martes, 13 de noviembre de 2012

Paralelismos


PARALELISMOS

Vicente Adelantado Soriano

Desde que las riquezas empezaron a convertirse en un honor y eran su séquito la gloria, el mando y el poder, empezó a perder fuerza la virtud, a ser tenida la pobreza como un oprobio y a considerarse la honradez como malevolencia.
Salustio, La conjuración de Catilina.1

Es verdaderamente interesante, en estos tristes años de nuestra historia, y con los políticos que nos asisten, leer la biografía de Mario escrita por Plutarco, seguida de las obras de Salustio, La conjuración de Catilina, y La guerra de Yugurta. Leyendo estas obras, si se abstraen las guerras, las penas de muerte, los azotes, las torturas y otras lindezas, propias de aquella época de bárbaros, nos podemos tropezar con una buena radiografía de nuestra penosa situación y de nuestra sofisticada y culta sociedad.
Muy a menudo, por no decir siempre, el hombre necesita tener el nombre y rango de un culpable, o el de quien encarna el cambio de una sociedad o de un tiempo dado. Y muy a menudo, sobre todo en las aulas, y durante un tiempo, se achacaba a Julio César el hundimiento de la República con todos sus positivos valores, y el inicio del Imperio con sus reprobables vicios. Por supuesto, la República, haciendo abstracción, representaba los buenos valores tradicionales de la vieja Roma, con la virtud en cabeza; y el Imperio era el inicio de la decadencia, pese a César Augusto y al exilio del pobre Ovidio, cosa que no hacía sino subrayar bien a las claras la corrupción del momento: se culpa a quien señala con el dedo, no al reo o asesino. Eso suponiendo que Ovidio fuera exiliado por escribir el famoso y “escandaloso” Ars amandi. Los otros motivos, si los hubo, parece que permanecen en la oscuridad.
Difícil y complicado resulta hacerle cargar con las culpas a una sola persona de todo aquello que acepta una sociedad entera sin ser sometida ni a presiones ni a coacciones de ningún tipo. O concederle el mérito de un descubrimiento a un solo científico, ignorando cuanto han ido avanzando los anteriores a él. Así para Salustio, lo mismo que para Plutarco, los males de Roma vienen de mucho antes de la llegada de Julio César al poder. Provienen de la ambición de los viejos reyes, de los deseos de conquista y de riqueza, en los cuales, cómo no, participan los súbditos, que codician el botín, la riquezas del enemigo.2 Y tal como suele ocurrir en las cosas humanas, de la opulencia nació la envidia.3 Y ya se sabe lo que la envidia trae consigo: traiciones, delaciones, falsos juramentos, hipocresía, malevolencia, crímenes...
Surgen estos vicios, al parecer, por la ausencia del miedo y la ruptura de la cohesión social. Ahora bien, y aquí nuestro autor se contradice, mientras hay enemigos exteriores, dice Salustio, hay virtud interior; y desaparecidos aquellos, se esfuma esta.4 El miedo al enemigo mantenía a la ciudad en la práctica del bien.5 Sin embargo, Yugurta, enemigo declarado y exterior, pone bien a las claras que es capaz, lo fue, de corromper a una parte considerable del senado para que tomen decisiones, incluso, en contra de sus conciudadanos y de la misma ciudad de Roma. No es el enemigo, pues, quien marca la falta de la vieja virtud patricia. Es la avaricia surgida de la opulencia, y de la que tan difícil resulta sustraerse. Si la prosperidad hace mella hasta en los espíritus de los sabios, ¡cómo se iban a moderar en la victoria aquellos hombres de costumbres corrompidas!6 Y el bueno de Salustio, en busca de la vieja virtud, da un consejo que, en ningún caso, es aplicable a las maravillosas obras que hicieron nuestros antepasados del medioevo: Cuando se han visto casas y villas construidas a manera de ciudades, merece la pena visitar los templos de los dioses que hicieron nuestros antepasados, hombres piadosísimos.7 A nosotros nos queda el gótico y el barroco para que seamos capaces de apreciar la grandeza de un dios, y de sus amados hijos que mandaron construir tamaños edificios. Tampoco se quedan atrás las mezquitas y sinagogas que todavía están en pie por la península. Eso sí, podemos mirar más hacia atrás y llegamos al románico, más austero, o a los cenobios excavados en la dura roca. Nada tiene que ver con ellos el deslumbrante Vaticano, cuya construcción fue la gota que colmó el vaso de la paciencia del agustino Lutero.
La ambición, pues, y el afán de lujo, parecen estar como telón de fondo de la corrupción, y de la pérdida de los valores clásicos, el de la virtud en primera instancia. Es posible que también influya en todo ello un deseo bien humano: la búsqueda de una vida mejor, más muelle y menos trabajosa. Y al respecto también es muy recomendable, y esclarecedor, leer las Geórgicas, de Virgilio. Es un libro precioso; pero si se piensa seriamente en lo que se canta en él, se distingue enseguida entre la literatura y la realidad. La vida campesina cantada por Virgilio es muy bella, una delicia; pero lleva aparejada un trabajo durísimo, casi de bestia de carga, y muy poco o nada reconocido. El agricultor, trabajando como un buey, apenas si tiene tiempo para cultivarse a sí mismo. Tal vez por eso siempre ha sido el zafio de las comedias, el hazmerreír de todos. El hombre de la ciudad, por el contrario, es el hombre culto, refinado, el hombre del otium, elegante, sofisticado, y que sabe defenderse en todos los órdenes de la vida. En todos menos en uno: es el burdo y el grosero quien le cultiva y le sirve los alimentos. No por ello deja de insultarlo y menospreciarlo.
No obstante, ni en La guerra de Yugurta, ni en La conjuración de Catilina aparece ningún agricultor. En ambas obras nos movemos entre nobles, que son los únicos que, caso de Catilina, podían atentar contra el poder establecido. El pueblo se vislumbra siempre como telón de fondo, o como personaje comparsa que el demagogo de turno mueve en uno u otro sentido. Aunque también puede volverse en contra suya o ir de su mano hacia su propia autodestrucción: El ocio y las riquezas, deseables en otro tiempo, se convirtieron en lastre y desgracia para quienes habían soportado fácilmente trabajos, peligros y situaciones dudosas y difíciles. Creció primero la avidez de dinero, después la de poder. Esa fue, por así decirlo, la fuente de todos los males. Pues la avaricia destruyó la lealtad, la honradez y las demás virtudes y en su lugar enseñó la soberbia, la crueldad, a desentenderse de los dioses y a considerar todo venal. La ambición forzó a muchos hombres a hacerse falsos, a tener una cosa guardada en el corazón y otra dispuesta en la boca, a estimar amistades y enemistades no por sí mismas sino por interés y a tener más hermoso el rostro que el espíritu.8
Algunas veces, inocentemente, a altas horas de la noche, cuando apenas si se oye algún ruido, y se está ocioso cuando no se duerme, se pregunta uno qué hace que una persona, hoy en día, se dedique a la política, teniendo en cuenta que en nuestro tiempo ya no hay nobles ni existe el cursus honorum. Está claro que un joven puede sentir atracción por las letras, y soñar con ser un excelente poeta; o un buen músico, si es la música lo que lo atrae; o tal vez descubrir los secretos del cosmos a través de la física... pero un político. ¿Qué hace que se dedique a tamaño oficio una persona normal y corriente? ¿Una idea obsesiva de patria, de gobierno? ¿El afán de hacer mejor a la República? ¿La fama, dado que los políticos, más que los cómicos, están a toda hora en la televisión y los medios de comunicación? Es una incógnita, desvelada de vez en cuando por algún que otro caso de corrupción, junto con la defensa numantina del cargo o sillón por parte del corrupto, y el socorro y los bastiones que ofrecen a este todos quienes son de su mismo partido o formación. Y esto vuelve a poner de manifiesto, como en la guerra de Yugurta, que, cuando hay prebendas de por medio, los conmilitones cierran filas para no perderlas. Aunque tengan que mentir e ir en contra de toda lógica. Lo hacen tan bien esto que nunca jamás se sonrojan. Nunca he visto a un político ruborizarse. ¿Dónde queda la idea de patria en casos así? Casos que, por desgracia, son el pan nuestro de cada día. El de la corrupción, la defensa del corrupto, y el que este vuelve a salir elegido, democráticamente, una y otra vez.
No recuerdo dónde leí, u oí, que los partidos políticos quieren mucho a su país, pero todavía se aman más a sí mismos. Anteponer ese cariño al de la patria ya encierra una injusticia en sí, pues para un miembro de un partido la verdad dependerá no de que esta lo sea sino de quien la ha proclamado. Es decir, dicha por el partido de la oposición la verdad se convierte en una falsa acusación o en una sandez, cuando no en una difamación. O dicho en otros términos: son los otros los corruptos; cuando acusan a los suyos se trata, como siempre, de una conspiración. Siempre son los otros quienes roban, mienten y estafan. Reconocer pecados y faltas puede suponer un fracaso en las urnas. Así el bien común, como ocurre en la mayoría de los asuntos, quedó supeditado a los intereses particulares.9 Para eso, como se comprenderá, no hace falta tener ninguna noción de patria o estado. Basta con saber a quién arrimarse.
Por supuesto los partidos políticos además de defensas numantinas tienen también eso que se llama disciplina de voto, que consiste en votar lo que dice el partido, que parece una entelequia, pero no lo es. Muy democrático ello. También el partido, cómo no, está por encima de las personas. Así que si alguien tiene ideas propias y se percata de los errores o las corrupciones de sus colegas, tiene que callar o marcharse; y si desea continuar se hace carne y sangre aquello que dijo Galdós por boca de Gabriel de cierta casa, preludio de la famosa de Bernarda Alba: Mienten los que aquí moran; mienten los que aquí vienen, y hasta yo he necesitado mentir para que me admitieran.10 Aun así resulta difícil admitir que nadie reconozca la realidad, su culpa, o que, en medio de tantas personas, no haya uno sensato u honesto. Ahora bien, también la ambición y las prebendas son capaces de cohesionar y silenciar a un grupo o partido político. No hay más que ver cómo se deshacen algunos de ellos cuando pierden las elecciones y no hay nada que repartir.
Y, desde luego, tan corrupto es aquel que se apropia de todo aquello que no le pertenece, o acepta sobornos, como quien pudiendo, y debiendo penalizarlo, no sólo no lo hace sino que, encima, y por miedo a perder las elecciones, lo defiende y ampara. Una de las terribles consecuencia de todo ello nos las señala el propio Salustio: Pero cuando la ciudad se corrompió con el lujo y el abandono, la república con su grandeza pudo resistir los vicios de sus generales y magistrados y como si se hubiese agotado en anteriores partos, no hubo en Roma durante mucho tiempo un hombre de gran valor.11
¿Cómo va a aparecer un hombre de gran valor si ni el valor ni la honestidad cotizan en bolsa? En Roma para dedicarse a la política había que ser noble o rico. Hoy, ignoro lo que hay que hacer para meterse en un partido político y medrar. Supongo que lo mismo que en todos los sitios: llevarle el café a quien tiene el poder, y estar al lado de quien puede dar cargos y prebendas. Ya lo dice el refrán: dime con quién vas y direte quién eres. Los mediocres se juntan con los mediocres, y así vamos todos. A veces es tanta la mediocridad, la falta de ideas, proyectos y planes, que da la impresión de hallarnos inmersos en plena guerra de Yugurta: nada se hacía siguiendo un plan ni la orden recibida, el azar lo gobernaba todo.12
Algo similar sucede en estos tiempos de zozobra y desazón: políticos sin ideas legislan según suceden las cosas, o prohíben esto o aquello en razón de lo que acontece en la rúa, y por miedo a perder votos. Pura demagogia, pues quieren prohibir lo que ellos mismos han permitido y siguen permitiendo, escusándose en necedades mil. Llama la atención que diciéndolas no se sonrojen. Quizás porque lo han ensayado mucho ante el espejo.
No hay ningún plan: el azar, las bengalas, las muertes o los asesinatos y la palabrería vana lo presiden todo. Y por encima de todo está el dinero, los cargos y las prebendas. Y su defensa.
Aquí se han ido dictando leyes conforme se ha ido asesinando así o de la otra manera, tal vez porque los políticos están muy ocupados en otros menesteres. Tal vez en defenderse o en insultar, cómo no, a aquellos que no comulgan con sus ideas o se atreven a llevarles la contraria. Bien es verdad, como dijo alguien, que hoy en día en más fácil oír los baladros de un “cantante” que una sinfonía de Mozart. Y es más fácil oír sandeces, tanto de políticos como de voceras, que un razonamiento justo y ponderado. Eso sin olvidar que con tanto recorte y pérdida de privilegios, con tanto privatizar los bienes comunes, y tanta transparencia que no responde de los gastos de sus señorías, ni de otras muchas cosas, se está actuando como si ejercer el poder consistiese precisamente en hacer injusticias13. ¿Cuánto dinero público, al fin y al cabo, se ha desviado para hacer hospitales privados o para rescatar a bancos? Casi es mejor que los políticos no expliquen nada: oírlos es oír la perversión del lenguaje: hablar para no decir nada o soltar verdaderas necedades como que hay que pagar, hasta dos y tres veces la misma cosa, para que siga siendo gratuita. ¿Cómo no va a estar la clase política, que no ha perdido ni uno de sus privilegios, totalmente desacreditada? Y que quede ahí la cosa. Porque sabido es que dicen blanco y hacen negro; predican una cosa y hacen la contraria en tanto nos distraen con malabarismos mil para seguir ocupando el muelle sillón.
Los romanos que dictaban una ley y la contradecían tenían la grandeza y la valentía de suicidarse. Como los tiempos cambian que es una barbaridad no vamos a pedir lo mismo, aunque si no suicidios tal vez alguna dimisión de vez en cuando no estaría mal a fin de demostrar cierta honradez. Eso, sabido es, es pedir peras al olmo. Aquí nadie es culpable de nada; nadie dimite. Y todo sigue como siempre, es decir yendo a peor.
Con esta política descabellada ya nos quedan pocas cosas que perder, muy pocas. Habrá que considerar la improbable posibilidad de volver al campo de la mano de Virgilio, desconfiando de cuanto digan o dejen de decir políticos y partidos. A quien más y a quien menos le ha sucedido lo mismo que a Gabriel Araceli en aquella famosa casa: Me ahogo y deseo huir de este sitio. Veo aquí mis misterios, y sobre todos mis sentimientos domina uno, que es el más antipático y desagradable de todos: la desconfianza.14
Sí, es tal la desconfianza y desazón que parece que hasta los dioses inmortales nos han abandonado.
1Todas las citas, tanto de La conjura de Catilina como de La guerra de Yugurta están tomadas de la traducción de Mercedes Montero Montero, en Alianza Editorial, Libro de bolsillo, 1.361. Madrid, 1988
2Salustio, Conjuración de Catilina, cap. V y ss.
3Salustio, Conjuración de Catilina, cap. VI
4Salustio, Conjuración de Catilina, cap. X
5Salustio, Guerra de Yugurta, cap. XLI
6Salustio, Conjuración de Catilina, cap. XI
7Salustio, Conjuración de Catilina, cap. XII
8Salustio, Conjuración de Catilina, cap. X
9Salustio, Guerra de Yugurta, cap.XXV
10Benito Pérez Galdós, Cádiz, cap. XI
11Salustio, Conjuración de Catilina, cap. LIII
12Salustio, Guerra de Yugurta, cap. LI
13Salustio, Conjuración de Catilina, cap. XII
14Benito Pérez Galdós, Cádiz, cap. XI

lunes, 5 de noviembre de 2012

Sobre la envidia y el aburrimiento


SOBRE LA ENVIDIA Y EL ABURRIMIENTO

Vicente Adelantado Soriano

Y siendo el consuelo común de la envidia que si no pueden parecer mejores que algunos, al menos presentan a estos [a los envidiados] como peores que los demás.
Plutarco, Vidas paralelas, Pelópidas.

Pocas personas hay tan molestas, y tan peligrosas y agotadoras, como los envidiosos y quienes se aburren; a menudo ambos van de la mano. Los envidiosos son aquellos, necios por regla general, que dedican su vida a poner trabas y dificultades a aquel a quien envidian, aunque sus acciones no les produzcan ningún beneficio. Es hacer el mal por el mal, pura necedad, sin obtener nada a cambio como no sea el logro de una negra y dudosa meta: herir, hacer daño obedeciendo a una obcecación cualquiera. Sobre esto ya tenemos un famoso exemplum medieval en la historia de aquel labrador que, tuerto, hizo que le quebraran su ojo sano para que también le aplicasen la misma pena a un su vecino. Se queda ciego, pero contento por “ver” tuerto al envidiado.
No obstante, a veces, el envidioso también puede actuar bien y ser una bendición para sus vecinos. Bastaría con recordar a Prometeo y a su beneficiosa acción de robar el fuego a los dioses. Por desgracia toda democracia tiene su sicofanta, y toda familia su hermano o hijo menos agraciado o inteligente. Es lo que le sucedió a nuestro héroe con su hermano Epimeteo, y a toda la humanidad con este y con la bellísima Pandora. Evidentemente como el beneficio del fuego fue para todos, también lo fue el castigo que surgió de la famosa caja de Pandora, enviada por los envidiosos dioses, y abierta gracias a la ingenuidad de Epimeteo.
Podríamos multiplicar los ejemplos sobre la envidia y sus consecuencias. Quizás el caso más llamativo fue el del tirano de Samos, Polícrates. A este todo en la vida le iba sobre ruedas. Su vida era un camino de rosas. Asustado por ello, temeroso de que los dioses lo envidiarán por su felicidad, arrojó al mar un valioso anillo. De esta forma compensaba las venturas con las desgracias. Un pescador, sin embargo, le ofreció un pez, y en él apareció el anillo arrojado al mar. Y la vida de Polícrates dejó de ser un camino de rosas. Ni los dioses están libres de la envidia.
Es tal la fuerza de la envidia que, aliada con la mentira y la delación, puede llevar a una persona a la prisión. Así le sucedió a fray Luis de León, que ya cantó, al salir de la cárcel, estos famosos versos:

[...]
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
[…]
y a solas su vida pasa,
ni envidiado ni envidioso.

La envida, y según lo visto, se produce, pues, cuando alguien tiene algo, en el caso de fray Luis unas oposiciones ganadas, que la otra persona desea o cree necesitar. Esa carencia, que puede llegar a corroer el alma, al mismo tiempo hace ver que la otra persona disfruta de algo que, en el fondo, no se merece, o no se merece más que quien no la posee, según el envidioso. Se produce entonces la obcecación; y el otro termina por convertirse en un enemigo, alguien a quien derrotar y humillar, aunque sea a costa de perder el único ojo sano. En alguna versión de la mitología griega se cuenta que Atlante fue castigado a sustentar el cosmos sobre sus hombros porque había robado las espigas de trigo del Olimpo para que los hombres se alimentaran. Y Zeus, celoso de su poder y de su barriga, lo castigó. Algo similar cuenta Erasmo de Rotterdam sobre Caín y el castigo de este: con el consentimiento del ángel guardián, que creyó que a Yhavé sólo le importaban las manzanas, robó espigas de trigo del Edén para poder plantarlas en sus campos. Tanto a Zeus como a Yhavé les molestó mucho que el hombre fuera escalando posiciones y acercándose a la divinidad a través del trigo y del fuego. De ahí el castigo, y de ahí la importancia de no envidiar ni ser envidiado. Esto último puede ser el colmo de la felicidad.
El envidioso se olvida de sí mismo, para su mal; y aparentemente vive para el otro. Lo espía, lo sigue de cerca, y vive y se alimenta de lo que dice o de lo que hace, o de lo que el envidioso se imagina que dice y hace. El envidioso necesita a alguien sobre el que descargar su envidia. Se crece con la crítica mordaz e implacable; su obsesión se va desarrollando como un cáncer, y no le da paz más que con la muerte o la eliminación del contrario. Tropezarse con un envidioso es muy peligroso, máxime si este tiene algún poder, como le sucedió a Lucano con Nerón. Aquel era mejor poeta que este, pero este, emperador, envidioso y loco, lo obligó a suicidarse por superarlo en la escritura. No, cuando la envidia es como debe ser, una envidia negra y cargada de significado, de nada sirve arrojar anillos al mar. El envidioso quiere la destrucción del otro, su aniquilación total. Y si malo es tropezarse con un envidioso con poder, peor debe ser hacerlo con un envidioso inteligente, aunque, tal vez, los dos términos sean antitéticos.
El envidioso no se autoanaliza, no se conoce a sí mismo, ni eso le importa mucho. Vive por y para el otro. Y el otro se puede sentir envidiado, aunque nunca confesará que él, a su vez, tiene envidia de otros. Es una característica muy humana: todos nos sentimos envidiados, pero nadie reconocerá que tiene envidia de ningún semejante.
Curiosamente, el primer envidioso que aparece en la Biblia es exonerado y perdonado. Tal vez porque Yhavé no tiene la conciencia tranquila. No se dice en la Biblia por qué Dios no acepta el sacrificio de Caín, y si que lo hace con el de Abel. Según el chino Lee ello se debe a que estamos en una sociedad de ganaderos, y a Yhavé no le interesan mucho los frutos del campo1. Sea como fuere, sabido es, Caín, el despreciado, mata a Abel, el boquirrubio aceptado2; y que Yhavé, en contra de lo que pudiera parecer, perdona al asesino, lo deja vivir, lo marca para que nadie lo mate, y le dice que salvarse o no dependerá de él. Parece como si Yhavé tuviera mala conciencia por su actuación ante los dos hermanos. Y es que despertar envidias no es nada aconsejable, como ya nos enseña el Génesis.
También hay quien dice que el primero que se aburrió fue Yhavé. Y que como consecuencia de ese aburrimiento creó al mundo y al hombre. Este, digno hijo de su padre, también se aburría; y creyó, no es bueno que el hombre esté solo, que estar con una mujer le curaría de ese desánimo. Con Eva, a pesar de que esta no tenía madre ni hermanos, no llegó a aburrirse el pobre de Adán, el come manzanas, pues tuvo que trabajar para alimentarla a ella y a su prole, aunque Caín, el buenazo de Caín, le echó una mano en tan ardua tarea.
Es curioso. Meditando sobre estos temas he estado pensando en cuándo aparece, en la literatura o en la historia, la palabra aburrimiento. Se va a repetir hasta la saciedad en el siglo XIX, con el romanticismo, salvo en España, quizás, pues aquí Fernando VII y su santo hermano, Carlos María e hijos, tenía a los románticos y a los clásicos muy entretenidos. Pero en la literatura clásica, en Grecia y Roma, salvo por error de los traductores, no aparece nunca. O yo no la recuerdo. Eso no quiere decir, por supuesto, que no existiera el aburrimiento. Pues de sobras es sabido que, en los cuarteles de invierno, a los legionarios se les evitaba el otium de todas las formas y maneras posibles: ejercitándose, haciendo empalizadas, limpiando las armas, forrajeando... teniéndolos ocupados, en una palabra. Pues de lo contrario, se podían juntar en contubernios en torno a una hoguera, se establecería alguna conversación al amor de las llamas, y se hablaría, seguramente mal, muy mal, de los mandos, de este legionario mimado y de aquel centurión cobarde. Y de ahí a la sedición no hay nada. Por eso mismo el poder, en Roma, regulará siempre el ocio ofreciendo todo tipo de espectáculos y todo tipo de diversiones. Un pueblo que se aburre es un peligro potencial.
Esto no quiere decir, por supuesto, que las grandes conspiraciones, revoluciones y demás, hayan estado dirigidas por aburridos en busca de diversión. Quiere decir que, a veces sin motivo, y por mero aburrimiento, se puede pedir la cabeza de un centurión cuando no la de un primipilum. Es decir que los centuriones romanos ya tenían muy claro que el ocio es la madre de todos los vicios. Entendiendo por tal una conspiración o rebelión que les podía costar su linda y broncínea cabeza.
Sin embargo, ni toda la envidia tiene porqué ser negra, o mala, ni todo el ocio tiene porqué degenerar en conspiraciones y maldades. Así como hay una envidia constructiva, sana, también puede haber un ocio de similares características. Por supuesto si una persona no se supiera inferior a otra, no evolucionaría más que como animal. Por eso el envidioso de bilis negra es, en el fondo, tan torpe y patético. Cosa distinta es quien envidia a quien sabe física, por ejemplo, y estudia las estrellas y se va enterando de cómo se pudo formar este mundo. Se percata entonces el envidioso de cuán breve e injusta es la vida: si se estudia una cosa no se puede estudiar otra, y hay tantas cosas interesantes que saben los demás y que ignora uno... Pasamos media vida durmiendo, tenemos achaques y problemas de todo tipo, y apenas si nos queda tiempo para dedicarnos a las cosas verdaderamente importantes: el saber, viajar, conocer...
Lo diga o no la literatura, el hombre clásico, griego o romano, tendría sus momentos de aburrimiento, tal y como los tenemos hoy en día. Con un mundo menos poblado, el emperador, o la ciudad, organizaba el tiempo del otium para hacerse autopropaganda, pero también para mantener ocupados a ciudadanos y esclavos. La malo de Roma es que el teatro griego fue abandonado y se decantó por un tipo de espectáculo más constructivo y refinado: la lucha de gladiadores, las carreras de cuadrigas o las naumaquias, que era lo más inocente.
Hoy hay mucha gente que se aburre. Y busca distracciones como puede: haciendo reuniones de vecinos en su finca por cualquier nimiedad, participando en fiestas y botellones o, cosa harto frecuente, yéndose a la librería o biblioteca más cercana. Cuando dos personas se aburren y coinciden, por ejemplo en un ascensor o cena, surgen los problemas enseguida: la escalera está sucia, no han quitado el polvo... Lo triste y patético, sin embargo, no son estas personas, ya dejadas de la mano de la Dios y de la inteligencia, sino ver a grupos de jóvenes en la calle con unas cuantas botellas, riéndose de forma absurda y vacua, y rodeados de porquería. No sé qué diversión puede haber en estar de pie en medio de la calle bebiendo hasta altas horas de la mañana. Ellos lo sabrán.
Deseosos de organizar el moderno otium, preocupados por esta juventud que se aburre aunque no lo confiese, dado que estamos en crisis, y llevamos ya cuatrocientas reformas del sistema educativo sin lograr atajar el fracaso escolar, tal vez sería interesante que los institutos, públicos y concertados, abrieran por las tardes y las noches, se contrataran a monitores y profesores, actores y directores, y se buscara hacer talleres con esa juventud: de teatro, de pintura, de música, de decoración, de baile... Tal vez alguno descubriría su verdadera vocación, a aprendería a divertirse, otra cosa es que se gane la vida con ello, sin envidiar a nadie ni ser envidiado por ninguna persona. Y sin aburrirse. Sí, ya lo sé: es una utopía. No hay dinero.
1John Steinbeck, Al este del edén, cap. 22, 4 y ss.
2Y es sabido que el amor propio ajado es el antídoto mejor del amor. Mariano José de Larra, Teresa, drama de Dumas.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Un onírico y breve paseo con Plutarco


UN ONÍRICO Y BREVE PASEO CON PLUTARCO

Vicente Adelantado Soriano


Y Filipo, cuando se disponía a acampar con su ejército en un hermoso emplazamiento, al oír que allí no había hierba para los animales de tiro, dijo: ¡Oh, Heracles, qué vida la nuestra si debemos vivir también según el interés de los asnos!
Plutarco, Moralia, Sobre si el anciano debe intervenir en política.

Estoy experimentando ahora, en los inicios de la vejez, aquello que, oído en la juventud, me producía una sonrisa de escepticismo; y que me recordaba el nombre de una figura retórica, la cual, a partir de entonces, nunca jamás olvidé: la hipérbole. Sabido es que nada es más fácil que olvidarse de algunas figuras retóricas, tanto como de la definición de algunas composiciones poéticas: el ovillejo, la redondilla, la silva... Para acordarme de la hipérbole, ante cualquier pregunta de cualquier alumno, no tenía más que recordarme frente a la televisión, tiempos aquellos, viendo un programa, en blanco y negro, dedicado a las artes y a las letras. Y la definición salía de mis labios como si las musas del Helicón me estuvieran visitando.
Varias veces se insistió en aquel viejo programa, o al menos así lo recuerdo yo, en la aventura de leer. Se recalcaba con gusto que leer es toda una aventura. Evidentemente para mí dicha afirmación, en aquella época, era una hipérbole, una metáfora y una falacia, todo junto: en una aventura, me decía, si merece la pena, se pone en juego la propia vida, se corre, se salta, se pasan verdaderas necesidades, miedo y pánico, mientras que el lector permanece sentado en su butaca, con una botella de agua al alcance de su mano, y un frigorífico no muy lejos de él. No, yo no veía en el lector al hombre de acción ni al aventurero. Tampoco es que lo vea ahora. Lo que he visto, por el contrario, ha sido mi error de perspectiva. Y desde luego no todas las aventuras tienen por qué ser La isla del tesoro o similares.
Últimamente, de forma obsesiva y molesta, he estado dándole vueltas a un viejo refrán. Le he quitado unas palabras y le he añadido otras, y nunca me ha convencido el resultado final. Tal vez porque exigía con él lo que no se puede obtener. El refrán original es Dime con quién andas y te diré quién eres. Yo, muy agudo, lo transformaba en Dime lo que recuerdas y te diré quién eres. En un principio lo hice todavía más complicado: Dime lo que has olvidado y te diré quién eres. Pronto caí en la cuenta de que nadie, ni yo mismo, podía contar aquello que había olvidado. Pura lógica. Es imposible, pues, con semejante planteamiento, decirle a nadie cómo es, pues quien juzga debería saber lo que ha olvidado el otro, lo cual puede parecer pedir cotufas en el golfo. ¿Cómo saber lo que uno olvida, o lo que de su propia vida borra el vecino? Más importante, me decía, sería, tal vez, saber qué es lo que produce el olvido. Pero, claro, si se ignora una cosa de la que depende la siguiente, es imposible llegar al conocimiento de esta última. Y así, en medio de este galimatías, llegaba al convencimiento de que es mucho mejor el refrán original, o el de don Quijote: No con quien naces, sino con quien paces. Y aquí paz y allá gloria. Pero el refrán seguía incordiándome. Descubrir por qué fue toda una aventura.
Descubierta su falacia, y la inutilidad de mis planteamientos, creí que ese refrán, su modificación, dejaría de torturarme, y lo olvidaría. Y así sucedió durante unos días, pues, apenas hacía amago de volver a la carga, lo hacía desaparecer ocupando mi mente bien con lecturas o con otros pensamientos, que le ofrecía como una aterrorizada persona puede ofrecer una cabeza de ajos al Conde Drácula. El refrán desaparecía como por encanto. Pero no moría. Era como si quisiera advertirme de algo importante o trascendente. No conseguía averiguar de qué se trataba.
Un día me planteé, creo que son planteamientos propios de la vejez, releer algunos libros de los que apenas si recordaba el título. No hacía mucho un viejo compañero me había estado diciendo que el hombre es uno de los animales más imperfectos de este mundo: mi compañero se dolía de la cantidad de libros que había ido olvidando a lo largo de su vida, libros que recordaba vagamente, y que le parecía que podía ser interesantes para preparar alguna que otra clase. Mi compañero se planteaba recordar todo aquello que se hubiera leído, no olvidar ni una letra. La idea me resultó atractiva. Entre otras cosas porque temía estar llegando al olvido que comienza a ser ya una enfermedad. La ultracorrección. Fue entonces cuando, por enésima vez, en el libro Calila e Dimna, volví a recordar la historia del bueno de Berzebuey. Otro buscador de imposibles. Este filósofo, como es sabido, parte a la India en busca de unas hierbas que crecen allí. Estas hierbas, convenientemente mezcladas, tienen la virtud de resucitar a los muertos. Berzebuey invierte años y años en hacer experimentos sin obtener ningún resultado positivo. Al cabo de un tiempo, largo, decide confesar su fracaso y volver a su tierra. Es entonces cuando los sabios de la India le descubren su error: las hierbas son los libros que, dados a los ignorantes, los muertos, vuelven a la vida, a la sabiduría, pues un hombre que no sabe es un cadáver ambulante. Y para que sepa le entregan un libro, el que luego será Calila e Dimna. Libro didáctico donde los haya.
Fue a raíz de esta relectura cuando comencé a experimentar aquello que en mi juventud consideraba una hipérbole, una metáfora y una falacia: la aventura de leer. Y ahora sí, ahora puse cosas en juego. Pues Calila me llevó a Sendebar, ambos a Ramon Llull, Llibre de les bèsties, Llull a la poesía trobadoresca, esta a Dante y Petrarca, y este me volvió a la cultura clásica, Grecia y Roma. El mundo que se abría ante mí era tan vasto e incalculable que, durante unos días, me torturé con la idea, cierta, de que iba a morir antes de llegar a ningún puerto. Estaba tan convencido de ello que me dejé el trabajo, perdiendo dinero, y me dediqué solamente a leer y a estudiar. Bien es verdad que ya nadie dependía de mí. Mi locura llegó a tal extremo que me puse a estudiar latín con la idea de leer Eneida en el original. Disté mucho de conseguirlo. Pero lo intenté con todas mis fuerzas.
Y entonces, como si de una broma macabra se tratara, me dio por leer algunos libros que, en mi juventud, había pasado por alto. Conocía algunos volúmenes de Plutarco, Vidas paralelas; pero desconocía por completo sus tratados morales, o Moralia. Pedí los dos primeros volúmenes en una librería, y por error me trajeron el volumen X. No esperé a que llegaran los otros: me puse a leerlo enseguida. Estaba leyendo el ensayo, forma parte de este libro, Sobre si el anciano debe intervenir en política, cuando en un periódico, los leo todas las mañanas, volvieron a la carga con el sistema educativo, sus muchos defectos y sus nulas virtudes. El artículo ponía como ejemplo a seguir el modelo educativo de Finlandia. Varios lectores comentaban la noticia aduciendo que Finlandia es el país con el más alto índice de suicidios de la Unión Europea. No sé qué quiere decir esto ni cómo se debe analizar, pues los romanos también se privaban de la vida por un quítame allá esas pajas.
El artículo del periódico, y el ensayo de Plutarco, fueron una mezcla un tanto peligrosa para mí. Por efecto de los dos algo se removió en mi interior. Y esa noche, como no podía dejar de suceder, tuve una larga charla con Plutarco. Mi subconsciente tuvo el buen gusto de llevarme al ágora de Atenas, a la acrópolis y al Pireo. No se puede negar que fue toda una aventura. En la vida me hubiera imaginado yo paseando por allí de la mano de un filósofo. No recuerdo, sin embargo, si hablamos en griego o en castellano. Sea como fuere, yo entendí a Plutarco perfectamente. Y él me entendió a mí. Cosas de los sueños.
Me acusó Plutarco, como no podía dejar de suceder, de pusilánime y de carecer de amor, filia, a la patria, por haber abandonado mi trabajo cuando más y mejores frutos podía dar en él. No tuve ganas de reírme acusándolo de ser partidario de retrasar, como los banqueros, la edad de jubilación. Plutarco no iba por ahí. Repuse, por el contrario, que el tiempo dedicado a enseñar lo robaba al dedicado a aprender. Y que yo quería aprender. Nos metimos entonces en honduras. ¿Debe el anciano intervenir en política? ¿Qué es intervenir en política? ¿Apuntarse a un partido político, perder la personalidad propia y aceptar las máximas y los intereses de dicho partido? ¿Y qué hay que hacer para convertirse en una persona influyente en un partido? Seguramente en los partidos, como en todas partes, para ascender no eran necesarios ni el esfuerzo, ni el trabajo, ni el valor, ni la perseverancia, sino solamente el arte de saber comportarse con las personas que recompensaban el servicio1. ¿Y vale la pena? ¿Para conseguir qué?
Acusé a Plutarco de tener una visión bastante idealista, platónica, de su vieja Grecia. No creo que allí a los ancianos, como pretende él, se les hiciera mucho caso ni en la política ni en ningún sitio, pues leyendo su ensayo no hacía sino acordarme, cosas de la mente, dime lo que recuerdas y te diré quién eres, de la comedia de Aristófanes, Las aves. Como es sabido aquí son dos ancianos los que huyen de Atenas, hartos de juicios, del ágora y de la burocracia ciudadana. Y si tanto importaban los ancianos en Atenas, todavía me explico menos la ejecución de Sócrates. Plutarco calló. Me sentí un tanto avergonzado, la verdad. Pero quise llevar mi razonamiento hasta las últimas consecuencias. No todos los días se puede discutir con gente inteligente.
Hoy en día, dije camino del Pireo, en las aulas no hace falta gente preparada, ni maestros maduros o eruditos como los quería Luis Vives2. Más bien todo lo contrario. Es posible que en Finlandia el sistema educativo esté desligado del partido en el poder y de la política. Aquí, no. Por eso mismo cada cuatro u ocho años cambiamos de sistema educativo sin conseguir nunca otra cosa que no sea aumentar la ignorancia de los alumnos. Pregúntese, por si hay duda, cuántos de nuestros bachilleres han leído a algún clásico castellano o catalán, y póngase como ejemplo Calila e Dimna o Llibre de les bèsties, Lazarillo, Celestina, Espill o Llibre de les dones... A veces, si se puede, es mejor retirarse, no por nada sino por no participar, porque ni unos quieren rescatar ni los otros ser rescatados. Es mejor cultivar el propio huerto. No tiene importancia, le dije a mi acompañante, los que se alimenten de él. El huerto no está cercado; pero no llevo mis productos al mercado.
También le comenté a Plutarco que en este mercado hemos llegado a tal grado de perfección que la báscula de pesar habas nos sirve para pesar azafrán, y que lo mismo da calabazas que un poco de agua con dos berzas. Que el comportamiento de alumnos y padres deja mucho que desear, en aulas y pórticos, sin olvidar que el sistema educativo está confeccionado por teóricos y políticos, y que quien a otro sirve no es libre.3 Le confesé a Plutarco que aquí, el anciano, como el honesto e inteligente, ni puede ni lo van a dejar intervenir en política ni en nada. Tampoco creo que lo hicieran en Grecia. Plutarco tiene olvidos interesados, y me volvía el refrán. No hay más que estudiar las tragedias y las comedias griegas con un cierto detenimiento. En Antígona ya hay un conflicto paterno-filial, una discusión generacional. Y no es Creonte, precisamente, el padre, el mayor, quien lleva la razón4... Me despedí de Plutarco con pena y tristeza. Al fin y al cabo el mundo trazado por él, olvidado el real, es un mundo inteligente y bello. Un meritorio intento de no depender de la burda realidad ni de los animales de tiro.
1León Tolstoi, Guerra y paz. Traducción de Lydia Kúper, Ed. Mario Múnich, p. 532
2Véase Libro II, capítulo I de Las disciplinas II,
3Fernando de Rojas, La Celestina, Noveno auto.
4Sófocles, Antígona, en Tragedias completas. Traducción y edición de José Vara Donado. Ed. Cátedra. Letras Universales, p 154 y ss.

Hominis ineruditus litterae


HOMINIS INERUDITUS LITTERAE


Vicente Adelantado Soriano

Pocos son los que mediante la reflexión ponen orden en sí mismos y en sus cosas; los demás, al igual que los despojos flotantes en el río, no avanzan, sino que son impulsados.
Séneca, Epístolas morales a Lucilio.

No tengo ningún interés en discutir con nadie. No me gustan nada las polémicas. Ni me gusta participar en ellas, ni verlas u oírlas por la televisión o la radio. Cuando las veo, por casualidad, cambiando de canal, me acuerdo de Azorín. Creo que era él quien dijo que tenemos que aprender a escuchar, pues hablar casi todos sabemos. Varias veces me he divertido quitando la voz a la tele y viendo los gestos de los contertulios. Es cierto lo que dijo Azorín: la mayoría de las veces no se escuchan los unos a los otros; están atentos a sus propios pensamientos, o palabras, que lanzan sobre el oponente sin dejarle ni siquiera terminar su razonamiento. No hay tertulia que, más tarde o más temprano, no se convierta en un gallinero.
Por otra parte, quien participa en una polémica se supone que debe estar muy preparado a fin de tener en cuenta todos los puntos de vista sobre el tema a tratar. Es posible, somos humanos, que algo se le haya escapado a un contertulio, y que el otro arroje luz sobre las limitaciones que cada uno de nosotros padecemos. Es un planteamiento idealista, por supuesto: quien participa en una confrontación de este género va, por encima de todo, a defender sus presupuestos, sus convencimientos, sus ideas, que son tan inamovibles como el Atlas. ¿Para qué entonces la polémica, el intercambio de opiniones? En el caso de las tertulias televisadas está claro que se televisan para convencer a los telespectadores que ya están convencidos de lo que dice este o afirma aquel.
Las rarísimas veces en que veo el inicio de alguna de estas polémicas me doy cuenta, inmediatamente, de lo ignorante que soy. Hay contertulios con los que no estoy de acuerdo; hay participantes que hacen afirmaciones que me parecen desmesuradas, irreales, absurdas; pero reconozco, al mismo tiempo, que no tengo pruebas ni muchos razonamientos, ni ganas, para oponerme a ellos. No se me ocurre nada que decirles salvo lo que me dictan mis entrañas: que no es cierto lo que se está defendiendo, o que es pura demagogia. Aclararlo me llevaría años. Mi inteligencia no me llega para más. Por supuesto tampoco tengo porqué estar ocupándome de todo sobre lo que se discute o polemiza. Sí, no tenemos tiempo ni energías para estar todo el santo día preocupándonos por el Imperio Romano.
Las últimas polémicas, más necias si cabe que de ordinario, han venido de la mano de la traída y posible independencia de Cataluña. Espero que ningún catalán se me ofenda por escribir el nombre en castellano o español, como quieran, cuando ellos, en manifestaciones, negando ser españoles, lo escriben en inglés, y nadie protesta. No creo, además, que Castilla haya sido más imperialista que la Corona de Aragón o la Corona Inglesa, aunque metidos en polémica, yo no soy historiador, no podría aportar muchos datos al respecto. Sé, eso sí, que los españoles conquistaron México, y algo más; e Inglaterra la India y algunos otros pueblos, que no sé si conmemoran la llegada de los aguerridos soldados del Imperio.
Algunos catalanes, en las kalendas de octubre, al parecer, se han negado a celebrar la fiesta de la Hispanidad alegando que no es su fiesta. Espero que sí celebren la festividad de los Reyes Magos, aunque sean creyentes y sepan que no existieron tales Reyes, pese a que están enterrados, dicen, en la catedral de Colonia. A cada uno lo suyo.
Ignoro si los indios de la India celebran alguna fiesta para conmemorar la llegada de los ejércitos de la Corona de Su Graciosa Majestad. Tampoco sé si en Nápoles se celebra la coronación de Alfonso el Magnánimo o en Latinoamérica el traído día de la Hispanidad. Aquí en el suelo patrio, donde sí se conmemora, algunas personas se han negado a celebrarlo argumentando, y eso me parece pura demagogia, que es celebrar un genocidio. Sí, es posible que fuera así; pero genocidios, entonces, cometieron los cartagineses cuando llegaron a la Península Ibérica; y los romanos continuaron la obra emprendida por aquellos. Y no sabemos las tropas de Jaume I, el Conqueridor, cuántos pueblos diezmaron. Por no hablar del Pedro el del Puñalico o el Cerimoniós, y sus relaciones con la Unión y su campana. En fin, en todas las casas cuecen habas y en la mía a calderadas. Pero ya se sabe: justicia sí, pero no en mi casa.
Hace tiempo a un partido político valenciano, de triste memoria, y que no tenía nada que ofrecer, se le ocurrió jugar con ciertos complejos y sentimientos. Enfrentó a valencianos contra catalanes porque, al parecer, y según dicho partido, estos últimos querían colonizar a los primeros con la excusa de la lengua, y la reedición del viejo pacto de la Corona de Aragón. Ahora, no obstante, cosa que contribuyó más y más a la irritación valenciana, bajo el nombre de Països Catalans. Y se empezó a remover la historia y a tocar fibras sentimentales: el valenciano, como lengua, decían, provenía no del catalán sino de los mozárabes o cristianos que se habían quedado en la capital cuando se marchó el Cid, muerto, y doña Jimena, que se llevó el cadáver de su marido. Tal afirmación sonaba, y suena, un poco raro, a pura demagogia y a falta de estudio, cuando no a olvido intencionado. Quizás esté equivocado. Pero la madre de san Vicente Ferrer era de Gerona, creo; y el otro gran fraile medieval, Eximenis, también era de la Marca Hispánica; y su famoso libro Regiment de la cosa pública, escrito a instancias de los Jurados valencianos, no creo que esté escrito en mozárabe. Además, dichos jurados valencianos lo entendieron perfectamente en el original. Y dichos jurados se escribían con el rey, o sus secretarios. Y entre las cartas de unos y otros no hay diferencias de léxico1. Pero no tengo más pruebas que ofrecer. No me llega para más. Mea culpa.
Para cualquiera que lea la historia con detenimiento está claro, creo, que en Valencia se impuso el catalán porque Jaume I conquistó la ciudad a los árabes, allá por 1238. Bien es cierto que dejó que se quedaran los que quisieran, lo cual, según los historiadores, está en la base de lo que luego será la Guerra de las Germanías. Jaime I distribuyó las tierras, como se hace siempre, entre las tropas o los nobles que había participado en la conquista. Los catalanes se quedaron en el litoral y los aragoneses, Jaime I fue rey de la Corona de Aragón, en el interior. En Valencia, pues, se hablará el catalán y el castellano. Me parece. Así lo había leído y estudiado, y así lo explicaban en clase algunos profesores de bachiller y secundaria. Y eso fue lo que, merced a aquel partido político de triste recordación, les costó a los profesores algún que otro disgusto, y muchas y absurdas discusiones con alumnos, padres y abuelos, que no habían leído un libro en su vida. Pero sabían de todo, eso sí. No había día que no hubiera polémica al respecto, incluso con duros y necios ataques personales. Los profesores de valenciano en la Comunidad Valenciana fueron descalificados y perseguidos hasta límites absurdos, a veces como bestias negras vendidos a los catalanes o a sus dirigentes. El oro ruso se transformó en el oro catalán.
Algunos padres, y sus bienaventurados hijos, dieron rienda suelta a cuanto llevaban dentro, y denunciaban a maestros y profesores por ponerles a sus hijos libros de lectura en catalán, y en obligarlos a hacer los exámenes en esta lengua. En vano argumentaban los profesores que, en casi todas las lenguas, se ha producido, en uno u otro momento, un proceso normalizador. En el caso del castellano o español, lo inició Alfonso X el sabio, yerno por cierto de Jaime I, y nadie se atrevió a decir nada. Ahora sin embargo, la tiranía de la democracia, todo el mundo se cree con derecho y obligación de dar su opinión. Y todo el mundo sabe distinguir esta lengua de la otra, lo que es una lengua y un dialecto... Su opinión, por supuesto, no tiene porqué estar pensada ni meditaba: basta y sobra con que esté en consonancia con lo que cree la inmensa mayoría, que, como es de sobras conocido, tiene grandes aficiones por los libros de filología. Más que por las novelas o los libros de historia. Fueron muchas las librerías en las que, en aquellos días, se agotaron los libros de dicha materia, de filología, claro. Una maravilla.
Al final, como siempre, se trataba de poner los medios para que medrara un grupo de personas, o partido político, de no estudiar otras, no leer nadie, y, eso es la democracia, escribir cada uno tal y como habla y le viene en gana. Cosa que es muy respetable, por supuesto. Que cada uno escriba como quiera y le apetezca; pero que deje a la filología y a la historia en paz. La estupidez no necesita de ninguna justificación. Y por ella misma ya es suficientemente ridícula. Nadie se leyó, por supuesto, a Joanot Martorell o a Ausiàs March. ¿Para qué?
Creo que fue Pier Paolo Pasolini quien dijo que con la televisión en sus manos no necesitaba un ejército permanente. Es verdad: cualquier tontería repetida por la televisión se reproduce hasta el infinito, como un enorme eco. Y hay una cierta complacencia en la gente en comulgar con lo que dice se vecino y el de más allá. E incluso en encontrarse con un enemigo común sobre el que descargar iras y frustraciones. Es patético ver a personas defender algo de lo que no saben ni la mitad de la mitad. La democracia, sin embargo, es un tiranía en el fondo, les ha hecho creer que todos somos iguales y todos sabemos de todo. Hasta de medicina si se tercia. No hay más que ver cómo algunas personas se intercambian medicamentos.
Yo, sinceramente, ni sé de medicina ni sé de fiestas. Y poco de historia; pero decir que el Descubrimiento de América, por mor de la independencia, fue un genocidio; y que Cataluña fue anexionada por Felipe V en la guerra de Sucesión me parece un poco fuera de lugar e inexacto. Ya sabemos que cuando se habla de períodos históricos se hace en términos generales; pero de verdad, en serio, ¿alguien se puede creer a estas alturas que en la Edad Media todos eran fervientes creyentes y católicos? Parece que es cierto que la historia la escribe quien la gana; pero a menudo, muy a menudo, se reescribe de forma no menos interesada por quienes no la ganaron. ¿Cómo saber la verdad? ¿Tal vez con estudio y dedicación? ¿Sine ira et studio? ¿Y cómo se consigue eso? ¿Reformando la educación? Llevamos ya tantas absurdas reformas del sistema educativo que no se nos ocurre otra cosa que traer a colación a un clásico: “No es la educación lo que hay que reformar, como creían los que acusaron y ejecutaron a Sócrates, sino que es el estado el que tiene que renovarse desde sus cimientos.”2
No se ha renovado. Ni se va a renovar, ni con independencia ni sin ella. Y si se tiene en cuenta, creo recordar que lo decía Tito Livio, o Maquiavelo, no sé, que el gobernado termina por parecerse al gobernando, tenemos ya la radiografía perfecta: a la demagogia de unos corresponde perfectamente la demagogia de otros. Y de acuerdo, visto así la fiesta de la Hispanidad no es para celebrar. ¿Celebramos entonces el día de la publicación de Don Quijote? ¿El de Tirant? ¿No querrá entonces cada pueblo celebrar el día de su celebridad nacional aunque este no hiciera nada de provecho? No sé, de verdad, porqué se habla de genocidio cuando se nombra a Hernán Cortés y no cuando se habla de Jaime I o de Julio César. Quizás porque en la Historia, como en los vinos, también cuentan los años. Es posible. Y el olvido. ¿Todos los catalanes eran partidarios del Archiduque Carlos y enemigos de Felipe V? ¿Y eran tan ingenuos los catalanes como para creer que este iba a actuar de forma distinta a como lo hizo Felipe V? Recordemos que buena parte de Cataluña estuvo del lado de Carlos V durante las guerras carlistas. Y este era más absolutista y cerrado que su felón hermano. Las Guerras Carlistas están más cercanas que la Guerra de Secesión. Y nadie las nombra. ¿Amnesia u olvido intencionado? Españolito que vienes al mundo...
Sean los catalanes todo lo independientes y libres que quieran y les de la gana; pero dejen la historia en paz. Para separarse de alguien no se necesita de ninguna justificación más o menos falsa o demagógica. Ni hace falta mentar a la suegra ni a los cuñados. Nadie está libre de pecado, y todos interpretamos las cosas según nuestros propios intereses.
Y aun así, y por más vueltas que le doy, sigo sin comprender muchas cosas, muchísimas. Tal vez por el lenguaje empleado o quizás por la actitud de algunas personas. No lo sé. Al final sólo me quedan varias y descorazonadoras conclusiones: Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad; y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse3. No pierdo la fe, no obstante: seguiré leyendo y estudiando. Eso sí, me voy haciéndole caso a Séneca: en la medida de nuestras fuerzas alejémonos del terreno resbaladizo, porque en el seco tampoco nos mantenemos con mucha firmeza.4 Y sin firmeza, dudando, cayendo y levantándome, pienso que tal vez los romanos hicieran algo bueno por los iberos, como, tal vez, algunos españoles lo hicieron por algún que otro azteca. ¿O todo es maldad y mezquino interés? ¿De todos o de unos pocos?
1Pueden consultarse, con motivo de las entradas reales, entre otros eventos, en los diferentes Manuals de Consells del Archivo Municipal de Valencia.
2Werner Jaeger, Paideia, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1981, p. 546
3Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus. Versión española de Enrique Tierno Galván. Alianza Univresidad, Madrid, 1973, p. 31
4Séneca, Epistolas morales a Lucilio, Traducción de Ismael Roca Meliá. Ed. Gredos, Madrid, 1989, volumen II, p. 363. Epístola 116