viernes, 30 de noviembre de 2012

Sobre las ventajas de la vejez


SOBRE LAS VENTAJAS DE LA VEJEZ


Vicente Adelantado Soriano

I


CÉFALO

En las primeras páginas de la República de Platón, quizás las más sencillas y próximas, habla Céfalo, un hombre mayor, que se dirige a Sócrates diciéndole lo siguiente, entre otras cosas:
Es bueno que sepas que, cuanto más se esfuman para mí los placeres del cuerpo, tanto más crecen los deseos y placeres en lo que hace a la conversación.”1
A partir de este momento se produce un breve diálogo entre Céfalo y Sócrates a propósito de la vejez y de sus ventajas y desventajas. Cuenta el primero, a instancias y moderadas preguntas del segundo, cómo no, que muchos mayores, ancianos, se quejan de la vejez porque añoran las borracheras o los placeres sexuales de su pasada e irrecuperable juventud. Y también porque hijos y vecinos los tratan mal. Todo junto hace que muchos ancianos renieguen de su estado actual. Tal vez porque pensaron, como también sucede hoy en día con mucha gente, que envejecer y morir es cosa de los otros, pero nunca asunto propio, de ahí que no se preocupen de ello, ni se preparen para cuando llega. No obstante, si hay alguien que no hace distingos en esto es la madre naturaleza: todos, tal vez con un poco de suerte, hemos de envejecer; y, desde luego, todos tenemos que morir. Por eso mismo piensa Céfalo que quienes se quejan de la vejez es porque toman como causa de sus padecimientos lo que no lo es. La vejez, una parte más de la vida, puede ser el lugar de la paz, de la tranquilidad, de la ataraxia. Entre otras cosas porque él, Céfalo, ha llegado a mayor, y no añora ni los banquetes ni los placeres del sexo; y acepta esta nueva etapa de su vida como aceptó las anteriores; también esta tiene sus cosas positivas. Dice que quienes se quejan, ancianos de su misma edad, lo hacen por su forma de ser, por su carácter, que no ha cambiado con los años.
Una de las ventajas de la vejez es la de liberarse de ciertas tiranías. La del sexo entre ellas. Cuenta, a raíz de esta tiranía, que un hombre le preguntó a un anciano Sófocles si no añoraba el acostarse con alguna mujer. El malhumorado dramaturgo le respondió de forma contundente:
Cuida tu lenguaje, hombre; me he liberado de ello tan agradablemente como si me hubiera liberado de un amo loco y salvaje.”2
Estas palabras del gran dramaturgo son glosadas por el propio Céfalo diciendo que, en la vejez, se adquiere mucha paz y tranquilidad en lo tocante a esas cosas. Cesan o desaparecen muchos apetitos. El hombre, de esta forma, como dice Céfalo, se desembaraza de “multitudes de amos enloquecidos.”3
En ningún momento, a lo largo de la breve conversación, interrumpe Sócrates a Céfalo para preguntarle, por ejemplo, si es bueno o no desembarazarse de un amo, o qué entiende él por estar enloquecido, o si ese enloquecimiento no puede ser una manía divina. No hay preguntas por parte del maestro de maestros. Lo cual quiere decir que están hablando los dos el mismo lenguaje, y están de acuerdo los dos en todo cuanto está diciendo Céfalo, el más mayor.
Céfalo viene a concluir, como ya apuntara antes, que juzgar mal a la vejez no depende de ésta, es inevitable, sino del carácter de los hombres. Un hombre, que sea moderado y tolerante, verá en la vejez una molestia mesurada. De no ser así, no solamente la vejez sino también la juventud será una carga.
Ahora sí, ahora sí que Sócrates asume su conocido papel y comienza a preguntar incisivamente. Tal vez a Céfalo, apunta el filósofo, la vejez no le resulte una carga pesada porque tiene dinero. Evidentemente, le reconoce Céfalo, el dinero tiene sus ventajas, pero no tantas como se suponen. Cuenta entonces la acertada respuesta que dio Temístocles a un ciudadano de Sérifo. Éste le reprochaba al general ateniense que su gloria se la debía a la ciudad en la que había nacido, y no a sus méritos personales. Temístocles le respondió:
Ni yo me haría famoso si fuera de Sérifo, ni tú aunque fueras de Atenas.”4
Del razonamiento concluye Céfalo, atacando a quienes creen que la riqueza es la solución de la vejez:
Esta frase [la de Temístocles al serifita] viene bien para aquellos que no son ricos y pasan penosamente la vejez, porque ni el hombre razonable soportaría con mucha facilidad una vejez en la pobreza, ni el insensato se volvería a esa edad tolerante por ser rico.”5
El dinero, pues, ayuda, aunque no es determinante; lo importante para Céfalo es el carácter, el saber adecuarse a las circunstancias y ser tolerante y feliz con lo que se tiene. La sabiduría. Aceptar lo que viene, y que, lo queramos o no, es inevitable. Por mucho que nos rebelemos en contra de ello. Lo importante no es ser ateniense, aunque ayude la nacionalidad, sino ser sabio, tener un buen carácter, cosa que está al alcance de todo ciudadano, si se lo propone.
II

BREVE INTERRUPCIÓN FILOLÓGICA

No recuerdo dónde decía Goethe, creo, que hay que tener cuidado con lo que se desea de joven porque se suele alcanzar de mayor. El problema está en que, a menudo, el joven no sabe todavía lo que desea; se puede equivocar, o desear tanto, ignorando la advertencia de Goethe, que puede terminar burlado. La vida es una continua selectividad. Y por desgracia el joven se tiene que decantar por algo renunciando a otras muchas posibilidades. Aquí, y como reconocería el propio Céfalo, la riqueza aquí sí que puede ayudar. Y mucho.
Por desgracia, salvo que se vivan largos años, o se viva sin trabajar, el estado ideal, no se puede estudiar latín, griego, matemáticas, medicina, literatura, arte, historia, astrología y demás. En la Universidad, como en el resto de la vida, se tiene que escoger entre una carrera u otra. Y una carrera media viene a durar cinco años, sin doctorado ni aditamentos. Terminarla no quiere decir, ni de lejos, haber llegado a dominar la materia. Imposible dominar tres o cuatro ramas del saber.
Ahora bien, y quien no se consuela es porque no quiere, no siendo rico, una de las ventajas del trabajo, de comenzar a ser mayor, es que se tiene dinero; ya no se necesita pedirlo a los padres, ni dar cuenta de en qué se ha invertido. Así que de mayor, y con trabajo, una persona interesada en el libro de Platón se puede comprar cuantas versiones quiera o encuentre para compararlas unas con las otras. Pues a veces, y pese a las revisiones, que deberían ser más cuidadosas y eficientes, aparecen párrafos que no tienen ni mucho ni poco sentido. Y siguen sin tenerlo por más que se lean y se relean. Es lo que sucede con la conclusión que saca Céfalo de la anécdota de Temístocles. Así la ofrece Conrado Eggers Lan:
Ni yo me haría famoso si fuera de Sérifo, ni tú aunque fueras de Atenas. Esta frase viene bien para aquellos que no son ricos y pasan penosamente la vejez, porque ni el hombre razonable soportaría con mucha facilidad una vejez en la pobreza, ni el insensato se volvería a esa edad tolerante por ser rico.”6
Francamente, no tiene sentido esa frase después de todo cuanto ha estado defendiendo Céfalo. Si el hombre razonable no soporta una vejez en la pobreza, ¿quién la va a soportar? ¿Nadie? En eses caso, Céfalo le está dando la razón a quienes se quejan de la vejez y añoran su pasada juventud. No por los placeres pasados, sino por las molestias que genera el tener una avanzada edad y no ser rico.
Lo ideal en casos como éste es, por supuesto, ir a la fuente original y consultarla. Pero como hemos dicho, todos tenemos que escoger, y rara es la persona que domina los cuatro dialectos áticos. En esta situación, y en otras similares, y con dinero para gastar, se recurre a otra edición, y a otra más, por si acaso. Hay que reconocer que estos pequeños errores se pueden solucionar con un poco de buena voluntad. La frase en cuestión, la de Céfalo, sí tiene sentido, y relación con todo lo dicho anteriormente, en la traducción de Enrique Palau:
“”Dices verdad, contestó, ni yo sería célebre si hubiera nacido en Serifa, ni tú tampoco lo serías aunque hubieras nacido en Atenas.” El mismo razonamiento puede hacerse a los que sin ser ricos se quejan por ser viejos: la pobreza haría insoportable la vejez quizá al mismo sabio, pero nunca las riquezas la harían más soportable si le faltara la sabiduría”7
A falta de consultar la fuente original, parece que tiene más sentido esta última traducción. Y, además, está en total consonancia con lo dicho por Céfalo en las páginas anteriores.
Hay, por fin, otra traducción un tanto curiosa:
“”Cierto –repuso-, que si fuera yo de Sérife, no sería conocido; pero tampoco lo serías tú más, de haber nacido en Atenas.” Lo mismo puede retrucarse a los viejos poco ricos y sobrado mohínos, y decirles que acaso hiciera la pobreza insoportable la vejez al mismo hombre sensato, pero que jamás las riquezas harán más llevadera la senectud sin sensatez.”8
Creo que queda clara la idea de Platón, aunque hayamos tenido que dar un pequeño rodeo: las riquezas son importantes para sufrir la vejez, pero lo más importante de todo es la sensatez, la sabiduría, el saber comportarse, en cada situación, como conviene a ella. Es decir, quizás de una forma un tanto encubierta, estamos hablando de uno de los grandes temas de Sócrates, que determinó su vida y su muerte: la areté, la virtud en sentido griego, por supuesto. Es algo que ocupa todas las edades de hombre. Y ni la vejez ni la muerte le son ajenas.
III

DE CÉFALO A NUESTROS DÍAS

Imaginamos que los ancianos, en la Grecia clásica, lo mismo que en Roma, y en todas las épocas, salvo quizás en la nuestra, hasta hace poco, dependerían de sus familiares y vivirían con ellos. Tal vez la nuestra sea la primera época en la que un anciano, o jubilado, ya no está obligado a vivir con la familia gracias a la pensión que le queda, y a la seguridad social9. La forma más sencilla de explicárselo a Céfalo sería decirle que los ancianos son mantenidos por el pritaneo. Y que incluso éste les paga, o les pagaba, los médicos y las medicinas.
Pero en ese pritaneo, por desgracia, ha metido la mano mucha gente no nada limpia y bastante deshonesta. Así que los ancianos del futuro corren el riesgo, entre eso y la llamada crisis del petróleo y del ladrillo, de sufrir todas las inconveniencias de una vejez sin dinero y sin familia. Porque, inútil es decirlo, los vínculos familiares se han desgajado, se han roto. En estos tiempos que se nos avecinan se será ciudadano, y familiar, en tanto se produzca y se sea útil a la sociedad, o al hijo, a la hija, tal vez separada y con varios niños a su cargo. Luego, quizás, se abandone a los mayores en el Narayama, aquel monte japonés tan precioso donde se los dejaba para que se murieran de frío y de hambre.
Una pena. Porque gracias a la alimentación, a la medicina, y a una vida más o menos muelle, al menos comparada con los de aquellos siglos, ha hecho que lleguemos a la jubilación bastante sanos y aptos para casi todo. Por lo tanto, y suponiendo que uno haya logrado en la vejez lo que deseaba en la juventud, y ahora quiera más, por aquello de que la vida es selección, puede seguir estudiando o investigando o leyendo, o matricularse en la Universidad. La vida no se termina con la vejez, ni mucho menos. Aunque ya no se pueda hacer el camino de Santiago en bicicleta ni a pie.
Lo único triste de esta edad, al igual que en todas, es tener que depender de alguien, no ser autónomo. En caso contrario la vida puede ser una delicia: hacer cuanto se desea, dentro de las limitaciones, como en todas las edades, pero no tener que acudir al trabajo. Poder leer y estudiar todo cuanto se quiera. E investigar. Puede ser el paraíso.
Es probable que más de uno se pregunte que para qué quiere estudiar una persona mayor, que, ni siquiera, va a ejercer como maestro o profesor. Sencillamente por lo mismo que Sócrates, hace un tiempo, iba por las calles de Atenas haciendo preguntas: por el afán de saber, porque la vida es muy corta, y hay muchas cosas preciosas, bellas, y dignas de ser conocidas: mirar por un telescopio, estudiar el nacimiento de las estrellas, leer a Séneca en el original, ver amanecer en los campos de Castilla...
Ahora bien, como diría Sócrates, de nada vale esto si no se es sabio. Pero ¿acaso no lo es ya al escoger esa forma de vida? Además, es bastante sencilla de llevar a cabo: si la matrícula en la Universidad tiene un precio razonable, un anciano no necesita mucho para vivir: ya no existe la tiranía del sexo; no necesita, por lo tanto, ir de copas; por eso mismo le sobra con ir decentemente vestido; y tal vez hasta el material escolar se lo regale alguna editorial que, no así en Grecia, que se ocupa de “nuestros mayores”. Sólo cabe un poco de buena voluntad por parte de todos. Y por dejar en paz los tesoros del pritaneo, o meter en cintura a quien se atreva a tocarlos. Luego, eso sí, hay que rogar a los dioses para que nos conserven la vista, el oído, la sagacidad y la perspicacia. Y morir después, como Sócrates, con toda la lucidez del mundo y rodeado de buenos amigos. Si no los hay, en casa y con libros, y con los bellos fantasmas del pasado. Sintiendo el gozo de haber llevado una vida plena y dichosa. Como Céfalo y el mismo Sócrates, su buen amigo.
Es bueno que sepas que, cuanto más se esfuman para mí los placeres del cuerpo, ya con pocos amigos, y con la familia desperdigada, tanto más crecen los deseos y placeres en lo que hace a la conversación, al estudio y a la curiosidad por saber, a la imaginación y a la ensoñación. Ahora nadie, salvo el cansancio, interrumpe mis lecturas... Algo así podría decir una persona mayor parafraseando las primeras palabras de Céfalo en la República de Platón.
Hay que vivir y disfrutar del tiempo que todavía tengamos; sacarle provecho y gozar del momento presente con todas nuestras fuerzas, pues Nadie te restituirá tus años, nadie te devolverá de nuevo a ti mismo.10 Y tú mismo eres lo más precioso que tienes.

1 Platón, República, Traducción de Conrado Eggers Lan, Editorial Gredos, Madrid, 1986. I 328d
2 Platón, Opus ctda. I 329c
3 Platón, Opus ctda. I 329d
4 Platón, Opus ctda. I 330a
5 Platón, Opus ctda. I 330a
6 Platón, República, Traducción de Conrado Eggers Lan, p.61. El subrayado es mío.
7 Platón, La república o el estado. Versión de Enrique Palau. Ediciones Omega, Barcelona, 2003 p.9
8 Platón, Diálogos. Estudio preliminar de Francisco Larroyo. Editorial Porrúa, S.A. México, 1981. En ningún sitio del citado libro consta quién es el traductor de los Diálogos.
9Ahora, por el contrario, se está dando el caso de que son los miembros jóvenes de la familia quienes dependen del anciano.
10Séneca, Diálogos, Sobre la brevedad de la vida. Traducción de Juan Mariné Isidro, Editorial Gredos, Madrid, 2000, 8 5

viernes, 23 de noviembre de 2012

Sobre la educación de los hijos


SOBRE LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Vicente Adelantado Soriano

Y así, según mi opinión, la juventud, en las escuelas, se vuelve tonta de remate por no ver ni oír en las aulas nada de lo que realmente es la vida.
Petronio, El satiricón.

Nuestra voluntad nos hace las costumbres, por nosotros mismos somos buenos o malos.
Juan de Zabaleta, Día de fiesta por la mañana y por la tarde.

Hace algún tiempo me pareció interesante el viejo problema, ya planteado por Sócrates, de si la virtud, en el sentido griego del término, se hereda, o si cada uno de nosotros tenemos que conquistar nuestra propia e intransferible areté. Siempre, en esta discusión, me he decantado por el eclecticismo: es muy probable que de un padre virtuoso salga un hijo de las mismas características; pero de muy poco le valdrá esa herencia si no la trabaja, la desarrolla y la potencia. Y eso sin duda comienza a realizarse a través la educación. Entendamos, antes que nada, y en un primer momento, que una persona virtuosa es aquella que cumple con su trabajo y sus cometidos de una forma impecable. Sea este el que fuere.
No dejaba de llamarme la atención, ante las discusiones de Sócrates, que el problema se planteara en estos términos, los de la herencia de padres a hijos, y que no se hiciera al revés, de hijos a padres. A lo largo de mi vida de profesor he conocido a muchos hijos que me han dejado perplejo cuando me he enfrentado con sus progenitores: no sólo estos hijos no han heredado de sus mayores lo que estos no tenían, sino que lo que tenían, lo contrario a la areté, lo han expulsado de sus almas y de sus mentes. ¿Cómo lo han hecho? No lo sé. Lo ignoro.
Está claro que el medio influye o puede influir en la educación de una persona; pero parece ser que nunca es determinante. A este respecto también me llevé una enorme sorpresa al leer las grandes novelas del Naturalismo: Zola fue, a parte de un excelente novelista, lo suficientemente inteligente como para no creerse la teoría sobre el determinismo. Es esta una visión un tanto reduccionista que, como se sabe, utilizó Zola a fin de “explicar” sus novelas. Y que fue, creo, pura propaganda; un reclamo para vender sus obras. Me parece que la única que se creyó los incompletos planteamientos del determinismo fue doña Emilia Pardo Bazán. Zola, como el excelente novelista que era, a la hora de crear a sus personajes tuvo en cuenta muchísimas cosas más. También las hay en la educación.
Ignoro si en las bibliotecas de Zola y de doña Emilia, suponiendo que se conserven, están las obras de Plutarco. Hay en la obra de este último un breve ensayo, Sobre la educación de los hijos, donde cuenta una anécdota muy esclarecedora sobre la importancia del linaje. Licurgo, legislador de los lacedemonios, les dijo a estos que para la adquisición de la virtud tienen una gran influencia las costumbres, la educación, la enseñanza y la conducta en la vida.1 Y a fin de ilustrarlo cuenta Plutarco que Licurgo crió a dos cachorros, hijos de los mismos padres. De uno de los perros hizo un animal goloso y voraz, mientras que del otro logró un animal capaz de rastrear y cazar diversas piezas. Después, estando en una asamblea, Licurgo puso frente a los cachorros una fuente con carne y una liebre, y los soltó. El goloso se fue directamente a la fuente de carne en tanto que el otro se dedicó a perseguir a la liebre. Estos dos cachorros son de los mismos padres, pero habiendo recibido una educación diferente, el uno salió un goloso y el otro un cazador2 -les explicó a los lacedemonios-. No es suficiente, pues, el linaje, la herencia. Así lo demostró Licurgo hace ya varios siglos.
No obstante, Plutarco no desdeña, ni mucho menos, esa herencia; pero hace falta algo más para llegar a la verdadera areté: Para decirlo en líneas generales: lo que se suele decir acerca de las artes y de las ciencias, lo mismo se ha de decir de la virtud: para producir una actuación completamente justa es necesario que concurran tres cosas: naturaleza, razón y costumbre.3
Plutarco llama razón a la instrucción, y costumbre a la práctica. Y añade: Pues la naturaleza sin instrucción es ciega.4 El problema que se planteará a partir de este momento es si la instrucción es capaz de variar la naturaleza, de generar virtud donde no la hay. El razonamiento no puede ser más claro y transparente: Una tierra es buena por naturaleza, pero si se la abandona, se vuelve estéril, y cuanto mejor es por naturaleza, tanto más se pierde por abandono, al ser descuidada. En cambio, un terreno estéril y más áspero de lo necesario, si se cultiva produce al punto excelentes frutos.5
Y aquí Plutarco nos pone en bandeja la pregunta: ¿qué tipo de frutos le vamos a exigir a la tierra? O dicho de otra forma, ¿a todo terreno le vamos a exigir la misma producción? En un primer momento, en los albores de nuestra civilización, parece que así era: a la paideia, a la educación, se le exigía que diera buenos ciudadanos, potenciando el conocimiento que tenemos todos de la justicia y de la razón, gracias a Zeus: en un principio los hombres ya intentaban reunirse y ponerse a salvo con la fundación de ciudades. Pero, cuando se reunían se atacaban unos a otros, al no poseer la ciencia política; de modo que de nuevo se dispersaban y perecían.6 Algo había que hacer, pues, por los hombres a fin de que pudieran vivir en sociedad sin atacarse ni matarse. Y fue así como Zeus ordenó a Hermes que les llevara a los hombres el sentido moral y la justicia. Hermes le plantea a Zeus si debe repartir esos dones tal y como están repartidos los conocimientos: el médico ignora cómo se hace un zapato, y el zapatero cómo se levanta una casa, etc. “¿También ahora la justicia y el sentido moral los infundiré así a los humanos, o los reparto a todos?” “A todos, dijo Zeus, y que todos sean partícipes. Pues no habría ciudades, si sólo algunos de ellos participaran, como de los otros conocimientos. Además, impón una ley de mi parte: que al incapaz de participar del honor y la justicia lo eliminen como a una enfermedad de la ciudad.”7
Todo el mundo, por lo tanto, está capacitado para intervenir en política, pues todos hemos recibido el sentido moral y de la justicia. Y será la paideia la encargada de potenciar estos dones convirtiendo al joven en un excelente guerrero, legislador o habitante de la polis. La educación griega, al menos en manos de Homero, Sócrates y Platón, va encaminada a la consecución de inmejorables ciudadanos. A ello van a dedicar una buena parte de su filosofía y de su literatura. Y por eso mismo no aceptarán que su voto tenga el mismo valor que el de un carnicero, tierra sin cultivar, que no se ocupa sino de sus ganancias y de su provecho.
Cuando escribe Plutarco, en el siglo I de nuestra era, Grecia ha caído bajo el domino romano. Y son otras las exigencias de la educación del momento. La sociedad de Sócrates y Platón ya no existía. Plutarco, resuelto el problema del parentesco: no engendrar hijos estando bebido, ni engendrarlos con cortesanas o concubinas para evitar burlas a nuestros descendientes,8 comienza por plantearse la necesidad y la importancia de la educación. Para él esta no tiene precio. A fin de ilustrarlo cuenta una breve anécdota. Un padre, vacío de inteligencia y sentido, buscando una ignorancia barata, le preguntó a Aristipo cuánto le cobraría por la educación de su hijo. Al decirle este el precio, se quejó el hombre aduciendo que con ese dinero podía tener un esclavo. Y así, le dijo Aristipo, tendrás dos esclavos, tu hijo y el que compres”.9
No menos importante que los padres son las compañías. Para dejarlo claro, Plutarco echa mano de un viejo refrán: si habitas con un cojo, aprenderás a cojear.10 Y, por fin, llegado el niño a la edad de ser puesto bajo la dirección del pedagogo, Plutarco se ocupa de este. Conviene recordar antes que lo que se busca con la paideia actual, la de la época de Plutarco, es saber con qué métodos pueden llegar a ser [los hijos nacidos libres] buenos en sus costumbres.11
Plutarco va tras una enseñanza de tipo moral, suponiendo que haya alguna que no sea moral, amoral o inmoral. No obstante, y a diferencia de otras educaciones, o sistemas educativos, Plutarco no habla de materias de estudio, salvo de la filosofía, quizás porque estas estaban entonces muy claras, mientras que hacía falta, por lo que se ve, insistir en la parte ética de la educación. El pedagogo, a tal fin, no será un elemento pasivo que se limita a dominar unas materias sino un espejo donde mirarse. Y así se debe buscar para los hijos unos maestros que sean irreprochables por su género de vida, irreprensibles en sus costumbres y los mejores por su experiencia, pues la fuente y raíz de una conducta intachable es casualmente una buena educación.12
Ni en la misma Grecia era esto tan fácil de lograr como pueda parecer. Ya en la Antigüedad había problemas entre maestros y alumnos, y maestros y padres. Corromper esas relaciones, negando la autoridad de unos sobre otros, es estar sometidos a la tiranía. Y así como en una nación hay microclimas, también hay, o puede haber, microtiranías dentro de una aparente democracia. Platón advirtió en contra de ello:
En semejante Estado [en la Tiranía] el maestro teme y adula a los alumnos y los alumnos hacen caso omiso de los maestros, así como de sus preceptores; y en general los jóvenes hacen lo mismo que los adultos y rivalizan con ellos en palabras y acciones; y los mayores, para complacerlos, rebosan de jocosidad y afán de hacer bromas, imitando a los jóvenes, para no parecer antipáticos y mandones.13
Algo similar nos ha sucedido a nosotros. La educación y la justicia se han olvidado de que deben ser las guías que marquen el camino al arbolito que se está desarrollando14, y han permitido que este crezca y se extienda por donde quiera y como le plazca. Son tantos, en la sociedad actual, los derechos que tienen los adolescentes que educarlos resulta prácticamente imposible. Máxime cuando hay por el medio unos padres condescendientes y permisivos, dado que es más fácil reír las salidas de tono que corregirlas. El resultado de no invertir en educación, o de halagar al joven en demasía, de despreocuparse de él porque educar es muy pesado, y de darle siempre a este la razón, es la depravación, la corrupción y el vicio. Los padres se dan cuenta de sus errores, si lo hacen, cuando ya no sirve de nada. Plutarco afirma que el único punto capital de la vida, primero, medio y último, es una buena educación y una instrucción apropiada, y afirmo que estas cosas son las que conducen y cooperan a la virtud y a la felicidad. El resto de los bienes son humanos y pequeños y no son dignos de ser buscados con gran trabajo.15
Es la filosofía la primera arma que se debe utilizar para obtener buenos frutos de la juventud. No hay que descuidar, desde luego, la medicina y la gimnasia en relación con el cuerpo. Pero sólo la filosofía es remedio de las debilidades y sufrimientos del alma, ya que por medio de ella y con ella, es posible conocer qué es lo bello y qué lo vergonzoso, qué lo justo y qué lo injusto, qué cosa, en resumen, hay que buscar y de qué cosa hay que huir.16 Y lo que se debe buscar siempre, y por encima de todo, es el justo medio y el dominio de las pasiones, sobre todo de la ira.17
Recordemos que Plutarco busca métodos para que los jóvenes sean buenos en sus costumbres. Y un papel fundamental en esto lo van a jugar los padres. Ante todo es necesario que los padres con su conducta intachable y haciendo todo lo que deben se ofrezcan a sí mismos como ejemplo claro para sus hijos, para que mirándose en la vida de éstos como en un espejo, se aparten de las obras y palabras vergonzosas.18
El problema, sin embargo, no reside únicamente en los padres y en la absurda libertad que les dan a sus hijos. Platón va un poco más allá: Cuando un Estado democrático sediento de libertad llega a tener como jefes malos escanciadores, y se embriaga más de la cuenta con ese vino puro entonces, pienso, castiga a los gobernantes que no son muy flexibles ni proporcionan libertad en abundancia, y los acusa de criminales y oligárquicos.19
Y es de esa condescendencia del Estado de donde, según Platón, derivan todos los males: Y así ese mismo Estado a los que son sumisos con los gobernantes los injuria como a esclavos voluntarios y gente sin valor; a los gobernantes que son similares a los gobernados, y a los gobernados que son similares a los gobernantes es a quienes alaba y rinde honores en público y en privado.20 No se puede ser más claro ni contundente: un Estado corrupto generará una sociedad de corruptos, y será con ellos con los que se encuentre a sus anchas. Y ahí nada tienen que hacer ni la virtud ni la filosofía, ni, por supuesto, la educación.
Todo lo dicho hasta ahora, tanto por Plutarco como por Platón, nos parece muy adecuado y útil para los fines de aquellas lejanas paideias, y curioso cuanto menos. Sin embargo, y pese a todo ello, no tarda nada en surgir la inevitable pregunta: ¿Sirven estas teorías, esta paideia de la vieja Grecia, para el mundo actual o son pura arqueología? O dicho de otro modo: si lo que se deseaba en aquella época era conseguir buenos ciudadanos, o ciudadanos buenos en sus costumbres, y a ello iba dirigida la paideia, deberíamos preguntarnos cuál es la finalidad de la educación en el mundo de hoy. ¿Qué se pretende conseguir en aulas y en las universidades actuales? ¿Y hasta qué punto los padres y los gobiernos están implicados en el sistema educativo y los profesores son virtuosos? Los gobiernos, ciertamente, a menos que velen por los buenos intereses de los ciudadanos, es mejor, si no lo hacen, que no se inmiscuyan, pues viene siendo ya habitual utilizar, o tratar de hacerlo, el sistema educativo como un arma política que cambia cada cuatro años sin moverse del sitio. O hacer planes y más planes sin contar más que con sus réditos electorales: de ahí que cada vez la educación esté más vacía de educación y de materias. La filosofía, por supuesto, ha pasado a mejor vida. Y en su lugar se ha instalado la televisión, Internet y toda una serie de herramientas que, muy a menudo, son desconocidas por los padres y hasta por los profesores. No es que estemos en contra de las nuevas tecnologías, es que ha quedado como norma de adaptación de la escuela al medio, el impartir clases para enseñar utilizar estas herramientas (?), que manejan los supuestos alumnos mejor que nadie. Lo que habría que hacer, actualizando a Plutarco, un buen discípulo de Platón, es explicar filosofía a fin de lograr que los jóvenes pudieran criticar o apartarse de muchas de las páginas que caen en sus manos, y ante las cuales están indefensos. Muy a menudo lo más viejo es lo más moderno, y lo más moderno no es sino un barniz para ocultar la impotencia. Dicho con palabras de Plutarco es como si uno se preocupara del calzado, pero tuviera poco cuidado del pie.21
Vivimos en un mundo desestructurado en el que, a menudo, falta un referente, cuando no los dos. Y demasiadas veces estos son sustituidos por actores y héroes creados para mover dinero y hacer negocio. Tal vez sería interesante buscar una escuela donde el alumno participara un poco más, y que las enseñanzas fueran más dinámicas, y no a través de máquinas y aparatos sino haciendo debates, dando protagonismo a los jóvenes, dirigiendo sin dejarse ver, y educándoles el sentido artístico y filosófico. Es posible que, de este forma, obtuviéramos buenas personas hasta de los que prometen poco y excelentes ciudadanos. Esto, por supuesto, nunca lo va a permitir ningún Estado, porque los alumnos, no lo olvidemos, tienen que aprobar la PAU, la reválida o como lo quieran llamar; pero tal vez, en un futuro no muy lejano, también haya tiempo para ocuparse del pie, del medio en el que mueven. No se pierde nada con intentarlo. Y muchos padres, antes de ir a protestar por las notas de sus hijos, amonestaciones o llamadas de atención, deberían leerse el libro de Plutarco. Tal vez no fuera mala idea hacer ediciones de bolsillo y regalarlo estas Navidades. Seguramente muchos de ellos no lo leerán, pero la esperanza es lo último que se pierde. Dicen. Y en educación es muy importante. La esperanza.
1Plutarco, Sobre la educación de los hijos, en Obras morales y de costumbres, I. Introducción, traducción y notas de Concepción Morales Otal y José García López, Editorial Gredos, Madrid, 2008, 4 3A
2Plutarco, Ibidem, 4 B
3Plutarco, Ibidem, 4 B
4Plutarco, Ibidem, 4 B
5Plutarco, Ibidem, 4 E F
6Platón, Diálogos, Protágoras, Traducción de Carlos García Gual, Editorial Gredos, Madrid, 2003, 322 b.
7Platón, Ibidem, 322c, d.
8Plutarco, Ibídem, 2 B, 3
9Plutarco, Ibidem, 7 F
10Plutarco, Ibidem,6 4A. La versión española es; el que va con un cojo al año cojea y sino renquea.
11Plutarco, Ibidem,1
12Plutarco, Ibidem, 7 B
13Platón, República, Traducción de Conrado Eggers Lan, Ed. Gredos, Madrid, 2006, VIII 563b
14Plutarco, Ibidem, 7 B
15Plutarco, Ibidem, 8 D
16Plutarco, Ibidem, 10 D
17Plutarco, Ibidem, 10 F
18Plutarco, Ibidem, 20
19Platón, República, VIII 562 d
20Platón, Ibidem, VIII, 562 e
21Plutarco, Ibidem, 7 E

viernes, 16 de noviembre de 2012

Un nuevo dilema: comer o leer


UN NUEVO DILEMA: COMER O LEER

Vicente Adelantado Soriano

Considerad la forma de esta justicia que nos gobierna: es un verdadero testimonio de la imbecilidad humana, de tanta como es su contradicción y su error.
[...]
Suelen estar hechas [las leyes] por necios, más a menudo por gentes que, por odio a la ecuanimidad, carecen de equidad; en todo caso, siempre por hombres, autores vanos e irresolutos.
Michel de Montaigne, De la experiencia, Ensayos.

No hay día, en este bendito país, que no nos desayunemos con una nueva desazón o con un nuevo atentado contra los derechos más fundamentales del ciudadano medio. No hay día que una ley u otra, un acuerdo u otro, no suponga una pérdida y un deterioro en los avances sociales de buena parte de la humanidad. Los enfermos dependientes se quedan sin ayudas, son abandonados a su suerte; y los enfermos crónicos tienen, desde hace unos meses, que pagarse sus medicamentos; si son funcionarios, encima, tienen que hacer frente a estos pagos con una bajada del sueldo, la desaparición de la paga extra de Navidad, y con el temor a caer postrados en la cama. En ese caso, y al igual que a todos, sean o no funcionarios, hasta se les penalizará, económicamente, por supuesto, por estar de baja y no ir al trabajo. Y por si todo ello no fuera suficiente castigo, resulta que las farmacias llevan meses sin cobrar las medicinas que dispensan. Por turnos, los farmacéuticos han decidido ir a la huelga. Y algunos medicamentos comienzan a ser difíciles de conseguir. Y la Justicia, que jamás fue ciega, impone precios prohibitivos por echarse a andar. Estamos mejor que queremos. Pero no termina aquí el bienestar de esta avanzadísima sociedad del siglo XXI. Hay más. Mucho más.
La voracidad de los bancos, el hacer el capital lo que quiere y desea, ha llevado a tales abusos que, por desahucios, ya llevamos varios suicidios de personas que se iban a quedar sin sus casas. ¿Cómo es posible que un piso cueste tanto dinero? Ahora parece ser que gobierno y oposición van a intentar cambiar la ley para evitar este tipo de tropelías. Veremos hasta dónde son capaces de llegar, o hasta dónde los dejan avanzar los verdaderos dueños del negocio. No pretendemos, por supuesto, que el banco sea el garante y promotor de una vivienda para cada ciudadano. Un banco, al fin y al cabo, es un negocio; y los negocios, se quiera o no, están hechos para ganar dinero, no para otra cosa. Generan puestos de trabajo, sí, de acuerdo; pero porque no lo pueden evitar, aunque las máquinas ya les han ayudado mucho en tan delicada tarea. Al fin y al cabo, reducir empleos es aumentar las ganancias. Tanto como reducir las ventajas de los empleados. Y no estamos en contra de las máquinas, ni mucho menos, sino en contra de que sólo sirva para el bienestar de unos pocos.
No obstante, deben andarse con cuidado, como ya advertía Augusto: decía, en efecto, que los que buscaban un mínimo de provecho arriesgando mucho eran semejantes a los que pescaban con un anzuelo de oro, cuya perdida, si se rompía, ninguna pesca la podía compensar.1 Y si sigue así la cosa tal vez perdamos todos, los del anzuelo de oro, los de plomo, y los peces.
Desde que comenzó esta famosa crisis, provocada por la especulación, el cambio de moneda, equiparación entre países dispares, ricos y pobres, etc., se está intentando hacernos creer que la crisis se ha generado porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; durante años y años, se nos dice, hemos gastado alegremente. Y al actuar de esta forma hemos conseguido que el sistema sanitario, un lujo que no nos podemos permitir, ya no se pueda sostener debido al enorme gasto que genera. Algo similar sucede con la educación universitaria, y algunas cosas más, que hay que privatizar aunque se hayan levantado con dinero público. El negocio para algunos, comprando edificios a mitad de costo, va a ser más que redondo.
Glosando a Joyce, por eso de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, también pertenece esta frase a las grandes palabras que tan desgraciados nos hacen. Pues, al fin y al cabo ¿quién ha vivido por encima de sus posibilidades? Si una persona va a un banco y pide una hipoteca para comprar un piso, ¿cómo es posible que valgan tantos millones?, le exigen la nómina, avales, y todo tipo de garantías. Y al más mínimo impago, se terminó el vivir por encima de la barrera marcada por el sueldo. Por si ello no fuera poco, está luego Hacienda, la Implacable Hacienda, que reclama su diezmo, y ante la que no valen, como si se tratara de un viejo señor feudal, excusas ni dilaciones. Es posible, pese a todo, que haya habido, y los haya, quienes han vivido por encima de sus nóminas e ingresos burlando a bancos y a Hacienda, cosa que, desde luego, no está al alcance del común de los mortales. ¿Quién ha vivido, pues, por encima de sus posibilidades? Cuando se hace esta pregunta tan sencilla, se recurre, enseguida, a la segunda frase feliz, que todavía nos hace más desgraciados: los estados, las autonomías que han hecho autopistas, aeropuertos, obras faraónicas, dispendios y despilfarros de todo tipo. Y surge la contrarréplica: jamás una democracia puede ser denominada como tal en tanto las cuentas no sean claras y transparentes. Y tenemos estados autonómicos, reinos de taifas, y gobierno central, califato, que son tan transparentes como un agujero negro. Tanta negrura y falta de luz hace sospechoso a cualquier gobierno, sea del color que sea, que terminan por ser todos monocromos. Y al final hacen cierto aquel viejo refrán: De molinero cambiarás...
¿Y qué hacía la oposición en tanto se producían estos gastos y dispendios monstruosos? ¿No se enteraba? ¿Y si se denunciaban derroches y mal uso del dinero público, tenía algún efecto su denuncia? Parece que no. Está todo, gobierno, oposición, justicia, medios de comunicación, tribunales, jueces y demás, tan politizado que no nos queda sino acogernos a los templos de los dioses misericordiosos. Pero se ve que estos, por cansancio y aburrimiento, hace tiempo que han arrojado los coturnos y los rayos al baúl de los recuerdos. Requiescant in pace.
Dejando a los dioses y a la oposición tranquilos, y centrándonos en el poder: ¿nadie controlaba este tipo de gastos? ¿No hay asesores económicos en los gobiernos? ¿No hay ministros de hacienda, consejeros, consellers y como se llamen en los otros idiomas sean románicos o no? ¿No hay contables honestos y no corruptos? ¿Cuál era su misión? ¿Dar el visto bueno a todo lo que se le ocurría al capo por muy descabellado que fuera? Visto lo visto parece que así era. De lo que se deduce que los economistas en un partido político no sirven para nada. Tal vez, con un poco de honestidad, deberían dimitir todos, incluido el capo que los nombró. Lo que ellos han hecho, y consentido, no se llama vivir por encima de las posibilidades. Se llama engañar y estafar al público con su propio dinero. Con tamaños despropósitos se buscaban los votos, por supuesto, y la benevolencia del pueblo. Lo mismo que hacían los emperadores romanos cuando ofrecían luchas de gladiadores y de fieras. Nada nuevo bajo el sol.
Dicen que el agujero negro todo lo engulle, hasta la misma luz, la cual no devuelve. Por eso es negro. Sería interesante saber qué sucedería si esos dichosos agujeros negros devolvieran los rayos del sol. Como sería muy interesante observar qué sucedería si, en lugar de quitar la paga extra a los funcionarios, la ayuda a los enfermos dependientes, o hacer que los enfermos crónicos paguen sus medicinas, o a la gente que está en el paro, y no por gusto, la priven de su casa, sería muy interesante, digo, que en lugar de esto, durante un año no hubiera autonomías, caso de España, no hubiera ONU, OTAN, Parlamento europeo y hasta gobierno, con su presidente y sus ministros si me apuran. Sirven para muy poco. A veces para nada. Creo que de esta forma se ahorraría el suficiente dinero como para salir de la crisis, y evitar algún que otro suicidio. Pues sabido es que los agujeros negros, en su voracidad, se han llenado tan bien sus masas sólidas o gaseosas que, sin duda, podrían pasar un año sin recibir uno de sus muchos emolumentos. No creo que ninguno de ellos se vaya al campo a cultivar repollos o habas. Ni todavía mucho menos que se abra las venas o salte desde un rascacielos. Los pobres lo hacen desde un quinto o sexto piso. Y gracias.
A veces con tanto recorte y privación de derechos adquiridos parece que estamos siendo las víctimas de Calígula, de aquel aborrecible emperador que pedía alguna desgracia durante su mandato, pues Augusto había tenido la trágica pérdida de Varo y de sus legiones, y Tiberio el hundimiento del anfiteatro de Fidenas, mientras que en el suyo no pasaba nada2. Nada que no fueran sus excesos y asesinatos. Calígula podía haber montado la crisis que tenemos ahora, y de esta forma se hubiera podido equiparar con sus antecesores en desgracias. A punto estuvo de lograrlo, pues obligaba a unos y a otros a hacer testamento a su favor, y a suicidarse inmediatamente después. Con medida tan ingeniosa llenó sus arcas y se ahorró unas cuantas ejecuciones3. La diferencia entre aquellos tiempos, tan bárbaros, y estos tan cultos reside en que Calígula cargaba la mano contra la nobleza, mientras que los actuales césares lo hacen contra los proletarios. Es conveniente recuperar esta vieja acepción porque si seguimos así dentro de poco tendremos que pagar al estado con nuestra prole. De ahí que se persiga a los solteros y a otro tipo de personas. En el fondo todo es, hasta la independencia, un triste problema económico.
Esa falta de liquidez también ha dejado a muchos emigrantes sin asistencia sanitaria. Y no deja de ser curioso que aquellos que ponen el grito en el cielo en contra del aborto y de los matrimonios homosexuales, no lo hagan cuando la gente se ve abocada a vivir en la calle por haberse quedado en el paro, o sin médico por no tener trabajo. Llama la atención que se proteste por el derecho al aborto, y que no se diga nada cuando los emigrantes se quedan sin derecho a la prestación sanitaria, y algunos de ellos en estado grave. Como llama la atención que todavía haya gente que quiera dedicarse a la política y se atreva a meterse en algún que otro partido político. ¿Para qué? ¿Para qué?
Hace algunos días me preguntaba, en un pequeño artículo, qué impulsa a una persona a dedicarse a la política. No me supe responder entonces, o no me quedé del todo satisfecho con la respuesta. Hasta que un día, paseando por el campo, me vino a las mientes un viejo tetrástrofo monorrimo criticando el famoso Cisma de Occidente, cuando la Iglesia quedó divida en dos papados, el de Roma y el de Aviñón:

Agora el papagdo es puesto en riqueza;
de lo tomar qualquiera, non le toma pereza;
maguer sean viejos, nunca sienten flaqueza;
ca nunca vieron papa que muriese en pobreza.4

Tampoco hemos visto nunca a ningún político en la cola del paro. Por eso va a ser muy difícil que nos concedan la gracia de estar un año sin su clara y prescindible presencia. O que se queden si quieren pero que estén, todos, un año sin cobrar y sin robar, por supuesto. Luego que modifiquen las leyes, o que las apliquen, y metan en la cárcel a todos aquellos, sean de su partido o del contrario, que se han llevado entre las manos, con triquiñuelas más o menos legales, lo que no era ni es suyo. Y que lo reintegren. Es pedir peras al olmo, ya lo sé.
Al parecer no tenemos más remedio que pagar y pagar por todo. A eso lo han bautizado ahora con el nombre de austeridad. Y la austeridad ha llegado a tal grado que hasta la cultura es prohibitiva. Los libros están caros. Pero qué hacer. Llovía. La carne es débil. No había teatro, las películas de la cartelera no tenían ningún aliciente. Y allí estaba él, el inefable Plutarco, a un precio, ahora, un tanto elevado. Sí, para pensárselo. ¿Qué hacer? ¿Dónde apretar para que salga algo? Si respirar costara dinero, estaría un par de minutos sin hacerlo, y podría ahorrar. Pero respirar es gratis. Es un error... Cogí el libro, pagué y me fui cariacontecido. Las lechugas y los ajos todavía están al alcance de mi bolsillo. Y las zanahorias. Porque poco después sonreí; el sol, pese a estar lloviendo a mares, llegó al fondo de mi alma, y creí en Dios: en el teatro de Bescanó (Gerona), para no pagar el 21% de iva por las entradas, venden zanahorias, y con estas regalan la entrada para el espectáculo. Me ha parecido una idea genial, propia del Calila e Dimna o de nuestra cara picaresca. ¿Lo va a aplicar alguna editorial a fin de abaratar los libros y la cultura? Esperemos que sí, y que no nos planteen el dilema de leer o comer, he aquí la cuestión. Aunque sigo pensando que lo mejor sería que los políticos se fueran a sus casas durante un año ¡Qué afortunada la República, si lograra echar lejos de sí esta hez de la ciudad!5. O que nos dejaran marcharnos a algunos, dándonos la jubilación o una especie de premio. En contra de lo que piensan algunos voceras del poder, que desean más y más horas de trabajo, de austeridad, de este ocio mío resultará mayor beneficio para la república que de la actividad de muchos.6 Al fin al cabo qué hubiera sido de Occidente sin muchos de aquellos frailes que pasaron su vida en el scriptorium copiando libros y más libros. Y, sin embargo, nadie se acuerda de ellos. Es lo de menos. Lo importante es que salvaron muchísimos libros. Y gracias a esa labor de copistas, y a algunas cosas más, somos lo que somos. No lo olvidemos. Aunque tengamos que comer zanahorias para ello, como los burros. Ha sido la buena noticia de la semana. Gracias a quien se le ocurrió semejante idea. Esperemos ahora que no nos suban el precio de las zanahorias, que todo pudiera ser.

1Suetonio, Vidas de los doce Césares, libro II, 25
2Suetonio, Vidas de los doce Césares, libro IV, 31. Para el desastre de Fidenas, véase también Tácito, Anales, IV, 62-63. Habla de 50.000 personas muertas o aplastadas.
3Suetonio, Vidas de los doce césares, IV, 38 y ss.
4Pero López de Ayala, Rimado de palacio, copla 197
5Cicerón, Catilinarias, I
6Salustio, La guerra de Yugurta, IV