o cena, surgen los problemas enseguida: la
escalera está sucia, no han quitado el polvo... Lo triste y
patético, sin embargo, no son estas personas, ya dejadas de la mano
de la Dios y de la inteligencia, sino ver a grupos de jóvenes en la
calle con unas cuantas botellas, riéndose de forma absurda y vacua,
y rodeados de porquería. No sé qué diversión puede haber en estar
de pie en medio de la calle bebiendo hasta altas horas de la mañana.
Ellos lo sabrán.
Deseosos
de organizar el moderno
otium, preocupados
por esta juventud que se aburre aunque no lo confiese,
dado
que estamos en crisis, y llevamos ya cuatrocientas reformas del
sistema educativo sin lograr atajar el fracaso escolar, tal vez sería
interesante que los institutos, públicos y concertados, abrieran por
las tardes y las noches, se contrataran a monitores y profesores,
actores y directores, y se buscara hacer talleres con esa juventud:
de teatro, de pintura, de música, de decoración, de baile... Tal
vez alguno descubriría su verdadera vocación, a aprendería a
divertirse, otra cosa es que se gane la vida con ello, sin envidiar a
nadie ni ser envidiado por ninguna persona. Y sin aburrirse. Sí, ya
lo sé: es una utopía. No hay dinero.
1John
Steinbeck, Al este del edén, cap.
22, 4 y ss.
2Y
es sabido que el amor propio ajado es el antídoto mejor del amor.
Mariano José de
Larra, Teresa, drama
de Dumas.
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