SOBRE LA EDUCACIÓN
DE LOS HIJOS
Vicente Adelantado
Soriano
Y así, según mi
opinión, la juventud, en las escuelas, se vuelve tonta de remate por
no ver ni oír en las aulas nada de lo que realmente es la vida.
Petronio,
El
satiricón.
Nuestra voluntad nos
hace las costumbres, por nosotros mismos somos buenos o malos.
Juan
de Zabaleta, Día
de fiesta por la mañana y por la tarde.
Hace
algún tiempo me pareció interesante el viejo problema, ya planteado
por Sócrates, de si la virtud, en el sentido griego del término, se
hereda, o si cada uno de nosotros tenemos que conquistar nuestra
propia e intransferible areté.
Siempre, en esta discusión, me he decantado por el eclecticismo: es
muy probable que de un padre virtuoso salga un hijo de las mismas
características; pero de muy poco le valdrá esa herencia si no la
trabaja, la desarrolla y la potencia. Y eso sin duda comienza a
realizarse a través la educación. Entendamos, antes que nada, y en
un primer momento, que una persona virtuosa es aquella que cumple con
su trabajo y sus cometidos de una forma impecable. Sea este el que
fuere.
No
dejaba de llamarme la atención, ante las discusiones de Sócrates,
que el problema se planteara en estos términos, los de la herencia
de padres a hijos, y que no se hiciera al revés, de hijos a padres.
A lo largo de mi vida de profesor he conocido a muchos hijos que me
han dejado perplejo cuando me he enfrentado con sus progenitores: no
sólo estos hijos no han heredado de sus mayores lo que estos no
tenían, sino que lo que tenían, lo contrario a la areté,
lo han expulsado de sus almas y de sus mentes. ¿Cómo lo han hecho?
No lo sé. Lo ignoro.
Está claro que el
medio influye o puede influir en la educación de una persona; pero
parece ser que nunca es determinante. A este respecto también me
llevé una enorme sorpresa al leer las grandes novelas del
Naturalismo: Zola fue, a parte de un excelente novelista, lo
suficientemente inteligente como para no creerse la teoría sobre el
determinismo. Es esta una visión un tanto reduccionista que, como se
sabe, utilizó Zola a fin de “explicar” sus novelas. Y que fue,
creo, pura propaganda; un reclamo para vender sus obras. Me parece
que la única que se creyó los incompletos planteamientos del
determinismo fue doña Emilia Pardo Bazán. Zola, como el excelente
novelista que era, a la hora de crear a sus personajes tuvo en cuenta
muchísimas cosas más. También las hay en la educación.
Ignoro
si en las bibliotecas de Zola y de doña Emilia, suponiendo que se
conserven, están las obras de Plutarco. Hay en la obra de este
último un breve ensayo, Sobre
la educación de los hijos, donde
cuenta
una
anécdota muy esclarecedora sobre la importancia del linaje. Licurgo,
legislador de los lacedemonios, les dijo a estos que para
la adquisición de la virtud tienen una gran influencia las
costumbres, la educación, la enseñanza y la conducta en la vida.1
Y
a fin de ilustrarlo cuenta Plutarco que Licurgo crió a dos
cachorros, hijos de los mismos padres. De uno de los perros hizo un
animal goloso y voraz, mientras que del otro logró un animal capaz
de rastrear y cazar diversas piezas. Después, estando en una
asamblea, Licurgo puso frente a los cachorros una fuente con carne y
una liebre, y los soltó. El goloso se fue directamente a la fuente
de carne en tanto que el otro se dedicó a perseguir a la liebre.
Estos
dos cachorros son de los mismos padres, pero habiendo recibido una
educación diferente, el uno salió un goloso y el otro un cazador2
-les
explicó a los lacedemonios-. No es suficiente, pues, el linaje, la
herencia. Así lo demostró Licurgo hace ya varios siglos.
No
obstante, Plutarco no desdeña, ni mucho menos, esa herencia; pero
hace falta algo más para llegar a la verdadera areté:
Para
decirlo en líneas generales: lo que se suele decir acerca de las
artes y de las ciencias, lo mismo se ha de decir de la virtud: para
producir una actuación completamente justa es necesario que
concurran tres cosas: naturaleza, razón y costumbre.3
Plutarco
llama razón a la instrucción, y costumbre a la práctica. Y añade:
Pues
la naturaleza sin instrucción es ciega.4
El problema que se planteará a partir de este momento es si la
instrucción es capaz de variar la naturaleza, de generar virtud
donde no la hay. El razonamiento no puede ser más claro y
transparente: Una
tierra es buena por naturaleza, pero si se la abandona, se vuelve
estéril, y cuanto mejor es por naturaleza, tanto más se pierde por
abandono, al ser descuidada. En cambio, un terreno estéril y más
áspero de lo necesario, si se cultiva produce al punto excelentes
frutos.5
Y
aquí Plutarco nos pone en bandeja la pregunta: ¿qué tipo de frutos
le vamos a exigir a la tierra? O dicho de otra forma, ¿a todo
terreno le vamos a exigir la misma producción? En un primer momento,
en los albores de nuestra civilización, parece que así era: a la
paideia,
a la educación, se le exigía que diera buenos ciudadanos,
potenciando el conocimiento que tenemos todos de la justicia y de la
razón, gracias a Zeus: en un principio los hombres ya
intentaban reunirse y ponerse a salvo con la fundación de ciudades.
Pero, cuando se reunían se atacaban unos a otros, al no poseer la
ciencia política; de modo que de nuevo se dispersaban y perecían.6
Algo había que hacer, pues, por los hombres a fin de que pudieran
vivir en sociedad sin atacarse ni matarse. Y fue así como Zeus
ordenó a Hermes que les llevara a los hombres el sentido moral y la
justicia. Hermes le plantea a Zeus si debe repartir esos dones tal y
como están repartidos los conocimientos: el médico ignora cómo se
hace un zapato, y el zapatero cómo se levanta una casa, etc.
“¿También
ahora la justicia y el sentido moral los infundiré así a los
humanos, o los reparto a todos?” “A todos, dijo Zeus, y que todos
sean partícipes. Pues no habría ciudades, si sólo algunos de ellos
participaran, como de los otros conocimientos. Además, impón una
ley de mi parte: que al incapaz de participar del honor y la justicia
lo eliminen como a una enfermedad de la ciudad.”7
Todo
el mundo, por lo tanto, está capacitado para intervenir en política,
pues todos hemos recibido el sentido moral y de la justicia. Y será
la paideia
la encargada de potenciar estos dones convirtiendo al joven en un
excelente guerrero, legislador o habitante de la polis. La educación
griega, al menos en manos de Homero, Sócrates y Platón, va
encaminada a la consecución de inmejorables ciudadanos. A ello van a
dedicar una buena parte de su filosofía y de su literatura. Y por
eso mismo no aceptarán que su voto tenga el mismo valor que el de un
carnicero, tierra sin cultivar, que no se ocupa sino de sus ganancias
y de su provecho.
Cuando
escribe Plutarco, en el siglo I de nuestra era, Grecia ha caído bajo
el domino romano. Y son otras las exigencias de la educación del
momento. La sociedad de Sócrates y Platón ya no existía. Plutarco,
resuelto el problema del parentesco: no engendrar hijos estando
bebido, ni engendrarlos con cortesanas o concubinas para evitar
burlas a nuestros descendientes,8
comienza por plantearse la necesidad y la importancia de la
educación. Para él esta no tiene precio. A fin de ilustrarlo cuenta
una breve anécdota. Un padre, vacío
de inteligencia y sentido,
buscando una ignorancia
barata, le
preguntó a Aristipo cuánto le cobraría por la educación de su
hijo. Al decirle este el precio, se quejó el hombre aduciendo que
con ese dinero podía tener un esclavo. Y
así, le dijo Aristipo, tendrás dos esclavos, tu hijo y el que
compres”.9
No
menos importante que los padres son las compañías. Para dejarlo
claro, Plutarco echa mano de un viejo refrán: si
habitas con un cojo, aprenderás a cojear.10
Y, por fin, llegado el niño a la edad de ser puesto bajo la
dirección del pedagogo, Plutarco se ocupa de este. Conviene recordar
antes que lo que se busca con la paideia
actual, la de la época de Plutarco, es saber con
qué métodos pueden llegar a ser [los
hijos nacidos libres] buenos
en sus costumbres.11
Plutarco
va tras una enseñanza de tipo moral, suponiendo que haya alguna que
no sea moral, amoral o inmoral. No obstante, y a diferencia de otras
educaciones, o sistemas educativos, Plutarco no habla de materias de
estudio, salvo de la filosofía, quizás porque estas estaban
entonces muy claras, mientras que hacía falta, por lo que se ve,
insistir en la parte ética de la educación. El pedagogo, a tal fin,
no será un elemento pasivo que se limita a dominar unas materias
sino un espejo donde mirarse. Y así se
debe buscar para los hijos unos maestros que sean irreprochables por
su género de vida, irreprensibles en sus costumbres y los mejores
por su experiencia, pues la fuente y raíz de una conducta intachable
es casualmente una buena educación.12
Ni en la misma Grecia
era esto tan fácil de lograr como pueda parecer. Ya en la Antigüedad
había problemas entre maestros y alumnos, y maestros y padres.
Corromper esas relaciones, negando la autoridad de unos sobre otros,
es estar sometidos a la tiranía. Y así como en una nación hay
microclimas, también hay, o puede haber, microtiranías dentro de
una aparente democracia. Platón advirtió en contra de ello:
En
semejante Estado [en
la Tiranía] el
maestro teme y adula a los alumnos y los alumnos hacen caso omiso de
los maestros, así como de sus preceptores; y en general los jóvenes
hacen lo mismo que los adultos y rivalizan con ellos en palabras y
acciones; y los mayores, para complacerlos, rebosan de jocosidad y
afán de hacer bromas, imitando a los jóvenes, para no parecer
antipáticos y mandones.13
Algo
similar nos ha sucedido a nosotros. La educación y la justicia se
han olvidado de que deben ser las guías que marquen el camino al
arbolito que se está desarrollando14,
y han permitido que este crezca y se extienda por donde quiera y como
le plazca. Son tantos, en la sociedad actual, los derechos que tienen
los adolescentes que educarlos resulta prácticamente imposible.
Máxime cuando hay por el medio unos padres condescendientes y
permisivos, dado que es más fácil reír las salidas de tono que
corregirlas. El resultado de no invertir en educación, o de halagar
al joven en demasía, de despreocuparse de él porque educar es muy
pesado, y de darle siempre a este la razón, es la depravación, la
corrupción y el vicio. Los padres se dan cuenta de sus errores, si
lo hacen, cuando ya no sirve de nada. Plutarco afirma que el único
punto capital de la vida, primero,
medio y último, es una buena educación y una instrucción
apropiada, y afirmo que estas cosas son las que conducen y cooperan a
la virtud y a la felicidad. El resto de los bienes son humanos y
pequeños y no son dignos de ser buscados con gran trabajo.15
Es
la filosofía la primera arma que se debe utilizar para obtener
buenos frutos de la juventud. No hay que descuidar, desde luego, la
medicina y la gimnasia en relación con el cuerpo. Pero
sólo la filosofía es remedio de las debilidades y sufrimientos del
alma, ya que por medio de ella y con ella, es posible conocer qué es
lo bello y qué lo vergonzoso, qué lo justo y qué lo injusto, qué
cosa, en resumen, hay que buscar y de qué cosa hay que huir.16
Y
lo que se debe buscar siempre, y por encima de todo, es el justo
medio y el dominio de las pasiones, sobre todo de la ira.17
Recordemos
que Plutarco busca métodos para que los jóvenes sean buenos en sus
costumbres. Y un papel fundamental en esto lo van a jugar los padres.
Ante
todo es necesario que los padres con su conducta intachable y
haciendo todo lo que deben se ofrezcan a sí mismos como ejemplo
claro para sus hijos, para que mirándose en la vida de éstos como
en un espejo, se aparten de las obras y palabras vergonzosas.18
El
problema, sin embargo, no reside únicamente en los padres y en la
absurda libertad que les dan a sus hijos. Platón va un poco más
allá: Cuando
un Estado democrático sediento de libertad llega a tener como jefes
malos escanciadores, y se embriaga más de la cuenta con ese vino
puro entonces, pienso, castiga a los gobernantes que no son muy
flexibles ni proporcionan libertad en abundancia, y los acusa de
criminales y oligárquicos.19
Y
es de esa condescendencia del Estado de donde, según Platón,
derivan todos los males: Y así ese mismo Estado a
los que son sumisos con los gobernantes los injuria como a esclavos
voluntarios y gente sin valor; a los gobernantes que son similares a
los gobernados, y a los gobernados que son similares a los
gobernantes es a quienes alaba y rinde honores en público y en
privado.20
No se puede ser más claro ni contundente: un Estado corrupto
generará una sociedad de corruptos, y será con ellos con los que se
encuentre a sus anchas. Y ahí nada tienen que hacer ni la virtud ni
la filosofía, ni, por supuesto, la educación.
Todo
lo dicho hasta ahora, tanto por Plutarco como por Platón, nos parece
muy adecuado y útil para los fines de aquellas lejanas paideias,
y curioso cuanto menos. Sin embargo, y pese a todo ello, no tarda
nada en surgir la inevitable pregunta: ¿Sirven estas teorías, esta
paideia
de
la vieja Grecia, para el mundo actual o son pura arqueología? O
dicho de otro modo: si lo que se deseaba en aquella época era
conseguir buenos ciudadanos, o ciudadanos buenos en sus costumbres, y
a ello iba dirigida la paideia,
deberíamos preguntarnos cuál es la finalidad de la educación en el
mundo de hoy. ¿Qué se pretende conseguir en aulas y en las
universidades actuales? ¿Y hasta qué punto los padres y los
gobiernos están implicados en el sistema educativo y los profesores
son virtuosos? Los gobiernos, ciertamente, a menos que velen por los
buenos intereses de los ciudadanos, es mejor, si no lo hacen, que no
se inmiscuyan, pues viene siendo ya habitual utilizar, o tratar de
hacerlo, el sistema educativo como un arma política que cambia cada
cuatro años sin moverse del sitio. O hacer planes y más planes sin
contar más que con sus réditos electorales: de ahí que cada vez la
educación esté más vacía de educación y de materias. La
filosofía, por supuesto, ha pasado a mejor vida. Y en su lugar se ha
instalado la televisión, Internet y toda una serie de herramientas
que, muy a menudo, son desconocidas por los padres y hasta por los
profesores. No es que estemos en contra de las nuevas tecnologías,
es que ha quedado como norma de adaptación de la escuela al medio,
el impartir clases para enseñar utilizar estas herramientas (?), que
manejan los supuestos alumnos mejor que nadie. Lo que habría que
hacer, actualizando a Plutarco, un buen discípulo de Platón, es
explicar filosofía a fin de lograr que los jóvenes pudieran
criticar o apartarse de muchas de las páginas que caen en sus manos,
y ante las cuales están indefensos. Muy a menudo lo más viejo es lo
más moderno, y lo más moderno no es sino un barniz para ocultar la
impotencia. Dicho con palabras de Plutarco es como
si uno se preocupara del calzado, pero tuviera poco cuidado del pie.21
Vivimos en un mundo
desestructurado en el que, a menudo, falta un referente, cuando no
los dos. Y demasiadas veces estos son sustituidos por actores y
héroes creados para mover dinero y hacer negocio. Tal vez sería
interesante buscar una escuela donde el alumno participara un poco
más, y que las enseñanzas fueran más dinámicas, y no a través de
máquinas y aparatos sino haciendo debates, dando protagonismo a los
jóvenes, dirigiendo sin dejarse ver, y educándoles el sentido
artístico y filosófico. Es posible que, de este forma, obtuviéramos
buenas personas hasta de los que prometen poco y excelentes
ciudadanos. Esto, por supuesto, nunca lo va a permitir ningún
Estado, porque los alumnos, no lo olvidemos, tienen que aprobar la
PAU, la reválida o como lo quieran llamar; pero tal vez, en un
futuro no muy lejano, también haya tiempo para ocuparse del pie, del
medio en el que mueven. No se pierde nada con intentarlo. Y muchos
padres, antes de ir a protestar por las notas de sus hijos,
amonestaciones o llamadas de atención, deberían leerse el libro de
Plutarco. Tal vez no fuera mala idea hacer ediciones de bolsillo y
regalarlo estas Navidades. Seguramente muchos de ellos no lo leerán,
pero la esperanza es lo último que se pierde. Dicen. Y en educación
es muy importante. La esperanza.
1Plutarco,
Sobre la educación de los hijos, en
Obras morales y de costumbres, I. Introducción,
traducción y notas de Concepción Morales Otal y José García
López, Editorial Gredos, Madrid, 2008, 4 3A
2Plutarco,
Ibidem, 4 B
3Plutarco,
Ibidem, 4 B
4Plutarco,
Ibidem, 4 B
5Plutarco,
Ibidem, 4 E F
6Platón,
Diálogos, Protágoras, Traducción
de Carlos García Gual, Editorial Gredos, Madrid, 2003, 322 b.
7Platón,
Ibidem, 322c, d.
8Plutarco,
Ibídem, 2 B, 3
9Plutarco,
Ibidem, 7 F
10Plutarco,
Ibidem,6 4A. La versión
española es; el que va con un cojo al año cojea y sino
renquea.
11Plutarco,
Ibidem,1
12Plutarco,
Ibidem, 7 B
13Platón,
República, Traducción de
Conrado Eggers Lan, Ed. Gredos, Madrid, 2006, VIII 563b
14Plutarco,
Ibidem, 7 B
15Plutarco,
Ibidem, 8 D
16Plutarco,
Ibidem, 10 D
17Plutarco,
Ibidem, 10 F
18Plutarco,
Ibidem, 20
20Platón,
Ibidem, VIII, 562 e
21Plutarco,
Ibidem, 7 E
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