sábado, 20 de abril de 2013

Un agradable detalle


UN AGRADABLE DETALLE
El día del libro

Vicente Adelantado Soriano

I
Dos libros

Estaba enfrascado aquella tibia mañana en una amena y agradable lectura cuando llamaron a la puerta de mi habitación. Nunca me cierro con llave, así que, sin levantarme de la silla, invité a entrar a quien se hallaba al otro lado de la puerta. No me debió oír, pues los nudillos volvieron a repicar sobre la madera. Me levanté entonces y abrí. Era doña Paquita. Me sorprendió su visita.
-Le había dicho que pasara -dije un tanto estúpidamente.
-Perdone -contestó ella-. Ha pasado una auxiliar, me ha preguntado una tontería, y eso me ha distraído.
-Bueno, pase -la invité haciéndome a un lado.
-No, no hace falta. No quiero molestarlo. Venga esta tarde a las cuatro al salón. No se comprometa con nadie. Por favor.
-Iré. No tema. Hoy no es viernes, así que no hay cine.
Cierto es que no era viernes; pero ya habíamos pasado el meridiano de abril, el tiempo era muy agradable e invitaba a salir a caminar por los parques cercanos, llenos de flores y de vida. Yo prefiero caminar por las mañanas, así que tras un breve descanso en mi habitación, después de comer, me dirigí al salón. No quise hacer un feo a doña Paquita. Fui el primero en llegar. Poco a poco lo fue haciendo el resto de los compañeros. Éramos cuatro en total.
-Los he reunido a ustedes -nos dijo doña Paquita, que se nos presentó en el salón con un bolso más que mediano- porque les voy a proponer una cosa.
-¿No se irá usted? -le pregunté señalando el bolso con la vista.
-No, no me voy. Aquí precisamente -dijo palmeando el bolso- está mi propuesta.
-La escuchamos -intervino el señor Tomás.
-Muy bien -dijo metiendo la mano en el bolso y sacando de él pequeños paquetes que nos fue entregando a todos y cada uno de nosotros. Los paquetes estaban envueltos en papel de color, distintos unos de otros, y atados con una cinta, también de colores.
-¿Y esto? -preguntó el señor Jordi, que se quedó, como el resto, cohibido y perplejo.
-Ábranlo -nos dijo sonriendo-. Es un regalo -nos explicó en tanto, con más o menos cuidado, quitábamos la cinta y rompíamos el bello papel satinado. Y sí, era un regalo. O mejor dicho, dos. Eran dos libros. No muy gruesos, y muy bien encuadernados.
-¿Y a santo de qué viene este detalle? -quiso saber el señor Tomás.
-Dentro de una semana, y por lo tanto tienen tiempo, es el día del libro. El día en el que, parece ser, murió don Miguel de Cervantes. Me ha parecido una buena idea hacerle un pequeño homenaje; pero no con discursos y tópicos. No. Leyendo un par de libros, y hablando de ellos, informalmente, la tarde de ese día. ¿Algún problema?
Nos miramos los unos a los otros entre divertidos y estupefactos.
-Los viejos rokeros nunca mueren -dijo el señor Jordi-. Y las buenas maestras, tampoco. No se preocupe usted: por mi parte traeré los deberes hechos.
El señor Tomás y yo también nos comprometimos. Él, no obstante, se me adelantó a mí en la protesta por el gasto que aquellos regalos le habían supuesto. Nos acalló diciéndonos que ya nos señalaría el día de su aniversario para que la sorprendiéramos con algún detalle. Se excusó, además, por habernos hecho el regalo con antelación al día del libro; pero le apetecía el pequeño homenaje a Cervantes. ¿Cómo no complacer a la buena mujer? Nos entregamos a la lectura con verdadera pasión: iba para examen.
II
El coloquio

Nos volvimos a reunir el día del libro poco después de comer. Pecamos los tres de originales: cada uno de nosotros le llevó una rosa a doña Paquita. Afortunadamente yo añadí un libro al regalo floral. Amablemente nos dio la gracias por las tres rosas, todas rojas.
-Al hilo de lo leído -comencé- y voy a hablar de Cervantes...
-De don Miguel de Cervantes -me corrigió doña Paquita sonriendo.
-Perdón -le devolví la sonrisa-. De don Miguel de Cervantes. Estaba diciendo, comenzando por el libro de don Miguel, que me ha llamado la atención la importancia que, al principio de la novela, se le da a la murmuración, aunque no parece que queda muy claro el concepto.
-Sí, es cierto -intervino el señor Jordi- parece que para el señor perro Berganza, ¿o es Cipión?, la línea de demarcación entre la anécdota, la historia, y la murmuración es harto sutil.
-Se puede hablar de todo -explicó doña Paquita con tono didáctico- mientras no se hiera a nadie. Creo que ese es el límite que marca el señor perro Cipión: quiero decir que señales y no hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada; que no es buena la murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy discreto.1
-Sí; pero usted sabe que, a veces, la crítica también puede pasar por murmuración. Aun no haciendo daño a nadie. Lo confiesa el otro perro, al que -dije sonriendo- también hemos de tildar de señor. Aquí está -añadí tras buscar la cita, pues mi memoria no era tan buena como la de nuestra anfitriona-: muy sobre los estribos ha de andar quien quisiere sustentar dos horas de conversación sin tocar los límites de la murmuración; porque yo veo en mí que, con ser un animal, como soy, a cuatro razones que digo me acuden palabras a la lengua como mosquitos al vino, y todas maliciosas y murmurantes.2
-Bien ha comenzado la cosa -dijo doña Paquita complacida-. No esperaba menos de ustedes.
-No es eso lo que me interesa a mí de este libro -intervino el señor Tomás que, hasta el momento, no había dicho nada-. Pero tiempo habrá.
-Amanecerá Dios y medraremos todos. Entre tanto -proseguí yo- déjenme que me felicite, y que nos felicitemos todos, pues llevamos ya bastante tiempo juntos, y llevamos unas cuantas conversaciones a cuestas; y que sepa, aunque tal vez nos haría falta la sutileza de los señores Cipión y Berganza, o, mejor aún de su creador, de nadie hemos murmurado en todo este tiempo, y en todas nuestras conversaciones.
-Y no será porque no hay motivos -intervino raudo el señor Tomás.
-No estoy yo tan segura de que no hayamos murmurado. Seguro que algo se nos ha escapado. Pero no me maravillo, Berganza; que como el hacer mal viene de natural cosecha, fácilmente se aprende a hacerle.3 Y fácilmente pasa desapercibido.
-Eso me llevaría a un viejo tema, u obsesión mía -repliqué- que también me ha asaltado ahora en tanto leía el Coloquio de los perros. ¿La virtud se hereda o se enseña? Yo concluí que se enseña, como casi todo en esta vida.
-Eso se lo responde el mismísimo don Miguel de Cervantes. En El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y me van a perdonar porque no recuerdo dónde, hay una discusión entre Sancho y don Quijote. Aquel presume de tener tres dedos de enjundia de cristiano viejo. Y don Quijote le responde que no con quien naces, sino con quien paces.4
Nos quedamos en silencio meditando durante unos segundos.
-Sin duda es así -le dije-. No obstante, parece que tiene razón Cipión al afirmar que el mal nos viene de cosecha... Me explico: hace años en el instituto un profesor puso una película, La ola, basada en un experimento. Un profesor manipula a sus alumnos y estos hacen prácticamente todo cuanto él quiere. Sin embargo, entre las exigencias del profesor, y de los mismos alumnos, no hay ninguna que consista en ser mejores, más virtuosos, buenos ciudadanos... Empapelar una ciudad, hacer ruidos, molestar, hacer fiestas, eso sí; pero no hay ningún proyecto de más altas miras.
-Ese es el problema -intervino el señor Tomás arrimando el ascua a su sardina- que hemos tenido en los sindicatos: nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Ahora, llevar una lucha continuada, día a día, ya es otro cantar.
-Sí, es muy difícil ser constante -corroboró doña Paquita-. El hombre, como la lengua, trabaja con el mínimo esfuerzo posible.
-Así nos luce el pelo. Aunque tal vez tengan razón los señores perros -sentenció el señor Tomás- y nadie cambiará mientras no cambie el hombre.
-Para largo me lo fiáis -le repliqué.
-Aquí -dijo el señor Tomás mostrando el libro de don Miguel de Cervantes- ya está planteado, y muy bien planteado, lo que es la corrupción. Me han impresionado las palabras de Cervan... perdón, de don Miguel.
-¿A qué se refiere? -inquirió doña Paquita.
-A las escenas en el matadero de Sevilla. Los jiferos son descritos como unos grandes ladrones de toda la carne que entra en el matadero. Me han recordado los años que llevamos de corrupción en España con políticos y allegados.
-Y los que nos quedan -intervino el señor Jordi.
-Ya lo advierte don Miguel -dijo buscando una cita. Llevaba el libro marcado con papelitos de colores-. Aquí está: Los dueños [de las reses] se encomiendan a esta buena gente [los jiferos o matarifes] que he dicho, no para que no les hurten (que esto es imposible), sino para que se moderen en las tajadas y socaliñas que hacen en las reses muertas, que las escamondan y podan como si fuesen sauces o parras.5 ¿No sería interesante -preguntó irónico- ya que no vamos a poder evitarlo, poner en la Constitución el tope de la cantidad que los distintos políticos, según su rango, pueden robar del erario público?
-Sería consagrar el hurto -repuso el señor Jordi.
-Y lo otro -le replicó el señor Tomás- es cerrar los ojos a la evidencia.
-Si me permite -habló el señor Jordi con una leve sonrisa en los labios- creo que nos estamos despeñando por el acantilado de la murmuración. -Doña Paquita sonrió-. Quiero decir que no hay tanto político corrupto como ladrón había en el matadero de Sevilla. En todas partes hay gente honrada y buena.
-No le digo que no...
-En eso estoy de acuerdo con usted -interrumpió la única dama de la reunión-. Yo terminé harta, siempre que había un claustro en el instituto, o se hablaba de la juventud, de que todo el mundo se fijara, nada más, en los malos alumnos, o en los maleducados... Si en una clase había treinta alumnos, podía usted estar seguro de que una gran mayoría, veinte o veinticinco, eran buenas personas, educados, y hasta buenos estudiantes.
-Es cierto -corroboró el señor Jordi-; pero treinta o cuarenta personas leyendo o estudiando en una biblioteca pasan desapercibidas, no son noticia, en tanto que dos necios con un tambor, o con un coche con un aparato de alta fidelidad, pueden molestar a toda una ciudad.
-Es verdad -dije en tanto me venía a las mientes una frase de Cervantes, así, ya que doña Paquita no me oía los pensamientos, que no sé si tenía mucha relación con el caso, pero que a mí me apetecía soltar-. No sé -advertí- si viene a cuento o no; pero oyendo al señor Jordi he recordado que advierte don Miguel que para saber callar en romance y hablar en latín discreción es menester, hermano Berganza.6
-Pues, hombre -me dijo el señor Jordi sonriendo- qué quiere que le diga... Mucha relación no parece que tenga. Pero tampoco tenemos que andar por aquí buscándole los cuatro pies al gato.
-No hace falta buscar nada -tomó la palabra el señor Tomás-. Yo no sé si es murmurar o no -dijo mirando a doña Paquita-, pero quiero hacer insistencia en lo mismo que lo hace don Miguel. Me ha llamado la atención.
-Algo relacionado con la política será -le replicó doña Paquita.
-Todo está relacionado con la política, señora mía. O todo es política, como usted prefiera.
-Sea tu intención limpia, aunque la lengua no lo parezca.7
-Limpia como una patena, y aun le diría que con sus puntas y adornos de buen católico y claro lector de los Evangelios, pues el señor Berganza, contando sus andanzas, hace una contrafigura de Jesús, del Buen Pastor. Y volvemos a hablar de la corrupción. Lo recordarán ustedes: se mete el buen can en un hato de pastores como perro guardián. Todas las noches lo azuzan en contra de los lobos; y todas las noches los lobos matan un carnero sin que él, ni los otros perros, lo puedan evitar. Por el día, ante el nuevo ataque, se desespera el dueño del hato, y reciben palos los perros, que se han hecho pedazos corriendo tras el lobo. Y así, viéndome un día castigado sin culpa y que mi cuidado, ligereza y braveza no eran de provecho para coger el lobo, determiné de mudar de estilo, no desviándome a buscarle, como tenía de costumbre, lejos del rebaño, sino estarme junto a él: que pues el lobo allí venía, allí sería más cierta la presa. Cada semana nos tocaban a rebato, y en una oscurísima noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el ganado se guardase. Agachéme detrás de una mata, pasaron los perros, mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y le mataron, de manera que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su verdugo el lobo. Pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que lo habían de guardar.8
-Homo, homini lupus -dije sintiendo que la dichosa frase latina me salía de las entrañas.
-Ahora, ahora -se alegró el señor Jordi- ahora es cuando usted le da la razón a don Miguel con eso de los latinajos.
-¿Por qué? -interrogó doña Paquita-. Está muy bien traída esa conclusión, aunque sea en latín.
-Máxime -volvió a la carga el señor Tomás, que no soltaba su presa- si este cuento lo tomamos como una parábola. Aunque no hace falta. Es claro como la luz del día.
-Sí -dije- la corrupción es consustancial al hombre, como la murmuración.
-¿Y cree usted que siempre será así?
-No lo sé -respondí-. Poco antes de venir aquí... yo vivía en un piso bastante alto. Desde la ventana de mi habitación veía parte de una gran avenida. Al inicio de la misma, en un chaflán, sobre la acera, había un contenedor. Un día de mucho viento, este arrojó a dicho contenedor sobre la calzada con evidente peligro de los conductores. Una pareja, un hombre y una mujer, que pasaban por la acera, se bajaron y comenzaron a empujar el contenedor. No podían con él. Un conductor los ayudó empujándolo con su coche... y luego lo subieron a la acera. No sé, tal vez estaba yo sentimental aquel día. Pero eso me alegró. Ese mismo día fui a coger el autobús, y cuando subí me percaté de que me había dejado el bonobús en casa... Un desconocido me pagó el billete...
-Sí, es una pena que los humanos no nos ayudemos más.
-Tal vez sea por nuestras propias limitaciones o por ignorancia. Yo estoy seguro, por ejemplo, de que doña Paquita hubiese preferido que hubiéramos hablado de la importancia de don Miguel de Cervantes como novelista en vez de hablar de lo que hemos hablado, y de la desastrada forma en que lo hemos hecho. Yo he intentado complacerla, y así tal vez podría hablarle de la crítica que el señor perro Berganza hace de la novela pastoril, por la que, no obstante, siente una cierta atracción, como don Miguel la sentía por las denostadas novelas de caballerías.9 Tal vez sería capaz de establecer un paralelismo entre el señor Berganza y el malaventurado Lázaro de Tormes. Son, y corríjame si me equivoco, los inicios de la novela moderna: el personaje que se define conforme va actuando, pasando por diversos estadios...
-Son ustedes -dijo doña Paquita emocionada- la mejor compañía que una podía desear.
-No quiero que se levante la tenida -dijo el señor Tomás- sin antes recordar otro pasaje, y nos dejamos muchos por comentar.
-Eso estaba previsto -intervino una doña Paquita emocionada-: no sólo no me maravillo de lo que hablo, pero espántome de lo que dejo de hablar.10 Pero diga usted.
-Digo que me han hecho mucha gracia los pasajes del alguacil cobarde que pasa por valiente sorprendiendo a quienes lo son, o sobornando a los truhanes para que se dejen vencer de él en medio de la plaza.11
-El miles gloriosus -apuntó doña Paquita-. El soldado fanfarrón, presente en muchas obras de la literatura castellana. Y qué bien se la juegan los gitanos.
-Y en justa correlación con él -siguió el señor Tomás- está la historia de la perrilla faldera que, amparada de su ama, se atreve a morder una pierna al sufrido señor Berganza. Consideré en ella que hasta los cobardes y de poco ánimo son atrevidos e insolentes cuando son favorecidos, y se adelantan a ofender a los que valen más que ellos.12
-Esa última parte siempre me ha recordado a Lázaro de Tormes, cuando cuenta que su hermanico, habido de su madre con un negro, y de su mesmo color -así lo dijo doña Paquita- se pasma y asusta de ver a su padre, negro como él, a quien llama el coco. Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mí: “¡Cuántos deben de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!”13
Y en esto entró una bella señorita llevando una pequeña tarta, fabricada con edulcorante, y una botella de champán. Era un detalle del señor Jordi, quien me rogó que no lo descubriera: quería mantener vivo el tópico de la tacañería de su gente.
-Se nos ha quedado un libro por comentar -dije yo-. Y este por acabar.
-Y a mí se me ha quedado en el tintero la solución del arbitrista para salir de la crisis actual, que tantas desgracias está generando. La solución de don Miguel puede parecer una ironía, pero tiempo al tiempo... Se la apunto para que se la digan a la señora canciller de las Germanias. Hagan la traducción como Dios manda: Hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de su Majestad, desde edad de catorce a sesenta años, sean obligados de ayunar una vez al mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres que han de gastar aquel día, se reduzca a dinero, y se dé a Su Majestad, sin defraudarle un ardite, so cargo de juramento; y con esto, en veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado.14
En tanto el señor Tomás leía este párrafo, el señor Jordi abrió la botella de champán, llenó las copas e hizo que nos pusiéramos de pie.
-Doña Paquita -dijo el señor Jordi- es usted, o ha sido, y lo digo por lo que ahora veo y espero ver en el futuro, una buena maestra. Una gran maestra. Me he aprendido el fragmento de memoria. Espero que esta no me falle. Va por usted: No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tan poco, o nada, de ella, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que justamente con las letras les mostraban.15
Y en esto a doña Paquita le brotaron las lágrimas, nos besamos y abrazamos todos, y concluimos la tarta y el champán. Y así celebramos, en paz y armonía, el día de don Miguel de Cervantes. La celebración nos quedó un poco desalabazada, lo sé. No obstante, ad mutos annos, don Miguel, y perdón por el latinajo. Y no digo más.
1 Miguel de Cervantes, El coloquio de los perros, en Novelas ejemplares, III. Edición de Juan Bautista Avalle-Arce. Clásicos castalia. Madrid, 1982, p. 251
2 Ibídem, p. 262
3Ibídem, p. 245
4Sentimos decirlo, pero doña Paquita se equivoca. Quien pronuncia el refrán es Sancho Panza, cuando don Quijote lo envía a llevarle un mensaje a Dulcinea. Sancho, con pocas ganas de llevar mensajes ni de azotarse para desencantar a la señora Dulcinea, se dice entre sí que su amo está loco, y que él no le anda a la zaga, pues lo sigue, no con quien naces... Véase Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, segunda parte, cap. X
5El Coloquio... p. 246
6Ibídem, p. 268
7Ibídem, p. 253
8Ibídem, ps. 256-257
9Véanse al respecto las ps. 253-255 de la mentada edición.
10Ibídem, p. 255
11Ibídem, p. 275 y ss.
12Ibídem, p. 321
13Lázaro de Tormes, Tractado primero.
14Ibídem, ps. 318-319
15Ibídem, p, 

Ciudad de vida y muerte


CIUDAD DE VIDA Y MUERTE

Vicente Adelantado Soriano

La película de Lu Chuan no cuenta nada que no se sepa. Sus personajes, sin ser nobles, parecen sacados directamente de Las troyanas, la famosa tragedia de Eurípides. No quiere decir lo anterior que la película de Lu Chuan sea un calco de la tragedia griega, que no lo es. Quiere decir que tanto Las troyanas como Ciudad de vida y muerte plantean el mismo problema, o, si se quiere, cuentan la misma historia, aunque con unos cuantos siglos de diferencia. Se nota en los trajes de los personajes, en el armamento de los ejércitos, en las casas y en el lenguaje utilizado por unos y por otros. Porque lo que es el comportamiento, y por desgracia, pocas diferencias hay entre el ayer tan remoto y el pasado tan reciente.
Se ha dicho y repetido, infinidad de veces, que Las troyanas es, posiblemente, la primera gran obra en contra de la guerra y a favor de la paz. La tragedia de Eurípides muestra, con gran crudeza, todo aquello que la épica oculta. Terminada la Ilíada, los griegos, dueños de Troya, entran en la ciudad y se adueñan de ella. En Ilión tienen lugar todo tipo de abusos y atrocidades. El ingenio de Ulises se baña en sangre. Ahí tiene su origen Las troyanas.
Lu Chuan, con una preciosa fotografía en blanco y negro, y contando con varios personajes, narra la entrada de las tropas japonesas en Nanking en diciembre de 1937. Al igual que Troya, la capital de China tras la muerte de los soldados que la defienden, es entregada al saqueo. Lu Chuan no hace ninguna concesión a la hora de narrar la toma y posesión de Nanking. Desde la matanza de soldados desarmados, igual que ya hicieran los romanos con los soldados de Viriato, hasta el saqueo, las continuas humillaciones, o la utilización de las mujeres como esclavas sexuales. Las escenas, de una crueldad increíble, se van sucediendo con una lógica aplastante. En ella se va poniendo de manifiesto que la bestialidad humana parece no tener límites: muertes y fusilamientos, tanto por grupos como masivos; enterramientos en vida, quemar a un grupo de personas vivas encerradas en un almacén, asesinato de los soldados heridos y que reposan en un hospital... Sin olvidar las violaciones ni la utilización de las mujeres como máquinas sexuales. Las utilizan hasta la extenuación, hasta que caen muertas como reses. Impresionante la escena en la que uno de los personajes entra en zona de consolación y descubre a una prostituta de la cual se enamoró. Todo cuanto sucede a su alrededor es de una sordidez increíble. Será este personaje el que vaya tomando conciencia de cuanto está sucediendo a su alrededor. A lo largo de la película se empeña en que lo llamen por su nombre, Kadokawa. Y será Kadokawa quien, precisamente, se horrorice al ver salir a un carromato cargado con los cuerpos sin vida de las mujeres que han utilizado, sexualmente, hasta la muerte. Y será él quien evite, mediante un certero disparo, que ella le ha pedido, que una mujer sea conducida a la zona de consolación.
La película, al igual que la tragedia de Eurípides, no es nada maniquea. Tampoco es panfletaria. Podríamos decir que ni siquiera es política, si ello fuera posible, que no lo es, pues la alianza germano-nipona hace que el embajador alemán, John Rabe, abandone la ciudad. Él era la última defensa con la que contaban los millares de refugiados. A partir de ese momento ya no hay nada que impida la total violación de la arrasada ciudad.
Apoyada por una excelente música, narra un conflicto, tal vez uno de los más terribles que ha vivido la humanidad. Aunque no debemos olvidar que todo cuanto se nos cuenta es propio de toda guerra y conflicto. En todas ellas se desatan las más terribles pasiones; y, lo que es peor, en ellas todo vale porque impera la ley del más fuerte, quien, además, no tiene que rendir cuentas ante nadie. No de otra forma se puede mantener un imperio. Ya se lo dijo Cleón a los atenienses allá por el 427 a. C: no podían ser generosos ni misericordiosos si deseaban gobernar un imperio. De resultas de ello surgió el exterminio brutal de Corciria. Y de resultas del imperio japonés todas las bestialidades de Nanking, donde la guerra hizo desaparecer la comodidad de la vida diaria sometiendo a los seres humanos a sus leyes. Y la ley de toda guerra no es otra que la bestialidad. Esta no abandona la pantalla más que por breves segundos. Pues al final hasta la risa del niño, al comprobar que el tiro de Kadokawa no iba dirigido a él, se semeja al llanto, tal vez porque, inconscientemente, el espectador se acuerda de la otra niña defenestrada por un soldado japonés, motivo que también trató Eurípides. En la tragedia griega el sacrificio del niño Astianacte, hijo de Héctor y Andróamaca, tiene una “justificación”: evitar que quiera vengar a su padre cuando sea mayor, y hacer eterna la guerra. En Ciudad de vida y muerte, la muerte es gratuita, signo de la fiereza humana. Aparecen montones de cadáveres. Y se mata por matar, o porque estamos en guerra... Está bien que de vez en cuando alguna película, con pulso decidido y firme, sin concesiones, nos muestre el horroroso rostro oculto de la humanidad. Ojalá desaparezca algún día. Películas como esta contribuyen a ello, desde luego. Muy digna de verse y estudiarse.

viernes, 12 de abril de 2013

La ola


LA OLA

Vicente Adelantado Soriano


La obra de Dennis Gansel, La ola, es, cuanto menos, interesante. Y muy recomendable. Una película que debería ser de visión obligada tanto para padres como para profesores y autoridades competentes. Sin olvidar a los protagonistas, los adolescentes.
El largometraje parte de una pregunta, planteada por el profesor a toda una clase de bachillerato: “¿Creéis que es imposible que otra dictadura vuelva a implantarse en Alemania?” Antes, sin embargo, con gran economía de medios, ya nos ha mostrado la frustración del profesor por no poder impartir la materia que él había preparado con tanto cariño, la anarquía. Se ve obligado, pese a sus intereses, a dar un cursillo sobre la autarquía.
La pregunta, nada inocente, desde luego, va a mostrar el hastío de los alumnos por la historia reciente de Alemania. Están hartos y cansados de oír hablar del III Reich, de Hitler y de la II Segunda Guerra Mundial. Lo cual pone de manifiesto lo acomodaticias que somos las personas: con una frase creemos salvarlo y solucionarlo todo. Así, y está bien que se diga, con el famoso “Un pueblo que olvida su historia está obligado a repetirla” parece como si tuviéramos resuelto el problema. La comprometida obra de Gansel demuestra bien a las claras que no es así. Pues un recuerdo que no incide en el presente, y no nos hace cambiar hábitos de conducta, es un recuerdo estéril, muerto.
Y es la repetición de las viejas condiciones sociales e históricas, no el olvido, lo que hace surgir a los grupos totalitarios. Esas condiciones, por desgracia, están tan vigentes hoy como en la Alemania de los años treinta, o como lo pueden estar en toda sociedad que degenera en una dictadura: desencanto, vulnerabilidad de la juventud, soledad y desapego familiar entre otras. Es aquí donde la película hace aguas: hubiera hecho mejor en mostrar las relaciones de los alumnos con sus respectivas familias, y con su entorno social, ya que son ellos los protagonistas, y no en el matrimonio del profesor. Pues él y su mujer son lo menos relevante de la película. Aunque gracias al profesor volvemos a incidir en la inutilidad del recuerdo que no actúa: cree que todo el mundo, incluida su mujer, lo menosprecia por haber terminado el bachillerato en una segunda oportunidad; cree que todo el mundo lo infravalora por ser profesor de educación física; y, escudado en sus recuerdos, ignora cuanto está pasando a su alrededor, todo lo que él, su pregunta y sus “juegos”, está generando. Los recuerdos, la pasada juventud, “las tonterías” hechas en aquellos años, por supuesto, también le sirven de pretexto para no tomar cartas en el asunto: no quiere saber quién, en una lona gigantesca, en el centro de la ciudad, ha pintado el símbolo del grupo, la ola, porque tendría que denunciarlo. Mientras, la ola va creciendo, pese a la oposición de dos de las alumnas. Con una de ellas, por cierto, hay una escena totalmente gratuita: en el instituto donde estudian, ella sola (?) trata de enviar mensajes electrónicos a todos los compañeros advirtiéndoles del peligro de la nueva organización estudiantil, la ola. No consigue enviar los mensajes. Se apagan las luces, se cierran puertas, parece como si de un momento a otro la fueran a atacar, y no sucede nada. ¿Están en Alemania los institutos abiertos a toda hora y puede entrar y salir quien quiera de ellos? ¿Sin vigilancia de ningún tipo? Parece un poco absurdo. Y más en un instituto de clase media alta. Es una escena que sobra puesto que nada aporta.
Uno de los alumnos, el desencadenante de la tragedia, habla de su desarraigo familiar. No hubiera estado de más hacer una radiografía sino de todos sus compañeros sí al menos de los más significados de la película. Sí se analizan las relaciones entre ellos, a través de sus respectivas historias de amor, y de la obra de teatro que van a montar. El montaje de la obra cumple una indudable función dramática: gracias a la ola se ha pasado de un espíritu de anarquía, cada uno dice su papel como quiere añadiendo o quitando lo que le interesa, a uno de aceptación del líder: ya no son discutidas las opiniones del director de la obra. Evidentemente se ha producido un cambio: el grupo está por encima de la persona y de sus manías o apetencias.
Las escenas en el teatro ponen en evidencia, por supuesto, un gran fallo del sistema educativo: la incapacidad para crear ningún lazo de solidaridad entre los adolescentes con trabajos en equipo. Reciben una enseñanza excesivamente individualizada cuando ellos necesitan relacionarse, intervenir y ser parte activa de esa educación.
Está bien visto, a través de la acción, la importancia del grupo para estos seres, algunos de ellos marginales, en busca del calor que no tienen en casa: el alumno que es capaz de regalar droga sencillamente porque los otros son “sus colegas”. Pero cuando esos colegas lo atacan será defendido por la ola, por sus compañeros de clase y organización. Y así se van estrechando los lazos entre ellos: serán amigos, solidarios, y formarán algo más importante que una familia y una nación: no distinguen razas ni religiones, sólo quienes pertenecen a la ola de quienes no lo hacen. Gracias a la ola, a su organización, se han transformado, sus vidas tienen sentido: seguir las consignas del líder, de alguien, y evitar tener que pensar y buscar sus propias soluciones ante sus descontentos y frustraciones. Ahora se mueven por mensajes a través del móvil.
Constituida la ola, se tratará, en un siguiente paso, de hacerla triunfar. Y nada mejor, para ello, que la competición deportiva con otro instituto. Pero esta competición, el partido de water-polo, se transforma en algo más. Casi en una cuestión de vida o muerte. Como algo más, mucho más, es el deporte en el mundo de los adultos. Así se ha puesto de manifiesto en las recientes denuncias por sobornos y partidos amañados en la triste liga española. Como puede observarse los adolescentes son unos buenos aprendices que captan la esencia de las cosas.
Es imposible, llegados a este punto, no acordarse de Sócrates y de su eterna pregunta: ¿Se puede enseñar la virtud? Cuando se utiliza este término no debe entenderse virtud, areté, en sentido cristiano, sino griego. El término areté significa hacer las cosas bien, exigirse la perfección, ser caballeroso, educado, esforzado, etc. Ahora bien, Sócrates sabe perfectamente que es más fácil que el adolescente obedezca al cocinero que al médico: el cocinero lo proveerá de todo tipo de golosinas y le halagará el gusto y el paladar. El médico, por el contrario, le dirá lo que puede y no puede tomar, lo que no es conveniente para su salud por muy agradable que le resulte en el presente. El médico, en consecuencia, es quien será condenado por el grupo, por la ola, que, con su propio impulso, ya no admite críticas, disidentes, ni marcha atrás. Desde luego puede ser más divertido correr por una ciudad poniendo pegatinas con un símbolo, que estar en casa estudiando o leyendo. Realizando tales vaciedades una persona se puede convertir en un héroe, sencillamente por subir a una cúpula y pintar el símbolo del grupo en una gran lona. Es la aventura: el peligro y el desafío a la policía, al poder establecido. Pero es una aventura sin sentido y un desafío vacuo. Un absurdo ritual.
Y es que en el fondo seguimos siendo primitivos. Tanto que, por supuesto, es posible una nueva dictadura, un nuevo señor de las moscas. Tan primitivos que todavía seguimos ejecutando los antiquísimos ritos de paso. En las sociedades antiguas el paso de la adolescencia a la juventud venía marcado por coger las flechas y el arco y matar a una fiera salvaje o a un enemigo. Ahora consiste en algo no menos peligroso: la droga, el alcohol, y, tal vez, la carrera con el coche o la moto. La moto o el coche se pueden quedar en la calzada como, antaño, lo podía hacer el arco ensangrentado en la selva. Los medios son distintos pero el fin es el mismo. Y nadie advierte del peligro.
Los personajes de La ola, adolescentes, están situados en un momento crucial de sus vidas: todavía no son adultos, no son independientes, pero los padres y educadores ya han perdido toda influencia y poder sobre ellos. Están en esa edad difícil donde cuenta mucho la compañía, los amigos, y, tal vez, la educación recibida. El adolescente puede haber tenido los mejores profesores, y haber estudiado en el mejor de los institutos, pero la elección última sobre su vida siempre estará en sus manos. Y, por supuesto, en aquello que la sociedad demande. Serán los valores de esa sociedad los que determinarán muchas actuaciones de los jóvenes. Y en todo tipo de sociedad, por desgracia, siempre se admira y se respeta a quien tiene el poder y el dinero sin cuestionarse de dónde proviene este. Si ninguno de los dos se puede conseguir de forma rápida y honesta se buscará por los recodos de los caminos. A todos nos gusta ser valorados y apreciados. De ahí el que la película debería haber hecho mayor incidencia en el entorno familiar de los alumnos.
Es posible que la areté no se pueda enseñar. Aquí radica una de las grandes limitaciones de la enseñanza y del hombre. Hay dos formas de aprender: por experiencia ajena, libros e historia, y por la propia. Sabio es aquel que se prepara cuando ve las barbas del vecino afeitar. Y necio quien cree o piensa que eso jamás le va a suceder a él. La película de Gansel es, por lo tanto, un toque de atención: a los profesores porque no se puede jugar con los adolescentes, muy manipulables; a los padres para que no se desentiendan de sus hijos, y a la sociedad en general a fin de que tenga claro a dónde quiere dirigirse. Nada más significativo, al respecto, que lo sucedido aquí en España con la madre condenada a prisión por haberle pegado a su hijo. Recuerda lo que hace 2.500 años, más o menos, dijo Anacarsis, uno de los siete sabios: según él la justicia se parece a una tela de araña: atrapa a los animales pequeñitos pero sucumbe ante los grandes, que la pisotean, la rompen y se van. Y encima son entrevistados en la televisión, pagados y puestos como héroes. Sin duda estamos alimentando una buena ola. Un niño de diez años hace que encarcelen a su madre. Y los ladrones están en la calle. Habría que ver a la criatura.
Aun no siendo, por los defectos apuntados, una gran película, sí que es La ola una buena obra que, como tal, induce a la reflexión sobre un tema tan serio e importante como es la educación de los adolescentes. Un serio asunto para reflexionar, y no para que vayan jugando los inconscientes de los políticos con burdas asignaturas, burdos planteamientos, y eternos cambios de sistemas educativos con la única finalidad de ganar las próximas elecciones. Con tal de triunfar harán como el denostado cocinero de Sócrates.
Les recomendaríamos a las fuerzas vivas que fueran a ver la película. Pero no hace falta: siempre los intereses del partido estarán por encima de esos adolescentes y de su educación. ¿Quién se puede quejar de que, marginados, no traten de ser algo y de contar en esta sociedad sea como fuere? No basta con amonestar, poner leyes y reñir: hay que educar. Y educar no es enseñarles a ser hipócritas: haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga. Es algo más serio, como se pone de manifiesto en este buen largometraje de Dennis Gansel.
La película, por otra parte, cuenta con unos excelentes actores que contribuyen, y mucho, a hacer verosímil cuanto sucede allí. Y que es para que se nos pongan los pelos de punta, reflexionemos seriamente y pongamos remedio a la situación. Película muy digna de verse.

Dudas


DUDAS

Vicente Adelantado Soriano

No comprendían los infelices que si susceptible de enmienda es un error, no lo es la necedad.
Benito Pérez Galdós, Bodas reales

Una vez más volvimos a reunirnos el grupo de amigos, o allegados, que lo mismo da, para charlar durante unas horas. Siempre encontrábamos, y encontramos, cosas nuevas que decirnos, quizás por la necesidad que tenemos de hablar y de sentirnos vivos. Me gustan estas charlas, y lo paso bien con ellas. A veces soy yo quien las provoca. Mis compañeros no me van a la zaga. Reuniones como estas me parece que muestran el lado más humano y amable del hombre. Saludé a los viejos camaradas; y comencé enseguida con un asunto que había estado meditando durante algunos días.
-Conforme me hago más y más mayor -dije sentándome-, más añoro mi pasada juventud. Y no porque aquella fuera una edad dorada, sino por la certeza que tenía entonces, y de la que carezco ahora, de que las cosas eran de una forma o de otra, bien definida. Y yo lo sabía. Sabía muchas cosas en aquella época. Ahora, por el contrario, no sé nada.
-¡Ay, señor mío! -exclamó doña Paquita- la ignorancia es muy atrevida. Uno, cuando no sabe nada, comienza haciendo grandes afirmaciones; y termina, si tiene dos dedos de frente, confesando que lo ignora casi todo.
-Hombre, tampoco exageremos -intervino el señor Tomás-. Es decepcionante, si quieren ustedes, no saber muchas más cosas a esta edad; pero creo que algo sabemos. Al menos si nos comparamos con los pipiolos.
-No es por repetirme, ni por repetir la historia -dije yo insistiendo en mi idea-. Ahora bien, no puedo por menos de reconocer que quien tenía más razón que un santo era Sócrates: lo único que sé es que no sé nada. No se trata ni de pipiolos ni de pipiolas.
-¿Está usted seguro de eso? A mí, y perdóneme -volvió a intervenir el señor Tomás- cada vez que oigo eso de no sé nada, o algo semejante, me suena un poco a falsa modestia, a hipocresía.
-En un momento de mi vida -le respondí adelantándome a doña Paquita- no le hubiera dicho que no, como no le niego ahora que muchas cosas las leí o las estudié por moda o por esnobismo. No, ahora no digo que no sé nada por falsa modestia. No lo necesito. Es, si quiere usted, la confesión de un fracaso.
-Eso no es nada reprobable. Recuerde usted -añadió la buena mujer sonriendo con picardía- que los caminos del Señor son infinitos.
-E inescrutables.
-No crea. A veces se entienden perfectamente bien.
-Sí -asentí-. Los mensajes divinos son cada vez más claros, como agua sin contaminar, de la que ya no queda. Los que constituyen un enigma son los mensajes humanos.
-Si se refiere usted al pasado -me replicó el señor Tomás- es cierto que hay cosas que, parece ser, ni las sabemos ni las vamos a saber nunca jamás. Pero, el presente, lo que es el presente...
-No, con el pasado ya ni me meto. Tenemos tantos enigmas planteados que hay libro de historia que se debería titular Más interrogaciones sobre esta o aquella época.
-No es un título muy comercial que digamos -bromeó doña Paquita-. Y los historiadores -me dijo sonriendo- también comen.
-Sí -asentí- es un problema. Y además de difícil solución, porque el día que la Humanidad termine con esa absurda necesidad de comer tres veces al día, igual esto se convierte en una balsa de aceite.
-No confíe mucho en ello -me desengañó la buena mujer-. Yo creo que el hombre, en tanto no deje de ser lo que es, buscará siempre motivos para matarse, pelearse, masacrarse y mantener viva la épica.
-¡Mujer! -le salió del alma al señor Tomás-. Algún día se notará que la humanidad ha avanzado.
-No, si ya se nota -repuso ella-. Ahora las armas son más perfectas, más eficaces a la hora de eliminar al enemigo.
-Sí -afirmé yo- porque las razones para la sinrazón siguen siendo las mismas.
Mis compañeros se quedaron callados. Me quedé esperando que alguien me preguntara qué quería decir con eso, o que me invitara a explicarme. Nadie dijo nada. Pero yo, como he dicho, tenía ganas de hablar.
-Hace algún tiempo -conté- fui a ver una película un viernes por la tarde.
-¡Ah! -exclamó doña Paquita- ahora me explico porqué los viernes sale de aquí vestido como si fuera usted un joven de veinte años.
-Voy al cine, doña Paquita, voy al cine. No quiero anquilosarme.
-Eso está muy bien. ¿Y qué película nos va a contar?
-Ninguna. No les voy a contar ninguna película. Es una pequeña reflexión en voz alta. Fui a ver, como les estaba diciendo, una película. No era una película made in USA, cosa rara en estos pagos.
-Los acuerdos comerciales son los acuerdos comerciales -intervino el señor Tomás-. Sí, tal vez les parezca raro o un contrasentido, pero si ellos nos compran zapatos a nosotros, nosotros, a cambio, tenemos que comprar sus películas.
-Mientras las películas y los zapatos sean buenos -dijo conciliadora doña Paquita.
-Hay mucha bazofia -sentenció el señor Tomás. O mucho callo, siendo más preciso.
-No -dije yo rápido antes de que se me olvidara lo que quería decir-; la película china que yo vi no lo era. Todo lo contrario: me pareció una buena película.
-Podía usted haber avisado -dijo doña Paquita.
-Otra vez la aviso, tranquila. Dicha película -comencé a hablar rápidamente, harto ya de tanto inciso y corte- está centrada en la guerra chino-japonesa. Como saben ustedes dicha guerra sucedió poco antes de la II Guerra Mundial.
-Los fascismos emergentes -volvió a cortar el señor Tomás.
-Sí -dije volviendo a tomar la palabra rápidamente-. Nada más comenzar la película, que, por cierto, se titula Ciudad de vida y muerte, de un tal Lu Chuan, parte del ejército chino es apresado y desarmado por los japoneses.
-Ya me imagino lo que sucede a continuación -dijo con un gesto de hastío doña Paquita-. Creo que no se ha escrito nada mejor en contra de la guerra que Las troyanas, de Eurípides.
-La vi cuando era joven -dije sumiéndome en mis recuerdos-, en el teatro romano de Sagunto.
-¡Qué tiempos aquellos! -exclamó con un dejo de nostalgia en la voz.
-Sí, qué tiempos aquellos -corroboré-. Y es cierto, la tragedia de Eurípides es un alegato terrible en contra de la guerra. Sin embargo, la película de la que le hablo aún va más allá. Es dura, muy dura. No obstante, nada cuenta que no sepamos. Como les he dicho -continué- nada más comenzar la película los soldados chinos son hechos prisioneros. Los desarman y los meten en una especie de cercado. De allí los van sacando en grupos y masacrándolos...
-Las guerras son bestiales -me volvió a interrumpir doña Paquita.
-Sí, y en eso incide dicha película. Viendo esas escenas de los soldados metidos en un cercado, la película es en blanco y negro, lo cual me gustó mucho, de donde los sacan para ametrallarlos en la orilla del mar, me acordé de que hace años, muchos, muchos años, Galba, un romano, allá por el año 149 a. C., hizo lo mismo con los lusitanos aquí en la Península: les prometió tierras si se rendían; ellos entregaron las armas; los metió en un cercado con la excusa de contarlos, y mandó que los mataran a todos. Parece ser que uno de los pocos que escaparon con vida, y tal vez sea leyenda, fue Viriato. Leyenda lo de que se escapara, no la matanza, por desgracia.
-En todas partes cuecen habas, y en mi casa a calderadas -sentenció doña Paquita. Las guerras nunca traen nada bueno. ¡Nunca!
-Todo eso está muy bien -dijo el señor Tomás con un dejo de duda en la voz-. Sí, está muy bien -más firme- lo de ser pacifista, y predicar el amor fraterno, el odio a la guerra, y todo lo demás. Pero ¿qué tiene que hacer un padre que está en el paro y no tiene nada de comer para dar a sus hijos? Eso por no hablar de la otras cosas porque ya dijo alguien, también hace muchos años, que no sólo de pan vive el hombre.
-No se crea -dijo doña Paquita con tristeza- lo he pensado en más de una ocasión. Y me asusta. Sí, tengo miedo. Y no sé qué decirle.
-Yo reconozco -confesé- que cada vez que sale este dichoso tema, me voy por la tangente: digo que me alegro de ser mayor, y de que voy a morirme dentro de poco habiendo tenido la suerte de irme al otro barrio sin haber conocido ni una guerra.
-No sé si eso es egoísta o no; pero tiene usted razón: vamos a tener esa suerte. Quien lo va a tener muy mal es la juventud de hoy en día... Yo -explicó doña Paquita en tanto los ojos comenzaban a brillarle y no de alegría- de lo que alegro sobremanera es de haberme jubilado. Cuando comencé a trabajar lo hice con toda la ilusión del mundo; y creía que era interesante cuanto trataba de explicarles a mis alumnos... Con el paso del tiempo, y con esta maldita crisis que no entiendo por más que me la expliquen, no hacía si no preguntarme que para qué atormentaba a los chicos con poemas, novelas, cuentos, análisis y comentarios de texto... Veía a la sociedad abocada al desastre. Todos estábamos desencantados y desanimados. Cada vez más.
-Sin embargo, no me negará usted que la educación no es importante...
-¿Para qué? -preguntó con rabia-. Al fin y al cabo siempre los que triunfan, los que tienen dinero, los que lo poseen todo, son los más animales... ¡Perdón perdón! Lo siento, lo siento. Pero a veces decir en las clases a los alumnos que fueran educados, honestos, personas de bien, era como atar a la gente de pies y manos para que se pudieran aprovechar de ellos quienes no lo eran ni lo son, ni lo serán.
-Terrible dilema. Y grave crisis la padecida por Europa. No sé si como consecuencia de la falsa unión monetaria, de la ambición de unos, y del considerar todos los gobernantes al hombre como medida económica nada más, o por todo junto. Pero sea como fuere, esa crisis ha hecho que nos cuestionemos muchas cosas.
-Entre ellas -dijo el señor Tomás- que para llegar a un cargo público se deberían cumplir unos ciertos requisitos. No hace falta que diga que nuestros políticos carecen de ellos.
-La política -intervino la señora Paquita- debería ser servicio, trabajo para la comunidad. Y se ha convertido en todo lo contrario: se trabaja para llevar a un partido al poder; y así, en el poder, sacar todas las prebendas posibles, las habidas y las por haber... No sé quién dijo que era incongruente que se pida un carnet para poder conducir un coche, y no se exija nada para poder ser padre... A lo mejor también había que exigir algo para llegar a los cargos públicos.
-Ese vacío ha hecho -dije yo- verdaderos payasos de muchos políticos. Muy a menudo causan vergüenza ajena. Da grima oírlos cuando se ponen a defender lo indefendible para salvar a su partido o a su jefe. O no tienen sentido común, o les falta el sentido de la vergüenza y del ridículo.
-Y además -corroboró el señor Tomás- no saben ni por dónde van. No hay más que ver lo que ha sucedido estos días con Chipre. Igual toman unas decisiones que otras, que las contrarias.
-Ahí quería llegar yo -dijo doña Paquita animándose-. ¿Alguien me puede explicar de dónde saca tantos millones de euros el famoso Fondo Monetario Internacional, o el Banco Europeo o cómo se llame? Tantos como para rescatar a un país, o a dos... ¿De dónde sale toda esa inmensa cantidad de miles de millones? Y no hay dinero para educación. ¡Dios mío, no entiendo nada!
-Se lo puede imaginar usted -dijo el señor Tomás-: impuestos y más impuestos. Todos esos rescates los estamos pagando todos nosotros. Ese dinero es nuestro dinero.
-Sí; pero parece que unos pagamos más que otros.
-Como siempre -intervino doña Paquita-, como siempre. Mi marido siempre me decía que no me creyera nada de cuanto oía: cuando una persona, o una sociedad, habla mucho de una cosa, por ahí peca. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Y aquí se nos hacía la boca agua con la Democracia, la Transición, el Bienestar Social...
-¿Usted, cuando se hizo la transición, votó si quería monarquía u otra forma de gobierno? -preguntó raudo el señor Tomás.
-Nadie me preguntó nada.
-Pues ya tiene usted la primera prueba de lo que se podía esperar: tenemos democracia pero con la forma de gobierno que el poder ha querido. La última forma de gobierno que se votó en España fue la República, ahogada en sangre por una rebelión militar, minoritaria, pero que implicó a todo el país.
-¡Ay, por favor! -exclamó doña Paquita como pidiendo clemencia- dejemos la Guerra Civil en paz. Estoy más que harta del tema.
-Dejémosla. No hay problema. Coja usted la Constitución, un artículo que está muy de moda hoy en día, y que nada tiene que ver con la Guerra Civil: Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia.
-Se les olvidó poner que a partir de una determinada renta.
-Tiene razón -me dijo el señor Tomás-. Tiene razón. Han intentado desmantelar varios ambulatorios en pueblos...
-Sí, es una vergüenza, -dijo doña Paquita-. Pero ya lo decía don Francisco de Quevedo: poderoso caballero es don dinero.
-Y aquello era una monarquía supuestamente católica.
-Lo mismo da una forma de gobierno que otra. Lo mismo da. Yo, señor Tomás, no confío en que esto lo solucionen otros políticos distintos a los de ahora, ni otras formaciones o partidos políticos.
-En eso -le dije yo- estoy de acuerdo con usted. Tenemos un enfermo de cáncer, con metástasis incluida; y los políticos y demás están discutiendo si aplicarle esparadrapo y aspirinas o las dos cosas a la vez. Cuando no tirándose los trastos a la cabeza por si el esparadrapo ha de ser de tela o de papel.
-Pues usted lo ha dicho -me replicó el señor Tomás-: tal vez se trate de cambiar de médico.
-Lo malo -le repuse- es que aquí nadie se va por propia iniciativa. Y se han presentado corruptos a las elecciones, personas impresentables, pendientes de juicio, y han sacado mayorías absolutas. Y la violencia, qué quiere que le diga...
-Sí, ya lo sé. El pacifismo y esas cosas. Pero tenemos que morir todos. Y a veces es mejor morir por un poco de dignidad que hacerlo de inanición.
-¡Dios mío, Dios mío! -exclamó doña Paquita- ¿Tan mal están las cosas? ¿Ustedes creen..?
-Son muchos millones de parados, señora.
-Sí, lo comprendo; pero ¿no se puede hacer otra cosa?
El señor Tomás dijo que no con la cabeza. Yo me quedé cabizbajo, y doña Paquita se puso a mirar por la ventana aunque tenía la vista perdida. Así estuvimos durante varios minutos.
-El problema -murmuré sin que nadie me hiciera caso- es más profundo. Un cambio de médico seguramente no va a solucionar nada. Los cambios tienen que ser más profundos y radicales.
Nadie me contestó. Parecía como si se hubieran quedado petrificados con las últimas palabras. Me acordé de una anécdota y traté de animarlos con ella. Pero creo que acabé de hundirlos en la miseria.
-Todo esto -dije yo al cabo de un tiempo- me recuerda una anécdota del mentado Viriato. La leí hace muchos años. Como ustedes saben, y como sucede siempre, cuando se produjo la invasión romana, sin más pretensiones que frenar a Aníbal, unos se declararon a favor de los romanos, y pretendían rendirse a ellos; y otros, entre los cuales estaba Viriato, eran partidarios de luchar, de hacer frente al Imperio Romano. Viriato les contó a los hombres de Itucci, que los lusitanos se parecían a las dos mujeres, una joven y otra vieja, que se casaron con el mismo hombre, de edad indefinida. La vieja le arrancaba los cabellos negros al hombre para que su apariencia se acercara más a su edad; y la joven hacía lo mismo con las canas del pobre hombre. Al final entre las dos lo dejaron calvo.
-Que el Señor nos coja confesados -dijo doña Paquita santiguándose.
-Amén -respondí yo sonriendo, aunque la cosa no era para tomarla a broma. Me quedé entonces con la misma y desagradable situación que tuve cuando salí del cine de ver la película Ciudad de vida y de muerte; o la de muchos años atrás cuando, en un teatro romano, asistí a la representación de Las troyanas. No era una sensación agradable.

viernes, 5 de abril de 2013

Bárbara


BÁRBARA

Vicente Adelantado Soriano

La película de Christian Petzold, Bárbara, es un film complejo narrado de la forma más sencilla posible. Sin entrar en el análisis de por qué los personajes están donde se hallan, en un lugar donde nadie puede ser feliz, sí que importará cómo se mueven en ese medio frío, feo y totalmente hostil. Y ese movimiento, las miradas, los leves gestos, la aparición de personas sin ningún vínculo con ellos, el ignorar muy a menudo quién en quién, policía, vigilantes o sospechosos, va a determinar sus formas de ser y de actuar. O quizás estas eran ya las anteriores, que vuelven a funcionar de nuevo pese a las férreas autoridades, a la casa despersonalizada y permanentemente puesta patas arriba por los vigilantes, y al eterno y humillante control policial. Quizás debido a ello el carácter de Bárbara es un carácter tan introvertido, tan cerrado para todos sus compañeros de trabajo, médicos como ella, pero tan abierto y amable con los indefensos pacientes, cuya única escapatoria es la enfermedad. Una de ellas ocupará el lugar que debía ser el suyo a fin de salir de la terrible situación de ambas.
Debido a la presión, al estado policial en el que viven los personajes, Bárbara no se creerá nada de cuanto le diga el joven médico, jefe del hospital donde ella trabaja. Este siempre se encontrará frente a él a una especie de esfinge, invulnerable a las palabras y los pequeños favores. El joven médico también parece sospechar de ella. Y Bárbara no se fía de él. No obstante, poco a poco, sus detalles, su amabilidad, irán haciendo mella en la vigilada doctora. Un día, buscando al doctor, para operar a un paciente, se lo encontrará en casa del policía que no la pierde de vista. Magistrales las escenas que muestran la casa de este gris personaje, sus dependencias y sus miserias. Y breve y clara la conversación de los dos médicos, André y Bárbara, camino del hospital: “¿Siempre ayudas a los cabrones?”, le pregunta ella por haber atendido a la moribundo mujer del policía. “Cuando están enfermos, sí” -responde el doctor. Al final, la profesionalidad, la vocación y la solidaridad entre los humanos, está por encima de todo. Esa solidaridad, no obstante, tiene sus límites, como todo en la vida. Bárbara, sin embargo, será capaz de rebasarlos. Al fin y al cabo, al principio, cuando aparece la chica-paciente, que se encariña con Bárbara, pues la ha liberado de la brutalidad de la policía, y del absurdo diagnóstico del médico, le lee un significativo fragmento de Hukleberry Finn. Puede decirse que es una lectura que casi se cumple al pie de la letra. Y digo casi porque cuesta creer que, en la orilla de la playa, en el pueblo, sólo quede el cuerpo de Bárbara. Queda algo más, algo que también estaba en otro libro, en una narración contada por André. Tal vez las historias de médicos que ellos leen o cuentan, sean aplicables a otros personajes. En el caso de ambos, y sobre todo en el de Bárbara, perdura un profundo amor por quienes sufren. Visto y contado con una sencillez magistral. Excelente, por otra parte, la interpretación de Nina Hoss, y muy acertada la de Ronald Zehrfeld. Una película con una historia muy humana, con un final agridulce, y muy digna de verse.

Nocturna volvenda manu, volvenda diurna


NOCTURNA VOLVENDA MANU, VOLVENDA DIURNA

Vicente Adelantado Soriano

-Es curioso lo que sucede en esta vida -le dije aquella tarde a doña Paquita, interrumpiendo su lectura, cosa que, creo, me agradeció.
-Estoy deseando que me lo explique -me dijo sonriendo y cerrando el libro, que dejó sobre su regazo.
-Y yo deseando hacerlo -le contesté respondiendo a su sonrisa.
-Pues ya que estamos los dos de acuerdo, y tenemos quórum, adelante. Hable usted.
-Como le estaba diciendo -volví a comenzar, sentándome frente a ella- es muy curioso lo que sucede en esta vida. Llevo toda la mañana recordando una frase en latín que, en su día, hice verdaderos esfuerzos por memorizar, cosa que no lograba ni a tiros.
-A veces la memoria nos juega malas pasadas. Yo, por eso mismo, siempre he admirado mucho a los actores de teatro. ¿Cómo pueden aprenderse toda la obra de memoria y no equivocarse nunca?
-Los ensayos, doña Paquita, los ensayos. Para eso están.
-Sí; pero aun así, ¿usted sabe lo que es meterse entre pecho y espalda, no sé, toda La Celestina?
-Desde luego la cosa tiene mérito. Y, sin embargo, qué desprestigio hacia la memoria en una parte de nuestras vidas, y por parte de algún que otro político y profesor ¿lo recuerda usted?
-Sí, me acuerdo. Me acuerdo de varios ministros, o ministras, y de algunas personas, pretendidamente progresistas, para quienes la memoria era algo del pasado, propio de la dictadura franquista y no de los tiempos modernos.
-Hace falta ser memo -exclamé indignado-. Y, desde luego, semejantes tonterías ponían bien a las claras que no se habían leído a Platón. Sócrates, precisamente, estaba en contra del libro por cuanto con él se confiaba al papiro lo que debía confiar a la memoria.
-Tampoco hay que exagerar.
-Digamos que en el término medio está la virtud. Hay cosas que, evidentemente, no hace falta memorizar. Y hay otras que está muy bien llevarlas grabadas a fuego. Entre ellas, el número del DNI, de la tarjeta sanitaria, el número del móvil...
-Y algunos poemas de Garcilaso, de Quevedo, y varias cosas más. Así se puede hacer una exposición en clase sin tener que estar buscando continuamente. Es sentido práctico.
-Sí, tiene usted razón: hay cosas que es muy práctico memorizarlas. Y no creo que la memoria tenga nada que ver con ninguna dictadura franquista, ni nazi, ni de ningún tipo.
-No hagamos caso de esas tonterías, por favor. Cuénteme que es lo que le ha pasado con su memoria.
-¡Ah, si! Ya se me había olvidado. Verá usted: hace años, leyendo un libro sobre Hispania y los romanos, en un capítulo apareció una frase en latín. Dicha frase quería indicar que un libro, Geografía, de Estrabón, era imprescindible para el historiador. Tenía que ser su libro de cabecera. La frase en latín era Nocturna volvenda manu, volvenda diurna.
-¿Y quiere decir exactamente?
-Explicado sin que tengamos que hacer ningún examen, sería que el libro hay que leerlo por la noche y por el día.
-¿Y una traducción literal?
-Para desenrollarlo por la noche con la mano, para desenrollarlo por el día. Recordará usted -le expliqué- que los libros antiguos eran rollos de papiro sujetos a dos palos, los eskítales, o varas, que estaban al principio y al final del volumen.
-¡Ah, sí! Me acuerdo. Y funcionaban igual que las cintas de vídeo, o las de cine antiguas: vista la película, había que rebobinarla.
-Exacto. Y eso era lo que no conseguía memorizar por más que una y otra vez me repetía que volvenda es un participio del verbo volvo. No tenía más que acordarme de la marca del coche, girar, rodar; pero no había forma.
-Y hoy, sin que viniera a cuenta de nada, se ha acordado de la dichosa frase.
-Sí. Y lleva toda la mañana martilleándome la cabeza.
-Eso es que alguien le está indicando que hay un libro fundamental que tiene que volver a leer.
-¿Cuál?
-No sé. Tal vez el libro donde apareció dicha frase.
-Me deshice de él. Ya no sé dónde está, si es que está en algún sitio.
-¿Tan malo era?
-No. En absoluto. Era bueno, muy bueno y muy esclarecedor. Pero hace algún tiempo caí enfermo, creí que iba a morir; y cuando me recuperé comencé a regalar todos los libros de mi biblioteca. La inmensa mayoría fueron a recaer en alumnos y en algún que otro compañero joven, que tenía algún interés por la historia. Así que si tengo que releer algo, tendré que volver a comprarme el libro de nuevo.
-No está nada mal gastar dinero en libros, ¿no le parece?
-Nunca me ha dolido el dinero ni para eso ni para discos. Pero lo malo no es gastar dinero, sino que los libros se olviden con tanta facilidad. Es increíble, ¿no le parece?
-¡Ay, hijo! Es verdad; en eso tiene usted toda la razón del mundo. Y mira que da rabia: lees una cosa, y a los cinco minutos ya la has olvidado. A mí a veces me daba la impresión de ser una especie de colador, o un cacito de esos para purificar la sopa: tiraba cosas en él, y todo pasaba por la tela metálica como si fuera agua: sin dejar el más mínimo rastro.
-Tampoco exagere usted, doña Paquita. Creo que en el cedazo siempre se retiene algo, poco o mucho, pero algo... Sí, a mí también me ha pasado: leer un libro, volver sobre él al cabo de unos años, y no recordar ni siquiera que lo había leído.
-Yo a veces no recordaba ni los libros que tenía en casa. Así que en alguna que otra ocasión he comprado el mismo volumen dos o tres veces. Luego venía el disgusto: como soy bastante metódica, al ir a guardarlo, resulta que lo guardaba en el mismo lugar donde estaba el otro... Me daban rabia esas cosas. Y por eso mismo, entre otras cosas, subrayaba los libros. Así estaba segura de haber transitado por allí. Eso sí, lo volvía a leer y lo volvía a olvidar. Desesperante.
-Somos unos seres totalmente imperfectos. Ahora bien, si lo recordáramos todo, igual nos volvíamos locos. O se rompía la tela del cedazo.
-O en vez de hablar por nosotros mismos, seríamos unos pedantes bípedos: siempre estaríamos repitiendo algo dicho por alguien antes que nosotros. Moriríamos aplastados bajo millones de palabras, ¿no le parece?
-Entonces -dije como quien acaba de hacer un descubrimiento- el olvido funciona en el cerebro como la comida en el aparato digestivo: es más, tal vez, lo que expele que lo que aprovecha; pero lo poco que queda lo utiliza para su crecimiento. De otra forma sería imposible la vida. Digo yo.
-Y el desarrollo. Yo, y no se ría de mí, de joven hice mis pinitos en la literatura: escribí un par de novelas y alguna que otra poesía. ¿Y sabe lo que más me gustaba de lo que poco que escribí?
-Sospecho que me lo va a decir.
-Sí, se lo voy a confesar. Tal como se lo confesaría al periodista con el que soñé en más de una ocasión... Soñé que publicaba alguna obra mía, que me entrevistaban, y soñé todo cuanto iba a responder. Se lo confieso casi in articulo mortis. Es una primicia que espero sepa agradecerme.
-Cuente usted con ello. ¿Qué tal una comida fuera de la residencia?
-No está mal... Ya concretaremos. Lo que más me gustaba de mis obras era la intriga, el tratar de averiguar de dónde me salían las cosas que me salían. A veces, y perdone por la inmodestia, me daba la impresión de estar dotada de una gran imaginación. O que alguien, no sé quién, escribía por mí.
-Imagino que eso sería producto de las muchas lecturas... En mi caso me encantaba ir a los lugares donde había habido antiguos asentamientos de romanos o tribus iberas. Paseaba por allí y trataba de ver cómo habrían vivido aquellas gentes... A veces me daba rabia que la vida fuera tan corta, pues me hubiese encantado estudiar arqueología y llegar a captar los modos de vida de aquellas personas.
-¿Cree usted que la vida es breve?
-Sí, mucho. Debería darnos tiempo a estudiar más cosas, a comprender otras...
-Para eso está la imaginación. No recuerdo dónde oí decir que un historiador tiene mucho en común con un novelista: apoyándose en algo real, es capaz de levantar toda una novela o una enorme teoría o historia sobre el pasado. ¿Existió lo que cuenta en la realidad?
-Yo también he oído esa teoría. Y, no sé, tal vez tenga razón, y todo cuanto decimos sean imaginaciones nuestras. Pero, al mismo tiempo, está claro que existió Numancia, o Troya... Y contra más cosas sabemos de ellas, mejor podemos conocer los modos de vida de sus habitantes... Claro que la vida es corta: yo debería haber sabido arqueología, latín, paleografía... No sé, tantas cosas de las que no tengo ninguna noción. Añada a eso todo cuanto vamos olvidando.
-Tenemos nuestros límites, querido amigo. Aunque yo creo que, de alguna forma, los vamos superando. Los ordenadores personales, por ejemplo, son una verdadera maravilla. Antes, cuando yo era estudiante, hace de ello tantos años, para buscar un dato tenía que echar mano de las enciclopedias, que, naturalmente, estaban en las bibliotecas... Buscar un dato te podía llevar toda una tarde. Hoy es cuestión de darle a una tecla.
-Sí, en eso tiene usted toda la razón del mundo; pero el hombre sigue igual: olvidadizo y desmemoriado; y limitado.
-Oyéndolo se me ocurre pensar que uno de los principios básicos nuestros debería ser percatarnos de nuestras limitaciones, y asumirlas... Claro que el no hacerlo puede llevar a la creación de seres que van más allá... estoy pensando en Frankenstein y en Drácula.
-¡Vaya pareja! -exclamé-. ¿Sabe? También a mí me crearon problemas.
-¿Le daban miedo?
-No, no me daban miedo. Me gustaba tener contacto con los muertos por cuanto estos nos podían informar sobre sus vidas cuando estaban vivos. Alguna vez asistí a la excavación de alguna tumba... No hay nada allí que pueda infundir miedo. Sí que me infundía respeto... Yo también soñaba con darle vida a los huesos, pero no para que fueran por ahí correteando y asustando a pobres adolescentes, sino para que me contaran cosas, para que me hablaran de su poblado, de sus gentes, de sus ansias...
-Es curioso -me dijo con una sonrisa muy melancólica- cómo, al final, las vidas de algunas personas se van pareciendo. Es curioso. Y es que con memoria o sin ella no parecemos sino calcos los unos de los otros. ¿Lo estoy intrigando?
-Un poco. Pero no importa: supongo que no se levantará de aquí sin explicarse.
-Por supuesto. A estas alturas ya no puedo jugar a ser una Shcherezade de unas noches que, con toda probabilidad, ya no van a llegar a mil.
-Eso nunca se sabe.
-Ya. Bueno, da lo mismo. Yo, igual que usted, también soñaba. Pero soñaba que me moría y me iba al cielo, donde supongo que están las personas que me interesan: Cervantes, Quevedo, san Juan de la Cruz, Garcilaso... y me sentaba en un taburete de la época, y me ponía a hablar con ellos. No, no tenía nada especial que preguntarles. Sencillamente me hacía ilusión pasar la tarde en su compañía. Aunque ahora que me acuerdo, tenía ganas de preguntarles a Quevedo y a Góngora por qué se odiaban tanto. Y dos personas tan creyentes como ellas, y tan buenos poetas.
-Por lo que recuerdo, la tensión social, Inquisición incluida, en aquellos momentos, era terrible.
-Eso no me dice nada. Eran dos hombres muy inteligentes. Y la inteligencia, creo yo, siempre tiene que estar un poco por encima de su época. No sé. Creo que hay que saber ver de lejos, y relativizar un poco las cosas.
-Está usted tocando otro tema ciertamente interesante. También a mí me llamó la atención en más de una ocasión. Me refiero al caso, o a la posibilidad, de que una persona sea un genio, un fuera de serie en unas cosas, en literatura por ejemplo, y un mezquino en otras, las relaciones sociales...
-¡Ay, de verdad! Vaya imagen negativa que estamos dando de nosotros mismos: olvidadizos, alejados unos de otros e incluso de nosotros mismos. ¿Somos compartimentos estancos?
-Tampoco es para desesperarse, señora mía. Mire, cuando empezó todo esto de la crisis, y comenzaron a aflorar todos los casos de corrupción de políticos y amigos de los mismos, dejé de leer los periódicos. Hacerlo era desmoralizante: todas las noticias eran una y la misma: robos, desvío de dinero, desfalcos, corruptos, países en bancarrota, paro, miseria, suicidios... Fue entonces cuando di en leer noticias de tipo científico. Y cuando la mente humana comenzó a parecerme un instrumento maravilloso.
-Esa mente también ha creado la bomba atómica.
-Tiene razón.
-Y a los nazis les encantaba la música. Y don Miguel de Cervantes diciendo que donde hay música no puede haber nada malo. ¿Cómo le puede gustar a una persona la novena sinfonía de Beethoven y puede, al mismo tiempo, matar a miles de personas?
-No lo sé, doña Paquita, no lo sé... Pero ¿no es algo maravilloso que el hombre envíe un robot a Marte, le dé órdenes desde aquí, y el robot haga lo que el hombre le indica? ¿Y no es maravilloso que un griego, sin ordenadores ni demás, descubriera que la tierra es redonda y hasta calculará el diámetro de la misma?
-Sí, es cierto, es cierto. Hay cosas que deberíamos tener siempre presentes, no olvidarlas.
-Y tampoco deberíamos permitir ciertas obras que tergiversan lo que sucedió. Es una forma de destruir la memoria, de quitarle importancia a lo que fue muy serio, excesivamente serio.
-Intuyo a lo que se refiere. Hay situaciones de las que yo también soy incapaz de reírme: demasiado sufrimiento humano como para jugar con él y hacer chistes. O escribir novelas tan malas como falsas. El sentimentalismo siempre resulta sospechoso.
-Y estamos igual que al principio, querida señora: nos olvidamos de todo, o de casi todo, así que nocturna volvenda manu, volvenda diurna. Hay situaciones y libros que nunca deberíamos olvidar.