jueves, 13 de septiembre de 2012

Molière


MIS CONVERSACIONES CON AZORIN
MOLIÈRE

Vicente Adelantado Soriano

Hacía una mañana espléndida. Un poco fresca al principio; pero se adivinaba un vigoroso sol que no tardaría nada el caldear el paisaje. Más de lo deseado en el otoño. La verdad es que se añoraba un poco de frío, un poco de lluvia, un cielo plomizo, y más nieve en las montañas que rodeaban al pueblo. Se añoraba el fuego del hogar, el vaso de buen vino, y las castañas asadas. No teníamos nada de eso. Pero por las mañanas, si la lluvia no lo impedía, con frío o con calor, no podía faltar el cotidiano y deseado paseo. Compensaba con creces las otras carencias.
-Buenos días, Azorín, ¿Ha descansado usted?
-Buenos días. Sí, he descansado. Estoy fresco como una rosa y con ganas de caminar, al menos hasta la fuente.
-Pues vamos a ello.
-¿Y sobre qué vamos a versar hoy?
-Sobre lo que usted quiera y desee. Oírlo hablar es recibir una lección. Tiene usted libertad de cátedra.
-¿Eso quiere decir que puedo escoger el libro de texto?
-Y la forma de impartir la clase.
-Ha venido hoy usted o muy amable o con muy pocas ganas de trabajar.
-¡Hombre!
-Perdone. Ha sido una pequeña broma. ¿Qué le parece si hablamos de teatro?
-Sabe que es una de mis debilidades. Ahora bien, de qué teatro, de qué autor y de qué época.
-Escoja usted.
-¿Qué le parece Molière? No hace mucho, y por indicaciones suyas, volví a leer Tartufo.
-Perfecto. Hablemos de Molière. ¿Qué le parece a usted dicho autor?
-Escribió comedias muy divertidas. Muy buenas, perfectamente construidas, como se dice ahora y algunas un tanto reiterativas. Pero, aunque le parezca mentira, sólo he visto, en escena, dos obras suyas. El resto lo he tenido que leer.
-Sí, es una pena el abandono en el que está el teatro. ¿Qué le pareció Tartufo?
-Inquietante.
-Ya.
-Decía García Lorca, si no recuerdo mal, que una obra de teatro es su director. ¿Está usted de acuerdo con esto?
-Sí, es probable que una mala dirección pueda quitarle fuerza a un drama. O despojarlo de su sentido.
-O darle otro que, tal vez no está en el texto, o aparece de forma muy subliminal.
-En ese caso, y en los otros, no olvide usted, querido amigo, que todo montaje es una nueva interpretación. Y tal vez esos nuevos montajes digan más de la época que los creó que de su propio autor, del autor del texto, claro.
-Posiblemente esté usted en lo cierto, Azorín. Lo cual plantea otro problema: ¿cómo llegar al mensaje original del texto?
-Realizando un buen montaje, ¿no le parece a usted?
-Sí, pero no deja de ser una interpretación.
-Por supuesto. Siempre he pensado, querido amigo, que el montaje se debe mantener en un cierto eclecticismo: ni arqueología, ni exceso de modernismo, que puede resultar engañoso.
-Eso también depende, Azorín, de la fuerza del director. Puede hacer una cosa asombrosamente moderna, y respetar todo el texto y aun su sentido, sus juegos y palabras.
-Creo que entiendo a dónde quiere ir a parar. Pues, y perdone usted si lo he interpretado mal, la dramatización puede hacer evidentes cosas que en el texto no lo están tanto, ¿es eso a lo que se refiere?
-Sí. A algo así me refería. ¿Me permite usted un salto en el tiempo?
-Por supuesto que sí.
-Hace bastantes años asistí a un curso sobre teatro clásico. Lo impartió Ruiz Ramón, un excelente historiador del teatro español. Analizamos durante varios días El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina.
-Una obra ciertamente importante.
-¿Y no le parece a usted significativo que se represente la meliflua Don Juan Tenorio, de Zorrilla en lugar de esta magnífica obra?
-Bueno, usted sabe...
-Sí, ya lo sé, que es usted una buena persona.
-Bien, querido amigo, no se enoje: prefiero con mucho la obra de Tirso, por supuesto.
-Yo también, yo también. Bien, como le iba diciendo, el profesor Ruiz Ramón nos hizo caer en la cuenta, texto en mano, de cómo Tirso denuncia la corrupción de la monarquía, y de cómo don Juan engaña porque también lo quieren engañar a él, y él es más astuto que las mujeres, o tiene más suerte.
-O lo ayuda su tío, valido del rey. Y eso se tiene que notar en un buen montaje.
-Efectivamente. Si no se percibe, la obra puede quedar coja.
-¿Y aplicado esto a Tartufo qué obtenemos?
-Lo que le voy a contar me causó una cierta inquietud. ¿Usted diría que la relación entre Orgón y Tartufo es una relación homosexual?
-¡Hombre! Me deja usted... no, no se me había ocurrido. No lo creo.
-Parece ser que se han hecho montajes que resaltan este tipo de relación.
-¿Y qué le parece a usted?
-Una exageración por no decirle un sin sentido, o una absurda forma de llamar la atención.
-Eso estaba pensando yo también: no hay que olvidar que Orgón ofrece a su hija en matrimonio a Tartufo... Creo que es llevar las intenciones de Molière un poco demasiado lejos, ¿no le parece a usted?
-Aparte de eso, me parece que vista desde esa perspectiva, la obra de Molière pierde parte de su gracia, deja de ser una comedia. Y Molière buscaba la risa, aun en los momentos más delicados.
-Sí es una delicia, en El médico a palos, las proposiciones que hace el médico, Sganarelle a Jacqueline, a quien induce al adulterio: “y merecería también que le pusierais ciertas cosas en la cabeza por culpa de sus sospechas” para vengarse del marido.
-Y se ofrece él mismo como el instrumento de la venganza. Y todo dicho con un tono gracioso, irónico, en ningún momento morboso o feo.
-Es posible, pues, querido amigo, que, como ha dicho al principio, y como dijo García Lorca, una obra de teatro sea el director.
-Sí. Estos tienen mucha facilidad para echarlas a perder.
-Siempre se ha dicho que las obras de teatro han sido escritas para ser representadas, no para ser leídas; pero con un poco de imaginación, ¡qué montajes más maravillosos se puede hacer uno en su propia mente! ¿No le parece?
-Esoy totalmente de acuerdo con usted, Azorín. Aunque sería difícil, tal vez imposible, darle a la obra toda la fuerza que tuvo en su época. Quiero decir que dudo mucho que hoy se escandalizara nadie por lo que denuncia Tartufo.
-Sí, porque en su época armó bastante revuelo.
-Tal vez se produjera ese revuelo más por la estrechez de miras de los criticados, o de la crítica, que por cuanto dice el propio Molière o sus personajes.
-Los dogmas carecen de sentido del humor: para ellos todo es sagrado, y la ropa sucia la quieren lavar en casa.
-¿Aceptan tener ropa sucia? Por otra parte, la obra adolece de una cierta verosimilitud. ¿Cómo puede haber alguien tan necio que meta en su casa a un personaje como Tartufo y le confíe hasta sus más íntimos y comprometedores secretos?
-Porque se está confundiendo todo: la piedad y la religión con la hipocresía y con cuantos tratan de aprovecharse de los incautos vendiéndose como buenos cristianos. Esa, querido amigo, es la crítica de Molière. Y un artificio teatral tan válido como el hecho de que Calisto no se case con Melibea.
-Aun así, aceptado el artificio, cuesta creer que exista un Orgón...
-Es el símbolo de quien no quiere ver, de quien está cegado. Recuerde que su mujer tiene que montar la pequeña obra teatral en la que finge rendirse a Tartufo para que Orgón se percate de la radical hipocresía de este personaje.
-Sí, es una obra sobre la hipocresía, y sobre la ceguera; pero aún así me resulta complicado comprender por qué la obra causó tanto revuelo en su época.
-Es difícil trasladarse a otros momentos. De ahí la importancia del montaje. Ahora, transformar una explotación religiosa, hipócrita, en una relación homosexual, me parece un poco fuera de lugar.
-A mí también. Tal vez se debería centrar la dramatización en estudiar qué sucedió en aquella época para permitir el surgimiento de un personaje como Tartufo, y que su representación molestara tanto.
-No olvide, Azorín, que molestó a un determinado grupo de gente.
-Sí, pero con poder. Hasta el punto de lograr que se prohibiera la obra.
-Otra cosa que me ha llamado mucho la atención de la obra de Molière es que haya un padre capaz de sacrificar la felicidad de su hija, en este caso la de Mariana, enamorada de Valerio, y que se empeñe, su padre, en casarla con Tartufo, el hipócrita.
-Las ruines costumbres de la aristocracia, querido amigo, heredadas por la burguesía.
-Situación que se repite, por cierto, en El enfermo imaginario.
-Y que en ambos casos resuelve una criada, que se sube a las barbas de su señor. Un elemento muy a tener en cuenta.
-Está claro, Azorín: esas obras de teatro, para su montaje, requieren de muy buenos directores: leyéndolas saltan chispas por todas partes. Y un montaje, un buen montaje, no lo puede desperdiciar.
-Tal vez por eso se representen tan poco a los clásicos: son muy exigentes.
-Demasiado para el común de los mortales.
-¿Dígame, querido amigo, usted cree que nevará este año? Porque vaya calor...
-Me mata tanto calor, Azorín. ¡Ojalá nevara e hiciera frío!
-Paciencia, querido amigo, paciencia. Lleguemos a la fuente y tonifiquémonos con su clara y fresca agua. Ya seguiremos otro día hablando de teatro.

La casa de los siete balcones I


MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN
LA CASA DE LOS SIETE BALCONES
I
EL REALISMO

Vicente Adelantado Soriano

El cielo estaba nublado, aun así hacía calor. Pensé que tal vez fuera útil salir de casa provisto con un paraguas. De joven los paraguas no me gustaban nada. Me molestaban. Prefería mojarme a cargar con ellos. Los constipados me hicieron cambiar de opinión. Ahora me encantan los paraguas grandes, llamativos y el sonido de la lluvia al golpear sobre la tersa seda. Al verlo, Azorín me recordó una breve anécdota.
-Me imagino que conocerá usted la anécdota de Valle-Inclán.
-¿Se refiere usted a aquella en la que en una obra de teatro el personaje le dice a una mujer que “eres un cuerpo de seda con un alma de hierro”?
-Sí, a esa me refiero. Yo no sé la cita de memoria, pero creo que sí, es algo así. Y que Valle, al oírlo, se puso de pie en el teatro, y ceceando dijo, “pues es usted un paraguas”.
-Sí, la había leído. ¡Vaya con don Ramón!
-Terrible, terrible. Imagínese eso en un teatro.
-Es de suponer que se montaría un escándalo de padre y señor mío.
-Sí, creo que sí. Pero dejemos a don Ramón, querido amigo; si no recuerdo mal quedamos, el otro día, en que hablaríamos de una obra de teatro, La casa de los siete balcones.
-Recuerda usted muy bien, Azorín. En eso mismo quedamos.
-¿Y qué le ha parecido a usted la obra de Casona?
-Francamente, me ha gustado mucho. ¿Sabe usted, Azorín? Si yo fuera director de teatro, tuviera dinero, o pudiera, montaría esta obra y la otra, la de Prohibido suicidarse en primavera.
-¿Y no tendría usted miedo a arruinarse? Me dijo el otro día que el teatro no pasa por un momento boyante, a menos que no cuente con actores conocidos gracias a la televisión.
-Sí, es cierto. Pero el montaje, dirigido por mí, sería muy bueno, los actores inmejorables, y tendría mucho éxito.
-Me alegra verlo con esa energía y ese convencimiento.
-Y en caso contrario, ¿no se arruinaban los ricos persiguiendo a actrices o sopranos? Yo, más ambicioso, me arruinaría por todo el teatro entero. Por todo él.
-¡Vaya! Es usted un romántico.
-¿Cree usted que el paraguas desdice con el romanticismo?
-No, déjese, si llueve nos vendrá muy bien.
-Pero la tuberculosis...
-¡Hombre, déjese usted de enfermedades románticas! Ande, hable de Casona.
-Como usted quiera. Casona, de entrada, me ha planteado un grave problema.
-Lo escucho, lo escucho.
-Usted sabe, mejor que nadie, que las historias de la literatura, por regla general, se limitan a repetir lo que ya dijeron las anteriores sin prácticamente cuestionar nada, o muy poco, de lo dicho o afirmado.
-Sí, algunas veces me enfadé yo por esas cosas. Porque todas las historias condenaban, sin más, la última novela de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Segismunda. Y me parece que ese magnífico libro no lo ha leído casi nadie. Y menos quienes hablan de él.
-Me viene de maravilla que haya citado usted esa novela.
-Pues usted dirá.
-En casi todas esas historias de la literatura se habla del carácter eminentemente realista de la literatura española.
-Sí, es cierto.
-¿Y qué opina usted?
-¿Qué voy a opinar? Que hemos tenido una pléyade de escritores tan geniales que han engañado a unas cuantas generaciones de críticos. O sencillamente a la primera. La segunda se limitó a repetir lo ya dicho. Y la tercera, y la siguiente...
-¿Quiere esto decir que no está usted de acuerdo con el adjetivo de realista aplicado a la literatura española?
-Comprenderá usted que tendríamos que definir primero qué es el realismo.
-Cojámoslo en el sentido corriente de la palabra.
-Esa media sonrisa suya me está indicando que tiene usted más que preparada la conversación, ¿me equivoco?
-No, Azorín, no se equivoca usted. Temía que algo así se iba a plantear en la discusión, y me he tomado la libertad de hacer unas anotaciones en este papelillo.
-A ver, lea usted.
-Real, según el Diccionario de la Real Academia Española, viene del latín res, rei, que quiere decir cosa. Por lo tanto real será aquello “que tiene existencia verdadera y efectiva.”
-Bien, podemos aceptarlo como punto de partida para nuestra discusión.
-¿Me permite ampliar la definición?
-¿Cómo negárselo después de las molestias que se ha tomado?
-No, no ha sido molestia. Sabe usted que me encanta conversar con usted, y que prefiero no divagar, puesto que soy yo quien debe exponer el tema de hoy que es, no lo olvidemos, La casa de los siete balcones.
-Va a resultar usted un conversador terrible. Lea, lea.
-Pero compartiremos el paraguas en caso de lluvia.
-No esperaba menos de usted. Lea, por favor.
-El Realismo, según el mentado diccionario, es una “forma de presentar las cosas tal como son, sin suavizarlas ni exagerarlas.” Esa es la primera acepción.
-No es muy explícita que digamos.
-Ya, ya sé que se pueden hacer muchas objeciones.
-¿Y la segunda?
-Dice que el Realismo es un “sistema estético que asigna como fin a las obras artísticas o literarias la imitación fiel de la naturaleza.”
-¿Y qué opina usted?
-Que hace mucho calor, y que la literatura española no es nada realista.
-Sobre la primera parte de su afirmación es posible que tenga usted razón, pero yo no lo noto: soy mayor y necesito el sol, más sol; y la segunda, querido amigo, la tendremos que discutir.
-¿No me dirá usted que es realista Los trabajos de Persiles y Segismunda?
-No, por supuesto que no. Ni siquiera le voy a decir eso del Poema de mío Cid. Creo que tiene usted bastante razón en todo cuanto dice.
-Pero lo quiere matizar.
-Si usted me lo permite.
-Por supuesto que sí. Si en realidad debería callarme yo para dejarlo hablar a usted.
-No, por favor. Los diálogos siempre son enriquecedores. Pero quizás deberíamos plantear el problema desde otro punto de vista, el de la verosimilitud.
-Me temo que eso tampoco va a explicar mucho las cosas.
-Sí, tal vez tenga usted razón. Desde luego no es nada verosímil Los trabajos...
-Ni tal vez El ingenioso hidalgo... ¿Y Lázaro de Tormes?
-Si ha leído usted documentos de la época sabrá que era terrible cómo trataban a los niños. Lázaro es un privilegiado, si tomamos su historia al pie de la letra. Cosa que no se puede hacer por cuanto el autor se vale de cuentos folklóricos.
-¿Entonces?
-¿Qué le parece a usted? ¿Estamos en un callejón sin salida?
-Estando con usted no me lo puedo creer.
-Ha dicho que no le parecía realista la obra de Casona, al menos La casa de los siete balcones, ¿es así?
-Sí, así es.
-¿Y por qué? ¿Qué razones tiene usted para afirmar eso?
-Le voy a hablar desde mi punto de vista. Quiero decir, sin tener en cuenta teorías, críticas, ni nada de esto. Sin pretensiones.
-Es lo mejor. Hable.
-Siempre se me ha hecho duro de creer que un hombre, por una mujer, olvide su hacienda, su hijo, su familia y se entregue a una... digamos, pasión bestial.
-Igual que doña Emilia, usted no acepta el naturalismo.
-¡Azorín! Eso es un golpe bajo.
-¿Usted cree?
-Sí, pues en La madre naturaleza...
-Sí, ya sé; se plantea un caso similar. Y eso no es realismo. ¿Usted cree que esta discusión nos va a llevar a alguna parte?
-Sí. No se ría usted.
-Vaya, ha venido usted cargado de papelitos.
-Si. Además, este le sonará: “La novela es una rectificación de la realidad: encontramos que la realidad es imperfecta, y la rectificamos. Y la realidad no es lógica, ni coherente, ni natural; lo que pintamos nosotros, sí es lógico, coherente y natural. No hay más Naturaleza que la del novelista; la otra es adulterada.”
-¿Son palabras mías?
-Sí. De un su artículo titulado “La Novelística”.
-Estamos cerca de la fuente, ¿le apetece usted que nos sentemos un ratito y nos tonifiquemos con el agua?
-Sí, por supuesto.
Nos acercamos a la fuente con paso lento. Al fondo resaltaban las montañas con su escasa y brillante nieve. El cielo se iba oscureciendo por momentos. Azorín se sentó ignorando las nubes. Creo que confiaba en mi enorme paraguas de seda amarillo. Mi color preferido. Brillaba como el oro bajo aquellas nubes grisáceas. Yo confiaba en Azorín para sacar algo en claro de la discusión. Pero las buenas discusiones también hay que paladearlas. Bebimos agua y descansamos durante unos minutos.

La casa de los siete balcones II


MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN
LA CASA DE LOS SIETE BALCONES
II
EL REALISMO MÁGICO

Vicente Adelantado Soriano


Tonificados gracias al agua, proseguimos, sin prisas, casi tomando a broma al cielo amenazador, con nuestra particular discusión sobre la obra de Casona. Nos encaminamos ya hacia el pueblo.
-Casona nos está resultando un perfecto pretexto para hablar de la literatura en general.
-Sí, tiene usted razón. Pero quizás no deberíamos divagar tanto. ¡Santo Dios! ¿Todavía tiene usted más papelitos?
-Le prometo que es el último.
-Lea, lea.
-Es de su mismo artículo, del citado anteriormente. Y dice así: “En el trabajo de la crítica hay que ser preciso y exacto.”
-Me parece muy bien, aunque lo haya dicho yo.
-A mí también. Pues antes, de joven, cuando no veía soluciones en los tratados de literatura o retórica, y vuelvo a la discusión con su permiso, tendía a considerar realismo todo aquello que era factible de que me sucediera a mí o a mi vecino.
-Lo cual es limitar mucho el realismo, por cuanto lo cercamos con nuestras pobres y limitadas vidas.
-Precisamente me apoyé en eso para romper con mi concepción del realismo, pues una escuela estética no puede depender de las pobres vivencias de un lector.
-Bien. Hemos superado el subjetivismo. Admitamos que otros pueden tener otras vivencias más ricas que las nuestras...
-Pero eso tampoco es, querido Azorín.
-Pues entonces, ¿qué es el realismo, querido amigo?
-Una determinada forma de escribir.
-Perdóneme, pero es usted tan explícito como nuestro querido diccionario.
-Sí, lo sé. Prosigamos. Ese realismo, narrar cosas reales, verosímiles, factibles de suceder, integra la fantasía, y la trata con el mismo rasero, sin romper ninguna regla.
-Me parece que vamos aclarando conceptos.
-Imaginemos, perdone usted la sonrisa, que un caballero sale hacia el exilio, que todos le niegan el pan y el agua, que una niña le implora, y que el caballero, con el paso de los años, conquista castillos, tierras, reinos y casa a sus hijas con condes.
-Podía suceder en la Edad Media.
-Sí, podía suceder. ¿Sabe usted? Si no me hubieran dicho que el pasaje del robledal de Corpes es pura invención, hubiera vivido convencido de todo cuanto allí se cuenta sobre las hijas del Cid.
-A muchos nos ha pasado lo mismo con el cuento del ciego y las uvas del pobre Lázaro.
-Efectivamente. Y con el planto de Pleberio.
-¡Qué cosa más soberbia!
-Y qué irreal. Un padre, ante el cuerpo despedazado de su hija, no dice esas cosas... Posiblemente no diga nada.
-¿Es irreal para usted entonces?
-Dentro de la obra, nada más real y lógico que ese planto. Y dentro de la obra de Casona, nada más real y lógico que la aparición del abuelo y de la madre, muertos, en el comedor de la casa. Los convoca el hijo, el nieto, un niño abandonado por su padre, y que sólo se comunica con quien encuentra cariño, con su tía.
-Que es un mito romántico. Aunque sea un personaje muy bien dibujado.
-Efectivamente. Es una especie de doña Rosita la soltera: espera una carta de América, que nunca llega. La del viejo novio, que partió en busca de fortuna... Y termina, engañada por su cuñado, encerrada en un manicomio.
-Quizás sea ese tono de amargura lo que ha hecho definir a la literatura española como literatura realista. ¿Le parece a usted?
-Es posible. Pues a ello va aparejado el triunfo de los malvados, como es el caso de La casa de los siete balcones; la destrucción de los ideales, El ingenioso hidalgo...; el triunfo del azar y de lo imprevisto, La Celestina...
-No hace falta que ponga más ejemplos. Pero hasta llegar ahí...
-El autor se ha servido de todo tipo de materiales. Podríamos decir, aunque la etiqueta sirve para otro tipo de literatura, que el realismo español es un realismo mágico, en el cual lo maravilloso no espanta ni asusta. Y no sólo eso sino que se integra perfectamente en el tono de la obra. Y esto ya desde bien temprano. No hay sino recordar el famoso cuento de don Juan Manuel, titulado “De lo que aconteció a un deán de Santiago, con don Illán, el gran maestro de Toledo.” Y eso por poner un ejemplo. En la narración de don Juan Manuel el mundo de los sueños es el mundo real. A través del sueño se ve el futuro, y por ese se juzga el presente.
-Un ejemplo, querido amigo, muy bien traído. Como podía serlo el de los tejedores que le hicieron un paño al rey, ¿se acuerda usted?
-Sí, me acuerdo. El rey pasea desnudo, pero nadie se atreve a decirlo, puesto que quien no vea el paño es porque no es hijo legítimo.
-Sí. Y, sin embargo, no le parece a usted que el tono, el resultado final de la obra, es un tono, llamémosle así, realista.
-Sabe usted, Azorín? Hay otra cosa, en todo esto del realismo, que siempre me ha llamado la atención.
-¿Y que es?
-El hecho de que los grandes procesos literarios se hayan dado en Francia, donde supuestamente la literatura es más fantasiosa que la española... Quiero decir, aquí ni Clarín ni Pérez Gadós, por La regenta, ni por Fortunata y Jacinta, se vieron involucrados en ningún proceso judicial como Flaubert en Francia por Madame Bovary, o Molière por Tartufo.
-Quizás, querido amigo, se deba a la diferencia de temperamento: allí se lee, los escritores son reconocidos, y aquí ni se lee, ni un escritor tiene ningún tipo de prestigio. Y lo que dicen, en consecuencia, son cosas sin importancia, novelerías.
-No puedo opinar al respecto. En Francia he estado un par de veces, y con el tiempo justo para ver cuatro cosas de París. Inglaterra y el resto de Europa no lo conozco...
-Los españoles deberíamos viajar más.
-La pobreza impide levantarse a los buenos ingenieros, decía Van Gogh. A mí, desde luego, me encantaría viajar, ver cómo funcionan los sistemas educativos de otros países a fin de tener una referencia clara.
-Tiene usted los testimonios, escritos, orales...
-Conforme me hago mayor, Azorín, aprecio cada vez más los refranes.
-¿No se estará convirtiendo usted en una especie de Sancho Panza?
-Pues no le diría a usted que no. Así que cuando me ponen como ejemplo a Francia, Inglaterra, Canadá... me acuerdo del viejo refrán: “De largas tierras, largas mentiras.”
-Nada más real que ese escepticismo, querido amigo.
-Y esa triste melancolía, un no sé qué que queda balbuciendo, tras la lectura de la obra de Casona.
-¿Entonces la literatura española es realista?
-Si lo es Calila e Dimna o El libro de buen amor, sí.
-¿Y qué me dice de Galdós?
-Galdós, querido Azorín, es el pianista que toca todas las teclas: igual es realista que romántico, o naturalista, o todo junto, como en Marianela. Y toque la tecla que toque, siempre es un autor digno de ser leído.
-Y ¿qué opina usted de Pereda?
-Todavía no lo he leído.
-Me tiene usted en ascuas. Bien, querido amigo, hemos llegado al pueblo. ¿Sabe usted? Estas discusiones nuestras me recuerdan los diálogos de Platón: nunca se llega a ninguna conclusión, a las afirmaciones claras y rotundas.
-Es cierto. Y mire que de joven me molestaba esa actitud. Yo quería que Sócrates me dijera qué es la virtud, o la belleza, o el buen gobierno.
-Y Sócrates no se lo decía: quería que lo averiguara por usted mismo.
-Efectivamente.
-¿Y averiguó algo?
-Creo que no, pero hoy en día disfruto mucho leyendo los diálogos, contemplando la implacable máquina de pensar que es Sócrates. Aunque a veces, Azorín, también me parece una cierta mosca que goza de un nombre no muy respetuoso.
-Es usted terrible. Pero sí, creo que algo de razón tiene. No obstante, deberíamos afinar más nuestros diálogos. No hemos definido nada, ni llegado a ninguna conclusión.
-¿No le molestará a usted?
-No. En absoluto; pero lo digo por si, algún día, se le ocurre a usted transcribir nuestros diálogos, y caen en manos de algún incauto lector.
-Pues como los tache de realistas, lo tenemos claro.
-Según lo que usted ha defendido, no iría desencaminado ese posible lector.
-Tiene usted razón. Yo tenía un amigo, de joven, que decía que si él pensaba en un elefante verde, el elefante verde existía. Todavía somos amigos.
-Me hubiera encantado ver La casa de los siete balcones montada por usted.
-No me haga caso, Azorín: me entusiasmo cuando leo una obra, me la imagino, me exalto; pero luego, ante un trabajo largo, continuado, con problemas, no sé si sería capaz de llevar las cosas a buen término.
-¡Ay, ese escepticismo tan realista, tan real, tan español y tan nuestro! Ande, descanse usted. Hasta mañana.
-Gracias por su compañía, Azorín, y hasta mañana.
-¡Ah! Y coja el paraguas. Si nos perdemos, nos localizarán enseguida.
En ese preciso momento se puso a llover. Me fui a mi casa dando un largo y extenso rodeo. Con el paraguas abierto, por supuesto. No había un paraguas tan bello y grande como el mío. Hasta los niños se reían al verme pasar. Pero yo iba muy orgulloso bajo aquel enorme paraguas de color amarillo, mi color preferido. Caminando recordaba a Azorín y se me ensanchaba el corazón.

La amistad


MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN
LA AMISTAD

Vicente Adelantado Soriano

Dijeron por la televisión, la radio y la prensa, que no iba a llover, que las temperaturas se iban a mantener estacionarias; es decir que continuaría haciendo calor, y que íbamos a gozar del sol durante un par de semanas más. Yo estaba un poco cansado de tanto calor, aunque, desde luego, no se llegó, en noviembre y diciembre, a las altas temperaturas de agosto. Pero aun así, no hacía nada de frío. Cuando salí a la calle, el sol se anunciaba ya por el oriente. No obstante, cogí el paraguas. Poco después me encontraba con el maestro, con abrigo y sombrero. Nos saludamos afectuosamente. Y comenzamos a caminar y a charlar.
-Azorín, dígame, ¿qué es para usted la amistad?
-Tal vez la coincidencia de sentimientos y actitudes ante la vida de dos o más personas, que están cercanas.
-¿Puede usted ser amigo de una persona que discrepa de usted?
-Claro. Una de las partes más importantes de la amistad es la tolerancia, cosa que, cada día que pasa, se da en menor cantidad e intensidad... No sé, de la forma que camina el mundo, podíamos definir la amistad actual como tener en cuenta la mera existencia de un par de personas.
-Un poco pobre y limitado, ¿no le parece?
-Sí, tiene usted razón; pero es que el mundo se está empobreciendo cada día más. El concepto de amistad, por lo tanto, no es el mismo aquí que en la Grecia clásica.
-Eso es indiscutible. Tampoco tenemos la misma concepción del amor.
-Sí, es cierto. Las circunstancias no son las mismas. ¿No le ha llamado a usted la atención el respeto que se tenía en la Grecia clásica por el huésped?
-Sí; pero, claro, no había hoteles, ni hospederías.
-¿Y no cree usted que esa confianza no siempre sería igual y que no daría pie, en alguna que otra ocasión, a más de un abuso?
-Tenemos el claro ejemplo del antepasado de Layo, y la maldición, que se cumple con Edipo. Sí, claro que daría pie a todo tipo de abusos. No en vano la filosofía griega, la música, el teatro, todo, busca sempiternamente el equilibrio.
-Y si definimos al hombre por su búsqueda, eso es precisamente lo que no tenían los griegos. Sería absurdo buscar lo que ya se tiene, ¿no le parece?
-Por supuesto. ¿Se habla en la literatura griega de la amistad?
-Pues en este momento no sabría responderle. No obstante, creo que se habla más de relaciones familiares, de relaciones amo-sirviente o esclavo, que de otra cosa. Y, además, la amistad en Grecia tiene un matiz erótico que no se da en nuestra sociedad. Teniendo en cuenta ese erotismo, se habla de la amistad ya en la misma Ilíada.
-¿Se ha planteado en alguna literatura la amistad como tema?
-Sí, por supuesto. En El conde Lucanor tiene usted un precioso cuento al respecto. El titulado “De lo que contençió a uno que provava sus amigos.” Recordará que dicho cuento, además, es de tradición oriental. Y uno de los más extendidos de la literatura universal. Aunque usted me dirá que no es realista.
-No lo es, por supuesto, aunque es un problema que no debe preocuparnos, al menos en este momento. Creo que el cuento de don Juan Manuel, una parábola al fin y al cabo, es inquietante no porque defina la amistad, sino porque plantea un serio conflicto, bastante grave desde mi punto de vista.
-Efectivamente. Es una narración inquietante. Deja una gran pregunta en el aire. Supongo que se referirá usted a la pregunta de ¿hasta dónde puede o debe llegar la amistad? O dicho de otra forma, si un amigo nuestro cometiera un crimen, y nos pidiera que lo ocultáramos, ¿deberíamos hacerlo o ir a la policía y denunciarlo? ¿Qué cree usted?
-Yo, Azorín, iría a la policía, sin dudarlo.
-¿Me permite usted que sea inquisitivo?
-Adelante.
-¿Iría usted porque cree que es su deber como ciudadano o por evitarse problemas y no verse involucrado en un crimen?
-Por esto último.
-¿Y considera que eso es amistad?
-No considero que sea amistad hacer cargar a otra persona con los crímenes propios. En esas y parecidas circunstancias, surge la desconfianza. Y quién sabe si la confesión al amigo del propio crimen no lleva aparejada una coartada, un engaño...
-La desconfianza es un sentimiento más fuerte que la amistad.
-Sí, no se lo niego. Pero también le puedo responder a la pregunta desde un punto de vista filosófico y un poco más virtuoso, por decirlo de alguna manera.
-Ya. No salimos del ámbito del Mediterráneo. ¿Me equivoco?
-No, no se equivoca usted. Le hablo de Sócrates. Como usted sabe, dice el sabio griego que la persona virtuosa es feliz con el castigo cuando reconoce que ha hecho algo mal. La justicia lo restituye a la sociedad, o a la virtud. De ahí la importancia de las leyes, y de su cumplimiento. La importancia del castigo.
-No obstante, si acusara a su amigo, si lo denunciara, la sociedad lo vería a usted como a un hipócrita.
-Cada uno, Azorín, ve en los demás lo que es él mismo. Pero la inmensa mayoría de los hombres hubieran hecho lo que hizo Calisto: olvidar a Pármeno y Sempronio y acudir a la cita con la dulce Melibea.
-¿Y le parece a usted correcto? Sí, ya sé lo que me va a decir: que de no ser así, nos quedamos sin el planto de Pleberio.
-Siempre he dicho que da gusto hablar con gente inteligente.
-Me halaga usted. Permítame: antes de que se me olvide. Cuando ha dicho que cada uno ve en los otros lo que es él mismo, me ha recordado usted una cita de Gracián: “quien se burla, tal vez se confiesa”.
-Pues eso mismo. Pero no me desvío. No, no lo halago a usted, Azorín. Una de las cosas buenas que he hecho en mi vida ha sido releer las obras de usted.
-¡Hombre, por Dios! Algo mejor habrá hecho en este valle de lágrimas. No sea usted tan negativo.
-Bueno, da lo mismo. Quiero decir que la relectura de algunos de sus libros, me ha llevado a releer libros de los que usted habla con cierta frecuencia.
-Sí, ya me lo dijo el otro día: a la pobre doña Emilia la ha bajado usted del pedestal.
-Bueno, Azorín, ni usted ni yo somos Pérez Galdós, así que con doña Emilia no se acaba el mundo.
-¡Vaya, vaya! Como usted sabrá a don Benito tampoco se le terminó cuando se acabaron sus relaciones con ella.
-No sé lo que le vio este hombre; pero para los gustos están los colores.
-Recuerde al Arcipreste: Las propiedades que las dueñas chicas han.
-Lo recuerdo, lo recuerdo.
-¡Dios mío! ¿Se ha dado cuenta usted de a dónde nos llevan nuestras conversaciones?
-Sí. Y con su permiso retomo la discusión, al menos en su última parte.
-Hágalo, por favor.
-¿Se acuerda usted de la cantidad de tinta y papel que se ha gastado intentando dilucidar por qué Calisto no se casa con Melibea?
-Sí, me acuerdo. Y de algunas teorías que hay al respecto. Él es judío converso, ella es cristiana vieja... yo creo que la respuesta es más sencilla que todo eso: si Calisto se casa con Melibea, no hay Celestina, ¿no le parece a usted?
-Totalmente de acuerdo. Pero ahora interviene usted.
-Me tiene usted intrigado.
-Gracias a sus libros volví a leer a Molière.
-¡Ah, mi buen amigo! Claro, ya sé por dónde va usted.
-Las mujeres sabias, las preciosas ridículas, los salones parisinos del siglo XVII, que ridiculiza Molière, son, o pueden ser, una continuación de las cortes de amor de María de Francia; un intento de revivir el amor cortés, todo aquello descrito por Capellanus en De amore.
-Efectivamente. Por eso mismo en Las preciosas ridículas, las dos protagonistas no quieren casarse: sus pretendientes han empezado la relación pidiendo el matrimonio: no han seguido los pasos del trovador, del verdadero amante. Como dicen ellas, han comenzado la novela por el final.
-¿Y no le parece, por lo tanto, que Calisto es otro Quijote, un personaje que en el siglo XV intenta vivir como si estuviera en el siglo XII o XIII? ¿No será la forma de plantear su amor un planteamiento anacrónico por muy carnal que sea?
-Es posible, querido amigo. Pero no se deje llevar por la pasión. En su razonamiento hay un fallo terrible.
-Me lo temía.
-Lo siento. Pero usted sabe que en las cortes de amor no había Celestinas, ni trotaconventos. Había, por el contrario, celosos.
-Tiene usted razón. Como siempre.
-Tenemos la fuente a pocos metros. Bebamos agua, querido amigo, y sigamos conversando en tanto nos lo permita el tiempo.
-Sea así.
-Al final, y como siempre, no me ha dicho usted nada de la amistad.
-Lo dejamos para otro día si no le molesta.
-En absoluto. Pero permítame una pregunta. ¿Tiene usted buenos amigos?
-Yo diría que sí. Pero en caso de matar a alguien, que no ha lugar, no iría a implorar su ayuda.
-No lo creo a usted capaz de matar a nadie.
-No se fíe.
-Lo tendré en cuenta.
-Me va a permitir que termine la conversación sobre la amistad con un refrán.
-Sancho Panza y usted serían amigos de por vida.
-Pues se lo dedico a él: “Al amigo y al caballo, no cansallo.”
Azorín, sonriendo, se inclinó sobre el caño para beber agua. Estaba caliente, como era de esperar. Yo también me incliné: siempre va bien beber después de una larga conversación.

Paralipómenos




MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN
PARALIPÓMENOS

Vicente Adelantado Soriano

Debo reconocer que el ser humano es muy contradictorio, y que yo no soy ninguna excepción. Lo digo porque estaba harto y cansado del calor, del sol y del buen tiempo. No obstante, todas las mañanas me despertaba con la ilusión de que el tiempo no hubiera empeorado, pues de lo contrario no podría salir a pasear con Azorín. Tuve suerte: las pocas veces que llovió lo hizo por la tarde. Y alguna que otra tarde, el maestro, siempre y cuando llevara mi famoso paraguas, me invitó a su casa a tomar café. Allí las conversaciones se hicieron más formales. Por eso yo prefería caminar hasta la fuente.
-¿Sabe usted, Azorín? Nuestras conversaciones se parecen a la definición que dio Cervantes ya no recuerdo de qué novela suya: aquí se promete mucho y no se concluye nada.
-Es lo normal de las conversaciones, querido amigo. Otra cosa sería que estuviéramos haciendo crítica literaria u obras de teatro. ¿No le parece a usted?
-Sí, tiene razón. No obstante, siempre, cuando me despido de usted, tengo la impresión de que lo más importante de nuestras conversaciones se me ha quedado entre pecho y espalda, no ha salido.
-Bueno, ambos gozamos de salud y de buen tiempo, aunque ya sé que le disgusta a usted, así que puede retomar la conversación que usted quiera y añadir aquello que se le olvidó o no encontró ocasión de decir.
-¿Le parece que retomemos nuestra conversación sobre la amistad?
-Me parece perfecto, pero antes, querido amigo, le recuerdo que Montaigne tenía un excelente amigo, Raimond Sabunde, al que le dedica un largo ensayo en el cual se habla de todo menos de Sabunde.
-Intentaremos no imitarlo.
-Montaigne le estaría muy agradecido. Él escribe sus ensayos casi como hablando consigo mismo: no busca que nadie haga lo que hizo él. Para lo cual cita a Terencio... Le pido disculpas por la nota erudita: “Mihi sic usus est; tibi, ut opus est facto, face”. Es decir, esta es mi forma de actuar, pero tú hazlo a tu manera.
-Claro, por eso me irritaba tanto a mí de joven. Yo buscaba normas de conducta, formas de comportarme, y me encontraba con ambigüedades.
-Yo diría que más que con ambigüedades, se dio usted de bruces con una persona honesta.
-Aunque no lo vi así en aquel momento, tiene usted razón.
-Bien, pues ya sabe usted que Montaigne dice que una amistad es difícil de lograr. Tanto que, con ayuda del azar, se puede ver realizada una buena amistad cada tres siglos. ¿Qué le parece a usted?
-Una exageración. Como me parece una exageración lo que le pide a la amistad. Es posible que los hombres de la antigüedad fueran más enteros; pero creo que hoy en día nadie plantearía un problema similar al que plantea Eudamidas, que encarga, en su lecho de muerte, a sus dos amigos, que alimenten a su madre, y que doten a su hija para casarla.
-Eran otros tiempos efectivamente. Los seres humanos dependían unos de los otros, lo cual aumenta la solidaridad, y no tenían hospicios, hospitales, ni seguridad social.
-También aumentaría la miseria y el abandono. Y el abuso.
-Sin lugar a dudas. Además, y permítame que se lo diga, Montaigne, como todos los clásicos, da mucha importancia a la amistad entre hombres, y muy poca a las relaciones con las mujeres. En el pensador francés esto aparece de forma muy explícita. Y ahora me va a perdonar que sea yo el que saque papelitos.
-Eso sí que es una sorpresa.
-Siempre se aprenden cosas en esta vida. Dice Montaigne, fíjese: “El goce le pierde [al amor], pues su fin es corporal y susceptible de saciedad. Por el contrario, de la amistad se goza a medida que se la desea, nace, se alimenta y crece en el goce, pues es espiritual y el alma se educa con su práctica.” ¿Qué le parece a usted?
-Que en aquel tiempo no estaba de moda el amor, o entendían por él una cosa distinta a lo que entendemos nosotros.
-Sí. Es inquietante: los sentimientos, el amor, la amistad, también están sujetos al cambio de los tiempos. Parece que nada hay eterno o inmutable.
-Tal vez la estupidez humana.
-No hay duda de que es usted un acérrimo optimista.
-No se puede ser optimista siendo profesor.
-¿Son términos incompatibles?
-Para seguir con nuestra línea de relatividad le diré que en la juventud no, y en la madurez sí. Pero dejemos esto. Volvamos a la amistad.
-Volvamos. Pero dígame antes, querido amigo, ¿Qué cree usted que es más importante, el amor o la amistad?
-Montaigne no habla del amor: para él el amor es el goce sexual, el medio de tener hijos. Para nosotros es algo más... Se lo diría cantando, pero temo un chaparrón, y hoy no llevo el paraguas.
-Pues haga un recitado.
-Ya sabe, la donna è mobile, pero
È sempre misero, chi a lei s'affida,
chi le confida, mal cauto il core!
Pur mai non sentesi felice appieno
chi su quel seno non liba amore!
La donna è mobile, qual piùma al vento,
muta d'accento e di pensier,
e di pensier, e di pensier!

Nadie es feliz si en su seno no liba amor. Este verso me parece precioso, y más, bien cantado.
-Sí, tiene usted razón.
-No lo veo a usted muy entusiasmado.
-No haga usted caso: son cosas del tiempo.
-Siempre que se habla de la amistad, se termina hablando del amor. Es curioso.
-O tal vez inevitable.
-El otro día ya me quedé con ganas de contarle una anécdota de mi juventud. Sobre la amistad, pero, por supuesto, con una mujer por el medio.
-La piedra de toque.
-Sí, así es. Era un juego infantil, parecido al que de pequeños nos planteaban nuestros padres: “¿A quién quieres más a tu padre o a tu madre?”
-¿No le parece que los mayores a veces somos muy crueles con los niños?
-Sí, aunque últimamente sustituiría la palabra cruel por indiferente. Y no hay nada peor para un niño que la indiferencia, créame.
-Lo creo, lo creo. Y tanto que lo creo. ¿Y cuál era el juego de su juventud?
-Una noche, hablando un grupo de amigos sobre la amistad, se planteó una pregunta, que todos teníamos que responder: “si tu supieras que su mujer le es infiel a un amigo tuyo, ¿se lo dirías o te callarías?”
-¿Y cuál fue el resultado?
-Creo recordar que hubo empate.
-No le pregunto cuál fue su respuesta, querido amigo, porque no me resulta nada difícil imaginarla.
-Sí. Fui rotundo. Entonces lo tenía muy claro. Hoy dudo, aunque siento una terrible inclinación, tal vez malsana, a decir la verdad.
-¿Usted cree que vale la pena?
-No, nunca vale la pena ser sincero, Azorín; pero eso es algo que es superior a mis fuerzas. Callarme ciertas cosas siempre me ha dado la impresión de una gran traición... No, no soy nada inteligente. Me pierde la llamada sinceridad, el deseo de que las cosas no sigan igual...
-Es decir, que se mantiene en su deseo de revelar la verdad.
-Me sucede lo mismo que con el aborto. Si tuviera que hacerse, lo consentiría. Pero tanto en este caso, como en el anterior, me gustaría pronunciar las palabras de Jesús poco antes de ser entregado a la bestialidad humana: “Pater mi, si possibile est, transeat a me calix iste: verumtamen non sicut ego volo, sed sicut tu.”
-Esperemos, pues, que nada nos ponga entre la espada y la pared.
-A estas alturas de mi vida, ya no lo creo. Es lo que tiene de bueno hacerse mayor.
-¿Y no echa usted de menos aquellas reuniones, los amigos, las cenas...?
-No. La juventud es un mito. Yo no lo pasé nada bien. En realidad, Azorín, yo empecé a disfrutar de la vida de mayor.
-¿Y tuvo usted muchos amigos?
-Sí, tuve amigos. Y viajé con ellos, como usted con don Pío Baroja...
-¿Sabe? Lo echo de menos.
-Siento que tenga que conformarse conmigo.
-No lo sienta. Hoy no estoy bien. Pero es usted un buen conversador.
-Quizás sea porque tengo un excelente maestro.
-Bebamos agua y volvamos a casa, por favor.
Así lo hicimos. Algo, en aquella conversación, había sentado mal a Azorín. Lo sentí profundamente. Durante el regreso apenas si habló. Respeté su silencio. No obstante, me hizo prometerle que pasaría a buscarlo al día siguiente. Se lo prometí. Y en caso de lluvia, iría a su casa a tomar café. También se lo prometí.