sábado, 29 de diciembre de 2012

Una triste noticia


UNA TRISTE NOTICIA

Vicente Adelantado Soriano

Y en todas las cosas humanas sucede, si bien se mira, que no se puede quitar un inconveniente sin que inmediatamente surja otro.
Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio

Así pues, cuando de nuevo llega la misma causa, nosotros que hemos llegado a ser los mismos haremos las mismas cosas y de la misma manera, y así también todos los demás hombres.
Plutarco, Sobre el hado

Se ha vuelto a repetir la tragedia. Cada cierto tiempo en Estados Unidos, casi de forma sistemática, se producen y reproducen hechos de este calibre. Una persona, en este caso un joven de 20 años, ha entrado, no en un instituto o en una universidad, sino en una guardería infantil, armado como si se fuera a la guerra, y ha abierto fuego contra niños y profesoras, personas cuyo único delito era haber nacido y estar allí. No se sabe, a estas alturas, qué ha llevado a este joven a matar a esos niños, y a suicidarse él. Quizás la explicación más sencilla sea reconocer que este hombre tenía las facultades mentales perturbadas. Desde luego hay que estar loco para matar a una persona sin más, aunque sea por razones ideológicas, y máxime cuando esas personas son niños de entre entre tres y cinco o seis años.
La masacre ha reabierto, una vez más, la polémica sobre si prohibir la venta de armas en Estados Unidos, o si dejar que esta continúe por mor de la libertad y de la constitución. No creo que los partidarios de la prohibición consigan ninguna ventaja, pese a los niños recientemente asesinados. No por amor a la libertad o a la constitución americana de sus oponentes, sino por la ingente cantidad de dinero, poderoso caballero, que mueve este nefasto mercado de estos fieros artilugios. También existe ese amor a la libertad, al menos de palabra, en otros países donde, aparentemente, no es tan fácil hacerse con un arma. La industria armamentística es muy fuerte, tiene muchos intereses, y luchará a muerte para que no se derogue la famosa libertad de portar armas, y de tener un arsenal en casa, como, al parecer, era el caso de la madre del joven asesino, también abatida por este. Los americanos, pese a estos asesinatos, y a otros que vendrán, seguirán siendo libres de llevar armas, así dentro de unos pocos años, con toda probabilidad, se repetirá el horror que ahora hemos vivido. Se ampararán, para ello, cómo no, en la Constitución. Sí, la Constitución amparaba que la madre del asesino tuviera un arsenal en casa, y llevara a sus hijos, los domingos por la mañana, a practicar el tiro al blanco. También la ampararía, seguramente, en el caso de que hubiera decidido llevarlos a una biblioteca pública, a una sesión matinal de teatro, o a oír algún concierto de música clásica.
Hay personas que, cuando hablan de la Constitución de su país, parece que estén hablando de los Diez Mandamientos; de algo considerado como palabra de Dios y, en consecuencia, inamovible. Los diez mandamientos en su inmensa mayoría no son sino la ley natural, unas normas básicas de convivencia. Y las constituciones son hijas de su tiempo; y, por supuesto, del hombre o de los hombres que las redactaron. Este todavía no ha creado nada que no sea mejorable, que no se transforme con el tiempo y requiera de su revisión y puesta al día. A nadie, por ejemplo, se le ocurriría gobernar hoy con la constitución de Licurgo o con las leyes de la Atenas de Pericles. Y no porque aquellas no tuvieran sus cosas buenas y positivas, sino porque nuestra realidad, al menos en algunos aspectos, es distinta a la de tan benditos y lejanos tiempos. Eso sin olvidar que, cuando interesa, la constitución y las leyes se vuelven papel mojado. No hace falta que nos vayamos fuera para verlo y comprobarlo. Un ciudadano español, por ejemplo, no se puede mover libremente por su territorio, si es funcionario o tiene que hacer oposiciones, a menos que conozca los cuatro dialectos áticos o esté inspirado por el Espíritu Santo. Caso contrario es un invasor.
Está muy bien conocer muchos idiomas, pues estos abren las puertas a infinidad de conocimientos. Un inocente estudiante de filología se podría emocionar viendo manifestaciones, tanto en la Hispania Citerior como en la Ulterior, o en la Tarraconensis y en la Bética, de grupos de personas, humanas en su inmensa mayoría, en defensa de su lengua y de sus famosas señas de identidad. Lo malo del caso es que si ese inocente estudiante hablara con algunos de los manifestantes, tal vez se llevara la sorpresa de que la inmensa mayoría de estos ni ha leído un libro, ni en su lengua, ni en ninguna, y que, además, no lo piensa ni leer. No hace falta leer, razonan, para defender algo que es suyo. Y lo más suyo es la lengua.
Algo similar le puede suceder a un pacífico creyente cuando ve a miles de personas, a través de la televisión, manifestándose porque alguien, aparentemente, se ha reído de su dios o de su profeta haciendo caricaturas en una revista o rodando películas malas y de peor gusto. Viendo las caras de los manifestantes en demanda de sangre, venganza y cabezas cortadas, se pregunta uno a qué tipo de dios están defendiendo. O a qué ser superior se desea preservar quemando los libros sagrados de otras religiones. Hay acciones que parecen empeñadas en hacernos creer que todavía estamos en la Edad Media, que no fue ni tan oscura ni tan bárbara por mucho que las comparaciones resulten odiosas.
Ignoro en qué parte del Corán se dice que la mujer tiene que ir tapada como si estuviera enterrada en vida. Ignoro en qué evangelio se dice que un inquisidor tiene derecho a condenar a la hoguera a un ser vivo. Ignoro muchas cosas; pero sé que hay un claro mandamiento, muy relacionado con las armas: no matarás. Y creo que este mandamiento va dirigido a todos, al menos a todos los que sean creyentes. Pero este mandamiento, como el de amarás a tu prójimo y a tu enemigo, tiene un grave problema: va en contra de cierta naturaleza humana, incluso en contra de muchos pretendidos creyentes. Por eso mismo hubo que adaptarlo enseguida. Y como no podía dejar de suceder, salió el exégeta, el discípulo que siempre traiciona al maestro y permite hacer lo contrario de lo que predicó aquel:
Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte, como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes.1
No dice san Agustín dónde señala la autoridad divina las excepciones al famoso y traído no matarás. Tampoco hace falta buscarlo: el hombre es capaz de darle la vuelta a cualquier cosa para hacer lo que, en el fondo, desea hacer, así tenga que ir en contra del mismísimo Zeus y de todas las leyes humanas y divinas. No obstante, muchos años después, sería Thomas Moro quien respondería a san Agustín: Dios prohíbe matar, viene a decir Moro; y si se acepta la pena de muerte entre cristianos, llegamos a la conclusión de que los Mandamientos obligan cuando lo determinan las leyes humanas.2 Y eso es lo que ha sucedido, y lo que sigue sucediendo. Quizás porque así está grabado a fuego en la misma naturaleza del hombre. Pues se supone que quien defiende a su Dios, debe defender su creación, y nada más cercano a él que el hombre. ¿Cómo entonces se atreven a destruir a este? Tan absurda pregunta se puede responder de infinidad de modos y maneras, pues siempre unos emprenderán la guerra justa contra otros, que son injustos. Y tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres. Ya lo advertía el propio Erasmo de Rotterdam:
Tantas son las facciones cuantas son las cofradías. Los dominicos están desavenidos con los minoritas; los benedictinos tienen diferencias con los bernardinos; tantos son los hombres cuantos son los cultos, tantas las ceremonias que la pasión hace distintas para que no hubiera acuerdo posible, a cada cual le gusta lo propio y condena y odia lo ajeno.3
Y lo que más condena el hombre es todo aquello que puede atentar contra su estatuto social o sus medios de vida. A veces, para preservarlos, se valdrá de la religión, de la filosofía, de las leyes; y, por supuesto, de la fuerza. Pues para tener razón no hay nada tan contundente como la posibilidad de condenar al otro a prisión, a galeras, o de quitarle la vida. La solución es tan brutal que la mayoría de los humanos, con miedo al dolor y a la muerte, aceptarán tal justicia, o la visión de las cosas de quien manda, para poder, al menos, seguir viviendo. Somos habitantes de una sociedad violenta.
No es la muerte, sin embargo, lo más terrible. Ni la milicia, en consecuencia, pues como dice el marinero:
Se entra en combate:
en una hora hora viene rápida la muerte o alegre la victoria.4
Lo terrible, tal vez lo peor, sea la desazón, la esclavitud. El depender de un trabajo, pues sin él no se come, y de sus consecuencias: tener que soportar injusticias, tomaduras de pelo, pérdidas de todo tipo de derechos, penosamente adquiridos, viendo como, mientras tanto, otros se enriquecen a costa de la inmensa mayoría. Es, por supuesto, un tipo de violencia que, a su vez, genera otra, y otra más. Y la violencia, cuando no se corta pronto, va engrosando y convirtiéndose cada vez en más peligrosa. Ahora bien,
No será fácil que emprenda una guerra quien no mira más que el interés general. Lo que estamos viendo es cabalmente todo lo contrario: casi todas las causas de la guerra nacen de pretextos que nada tienen que ver con el bien del pueblo.5
Y no se hace la guerra sin armas. También, de alguna forma, tienen razón quienes defienden la libertad de portar estas, o de tenerlas en casa. No sucede nada malo con ellas, dicen, si se tiene sentido común, y se sabe valorar una vida humana. Y tal vez para ello, como han apuntado en alguna ocasión, habría que comenzar por regular las películas violentas y los videojuegos de la misma calaña, al alcance de cualquier adolescente. No en balde los griegos prohibían escenas de violencia en las obras de teatro. Ahora, por el contrario, cualquier niño de diez o doce años, ya está más que habituado a ver escenas violentas en el cine y en la televisión. Tanto es así que la violencia, para ellos, es un espectáculo que, además, y por regla general, les produce risa. Es para meditar sobre ello.
Es difícil dar soluciones al problema. Ahora bien, quizás lo mejor fuera no portar ni tener armas, y menos cuando en casa hay algún elemento inestable. Quizás habría que enseñarles a ciertos niños que, tal vez, los marcianos frenen sus ataques cuando vean que somos personas pacíficas que vamos a oír conciertos, a ver obras de teatro o a pasear con los amigos por caminos rurales o urbanos. Aun así tal vez nunca podamos erradicar la violencia ni la locura. Llama la atención cuánto se han perfeccionado las armas y qué poco lo ha hecho el hombre. ¿Y para qué quiere una persona un arsenal en su casa? A veces leyendo artículos, o viendo programas sobre la exploración espacial, se pregunta uno qué pasaría si esos avances, si todo ese dinero de estaciones espaciales robots, etc., lo aplicáramos al hombre y a su desarrollo. Pero no, no es cuestión de dinero. El problema del hombre es que tiene una capa más difícil de horadar que el más duro de los asteroides, pues siempre ha tenido y tendrá justificaciones para todo: para matar y condenar al otro sobre todo, pues siempre es el otro quien se equivoca y hace las cosas mal, es el otro quien comienza las guerras injustas. Quien las hace bien, por el contrario, está cercano a la divinidad, por supuesto. Y no hay esclavo más abyecto ni más servil que quienes se consideran, como suele decirse, cercanos a los dioses y señores de todos.6 Y esto pasa en toda sociedad humana y con toda constitución y creencia humana o divina. El hombre, por desgracia, siempre es igual a sí mismo. Y dudo ya de que haya algo que hacer. Cada vez lo dudo más. Sí, la vida humana no es otra cosa que un juego de necios.7 Un absurdo juego en el cual siempre son los inocentes quienes más tienen que perder y quienes más pierden. Sit illis terra levis.
1San Agustín, La ciudad de Dios. Traducción de Santos Santamarta del Río y Miguel Fuentes Lanero. B.A.C. Madrid, 1988, I, 21
2Tomás Moro, Utopía, Traducción de Pedro Rodríguez Santidrián, Alianza Editorial, Madrid, 1998, p. 86
3Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano. Querella de la paz. Traducción de Lorenzo Riber. Ediciones Orbis, Madrid, 1985 p. 118
4Horacio, Sátiras, Epístolas. Arte poética. Traducción de Horacio Silvestre. Cátedra Letras Universales. Madrid, 2010, Sátira I, v 7-8
5Erasmo de Rotterdam, Opus ctda., p. 138
6Erasmo de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra, Traducción de Ramón Puig de la Bellacasa. Alianza Editorial, Madrid, 2008, p.116
7Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, Traducción de A. Rodríguez Bachiller, Ediciones Orbis, Madrid, 1984, cap. XXVII

viernes, 21 de diciembre de 2012

Cuento navideño


CUENTO NAVIDEÑO
(Breve felicitación)

Vicente Adelantado Soriano

En la finca en la que yo vivo hay tres o cuatro excelentes músicos, y muchas y bellas personas. Una noche de Nochebuena de hace unos cuantos años, mientras me estaba preparando la cena, a uno de estos músicos se le ocurrió una idea genial, que se ha convertido ya en un rito: salió a su pasillo, y desde allí, con su bonito saxofón, tras un breve preludio para llamar la atención, nos tocó Noche de paz. La canción me supo a gloria. El saxofón sonaba de maravilla. Me recordó mi primer viaje a París, cuando, caminando por las galerías del metro, oí las notas de un melancólico acordeón. Me detuve entonces. La gente se apresuraba a mi alrededor. Yo me quedé quieto, concentrado en la música. Al igual que entonces de caminar, dejé ahora los fogones en cuanto oí las primeras notas del saxo; y salí al descansillo para oírlo mejor. Allí coincidí con otros vecinos. Cuando terminó la canción, y nos íbamos a felicitar, el vecino que toca el violín, de un piso más bajo, se arrancó con la misma pieza navideña; y cuando terminó él le contestó el trompeta del piso tercero. Fue una delicia. El mejor regalo que me han hecho nunca en Navidades. Terminamos todos estrechándonos las manos y felicitándonos de un piso a otro. La finca se llenó de música, felicitaciones y risas.
No recuerdo qué rey o vecino griego puso en venta un campo suyo. El precio que pedía era muy elevado, excesivo; y al preguntarle a qué se debía ello, contestó que al hecho de tener unos buenos vecinos.
Yo, por desgracia, no sé tocar ningún instrumento, y todos vosotros, lectores y amigos, estáis demasiado lejos para oírme. Lo único que sé hacer es amontonar palabras, como Zeus amontonaba nubes. Así que con esas palabras, a falta de algo mejor, os deseo unas felices fiestas y próspero año nuevo. Y que los dioses derramen toda la felicidad del mundo sobre vuestras cabezas y corazones. Felicidades.

VAS

Feliz navidad


FELIZ NAVIDAD
(Primer trimestre del curso)

Vicente Adelantado Soriano

I

PREGUNTAS

Pero si alguna vez tienes que educar en la práctica a estos niños que ahora en teoría educas y formas, no permitirás que los gobernantes del Estado y las autoridades en las cosas supremas sean irracionales, como líneas irracionales.”1
Platón, La República.

Nada hay más deprimente, a principio de curso, a mediados y a finales, que leer y releer la República de Platón, y comprobar la enorme distancia que media entre lo que se propuso la filosofía, con respecto a la educación, hace más de 2.500 años, y los resultados que hemos obtenido y seguimos obteniendo. Por supuesto que se complementan tales resultados con lo que demandaba Sócrates al gobernante de la tal república, y lo que tienen y ofrecen los gobernantes de estas absurdas democracias regidas por el capital, la corrupción y la más negra opacidad. Claro como el agua está que nadie le hizo caso, en la práctica, ni a Platón ni a Sócrates. Aunque tampoco esté de más considerarlos como paradigmas, y hacer un juego de contrastes.
Llegar a gobernar en la república de Platón exige tal preparación, tal ascetismo, tan acabada areté, tal capacidad de renuncia y dominio de sí mismo, que el lector, asombrado, se pregunta, en más de una ocasión, si lo que busca Sócrates era un gobernante o un místico laico, algo así como un san Juan de la Cruz ateniense. Desde luego ninguna de las facultades exigidas por Sócrates, sobriedad, pobreza, frugalidad, capacidad para soportar el dolor, amor a la filosofía, etc., adornan a ninguno de los gobernantes de hoy en día que son, por el contrario, bastante burdos e irracionales.
Sabemos, gracias a la República, lo que se necesitaba para llegar a gobernar en ese estado, que se pretendía perfecto. Pero sigue siendo un misterio cómo los jefes de los partidos actuales, que luego, con un poco de suerte y ayuda de la televisión, alcanzan el poder, son elegidos, y por quién; de qué modo y manera se convierten en los líderes de sus formaciones políticas. Porque viendo actitudes, oyendo parlamentos y propuestas, se hace difícil aceptar que no haya gente más capaz ni mejor que la que tenemos ocupando escaños y despachos. Quizás el escalar peldaños se deba, más que a méritos propios, a intrigas, a amiguismos, a oportunismos y toda la parafernalia subsiguiente. Eso explica que muchos de ellos den un poco de pena, cuando no risa, al intentar explicar cualquier cosa que se les ha preguntado. A veces hasta pueden provocar cámaras y arcadas. No son, desde luego, y en ninguno de los casos, los filósofos que buscaban Platón y Sócrates. No llegan ni siquiera a retóricos. Por no hablar de la honestidad.
Una forma de inteligencia consiste es darse cuenta de las propias limitaciones, y en tratar de corregirlas. Cuando, por ejemplo, no se pueda o no se sepa gobernar, y nadie acepte ni proponga la dimisión (?), lo recomendable es rodearse de los mejores, de quienes saben y dominan la materia, de aquellos que son capaces de suplir nuestras carencias. Ahora bien, parece ser que uno de los problemas actuales está en que no se busca a quienes saben sino a los que son del mismo partido, o de la misma ideología; y que, tal vez, saben o entienden de lo que les interesa, y que refuerzan las decisiones de quien las toma, que, de esta forma, nunca se siente en falta. O, mejor todavía, los conmilitones no saben, pero jamás van a cuestionar lo que hace el líder o quien quiera que mande en los partidos políticos, que es otra incógnita de esta democracia con tanta luz y tantos taquígrafos. Es posible que sea promocionado para líder quien no cuestiona nada dentro del propio partido, quien se ha partido el esternón haciendo reverencias y dando cabezazos. Independientemente de la altura de su ciencia y de sus miras.
Es otra incógnita, y tal vez ni el mismo Edipo fuera capaz de resolverla, el saber qué necesita una persona para llegar, por ejemplo, a ser Ministro de Educación, o Conseller de lo mismo. Y tampoco estaría de más saber hasta qué punto un Ministro, o Ministra, ya que predominan en este ramo las señoras, tiene autonomía para decidir sobre el sistema educativo de un país o comunidad autónoma. Está claro que el primer requisito no es saber o no saber, sino pertenecer al partido que ha ganado las elecciones. ¿Y quién, con dos dedos de frente, y sin ambiciones, tiene ganas de meterse en semejantes berenjenales? Tal vez, es posible, que lo haga quien tenga un proyecto educativo, y sea algo ingenuo, pues lo más probable es que sus sueños se queden por el camino, como la vieja camisa de la serpiente deslizándose entre dos piedras. No de otra forma se explica tan absurdos planes de estudios. Y que, al parecer, nadie está dispuesto a afrontar y cambiar de una vez por todas. El sistema educativo se ha convertido en un arma político-religiosa cada vez más burda y degradada.
II
LIBROS DE TEXTO

Si descorazonador resulta ver y oír a los políticos en sus debates y en sus luchas e intrigas de opereta, más lo es todavía hojear los libros de texto a los que sus respectivos ministerios han dado a luz. Surge, con ellos en las manos, otra ingenua pregunta: ¿Alguien revisa los libros de texto, y los compara unos con otros? ¿Hay en algún lugar un mínimo planteamiento educativo y didáctico? ¿Se comprueba luego si esos libros de texto lo reflejan? Estas preguntas vienen a cuento de que no deja de ser significativo que, año tras año, curso tras curso, los libros de todos los cursos y de todos los niveles repitan exactamente lo mismo, añadiendo o quitando sólo unas cuantas palabras sin excesivo interés. Es desalentador estar un curso y otro curso, y otro y otro más, explicando, por ejemplo, las reglas de acentuación. ¿Tan difíciles son que hay que repetirlas desde 1º de primaria hasta 2º de bachiller y aun así encontrarse con periodistas que no saben acentuar? No, no son difíciles; no se trata de eso. Es falta de gusto por el trabajo bien hecho, carencia de un mínimo sentido de la estética y de ética; y, de la palabra prohibida, por supuesto: esfuerzo, estudio. Codos.
No sirve para justificar tanta repetición, tan absurdo encono en lo mismo, el prejuicio, necio e incorrecto, de que como los alumnos no estudian; por eso mismo hay que repetir un año y otro año lo mismo, a ver si de esta forma se les queda. La gota de agua cayendo sobre el duro granito, que es capaz de horadarla. Eso es, desde luego, justificarse amparándose en los alumnos, que los hay, que no tienen ganas de estudiar. Pero no son la mayoría, afortunadamente. Ni mucho menos. En todas las clases hay gente con deseos de saber y de aprender. Pero por desgracia no son sus deseos, ni sus avances, los que determinan el ritmo de la clase, sino que, muy al contrario, éste viene marcado por los otros, por los que no quieren o les cuesta, o ambas cosas a la vez. Es sacrificar a todo el equipo por quien no sabe pedalear ni tiene interés en subir a la bicicleta. Lo mínimo que se puede decir es que no es justo. Pero claro, los gobernados se asemejan a los gobernantes. De otra forma, sabiendo y con súbditos con sentido crítico, es imposible conducir a un país, como no sea hacia su perdición.
Si hablamos de la E.S.O., creo que estaremos todos de acuerdo, y para ello no hay más que ojear los libros de texto, en que no se necesita una especial preparación para llegar al cuarto curso y obtener el graduado escolar. Las exigencias son mínimas. Se pide lo básico, y aun así tenemos un importante fracaso escolar. ¿Cuál es la solución entonces? ¿Bajar aún más los niveles? ¿Poner más exámenes? Si seguimos por estos derroteros, los alumnos aprenderán a leer cuando lleguen a la Universidad, suponiendo que lleguen. Y siempre y cuando ésta, por supuesto, convierta la prueba de acceso en una prueba un poco más ridícula de lo que ya es.
El fracaso escolar todavía es más sangrante si tenemos en cuenta que, en esta autonomía que nos ampara, se imparten tres horas semanales de lengua autóctona. Es obligatoria, por supuesto. Y troncal, faltaría más. Total para repetir, en lenguaje autóctono, lo que ya se ha dicho en lenguaje nacional en los otros cursos y en las otras asignaturas. Es como enseñar a multiplicar en castellano y en valenciano. Así que en la comunidad que más fracaso tenemos no es que se repiten los libros de texto de la misma asignatura, por ejemplo se explica el sustantivo, en castellano, en 1º, 2º. 3º y 4º, sino que también se repite lo mismo en los libros de valenciano de los mismos cursos. Sólo que aquí se denomina el substantiu. ¿Quién no se aburriría y desesperaría de estar oyendo ocho veces lo mismo?
Cabe preguntarse, por otra parte, qué es lo que se desea obtener con tanta absurda y mecánica repetición. Los alumnos no son tan torpes ni necios como para tener que oír lo mismo durante cuatro años seguidos, más dos de bachiller. Ahora bien, con tanto decir lo mismo, con unas clases tan aburridamente monótonas, y unos libros que sólo se diferencian por las fotos y los dibujos, somos capaces de aburrir al mismo aburrimiento, de conseguir lo que estamos consiguiendo: el desinterés de quienes, en principio, sí estaban interesados. Pero que se ven frenados, en sus apetencias, por las mismas exclamaciones que ellos hacen en clase: “¿Otra vez...?” Sí, otra vez. Y mañana seguiremos igual. Seguramente hasta idiotizar al profesorado y al alumnado. Así gobernantes y gobernados seremos todos iguales. Uno y lo mismo. Cortados por el mismo patrón. Es algo muy divertido: hace siglos ya lo intentó Procusto.
III
HERMANOS SIAMESES

Muy a menudo hemos oído, también, que un proyecto educativo, para saber si es útil o no, adecuado o inadecuado, necesita desarrollarse en el tiempo. Y con el sistema político que tenemos, elecciones cada cuatro años, esto resulta imposible, pues si pierde las elecciones el partido que está en el poder; y el que las gana, como ya es lógico y normal, cambia ese sistema educativo por otro parecido o similar, nos quedamos sin saber los resultados del anterior. Así es. Pues para desgracia nuestra hasta el sistema educativo se ha convertido en arma política. Y en la lucha por el poder, visto lo visto, todo está permitido. Hasta mantenella y no enmendalla.
Es curioso: los políticos, como los directivos, jamás se equivocan ni piden perdón.
Es cierto, por supuesto, que para determinar la bondad de un sistema hay que dejarlo caminar. Pero no menos cierto es que también se puede saber su oportunidad o inoportunidad viendo libros, proyectos, y presupuestos. Porque en la práctica casi todo sistema puede ser bueno. Ahora bien, hay que saber con cuánto dinero se va a apoyar dicho proyecto. Y sabido es que en educación en este país se invierte poco, porque, la verdad es que importa muy poco la educación. La verdadera y seria educación.
Por otra parte no vamos a descubrir nada nuevo diciendo lo que es del dominio común: la educación no es sólo tarea del colegio o del instituto, de los partidos políticos y de los profesores. Es cuestión de toda la sociedad, puesto que a todos nos atañe. Estamos hablando de nuestro bienestar y de nuestra salud:
Digamos, por consiguiente, Adimanto, que las almas bien dotadas, si tropiezan con una mala educación, se vuelven especialmente malas. ¿O piensas acaso que los mayores delitos y la más extrema maldad provienen de una naturaleza mediocre, y no de una vigorosa que ha sido corrompida por la nutrición, y que la naturaleza débil es alguna vez causa de grandes bienes o grandes males?”2
De nada vale, por lo tanto, que un partido, distinto al otro, gane las elecciones, pues termina por implantar un sistema que nada o muy poco se diferencia del anterior, como ya hemos visto en varias ocasiones. La diferencia puede residir, a veces, en impartir religión o no en las aulas, o en la polémica Educación para la Ciudadanía, que ha convertido a algún afamado conseller en figura del retablo de las maravillas por no tildarlo de puro bululú o esperpento.
No ha sido, y lo sigue siendo, poco importante el papel de los padres en todo este sistema, y en su realización o fracaso. Pero una vez más hemos sido víctimas de unos errores de interpretación y de apreciación: al despojar al profesor de autoridad dentro del aula, cada vez más limitado, con menos recursos para deshacerse del molesto, del maleducado que, cómo no, se sabe todos sus derechos, le hemos dado todo el poder al alumno quien, por regla general, y por desgracia, cuenta con todo el apoyo de sus padres.
Educar a una persona es muy difícil y complicado. Cuestión de paciencia; y, muchas veces, de estar preparado desde todos los puntos de vista. Es más fácil, desde luego, ir una vez al trimestre al instituto e insultar, y golpear si se tercia, al profesor de turno. Y así el joven goza de entera libertad. Pero ya advertía Platón, fino analista del hombre y sus virtudes, que una democracia sin freno está abocada a la tiranía:
Por ejemplo, que el padre se acostumbra a que el niño sea su semejante, y a temer a los hijos, y el hijo a ser semejante al padre y a no respetar ni temer a sus progenitores, a fin de ser efectivamente libre; el meteco es igualado al ciudadano, el ciudadano al meteco, y del mismo modo el extranjero.”3
Para un partido político lo primordial es llegar al poder. Y una vez establecido en él, mantenerse. De ahí que, en muchas ocasiones, no se atrevan a tomar decisiones que saben impopulares aunque necesarias. Por desgracia priman más los intereses partidistas que el bien común.
Para muchos padres es, igualmente, más cómodo no hacer nada y pensar que la educación es cosa del instituto y de la universidad, y gritar y enfurecerse cuando suspenden al niño y, tal vez, fastidian las vacaciones familiares. Para evitar semejante disgusto quizás sea mejor aprobar al niño ya que, al curso que viene, y es así, volverá a dar la misma materia en distinto curso. De esta forma la familia podrá salir de vacaciones, y gastar, que es, en el fondo, de lo que se trata. La ocupación hotelera nos hace felices a todos.
Ahora bien, hay un sistema de prioridades. Y visto el fracaso que nos rodea, padres, profesores y políticos, deberíamos, cuanto antes, replantearnos las cosas seriamente y tomar cartas en el asunto a fin de no caer en lo que ya vio con toda nitidez Platón hace bastantes años:
Sucede esto [lo dicho en la cita anterior] y otras menudencias como las siguientes: en semejante Estado el maestro teme y adula a los alumnos y los alumnos hacen caso omiso de los maestros, así como de sus preceptores; y en general los jóvenes hacen lo mismo que los adultos y rivalizan con ellos en palabras y acciones; y los mayores, para complacerlos, rebosan de jocosidad y afán de hacer bromas, imitando a los jóvenes, para no parecer antipáticos y mordaces.”4
Como se puede ver tal como actúan los políticos a fin de no perder las elecciones o de ganarlas.
IV
A MODO DE CONCLUSIÓN

Sí, francamente resulta descorazonador, a principios de curso, a mediados o a finales, volver a las páginas de la República. Sin embargo, hacerlo es un buen ejercicio, tanto filosófico como didáctico. Ya sabemos todos, por otra parte, y el mismo Platón no lo ignoraba, que es imposible de llevar a cabo lo que propone él en su famoso y estudiado libro:
¿Piensas, acaso, que un pintor que ha retratado como paradigma al hombre más hermoso, habiendo traducido en el cuadro todos sus rasgos adecuadamente, es menos bueno porque no puede demostrar que semejante hombre pueda existir?”5
Lo que hemos propuesto, a través de varias citas de Platón, es sencillamente algo realizable, creemos, y a lo que se le debería dar prioridad dado el fracaso escolar y la situación a la que estamos llegando. Situación que, por desgracia, todavía no ha terminado su recorrido: recuperación de la autoridad paterna dejando de jugar al compañerismo y a la falsa democracia, revisión del sistema educativo haciendo hincapié en el trabajo y el esfuerzo, y redactar libros de texto en los que traten a los alumnos como personas, no como seres carentes de sentido a los que hay que repetirles siempre lo mismo para que lo comprendan. Si damos una educación para idiotas, no obtendremos otra cosa.
Sería deseable, y tal vez entremos ya en el terreno utópico, que toda la sociedad determinara a dónde quiere llegar con la educación de sus hijos, se lo planteara en serio y actuara en consecuencia. Es posible que los tiempos de crisis en los que nos hallamos inmersos ayuden a ver lo vacío de muchos presupuestos, y a no confundir la felicidad y la buena educación con tristes sucedáneos. Tal vez así consigamos una sociedad más justa, una sociedad en la cual cada uno haga su trabajo de la mejor forma posible. No obstante, no hay que engañarse: poco o nada vamos a lograr. Y de nada vale escribir artículos tan inútiles como este. Lo aprovecharemos, sin embargo, para felicitar las Navidades a quienes hayan tenido la paciencia de llegar hasta aquí. Y a los que no, aunque no enteren, también. Felices fiestas.
1 Platón, la República, libro VII, 534d. Traducción y notas de Conrado Eggers Lan. Editorial Gredos, Marid, 1986
2 Platón, opus ctda., p. 307
3 Platón, opus ctda. p 409
4 Platón, opus ctda., p. 409
5 Platón, Opus ctda. p 281

sábado, 15 de diciembre de 2012

Un encuentro en un parque


UN ENCUENTRO EN UN PARQUE
La vida de dos ancianos

Vicente Adelantado Soriano

Entonces, ¿qué puedo temer, si después de la muerte voy a dejar de ser desgraciado o incluso voy a ser feliz?
Cicerón. Sobre la vejez.

La otra tarde, cansado de leer, y sabiendo que ninguna película tenía el más mínimo interés para mí, el teatro de cierta calidad hace tiempo que dejó de existir, me fui a pasear por una larguísima avenida. De joven me relajaba mucho hacer cualquier tipo de deporte, aunque siempre mostré preferencia por el ciclismo. Quizás porque cuanto más pesadamente ascendía una montaña, más disfrutaba de los paisajes y del olor de la tierra. Ahora me relaja caminar. Hasta hace poco, cogía el coche y me iba en busca de apartados caminos rurales. Actualmente he renunciado a conducir, cosa, por otra parte, que nunca me ha gustado mucho. La bicicleta, sí.
Hacía una tarde magnífica: bastante frío, pero con un poco de sol, que se iba retirando rápidamente. El paisaje era típicamente navideño: en el cielo, por occidente, había varias nubes alargadas, rasgadas, rojas y negras; la luna, muy mortecina, comenzaba a brillar en lo alto; y el suelo estaba lleno de hojas amarillentas y algo húmedo. No sé porqué, quizás porque así estaba escrito, tras una larga caminata me senté, yo que no soy nada dado a hacerlo, en un banquito de madera de un solitario parque. Frente a mí tenía un par de raquíticos árboles y dos columpios que añoraban los vaivenes y las risas de los niños. Me rodeaba un silencio maravilloso. Me encasqueté el gorro de lana, metí las enguantadas manos en los bolsillos y estiré las piernas todo cuanto puede. Me encontraba muy bien. Los ojos todavía me dolían después de tantas horas de lectura. Los cerré durante unos segundos. Los segundos debieron de convertirse en minutos, pues al cabo de un tiempo alguien me zarandeó por los hombros.
-¿Se encuentra usted bien? -me preguntó una persona de mi misma edad, año arriba o año abajo, y tan abrigado como iba yo.
-Sí, sí -respondí sonriendo-. Me he debido de quedar dormido.
-Yo lo he visto ahí tan quieto que me he asustado un poco. Porque, claro, con el frío que hace no es para dormirse aquí.
-Sí, tiene usted razón, se lo agradezco.
-Se debe haber quedado helado. Vamos al bar: lo invito a un café con leche.
Lo miré de arriba abajo por si le había dado la impresión a aquel señor de ser yo un pobre o un miserable. Pese a que no me había arreglado mucho para salir de casa, creí que distaba algo de parecer una persona necesitada. Luego recordé que era Nochebuena, y que en ese día todo el mundo se cree en la obligación de ser bueno y educado. Más vale eso que la indiferencia cotidiana, desde luego. Además, me pareció una buena idea aceptar una invitación. A veces la vida tiene sorpresas agradables. Y aquella, no hay duda, fue una.
En el bar, vacío a aquellas horas, cosa que no me sorprendió, hacía calor. Nos despojamos de gorras y guantes. Y mi cuidador, Miguel Pérez de nombre, pidió un par de cafés con leche, con sacarina, claro.
-Me ha dicho el camarero -me explicó sentándose a la mesa- que van a cerrar dentro de una media hora. ¿Sabe -me preguntó todavía no muy convencido de mi perfecto estado de salud- que hoy es Nochebuena, no?
-Sí, claro que lo sé -respondí sonriendo.
-¿Y no lo espera nadie para cenar? -preguntó con un cierto temor a parecer indiscreto.
-No -le dije sin abandonar mi sonrisa-. Estoy solo, por decirlo de alguna manera.
-¿Cómo que por decirlo de alguna manera? -me espetó un tanto enfadado-. En esta vida o se está solo o no se está solo -afirmó con cara de enfado, sin duda por haberme cogido en falta. O eso creyó él.
-Pues entonces yo no estoy solo -concluí sonriendo.
-¿No me ha dicho que no va a cenar con nadie? -me preguntó ya no sabiendo si le estaba tomando el pelo, o si me había quedado dormido en el banquito porque padecía algún transtorno psíquico o emocional, o sufría el famoso mal de alzheimer.
-¿A usted no le ha pasado nunca -inquirí yo a mi vez- estar solo y sentirse totalmente acompañado?
-Sí; pero cuando me sucede eso -respondió apretando con sus dos manos el tazón de humeante café con leche- todavía me encuentro más solo que antes.
-A mí no, a mí me sucede todo lo contrario. Y no sé por qué durante estos días tan plomizos, de tanto frío, y, aparentemente tan tristes, es cuando más acompañado me siento. Hay momentos en los que el corazón me rebosa de felicidad.
-¿Estando solo?
-Sí, estando solo.
-Lo admiro -dijo clavándome los ojos como si deseara introducirse dentro de mi corazón-. Yo no puedo con la soledad. Yo no podría, como usted -dijo vacilante, como si temiera ser indiscreto o meterse donde no le importaba- cenar solo. Nunca he soportado cenar o comer solo. Ha sido ese el gran terror de mi vida. Cuando me casé no hacía sino rezar, es un decir, para que no se muriera mi mujer ni ninguno de mis hijos. No soportaría tener una vejez sin ellos.
-¿Y lo ha conseguido? -pregunté yo con valentía tras beber un sorbo de mi café con leche.
-No, no lo he conseguido -respondió enfadado-. Alguien me dijo una vez que a las personas nos suele suceder aquello que tememos. Y debe de ser cierto porque a mí me ha sucedido todo cuanto temía.
-Lo siento -dije un poco asustado, pues si algo no me apetecía nada era cenar con nadie, y menos con un desconocido. Entonces sí que se hubiera cebado la soledad sobre mí.
-Pero no, no voy a cenar solo -espetó como si hubiera leído mis pensamientos-. Voy a cenar con mi hijo y su mujer. Esta no me puede ni ver, ¿sabe? No hace más que soltarme pullas y miradas... Me da lo mismo: cenaré con ellos, estaré un tiempo con mi nieto, y hasta mañana... Es triste la vejez, ¿no le parece?
-No especialmente -respondí respirando aliviado al conocer sus planes-. Tengo que confesarle -añadí a fin de no herirlo- que yo llevo solo toda la vida. Mi mujer -le expliqué sonriendo- me dejó a los pocos años de habernos casado, y ya no ha habido otra. Ni tampoco muchos deseos de que hubiera, la verdad.
-Yo no podría. No puedo vivir solo. Eso de llegar a casa y que no haya nadie... Es muy triste no poder comentar cómo ha ido al día, qué ha sucedido, buscar algún alivio y tener a alguien que, por regla general, te da la razón, o te dice dos tonterías y te suaviza de los sinsabores.
-Yo creo que a todo se acostumbra uno. Sabiendo, por ejemplo, que no se tiene ese apoyo, se busca interiormente. Es como la sangre: ante una herida fabrica sus propios anticuerpos.
-Pero a veces, y usted lo sabe, hacen falta las medicinas. Estas suelen ser bastante eficaces. Además, el hombre está hecho para vivir en compañía. No es bueno que el hombre esté solo, se dice en algún lugar de la Biblia.
-Sí, pero ni Dios ni su santo hijo se casaron. Y hay que predicar con el ejemplo.
-Es que ellos no son hombres.
-Ante eso me callo. Tiene usted razón. Pero también están los santos, y los frailes -añadí en tanto mi compañero daba ligeras muestras de duda-. A mí -dije deseando alargar la conversación, pues me estaba divirtiendo- siempre me ha atraído la religión. Me hubiera gustado mucho ser un monje medieval. ¿Ha visto usted la película El nombre de la rosa? Creo que yo hubiera sido muy feliz en un lugar como la abadía donde se desarrolla la película, siendo capaz de cantar gregoriano, dedicándome a leer, investigar, recopilar libros... La otra parte de la historia ya no me gusta tanto.
-¿Y por qué no se mete en una de esas abadías?
-No tengo fe. No soy creyente.
-Yo tampoco -me dijo con cara de resignación- ¿Y no le parece que eso, a nuestra, edad es una desgracia? -me preguntó con rostro angustiado-. Estamos cerca de la muerte. De la vida ya no podemos esperar nada, o casi nada.
-No creo que sea una desgracia especial. Alguna vez, hace siglos de ello, fui creyente. Luego perdí la fe; y ahora me parecería una hipocresía total aferrarme a mis antiguas creencias por miedo a la muerte, o a un hipotético castigo divino. No temo a la muerte. Y no creo haber hecho nada para que nadie me castigue. Aunque esto, desde luego, lo creen hasta los criminales más fieros.
-Yo, sin embargo, creo que algo tiene que haber. No es posible que vengamos y nos vayamos así sin más. Sería absurdo. ¿Para qué si no tanto padecer?
-Las cosas no tienen porqué tener una finalidad. Suceden porque sí, y ya está. No hay más. Como este encuentro -pensé.
-No, no; tiene que haber algo más. Una justicia que premie a unos y castigue a otros.
-Me parece muy poco probable. Además, ¿quién es capaz de juzgar a un hombre?
-¡Ah! ¡No me fastidie! Es usted un pobre idealista -exclamó con cara de pocos amigos.
-Sí, tal vez tenga usted razón. Pero si no nos juzgáramos los unos a los otros, es posible que las cosas fueran un poco mejor. Reconocerá usted que siempre que juzgamos a otro, nos ponemos nosotros, aun distando mucho de serlo, como la norma de conducta a seguir.
-¿Cómo es posible -me preguntó mi compañero, que se enfadaba por momentos- que diga usted que no es creyente y me salga con situaciones sacadas de la Biblia.
-¿A qué se refiere? -pregunté un tanto perplejo.
-Pues a eso de no juzguéis y no seréis juzgados.
-Vaya -dije asombrado-, no me había percatado. De todas formas, yo no lo decía en ese sentido. Le estaba confesando la imposibilidad de llegar a conocer a un semejante.
-Me imagino que me reconocerá que hay casos y casos. Yo, al menos, no dudaría ni por instante en matar a ciertos personajes.
-Tal vez tampoco lo dudara yo. Aunque creo que no conseguiríamos nada; nuestro crimen, o acto de justicia, llámelo como quiera, no serviría de nada. Sería totalmente inútil.
-Si alguien hubiese matado a Hitler, por ejemplo, nos hubiéramos ahorrado millones de vidas humanas.
-Tal vez si no hubiera aparecido Hitler, hubiese aparecido otro. Y la gente lo hubiera seguido, por ignorancia o por fanatismo, como quiera; pero lo hubiera seguido.
-Eso es fatalismo. Y yo eso no lo puedo aceptar.
-¿Usted cree que el hombre ha variado en los miles de años que llevamos sobre la tierra? ¿Usted cree que el hombre actual es más honesto que el de Atapuerca? Hemos mejorado la capacidad para matar y destruir, desde luego. Pero en ningún momento hemos aumentado la capacidad para ser más virtuosos. O mejores, si usted quiere.
-Creo que somos mejores que nuestros antepasados. Y por una razón muy sencilla: por lo confortable de nuestra vida. Una vida cómoda hace a la gente más pacífica y mejor.
-Si es capaz de mantenerse en los límites del pasable bienestar, sí; pero poca gente, y más si tienen algún poder, actúan de esa forma. ¿No le parece curioso? Todos estamos satisfechos con nuestra manera de ser; nos creemos casi perfectos, normas a seguir; pero, al mismo tiempo, mal pagados y nada reconocidos. Así que, en cuanto hay oportunidad, todos robamos y delinquimos. Y contra más se tiene, más se desea. Porque todos creemos que nos merecemos algo mejor de lo que tenemos.
-En eso tiene usted razón, aunque yo nunca he robado nada. Pero también es bueno que el hombre ambicione cosas.
-¿Todas? Está bien desear un estatus mejor, pero no a costa de perjudicar al prójimo. Aunque sería mejor desear una mayor virtud.
-Yo no he dicho eso.
Guardamos silencio durante unos instantes. Miré al camarero en espera de que nos hiciera una seña para levantarnos e irnos. Acababa de entrar una pareja. Los atendió amablemente. Me hice el ánimo y seguí hablando:
-La otra tarde, y esto son reflexiones de un anciano...
-Lo que somos -me interrumpió mi compañero.
-Efectivamente, lo que somos -afirmé-. La otra tarde, como le estaba diciendo, paseando por un parque similar a este, vi a una paloma coja caminando por la acera. Un gato negro y malcarado la espiaba. Hizo un primer intento de atacarla. La paloma emprendió un breve vuelo y se alejó unos cuantos metros posándose de nuevo en el suelo. El gato se volvió a acercar. La paloma, con total inocencia, le dio la espalda caminando como si nada hubiera sucedido. El gato se agazapó, y la paloma se volvió a alejar unos metros más.
-No me parece una actitud muy inteligente, ¿qué quiere que le diga?
-Probablemente tenga usted razón. No sé cómo terminaría la historia. Pero me llamó la atención: la paloma no tenía miedo, o parecía no tener miedo. Se me ocurrió pensar entonces que tal vez muchas de las cosas que hacemos los humanos estén motivadas por el miedo. No sé, miedo a pasar hambre, a no tener dinero...
-Me está recordando usted la historia de aquel náufrago que, rescatado de las montañas, al cabo de varias semanas, durante la travesía del barco se dedicó a robar galletas y a esconderlas en su camarote. Tanta fue la hambre que pasó durante aquellos días de naufragio. Pero eso, como usted comprenderá, no me justifica la corrupción ni a los ladrones.
-Yo no trato de justificar nada. No es eso lo que quiero hacer. Me pareció curioso. El hombre hubiese matado al gato...
-Es lo lógico.
-Sí, es lo lógico. Y se hubiera declarado la guerra entre las palomas y los gatos. También lógico. Por eso mismo estoy tan contento y satisfecho de tener ya la edad que tengo. Sí, dentro de poco me moriré, afortunadamente. Y me voy muy agradecido por no haber tenido que participar en ninguna guerra, en ninguna persecución ni en ninguna matanza.
Durante unos segundos permanecimos en silencio. Nuestras tazas estaban vacías hacía tiempo. La pareja que entró después de hacerlo nosotros ya estaba pagando. El camarero, entonces, nos hizo la consabida seña. Nos levantamos. Pedí una botella de agua. Mi compañero se empeñó en invitarme.
-Una última pregunta -me dijo ya en la calle, donde volvimos a encasquetarnos gorros y guantes-. ¿Cómo perdió usted la fe?
-Buena pregunta -dije sonriendo-. ¿Hacía dónde va usted?
-Me quedo en esta misma calle, un poco más hacia dentro. ¿Y usted?
-Tengo que salir a la avenida y llegar al final de ella.
-Todavía tiene una buena caminata. No lo entretengo más. Al fin y al cabo la mía ha sido una pregunta impertinente.
-Lo acompaño a usted hacia su casa. A mí no me espera nadie. -Lo cogí del brazo y lo obligué a caminar-. No, su pregunta no es impertinente. Pero es larga y compleja de contestar. Digamos, para resumir, que no me interesan aquellas religiones y sistemas filosóficos que se ponen muy por encima del hombre. Las cosas imposibles hacen que el hombre se sienta impotente y desgraciado. Y no me parece que sea esa una buena meta. Me ha pasado con el cristianismo lo mismo que me sucedió con el estoicismo. Ni he podido amar a mis enemigos, y eso que he tenido pocos, ni he llegado a la ataraxia. A veces tengo terribles momentos de depresión y lanzo maldiciones a diestro y siniestro. No sirve de nada. Ya no tiene importancia ni el éxito ni el fracaso... Ahora me conformo con no molestar a nadie, y con procurar estar solo para no airarme con mis convecinos.
-Estoy por decirle a mi hijo que no me esperen, y por irme a cenar con usted.
-No, no lo haga. Y no se lo tome a mal; pero yo estoy mejor solo. Me gusta mucho la soledad. Aunque ha sido un placer hablar con usted.
Se puso frente a mí, se acercó a una puerta y llamó a un timbre. Entonces me tendió la mano derecha libre de su guante. Me quité el mío y estreché con la mía la mano que me tendía.
-Felices fiestas -le dije-, y muchas gracias por la invitación. Y no se enfade con su nuera: piense que son pocas las Navidades que nos quedan. Déjela. Mi madre siempre me decía que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio.
-Sí, es un buen consejo. Lo eguiré. Gracias a usted por su compañía y felices fiestas. Y no se quede dormido por ahí.
Prometí hacerle caso. Nos despedimos con un fuerte apretón de manos. Yo volví a pasar por el banquito en el que me sentara. Ahora ya no lo hice. Todavía me quedaba una buena caminata hasta llegar a mi casa. Y no quería ver a palomas ni a gatos.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Una meta imposible de alcanzar


UNA META IMPOSIBLE DE ALCANZAR

Vicente Adelantado Soriano

Porque toda mi vida se me ha ido en deseos y las obras no las hago.
Santa Teresa de Jesús, Fundaciones.

Decía Epicuro que la filosofía era operación que con razones y argumentos hacía la vida bienaventurada.”
Francisco de Quevedo, Defensa de Epicuro.

La otra tarde hablando con un buen amigo, me hizo este una serie de reflexiones importantes en las que nunca, antes, me había detenido. Paseando por el largo y solitario Paseo Marítimo de la vieja ciudad, me confesó mi amigo que no estaba pasando por uno de sus mejores momentos; y que, en consecuencia, se había vuelto a abismar en ciertos libros de filosofía.
Anochecía, hacía un poco de frío, el cielo estaba muy oscuro, y en la lejanía se vislumbraban las diminutas luces de un barco. Se me ocurrió pensar que debe de ser terrible naufragar en invierno. Tuve un escalofrío.
La filosofía, vino a decir mi amigo cortando mis absurdos pensamientos, siempre interesa a aquellas personas, como es mi caso, que no son felices, y que buscan en ella un alivio para sus males, un consuelo; y una norma de conducta que haga esta vida menos abominable de lo que es. Bien es verdad, como me reconoció, y ahí es donde entro yo, que también se puede ir a la filosofía por un problema de lenguaje, por una especie de empeño e interés por comprender una forma de hablar, o de escribir, de la que apenas se entiende algo. A mí me sucedía, y me sucede, con ciertos textos de filosofía lo mismo que con una partitura musical: tienen que ser otros quienes me lo interpreten. Lo contrario es como enfrentarme con una pared en blanco. Y ya que no pude estudiar música, quise aprender filosofía. Mi amigo, por el contrario, recurría a ella por motivos prácticos. O al menos más prácticos y urgentes que los míos.
Es cierto, me reconoció mi amigo, que cada arte tiene su lenguaje específico; y que, a menudo, sin saber muy bien por qué, los autores hacen esos lenguajes incomprensibles para aquellos que no han sido iniciados en ellos. Hay una especie de complacencia, por parte de los neófitos, y aún de los vetustos, en recurrir al esoterismo, en sentirse parte de un cerrado grupo de privilegiados. No era esa, sin embargo, al tipo de filosofía a la que se refería mi amigo. Buscaba una filosofía que fuera comprensible para todos, incluido yo. La filosofía en la que se había centrado él, en la que buscaba una cierta consolación, era en la filosofía de Séneca, en la filosofía de los estoicos, o en la de todos aquellos que tratan de contribuir a la búsqueda de la felicidad en esta vida. Estos filósofos no usan, en consecuencia, un lenguaje esotérico ni complicado, sino más bien todo lo contrario, puesto que va dirigida al común de los mortales.
Es cierto que, cuando me dejó algunos de esos libros para leerlos, los entendí, o así lo creí yo, con bastante facilidad. No obstante, también pensé que ello era debido a que algunas de las cuestiones que planteaban eran, desde hacía siglos, del dominio público. Tanto es así que algunos de los problemas que enunciaban me llevaron inmediatamente a recordar mi infancia. ¿Es posible que una vieja filosofía, griega o romana, se haya convertido casi en un lugar común, o que aquella arranque de este? Me asombraba leer en algunos de aquellos libros lo que había oído de labios de los mayores, en un pueblo de labriegos y campesinos, que distaban mucho, lo voy apreciando con más nitidez conforme pasan los años, de ser los personajes zafios que nos han pintado novelas, dramas y películas. Estaban impregnados, por el contrario, de principios filosóficos. O de sentido común.
Leídos algunos de los textos que me dejó mi amigo, paseando otra tarde por la orilla de la playa con él, le conté que añoraba algunos de los libros que tuve en mi infancia, y que habían desaparecido. Uno de ellos se titulaba Lecturas de oro. Estaba formado por una breve serie de relatos; algunos, lo comprobaría mucho después, sacados de la Biblia; y otros lo seguí ignorando hasta dar con la filosofía de Séneca y Plutarco, entre otros. Por supuesto, cuando leí el libro, a los ocho o nueve años, todo me pareció original y precioso.
No sé porqué de aquellas Lecturas de oro se me quedó muy grabado un relato sobre la importancia de la educación. En él, un labrador zafio, cómo no, va a hablar con un maestro. Le pregunta a este cuánto le va a costar la educación de su hijo. El maestro da un precio, y el labriego se queja diciendo que con ese dinero se puede comprar un burro. La réplica del maestro es fulminante:
-Pues llévese a su hijo, y así por el mismo precio tendrá dos.
La respuesta del maestro siempre me dejó un poco descolocado; me provocaba cierta desazón y malestar. Me parecía propia de un maleducado. La olvidé. La recordé, muchos años después, sorprendiéndome al descubrir que la anécdota está sacada de un librito de Plutarco, Sobre la educación de los hijos. Y eso sí, la adaptación refleja perfectamente la época en la que fue escrito el libro de mi infancia: Plutarco no habla de ningún labrador zafio sino de un padre que busca una ignorancia barata. Y con el dinero que le pide Aristipo, un filósofo discípulo de Sócrates, habla de comprarse un esclavo, no un burro.1 La respuesta de Aristipo no es tan airada ni despectiva como la del maestro que tanta desazón me causaba a mí.
No me sorprendió en absoluto encontrarme poco después, en el mismo libro, con una frase que, aunque dicha de otra forma, era un lugar común en aquel lejano pueblo de mi infancia: nada engorda tanto al caballo como el ojo del rey2. Los labriegos de mi infancia decían: el ojo del amo engorda al caballo, o A lo tuyo, tú. Podría multiplicar los ejemplos. Pero sin duda lo que más me llamó la atención fue la famosa frase de Anaxágoras cuando, en medio de una charla de física, le dieron la noticia de la muerte de su hijo: Yo sabía que lo había engendrado mortal3, dijo. Evidentemente a lo largo de los años, para bien o para mal, cambian las formas. Y el día del entierro de un compañero de colegio, un crío de siete u ocho años, su padre, nada más bajar el ataúd a la fosa, dijo lleno de amargura, limpiándose los ojos con un pañuelo a cuadros blancos y azules: A todo puerco le llega su san Martín. Aquello me hirió como un lanzazo en pleno corazón. Poco faltó para dar conmigo en tierra. Aun así me sorprendió, en tan tierna edad, que ninguno de mis vecinos le riera la gracia. Y es que hay momentos en que las bestialidades son como las medicinas fuertes, o como el mazazo que nos adormece y atonta.
Paseando un frío anochecer por la orilla de la playa le conté a mi amigo lo que me había sucedido con la lectura de los libros que tan amablemente me prestara. Yo seguía centrándome en el lenguaje; y terminé mi razonamiento con una cita del mismo Plutarco: Y sin duda se debe apartar a los hijos del lenguaje obsceno. En efecto, “la palabra es la sombra de la acción”, según Demócrito. Según eso, en verdad, se debe procurar que sean afables y corteses.4
No creí, sinceramente, que le interesaran a mi amigo ninguna de mis reflexiones sobre el lenguaje o sobre la contaminación de las lecturas. No porque una y otra cosa le fueran indiferentes, sino porque estaba pasando por un mal momento. Él buscaba otras cosas en la filosofía. En consecuencia le iba a dar otro enfoque a la cuestión, aunque, la verdad, no lo veía muy lejano del que le había dado yo.
La filosofía que buscaba él, y quizás y bien mirado la filosofía no sea otra cosa, era un filosofía de tipo moral y práctica. En el fondo estaba buscando una norma de conducta.
Ignoraba entonces, y sigo sin saberlo ahora, qué le había sucedido a mi amigo. No quise preguntar para no pecar de indiscreto. Pensé que debía ser él quien decidiera hablar, si era pertinente al caso, o callar si se encontraba más a gusto haciéndolo. La soledad del lugar, la oscuridad, y el romper de las olas, tal vez le ayudaran a ello. Pese a todo se mantuvo en las generalizaciones. Buscando siempre una filosofía práctica, una filosofía que fuera una norma de buen comportamiento. Intuí, aunque me abstuve de decirle nada, que lo que ansiaba no estaba muy lejos de ciertas religiones. Aunque estas, cierto es, al menos algunas de ellas, no así la filosofía, prometen una vida eterna llena de calma y felicidad. Mucho tendrá que cambiar el hombre para ser capaz de estar con sus semejantes, toda una eternidad, y no desear matarlo, robarle o convencerlo de que sus ideas son mejores que las del vecino, al que hay que destruir. En la eternidad el hombre dejará de ser hombre o vivirá una eternidad tan efímera como él. No le interesaba a mi amigo el premio de ultratumba. Él estaba convencido de que es aquí donde se alcanza la paz o se vive el infierno.
Y aquí, en consecuencia, ponía sus ojos. Veía que merced a gobernantes, políticos y mercaderes, vamos hacia el infierno a pasos agigantados. El infierno para mi amigo era, y es, la violencia, la coacción, la injusticia, la corrupción y el silencio, las desigualdades sociales... Eso provocaba su ira, y la ira lo llevaba a tener una serie de actuaciones que, pasadas estas, le daban miedo por cuanto que veía que, con ellas, estaba en medio de la vorágine, en el centro de cuanto deseaba evitar. Reconocía, con la vieja filosofía, que lo mejor hubiera sido no nacer, y ya nacido, morir pronto. Pero eso no solucionaba el problema, salvo que se tuviera valor para abrirse las venas, y se hubiera optado por ello.
La vida humana -citaba mi amigo de memoria, cosa que me producía una terrible envidia- está fundada en los favores y en la armonía, y no por el terror, sino por el mutuo amor se obliga a la alianza y a la ayuda recíproca.5 No obstante, añadía mi amigo, Séneca no es contrario al castigo cuando alguien incumple con sus obligaciones. Quiere, por el contrario, que se imponga la máxima pena a los máximos crímenes, de modo que no muera nadie sino el que sea conveniente que muera, incluso para él, que muere.6 Por supuesto el castigo se tiene que llevar a cabo sin dejarse llevar por la ira. Pero así estamos hablando de casos particulares, y no es que estos no sean interesantes, sino que nuestros problemas, los que me provocan toda la ira del mundo, no son personales. Séneca incluso habla de sajar aquellas partes del cuerpo que están podridas para salvar a las otras. Lo malo es cuando ese corte se convierte, o se puede convertir, en una guerra, en una terrible guerra, donde todo lo malo tiene cabida. Y donde no queda parte del cuerpo sin tocar.
-Y esta sociedad está llegando a unos extremos peligrosos -dijo con voz ronca-. Tal vez sea debido a que me estoy haciendo mayor, o a que capto mejor que nunca la inutilidad de los políticos y los intereses, nada honestos, de estos y del capital y de todo en general. Todo son intereses bastardos. ¿Cómo no airarse contra un juez que excarcela a un grupo de mafiosos, probados y reprobados, y condena al pobre hombre que ha robado una barra de pan? ¿Cómo no airarse contra la burda excusa de la excarcelación de los mafiosos, un defecto de forma? ¿No sabe escribir el juez? ¿No tiene secretarios ni ordenadores, ni libros? ¿Entre qué gente estamos? ¿Cómo no airarse cuando todos los corruptos se salvan, y..?
A mi amigo le chirriaron los dientes. Me dijo, no obstante, que no quería dejarse llevar por la ira, ni siquiera por la rabia. Pero que, a veces, el no demandar cabezas, el no protestar, el no hacerse oír de forma ruidosa, le parecía una cobardía. ¿Qué hacer contra una ralea de Calígulas o Nerones instalados en todas las escalas de la sociedad? ¿Cómo actuar sin dejarse llevar por la ira, es más, sin provocarla o acrecentarla en el resto de los conciudadanos?
No lo sabía, así que, tras caminar unos minutos en silencio, le dio un giro inesperado a la conversación.
Hay otras personas, dijo mi amigo aquel frío anochecer, que buscan en la religión lo que otros le demandan a cierto tipo de filosofía. Y ambos caminos, si se toman en serio, son difíciles de llevar a cabo. Es cierto, me reconoció, que muchas de las cosas, tanto negativas como positivas, que nos suceden no son, en la inmensa mayoría de los casos, más que imaginaciones nuestras. Y es muy importante manejar la imaginación o la mente. Las verdaderas desgracias, no obstante, es cuando suceden cosas contra las que no podemos nada, y que, lo queramos o no, nos afectan. Media humanidad debería sentirse feliz sólo por el hecho de haber nacido donde lo ha hecho, y no donde otra media humanidad es explotada, humillada, violada y asesinada sistemáticamente. Media humanidad debería ser feliz nada más de pensar que no le ha tocado vivir la II Guerra Mundial, ni persecuciones por el color de su piel, por su religión o por sus preferencias sexuales. Es cierto que tal vez sea poco ser feliz por esto nada más. Y que el hombre siempre tiene que avanzar, no quedarse detenido. Pero vivir uno de esos horrores...
Es muy posible que resulte imparable un ascenso al poder de personajes como los que propiciaron la II Guerra Mundial, o las persecuciones de todo tipo que ha habido a lo largo de la Historia. Parece como si cada cierto tiempo, la humanidad tuviera la imperiosa necesidad de matar y hacerse matar por unos intereses y unos fantasmas que, pasado el tiempo, parecen absurdos, necios, carentes de todo interés. Es, me decía mi amigo, teniendo sus palabras el golpear de las olas como telón de fondo, como todo esto que ha pasado en el país con la corrupción. No lo entiendo. Muchas de las personas que han robado y estafado tenían un más que mediano pasar. ¿Para qué acumular tanto dinero, tanta casa, tanta riqueza? El ser humano es patético: en todo esto tal vez no haya más que miedos y terrores, miedos e inseguridades que, en algunos casos, terminan entre rejas y perdiendo lo poco y bueno que se tenía. La famosa hybris griega, la desmesura.
No sé si los filósofos han amontonado muchas riquezas a lo largo de sus vidas; aunque no creo que le quede mucho tiempo para pensar en esto a alguien que se dedica a solucionar, o buscar soluciones, para otros problemas que poco o nada tienen que ver con el dinero. Parece que la felicidad, la sabiduría, está en el justo medio. Eso no resulta difícil de conseguir. La dificultad está en moderarse ante quienes se enriquecen con el dolor ajeno, ante quienes han hecho de la pobreza de los demás una norma de vida. Y no es uno ni dos. Puede ser una buena solución aquello de dar a cada uno lo que le corresponde. Lo difícil está en permanecer impasible, en que nada te afecte, en amar al que te quita lo que tienes, tan difícil como no arrollar a quien trata de apisonar a todo el mundo. Sí, a veces vivir no es nada fácil. Y Casandra da voces en el desierto. Las lanzas bipotentes se están afilando. Ojalá nos equivoquemos y el ruido que comienza a percibirse sea solamente el morir de las olas en la orilla de la playa. De lo contrario las luces de aquel lejano barco pueden ser la única salvación, como la luz de una casa en medio de un terrorífico bosque, y nadar en pleno invierno... Preparémonos para lo que venga, que es la última filosofía del saber. Y no se anuncian tiempos pacíficos, ni mucho menos. Adiós, vida bienaventurada. Adiós.
1Plutarco, Obras morales y de costumbres, (Moralia) I. Sobre la educación de los hijos. Traducción de Concepción Morales Otal y José García López, Editorial Gredos, Madrid, 2008, 7 F-5A
2Plutarco, Ibídem, 13 D
3Plutarco, Obras Morales y de costumbres (Moralia) II, Escrito de Consolación a Apolonio, Traducción de Concepión Morales Otal y José García López, Editorial Gredos, Madrid, 2008, 33D
4Plutarco, Sobre la educación de los hijos, 14 10A
5Séneca, Diálogos, Sobre la ira. Traducción de Juan Mariné Isidro. Editorial Gredos, Madrid, 2000, I, 3
6Séneca, Ibídem, I, 4