viernes, 26 de abril de 2013

Importencia


IMPOTENCIA

Vicente Adelantado Soriano

A doña Paquita Álvaro González, maestra jubilada

Los mochuelos ciegos dominan el nido de las águilas.
Ricardo de Bury, Filobiblión o muy hermoso tratado sobre el amor a los libros.

Quizás no se pueda evitar el permanente sentimiento de impotencia que padecen algunos humanos. Quizás esa impotencia sea consustancial al hombre; o, cuanto menos, el precio a pagar por intentar, consiguiéndolo a veces, saltar por encima de unos ciertos límites, vallas o acotaciones. También cabría preguntarse si no es igualmente consustancial a todo humano no aceptar barreras, o, ya que están, tratar de salvarlas. Y si lo hace, ¿cómo estar seguros del posible éxito?, ¿cuándo y cómo se sabe si se han superado esas barreras? Tal vez podría contestarse a esta pregunta diciendo que, la mejor forma de constatarlo, es teniendo un claro indicio de haber alcanzado una cierta sabiduría, o, quizás, un poco de tranquilidad, paz y sosiego. ¿Se puede conseguir algo así en este mundo tan agitado y competitivo? Se pueda lograr o no, parece innegable que todo tipo de sociedad, religión y credo político, no persigue otra cosa que la paz y el sosiego, a menudo mal entendida y peor llevada a cabo, bien sea para toda la comunidad o bien para unos pocos, los privilegiados. Si se busca para unos pocos, los otros, la inmensa mayoría, deberán contentarse con sucedáneos, con mentiras y con no percatarse, si quiera, de que están encerrados en un corral cercado por vallas. ¿Puede la ignorancia hacer feliz a las personas? ¿Y puede el resto, la minoría gobernante, dormir tranquila intuyendo que, en cualquier momento, alguien puede pedir cuentas? Por no hablar de la conciencia. Demasiadas preguntas para tan pocas soluciones.
Una forma, imposible dada la brevedad de la vida, de llegar a obtener algunas respuestas, tal vez fuera vivir muchas y variadas vidas en varios escalafones, sin perder la memoria de ninguna de ellas. A semejante planteamiento respondería un letrado, Ricardo de Bury por ejemplo, diciendo que para suplir esas imposibles vidas están los queridos y honrados libros. Gracias a ellos nos metemos en otras situaciones y en otras pieles. Pero los libros están escritos por intelectuales; y estos, cuando hablan de quienes no lo son, no hacen sino interpretaciones, que pueden ser, por supuesto, tanto acertadas como erróneas. Ricardo de Bury, por no citar a otro intelectual, afirma que el hombre nace con una doble pasión: la de la libertad personal en lo que respecta al gobierno, y la del placer en lo que respecta al trabajo.1 Y ya tenemos aquí planteado el gran problema, o, por mejor decir, los dos eternos problemas: ¿qué es la libertad personal y hasta dónde puede llegar? Por supuesto, toda sociedad tiene sus normas, sus reglas y leyes, que no se deben traspasar. Ahora bien, las leyes, que no son más que pactos humanos establecidos para vivir en comunidad o yugos que los poderosos imponen a las cervices de sus súbditos, rehúsan ser sometidas a esta labor de inducción, origen de la verdad y la equidad, porque dependen más del imperio de la voluntad que del testimonio de la razón.2 Las leyes, pues, no constituyen ninguna ciencia con sus reglas y sus datos comprobables. Y no es que la ciencia no sea discutible, que lo es, o que no se pueda poner en cuestión; máxime, como cabe suponer, se puede cuestionar la voluntad de un monarca, de una oligarquía o del gobierno y de los gobernantes que se quiera. Por lo tanto habrá que andarse con pies de plomo sobre lo que se determina con las leyes, pues cualquier error o abuso puede llevar al desencanto o a la confrontación. Imaginamos al bueno de Ricardo de Bury espantado por estas palabras; y tal vez diciendo, si no tuvo en cuenta el alcance de las suyas, que el que las Leyes no sean una ciencia exacta no presupone que no tengamos que guardarlas y seguirlas. Y entonces ¿qué hacemos con esa primera pasión, la de la libertad personal? ¿La resignamos? ¿Es factible vivir bajo una dictadura, bajo falacias y mentiras, ignorar los tejemanejes del poder, aplaudirlos pese a todo y ser feliz? Si es así tal vez la ignorancia sea una verdadera felicidad. Y en ese caso restaría por saber, y vamos a la segunda pasión, si el trabajo que hacen los ignorantes los hace igualmente o doblemente felices.
Deberíamos preguntarnos, a estas alturas, qué entendemos por felicidad. Tal vez lo mejor, y más práctico, sea no meternos en excesivas honduras. Digamos, en consecuencia, que una persona feliz en su trabajo es, o podría ser, aquella que al levantarse de la cama no reniega del día que comienza, ni ve a esas veinticuatro horas que tiene por delante como una rampa de difícil ascensión, pero que no puede dejar de recorrer. En caso contrario, siempre cabría la posibilidad de abandonar el trabajo o de poder cambiarlo. Es posible que semejante trueque se haya podido hacer en alguna de las muchas edades del hombre; hoy en día desde luego que no. El trabajo, cualquier trabajo, se ha convertido en un bien tan preciado y escaso como una gota de agua en el desierto. La pésima distribución de ríos y manantiales hace que unos se mueran de sed, y otros puedan beber agua de las puras cumbres de las montañas, o de los icebergs, que, al parecer, todavía es más pura y costosa. Aun así es posible que el hombre sea feliz hasta cierto punto, hasta el punto en que se ha creído las campañas políticas que tratan de imbuirle la importancia de su trabajo para la buena marcha del país. Siempre habrá alguien dispuesto a escribir un beatus ille, aunque tampoco faltará algún que otro autor que, junto al lirismo de la vida campestre, nos anuncie la enorme dureza que la vida en el campo encierra. Que quienes lo sufren se lo crean o no ya es otra cuestión. No hay que confundir la resignación, la impotencia, con la ignorancia.
Es probable, por otra parte, que la mera posesión del trabajo le proporcione una cierta felicidad al hombre: gracias a él puede comer, tener un techo, mandar a su hijo a la escuela, y tomarse una cerveza de vez en cuando. En ciertas situaciones esto, y más, mucho más, que debería ser lo normal, es un privilegio. Y entonces, si el hombre carece de libertad para decidir sobre las leyes y los gobiernos; si se ve obligado a hacer lo que no le gusta, y aun así es un privilegiado, debemos deducir que algo no funciona bien, algo falla, máxime cuando hay tantas personas, por regla general gobernantes y satélites, que viven sin apuros, sin ansias, aunque, tal vez, sin paz ni tranquilidad. Si son personas cabales, por supuesto.
Es difícil, por no decir imposible, cambiar de sistema político, demasiados intereses de por medio, tanto como cambiar de trabajo. Y si se lograra mudar de forma de gobierno, ejemplos y casos hay, lo que no conviene olvidar es que también el nuevo sistema será creación humana; y, por lo tanto, imperfecto. Pasará el tiempo, y así lo atestiguan los libros, y lo envejecerá; se cuarteará su faz; y, de nuevo, se harán leyes para apuntalarlo y para que los hijos de sus inventores no pierdan los privilegios que antes tenía la nobleza por herencia de sangre, y ahora por otras herencias no menos cuestionables. Y siempre es lo mismo.
La vida es harto breve, aunque, a veces, un minuto pueda parecer un siglo. Y gracias si dicha brevedad, o una buena parte de la misma, la podemos utilizar en nuestro gozo y provecho, sea con el trabajo y el gobierno que sea. Y más gracias debemos dar todavía si hemos consumido nuestro tiempo en tanto descansaban las lanzas bipotentes, y dormían los épicos clarines que despiertan a los horrorosos ejércitos. Debemos reconocer nuestra buena estrella si hemos tenido la enorme fortuna de usar los dedos para aquello que han sido creados: que los dedos han sido otorgados más bien para escribir que para luchar.3 Supongamos, pues, que tenemos un gobierno que gobierna, y pasa desapercibido; y una paz medio llevadera. Resta pedir por acrecentarla, por la justicia y la equidad, a fin de poder llevar hasta sus últimas consecuencias la segunda pasión, la del placer en lo que respecta al trabajo.¿Qué tipo de trabajo le gusta a cada una de las personas que componen la sociedad? ¿Y es factible realizarlo? Centrémonos en uno, en el estudio de determinadas artes o disciplinas.
¡Oh Creador amante de la paz, pulveriza a las naciones belicosas, que hacen más daño a los libros que todas las demás calamidades juntas!4 No solamente la guerra, sin embargo, está en contra de los libros y los destruye. También se puede sublevar contra ellos, encerrándolos en la mazmorra del desprecio y del olvido, un pretendido pragmatismo, un fin en el cual los libros tienen un cierto papel, pero no el papel principal. Los libros para una persona práctica y sensata, pragmática, se pueden convertir en nuestros enemigos, en la mirada que todo lo envenena, en un monstruo que nos encanta, nos vacía las entrañas y nos arroja como un vampiro puede arrojar a su víctima tras haberle succionado la sangre. Leer o ir al teatro, o al cine, puede ser una aventura harto peligrosa: el lector o espectador puede quedar petrificado ante esa Medusa, que la inmensa mayoría de la sociedad considera engañosa. “Está muy bien buscar el placer, le dirán entonces; todos lo buscamos y lo pretendemos, pero hay una escala, un orden, una jerarquía, primum manducare, deinde philosophari.” ¿Y alguien ha visto que una persona normal y corriente pueda vivir de sus filosofías, de sus especulaciones, de sus búsquedas en una sociedad en la que ni hay inquietudes ni se lee? ¿Y qué se busca en los libros? “No se vive de cuentos y ensoñaciones”, seguirán diciéndole. Y aquel que busca el placer en el trabajo se percatará, a los pocos lances, que es cierto cuanto le han dicho y predicado: no tardarán en recordarle que el Príncipe de los Ingenios estuvo a punto de morir de hambre, como su Licenciado Vidriera, ¿y quién como él? Y así el libro y sus enseñanza aparecen como un algo inalcanzable y generador de impotencia, aunque también tiene sus ribetes de ironía: no se toman truchas... y no digo más.5
Ricardo de Bury se deshace en alabanzas a los libros. En ellos se encierra todo; y ellos son el bien más preciado que puede pretender el hombre: El tesoro de la sabiduría y de la ciencia, tan apasionadamente deseable, y que todos los hombres naturalmente apetecen, supera infinitamente a cualquier riqueza humana. Comparados con él, las piedras preciosas carecen de valor, la plata no es más que cieno y el oro no es sino fina arena. Este tesoro, con su esplendor, oscurece la luz del sol y de la la luna, y su dulzura admirable es tal, que ante ella la miel y el maná se tornarán amargos al paladar.6
Sabido es, al menos en una bien extendida cultura occidental, que el libro es compañero imprescindible de la sabiduría, y de la cultura de la juventud. Y que este, como las golosinas, ocupará una parte muy importante de la vida del joven. Luego, pese a todo, tal vez, se convierta en un peligro. Sucederá cuando el joven, que busca el placer en su trabajo, se percate de que toda pedagogía no es sino una imposición a largo plazo. Y, a menudo, la zanahoria del burro, el engaño que se utiliza para llevar las vocaciones a do no querían ir por su propio pie. El ejemplo más donoso lo encontramos, cómo no, en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Esto dice don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, hablando de su hijo, por quien vive harto preocupado a causa de la vocación de este:
Será de edad de diez y ocho años; los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega, y cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, hallele tan embebido en la de la poesía (si es que se puede llamar ciencia), que no es posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara, ni de la reina de todas, la teología. Quisiera yo que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las virtuosas y buenas letras, porque letras sin virtud son perlas en el muladar. Todo el día se lo pasa en averiguar si dijo bien Homero en tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto o no en tal epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos de Virgilio. En fin todas sus conversaciones son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo, que de los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y con todo el mal cariño que muestra tener a la poesía de romance, le tiene ahora desvanecidos los pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que son de justa literaria.7
Ya tenemos planteado, pues, el eterno dilema, la eterna controversia entre lo que desea y apetece el hijo, y lo que quieren y mandan los padres. Tengamos en cuenta, además, que don Miguel de Cervantes hace derivar la vocación del hijo de don Diego hacia la poesía. Hubiese sido muy interesante comprobar qué sucedía si dicha vocación lo hubiera empujado a ser cómico. Esto es lo que le responde al atribulado caballero del Verde Gabán don Quijote, que, en ese momento, pasa a ser el padre que, tal vez, todos desearíamos tener:
Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres […]; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia, no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso, y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres que se lo dejaren, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee.8
Es posible que la poesía no deshonre a nadie; pero no parece que sea ese el problema que preocupa al Caballero, ni a un padre normal y corriente. El problema reside en preparar al hijo para un trabajo que sí sea pane lucrando, que le dé para comer. “La poesía no es lo indicado, desde luego, ni tampoco las artes”, le dirán. Solucionado ese tropiezo, por supuesto que podrá dedicarse a la poesía, al teatro o a lo que quisiere, pero nunca debe olvidar que primum manducare... Aunque el joven tampoco olvidará, en su defensa, que el que algo quiere, algo no le cuesta; es la variante del refrán de Sancho, no se pescan truchas a bragas enjutas.
El joven, recordando entonces los cantos y alabanzas que, tal vez, le hicieron en su infancia, de los libros y del saber, comenzará a percatarse de que casi todo, en este mundo, es una trampa cuando no una mera engañifa. No se le ha enseñado a nadar para que convierta la natación en un medio de vida sino para que no se ahogue en la piscina del campamento. Si él, por el contrario, se empeña en seguir nadando, comenzará a experimentar los disgustos, los sinsabores y la impotencia. Hasta que dé su brazo a torcer y se avenga a razones. Aun así, y tal como don Lorenzo, el hijo del Caballero del Verde Gabán, pretende abrirse camino con su poesía asistiendo a certámenes, deberá recordar lo que le explica el mismísimo don Quijote: procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se le lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser el segundo, y el primero, en esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en la universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.9
Ricardo de Bury nació en 1287. Escribió el Filobiblión un año antes de su muerte, en 1344. Miguel de Cervantes nació en 1547 y publicó la segunda parte de El ingenioso hidalgo... donde consta el capítulo de El Caballero del Verde Gabán, también un año antes de su muerte, pero en 1615. Ricardo de Bury se deshace en elogios hacia los libros. Miguel de Cervantes también, pero con salvedades. No hay más que leer el famoso capítulo del escrutinio que hacen de la biblioteca de don Quijote el Cura y el Barbero.10 ¿Qué ha pasado con el libro en esos 272 años que median entre el Filobiblión y la segunda parte de Don Quijote? Tal vez que el libro se ha convertido en un negocio, los certámenes en un reclamo para vender; y todo, hasta los segundos y terceros premios, que antes podían quedar vacantes para los raros ingenios, en una enorme mentira. Al fin y al cabo las novelas de caballerías se venden muy bien, y como abundan más los mesoneros y las maritornes que los sensatos, aquellas habrán de tener riñas y puñadas, damas y requiebros. Y quien no hiciere eso no se alzará con el premio del certamen; e, impotente, deberá reconocer que sus padres tenían razón, que los libros y las artes, pese a Ricardo de Bury y a Miguel de Cervantes, y a cuantos poetas han sido y serán, ha de ser un estudio secundario a menos que se esté dispuesto a padecer penalidades múltiples e impotencia. Aun así, ¿quién no se alegra de leer cosas como esta?: Una biblioteca repleta de sabiduría es más preciosa que todas las riquezas, y nada, por muy apetecible que sea, puede comparársele. Así, quienquiera que sienta en sí una ardiente predilección por la felicidad, la sabiduría, la ciencia e incluso la fe debe sentirse irresistiblemente atraído por los libros.”11 No obstante, todo serán obstáculos y pegas si esa atracción nos lleva a intentar hacernos facedores de los mismos.

1Ricardo de Bury, Filobiblión o muy hermoso tratado sobre el amor a los libros. Traducción y notas de Federico Carlos Sainz de Robles (hijo), Madrid, 1969, cap. XIII
2Ibídem, Cap. XI. Muy significativamente este capítulo se titula “De cómo las leyes no constituyen ninguna ciencia”.
3Ibídem, cap. XVI
4Ibídem, cap. VII
5Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, II, 71
6Ricardo de Bury, Filobiblíón, cap. I
7Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, segunda parte, cap. XVI
8Ibídem
9Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, segunda parte, cap. XVI
10Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, primera parte, cap. VI
11Ricardo de Bury, Filobiblíón, cap. II

Katyn


                                                                        KATYN

Vicente Adelantado Soriano

Si no fuera porque la película de Andrzej Wajda narra unos hechos tan terribles, acaecidos durante la II Guerra Mundial, se podría tomar dicha película como una metáfora de todo cuanto ha sucedido últimamente en España con los casos de corrupción. La película, pese a haberse estrenado ahora, es de hace un par de años, así que intentar ver cualquier paralelismo con la trama corrupta, jueces, periodistas y políticos españoles, es perder el tiempo.
Las primeras imágenes del film, en el puente, ya son estremecedoras: unos polacos huyen hacia el lugar que abandonan otros compatriotas: los alemanes los invadieron por el oeste y los rusos por el este, o al revés, que lo mismo da. Y ambos, trabajando conjuntamente, se dedicaron a perseguir a intelectuales, políticos y militares. Y así, entre unos y otros, lograron descabezar a la pobre Polonia. Los alemanes acaban con la universidad de Cracovia, y los rusos con todos los mandos militares, ejecutados en el bosque de Katyn.
Los crímenes, a sangre fría, resultaron tan horrorosos que fueron negados por unos, y utilizados por otros como propaganda para intentar acabar con la unión de los aliados. Mientras, en Polonia, las mujeres seguían esperando a sus maridos, y oponiéndose a todo tipo de manipulaciones, tanto por parte de rusos como de alemanes. Entre los dos convirtieron a Polonia en un país de viudas esperanzadas cuando no honestas y valientes.
Hay un rendido homenaje de Wajda a la primera mujer que se opuso al poder tiránico, a la sinrazón y a la prepotencia: Antígona. La hermana de un aviador ejecutado en Katyn, va a un teatro, donde precisamente se va a representar Antígona, y sacrifica su larga y rubia cabellera por unos cuantos billetes. La actriz principal representará el papel de la hermana de Polínices con ese precioso cabello. El peluquero advierte, en tanto ejecuta su trabajo, que quien lleva el pelo de otro también lleva parte de su personalidad. Aquí parece que sucede al contrario: es la sacrificada quien asume el papel de Antígona.
Con el dinero conseguido, la hermana del aviador encarga una lápida, donde pone la foto de su hermano con la inscripción de que fue ejecutado por los rusos. En la iglesia, y seguida de cerca por la policía rusa, el sacerdote se niega a colocar la lápida. La hace llevar entonces al cementerio, en cuyo camino tiene una discusión con su hermana, una encarnación de Ismene, del miedo al poder de los hombres. Ismene ve que aquello es inútil. El diálogo, sin embargo, ya no es el de la tragedia de Sófocles. Ismene invoca, cómo no, el mundo de los muertos, al que se dedica su hermana, en tanto que ella pertenece al mundo de los vivos. Antígona no replica aduciendo que estaremos con los muertos toda la eternidad y con los vivos unos pocos años; reivindica, por el contrario, la justicia y la verdad a la que ella se debe. Justicia y verdad que, por supuesto, la conducen a la lóbrega y descendente prisión de donde nunca se sale vivo.
Es estremecedor todo cuanto se cuenta en la película. Y resulta estremecedor que se negara la realidad obligando, a infinidad de mujeres, a vivir con la esperanza de ver regresar algún día a sus maridos o hermanos. Todos yacían, con un tiro en la nuca, en el bosque de Katyn.
Los hechos son terribles. Los pactos secretos, vomitivos; y contemplar las ejecuciones hace replantearse más de una cosa. Cabe añadir a ello la negativa, hasta hace diez años, a reconocer cuanto en Katyn había sucedido.
¿Cómo el ser humano puede llegar a tal desprecio por la vida ni a tamaña bestialidad? ¿Cómo puede haber nadie capaz de ejecutar a un ser humano en una lóbrega prisión sin tener más culpa que ser ciudadano de un país al que se quiere invadir? No, Wajda no deja en muy buen lugar al comunismo de la Unión Soviética. Aquellos crímenes fueron ordenados por Stalin, quien sería considerado el salvador de Europa.
Al parecer hay historiadores que todavía hoy defienden la política de Stalin. También se puede defender la de Creonte, por supuesto, y considerar que Antígona era una princesa un poco tonta y con ganas de llamar la atención. Al fin y al cabo ni la justicia ni la verdad van a devolver la vida a los ejecutados de Katyn. ¿Por qué no callarse entonces como demanda Ismene?
Tal vez porque ya no queda más que la impotencia. Y esa impotencia lleva a un ardiente deseo de reivindicar la verdad. Callarse en ciertas situaciones puede ser peor que vivir en un estado policial.
Lo terrible de Polonia es que fue cogida entre dos fuegos. Y lo que para unos era verdad, y que no por eso dejaron de masacrar poblaciones enteras, para otros era propaganda política, deseo de aniquilarlos. Al final, y no porque el ser humano haya cambiado, sino porque han cambiado las circunstancias, la guerra fría en este caso, terminó por saberse la verdad. Demasiado tarde como para pedir responsabilidades. Por eso mismo siempre habrá gente dispuesta a nadar entre dos corrientes, a sacar tajada y a negar lo evidente. Nada mejor para ello que demonizar al contrario y hacerlo callar por los medios que hiciere falta.
Pobre Polonia, cogida entre dos fuegos: jueces y fiscales por una parte y políticos y periodistas por otra. Antígona siempre estará presente en nuestro corazón. La película de Wajda pone bien a las claras lo poco que ha cambiado el ser humano: la obra de Sófocles se estrenó hace unos 2.500 años; los hechos relatados en la película, hace setenta. Es para pensar con calma y detenimiento.

sábado, 20 de abril de 2013

Un agradable detalle


UN AGRADABLE DETALLE
El día del libro

Vicente Adelantado Soriano

I
Dos libros

Estaba enfrascado aquella tibia mañana en una amena y agradable lectura cuando llamaron a la puerta de mi habitación. Nunca me cierro con llave, así que, sin levantarme de la silla, invité a entrar a quien se hallaba al otro lado de la puerta. No me debió oír, pues los nudillos volvieron a repicar sobre la madera. Me levanté entonces y abrí. Era doña Paquita. Me sorprendió su visita.
-Le había dicho que pasara -dije un tanto estúpidamente.
-Perdone -contestó ella-. Ha pasado una auxiliar, me ha preguntado una tontería, y eso me ha distraído.
-Bueno, pase -la invité haciéndome a un lado.
-No, no hace falta. No quiero molestarlo. Venga esta tarde a las cuatro al salón. No se comprometa con nadie. Por favor.
-Iré. No tema. Hoy no es viernes, así que no hay cine.
Cierto es que no era viernes; pero ya habíamos pasado el meridiano de abril, el tiempo era muy agradable e invitaba a salir a caminar por los parques cercanos, llenos de flores y de vida. Yo prefiero caminar por las mañanas, así que tras un breve descanso en mi habitación, después de comer, me dirigí al salón. No quise hacer un feo a doña Paquita. Fui el primero en llegar. Poco a poco lo fue haciendo el resto de los compañeros. Éramos cuatro en total.
-Los he reunido a ustedes -nos dijo doña Paquita, que se nos presentó en el salón con un bolso más que mediano- porque les voy a proponer una cosa.
-¿No se irá usted? -le pregunté señalando el bolso con la vista.
-No, no me voy. Aquí precisamente -dijo palmeando el bolso- está mi propuesta.
-La escuchamos -intervino el señor Tomás.
-Muy bien -dijo metiendo la mano en el bolso y sacando de él pequeños paquetes que nos fue entregando a todos y cada uno de nosotros. Los paquetes estaban envueltos en papel de color, distintos unos de otros, y atados con una cinta, también de colores.
-¿Y esto? -preguntó el señor Jordi, que se quedó, como el resto, cohibido y perplejo.
-Ábranlo -nos dijo sonriendo-. Es un regalo -nos explicó en tanto, con más o menos cuidado, quitábamos la cinta y rompíamos el bello papel satinado. Y sí, era un regalo. O mejor dicho, dos. Eran dos libros. No muy gruesos, y muy bien encuadernados.
-¿Y a santo de qué viene este detalle? -quiso saber el señor Tomás.
-Dentro de una semana, y por lo tanto tienen tiempo, es el día del libro. El día en el que, parece ser, murió don Miguel de Cervantes. Me ha parecido una buena idea hacerle un pequeño homenaje; pero no con discursos y tópicos. No. Leyendo un par de libros, y hablando de ellos, informalmente, la tarde de ese día. ¿Algún problema?
Nos miramos los unos a los otros entre divertidos y estupefactos.
-Los viejos rokeros nunca mueren -dijo el señor Jordi-. Y las buenas maestras, tampoco. No se preocupe usted: por mi parte traeré los deberes hechos.
El señor Tomás y yo también nos comprometimos. Él, no obstante, se me adelantó a mí en la protesta por el gasto que aquellos regalos le habían supuesto. Nos acalló diciéndonos que ya nos señalaría el día de su aniversario para que la sorprendiéramos con algún detalle. Se excusó, además, por habernos hecho el regalo con antelación al día del libro; pero le apetecía el pequeño homenaje a Cervantes. ¿Cómo no complacer a la buena mujer? Nos entregamos a la lectura con verdadera pasión: iba para examen.
II
El coloquio

Nos volvimos a reunir el día del libro poco después de comer. Pecamos los tres de originales: cada uno de nosotros le llevó una rosa a doña Paquita. Afortunadamente yo añadí un libro al regalo floral. Amablemente nos dio la gracias por las tres rosas, todas rojas.
-Al hilo de lo leído -comencé- y voy a hablar de Cervantes...
-De don Miguel de Cervantes -me corrigió doña Paquita sonriendo.
-Perdón -le devolví la sonrisa-. De don Miguel de Cervantes. Estaba diciendo, comenzando por el libro de don Miguel, que me ha llamado la atención la importancia que, al principio de la novela, se le da a la murmuración, aunque no parece que queda muy claro el concepto.
-Sí, es cierto -intervino el señor Jordi- parece que para el señor perro Berganza, ¿o es Cipión?, la línea de demarcación entre la anécdota, la historia, y la murmuración es harto sutil.
-Se puede hablar de todo -explicó doña Paquita con tono didáctico- mientras no se hiera a nadie. Creo que ese es el límite que marca el señor perro Cipión: quiero decir que señales y no hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada; que no es buena la murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy discreto.1
-Sí; pero usted sabe que, a veces, la crítica también puede pasar por murmuración. Aun no haciendo daño a nadie. Lo confiesa el otro perro, al que -dije sonriendo- también hemos de tildar de señor. Aquí está -añadí tras buscar la cita, pues mi memoria no era tan buena como la de nuestra anfitriona-: muy sobre los estribos ha de andar quien quisiere sustentar dos horas de conversación sin tocar los límites de la murmuración; porque yo veo en mí que, con ser un animal, como soy, a cuatro razones que digo me acuden palabras a la lengua como mosquitos al vino, y todas maliciosas y murmurantes.2
-Bien ha comenzado la cosa -dijo doña Paquita complacida-. No esperaba menos de ustedes.
-No es eso lo que me interesa a mí de este libro -intervino el señor Tomás que, hasta el momento, no había dicho nada-. Pero tiempo habrá.
-Amanecerá Dios y medraremos todos. Entre tanto -proseguí yo- déjenme que me felicite, y que nos felicitemos todos, pues llevamos ya bastante tiempo juntos, y llevamos unas cuantas conversaciones a cuestas; y que sepa, aunque tal vez nos haría falta la sutileza de los señores Cipión y Berganza, o, mejor aún de su creador, de nadie hemos murmurado en todo este tiempo, y en todas nuestras conversaciones.
-Y no será porque no hay motivos -intervino raudo el señor Tomás.
-No estoy yo tan segura de que no hayamos murmurado. Seguro que algo se nos ha escapado. Pero no me maravillo, Berganza; que como el hacer mal viene de natural cosecha, fácilmente se aprende a hacerle.3 Y fácilmente pasa desapercibido.
-Eso me llevaría a un viejo tema, u obsesión mía -repliqué- que también me ha asaltado ahora en tanto leía el Coloquio de los perros. ¿La virtud se hereda o se enseña? Yo concluí que se enseña, como casi todo en esta vida.
-Eso se lo responde el mismísimo don Miguel de Cervantes. En El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y me van a perdonar porque no recuerdo dónde, hay una discusión entre Sancho y don Quijote. Aquel presume de tener tres dedos de enjundia de cristiano viejo. Y don Quijote le responde que no con quien naces, sino con quien paces.4
Nos quedamos en silencio meditando durante unos segundos.
-Sin duda es así -le dije-. No obstante, parece que tiene razón Cipión al afirmar que el mal nos viene de cosecha... Me explico: hace años en el instituto un profesor puso una película, La ola, basada en un experimento. Un profesor manipula a sus alumnos y estos hacen prácticamente todo cuanto él quiere. Sin embargo, entre las exigencias del profesor, y de los mismos alumnos, no hay ninguna que consista en ser mejores, más virtuosos, buenos ciudadanos... Empapelar una ciudad, hacer ruidos, molestar, hacer fiestas, eso sí; pero no hay ningún proyecto de más altas miras.
-Ese es el problema -intervino el señor Tomás arrimando el ascua a su sardina- que hemos tenido en los sindicatos: nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Ahora, llevar una lucha continuada, día a día, ya es otro cantar.
-Sí, es muy difícil ser constante -corroboró doña Paquita-. El hombre, como la lengua, trabaja con el mínimo esfuerzo posible.
-Así nos luce el pelo. Aunque tal vez tengan razón los señores perros -sentenció el señor Tomás- y nadie cambiará mientras no cambie el hombre.
-Para largo me lo fiáis -le repliqué.
-Aquí -dijo el señor Tomás mostrando el libro de don Miguel de Cervantes- ya está planteado, y muy bien planteado, lo que es la corrupción. Me han impresionado las palabras de Cervan... perdón, de don Miguel.
-¿A qué se refiere? -inquirió doña Paquita.
-A las escenas en el matadero de Sevilla. Los jiferos son descritos como unos grandes ladrones de toda la carne que entra en el matadero. Me han recordado los años que llevamos de corrupción en España con políticos y allegados.
-Y los que nos quedan -intervino el señor Jordi.
-Ya lo advierte don Miguel -dijo buscando una cita. Llevaba el libro marcado con papelitos de colores-. Aquí está: Los dueños [de las reses] se encomiendan a esta buena gente [los jiferos o matarifes] que he dicho, no para que no les hurten (que esto es imposible), sino para que se moderen en las tajadas y socaliñas que hacen en las reses muertas, que las escamondan y podan como si fuesen sauces o parras.5 ¿No sería interesante -preguntó irónico- ya que no vamos a poder evitarlo, poner en la Constitución el tope de la cantidad que los distintos políticos, según su rango, pueden robar del erario público?
-Sería consagrar el hurto -repuso el señor Jordi.
-Y lo otro -le replicó el señor Tomás- es cerrar los ojos a la evidencia.
-Si me permite -habló el señor Jordi con una leve sonrisa en los labios- creo que nos estamos despeñando por el acantilado de la murmuración. -Doña Paquita sonrió-. Quiero decir que no hay tanto político corrupto como ladrón había en el matadero de Sevilla. En todas partes hay gente honrada y buena.
-No le digo que no...
-En eso estoy de acuerdo con usted -interrumpió la única dama de la reunión-. Yo terminé harta, siempre que había un claustro en el instituto, o se hablaba de la juventud, de que todo el mundo se fijara, nada más, en los malos alumnos, o en los maleducados... Si en una clase había treinta alumnos, podía usted estar seguro de que una gran mayoría, veinte o veinticinco, eran buenas personas, educados, y hasta buenos estudiantes.
-Es cierto -corroboró el señor Jordi-; pero treinta o cuarenta personas leyendo o estudiando en una biblioteca pasan desapercibidas, no son noticia, en tanto que dos necios con un tambor, o con un coche con un aparato de alta fidelidad, pueden molestar a toda una ciudad.
-Es verdad -dije en tanto me venía a las mientes una frase de Cervantes, así, ya que doña Paquita no me oía los pensamientos, que no sé si tenía mucha relación con el caso, pero que a mí me apetecía soltar-. No sé -advertí- si viene a cuento o no; pero oyendo al señor Jordi he recordado que advierte don Miguel que para saber callar en romance y hablar en latín discreción es menester, hermano Berganza.6
-Pues, hombre -me dijo el señor Jordi sonriendo- qué quiere que le diga... Mucha relación no parece que tenga. Pero tampoco tenemos que andar por aquí buscándole los cuatro pies al gato.
-No hace falta buscar nada -tomó la palabra el señor Tomás-. Yo no sé si es murmurar o no -dijo mirando a doña Paquita-, pero quiero hacer insistencia en lo mismo que lo hace don Miguel. Me ha llamado la atención.
-Algo relacionado con la política será -le replicó doña Paquita.
-Todo está relacionado con la política, señora mía. O todo es política, como usted prefiera.
-Sea tu intención limpia, aunque la lengua no lo parezca.7
-Limpia como una patena, y aun le diría que con sus puntas y adornos de buen católico y claro lector de los Evangelios, pues el señor Berganza, contando sus andanzas, hace una contrafigura de Jesús, del Buen Pastor. Y volvemos a hablar de la corrupción. Lo recordarán ustedes: se mete el buen can en un hato de pastores como perro guardián. Todas las noches lo azuzan en contra de los lobos; y todas las noches los lobos matan un carnero sin que él, ni los otros perros, lo puedan evitar. Por el día, ante el nuevo ataque, se desespera el dueño del hato, y reciben palos los perros, que se han hecho pedazos corriendo tras el lobo. Y así, viéndome un día castigado sin culpa y que mi cuidado, ligereza y braveza no eran de provecho para coger el lobo, determiné de mudar de estilo, no desviándome a buscarle, como tenía de costumbre, lejos del rebaño, sino estarme junto a él: que pues el lobo allí venía, allí sería más cierta la presa. Cada semana nos tocaban a rebato, y en una oscurísima noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el ganado se guardase. Agachéme detrás de una mata, pasaron los perros, mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y le mataron, de manera que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su verdugo el lobo. Pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que lo habían de guardar.8
-Homo, homini lupus -dije sintiendo que la dichosa frase latina me salía de las entrañas.
-Ahora, ahora -se alegró el señor Jordi- ahora es cuando usted le da la razón a don Miguel con eso de los latinajos.
-¿Por qué? -interrogó doña Paquita-. Está muy bien traída esa conclusión, aunque sea en latín.
-Máxime -volvió a la carga el señor Tomás, que no soltaba su presa- si este cuento lo tomamos como una parábola. Aunque no hace falta. Es claro como la luz del día.
-Sí -dije- la corrupción es consustancial al hombre, como la murmuración.
-¿Y cree usted que siempre será así?
-No lo sé -respondí-. Poco antes de venir aquí... yo vivía en un piso bastante alto. Desde la ventana de mi habitación veía parte de una gran avenida. Al inicio de la misma, en un chaflán, sobre la acera, había un contenedor. Un día de mucho viento, este arrojó a dicho contenedor sobre la calzada con evidente peligro de los conductores. Una pareja, un hombre y una mujer, que pasaban por la acera, se bajaron y comenzaron a empujar el contenedor. No podían con él. Un conductor los ayudó empujándolo con su coche... y luego lo subieron a la acera. No sé, tal vez estaba yo sentimental aquel día. Pero eso me alegró. Ese mismo día fui a coger el autobús, y cuando subí me percaté de que me había dejado el bonobús en casa... Un desconocido me pagó el billete...
-Sí, es una pena que los humanos no nos ayudemos más.
-Tal vez sea por nuestras propias limitaciones o por ignorancia. Yo estoy seguro, por ejemplo, de que doña Paquita hubiese preferido que hubiéramos hablado de la importancia de don Miguel de Cervantes como novelista en vez de hablar de lo que hemos hablado, y de la desastrada forma en que lo hemos hecho. Yo he intentado complacerla, y así tal vez podría hablarle de la crítica que el señor perro Berganza hace de la novela pastoril, por la que, no obstante, siente una cierta atracción, como don Miguel la sentía por las denostadas novelas de caballerías.9 Tal vez sería capaz de establecer un paralelismo entre el señor Berganza y el malaventurado Lázaro de Tormes. Son, y corríjame si me equivoco, los inicios de la novela moderna: el personaje que se define conforme va actuando, pasando por diversos estadios...
-Son ustedes -dijo doña Paquita emocionada- la mejor compañía que una podía desear.
-No quiero que se levante la tenida -dijo el señor Tomás- sin antes recordar otro pasaje, y nos dejamos muchos por comentar.
-Eso estaba previsto -intervino una doña Paquita emocionada-: no sólo no me maravillo de lo que hablo, pero espántome de lo que dejo de hablar.10 Pero diga usted.
-Digo que me han hecho mucha gracia los pasajes del alguacil cobarde que pasa por valiente sorprendiendo a quienes lo son, o sobornando a los truhanes para que se dejen vencer de él en medio de la plaza.11
-El miles gloriosus -apuntó doña Paquita-. El soldado fanfarrón, presente en muchas obras de la literatura castellana. Y qué bien se la juegan los gitanos.
-Y en justa correlación con él -siguió el señor Tomás- está la historia de la perrilla faldera que, amparada de su ama, se atreve a morder una pierna al sufrido señor Berganza. Consideré en ella que hasta los cobardes y de poco ánimo son atrevidos e insolentes cuando son favorecidos, y se adelantan a ofender a los que valen más que ellos.12
-Esa última parte siempre me ha recordado a Lázaro de Tormes, cuando cuenta que su hermanico, habido de su madre con un negro, y de su mesmo color -así lo dijo doña Paquita- se pasma y asusta de ver a su padre, negro como él, a quien llama el coco. Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mí: “¡Cuántos deben de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!”13
Y en esto entró una bella señorita llevando una pequeña tarta, fabricada con edulcorante, y una botella de champán. Era un detalle del señor Jordi, quien me rogó que no lo descubriera: quería mantener vivo el tópico de la tacañería de su gente.
-Se nos ha quedado un libro por comentar -dije yo-. Y este por acabar.
-Y a mí se me ha quedado en el tintero la solución del arbitrista para salir de la crisis actual, que tantas desgracias está generando. La solución de don Miguel puede parecer una ironía, pero tiempo al tiempo... Se la apunto para que se la digan a la señora canciller de las Germanias. Hagan la traducción como Dios manda: Hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de su Majestad, desde edad de catorce a sesenta años, sean obligados de ayunar una vez al mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres que han de gastar aquel día, se reduzca a dinero, y se dé a Su Majestad, sin defraudarle un ardite, so cargo de juramento; y con esto, en veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado.14
En tanto el señor Tomás leía este párrafo, el señor Jordi abrió la botella de champán, llenó las copas e hizo que nos pusiéramos de pie.
-Doña Paquita -dijo el señor Jordi- es usted, o ha sido, y lo digo por lo que ahora veo y espero ver en el futuro, una buena maestra. Una gran maestra. Me he aprendido el fragmento de memoria. Espero que esta no me falle. Va por usted: No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tan poco, o nada, de ella, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que justamente con las letras les mostraban.15
Y en esto a doña Paquita le brotaron las lágrimas, nos besamos y abrazamos todos, y concluimos la tarta y el champán. Y así celebramos, en paz y armonía, el día de don Miguel de Cervantes. La celebración nos quedó un poco desalabazada, lo sé. No obstante, ad mutos annos, don Miguel, y perdón por el latinajo. Y no digo más.
1 Miguel de Cervantes, El coloquio de los perros, en Novelas ejemplares, III. Edición de Juan Bautista Avalle-Arce. Clásicos castalia. Madrid, 1982, p. 251
2 Ibídem, p. 262
3Ibídem, p. 245
4Sentimos decirlo, pero doña Paquita se equivoca. Quien pronuncia el refrán es Sancho Panza, cuando don Quijote lo envía a llevarle un mensaje a Dulcinea. Sancho, con pocas ganas de llevar mensajes ni de azotarse para desencantar a la señora Dulcinea, se dice entre sí que su amo está loco, y que él no le anda a la zaga, pues lo sigue, no con quien naces... Véase Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, segunda parte, cap. X
5El Coloquio... p. 246
6Ibídem, p. 268
7Ibídem, p. 253
8Ibídem, ps. 256-257
9Véanse al respecto las ps. 253-255 de la mentada edición.
10Ibídem, p. 255
11Ibídem, p. 275 y ss.
12Ibídem, p. 321
13Lázaro de Tormes, Tractado primero.
14Ibídem, ps. 318-319
15Ibídem, p, 

Ciudad de vida y muerte


CIUDAD DE VIDA Y MUERTE

Vicente Adelantado Soriano

La película de Lu Chuan no cuenta nada que no se sepa. Sus personajes, sin ser nobles, parecen sacados directamente de Las troyanas, la famosa tragedia de Eurípides. No quiere decir lo anterior que la película de Lu Chuan sea un calco de la tragedia griega, que no lo es. Quiere decir que tanto Las troyanas como Ciudad de vida y muerte plantean el mismo problema, o, si se quiere, cuentan la misma historia, aunque con unos cuantos siglos de diferencia. Se nota en los trajes de los personajes, en el armamento de los ejércitos, en las casas y en el lenguaje utilizado por unos y por otros. Porque lo que es el comportamiento, y por desgracia, pocas diferencias hay entre el ayer tan remoto y el pasado tan reciente.
Se ha dicho y repetido, infinidad de veces, que Las troyanas es, posiblemente, la primera gran obra en contra de la guerra y a favor de la paz. La tragedia de Eurípides muestra, con gran crudeza, todo aquello que la épica oculta. Terminada la Ilíada, los griegos, dueños de Troya, entran en la ciudad y se adueñan de ella. En Ilión tienen lugar todo tipo de abusos y atrocidades. El ingenio de Ulises se baña en sangre. Ahí tiene su origen Las troyanas.
Lu Chuan, con una preciosa fotografía en blanco y negro, y contando con varios personajes, narra la entrada de las tropas japonesas en Nanking en diciembre de 1937. Al igual que Troya, la capital de China tras la muerte de los soldados que la defienden, es entregada al saqueo. Lu Chuan no hace ninguna concesión a la hora de narrar la toma y posesión de Nanking. Desde la matanza de soldados desarmados, igual que ya hicieran los romanos con los soldados de Viriato, hasta el saqueo, las continuas humillaciones, o la utilización de las mujeres como esclavas sexuales. Las escenas, de una crueldad increíble, se van sucediendo con una lógica aplastante. En ella se va poniendo de manifiesto que la bestialidad humana parece no tener límites: muertes y fusilamientos, tanto por grupos como masivos; enterramientos en vida, quemar a un grupo de personas vivas encerradas en un almacén, asesinato de los soldados heridos y que reposan en un hospital... Sin olvidar las violaciones ni la utilización de las mujeres como máquinas sexuales. Las utilizan hasta la extenuación, hasta que caen muertas como reses. Impresionante la escena en la que uno de los personajes entra en zona de consolación y descubre a una prostituta de la cual se enamoró. Todo cuanto sucede a su alrededor es de una sordidez increíble. Será este personaje el que vaya tomando conciencia de cuanto está sucediendo a su alrededor. A lo largo de la película se empeña en que lo llamen por su nombre, Kadokawa. Y será Kadokawa quien, precisamente, se horrorice al ver salir a un carromato cargado con los cuerpos sin vida de las mujeres que han utilizado, sexualmente, hasta la muerte. Y será él quien evite, mediante un certero disparo, que ella le ha pedido, que una mujer sea conducida a la zona de consolación.
La película, al igual que la tragedia de Eurípides, no es nada maniquea. Tampoco es panfletaria. Podríamos decir que ni siquiera es política, si ello fuera posible, que no lo es, pues la alianza germano-nipona hace que el embajador alemán, John Rabe, abandone la ciudad. Él era la última defensa con la que contaban los millares de refugiados. A partir de ese momento ya no hay nada que impida la total violación de la arrasada ciudad.
Apoyada por una excelente música, narra un conflicto, tal vez uno de los más terribles que ha vivido la humanidad. Aunque no debemos olvidar que todo cuanto se nos cuenta es propio de toda guerra y conflicto. En todas ellas se desatan las más terribles pasiones; y, lo que es peor, en ellas todo vale porque impera la ley del más fuerte, quien, además, no tiene que rendir cuentas ante nadie. No de otra forma se puede mantener un imperio. Ya se lo dijo Cleón a los atenienses allá por el 427 a. C: no podían ser generosos ni misericordiosos si deseaban gobernar un imperio. De resultas de ello surgió el exterminio brutal de Corciria. Y de resultas del imperio japonés todas las bestialidades de Nanking, donde la guerra hizo desaparecer la comodidad de la vida diaria sometiendo a los seres humanos a sus leyes. Y la ley de toda guerra no es otra que la bestialidad. Esta no abandona la pantalla más que por breves segundos. Pues al final hasta la risa del niño, al comprobar que el tiro de Kadokawa no iba dirigido a él, se semeja al llanto, tal vez porque, inconscientemente, el espectador se acuerda de la otra niña defenestrada por un soldado japonés, motivo que también trató Eurípides. En la tragedia griega el sacrificio del niño Astianacte, hijo de Héctor y Andróamaca, tiene una “justificación”: evitar que quiera vengar a su padre cuando sea mayor, y hacer eterna la guerra. En Ciudad de vida y muerte, la muerte es gratuita, signo de la fiereza humana. Aparecen montones de cadáveres. Y se mata por matar, o porque estamos en guerra... Está bien que de vez en cuando alguna película, con pulso decidido y firme, sin concesiones, nos muestre el horroroso rostro oculto de la humanidad. Ojalá desaparezca algún día. Películas como esta contribuyen a ello, desde luego. Muy digna de verse y estudiarse.

viernes, 12 de abril de 2013

La ola


LA OLA

Vicente Adelantado Soriano


La obra de Dennis Gansel, La ola, es, cuanto menos, interesante. Y muy recomendable. Una película que debería ser de visión obligada tanto para padres como para profesores y autoridades competentes. Sin olvidar a los protagonistas, los adolescentes.
El largometraje parte de una pregunta, planteada por el profesor a toda una clase de bachillerato: “¿Creéis que es imposible que otra dictadura vuelva a implantarse en Alemania?” Antes, sin embargo, con gran economía de medios, ya nos ha mostrado la frustración del profesor por no poder impartir la materia que él había preparado con tanto cariño, la anarquía. Se ve obligado, pese a sus intereses, a dar un cursillo sobre la autarquía.
La pregunta, nada inocente, desde luego, va a mostrar el hastío de los alumnos por la historia reciente de Alemania. Están hartos y cansados de oír hablar del III Reich, de Hitler y de la II Segunda Guerra Mundial. Lo cual pone de manifiesto lo acomodaticias que somos las personas: con una frase creemos salvarlo y solucionarlo todo. Así, y está bien que se diga, con el famoso “Un pueblo que olvida su historia está obligado a repetirla” parece como si tuviéramos resuelto el problema. La comprometida obra de Gansel demuestra bien a las claras que no es así. Pues un recuerdo que no incide en el presente, y no nos hace cambiar hábitos de conducta, es un recuerdo estéril, muerto.
Y es la repetición de las viejas condiciones sociales e históricas, no el olvido, lo que hace surgir a los grupos totalitarios. Esas condiciones, por desgracia, están tan vigentes hoy como en la Alemania de los años treinta, o como lo pueden estar en toda sociedad que degenera en una dictadura: desencanto, vulnerabilidad de la juventud, soledad y desapego familiar entre otras. Es aquí donde la película hace aguas: hubiera hecho mejor en mostrar las relaciones de los alumnos con sus respectivas familias, y con su entorno social, ya que son ellos los protagonistas, y no en el matrimonio del profesor. Pues él y su mujer son lo menos relevante de la película. Aunque gracias al profesor volvemos a incidir en la inutilidad del recuerdo que no actúa: cree que todo el mundo, incluida su mujer, lo menosprecia por haber terminado el bachillerato en una segunda oportunidad; cree que todo el mundo lo infravalora por ser profesor de educación física; y, escudado en sus recuerdos, ignora cuanto está pasando a su alrededor, todo lo que él, su pregunta y sus “juegos”, está generando. Los recuerdos, la pasada juventud, “las tonterías” hechas en aquellos años, por supuesto, también le sirven de pretexto para no tomar cartas en el asunto: no quiere saber quién, en una lona gigantesca, en el centro de la ciudad, ha pintado el símbolo del grupo, la ola, porque tendría que denunciarlo. Mientras, la ola va creciendo, pese a la oposición de dos de las alumnas. Con una de ellas, por cierto, hay una escena totalmente gratuita: en el instituto donde estudian, ella sola (?) trata de enviar mensajes electrónicos a todos los compañeros advirtiéndoles del peligro de la nueva organización estudiantil, la ola. No consigue enviar los mensajes. Se apagan las luces, se cierran puertas, parece como si de un momento a otro la fueran a atacar, y no sucede nada. ¿Están en Alemania los institutos abiertos a toda hora y puede entrar y salir quien quiera de ellos? ¿Sin vigilancia de ningún tipo? Parece un poco absurdo. Y más en un instituto de clase media alta. Es una escena que sobra puesto que nada aporta.
Uno de los alumnos, el desencadenante de la tragedia, habla de su desarraigo familiar. No hubiera estado de más hacer una radiografía sino de todos sus compañeros sí al menos de los más significados de la película. Sí se analizan las relaciones entre ellos, a través de sus respectivas historias de amor, y de la obra de teatro que van a montar. El montaje de la obra cumple una indudable función dramática: gracias a la ola se ha pasado de un espíritu de anarquía, cada uno dice su papel como quiere añadiendo o quitando lo que le interesa, a uno de aceptación del líder: ya no son discutidas las opiniones del director de la obra. Evidentemente se ha producido un cambio: el grupo está por encima de la persona y de sus manías o apetencias.
Las escenas en el teatro ponen en evidencia, por supuesto, un gran fallo del sistema educativo: la incapacidad para crear ningún lazo de solidaridad entre los adolescentes con trabajos en equipo. Reciben una enseñanza excesivamente individualizada cuando ellos necesitan relacionarse, intervenir y ser parte activa de esa educación.
Está bien visto, a través de la acción, la importancia del grupo para estos seres, algunos de ellos marginales, en busca del calor que no tienen en casa: el alumno que es capaz de regalar droga sencillamente porque los otros son “sus colegas”. Pero cuando esos colegas lo atacan será defendido por la ola, por sus compañeros de clase y organización. Y así se van estrechando los lazos entre ellos: serán amigos, solidarios, y formarán algo más importante que una familia y una nación: no distinguen razas ni religiones, sólo quienes pertenecen a la ola de quienes no lo hacen. Gracias a la ola, a su organización, se han transformado, sus vidas tienen sentido: seguir las consignas del líder, de alguien, y evitar tener que pensar y buscar sus propias soluciones ante sus descontentos y frustraciones. Ahora se mueven por mensajes a través del móvil.
Constituida la ola, se tratará, en un siguiente paso, de hacerla triunfar. Y nada mejor, para ello, que la competición deportiva con otro instituto. Pero esta competición, el partido de water-polo, se transforma en algo más. Casi en una cuestión de vida o muerte. Como algo más, mucho más, es el deporte en el mundo de los adultos. Así se ha puesto de manifiesto en las recientes denuncias por sobornos y partidos amañados en la triste liga española. Como puede observarse los adolescentes son unos buenos aprendices que captan la esencia de las cosas.
Es imposible, llegados a este punto, no acordarse de Sócrates y de su eterna pregunta: ¿Se puede enseñar la virtud? Cuando se utiliza este término no debe entenderse virtud, areté, en sentido cristiano, sino griego. El término areté significa hacer las cosas bien, exigirse la perfección, ser caballeroso, educado, esforzado, etc. Ahora bien, Sócrates sabe perfectamente que es más fácil que el adolescente obedezca al cocinero que al médico: el cocinero lo proveerá de todo tipo de golosinas y le halagará el gusto y el paladar. El médico, por el contrario, le dirá lo que puede y no puede tomar, lo que no es conveniente para su salud por muy agradable que le resulte en el presente. El médico, en consecuencia, es quien será condenado por el grupo, por la ola, que, con su propio impulso, ya no admite críticas, disidentes, ni marcha atrás. Desde luego puede ser más divertido correr por una ciudad poniendo pegatinas con un símbolo, que estar en casa estudiando o leyendo. Realizando tales vaciedades una persona se puede convertir en un héroe, sencillamente por subir a una cúpula y pintar el símbolo del grupo en una gran lona. Es la aventura: el peligro y el desafío a la policía, al poder establecido. Pero es una aventura sin sentido y un desafío vacuo. Un absurdo ritual.
Y es que en el fondo seguimos siendo primitivos. Tanto que, por supuesto, es posible una nueva dictadura, un nuevo señor de las moscas. Tan primitivos que todavía seguimos ejecutando los antiquísimos ritos de paso. En las sociedades antiguas el paso de la adolescencia a la juventud venía marcado por coger las flechas y el arco y matar a una fiera salvaje o a un enemigo. Ahora consiste en algo no menos peligroso: la droga, el alcohol, y, tal vez, la carrera con el coche o la moto. La moto o el coche se pueden quedar en la calzada como, antaño, lo podía hacer el arco ensangrentado en la selva. Los medios son distintos pero el fin es el mismo. Y nadie advierte del peligro.
Los personajes de La ola, adolescentes, están situados en un momento crucial de sus vidas: todavía no son adultos, no son independientes, pero los padres y educadores ya han perdido toda influencia y poder sobre ellos. Están en esa edad difícil donde cuenta mucho la compañía, los amigos, y, tal vez, la educación recibida. El adolescente puede haber tenido los mejores profesores, y haber estudiado en el mejor de los institutos, pero la elección última sobre su vida siempre estará en sus manos. Y, por supuesto, en aquello que la sociedad demande. Serán los valores de esa sociedad los que determinarán muchas actuaciones de los jóvenes. Y en todo tipo de sociedad, por desgracia, siempre se admira y se respeta a quien tiene el poder y el dinero sin cuestionarse de dónde proviene este. Si ninguno de los dos se puede conseguir de forma rápida y honesta se buscará por los recodos de los caminos. A todos nos gusta ser valorados y apreciados. De ahí el que la película debería haber hecho mayor incidencia en el entorno familiar de los alumnos.
Es posible que la areté no se pueda enseñar. Aquí radica una de las grandes limitaciones de la enseñanza y del hombre. Hay dos formas de aprender: por experiencia ajena, libros e historia, y por la propia. Sabio es aquel que se prepara cuando ve las barbas del vecino afeitar. Y necio quien cree o piensa que eso jamás le va a suceder a él. La película de Gansel es, por lo tanto, un toque de atención: a los profesores porque no se puede jugar con los adolescentes, muy manipulables; a los padres para que no se desentiendan de sus hijos, y a la sociedad en general a fin de que tenga claro a dónde quiere dirigirse. Nada más significativo, al respecto, que lo sucedido aquí en España con la madre condenada a prisión por haberle pegado a su hijo. Recuerda lo que hace 2.500 años, más o menos, dijo Anacarsis, uno de los siete sabios: según él la justicia se parece a una tela de araña: atrapa a los animales pequeñitos pero sucumbe ante los grandes, que la pisotean, la rompen y se van. Y encima son entrevistados en la televisión, pagados y puestos como héroes. Sin duda estamos alimentando una buena ola. Un niño de diez años hace que encarcelen a su madre. Y los ladrones están en la calle. Habría que ver a la criatura.
Aun no siendo, por los defectos apuntados, una gran película, sí que es La ola una buena obra que, como tal, induce a la reflexión sobre un tema tan serio e importante como es la educación de los adolescentes. Un serio asunto para reflexionar, y no para que vayan jugando los inconscientes de los políticos con burdas asignaturas, burdos planteamientos, y eternos cambios de sistemas educativos con la única finalidad de ganar las próximas elecciones. Con tal de triunfar harán como el denostado cocinero de Sócrates.
Les recomendaríamos a las fuerzas vivas que fueran a ver la película. Pero no hace falta: siempre los intereses del partido estarán por encima de esos adolescentes y de su educación. ¿Quién se puede quejar de que, marginados, no traten de ser algo y de contar en esta sociedad sea como fuere? No basta con amonestar, poner leyes y reñir: hay que educar. Y educar no es enseñarles a ser hipócritas: haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga. Es algo más serio, como se pone de manifiesto en este buen largometraje de Dennis Gansel.
La película, por otra parte, cuenta con unos excelentes actores que contribuyen, y mucho, a hacer verosímil cuanto sucede allí. Y que es para que se nos pongan los pelos de punta, reflexionemos seriamente y pongamos remedio a la situación. Película muy digna de verse.