HOMINIS INERUDITUS
LITTERAE
Vicente Adelantado
Soriano
Pocos son los que
mediante la reflexión ponen orden en sí mismos y en sus cosas; los
demás, al igual que los despojos flotantes en el río, no avanzan,
sino que son impulsados.
Séneca,
Epístolas
morales a Lucilio.
No tengo ningún
interés en discutir con nadie. No me gustan nada las polémicas. Ni
me gusta participar en ellas, ni verlas u oírlas por la televisión
o la radio. Cuando las veo, por casualidad, cambiando de canal, me
acuerdo de Azorín. Creo que era él quien dijo que tenemos que
aprender a escuchar, pues hablar casi todos sabemos. Varias veces me
he divertido quitando la voz a la tele y viendo los gestos de los
contertulios. Es cierto lo que dijo Azorín: la mayoría de las veces
no se escuchan los unos a los otros; están atentos a sus propios
pensamientos, o palabras, que lanzan sobre el oponente sin dejarle ni
siquiera terminar su razonamiento. No hay tertulia que, más tarde o
más temprano, no se convierta en un gallinero.
Por otra parte, quien
participa en una polémica se supone que debe estar muy preparado a
fin de tener en cuenta todos los puntos de vista sobre el tema a
tratar. Es posible, somos humanos, que algo se le haya escapado a un
contertulio, y que el otro arroje luz sobre las limitaciones que cada
uno de nosotros padecemos. Es un planteamiento idealista, por
supuesto: quien participa en una confrontación de este género va,
por encima de todo, a defender sus presupuestos, sus convencimientos,
sus ideas, que son tan inamovibles como el Atlas. ¿Para qué
entonces la polémica, el intercambio de opiniones? En el caso de las
tertulias televisadas está claro que se televisan para convencer a
los telespectadores que ya están convencidos de lo que dice este o
afirma aquel.
Las rarísimas veces en
que veo el inicio de alguna de estas polémicas me doy cuenta,
inmediatamente, de lo ignorante que soy. Hay contertulios con los que
no estoy de acuerdo; hay participantes que hacen afirmaciones que me
parecen desmesuradas, irreales, absurdas; pero reconozco, al mismo
tiempo, que no tengo pruebas ni muchos razonamientos, ni ganas, para
oponerme a ellos. No se me ocurre nada que decirles salvo lo que me
dictan mis entrañas: que no es cierto lo que se está defendiendo, o
que es pura demagogia. Aclararlo me llevaría años. Mi inteligencia
no me llega para más. Por supuesto tampoco tengo porqué estar
ocupándome de todo sobre lo que se discute o polemiza. Sí, no
tenemos tiempo ni energías para estar todo el santo día
preocupándonos por el Imperio Romano.
Las últimas polémicas,
más necias si cabe que de ordinario, han venido de la mano de la
traída y posible independencia de Cataluña. Espero que ningún
catalán se me ofenda por escribir el nombre en castellano o español,
como quieran, cuando ellos, en manifestaciones, negando ser
españoles, lo escriben en inglés, y nadie protesta. No creo,
además, que Castilla haya sido más imperialista que la Corona de
Aragón o la Corona Inglesa, aunque metidos en polémica, yo no soy
historiador, no podría aportar muchos datos al respecto. Sé, eso
sí, que los españoles conquistaron México, y algo más; e
Inglaterra la India y algunos otros pueblos, que no sé si conmemoran
la llegada de los aguerridos soldados del Imperio.
Algunos catalanes, en
las kalendas de octubre, al parecer, se han negado a celebrar la
fiesta de la Hispanidad alegando que no es su fiesta. Espero que sí
celebren la festividad de los Reyes Magos, aunque sean creyentes y
sepan que no existieron tales Reyes, pese a que están enterrados,
dicen, en la catedral de Colonia. A cada uno lo suyo.
Ignoro
si los indios de la India celebran alguna fiesta para conmemorar la
llegada de los ejércitos de la Corona de Su Graciosa Majestad.
Tampoco sé si en Nápoles se celebra la coronación de Alfonso el
Magnánimo o en Latinoamérica el traído día de la Hispanidad. Aquí
en el suelo patrio, donde sí se conmemora, algunas personas se han
negado a celebrarlo argumentando, y eso me parece pura demagogia, que
es celebrar un genocidio. Sí, es posible que fuera así; pero
genocidios, entonces, cometieron los cartagineses cuando llegaron a
la Península Ibérica; y los romanos continuaron la obra emprendida
por aquellos. Y no sabemos las tropas de Jaume I, el Conqueridor,
cuántos pueblos diezmaron. Por no hablar del Pedro el del Puñalico
o el Cerimoniós,
y sus relaciones con la Unión y su campana. En fin, en todas las
casas cuecen habas y en la mía a calderadas. Pero ya se sabe:
justicia sí, pero no en mi casa.
Hace
tiempo a un partido político valenciano, de triste memoria, y que no
tenía nada que ofrecer, se le ocurrió jugar con ciertos complejos y
sentimientos. Enfrentó a valencianos contra catalanes porque, al
parecer, y según dicho partido, estos últimos querían colonizar a
los primeros con la excusa de la lengua, y la reedición del viejo
pacto de la Corona de Aragón. Ahora, no obstante, cosa que
contribuyó más y más a la irritación valenciana, bajo el nombre
de Països
Catalans.
Y se empezó a remover la historia y a tocar fibras sentimentales: el
valenciano, como lengua, decían, provenía no del catalán sino de
los mozárabes o cristianos que se habían quedado en la capital
cuando se marchó el Cid, muerto, y doña Jimena, que se llevó el
cadáver de su marido. Tal afirmación sonaba, y suena, un poco raro,
a pura demagogia y a falta de estudio, cuando no a olvido
intencionado. Quizás esté equivocado. Pero la madre de san Vicente
Ferrer era de Gerona, creo; y el otro gran fraile medieval, Eximenis,
también era de la Marca Hispánica; y su famoso libro Regiment
de la cosa pública, escrito
a instancias de los Jurados valencianos, no creo que esté escrito en
mozárabe. Además, dichos jurados valencianos lo entendieron
perfectamente en el original. Y dichos jurados se escribían con el
rey, o sus secretarios. Y entre las cartas de unos y otros no hay
diferencias de léxico1.
Pero no tengo más pruebas que ofrecer. No me llega para más. Mea
culpa.
Para cualquiera que lea
la historia con detenimiento está claro, creo, que en Valencia se
impuso el catalán porque Jaume I conquistó la ciudad a los árabes,
allá por 1238. Bien es cierto que dejó que se quedaran los que
quisieran, lo cual, según los historiadores, está en la base de lo
que luego será la Guerra de las Germanías. Jaime I distribuyó las
tierras, como se hace siempre, entre las tropas o los nobles que
había participado en la conquista. Los catalanes se quedaron en el
litoral y los aragoneses, Jaime I fue rey de la Corona de Aragón, en
el interior. En Valencia, pues, se hablará el catalán y el
castellano. Me parece. Así lo había leído y estudiado, y así lo
explicaban en clase algunos profesores de bachiller y secundaria. Y
eso fue lo que, merced a aquel partido político de triste
recordación, les costó a los profesores algún que otro disgusto, y
muchas y absurdas discusiones con alumnos, padres y abuelos, que no
habían leído un libro en su vida. Pero sabían de todo, eso sí. No
había día que no hubiera polémica al respecto, incluso con duros y
necios ataques personales. Los profesores de valenciano en la
Comunidad Valenciana fueron descalificados y perseguidos hasta
límites absurdos, a veces como bestias negras vendidos a los
catalanes o a sus dirigentes. El oro ruso se transformó en el oro
catalán.
Algunos padres, y sus
bienaventurados hijos, dieron rienda suelta a cuanto llevaban dentro,
y denunciaban a maestros y profesores por ponerles a sus hijos libros
de lectura en catalán, y en obligarlos a hacer los exámenes en esta
lengua. En vano argumentaban los profesores que, en casi todas las
lenguas, se ha producido, en uno u otro momento, un proceso
normalizador. En el caso del castellano o español, lo inició
Alfonso X el sabio, yerno por cierto de Jaime I, y nadie se atrevió
a decir nada. Ahora sin embargo, la tiranía de la democracia, todo
el mundo se cree con derecho y obligación de dar su opinión. Y todo
el mundo sabe distinguir esta lengua de la otra, lo que es una lengua
y un dialecto... Su opinión, por supuesto, no tiene porqué estar
pensada ni meditaba: basta y sobra con que esté en consonancia con
lo que cree la inmensa mayoría, que, como es de sobras conocido,
tiene grandes aficiones por los libros de filología. Más que por
las novelas o los libros de historia. Fueron muchas las librerías en
las que, en aquellos días, se agotaron los libros de dicha materia,
de filología, claro. Una maravilla.
Al final, como siempre,
se trataba de poner los medios para que medrara un grupo de personas,
o partido político, de no estudiar otras, no leer nadie, y, eso es
la democracia, escribir cada uno tal y como habla y le viene en gana.
Cosa que es muy respetable, por supuesto. Que cada uno escriba como
quiera y le apetezca; pero que deje a la filología y a la historia
en paz. La estupidez no necesita de ninguna justificación. Y por
ella misma ya es suficientemente ridícula. Nadie se leyó, por
supuesto, a Joanot Martorell o a Ausiàs March. ¿Para qué?
Creo que fue Pier Paolo
Pasolini quien dijo que con la televisión en sus manos no necesitaba
un ejército permanente. Es verdad: cualquier tontería repetida por
la televisión se reproduce hasta el infinito, como un enorme eco. Y
hay una cierta complacencia en la gente en comulgar con lo que dice
se vecino y el de más allá. E incluso en encontrarse con un enemigo
común sobre el que descargar iras y frustraciones. Es patético ver
a personas defender algo de lo que no saben ni la mitad de la mitad.
La democracia, sin embargo, es un tiranía en el fondo, les ha hecho
creer que todos somos iguales y todos sabemos de todo. Hasta de
medicina si se tercia. No hay más que ver cómo algunas personas se
intercambian medicamentos.
Yo,
sinceramente, ni sé de medicina ni sé de fiestas. Y poco de
historia; pero decir que el Descubrimiento de América, por mor de la
independencia, fue un genocidio; y que Cataluña fue anexionada por
Felipe V en la guerra de Sucesión me parece un poco fuera de lugar e
inexacto. Ya sabemos que cuando se habla de períodos históricos se
hace en términos generales; pero de verdad, en serio, ¿alguien se
puede creer a estas alturas que en la Edad Media todos eran
fervientes creyentes y católicos? Parece que es cierto que la
historia la escribe quien la gana; pero a menudo, muy a menudo, se
reescribe de forma no menos interesada por quienes no la ganaron.
¿Cómo saber la verdad? ¿Tal vez con estudio y dedicación? ¿Sine
ira et studio? ¿Y
cómo se consigue eso? ¿Reformando la educación? Llevamos ya tantas
absurdas reformas del sistema educativo que no se nos ocurre otra
cosa que traer a colación a un clásico: “No
es la educación lo que hay que reformar, como creían los que
acusaron y ejecutaron a Sócrates, sino que es el estado el que tiene
que renovarse desde sus cimientos.”2
No
se ha renovado. Ni se va a renovar, ni con independencia ni sin ella.
Y si se tiene en cuenta, creo recordar que lo decía Tito Livio, o
Maquiavelo, no sé, que el gobernado termina por parecerse al
gobernando, tenemos ya la radiografía perfecta: a la demagogia de
unos corresponde perfectamente la demagogia de otros. Y de acuerdo,
visto así la fiesta de la Hispanidad no es para celebrar.
¿Celebramos entonces el día de la publicación de Don
Quijote?
¿El de Tirant?
¿No querrá entonces cada pueblo celebrar el día de su celebridad
nacional aunque este no hiciera nada de provecho? No sé, de verdad,
porqué se habla de genocidio cuando se nombra a Hernán Cortés y no
cuando se habla de Jaime I o de Julio César. Quizás porque en la
Historia, como en los vinos, también cuentan los años. Es posible.
Y el olvido. ¿Todos los catalanes eran partidarios del Archiduque
Carlos y enemigos de Felipe V? ¿Y eran tan ingenuos los catalanes
como para creer que este iba a actuar de forma distinta a como lo
hizo Felipe V? Recordemos que buena parte de Cataluña estuvo del
lado de Carlos V durante las guerras carlistas. Y este era más
absolutista y cerrado que su felón hermano. Las Guerras Carlistas
están más cercanas que la Guerra de Secesión. Y nadie las nombra.
¿Amnesia u olvido intencionado? Españolito
que vienes al mundo...
Sean los catalanes todo
lo independientes y libres que quieran y les de la gana; pero dejen
la historia en paz. Para separarse de alguien no se necesita de
ninguna justificación más o menos falsa o demagógica. Ni hace
falta mentar a la suegra ni a los cuñados. Nadie está libre de
pecado, y todos interpretamos las cosas según nuestros propios
intereses.
Y
aun así, y por más vueltas que le doy, sigo sin comprender muchas
cosas, muchísimas. Tal vez por el lenguaje empleado o quizás por la
actitud de algunas personas. No lo sé. Al final sólo me quedan
varias y descorazonadoras conclusiones: Todo
el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo
siguiente: Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con
claridad; y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse3.
No
pierdo la fe, no obstante: seguiré leyendo y estudiando. Eso sí, me
voy haciéndole caso a Séneca: en
la medida de nuestras fuerzas alejémonos del terreno resbaladizo,
porque en el seco tampoco nos mantenemos con mucha firmeza.4
Y sin firmeza, dudando, cayendo y levantándome, pienso que tal vez
los romanos hicieran algo bueno por los iberos, como, tal vez,
algunos españoles lo hicieron por algún que otro azteca. ¿O todo
es maldad y mezquino interés? ¿De todos o de unos pocos?
1Pueden
consultarse, con motivo de las entradas reales, entre otros eventos,
en los diferentes Manuals de Consells del
Archivo Municipal de Valencia.
2Werner
Jaeger, Paideia, Fondo de
Cultura Económica, Madrid, 1981, p. 546
3Ludwig
Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus. Versión
española de Enrique Tierno Galván. Alianza Univresidad, Madrid,
1973, p. 31
4Séneca,
Epistolas morales a Lucilio, Traducción
de Ismael Roca Meliá. Ed. Gredos, Madrid, 1989, volumen II, p. 363.
Epístola 116
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